Crítica: Puñales por la espalda

Rian Johnson ha alcanzado la notoriedad en los últimos años gracias a su participación en la saga Star Wars, para la que dirigió la polémica y profundamente divisiva Los últimos Jedi en 2017. Pero la primera vez que el mundo se fijó en él fue con un pequeño noir adolescente llamado Brick, que recibió excelentes críticas y lo llevó a ser nombrado la década pasada como una de las nuevas promesas del cine. Después de superar el reto de dirigir una gran superproducción de Hollywood y aprovechando la plataforma que esto le ha brindado para desarrollar otros proyectos de pasión, Johnson regresa a sus orígenes y retoma el misterio con Puñales por la espalda (Knives Out), cinta de suspense que, tras un triunfal paso por el Festival de Toronto, llega a los cines coronada como una de las películas de la temporada.

Con su nuevo film, Johnson lleva a cabo un homenaje a las historias de misterio estilo Agatha Christie, elaborando lo que se conoce como un whodunit (contracción inglesa que significa “Who [has] done it?”), relato en el que se ha cometido un asesinato y alguien (generalmente un detective excéntrico) debe investigar a los sospechosos a través de pistas que se ofrecen al lector o espectador para averiguar quién lo ha hecho. La víctima de Puñales por la espalda es Harlan Thrombley (Christopher Plummer), renombrado novelista y editor de libros de misterio de 85 años que ha sido hallado muerto, supuestamente por suicidio, en su habitación. El peculiar detective privado Benoit Blanc (Daniel Craig) es contratado por una persona anónima para investigar a los sospechosos del crimen, una familia numerosa y disfuncional que se reúne en la mansión del patriarca tras su fallecimiento.

Además de Plummer y Craig, Puñales por la espalda cuenta con un multitudinario reparto estelar que incluye a Jamie Lee Curtis, Don Johnson, Michael Shannon, Chris Evans (en un papel muy alejado de su Capitán América), Toni Collette, Katherine Langford y Jaeden Martell, quienes conforman el clan de los Thrombley, un grupo de personalidades fuertes y dispares que ocultan mentiras y guardan secretos e intereses relacionados con el cabeza de familia, lo cual los convierte a todos en posibles asesinos a ojos de Blanc. Todos los actores están estupendos, destacando especialmente un Craig tronchante que desata su faceta más cómica y juguetona (no nos importaría verlo resolver más casos en el futuro). Pero para nuestra sorpresa, quien se alza como la protagonista indiscutible de la película, por encima de todos los actores de renombre que la acompañan, es Ana de Armas, que interpreta a Marta Cabrera, enfermera al cuidado de Harlan. Marta es la que proporciona el hilo principal de la historia y la que sirve como punto de entrada y baliza moral, es decir, el necesario toque de cordura en una casa llena de locos.

Tomando como punto de partida clásicos como Diez negritosLa huellaEl juego de la sospecha, Johnson, que también escribe el guion, realiza una película que funciona como homenaje nostálgico al género y a la vez como reescritura del mismo. El director propone un regreso al misterio de toda la vida: una mansión, una herencia, un asesinato y numerosos sospechosos. Y una vez dispuestas las piezas sobre el tablero de Cluedo (juego de mesa que obviamente tiene un guiño en el film), se dedica a reordenarlas ingeniosamente para subvertir las expectativas del espectador. En este sentido, el mayor acierto del guion es ir más allá del mero “¿Quién lo ha hecho?”, descubriendo parte del pastel antes de tiempo para explorar otras posibilidades narrativas y cambiar, de forma sutil pero contundente, las normas.

Viendo la película salta a la vista lo bien que se lo pasó el reparto haciéndola. Entre la caricatura y la crítica social al privilegio, los actores componen personajes divertidos y llenos de capas que por separado nos dejan grandes momentos, pero juntos funcionan como una bomba de relojería (las mejores escenas son aquellas en las que están todos reunidos en el mismo lugar). Claro que, como adelantaba, todos ellos son secundarios de lujo en un guion que convierte a una persona del servicio, hija de inmigrantes, en el centro de la historia, dándole así la vuelta al estereotipo de la chacha latina. De Armas, que lleva camino de convertirse en una de las actrices más solicitadas del momento en Hollywood (después de verla en Blade Runner 2049, se reunirá con Daniel Craig en la nueva misión de James Bond, Sin tiempo para morir y se convertirá en Marilyn Monroe en Blonde) y con su excelente interpretación en Puñales por la espalda nos demuestra que se lo ha ganado.

