‘Transformers: El último caballero’ es tan mala que es casi buena

Diez años después de que la primera Transformers reventara la taquilla mundial, ya vamos por la quinta entrega de la exitosa franquicia basada en los juguetes de Hasbro, Transformers: El último caballero (Transformers: The Last Knight). Michael Bay vuelve a la silla del director en la que podría ser su última película como realizador de la saga, mientras que Mark Wahlberg repite como Cade Yeager, protagonista de otro explosivo espectáculo de acción y efectos digitales made in Bay que ofrece exactamente lo mismo que las anteriores películas de la saga.

Solo que en esta ocasión se agitan los cimientos de la historia (por llamarlo de alguna manera) mediante la muy socorrida continuidad retroactiva, recurso con el que se sigue reescribiendo la mitología de los Transformers. En esta ocasión nos trasladamos a la Europa de las cruzadas para descubrir no solo que las leyendas del Rey Arturo y Merlín son ciertas, sino que sus aventuras contaron con la ayuda de una legendaria raza de Transformers, que formaron parte de los Caballeros de la Mesa Redonda. Fast forward al futuro, nuestro presente, donde los humanos y los Transformers están en guerra y un Optimus Prime convertido en villano ha desaparecido. La salvación de la Tierra depende de una clave enterrada en nuestro planeta, y una alianza imposible entre Yeager, un Lord inglés (Anthony Hopkins) y una profesora de Oxford (Laura Haddock), que deberán unir fuerzas con los Autobots para impedir que una gran amenaza acabe destruyendo el mundo para siempre.

Si esta breve sinopsis os parece una locura, esperad a ver la película. El anterior párrafo solo rasca la superficie de lo que es Transformers: El último caballero, un inconcebible batiburrillo de ideas, leyendas y tramas que marean más que las vertiginosas escenas de acción de la saga. El último caballero es mil películas en una, un caos narrativo en el que todo tiene cabida: acción postapocalíptica, trama militar, cine de catástrofes, Camelot, dinosaurios, dragones, viajes intergalácticos, secuencias bélicas, invasiones extraterrestres, nazis, profecías milenarias, ¡Pangea! ¡Stonehenge! ¡Submarinos! Parece que estamos citando elementos al azar, pero no, todo esto forma parte de la película. Ver para creer.

En un momento de la película, Vivian, el personaje interpretado por la nueva Megan Fox de la saga, Laura Haddock (una profesora universitaria directamente salida de una fantasía porno hetero), dice “La lógica ha abandonado el edificio”. Ese es uno de los muchos guiños que hace la película al absurdo que la recorre de principio a fin. Seamos sinceros, Transformers: El último caballero no pretende engañar a nadie. Si vamos a ver esta película habiendo visto las cuatro anteriores es porque sabemos exactamente lo que quiere darnos: acción ruidosa y mareante, destrucción, explosiones, vorágine de efectos digitales, argumento sin sentido y humor tontorrón. Eso es Transformers, y eso es El último caballero. Pedirle otra cosa sería estúpido.

Y eso es lo que salva esta película (por los pelos), a pesar del despropósito continuo que es, su autoconsciencia, que Bay sabe perfectamente lo que está haciendo. Lo vemos en el humor, muy autorreferencial y bobalicón, lo vemos en los diálogos, generalmente insufribles, pero con destellos de agudeza que hacen referencia jocosa a los defectos más reconocibles de Bay: el machismo, la incoherencia narrativa, la forma en la que “roba” de otros… En esta entrega en concreto, salta a la vista la influencia de Star Wars: Episodio VII – El despertar de la fuerza, con la incorporación de la joven Isabela Moner, que interpreta a una suerte de Rey infantil, con su propia versión de BB-8, un Transformer Vespa llamado Sqweeks. Y la inspiración en la saga galáctica de George Lucas en la nueva Transformers no se detiene ahí, porque otro nuevo robot, el mayordomo con demencia y problemas de control de ira (insisto, no me estoy inventando nada) Cogman, es una copia de C-3PO, como reconoce la propia película en uno de sus diálogos más meta.

Estos detalles son los que invitan a que tratemos a Transformers: El último caballero con más indulgencia. Esto y la presencia de Sir Anthony Hopkins, que se presta (aparentemente) encantado a la locura de la propuesta y nos deja algunos de los mejores momentos cómicos de la película (ver a Hopkins aguantando el tipo y riéndose de sí mismo en medio de este remolino de fuego y metal suma puntos al film). Pero no es solo él, todos parecen formar parte conscientemente de la broma, Wahlberg, Haddock (que por cierto, no hacen mala pareja cómica), John Turturro… Si hasta hay un cachondísimo guiño a Shia LaBeouf, el protagonista original de la saga, que no ha tenido reparos en criticarla en numerosas ocasiones. En definitiva, Transformers: El último caballero es tan chiflada y pasada de rosca en todos los sentidos y se toma tan poco en serio que es fácil disfrutarla si uno decide dejarse llevar. Es eso o morir en el intento.

