Glass (Cristal): La película perfecta para la era de los superhéroes

La trayectoria de M. Night Shyamalan es como una historia llena de altibajos y plot twists. Tras varios éxitos, el aclamado director de El sexto sentido (1999) fue perdiendo el favor del público y la crítica hasta tocar fondo con su vapuleada adaptación de Airbender (2010) y la que es con diferencia la peor película de su filmografía hasta la fecha, After Earth (2013). Aparentemente condenado al ostracismo tras una serie de fracasos comerciales, Shyamalan resurgió cual Ave Fénix con la ayuda de Jason Blum, que produjo su nuevo film, La visita (2015), por cuatro duros (como todas las películas de Blumhouse), revitalizándolo creativamente y catapultándolo de nuevo a lo más alto.

Conocido popularmente por los giros sorpresa al final de sus películas, Shyamalan nos dio el más impactante con su siguiente trabajo, estrenado solo un año después, Múltiple (2016). En un alarde de fan-service que no era sino la materialización de sus propios planes y deseos, Shyamalan incluyó a Bruce Willis en una escena post-créditos, uniendo así su nueva película y El protegido (2000) bajo el mismo universo de ficción. Sin ser conscientes de ello, estábamos viendo una secuela spin-off de El protegido, y esto no podía significar sino la existencia de una tercera parte, un crossover 18 años en desarrollo que llega a nuestras pantallas en 2019.

Glass (Cristal) es el acontecimiento que los fans de Shyamalan llevaban esperando con ansias desde que se descubrió el pastel. O incluso antes. La película en la que convergen las historias de David Dunn, Elijah Price y Kevin Wendell Crumb, un trío de personas con habilidades sobrehumanas que se unen para hacernos reflexionar sobre la naturaleza de los superhéroes y su impacto en la sociedad. Además de Willis, Samuel L. Jackson retoma su papel de El protegido y James McAvoy vuelve a ponerse en la piel del asesino en serie con personalidad múltiple, uniendo así las narrativas de estos tres extraordinarios y peligrosos seres, y aquellas personas que orbitan a su alrededor: el hijo de David, Joseph (Spencer Treat Clark), la madre de Price (Charlayne Woodard) y una de las víctimas de Kevin que sobrevivió a su cautiverio, Casey (Anya Taylor-Joy).

Sus caminos se cruzan gracias a la intervención de la Dra. Ellie Staple (Sarah Paulson), una psicóloga especializada en personas que creen ser superhéroes, y que logra atrapar a los tres y reunirlos bajo el mismo techo de una institución psiquiátrica; una decisión que, obviamente, desembocará en desastre. El trío maravillas posee fuerzas e intenciones muy distintas que chocan entre sí: Dunn es el justiciero moral que utiliza sus poderes para hacer el bien y castigar a los malhechores, David es el monstruo incapaz de controlar sus habilidades, y Price, también conocido como Mr. Glass, es la mente maestra que maneja los hilos. Juntos conforman el triángulo básico de todo cómic de superhéroes.

Porque tal y como esperábamos, Glass nos da al Shyamalan más meta de su carrera. El director realiza un homenaje-decontrucción al medio gráfico y el género de los superhéroes en una época en la que estos vuelven a ocupar el Olimpo de la cultura popular gracias al cine y la televisión. Con varias referencias a Marvel y DCGlass se presenta orgullosa como un decálogo de los superhéroes que trata de explicar por qué tienen tanto éxito y cómo reflejan nuestra realidad. Y lo hace con buenas dosis de suspense, acción y espectáculo, pero también con mucho humor autorreflexivo y referencial, con guiños y bromas que aluden a los cómics y a la propia carrera de Shyamalan (que en esta ocasión protagoniza el que quizá es su cameo más simpático y autoconsciente). Porque es fácil tomarse la película en serio y abrazar su lado más dramático, pero en el fondo Shyamalan se lo está pasando en grande dejándonos easter eggs y haciendo comentarios jocosos sobre los tebeos y su propia creación. Y se nota.