Con hilarantes personajes, diálogos afiladísimos, un sentido del humor exquisito y un argumento lleno de giros, Johnson ha realizado una película tan clásica como original que, pese a algún bajón de ritmo, deja con ganas de ver otra vez para prestar más atención a la infinidad de detalles que se puedan haber escapado a la primera. Puñales por la espalda es una rara avis en el panorama actual de Hollywood, una película elegante, inteligente y sinuosa que se alza como uno de los pasatiempos cinematográficos más elaborados del año.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: La forma del agua

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La imaginación de Guillermo del Toro es uno de los lugares más fértiles del planeta. De su mente han salido algunas de las criaturas más mágicas y terroríficas del cine de los últimos 25 años, así como imágenes que parecen directamente fotografiadas del ámbito de los sueños y las pesadillas. El espinazo del diabloHellboyEl laberinto del faunoPacific RimLa cumbre escarlata, las series The StrainTrollhuntersDel Toro es sinónimo de fantástico, un género frecuentemente relegado a segunda fila por ser considerado menor o no tomarse lo suficientemente en serio (con honrosas excepciones como El Señor de los Anillos). Pero esto ha cambiado este año gracias a su última película, La forma del agua (The Shape of Water), que con 13 nominaciones a los premios Oscar empieza a otorgarle al género la atención y el respeto que hacía tiempo que no se le daba.

La forma del agua es un cuento de hadas para adultos que se desarrolla en el Baltimore de principios de los 60, con la Guerra Fría como telón de fondo. La película cuenta la historia de Elisa (Sally Hawkins), una mujer muda que trabaja como limpiadora en un laboratorio gubernamental de alta seguridad donde se están llevando a cabo misteriosas investigaciones científicas. Su vida cambia para siempre al descubrir junto a su compañera Zelda (Octavia Spencer) un experimento clasificado como alto secreto: un poderoso hombre anfibio (Doug Jones) atrapado en Sudamérica. Elisa establecerá una conexión especial con la criatura, que como ella, tampoco puede usar la voz para comunicarse, una amistad que se transformará en amor y llevará a la mujer a urdir un plan junto a su vecino y único amigo, Giles (Richard Jenkins), y otros aliados inesperados, para liberar al hombre anfibio de las garras del malvado coronel Strickland (Michael Shannon).

Del Toro recoge influencias de muchos lugares para dar forma a la historia y el universo visual de la película. La forma del agua nace inicialmente de su amor por el clásico de Universal La mujer y el monstruo, pero en ella también encontramos numerosos elementos en común con cuentos clásicos como La Bella y la Bestia La Sirenita (la comparación con Disney es fácil al tratar una relación de amor entre especies) y relecturas de los mismos como Un, dos tres… Splasho evidentes trazas del realismo mágico de Jean-Pierre Jeunet, cuyas películas DelicatessenAmélie han jugado un papel importante en el acabado estético del fabuloso mundo de Elisa Espósito (tanto es así que Jeunet ha llegado a acusar de plagio a Del Toro, aunque esa polémica la dejaremos para otro día). Este cóctel de influencias da lugar a un verdadero regalo para la vista, un magnífico trabajo de diseño artístico, puesta en escena y uso de la luz y el color que nos muestra al director mexicano en la cima de sus posibilidades.

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La forma del agua nos deja también al Guillermo del Toro más soñador y romántico. Con ella, el director establece un paralelismo entre el agua y el amor, dos “materias” maleables que se adaptan a la forma de lo que contenga en un momento dado. Como él mismo explica, “independientemente de la forma que tenga aquello en lo que depositamos nuestro amor, éste se adapta, ya sea a un hombre, a una mujer o a una criatura”. Con la historia de Elisa y el hombre anfibio, Del Toro desarrolla una cura para el cinismo de nuestros días, situando un romance que rompe las barreras de la comunicación y los prejuicios en el contexto de una época de odio entre naciones y discriminación por motivos de raza, género u orientación sexual. Una época que bien podría ser los 60 o 2018. Así, La forma del agua aborda numerosos temas de relevancia presente (acoso sexual, sexismo, homofobia, racismo) con los que añade capas y lecturas a un cuento tan atemporal como actual.