Huelga decir que todos los defectos de la franquicia siguen ahí, y además aparecen multiplicados por cinco. La confusión de tonos y estilos, la objetificación femenina (esta vez suavizada, y compensada por abajo con un chistoso momento de cosificación masculina), el product placement, las incongruencias y los deus ex machina, fragmentación excesiva de la historia (no hay guión, solo momentos amontonados), tramas que no aportan nada (los personajes de Josh Duhamel y John Turturro no podrían sobrar más) o no van a ninguna parte (la banda de Decepticons malotes, presentados con rótulos al estilo Escuadrón Suicida para desaparecer enseguida), los chistes pueriles, y por encima de todo, su excesiva duración. De nuevo, no debería sorprendernos si hemos visto las anteriores películas, pero habría ayudado mucho que en esta ocasión se hubieran recortado unos 30 minutos del metraje, los que hacen que el clímax se alargue hasta el paroxismo y toda la diversión que se puede haber experimentado durante las dos disparatadas horas anteriores se disipe. Transformers: El último caballero es un espectáculo desenfadado y muy distraído, hasta que se convierte en lo más plomizo que uno pueda imaginar.

Y a pesar de dejar exhausto y con mal sabor de boca, la película cumple su cometido la mayor parte del tiempo. Ofrece la acción descerebrada y sobrecargada sin descanso que esperamos de la saga, con batallas épicas y stunts imposibles que desafían la lógica y la gravedad en pos del espectáculo, realiza otro despliegue digital asombroso (diréis lo que queráis sobre Transformers, pero los efectos casi siempre son brutales), y su irregular sentido del humor lo mismo te hace morir de vergüenza ajena que soltar una carcajada. El pobre resultado de taquilla de la película en Estados Unidos indica que la audiencia ya se ha cansado de Transformers, y es perfectamente lógico, el agotamiento ya era inevitable. Pero El último caballero es tan fascinantemente absurda y delirante que puede llegar a resultar muy divertida si se ve con la predisposición adecuada, una película tan ridícula que roza lo sublime.

Lo mejor: Su autoconsciencia y sentido del humor, y que no tiene miedo de hacer el ridículo. Anthony Hopkins haciendo el ganso. Y los efectos digitales.
Lo peor: Su trama, tan confusa y enrevesada que llega un momento que uno se satura con tanta información, objetos mágicos y profecías sin sentido conectadas al azar. Y sobre todo la duración. El clímax se hace insoportablemente largo.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Crítica: Ninja Turtles – Fuera de las sombras

TEENAGE MUTANT NINJA TURTLES: OUT OF THE SHADOWS

La primera Ninja Turtles, estrenada con éxito de taquilla en 2014, era todo lo que cabe esperar de una superproducción made in Michael Bay: acción exagerada, efectos digitales a porrillo, humor pueril, agresivo product placement y objetificación de la mujer. Pero cumplía una regla de oro de los blockbusters estivales: proporcionar pura evasión y entretenimiento. Que sí, que se podría haber hecho un producto más cuidado, responsable o ingenioso, pero la película tampoco engañaba a nadie, se ofrecía como pasatiempo para apagar el cerebro y dejarse llevar. En este sentido, Ninja Turtles lograba su propósito, y su secuela, Ninja Turtles: Fuera de las sombras sigue en la misma línea, solo que esta vez, como mandan las reglas del blockbuster, la acción es más grande, el reparto más numeroso y la amenaza a la que se enfrentan los héroes más apocalíptica.

Ninja Turtles: Fuera de las sombras vuelve a estar orientada a los más pequeños de la casa. Es más, en esta ocasión la franquicia abraza con más fuerza todavía su naturaleza de cartoon noventero (u ochentero)Fuera de las sombras es, a casi todos los efectos, un largometraje de animación que reproduce el espíritu de los dibujos -la acción tontorrona, el humor estúpido, las tramas arquetípicas-, pero con el habitual ritmo espídico y el tono épico del blockbuster actual. Y es que, además de rendir ese tributo modernizado a los dibujos de nuestra infancia, Fuera de las sombras se construye a imagen y semejanza de las películas de superhéroes que dominan el panorama estos días. La primera película ya presentaba a las Tortugas bajo el prisma superheroico, pero esta insiste aun más en el conflicto del justiciero que salva el mundo ocultando su verdadera naturaleza, e incluso reproduce el esquema marveliano, con tres actos que recuerdan inevitablemente a Los Vengadores y un clímax sacado directamente de la película de Joss Whedon. Y lo cierto es que, aunque carezca de cualquier atisbo de originalidad, no se maneja mal del todo con el género.