El gran problema al que se enfrenta Glass es el desmedido hype con el que nos adentramos en ella los fans de su director, y de las anteriores entregas. La decepción va a ser inevitable para muchos, pero una vez ajustadas las expectativas, es posible (y recomendable) apreciar lo que Shyamalan ha querido hacer con la película. Glass es una más que acertada culminación a la trilogía que nos cuenta todo lo que necesitábamos saber de sus tres protagonistas, uniendo las piezas de su puzle de manera impresionante (utiliza metraje de El protegido con suma inteligencia y habilidad) a la vez que cierra su relato. Pero también abre la puerta a la posibilidad de una continuación o la creación de un universo cinematográfico, lo cual, vayan adelante con ello o no, forma parte del ADN de los cómics que analiza la película.

Glass está repleta de momentos emocionantes y escenas impactantes, de giros narrativos que cuestionan constantemente las reglas del género y sacan a relucir el tejido meta de la película. Aunque sobre decirlo, la película es técnica y visualmente impecable. Las secuencias de acción están perfectamente ejecutadas, el uso de los colores es una pasada, los efectos digitales están muy bien empleados y la cámara de Shyamalan es, como siempre, intuitiva y nos cuenta mucho más de lo que parece a simple vista.

Pero por supuesto, el alma de la película son sus personajes, en especial David y sus personalidades múltiples. Un Willis desganado y con menos presencia de lo que esperábamos queda eclipsado por la perversamente divertida interpretación de Jackson y, sobre todo, el tour de force de McAvoy, que vuelve a darlo todo. Y más. El intérprete escocés hace reír, impone con su presencia y conmueve con su historia personal y su turbia relación con el personaje de Taylor-Joy. Una de las quejas más extendidas sobre Múltiple fue que nos mostraba muy poco de los 23 alter egos que viven en la cabeza de Kevin. En este caso (los he contado) desata hasta 20 personalidades a lo largo de la película. Y es increíble, un espectáculo en sí mismo. El trabajo interpretativo de McAvoy es tan rico, tan brutal, tan matizado y descarnado, y su transformación (transformaciones) física tan asombrosa, que a él también deberían llamarlo La Bestia.

Aunque peque de obvia y sobreexplicativa en sus conclusiones sobre los cómics y la creación de héroes y villanosGlass tiene muy claro lo que nos quiere contar, y esta claridad en su propósito hace que Shyamalan triunfe redondeando la historia. Una que comenzó hace casi dos décadas, y cuya conclusión llega en el momento exacto. A través de sorpresas, giros, secretos y conexiones personales, la película conecta y da sentido a su universo con astucia, equilibrado el humor, el drama y el terror psicológico mientras aumenta la acción. Su propuesta, y en concreto su desenlace, dividirá a la audiencia. Pero ¿no es eso lo que llevamos tiempo pidiendo? Queríamos una película de superhéroes que arriesgase, y eso es exactamente lo que nos da Glass. Etcétera.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Metahumor y emoción en ‘Las últimas supervivientes’ (The Final Girls)

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Dos características principales resumen el cine (y gran parte de la televisión) de los últimos años: la nostalgia y lo meta. Ambas se reúnen para una fiesta de cuchilladas y humor en Las últimas supervivientes (The Final Girls). Esta película, dirigida por Todd Strauss-Schulson (experimentado realizador de comedia gamberra y responsable de la entrega navideña de Harold & Kumar), levantó mucha expectación el año pasado por su llamativa propuesta: un homenaje al slasher en clave de comedia que prometía humor autorreflexivo y se postulaba como imprescindible para los fans del género. La película hizo circuito por los festivales, y finalmente vio la luz de forma limitada. A nosotros nos llegó recientemente directamente en DVD gracias a Sony Pictures y 20th Century Fox Home. Pero si no la habéis visto aun, no os dejéis llevar por la dudosa etiqueta “directamente a vídeo”. En este caso, Las últimas supervivientes merece ser rescatada del “videoclub”. Es más, por su naturaleza de homenaje a los 80, ese es el lugar (metafórico) donde más encaja.