El mundo de La forma del agua es hermoso y cruel, erótico y sangriento, dulce y poético, es un engranaje que funciona con precisión artística gracias a la visión tan específica y personal de Del Toro, pero que alcanza la sublimación con la interpretación que se sitúa en el centro. Lo de Sally Hawkins es de otro mundo. Su capacidad para expresar emociones sin palabras es sin duda merecedora de todos los elogios y reconocimientos que está recibiendo. Pero su recital interpretativo viene además reforzado por el excelente trabajo de los secundarios: Jones, mago de las caracterizaciones monstruosas cuya labor debajo del látex y el maquillaje no debemos subestimar, Shannon abrazando por completo su papel de villano de cuento, Spencer, que aporta la nota más divertida del film, y sobre todo Jenkins, que, con la humanidad que lo caracteriza siempre, da vida a uno de los personajes más entrañables y compasivos que hemos visto recientemente en el cine. Para más señas, un hombre gay de 60 años, colectivo que apenas disfruta de representación positiva en la ficción.

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Aunque estamos quizá ante la cinta más pulida en lo narrativo de la filmografía de Del Toro, en La forma del agua ocurre, a menor escala, lo que suele pasar con prácticamente todas sus películas. El guion no está tan trabajado como la ambientación o el apartado técnico y visual. Aun aceptando que se trata de un cuento de hadas (donde las cosas pasan porque sí y no debemos cuestionarlas demasiado), los agujeros y los trucos del guion pueden chirriar, así como lo precipitado de algunos pasajes, en especial en lo que respecta al enamoramiento entre Elisa y el hombre anfibio. Del primer contacto al segundo hay un salto muy brusco en el que parece haber cambiado todo, y da la sensación de que falta un trozo de historia que nos cuente mejor cómo ha florecido esa relación.

Es un problema, no obstante, que se subsana a base de amor. Viendo a la pareja protagonista interactuar, explorar sus sentimientos y descubrirse físicamente (la escena de su primer encuentro sexual es una buena muestra de la intensa belleza que puede alcanzar el film), acabamos creyéndonos lo que hay entre ellos y luchando contra cualquier incongruencia de guion para protegerlo. Pero ante todo, el amor que eleva la película es el que Del Toro siente por el cine y por el género fantástico, una devoción que como de costumbre, salta a la vista en cada plano (no en vano, Elisa y Giles viven encima de una sala de cine). Es esa pasión ingenua y contagiosa lo que convierte La forma del agua en un trabajo sincero, un precioso acto de amor que renueva la validez de la expresión “la magia del cine”.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Tres operas primas inéditas llegan a DVD

Ya os he hablado en varias ocasiones de la estupenda labor que Sony Pictures Home Entertainment está llevando a cabo recuperando estrenos inéditos en nuestro país para lanzarlos directamente al formato doméstico. Títulos que, en muchos casos, generan mucha expectación al ser anunciados, pero acaban relegados a segundo (o tercer plano). Y no precisamente porque su calidad sea inferior, de hecho muchos de ellos son bastante superiores a los films que nos acaban llegando a las salas. Por ejemplo, recientemente hemos podido ver joyas como Hunt for the Wilderpeople, de Taika Waititi (Thor: Ragnarok), la nominada al Oscar Mujeres del siglo XX o la festivalera Certain Women, a las que ahora se unen los siguientes lanzamientos directos a DVD, tres interesantes películas que tienen en común ser las operas primas de sus respectivos directores.

