Crítica: Black Panther

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La evolución de Marvel a lo largo de la tercera fase de su Universo Cinematográfico ha saltado a la vista. Sin salirse de los parámetros fijos que lo han convertido en una máquina de blockbusters, el estudio ha probado cosas nuevas con sus películas más recientes (exceptuando la secuela de Guardianes de la Galaxia, que fue una prolongación de la fórmula de la primera). Con Doctor Strange introdujeron la magia y lo místico, con Spider-Man: Homecoming hicieron una película de instituto, y con Thor: Ragnarok dieron total libertad al director, que reinventó la franquicia a base de improvisación y comedia absurda.

La nueva entrega de Marvel, Black Panther, continúa por este camino. Ryan Coogler (Creed) dirige una película que, sin dejar de ser Marvel, es totalmente distinta, algo nunca visto en los 10 años de historia del estudio (esta vez de verdad). Aunque es solo en principio y queda mucho por hacer, con Black Panther, Marvel salda una deuda pendiente, la de la diversidad racial, presentando un reparto formado al 90% por personas negrasaumentando el número de personajes femeninos. No podía ser de otra manera teniendo en cuenta que gran parte de la película transcurre en el continente africano y aborda de frente temas como la identidad racial, sus raíces en la cultura indígena y la percepción que los demás tienen de ella.

Black Panther nos invita a conocer la tierra de Wakanda, la Atlantis de África, una nación aislacionista oculta en medio del continente, donde la tradición de las tribus convive con los avances científicos y tecnológicos más punteros, posibles gracias al poderoso material conocido como Vibranium, y el futuro no ha engullido al pasado, sino que se ha fusionado con él. Tras la muerte de su padre, el soberano de Wakanda, T’Challa (Chadwick Boseman) regresa a su hogar para ser proclamado rey y recibir los poderes de Black Panther. Sin embargo, la aparición de un viejo enemigo interesado en hacerse con el Vibranium para construir y vender armas a otros países, dificulta su ascenso al trono, arrastrándolo a él y a sus súbditos hacia un conflicto internacional que pone en peligro el destino de Wakanda.

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Más ambiciosa y comprometida de lo habitual, Marvel ha realizado con Black Panther una película oportuna y políticamente relevante, la cinta de superhéroes necesaria para plantar cara a la América de Trump (de ahí que la extrema derecha haya intentado boicotearla). Y no hay que ser muy avispado para captar sus mensajes: “En tiempos de crisis, los sabios construyen puentes, los necios los destruyen”. Wakanda es tradición, legado y familia, y su historia una exuberante celebración de la cultura africana (que no nos extrañen las comparaciones con El Rey León) y una llamada a su preservación ante la opresión y la apropiación por parte del resto del mundo. Pero también es un canto a la unidad y la comunidad global, a la necesidad de la comunicación y la cooperación internacional por el bien del planeta. Es decir, Black Panther saca las garras para defender su tierra, pero después las extiende para que se las estrechen, ofreciendo así un ejemplo a seguir para dirigentes y nuevas generaciones.

Claro que, además de captar el Zeitgeist como pocas (ahí está la fantástica banda sonora de Kendrick Lamar como prueba), Black Panther no se olvida en ningún momento de que es una película de superhéroes, dándonos la diversión -en este caso con mucho menos humor, aunque siga siendo esencialy acertado- y el espectáculo bien medido que cabe esperar de Marvel. A este respecto, hay que destacar la labor de Coogler a la dirección. En Creed (el spin-off de Rocky) ya demostró tener muy buena mano para la acción y aquí la vuelve a poner en práctica para realizar una de las películas más físicas y potentes de Marvel. A las contundentes y estilosas escenas de acción (de los mejores combates y persecuciones del MCU, más otro clímax impresionante) se suma el poderío visual de la película, de una riqueza estética y cromática que lleva el cine de superhéroes a otro nivel. Wakanda cobra vida gracias a una dirección artística excelente y un diseño de vestuario reflejo de la pluralidad africana que, si hay justicia, será nominado al Oscar.