Contribuyendo a definir 2015 como el año definitivo del revival ochentero, The Final Girls se suma a otros títulos que rinden tributo de las formas más estilizadas y creativas a aquella década, como The Guest, It FollowsTurbo Kid. Pero Las últimas supervivientes tiene mucho más en común con La cabaña en el bosqueScream. Quizá por su parecido en esencia a la película de Drew Goddard y Joss WhedonThe Final Girls no tuvo el impacto esperado. Ya habíamos visto una película así recientemente, y el factor sorpresa se había desvanecido. No es que La cabaña inventase lo meta, pero lo utilizó inteligentemente para dar lugar a una de las películas de culto más destacadas de los últimos años, lo que hace que cualquier película similar posterior vaya a rebufo. Aun así, Final Girls lleva la idea de La cabaña en una dirección diferente, y la envuelve en una capa de fantasía de aventuras adolescentes, aderezada con más sátira y humor absurdo (es como ver Wet Hot American Summer con Jason Voorhees y más gracia), lo que la convierten en un film muy atractivo para paladares aficionados al género.

Las últimas supervivientes es una deconstrucción del slasher en clave de parodia, y con un toque de crítica con carácter retroactivo (“Yay feminism!”). En ella, Max (Taissa Farmiga) acude con sus amigos a un pase conmemorativo de Campamento Sangriento (Camp Bloodbath, parodia de Viernes 13 y todas las películas de campamentos que le sucedieron), en la que actúa su madre, Amanda Cartwright (Malin Akerman dando vida a una actriz de slashers y terror de serie B, como la madre de Sidney Prescott en Scream), fallecida en un accidente de coche junto a ella el año anterior. Tras un contratiempo en la sala de cine, la pandilla de Max se queda atrapada dentro de la película. En esta dimensión al otro lado de la pantalla, un lugar familiar pero desconcertante, Max tiene la oportunidad de reunirse de nuevo con su madre (aunque técnicamente no lo sea en ningún momento), pero el grupo debe escapar de la película aprendiendo a descifrar y vencer sus normas y acabando con Billy, el asesino enmascarado que pretende masacrar el campamento.

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Pero no esperéis ver mucha sangre o experimentar muchos sobresaltos viendo Las últimas supervivientes. Esto no es una película de terror, sino una comedia de aventuras que se abastece de los lugares comunes del terror para contar su historia. La luminosidad y el color invaden la pantalla (incluso en las escenas nocturnas), los sintetizadores atronan en una resultona banda sonora retro que nos transportará directamente a los 80 y nos hará sentir que Camp Bloodbath es un slasher real (atención al leitmotiv que avisa de la presencia del asesino, se os quedará en la cabeza mucho tiempo), y la violencia, aunque escasa, no hace que el espectador aparte la mirada, sino todo lo contrario, invita a admirarla por su sofisticación. Además, Las últimas supervivientes se distancia de cualquier película de terror o parodia de estas características porque contiene un núcleo emocional muy desarrollado. Aquí, los personajes experimentan un arco de transformación más allá de los arquetipos del cine de terror que representan (y desmontan, como en La cabaña), exploran sus amistades y relaciones para cambiarlas a mejor, y se enfrentan a sus pasados, especialmente la protagonista y su madre. Las dos actrices protagonistas, Akerman y Farmiga, se toman muy en serio a sus personajes y harán saltar alguna lágrima a los más sensibles.

Pero por encima de todo, Las últimas supervivientes es un juego metanarrativo muy divertido. La película va directa al grano y no contiene un minuto de aburrimiento, ya que apela en todo momento al espectador que conoce de sobra las reglas de este tipo de cine. En ella, la mentalidad resabiada del espectador actual entra en contacto con la perspectiva ingenua de los 80 para poner al descubierto sus mecanismos (choque representado en el walkman vs. iPhone). Y para hacer esto, Strauss-Schulson se vuelve muy creativo, dando forma concreta a los recursos narrativos del slasher (los flashbacks, los rótulos sobreimpresionados, la narración en off, el slow-motion, los créditos finales apareciendo al horizonte) y moviendo la cámara con mucho ingenio para dejarnos secuencias muy potentes visualmente (atención al genial plano secuencia de la pandilla atacando a Billy con trampas a lo Solo en casa o a los tramos en cámara lenta), lo que hace que la película sea muy golosa estéticamente, incluso preciosista (ese enfrentamiento final con la niebla púrpura y el cielo multicromático plagado de rayos es digno de mención).