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Indignación (James Schamus)

Basada en la novela de Philip RothIndignación es el primer largometraje como director de James Schamus. Pero si no lo parece, es porque este lleva 35 años trabajando como guionista y productor en Hollywood (entre sus créditos se encuentran La tormenta de hieloBrokeback Mountain). La película, protagonizada por Logan Lerman (Las ventajas de ser un marginado, Corazones de acero) y Sarah Gadon (Una noche real22.11.63), es una reflexiva crónica de la Norteamérica de los años 50, un inteligente (e intelectual) drama romántico que se opone a otras películas similares que presentan esta misma época de forma idealizada y nostálgica, para ahondar mejor en las preocupaciones de una sociedad al borde del cambio.
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En ella, Marcus (Lerman), un joven brillante de educación judía pero autoproclamado ateo y grandes inquietudes culturales, inicia sus estudios universitarios en el conservador campus de Winesburg, donde se enamorará de la hermosa y complicada Olivia Hutton (Gadon), con la que iniciará una relación que desafiará las convenciones sociales y sus propias creencias. Mientras, sus atribulados padres viven preocupados a distancia por la posibilidad de que su hijo sea llamado algún día a filas para luchar en la guerra, y por tanto, de perderlo para siempre, al igual que le ha ocurrido a tantas familias cercanas a ellos.

Indignación es una estimable opera prima que, si bien tarda en arrancar, tiene una segunda mitad sobresaliente, en especial gracias a las reflexiones sobre la familia, la hipocresía moral y cómo se percibían el sexo y la religión en la sociedad norteamericana de hace sesenta años, pero también a las interpretaciones de Lerman, Gadot, y Linda Emond, que supone la mayor revelación del film dando vida a la madre de Marcus. Indignación no es la mejor película para ver en un mal día, ya que su tristeza puede causar estragos, pero sí es aconsejable no dejarla pasar. Se trata de un relato de muchas capas, imbuido de la literatura clásica estadounidense y muy cercano a la obra de J.D. Salinger, un film tan melancólico como estimulante.

Indignación es una exclusiva de fnac, solo disponible en sus puntos de venta físicos y online. Incluye los extras: ‘Deconstruyendo una escena’ y ‘Trajes de época’.

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Frank & Lola (Matthew Ross)

Frank & Lola es también la opera prima de Matthew Ross (no confundir con Matt Ross, de Silicon Valley Captain Fantastic), su debut en la dirección de largometrajes después de varios años curtiéndose en el arte del corto. La película tiene todas las señas frank-lola-dvdde un primer trabajo para la gran pantalla, pero también la confianza y el temple de un cineasta que lleva ya tiempo practicando su salto a la larga duración.

Ross nos lleva a Las Vegas para realizar un noir moderno, una atípica historia de amor protagonizada por dos personas tan carismáticas y prometedoras como perdidas en sí mismas. Michael Shannon (Take ShelterAnimales nocturnos) e Imogen Poots (FilthGreen Room) interpretan a una pareja a priori chocante (y no solo por la diferencia de edad) que acaba sorprendiendo por su química en pantallaFrank & Lola cuenta la historia de dos personas sumidas en una espiral de pasión, sexo y obsesión, marcadas por un pasado violento que condiciona sus vidas y trunca su felicidad. Un film oscuro y enigmático sobre el amor y la dominación que, si bien no ofrece nada nuevo, se beneficia de las estupendas interpretaciones de Shannon y Poots, dos actores que deberían disfrutar de mayor reconocimiento.

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Kicks: Historia de unas zapatillas (Justin Tipping)

Dirigida por el también debutante Justin TippingKicks es un intenso y exuberante retrato de la juventud en las zonas más pobres de Los Ángeles. La película cuenta la historia de Brandon (Jahking Guillory), un adolescente de 15 años que sueña con tener unas zapatillas Jordan para escapar de su realidad. El chaval se las apaña para conseguirlas, pero pronto se convertirá en el blanco de los matones de su kicks-dvdbarrio, que se las roban, no sin antes darle una paliza. Junto a sus dos mejores amigos, Brandon se embarca en una peligrosa aventura para recuperar las zapatillas, un viaje sin retorno hacia la madurez.