Por otro lado, nada de esto sería tan importante sin el factor humano. Y en Black Panther, la mayoría de personajes brillan tanto como sus trajes y armas. La película cuenta con un reparto de lujo, encabezado por Chadwick Boseman, que tras su exitoso paso por Capitán América: Civil War, se confirma como otro gran acierto de casting de Marvel, y agraciado por la presencia de Angela Bassett, Forest Whitaker, Martin Freeman, la oscarizada Lupita Nyong’o (aquí por fin dando vida a un personaje humano) o el nominado al Oscar Daniel Kaluuya. A Andy Serkis, el maestro de la motion capture cuyo talento interpretativo suele infravalorarse al “ocultarse” tras los efectos digitales, por fin se le da un personaje para lucirse dando la cara (como a Lupita). Y como adelantaba antes, el papel de la mujer es mucho más amplio, diverso y dinámico que en cualquier película anterior del estudio, en especial gracias a las robaescenas Danai Gurira, que encarna a la impulsiva Okoye, y Letitia Wright como Shuri, la simpática hermana menor de T’Challa. Mención aparte merece Killmonger, interpretado por un imponente Michael B. Jordan, con quien Marvel esquiva (aunque sea momentáneamente) su maldición de los villanos desaprovechados. La intensidad y emoción con la que Jordan aborda el personaje es uno de los puntos más fuertes del film. Un espectáculo en sí mismo.

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Black Panther no es una película perfecta, y no, tampoco es la mejor del estudio. Como le ocurre a muchas entregas de Marvel, al comienzo le cuesta centrarse, la abundancia de tramas y personajes resulta en fragmentación excesiva y fallos de ritmo que pueden hacer que las más de dos horas que dura acaben pesando, y además, los efectos digitales vuelven a dar demasiada sensación de animación en algunas secuencias de acción. Pero defectos aparte, lo que quizá sí sea es la película de Marvel más importante hasta la fecha. La Casa de las Ideas ha encontrado la manera de poner su infalible fórmula no solo al servicio del entretenimiento de calidad, sino también de un bien mayor, haciendo por fin caso a eso de que la representación importa. Por eso, Black Panther está llamada a ser un fenómeno cultural y un bienvenido punto de inflexión en el cine de superhéroes. Wakanda Forever.

 

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Creed (La leyenda de Rocky)

Creed Michael B Jordan

Adonis Johnson (Michael B. Jordan) pasa su infancia en un correccional de menores hasta que una mujer le hace una visita para contarle quién es su verdadero padre: Adonis es hijo del legendario boxeador Apollo Creed (Carl Weathers), que falleció antes de que el niño naciera. A pesar de que Adonis simboliza una infidelidad, un bache personal en la carrera de Creed, su mujer lo acoge en su mansión de Los Ángeles y le ofrece una educación y oportunidades de trabajo para llevar a una vida acomodada. Pero la verdadera pasión de Adonis es el boxeo, ya que, sin lugar a dudas, lleva este deporte en la sangre. Por eso, el muchacho deja su trabajo y se dirige a Filadelfia, el lugar en el que se celebró el mítico combate entre Apollo Creed y Rocky Balboa (Sylvester Stallone).

Una vez en Filadelfia, Adonis busca al “Potro italiano” y le pide que sea su entrenador. Rocky, que supuestamente se ha retirado para siempre del mundo del boxeo, ve en Adonis las cualidades que hacían de Apollo un boxeador extraordinario, un gran rival que acabó convirtiéndose en su mejor amigo, y termina cediendo. Con el objetivo de librar su primer gran combate con un rival invicto de fama mundial y hacerse un nombre por sí solo, Adonis se entrena a fondo, ajeno a la propia lucha que Rocky está librando por su cuenta después de descubrir que sufre una enfermedad muy grave. El ex boxeador encuentra en el muchacho un apoyo incondicional y la bonita amistad que se desarrolla entre los dos será la clave para que ambos salgan victoriosos de sus respectivos combates.

Este es el argumento de Creed (La leyenda de Rocky), el spin-off/secuela/reboot/legacyquel de Rocky, en la que el actor en boga Michael B. Jordan recoge el testigo de Sylvester Stallone para revitalizar y rejuvenecer la saga, que ya contaba con seis entregas anteriores (parece mentira, pero la última, Rocky Balboa, tiene ya diez años). El director Ryan Coogler ha elaborado con Creed lo que llaman un “crowdpleaser“, es decir, un film diseñado minuciosamente para agradar al público, ávido de experimentar el placer del regreso a un lugar conocido. Porque Creed es una película hecha para fans de Rocky, y también para incondicionales del género de boxeo. No falta ninguno de los ingredientes básicos de este tipo de cine, y de esta saga en concreto: los leitmotivs de superación personal y familia, la historia de amor (aquí con la prometedora Tessa Thompson interpretando a una estrella de pop en ciernes creada muy evidentemente a imagen y semejanza de FKA Twigs), los montajes de entrenamiento a ritmo de rock clásico (tema central de Rocky incluido), el indispensable componente de melodrama, y el impresionante combate final.