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The Final Girls tiene cierto regusto a producto televisivo (parece una película que ha sacado máximo provecho de un presupuesto de TV), pero quizá sea porque su reparto está formado por caras de sobra conocidas por los aficionados a las series: Taissa Farmiga (American Horror Story), Malin Akerman (The Comeback), Thomas Middleditch (Silicon Valley), que es el Fran Kranz de esta película, Alexander Ludwig (Vikingos), Adam DeVine (Workaholics), Alia Shawkat (Arrested Development), Chloe Bridges (The Carrie Diaries), o Nina Dobrev (The Vampire Diaries). Los actores hacen un buen trabajo (menos DeVine, quizá, que está demasiado irritante hasta para sus fans), y la película divierte en todo momento (recordad que su intención nunca es hacer pasar miedo, así que no os están dando gato por liebre en ningún momento), con apenas 90 minutos de metraje bien empleado.

A pesar de jugar con ideas prestadas y faltarle bastante gancho y mala lecheLas últimas supervivientes merece la pena. La película no da miedo, no es políticamente incorrecta, pero no es lo que pretende, su originalidad reside en ser emotiva, incluso bonita, una historia sobre el dolor y la aceptación de una pérdida revestida con un curioso manto de neón y una puesta en escena absolutamente “tubular”.

Características del DVDFinalGirl_DVD

Las últimas supervivientes (The Final Girls)

Estudio: Sony Pictures/20th Century Fox Home Entertainment

Duración: 88 minutos

Audio: Catalán (Dolby Digital 5.1), Inglés (Dolby Digital 5.1), Castellano (Dolby Digital 5.1)

Subtítulos: Castellano, Polaco, Sueco, Turco, Finlandés, Inglés, Noruego, Danés

Relación de aspecto: 2.40:1

Contenidos adicionales: Comentario del reparto y el equipo, Escenas eliminadas, extendidas y alternativas con comentario del director opcional, Progresión de los efectos visuales, Animación de previsualización, Comentario del guionista…

“Mulder & Scully Meet the Were-Monster” es el episodio de Expediente X que esperábamos

Mulder Kim Manners

Hablar del tercer capítulo del revival de Expediente X en una simple entrada de blog no es tarea fácil. “Mulder & Scully Meet the Were-Monster” (bravo por el título) es la quintaesencia de la serie de Chris Carter, un homenaje retrospectivo con tantos guiñoseaster eggs, gags y diálogos memorables, que simplemente no sé por dónde empezar. Así que lo mejor será que nos remontemos de nuevo a los 90 y comencemos por un nombre, uno de los más importantes y decisivos en la historia de Expediente X: Darin Morgan.

¿Que quién es Darin Morgan? Pues uno de los guionistas que dio a Expediente X la forma con la que ingresó en el panteón de la cultura popular. Morgan solo escribió cinco episodios de la serie original, pero su estilo inconfundible sirvió para que esta alcanzase un nuevo nivel, mientras estrechaba sus vínculos con la audiencia a un nivel aun más profundo. Morgan empezó a trabajar en Expediente X como actor, interpretando al mítico Flukeman en “The Host”, pero poco a poco se fue haciendo hueco en la sala de guionistas, donde se estrenó con “Blood” (Morgan aparece como uno de los responsables del argumento). Su primer guion en solitario sería “Humbug“, el que es sin duda uno de los episodios más memorables de las primeras temporadas (el del freak show). A continuación firmó tres clásicos más: “War of the Coprophages” (el de las cucarachas), y dos obras maestras incontestables de la televisión de los 90: “Clyde Bruckman’s Final Repose” y “José Chung’s From Outer Space’“. Ahí es nada.

Mulder Scully

Como decía, la aportación de Morgan a la serie fue fundamental. Con estos episodios, el guionista fue capaz de hallar una riquísima fuente de comedia en la serie, llevando la relación de Mulder y Scully a otro nivel, concretamente hacia el terreno de la sátira, a la vez que profundizaba en la dinámica de los agentes de tal forma que nos transportaba a los espectadores al núcleo emocional de su relación. Con sus capítulos, Morgan se propuso deconstruir (según Duchovny, “destruir”) la serie, creando una suerte de universo alternativo donde el humor y la metanarración cobraban una importancia capitalExpediente X hallaba así su otra cara al margen del drama conspirativo o el suspense, la de la paranoia tomando forma en lo grotesco y lo ridículo, con una gran dosis de surrealismo, absurdo, un punto de melancolía, y sin límites a la imaginación o a lo que se podía mostrar. A partir de Morgan, cualquier cosa era posible en Expediente X (sin él, esa maravilla titulada “Bad Blood”, escrito por Vince Gilligan, probablemente no habría existido) y el espectador era invitado a base de constantes guiños a formar parte de la serie.