Kicks presenta una llamativa mezcla de estilos, del realismo callejero más crudo a la ensoñación poética, de la crítica social al realismo mágico, con una selección musical compuesta por clásicos del hip hop que marcan el ritmo y de los que además se extraen citas que funcionan como epígrafes de la historia. Rebosante de energíaKicks habla de la dificultad de crecer y prosperar en un mundo caracterizado por la precariedad, el peligro y la masculinidad tóxica de los projects, en el que las drogas, la violencia y la objetificación femenina son el día a día. En este entorno, Brandon se verá obligado a dejar la infancia atrás para adaptarse al entorno en el que le ha tocado vivir, en el que la imagen que uno proyecta lo es todo.

Como curiosidad, Kicks cuenta con la participación del oscarizado Mahershala Ali, en un papel similar al que realiza en Moonlight, el de mentor del joven protagonista (aunque aquí no tan protector o cariñoso como su Juan).

Kicks es una exclusiva de fnac, solo disponible en sus puntos de venta físicos y online. Contenidos adicionales: minidocumental ‘Kicks: Uno a uno’.

Crítica: Loving

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La carrera de Jeff Nichols ha estado hasta ahora caracterizada por cierto inconformismo tranquilo. El joven director originario de Arkansas ha evitado adherirse a la corriente, insistiendo en las historias peculiares, contadas desde un punto de vista muy personal que ha demostrado su talento para abordar géneros muy distintos sin salirse de sus parámetros como autor. Con Take Shelter, el cineasta se ganó el favor de la crítica y el público, manifestando una sensibilidad muy especial para la ciencia ficción. Aquella película, protagonizada por Michael Shannon y Jessica Chastain consolidaba desde bien temprano un estilo que podemos reconocer en sus siguientes trabajos, el cuento americano a lo Mark Twain Mud, la nostálgica revisión del cine sci-fi de los 70-80 Midnight Special, y este año, su primera incursión en el biopic, Loving.

El cine de Nichols se ha movido hasta ahora en la periferia del cine comercial, satisfaciendo a la crítica y a una pequeña porción de la audiencia, pero sin llegar a estallar en el mainstream como algunos de sus contemporáneos, Denis Villeneuve o Damien Chazelle, por nombrar un par de ellos. Loving es su ticket para entrar en los círculos más prestigiosos del cine de Hollywood. Una historia de corte más academicista que narra un hecho histórico en la lucha por los derechos civiles en Norteamérica, y con la que Nichols se coló al principio de la carrera de los Oscar. Con el paso de los meses y la llegada de competidores más fuertes, Loving ha pasado a segundo plano, pero eso no quiere decir que no siga siendo una de las cintas más destacables del año.

Basada en hechos reales e inspirada en el documental de HBO The Loving Story, la película nos cuenta la preciosa historia de amor de Mildred y Richard Loving (Ruth Negga y Joel Edgerton), una pareja interracial que se casó en Virginia en 1968. Poco después de comenzar su vida en común, el matrimonio es arrestado y encarcelado, ya que su relación es ilegal en el estado donde siempre han vivido, y donde sueñan con formar una familia. Las autoridades les dan un ultimátum, o se divorcian o se marchan del estado, teniendo prohibido volver en 25 años. Los Loving optan por el exilio y abandonan su hogar para mudarse a Washington D.C. Pero el anhelo de la vida en el campo y sus familias les llevan a luchar por su regreso a casa, para lo que inician un proceso legal con la intención de abolir la ley, que va en contra de los derechos humanos.

Comparada con su filmografía previa, Loving es el trabajo decididamente más convencional de Nichols. Aquí no hay pasajes de realismo mágico, ni ciencia ficción destilada en el drama, sino lo que cabe esperar de una película biográfica. Sin embargo, Loving posee una sinceridad y una inteligencia emocional que no encontramos en la mayoría de biopics de Hollywood. La historia de los Loving (no me detendré a hablar de lo convenientemente mágico de su apellido) está contada con la característica intensidad contenida de Nichols, situando a sus personajes al borde de la erupción, sin que estos lleguen nunca a estallar en grandes gestos melodramáticos. En este sentido, es necesario elogiar la soberbia labor interpretativa de sus protagonistas, Ruth Negga y Joel Edgerton, dos actores completamente entregados a sus papeles y a la causa de sus personajes. Negga borda la inocencia combatiente de Mildred, el dolor del amor que se puede ver reflejado en sus ojos, mientras Edgerton construye a un personaje silenciosamente apasionado y visceral de forma muy elocuente, a base de sutiles matices que nos dicen todo lo que está pensando, y demostrando así una vez más que es uno de los talentos más infravalorados del cine actual.