El argumento de Ninja Turtles: Fuera de las sombras es lo de menos. Lo importante es saber que la secuela introduce a viejos conocidos del universo TMNT que se quedaron fuera de la primera entrega: los descerebrados Bebop y Rocksteady (los peores secundarios de un blockbuster junto a Jar Jar Binks y los coches “gemelos” de Transformers, Skids y Mudflap) y el icónico villano Krang, que toma el relevo de Shredder (también presente) como la mayor amenaza a derrotar por las Tortugas. En el apartado humano también hay nuevas incorporaciones, Casey Jones, el justiciero patinador que interpreta (con cierta gracia) Stephen Amell (Arrow) y la jefa de la policía Rebecca Vincent, mala-que-en-realidad-no-es-mala interpretada por la actriz comodín que estaba libre en ese momento, Laura Linney. Retoman sus papeles originales Will Arnett como Vernon Fennwick, convertido en un chiste recurrente con patas, y Megan Fox como April O’Neil, que esta vez parece pasárselo un poco mejor haciendo la película, seduciendo, dando saltos (pero no le pidas que luche, que es una señorita y para eso están los hombres) y ofreciéndose como carnaza para pre-adolescentes salidorros. Sin embargo, los protagonistas siguen siendo las Tortugas (de nuevo, creaciones CGI fluidas y excelentemente integradas en los escenarios), cuyos diferentes caracteres y relaciones se desarrollan un poco más en esta secuela, a partir del obligatorio cisma que se produce entre ellos (como dictan los cánones comiqueros).

TEENAGE MUTANT NINJA TURTLES: OUT OF THE SHADOWS

El desconocido Dave Green toma el relevo de Jonathan Liebesman como director intercambiable de la franquicia (que podría tener los días contados después de su batacazo en la taquilla estadounidense) y lleva a cabo un espectáculo digital de acción colorista, frenética y mareante, evidentemente confeccionada para su “lucimiento” en 3D. Si uno aguanta los artificiales movimientos de cámara que hacen que parezca que estamos jugando al Sonic en vez de viendo una película, tiene muchas posibilidades de disfrutar Ninja Turtles 2, un producto hecho para el consumo rápido, que no viene mal de vez en cuando. Porque aunque se le podrían reprochar muchas cosas más, al final esta película no es más que una chorrada inofensiva totalmente consciente de su naturaleza casposa (es como la nueva Howard, un nuevo héroe. En serio). Ninja Turtles: Fuera de las sombras no solo sabe lo tonta que es, sino que se regodea en ello, encadenando sin complejos chistes dolorosamente malos entre sinsentidos narrativos y agujeros gigantescos. Se esfuerza (demasiado) en ser cool, y provoca el efecto contrario (cuidado con el lamentable doblaje español, debuti incluido, que hará que la vergüenza ajena aumente), pero es que le da exactamente igual, no le importa quedar como el tonto de la clase, siempre y cuando sus bufonadas nos diviertan, y por tanto a vosotros tampoco debería preocuparos, sobre todo si estáis repitiendo después de haber visto la primera y sabéis a lo que vais.

Entre sonrojantes juegos de palabras, efectos vistosos y divertidos y ruidosos set piecesNinja Turtles: Fuera de las sombras desempeña con soltura su misión principal: darnos una aventura desenfadada y nostálgica que hace las veces de dibujos para merendar. Y nada más. Se recomienda su visionado comiendo un bocadillo de Nocilla para completar la experiencia.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: 13 horas: Los soldados secretos de Bengasi

John Krasinski 13 horas

Texto escrito por David Lastra

Si Steven Spielberg inventó los sueños George Lucas el espacio, Michael Bay inventó las explosiones. Dueño y señor de la saga Transformers, domador de asteroides a ritmo de Aerosmith en Armageddon, planificador de fugas imposibles en La roca, amplificador del swag genético de Will Smith con Dos policías rebeldes y creador de una de las mejores comedias de acción de la década, la infravalorada Dolor y dinero… el nicho televisivo de El peliculón de la semana está hecho para él o para alguna de sus producciones marca de la casa (véase Ninja Turtles Project Almanac). Únicamente Roland Emmerich sería capaz de competir en su liga de explosiones, palomitas y momentos WTF tremendamente ridículos y disfrutables. Parece ser que el maestro Bay necesitaba nuevas emociones y por eso intenta abrazar el llamado ‘cine serio’ antes de embarcarse en la enésima entrega de los coches que se transforman en robots.