En los guiones de Morgan solían tener mucha importancia una o varias figuras que narraban, ya fueran Mulder y Scully, el autor José Chung o el vidente Clyde Bruckman, lo que le daba la oportunidad de establecer un brillante juego autorreflexivo con el que la serie se auto-analizaba, se reía de sí misma y dejaba sus recursos al descubierto para someterse a nuestro escrutinio (o el de otros productos audiovisuales, como vimos en la mítica parodia de Los Simpson): la dialéctica entre el crédulo y la escéptica, la necesidad de Mulder de buscar monstruos y realidades que no tienen por qué ajustarse a nuestra ceñida y científica visión del mundo, incluso la propia condición de iconos de estos dos personajes. Esto nos lleva a “Mulder & Scully Meet the Were-Monster”, donde todos estos temas vuelven a primer plano. Este episodio escrito y dirigido por Morgan es el que los seguidores de Expediente X esperábamos con más expectación del revival. Un capítulo que prometía llevarnos de nuevo a ese universo X alternativo de locura y complicidad autoparódica, y que nos ha proporcionado, ahora sí, el emocionante viaje al pasado que buscábamos.

Mulder meets the weremonster

En mi análisis de “My Struggle” me quejaba de un exceso de fan service en el estreno de la décima temporada, aunque más que nada, mi reproche se centraba en la manera en la que se llevó a cabo. “My Struggle” estaba hecho para cualquiera que supiera qué es Expediente X y estuviera mínimamente familiarizado con sus lemas y sus lugares comunes, mientras que “Mulder & Scully Meet the Were-Monster” está hecho exclusivamente para sus fans. Lo que muchos percibimos como guiños facilones y vacíos adquieren mayor significado en este episodio, que está hecho con auténtico amor por la serie y sus fans. Mulder dice por enésima vez aquello de “Quiero creer“, pero esta vez Duchovny suena convencido, haciendo que uno de los lemas de la serie sirva para mostrarnos una nueva crisis de fe (y de mediana edad) del agente. Para explorar el breakdown de Mulder, Morgan introduce a otro personaje narrador, en este caso Guy Mann (otra proyección de sí mismo en el relato), que interpreta el hilarante Rhys Darby, conocido por Flight of the Conchords y por hacer precisamente de hombre lobo en la genial What We Do in the Shadows.

En la magnífica escena del cementerio, Mann narra a Mulder su (muy kafkiana) historia: él era un hombre-lagarto (¿a alguien más le recordó al Angel vampiro de Pylea?) que vivía una plácida existencia en el bosque hasta que un día un hombre (Kumal Nanjiani) le mordió y se transformó en humano, adquiriendo deseos y necesidades que se escapaban a su entendimiento animal, como vestirse y ponerse absurdas corbatas, buscar vivienda y trabajo, proporcionarse orgasmos o plantearse metas inalcanzables en la vida (“Si no he escrito mi novela ya, no la voy a escribir nunca”). Mulder encuentra en la crisis existencial de Mann una conexión con la suya propia. Como el agente, el hombre-lagarto está buscando el sentido de la vida, luchando por cumplir las exigencias y expectativas que otros, o que él mismo se ha impuesto. La sátira de la historia de Mann es tontorrona  pero afilada (marca de autor de Morgan), y el leitmotiv no es muy complicado: el monstruo somos nosotros. Aunque el episodio es íntegramente cómico y lleva a sus personajes al terreno de lo ridículo, de lo esperpéntico (Mulder, su nueva app para hacer fotos con el móvil y su histérico encuentro con el monstruo), plantea cuestiones muy interesantes y profundas, inherentes a los arcos de personajes (concretamente el de Mulder) y la mitología de la serie. Esta sí es la Expediente X que recordamos y amamos.