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Loving es una película de tenue belleza y gran delicadeza, sobria pero cálida, tan tranquila a la hora de hablar de temas tan tumultuosos que la fuerza que hay bajo su elegante fachada puede pasar desapercibida. Pero si intentamos ponernos en la piel de los Loving entenderemos que el objetivo no es realizar un gran drama hollywoodiense con fanfarrias y discursos motivadores para desatar la lágrima fácil, sino simplemente hacer llegar un mensaje que no necesita aditivos: Lo único que los Loving quieren es que les dejen amar y ser amados, y poder construir un futuro donde han vivido felices su pasado. Para ellos, cambiar el mundo es un (afortunado) hecho colateral que allana el camino para las causas que a día de hoy seguimos luchando. Y por eso Nichols nos lo presenta arropado en un manto de ternura, con mucho tacto y mesura, rindiendo tributo al amor entre los sujetos reales de la historia. Loving cuenta un hecho de suma importancia histórica desde una perspectiva muy humana, y ahí es donde encontramos al Nichols de siempre.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Animales nocturnos

Actores que se meten a estrellas de pop, cantantes que persiguen el Oscar en interpretación, novelistas que prueban a ser guionistas… La industria del espectáculo, como cualquier otro ámbito, siempre ha estado llena de gente que intenta salir de su zona de confort profesional para probar a ver si puede hacer lo mismo que los demás. Intrusismo, nepotismo, oportunismo… Muchos de ellos no nos dan razones para justificar el salto a lo “desconocido” más allá del mero capricho, pero hay unos pocos que lo argumentan con pruebas convincentes. Sería el caso de Tom Ford, el famoso diseñador de moda que en 2009 sorprendió gratamente con su primera película como director, Un hombre soltero (A Single Man), una obra sensible y profunda que atestiguaba que, además de su evidente talento para lo estético, Ford tenía muy buena mano para contar historias y caracterizar personajes.

Han tenido que pasar unos años para que el modisto/realizador se aventure con su segunda película, Animales nocturnos (Nocturnal Animals), pero la espera ha merecido la pena, ya que con ella demuestra que lo suyo no fue la suerte del principiante, sino que efectivamente Ford tiene verdadero talento cinematográfico. Oscura, sensual y elegantemente imperfecta, Animales nocturnos continúa la disección que Ford inició de las esferas más altas de la sociedad con su opera prima, de la gente distinguida y refinada que se ahoga en sus jaulas de diseño y deambula en sus acomodados vacíos existenciales (ya sabéis lo que dicen, “escribe sobre lo que conoces”). Pero amplía sus horizontes como autor añadiendo un componente de suspense que al final (y afortunadamente) acaba dominando la película.

Basada en la novela Tony and Susan de Austin WrightAnimales nocturnos se centra en Susan Morrow, una exitosa galerista de Los Ángeles interpretada por Amy Adams (este año de nuevo en racha gracias a esta y La llegada) que comparte su privilegiada vida con su segundo marido, un empresario y heredero con aspecto de príncipe azul moderno (Armie Hammer). Un fin de semana en el que este se encuentra en uno de sus viajes de negocio, Susan recibe un paquete en el correo. Se trata de un borrador de la novela escrita por su ex marido, Edward Sheffield (Jake Gyllenhaal), del que lleva diecinueve años sin saber nada. Susan comienza a leer el libro, que Edward le ha dedicado personalmente, y se ve inmediatamente atrapada y devastada por su contenido. La novela, titulada Animales nocturnos, es un thriller violento y demoledor que obliga a Susan a recordar su historia de amor con el autor, truncada por la diferencia de clases y la ambición, y revivir las decisiones que la han llevado hasta el lugar en el que se encuentra. Así, Susan descubrirá que las palabras que ha escrito Edward son en realidad dardos envenenados dirigidos hacia ella, el resultado de un plan vindicativo gestado a lo largo del tiempo.