13 horas: los soldados secretos de Bengasi es el intento tremendamente fallido de Michael Bay por acercarse al cine más académico. No seré yo el que critique su acto de supuesta valentía tras tantos años de carrera, todo lo contrario, aplaudí su paso a la comedia (género que había tocado de manera transversal en numerosas ocasiones) y me disponía a ver con buenos ojos su primera película bélica al uso. El problema es que el realizador demuestra con creces no solo que no está capacitado para llevar a cabo un producto audiovisual de este tipo, sino que intenta emular a la mayor eminencia cinematográfica del género bélico en las últimas décadas: Kathryn Bigelow. 13 horas. Los soldados secretos de Bengasi copia la forma narrativa de esa obra maestra llamada Zero Dark Thirty e intenta convertir al grupo de soldados apostados en Bengasi en el carismático grupo de En tierra hostil, por lo que la comparación y mi consiguiente cabreo está completamente justificado. Mientras que las películas de Bigelow son un ejemplo de narración, ritmo, épica, sentimientos y portentosas interpretaciones (a Jeremy Renner y, especialmente, a Jessica Chastain les robaron sendos Oscars Jeff Bridges13-horas-los-soldados-secretos-de-bengasi-michael-bayJennifer Lawrence, respectivamente), el film de Bay es un burdo panfleto propagandístico (no obviaré con esto el nacionalismo de los films de Bigelow, pero además de alguna que otra autocrítica, qué bien que nos lo cuela), con unos personajes extremadamente planos (hasta para el cine de Bay), más de un momento sonrojante (las frases lapidarias de los personajes son el horror) y una trama que por mucho que quiera convertir en cinematográfica no da ni para una intro de un episodio de relleno de Homeland.

Es cuasi imposible la tarea de hablar de interpretaciones en 13 horas: los soldados secretos de Bengasi, ya que la descripción de cada personaje no supera el renglón y medio. Es una pena que John ‘Jim Halpert’ Krasinski siga sin tener suerte en su elección de proyectos en la gran pantalla, aunque también hay que decir que no es que haga mucho por luchar por su personaje. Suyo es el mínimo peso dramático de la película y demuestra que no sabe qué hacer con ello. Completan el cuerpo de soldados, los televisivos Pablo ‘Pornstache’ SchreiberDavid Denman (antiguo compañero de Krasinski en The Office), Dominic Fumusa (Nurse Jackie), Max Martini (RevengeThe Unit) y James Badge Dale (24The Pacific). Todos intercambiables e insustanciales, no siendo ese el mayor problema sino que el gran fracaso viene en los pocos momentos en los que intentan diferenciarlos a base de clichés (fotos familiares y demás anécdotas graciosillas,…). Ah, y también hay una mujer, que podría ser fácilmente intercambiable por una piedra y/o un sapo con peluca rubia.

13 horas: los soldados secretos de Bengasi es la película que Kathryn Bigelow nunca haría. Por respeto a los Estados Unidos y a la inteligencia del espectador medio.

 Valoración: ★½

Crítica: Project Almanac

PROJECT ALMANAC

En Project Almanac, David Raskin (Jonny Weston), nerd de elevado cociente intelectual, socialmente inadaptado y (cómo no) con aspecto de modelo de Abercrombie & Fitch, encuentra junto a su hermana la cámara de vídeo de su difunto padre en el ático. En ella hay una grabación del día de su séptimo cumpleaños, donde David se descubre a sí mismo (o sea, a su yo del presente) reflejado en un espejo. Es la primera pista que le llevará a desempolvar un proyecto secreto del gobierno en el que su padre había estado trabajando antes de morir: una máquina del tiempo. Junto a sus dos mejores amigos, cerebritos pringaos, su hermana (un ente rubio sin personalidad) y la chica de sus sueños (que pasaba por ahí), el muchacho forma una suerte de “Club de los cinco” (en realidad son más “El club de los incomprendidos“) con el que logra poner en funcionamiento el dispositivo. El potencial de la máquina es ilimitado, y los chicos la usan como todos lo haríamos, claro está: tras descartar el asesinato de Hitler (chiste obligado), ganar la lotería, hacer cara a sus bullies, irse a desfasar a un festival de música, ser popular en el insti y conseguir que la chica se enamore de ti. Sin embargo, con cada aventura en el pasado van alterando el presente, hasta que el efecto mariposa desemboca en tragedias personales y a escala mundial.

Project Almanac posterAl igual que Ouija es “terror” para treceañeros, Project Almanac es “ciencia ficción” para la nueva generación MTV (cadena que produce el film). Dean Israelite, el realizador de la cinta, nos propone junto a los productores Brad Fuller (los remakes de La matanza de TexasViernes 13Ninja Turtles, la mencionada Ouija) y Michael Bay (sobran las presentaciones) una actualización del cine de viajes en el tiempo que amasa los tópicos recurrentes del género junto a los ingredientes artificiales de la nueva ola de ficción televisiva de la ex Cadena Musical. Es decir, aventuras clásicas, paradojas temporales, chicos guapos de catálogo de surf, chicas en bikini y shorts estranguladores aullando cachondas, espíritu y estética Spring Breakers, product placement (no falla el insólito plano de cierta bebida energética amiga de la cadena) y un falso halo de autoconsciencia e ingenio que pretende que nos la tomemos más en serio de lo que se merece (a lo Teen Wolf). Vamos, que durante todo su metraje Project Almanac se esfuerza en parecer lista, pero no puede ocultar la evidencia: será muy guapa y resultona, pero es tonta de remate.