Rhys Darby X Files

Y hablando de recordar. “Mulder & Scully Meet the Were-Monster” es toda una prueba a la lealtad y la memoria de los fans de Expediente X. Como adelantaba al principio, el episodio está lleno de guiños al pasado de la serie. Algunos son evidentes, otros más ocultos, otros muy desvergonzados, y la mayoría provocan en nosotros una sonrisa, ya sea divertida o atribulada (una que se queda en la cara más allá de los créditos finales). Por enumerar unos cuantos: Mulder lanzando lápices al póster de “I Want to Believe” (en la emisión original lo hacía disparando al techo), la lápida con el nombre de Kim Manners, que dirigió más de 50 episodios de la serie y murió en 2009 (a ver qué fan de la serie no se ha emocionado profundamente con esto; cuando Duchovny toca la lápida, lo hace siendo él mismo y se nota), los esnifadores de pintura (Tyler Labine y Nicole Parker), que aparecieron en el episodio “War of the Coprophages”, la sintonía de la serie como el tono de móvil de Mulder (este entra en la categoría de “desvergonzados”, incluso “excesivos”), y el más bonito de todos: Scully diciéndole a Mulder “Recuerda, soy inmortal“, referencia a “Clyde Bruckman’s Final Response”, donde Scully pregunta a Bruckman cómo va a morir, a lo que él responde sonriendo: “No lo harás”.  (Para descubrir todos los easter eggs del episodio, algunos imperceptibles a simple vista, os recomiendo este artículo).

Como buenos cachondos que son, David Duchovny y Gillian Anderson están mucho más entregados haciendo el tonto que en los dos anteriores capítulos. Morgan les da una plataforma para que se lo pasen bien en su trabajo, y ellos la utilizan, para gozo de todos los espectadores. Dos ejemplos.

ESTO:

Y ESTO:

Que por si no lo habíais pillado (que lo dudo), hace referencia a este icónico momento de la serie.

Esta nueva-vieja Expediente X sigue en su proceso de adaptación al presente sin renunciar al pasado. Básicamente es la misma serie de siempre, pero por momentos parece la típica persona mayor que trata de ponerse al día con la vida moderna, con los homosexuales y todas esas cosas que ahora se llevan, y la verdad es que no siempre acierta (la conversación con y sobre el personaje transgénero, en la que se bromea sobre que antes fue un hombre *sic*). Aun así, lo está intentando, y se agradece. “Mulder & Scully Meet the Were-Monster” no solo es el mejor episodio de lo que llevamos de mini-temporada, sino que consigue ponerse a la altura de la mejor Expediente X,  haciendo que este experimento nostálgico alcance su máxima expresión y potencial.

Yeah, this is how I like my Mulder & Scully.

Pilotos 2015-16: The Muppets

The Muppets ABC

Madonna tiene (o tenía) la fama, pero Los Muppets cardan la lana. Los populares personajes de Jim Henson son los verdaderos reyes de la reinvención. Llevan cuarenta años (sí, cuatro décadas) con nosotros, y han logrado sobrevivir a varias etapas del cine y la televisión, adaptándose a los tiempos y resurgiendo periódicamente. Sus regresos no siempre han cosechado los mejores frutos, pero se las han arreglado para volver al candelero una y otra vez, manteniéndose siempre fieles a sí mismos y por supuesto respetando la visión original de su creador. Después de un reboot cinematográfico de éxito (Los Muppets, 2011) y una secuela que demostraba que el efecto Muppet pega fuerte pero dura poco (El tour de los Muppets, 2014), los Teleñecos regresan al medio que los vio nacer, la televisión. Y lo hacen precisamente también como Madonna, apuntándose a una moda que acabó hace ya varios años, en este caso el mockumentary.

El comeback de los Muppets a la televisión es el resultado de un proceso ante todo orgánico. El hábitat natural de los Teleñecos es la tele, y que vuelvan a protagonizar su propia serie (después de un revival fracasado del Show de los Muppets en los 90) era el siguiente paso para garantizar su supervivencia en el nuevo siglo. Los Muppets eran meta antes de que cualquier serie lo fuera, tenían su propia versión del live-tweet ya en los 70 (los comentarios críticos de los vejestorios Waldorf y Statler), nos mostraron lo que ocurría entre bambalinas de un programa de variedades antes de que Tina Fey hiciera lo propio en una de las mejores telecomedias de la historia, 30 Rock, e hicieron del cameo un arte antes de que se convirtiera en un reclamo publicitario más. Por eso su nueva serie para ABCThe Muppets, les viene como anillo al dedo. Un falso documental estilo workplace comedy que nos invita a mirar tras las cámaras de un talk show presentado por la Srta. Peggy y producido por su ex, la rana Gustavo.