Animales nocturnos es dos películas en una. Por un lado un drama psicológico centrado en explorar la psique de una mujer arrepentida en plena crisis de mediana edad y la confeccionada realidad en la que vive, y por otro un crudo e intenso thriller de venganza clásico. El choque de estilos provoca un contraste muy interesante, aunque también desconcertante. Y es que a Ford le cuesta dar cohesión a los dos segmentos entrelazados del film, resultando en un ritmo descompasado y una mayor dificultad para conectar con la historia de su protagonista. Pero en el fondo, se trata de eso precisamente: las escenas que transcurren en la realidad se experimentan como interrupciones de la asfixiante historia de ficción que la condiciona, poniendo en perspectiva los problemas de Susan. Es decir, Animales nocturnos (el libro) es un castigo para ella, una horrible tragedia vivida por una familia de clase media creada no solo para hacer daño a Susan (Isla Fisher, siempre comparada con Adams, interpreta en un giro muy astuto y meta a su “alter ego” en el libro), sino también para hundirla aun más en sus rich people problems. Y eso es lo que, en última instancia, da coherencia al film, que sus dos partes, por muy dispares que sean, hablan de lo mismo, que ambas forman una inquietante historia de venganza.

Para pertenecer al 1%, Tom Ford tiene una visión muy autoconsciente del mundo privilegiado en el que vive y una gran capacidad como observador social. Aunque a veces sea difícil distinguir entre la pretensión y la autocrítica, la película posee cierta maliciacualidad satírica que se manifiesta en los pequeños detalles. Un iPhone hecho añicos que no hace ni pestañear a su dueña, compañera de la galería de Susan interpretada por Jena Malone (“Da igual, de todos modos mañana salía el nuevo”), un discurso sobre la relatividad de la tragedia según la posición social que suena tan autocomplaciente como cínico (que seamos ricos no quiere decir que no suframos por nuestras cosas), un rostro esperpénticamente modificado por la cirugía estética que se convierte en objeto de burla, o la impactante exposición con la que Ford abre la película, ¿provocación sublime o arrogante? En realidad no importa, ya que resulta igualmente fascinante.

En cualquier caso, el verdadero golpe que Ford asesta al espectador ocurre durante la parte “ficticia” del film. Como hemos dicho, el director lleva a cabo una película dentro de otra, un intenso y grotesco thriller, que, como no podía ser de otra manera, se ambienta en la América profunda (Texas para ser más concretos), ese decadente e insalubre escenario en el que se desarrollan los crímenes más atroces, las cacerías más sanguinarias, donde la locura es tan común como la obesidad mórbida. Allí, Ford lleva a cabo un sobresaliente ejercicio de tensión narrativa y puesta en escena con el que sume al (segundo) personaje de Gyllenhaal, Tony (y por ende al de Adams, y al espectador), en una horrible pesadilla sin salida. Le acompañan un mayúsculo Michael Shannon y un explosivo Aaron Taylor-Johnson, que apunta directamente a los nervios dando vida a un paleto desquiciado en la que es una de sus mejores interpretaciones hasta la fecha. La historia de Tony (desgarrador Gyllenhaal) es tan absorbente e implacable, que cada vez que Susan tiene que dejar el libro desbordada por sus páginas, debería suponer un respiro para el espectador, pero en realidad nos saca violentamente de lo que verdaderamente nos interesa.

Es cierto que, a pesar de filmar con un gusto indudablemente exquisito, Ford no hila ambas partes de la historia de la manera más fluida, además de que la de Adams puede resultar excesivamente fría, incluso superficial, por no hablar de los numerosos clichés que la componen. Sin embargo, aun con sus problemas, Animales nocturnos es una obra cinematográfica profundamente estimulante y embriagadora, un trabajo de altura con el que Ford deja clara su ambición y desvela que su talento solo es equiparable a su crueldad.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Los tres reyes malos