Creed Sylvester Stallone

Creed está repleta de guiños y referencias a la continuidad y la mitología de Rocky, pero su historia es nueva, y consigue no ser fagocitada por la necesidad de conectar todo con el pasado. Es decir, que la película encuentra el equilibro entre el homenaje y la renovación, haciendo que sea fácil de seguir para los que no han visto una Rocken su vida, pero a la vez constituyendo una experiencia nostálgica satisfactoria para los seguidores de la saga. Claro que, si obviamos el factor personal, lo que nos queda es una película de boxeo de manual, una cinta deportiva que sigue los dictados del género al pie de la letra y recurre a todos sus tópicos con la voluntad de llevar a cabo un trabajo clásico, y por tanto, infalible. Efectivamente, Creed no arriesga, y su relato descansa en demasiados lugares comunes, pero esto es una película de boxeo, una película de Rocky, y eso es justo lo que se espera de ella.

Jordan y Stallone son los encargados de que el film no se pierda en estos tópicos. El primero destaca gracias a una entrega absoluta a la historia de Creed y a una presencia física imponente que, sin embargo, no eclipsa su trabajo dramático, y el segundo se siente más cómodo que nunca en su personaje. Stallone está simpático y entrañable (aunque no de Oscar, todo hay que decirlo) y representa el atinado uso de la comedia en la película. Pero si ha nacido una estrella gracias a Creed ese es Ryan Coogler, responsable de que la película desprenda una enorme fuerza y fisicalidad, gracias a su excelente trabajo de dirección en secuencias brutales como el combate final, que por momentos parece estar ocurriendo en tres dimensiones. Su impetuosa e inteligente manera de mover la cámara nos indica que Black Panther de Marvel está en buenas manos.

Valoración: ★★★½

Crítica: Cuatro Fantásticos

THE FANTASTIC FOUR

Quizá nunca sepamos a ciencia cierta qué ocurrió exactamente tras las cámaras de Cuatro Fantásticos (Fantastic Four), el reboot maldito de la propiedad de Marvel a manos de Fox. Pero siempre podremos ver la película “dirigida por” Josh Trank para completar los huecos del drama que ha sido desmenuzado por lo medios en los últimos meses y así llegar a nuestras propias conclusiones. Y es que Cuatro Fantásticos es el testimonio cinematográfico de una muerte anunciada, un trabajo en cuyo resultado final se pueden identificar todos los problemas internos y externos que ha sufrido el proyecto y donde uno puede ver claramente cómo se va desmoronando el castillo de naipes y cómo se intenta salvar en vano. Me resistía a aceptarlo, pero no se puede negar la evidencia: Cuatro Fantásticos es un desastre fílmico se mire como se mire. Y lo más triste de todo es que en su primera hora podemos ver la buena película que podía haber sido, que por momentos casi llega a ser.

Trank (conocido por el notable found-footage de superhéroes Chronicle) tenía buenas ideas para reformular el nacimiento de La Primera Familia de Marvel desde un prisma más contemporáneo y evitar demasiadas comparaciones con las relativamente cercanas entregas anteriores (de 2005 y 2007), algo que Sony no fue capaz de conseguir con su reboot de Spider-Man. El director se iba de un extremo a otro, reinventando el mito de los Cuatro Fantásticos para despojarlo de la personalidad colorista de Marvel y transformarlo en una cinta de ciencia ficción seria y oscura. De esta manera, Trank proponía dar énfasis a los personajes por encima de la acción y trataba de cimentar la historia en una base de realismo científico (de mentira, se entiende) que planteaba una origin story de los 4F diferente a la que se cuenta en las páginas de Marvel. El problema es que Trank no halló el punto medio entre la adaptación y la visión personal, acabando en tierra de nadie con una película sin forma, una no-Cuatro Fantásticos que, según dicen y según parece, ni siquiera supo acabar.

Cuatro Fantásticos Miles Teller

Los primeros setenta minutos de Cuatro Fantásticos se dedican íntegramente a plantar las semillas del relato y desarrollar a los personajes y sus vínculos. Se trata de una historia de orígenes semi-interesante que prioriza el argumento sobre el espectáculo y traslada los elementos principales del cine de superhéroes al sci-fi y el thriller. Sin embargo, los preámbulos se alargan tanto que llega un punto en el que parece que Trank está retrasando el momento decisivo, no sabemos por qué razón, y la película no llega a empezar nunca. Para cuando los protagonistas obtienen sus poderes (o “anomalías biológicas”), Cuatro Fantásticos ya ha comenzado a descarrilar, y la colisión se vuelve inevitable. De nuevo, Trank aporta un enfoque aparentemente distinto a un lugar común tan explorado como el de los héroes familiarizándose con sus nuevas habilidades, optando por el terror físico y el drama (los protagonistas sufren sus poderes al principio como si fueran atroces deformaciones o enfermedades) en lugar de la comedia y los sobreutilizados montajes musicales. No está mal, parece que la cosa por fin va a arrancar, pero entonces ocurre algo extraño, Cuatro Fantásticos se convierte de repente en otra película, una que nada tiene que ver con todo lo que hemos visto hasta ese momento.