The Muppets room

La campaña publicitaria de la serie se puso en marcha este verano a toda máquina con el anuncio de la separación de Peggy y Gustavo, la clave más importante de esta nueva reencarnación de los Teleñecos. Lo que nos prometía ABC con esta serie era una mirada más adulta y moderna al universo de los Muppets, sus neuras, miedos e inseguridades tanto en el ámbito romántico como en el laboral. Y eso es justo lo que adelanta el piloto. Este nuevo enfoque no debería pillar por sorpresa a nadie, sin embargo, como era de esperar, las asociaciones familiares de Estados Unidos ya han puesto el grito en el cielo por su contenido picante y “pervertido”. A este respecto, hay que aclarar una cosa muy importante: Los Muppets nunca han sido personajes infantiles. Los habitantes de Barrio Sésamo o los Fraggle Rock sí, pero los Muppets no. Ellos siempre han estado ligados al prime time, al show de variedades y los cómicos del late night, de hecho, antes de estrenar su propio programa, formaron parte de Saturday Night Live durante su temporada 1975-76 (con una encarnación previa llamada The Land of Gorch). Sí, Los Muppets siempre han sido kid-friendly (también es verdad que la nostalgia se ha encargado de potenciar esta dimensión de los personajes), pero Henson los creó pensando en el público adulto. Así que aquí no se ha pervertido nada, al contrario.

A juzgar por el piloto, The Muppets ABC pretende ser una serie menos familiar y más orientada (aunque no de forma excluyente) al público que no ve a estos personajes como simples muñecos para niños. La intención es crear un programa rico en reflexividad que se sume a la tradición  de la meta-comedia laboral. Y ahí está el primer problema de la serie, que para darle una nueva vuelta de tuerca a los Muppets han tenido que echar mano de un género que, a pesar de pertenecerles por derecho propio, ya había dado sus últimos coletazos. Por tanto, las comparaciones con The OfficeParks and Recreation 30 Rock (que no era falso documental, pero se adscribe a la misma corriente de comedia de culto y es con la que más tiene en común) le hacen flaco favor. The Muppets arranca de forma irregular, pero recordad cómo fueron los primeros episodios de Parks and Rec 30 Rock. Ambas tardaron en encontrar su personalidad, y cuando lo hicieron se convirtieron en auténticas maravillas. El piloto de The Muppets es una carta de presentación desigual, en ocasiones desafinada, pero si el progreso de las series mencionadas sirve como ejemplo, podría llegar a ser una digna sucesora de las mejores workplace comedies.

MISS PIGGY, KERMIT THE FROG

Para conseguirlo le hace falta sobre todo pulir el humor. En el piloto se puede detectar un tira y afloja continuo entre el tipo de comedia más blanca que popularizó El show de los Muppets en los 70 y un humor más moderno y arrojado que en cierto modo reconfigura a los personajes para incluirlos en la nueva televisión del siglo XXI. Las payasadas, mini-gags y juegos de palabra bobalicones de Animal, Pepe the King Prawn o la rata Rizzo chocan con escenas como la de Fozzie conociendo a los padres de su nueva novia, Riki Lindhome (parodia de Adivina quién viene esta noche en la que el conflicto racial da paso a uno interespecie; zoofilia, vaya), las reuniones del equipo (donde a la serie se le ve más el Rockefeller), las bromas sexuales (la nueva cerda chupando la pajita mientras Gustavo da a entender que se han acostado) o las secuencias de carga dramática, como las conversaciones serias de Peggy y Gustavo al final del episodio, en la más pura tradición de los “momentos robados” por la cámara de The Office. Si The Muppets quiere encontrar su lugar en el firmamento de la comedia televisiva, debe primero hallar el punto medio entre ambas sensibilidades. Y mi sugerencia es menos slapstick y chistes malos, y más drama y atrevimiento, aunque esto suponga reducir un poco la esencia Muppet.