Por esto, Project Almanac supone una oportunidad perdida. Tenía todo lo que hacía falta para postar como nuevo clásico de culto teen, pero se pierde en incontables agujeros narrativos y se autoboicotea recurriendo al hastiado estilo found footage en un intento de emular a Chronicle (2012) -la película busca desesperadamente motivos para que sus personajes sigan grabando pero no repara en que las escenas grabadas con un solo móvil no deberían tener montaje plano-contraplano. Cuando los protagonistas empiezan a construir la máquina del tiempo, se suceden las escenas sin sentido y la irrisorias explicaciones científicas a medias tintas. Pero da igual, antes de que nos empecemos a plantear de verdad lo pobremente hilado que está todo, la fiesta nos interrumpe, y nos damos cuenta de que el film no aspira a otra cosa más que a embelesar al adolescente salidorro con ganas de Lollapalooza (festival donde el film no le importa perder el tiempo). Para ello, Project Almanac incurre entre otras cosas en el sexismo más lamentable: ellos son los genios que aspiran a entrar en la universidad y obtener la gloria profesional, los que llevan la voz cantante en el proyecto mientras ellas se conforman con estar buenas, ser objetos de deseo y sujetar la cámara (literalmente, la hermana solo se pone delante de ella para enseñar cacho). Nada de esto nos sorprende teniendo en cuenta los distinguidos nombres que hay tras el proyecto, pero nos apena ver cómo lo que empieza como una más que decente y entretenida película de aventuras, que acaba convirtiéndose en otro Red Bull audiovisual.

Valoración: ★★

Crítica: Ninja Turtles

TEENAGE MUTANT NINJA TURTLES

La cultura popular, hoy lo vemos más que nunca, es claramente cíclica y basada en la retroalimentación. Este año en especial hemos celebrado infinidad de aniversarios televisivos, el vinilo ha registrado en 2014 su mayor número de ventas desde los 90, incluso el cassette vuelve a estar de moda. ¿Por qué, si es feo, impráctico y no da calidad de sonido? Pues porque Peter Quill ha logrado que vuelva a ser guay (aunque para ser justos, muchas bandas de música llevan varios años practicando el nuevo culto al formato). Y atención, porque se acerca el inminente 30º aniversario de Regreso al futuro. Pero antes, este año también celebramos el 30º aniversario de las Tortugas Ninja, que nacieron en las páginas de un cómic en blanco y negro en 1984, creado por Kevin Eastman y Peter Laird. Las Teenage Mutant Ninja Turtles regresan al cine para festejarlo con Ninja Turtles (título oficial en España), un espectáculo pirotécnico que lleva el sello Michael Bay, pero que, sorpresa, es mucho mejor que las últimas tres Transformers juntas (sí, lo sé, tampoco era muy difícil).

Empecemos por el principio. Aunque Eastman y Laird crearon a las TMNT inspirándose de alguna manera en lo que estaba haciendo Frank Miller en los 80, lo rocambolesco de su historia (cuatro tortugas adolescentes y antropomorfas genéticamente alteradas que son criadas por una rata y se dedican a defender la ciudad enmascarados como justicieros superheroicos) contribuyó a que la franquicia se orientase pronto hacia los más pequeños. Primero en forma de serie animada y más tarde, ya a comienzos de los 90, con varias películas de acción real en las que las Tortugas cobraban vida gracias a la magia de la Jim Henson Company. Siempre (felizmente) asociadas a lo camp y con altas dosis de humor bobalicón y desenfadado (Cowabunga!), las Tortugas Ninja se instalaron en el imaginario de millones de niños, y a ellos precisamente es a los que va dirigida esta nueva película.

Producido por NickelodeonNinja Turtles es un film para todos los públicos, pensado especialmente para los más pequeños de la casa, y quizás sus hermanos preadolescentes. Por supuesto, la película es toda una orgía pop culture, y como tal, los adultos encontrarán el aliciente de reconocer referencias y marcadores cronológicos de los 80 y los 90 (también alguno de los 2000, porque la niñez de las tortugas se ha llevado a esa época para actualizar el relato) y volver a ver a sus héroes de la infancia en pantalla grande. Pero no nos engañemos, a grandes rasgos, Ninja Turtles es simple y llanamente una película infantil. Y lo más sorprendente es que, a pesar de ello, se han molestado en hacer algo más elaborado que la clásica combinación de slapstick tontorrón y humor caca-culo-pedo-pis. Ninja Turtles es claramente cine de usar y tirar, pero no por ello subestima en exceso a su público objetivo, esos niños que saldrán del cine pidiendo a sus padres que le compren a su tortuga favorita, Donatello, Rafael, Michelangelo o LeonardoNinja Turtles es en el fondo una película de animación, pero no una excesivamente infantiloide, sino una que recoge todas las tendencias del cine actual de acción y superhéroes, en un intento de dotar a esta historia de mayor vigencia y, en la medida de lo posible, sentido (y aún así, todavía hay adultos que se ríen de lo implausible que es todo y lo ridículo que les parece ver a cuatro tortugas gigantes haciendo artes marciales, ¡qué poco realista, mon dieu!).