Joseph Gordon Levitt;Seth Rogen;Anthony Mackie

Érase una vez tres amigos de toda la vida, Ethan (Joseph Gordon-Levitt), Isaac (Seth Rogen) y Chris (Anthony Mackie), que se reunían todas las vísperas de Navidad para pasar juntos una noche de diversión y desenfreno en Nueva York. Mientras Isaac y Chris encuentran la plenitud familiar y profesional (o eso parece), Ethan sigue atascado a los 33, trabajando como elfo de Santa Claus en el centro comercial y sin novia después de que el miedo al compromiso boicotease su relación con ella (Lizzy Caplan). Ahora que los tres amigos se han convertido en adultos (técnicamente), la tradición llega a su fin y se disponen a pasar la última Nochebuena juntos. Y para despedir la tradición de la forma más memorable, están decididos encontrar de una vez por todas la legendaria “Nutcracka Ball“, una fiesta secreta que levan buscando todas las Nochebuenas desde que empezaron a salir juntos.

Con ese argumento, no os sorprenderá saber que detrás de Los tres reyes malos (The Night Before) se encuentran los responsables de películas como Juerga hasta el fin (This Is the End) o Malditos vecinos (Neighbors). Dirigida por Jonathan Levine (50/50, Memorias de un zombie adolescente), y escrita a cuatro bandas por los guionistas y productores de prácticamente todas las cintas protagonizadas por Seth Rogen y su troupeLos tres reyes magos es exactamente lo que parece, otra comedia gamberra digna de esta pandilla de humoristas, con bien de sal gruesa, humor de fumetas y ese toque de ternura y reflexión sobre la adultez que no puede faltar en ninguno de sus títulos. Desde que Judd Apatow implantó el modelo a seguir con SuperbadPineapple Express, estas películas han repetido una y otra vez el mismo patrón: un grupo de adultos que se niegan a crecer viven una aventura alucinada repleta de encontronazos de la que su amistad saldrá reforzada. Es el triunfo del bromance en la comedia USA, la clave de una fórmula tonta pero inteligente que sigue resultando infalible a la hora de desatar carcajadas.

Los Tres Reyes MalosPorque Los tres reyes malos no deja de ser lo mismo de siempre, pero se las arregla para mantener el interés y divertir de principio a fin. Es más, la película mejora conforme avanza y las pesquisas de estos tres buenos amigos se vuelven cada vez más disparatadas y bizarras. El secreto está en dibujar a unos personajes que despierten simpatía, que transmitan un halo de perdedores pero a la vez nos hagan desear vivir esta rocambolesca Jo, ¡qué noche! con ellos. Y eso es justo lo que hacen Gordon-Levitt, Rogen y Mackie, tres actores que dan rienda suelta a su encanto bobalicón y se crecen en la torpeza social de sus personajes (que ni son malos, ni hacen de reyes, ni siquiera mencionan a los Magos de Oriente, de hecho son tres trozos de pan, pero vamos a obviar la chapuza de título en español para evitar una pataleta).

Gordon-Levitt está perfecto como el “amigo normal” con el que es más fácil identificarse y Mackie da rienda suelta a su vis cómica (de la que ya tuvimos un adelanto en Capitán América: El soldado de invierno) con un personaje gracioso y adorable a partes iguales. Pero es Rogen en particular quien se erige como el alma de la película, derrochando energía desquiciada en descacharrantes escenas de colocón (especial atención a la del móvil y sobre todo a la misa de medianoche). Ahora bien, aunque la excelente química del trío es lo que sostiene la película, lo mejor de Los tres reyes malos es el genial y continuo desfile de cameos, rostros (y voces) populares de la comedia americana actual (tanto en cine como en televisión) y alguna que otra estrella pop, que es mejor no desvelar para no estropear la sorpresa. Apariciones estelares (y espectrales) de las que destaca una cuyo nombre sí debemos escribir (ya que no es técnicamente cameo, sino secundario): Michael Shannon. Es más, volveremos a escribirlo, esta vez en mayúsculas, para que quede bien claro lo que queremos decir: MICHAEL SHANNON. A sus pies.

Los tres reyes malos no revolucionará el panorama de la comedia USA actual, pero es una película navideña sorprendentemente sólida, una “distinguida” adición al catálogo de Rogen & co. que satisfará a los que suelan disfrutar de sus gamberradas con corazón (La entrevista no cuenta).

Valoración: ★★★½