Para distinguir entre la película que Trank quiso realizar y la que 20th Century Fox tenía en mente solo hay que fijarse en el pelo de Sue Storm. Tras ver el progreso de Trank, el estudio decidió que Cuatro Fantásticos necesitaba más acción, y mandó grabar nuevas escenas, meses después del supuesto fin de rodaje. Las partes añadidas se identifican fácilmente gracias a la horrenda peluca que lleva Kate Mara en ellas (la actriz se había dejado el pelo muy corto para su siguiente trabajo), un postizo rubio platino que cambia de forma y posición apareciendo y desapareciendo entre escenas (¡a veces incluso dentro de una misma secuencia!), distrayendo de la trama y haciendo que a la película se le vean siempre las costuras (literalmente). Pero este es solo uno de los parches incomprensiblemente mal colocados que acaban hundiendo el film, yéndose todo al traste definitivamente durante su media hora final (en la que Mara lleva la peluca casi todo el tiempo, por cierto), con un clímax apresurado, incoherente y sin correlación alguna con el resto de la historia.

Para dar carpetazo a la película y llegar a la fecha de estreno, el equipo se encuentra con varios problemas: ya no queda apenas presupuesto y los setenta minutos de planteamiento que ha dirigido Trank no sirven para nada. Los personajes no tienen la profundidad que el realizador pensaba (no son más que arquetipos sin personalidad), sus relaciones no llegan nunca a cuajar (se supone que la amistad entre Reed y Ben es el núcleo emocional de la cinta, pero apenas tienen escenas juntos, además de que Jamie Bell prácticamente desaparece del montaje final), y el desarrollo narrativo (repleto de explicaciones innecesarias) avanza sin rumbo, como improvisando, hasta detenerse en punto muerto. Total, si lo que ha hecho Trank no lleva a ninguna parte, no queda más remedio que ignorarlo para dar con una solución de última hora. ¿Y cuál es? Convertir Cuatro Fantásticos en una película de Marvel Studios. Aunque sea a la fuerza.

Climax 4F

De manera abrupta, el clímax nos devuelve al infrautilizado Victor Von Doom (Toby Kebbell), aka Doctor Muerte, del que no sabemos apenas nada, para que funcione como catalizador de una absurda batalla final para salvar la Tierra con la que se trata por todos los medios de emular a Los Vengadores y demás títulos del UCM. Lo que ocurre entonces es inaudito, Cuatro Fantásticos se desintegra en una vorágine de chistes malos (el humor había sido sutil y acertado hasta entonces), frustrados one-liners marvelianos, efectos digitales de 1994 y torpes acrobacias de acción que dan un giro de 180º al tono de la película. La desesperación puede palparse, los actores deciden dejar de actuar (llamadme paranoico, pero Teller y Mara parecen hacerlo horrorosamente mal intencionadamente para boicotear el proyecto), y los diálogos entre el cuarteto protagonista están fuera de lugar, añadiendo más confusión al ya de por sí embarullado argumento. Y así es cómo Cuatro Fantásticos acaba convirtiéndose en un despropósito aun más casposo y anticuado que las anteriores iteraciones de los 4F, en el reboot truncado que ni su director quería que viéramos.

De las dos películas incompletas que hay mal pegadas en Cuatro Fantásticos, es la visión de Josh Trank la que esconde mayor potencial (como se puede oír en el film, “tiene el cociente intelectual para hacer mucho más”). Si bien es cierto que lo que él tenía en mente difícilmente podía llamarse Los Cuatro Fantásticos, su propuesta tenía la capacidad de insuflar nueva vida al cine de superhéroes. Trank intentó romper el molde de un género muy formulaico, pero no supo hacerlo o no le dejaron (yo me decanto por una combinación de ambas), y el remedio fue peor que la enfermedad. Es una auténtica pena, porque la idea era atractiva, el material fértil y al reparto le sobra talento. Después de presenciar la debacle de Cuatro Fantásticos, los deseos de continuación para la franquicia se desvanecen comprensiblemente (aunque Fox insiste en que habrá secuela). Sin embargo, no seré yo quien se oponga a darles otra oportunidad para que hagan mejor las cosas (a poder ser, con los mismos actores) y encontrar la manera de hacer justicia por fin a una de las cabeceras más importantes de Marvel.

Valoración: ★★