TEENAGE MUTANT NINJA TURTLES

Por supuesto, el guión de Ninja Turtles es formulaico y predecible hasta decir basta (ese villano que hasta el más pequeño desenmascará nada más verlo y cuyas motivaciones son menos creíbles que la propia existencia de las Tortugas), pero evita en todo momento las largas secuencias de exposición y las soporíferas escenas de estrategia militar y protocolo gubernamental que suelen lastrar el cine de Bay -quizás debamos darle las gracias al director, Jonathan Liebesman, por des-bay-izar la película. En su lugar, lo que obtenemos es una colorista aventura de acción que, sin renunciar al tono épico (sobre todo en su tramo final) habitual en el cinecómic actual, se propone divertir sin mayores pretensiones, y sobre todo sin perder el tiempo -cuánto se agradecen esos 101 minutos de metraje. Las constantes meta-referencias a lo absurdo que es todo (casi todas procedentes de Will Arnett) amortiguan esa implausibilidad que hoy en día es un factor muy a tener en cuenta por los guionistas (como decía, el espectador adulto está de vueltas de todo, y hay que cuidarlo para que no salga espantado), las copiosas referencias a los superhéroes se suceden para distraer al adulto mientras el niño disfruta, y la historia de las Tortugas Ninja, aunque parezca mentira, es contada con claridad y un delicioso aroma a cachondeo, transformando con puntería lo ridículo en liviana pero efectiva comedia autorreflexiva.

Claro que Ninja Turtles adolece de otros síntomas del cine de aventuras actual: un abuso flagrante del lens flare, un insultante product placement (no falta cierta marca de pizza) equiparable al de la última Transformers (simplemente inaudito), un desarrollo clónico con respecto a otras cintas similares, y unas escenas de acción tan oscuras y confusas que será difícil distinguir lo que está ocurriendo en el plano. Sin embargo, este panteón a los 80/90 (literalmente, hay un panteón en la guarida de las Tortugas con VHS, boombox y demás artilugios prehistóricos) conjuga con acierto acción y comedia (la escena del ascensor, ¿el salto del burro?) y sobre todo, impresiona por su calidad técnica, especialmente en la creación de las Tortugas y Splinter, de las criaturas digitales más realistas (tanto que más de uno no aguantará la visión de la rata gigante), de textura más impresionante y mejor integradas del cine reciente. Tanto que Megan Fox, que da vida a la reportera April O’Neil, se ve obligada a actuar para no ser eclipsada por sus verdes compañeras. Nada que no solucione una buena dosis de objetivación sexual voluntaria, pero de la modalidad light (salto en trampolín y culo en pompa con jeans), que esto es para niños.

Valoración: ★★★

Crítica: Transformers – La era de la extinción

TRANSFORMERS: AGE OF EXTINCTION

Lo de “la avaricia rompe el saco” no es algo que preocupe especialmente a Michael Bay, más que nada porque por mucho que estire la cuerda, por mucho incluso que se rompa, sabe que el público acudirá en masa a ver sus películas, siempre manufacturadas para reventar la taquilla estival, para proporcionar una vía de evasión en los aburridos días de verano. Por eso la saga Transformers continúa, porque a pesar del clamor popular (que dice que cada vez son peores), el público sigue convirtiendo estas películas en éxitos masivos de la box office (está claro que no aprendemos). Bay firma este año la cuarta entrega de la franquicia de los alienígenas robots de HasbroTransformers: La era de la extinción, reafirmándose una vez más en su personal estilo, y proporcionando al espectador exactamente lo que espera de su cine. Algo positivo y negativo a partes iguales.

Bay es un auteur  de blockbusters, eso está claro. Sí, es un narrador desastroso -se dice que sus guiones son en realidad una sinopsis y él simplemente rueda escenas para luego amontonarlas en la sala de montaje-, y un realizador lleno de vicios -esos trávelings de lado, esos contrapicados, los besos a contraluz, la fotografía iluminada por el cegador atardecer, la cámara en constante movimiento y los planos sobrecargados de información visual-, lo que lo convierte en un cineasta muy limitado técnica y artísticamente, pero tiene claras cuáles son las armas que mejor le funcionan. No es un buen artista, pero es un gran vendedor. Sin embargo, con este pseudo-reboot que supone Age of Extinction, el director confirma lo que sospechamos desde aquella infame segunda parte, que estas armas se han descargado completamente. Ni el lavado de cara del reparto -el prolífico y taquillero Mark Wahlberg recoge el testigo del polémico Shia LaBeouf– sirve para salvar La era de la extinción, un desastre fílmico sin remedio que confirma que los Transformers se han quedado en la Tierra más tiempo del que estaban invitados.

