‘Under the Skin’, estreno tardío pero imprescindible de una obra maestra

2020 está siendo un año un tanto extraño. Puede que el más raro de nuestra existencia… y eso que el listón estaba demasiado alto con ese 2016 en el que fallecieron David Bowie y Prince, Trump se mudó a la Casa Blanca y el zika nos trajo más de un quebradero de cabeza. Pero nada como este 2020, que ya antes de llegar a su ecuador, nos ha puesto el cuerpo (y nuestras existencias) del revés.

Dentro de esta distopía en la que nos hemos visto envueltos de lleno, hemos experimentado graves desgracias, como está siendo la pandemia mundial por la COVID-19, el despertar de posturas filofascistas en nuestras ciudades y redes sociales, la constante violencia de género, racista y/o LGTBIfoba, la enésima prueba de la radical diferenciación entre estratos o que J.K. Rowling recuerde su contraseña de Twitter; pero también más de un rayo de esperanza que nos pinta un futuro no tan desolador, como ha sido el clamor popular en contra de las injusticias sociales, tanto a nivel global con el movimiento Black Lives Matter como con las redes de cooperación vecinal en los barrios para sostener las unidades familiares más golpeadas por la crisis, y, a otro nivel, mucho más anecdótico pero importante para la distribución cinematográfica española, el advenimiento de una vez por todas de Under the Skin a nuestras pantallas.

Unos pocos tuvimos la suerte de poder disfrutarla en pantalla grande gracias a una proyección especial dentro de la madrileña Muestra SyFy en 2015, y otros tantos, unos meses antes en el Festival de Sitges. Encuentros que no dejaron a casi nadie indiferente y que provocaron que muchos recurriésemos al mercado internacional para hacernos con una copia física, al haber visto colmadas con creces nuestras ansias de hype por el tándem formado por Jonathan Glazer y Scarlett Johansson.

Glazer le seguíamos por sus igualmente marcianas Sexy Beast y Reencarnación y, especialmente, por ser uno de los iconos más importantes en el mundo de la publicidad y los videoclips de las últimas décadas, gracias a sus trabajos para Radiohead (Karma Police), Blur (The Universal), Massive Attack (Karmacoma) o marcas como Guinness o Levis (él estaba detrás del mítico anuncio que marcó a una generación en el que dos jóvenes corrían destrozando todas las puertas que se cruzaban en su camino a ritmo de Händel).

Este reencuentro en pantalla grande con Under the Skin no podría haber ocurrido en mejor momento gracias a esa nueva normalidad distópica en la que nos movemos. Las gélidas y criminales desventuras de una peculiar cazadora de hombres por tierras escocesas resultan aún más seductoras y provocadoras que nunca. El film de Glazer no solo no ha envejecido mal, sino que se ha engrandecido aún más gracias al clima actual. El escalofrío que producía la frialdad no humana de esta mujer a la hora de llevar a cabo sus crímenes en ese negrísimo no-lugar infinito, resulta aún más potente visualmente y perturbador en la oscuridad de una sala de cine con aforo limitado y con mascarillas. Una experiencia verdaderamente aterradora que parece sacada más de una acción performativa que por una obligación sanitaria.

Aunque le hayan llovido candidaturas por su labor en Historia de un matrimonio y millones de dólares (y el aplauso de la crítica) por su Viuda Negra dentro del Universo Cinematográfico Marvel, su rol como misteriosa mujer que conduce y abduce sigue siendo el mejor papel de la carrera de Scarlett Johansson. Resulta acertadísima la sustitución del constante monólogo interior de Isserley en la novela original de Michel Faber por los silencios absolutos de la mujer sin nombre interpretada por Johansson. La actriz sabe traducir a la perfección ese opresivo flujo de conciencia y las consiguientes dudas sobre su propia naturaleza depredadora en pequeños gestos escondidos en una conversación trivial o una mera sonrisa sin alma ante lo más granado de los machos heterosexuales con los que se cruza.

Durante su caza, su personaje se encuentra de cara ante diversos episodios machistas, desde la adulación vacua de alguno de los autoestopistas que recoge a la violencia más física y directa en algún otro de sus encuentros. Acontecimientos que la mujer sortea como puede (como cualquier otra mujer, sin importar del planeta que venga), sin entenderlos en un primer momento, (parte por su desconocimiento de las artes humanas, parte como respuesta normal ante la cara más fea de los hombres), y censurándolos a medida que va aprendiendo que ese tipo de comportamientos no son los adecuados para con su persona.

Además del poderío de Jonathan Glazer y el arte de Scarlett Johanson, Under the Skin se sustenta gracias a otro tercer pilar tan importante como los otros dos citados: la música de Mica LeviLas enfermizas violas y las demás cuerdas que pueblan el apartado sonoro de la película componen una especie de lamento fúnebre a medio camino entre la tragedia clásica y el cine sci-fi de los sesenta que se introducirá dentro de tu cerebro y nunca podrás dejarlo ir. No obstante, Mica Levi consiguió el premio del Cine Europeo a mejor composición del año, aunque fue ninguneada, como el resto del film, en la carrera de los premios de la Academia. Por lo menos, ella pudo redimirse en parte con una más que merecida candidatura al Oscar por el excelente score de Jackie.

Under the Skin es una película atemporal. No solo porque funcione en cualquier tipo de época, sino porque siempre será absolutamente moderna y diferente a todas las demás.

David Lastra

Nota: 

Crítica: Jackie

Con su quinta película, El club, el chileno Pablo Larraín se ganó la atención de todo el mundo. Con Neruda, el trabajo que la sucedió, se consolidó como uno de los cineastas más personales del panorama latinoamericano actual, algo que no podía pasar por alto Hollywood. La película sobre el poeta chileno nos presentaba un biopic atípico que escapaba de la rutina que en gran medida define (y constriñe) a este género. Y esa era justamente la aproximación que le hacía falta a un film como Jackie, con el que Larraín demuestra una vez más su enorme sensibilidad para la narración, la puesta en escena y la construcción psicológica de personajes.

Recurriendo al gastado tópico, Jackie trata sobre la gran mujer detrás del hombre, o en este caso, la gran mujer que sostuvo al hombre y vio cómo su vida se apagaba entre sus brazos durante uno de los acontecimientos más definitorios de la historia de Estados Unidos. Este elegante y delicado drama se centra en la figura de Jacqueline Kennedy, interpretada por Natalie Portman, durante los cuatro días siguientes al asesinato de su marido, el presidente de EEUU. Larraín y Portman nos dejan observar desde una esquina la vida de Jackie y el impacto que el trágico suceso causó en ella, mientras a su alrededor, el gobierno y la sociedad se sumen en el caos y el luto nacional. Todos los ojos están puestos en la Primera Dama, en su mirada perdida y su icónico Chanel rosa, salpicado de la sangre de su marido, mientras ella experimenta el momento más difícil de su vida.

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Larraín está interesado en indagar en ese proceso de pensamiento que Jackie atraviesa inmediatamente después del asesinato del presidente, en mostrarnos la faceta más humana y visceral del icono, y llevar a cabo un retrato psicológico de una mujer que a lo largo de la historia ha sido reducida a un vestido y una tragedia. Para humanizar la figura de Jackie (para la sociedad de los 60 un referente de moda, de estilo de vida, y en definitiva, un maniquí), Larraín pone a la Primera Dama frente a un reportero de investigación (Billy Crudup), reconstruye el famoso especial televisivo en el que la esposa del presidente hacía un tour por su Casa Blanca a los estadounidenses (escenas que sirven su cometido de enseñarnos la realidad desde el otro lado, pero que añaden demasiado falseamiento al film), e imagina un mundo interior que se exterioriza con imágenes cargadas de poesía visual -gracias a una fotografía preciosa, con planos de luz natural como suspendidos en el tiempo, un sublime acompañamiento musical compuesto por Mica Levi, y un diseño artístico impecable. Todo para servir a un drama construido a base de instantes esparcidos y reordenados para descifrar la personalidad de la Primera Dama.

Una mujer rota, pero fuerte. Destrozada, deambulando por las vastas estancias de su hogar sumida en su duelo y llena de incertidumbre, pero aun así con el control de su papel en la administración de su marido, preocupada por la imagen, y sobre todo protectora de su familia. Una dama con todas las letras encarnada por una portentosa Natalie Portman (encuadrada siempre en el centro, ocupando el punto de fuga, el lugar que le corresponde), que se mimetiza en Jackie, reproduciendo sus ademanes, su forma de andar, su dicción y su distinguida presencia para dibujar un personaje de un millón de matices, rebosante de emotividad e inteligencia. Larraín rasca la piel de Jackie hasta verla sangrar a ella también, para mostrarnos tanto su vulnerabilidad como su fortaleza. Pero Jackie no es solo un retrato de la Primera Dama, a su vez es uno del presidente visto a través de los ojos de su mujer, un biopic encubierto de JFK que nos habla de la breve pero ajetreada presidencia de Kennedy y el legado de su familia y su administración, “la de la gente bella”, los reyes de la tierra de Camelot.

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Con la historia de Jackie, Larraín reflexiona sobre la necesidad de líderes fuertes y perfectos, y de cómo, a pesar de tener que mantener en pie la fachada idealizada a través de la que el público los percibe, estos también son seres humanos que se plantean las grandes cuestiones. “Hay un momento en la vida de toda persona en el que se da cuenta de que no hay respuestas. Entonces lo asumes o te suicidas”. Jackie lo asume y sigue adelante (“Solo la gente vulgar se suicida”), nos recuerda cómo las personas afrontamos la pérdida, cómo debemos hacernos a la idea de vivir con ella. La clave nos la da, muy significativamente, el recientemente fallecido John Hurt, que interpreta al cura que asesora a la Primera Dama tras la tragedia: “Me acuesto todas las noches y miro a la oscuridad preguntándome ‘¿Esto es todo?’. Pero a la mañana siguiente te vuelves a despertar pensando en tomarte tu café”. Efectivamente, Jackie no es solo el retrato de Jackie Kennedy más allá del glamour, como tampoco se puede reducir simplemente a una gran interpretación, también se trata de un excelente ensayo sobre la pérdida y el legado, sobre la fuerza que nos empuja a vivir un día más. Uno que no nos ofrece respuestas definitivas (porque no las hay), pero sí nos da razones suficientes para entender la necesidad de seguir en pie, como Jackie, serena, preparada para todo, con las manos entrelazadas y mirando hacia delante.

Pedro J. García

Nota: ★★★★