TRANSFORMERS: AGE OF EXTINCTION

La primera entrega de la saga, estrenada en 2007, conquistaba a muchos aficionados al blockbuster (entre los que yo me incluyo) gracias a su combinación de aventuras a la vieja usanza (a ratos incluso muy spielbergianas), humor absurdo (y más inspirado de lo esperable, hemos de reconocer) y los efectos digitales mejor realizados e integrados desde Parque jurásico. Lo que funcionaba en la primera película, que partía de una premisa tan alocada que muy pocos confiaban en ella, dejó de surtir efecto en las dos siguientes, desplazando la atención a lo estúpido de la propuesta, algo que no debería pasar en una superproducción fantástica de esta naturaleza. Con La era de la extinción, Bay repite la jugada, y levanta un exorbitantemente caro y grandilocuente espectáculo visual en el que la acción no da tregua al espectador, hasta el punto de que este puede acabar ahogado por ella. Como es habitual, la confusión y el caos reina durante todo el metraje (la mitad parece reciclado de las anteriores películas) y además en esta ocasión los efectos digitales están por debajo de la media -planos aparentemente a medio acabar, criaturas digitales menos realistas y una sensación general de estar viendo un videojuego en pantalla grande. Por si eso fuera poco, las escenas de acción protagonizadas por los humanos están tan mal ejecutadas que en todas ellas identificamos constantemente a los dobles de riesgo (véase la escena de los tejados), una chapuza que no debería ocurrir en algo como Transformers.

Afortunadamente, Bay ha rebajado el tono y ha pulido el humor, algo más sobrio que el de las anteriores entregas, que resultaban excesiva y ridículamente infantiles. En esta ocasión lo dosifica mejor, entre explosiones, gente corriendo y (vergonzosas) dosis de melodrama familiar y romance, aunque sigue manifestando un encefalograma plano cómico, con una total dependencia del chiste fácil. Los humanos nunca han sido importantes en esta saga, pero La era de la extinción se apoya en gran medida en el supuesto carisma de Mark Wahlberg, que se une a la patriótica franquicia interpretando a Cade Yeager, un entrañable padre soltero de la Texas rural (en algunas escenas nos preguntamos si estamos viendo en realidad Friday Night Lights), experto en tecnología transformer. Además de salvar el mundo, Yaeger tiene que velar por la seguridad de una hija adolescente, Nicola Peltz (la tía buena de recambio), con la que desarrolla una química extraña y artificial que aparta a su verdadero donjuán, Jack Raynor. Ni nos creemos a Wahlberg como padre protector ni a Peltz como hija adolescente -Hollywood nos ha malacostumbrado y no podemos evitar verlos juntos sin pensar en que él le debería estar tirando los tejos a ella como buen chulo de playa que es-, lo que provoca que los cimientos “dramáticos” de la película (si es que alguno hubiese) se desmoronen y la inverosimilitud se imponga. Paradójicamente, son los protagonistas humanos los que dan lugar a esto, y no los robots gigantes caracterizados como moteros con barba y puro o como samurais…

TRANSFORMERS: AGE OF EXTINCTION

Pero lo peor de Transformers: La era de la extinción no es su embrollado argumento (del que no hace falta contar nada), su pueril sentido del humor, su machismo de serie, sus risibles villanos, sus one-liners de vergüenza ajena (“Mi cara es mi garantía”), el almibarado componente romántico (ese “Nos protegen las leyes de Romeo y Julieta” hace daño), el insultante product placement que plaga toda la película, o Wahlberg (él lo es casi). De hecho, lo peor tampoco es lo vacuo de la propuesta, porque es algo que todos esperamos de ella, y además con ganas (ya sabéis, apagar la mente y dejarse llevar no está mal de vez en cuando). Lo peor de Transformers: La era de la extinción es su desorbitado e inhumano metraje, que alcanza casi las tres horas y nos acaba sumiendo en un profundo estado de entumecimiento y desesperación para luego acabar de la manera más abrupta posible, evidenciando así dos cosas que ya sabíamos: que no era necesario que la película fuera tan larga y que Bay no tenía ni idea de lo que estaba haciendo y no sabía cuándo parar. A Transformers: La era de la extinción no sale del entuerto ni con los dinobots, que, a pesar de figurar prominentemente en la campaña de márketing, solo hacen acto de presencia en los últimos minutos de la película. Por todo esto, y aunque el testarudo de Bay se niegue a aceptarlo, la saga Transformers debe ser extinguida, o al menos criogenizada durante unos cuantos años.

Valoración: ★★

Crítica: Dolor y dinero (Pain & Gain)

Pain & Gain

Crítica realizada por David Lastra

Michael Bay sorprende con Dolor y dinero (Pain & Gain) al construir una cinta en la que el humor prima sobre la acción. Si bien el maestro artificiero nunca se ha olvidado de la comedia en ninguna de sus películas, este aspecto no tenía tanto protagonismo (de manera intencionada) desde la primera entrega de la icónica Dos policías rebeldes (la secuela no existe). Pero en este caso no estamos hablando de gags basados en la vis cómica de sus protagonistas, como ocurría con el tándem Smith-Lawrence, sino en las descalabradas y esperpénticas andanzas de nuestros ultramusculados protagonistas.

Esta es la historia REAL de Daniel Lugo, un vigoréxico tragaproteínas con una doble fijación en su vida: el culto al cuerpo y el dinero. Dos credos que se resumen en dos slogans. Dos frases cortas que hasta el más descerebrado del planeta (posiblemente, el propio Lugo) puede memorizar: “I believe in fitness” y “I am a doer”. Todo ello abocado a la más sagrada enmienda del pueblo estadounidense: el sueño americano. Desde su trabajo como entrenador personal en un gimnasio de Florida, Lugo es consciente  de la mierda en que se ha convertido la sociedad actual. Los méritos ya no importan tanto como en el pasado. Ahora solo importa la suerte, el chanchulleo económico y el pisar cabezas. Una injusticia ante la que él, todo un superhombre (no nietzscheano, sino marveliano) no puede permanecer impasible y decide actuar como un Robin Hood del siglo XXI, robando a los nuevos ricos y quedándoselo todo él mismo… pero para hacer de América un lugar mejor, no para su propio beneficio. Tras un pequeño traspiés con la ley, Lugo no se amedrenta y decide seguir con su empeño de atajar hasta la consecución del sueño americano.

Dolor y dinero Michael Bay

Alentado por las enseñanzas de un orador motivacional de tres al cuarto (interpretado por nuestro querido y omnipresente Ken Jeong), decide secuestrar a uno de los nuevos clientes del gimnasio, dejarle sin blanca y quedarse con todas sus posesiones. La víctima elegida es Victor Kershaw, un magnate de los sándwiches, medio colombiano/medio judío que salió de la mierda y a base de estudios (y pocos escrúpulos) ha logrado llegar a lo más alto. ¿No es sino el señor Kershaw el paradigma de lo maravillosa que es la tierra de las oportunidades en donde todo el mundo puede triunfar? Pues para Lugo no. Según él, Kershaw no merece nada de eso. Pero nuestro Lugo no es racista, sino que su acción está provocada por su catetismo (de acuerdo, son dos términos que siempre van unidos, pero diferenciemos en este caso). Por el suyo propio y el de los otros dos chiflados que conforman su banda. Realmente este es el problema de todos: no hay nada más peligroso que un tonto con iniciativa. Desde ese momento comienza el peor secuestro de la historia. En esta ocasión el rótulo de “no intente hacer esto en su casa” no es tan necesario como el “esto es una historia real” y el “esto sigue siendo una historia real” para que no pensemos que estamos viendo una película de ciencia ficción.

Porque sí, Dolor y dinero está basada en una historia real, más concreto en los artículos de Pete Collins sobre el caso de Daniel Lugo. Este filón argumental no está desaprovechado en ningún momento del metraje, sino sobreaprovechado (si es que existe ese término). Tras un arranque espectacular en el que Bay nos demuestra por qué es un maestro del cine de verano (con una fotografía y estética videoclipera que recuerda mucho a la fallida Domino de Tony Scott), la película se desinfla al intentar ser demasiado fiel a las mil y una locuras  de nuestros tres mongolos. Media hora menos de película y una simplificación de sus cagadas y perrerías (o la omisión algún personaje), aún siendo una puñalada a la realidad, hubiesen hecho que Dolor y dinero fuese una película memorable.

PAIN AND GAIN

La nueva musa de Bay, Mark Wahlberg se encuentra perfecto en la piel de ese cacho carne de basura blanca que es Daniel Lugo y su química con Anthony Mackie (futuro Falcon en el universo Avengers) y el entrañable (y también omnipresente) Dwayne Johnson es excelente y se convierte en el mayor valor de la película. No debemos obviar al reparto femenino de la cinta, que lejos de ser mujeres florero “à la Bay” cuentan con alguno de los mejores gags del film:  una Rebel Wilson (con una situación laboral envidiable como The Rock y Jeong) en estado de gracia como cura-penes y una espectacular (por físico y por el intelecto de su personaje) Bar Paly como stripper/agente de campo/chica para todo.

Si bien este Dolor y dinero no contará con una secuela (la historia es autoconclusiva a más no poder y las cifras de taquilla conseguida no conseguirán el milagro), ni supondrá un hito generacional como las torrentadas de Lowrey y Burnett, sí se merece un espacio pequeño (y completamente  limitado y eventual) en nuestro corazoncito fílmico gracias a la citada química de sus protagonistas y a ese tufillo noventero del film, culminado por uno de los mayores himnos de 1995 (el mismo año de producción de Dos policías rebeldes) y tema principal de Mentes peligrosas, la gigantesca “Gangsta’s Paradise”. “Power and the Money, money and the power”.