Por lo demás, la serie empieza con muy buen pie, presentando la historia con eficacia, con agudas observaciones sobre el mundo del espectáculo, moviendo a los Muppets con una fluidez y naturalidad que hace que se te olvide que son de fieltro (como siempre, pero incluso mejor), y dejando bien claro el rol de cada uno de los personajes principales (Gustavo es Liz Lemon, Peggy es Jenna Maroney/Tracy Jordan, Scooter es Kenneth Parcell o Pete Hornberger, todavía no está claro, y el águila Sam representa el poder del piso de arriba, a lo Jack Donaghy). Además, el primer cameo es de lujo, la omnipresente Elizabeth Banks (otro nexo de unión con 30 Rock). Se me hace la boca agua imaginando las posibles estrellas invitadas que nos esperan en  la serie. Compartiendo techo con Disney y Marvel no nos extrañaría ver desfilar por ella a Chris Pratt, los agentes de SHIELD o Kristen Bell, por nombrar unos pocos. Y espero que ningún contrato impida que Tina Fey, Amy Poehler o Jane Krakowski se pasen por “Up Late With Miss Piggy“. Daría lo que fuera por ver un reencuentro entre Gustavo y la directora de la prisión serbia Nadya (Fey) o una batalla de egos protagonizada por Peggy y Jenna Maroney. Sé que es cuestión de tiempo, justo lo que The Muppets necesita para alcanzar su máximo potencial.

Por qué he visto el piloto: ¿Me conocéis? ¡Son los Muppets! Una de mis mayores obsesiones desde pequeño. Yo tengo esto en mi habitación, ¿vale?

Animal y Fuertecito

Recuerda a: Ya lo hemos dicho todo. The Office, Parks and Rec y 30 Rock, de las cuales la última encuentra su origen precisamente en El show de los Muppets.

Nota del piloto: 7

Veredicto: Un piloto correcto que dispone las cartas de manera que se pueden ver bien sus ases. Aun no los ha usado, pero si todo sale bien, lo hará en los próximos episodios. Me quedo porque tiene todo lo que necesito para disfrutar de una comedia: corazón, contenido meta y marionetas.

Consecuencias emocionales de ser espectador de Community

Community emotional consequences

Qué extraño viaje han sido estos últimos seis años para nosotros, los espectadores de Community, defensores enamorados, fans a muerte, después fans desencantados, enfurecidos, seguidores por incercia, y finalmente compañeros esperanzados. Ha sido una época muy ajetreada para los responsables de la serie, y esto se ha reflejado en el espectador, que ha sido testigo de las transformaciones de la serie a raíz de lo que estaba ocurriendo tras las cámaras. Desde el principio, Community siempre vivió al límite, año tras año al borde de la cancelación. Tres temporadas épicas, una cuarta temporada gravemente afectada por un escape de gas (y la marcha de su creador tras polémicas que conoceréis de sobra), una quinta temporada que daba la bienvenida de nuevo a Dan Harmon, decidido a llevar a cabo un reset (o Repilot) de la serie para acabar haciendo una segunda cuarta temporada, la marcha de tres personajes del grupo original de siete, y finalmente, la cancelación por parte de NBC y el rescate de última hora de Yahoo.

Community ha tenido muchas vidas, muchas oportunidades. No las ha aprovechado todas igual de bien, pero nunca ha dejado de intentarlo. Cambió tanto en su segunda mitad que pasó de ser una copia de sí misma a una serie que había perdido su razón de ser y necesitaba reencontrarse. Y este precisamente ha sido el leit motif de la sexta temporada, emitida por primera vez en Internet (el que ha sido siempre el verdadero hogar de la serie): la búsqueda de una nueva identidad. Esta temporada ha tenido un aire y un aspecto decididamente diferente, más crudo y desnudo (que el Dean no se haya puesto ningún disfraz hasta el final es toda una declaración de intenciones), algo más experimental, respondiendo sin duda al reto narrativo que supone contar con 10 minutos más por episodio y a una mayor libertad desde más arriba. Por otro lado, el recorte en el presupuesto se hacía patente en cada episodio (Greendale a veces parecía un plató de sitcom y el campus estaba desierto), lo que impedía que los guionistas se volvieran locos con los “episodios especiales” y por tanto obligaba a buscar otras formas de explorar la hiperactiva creatividad que caracteriza a la serie. Este año hemos visto a Community buscando la manera de ser una serie nueva sin dejar de ser Community. Y aunque los primeros episodios resultaron poco alentadores, fue adaptándose poco a poco a su nueva piel, para terminar encontrando el punto a la nueva dinámica de personajes y el nuevo tono, más reflexivo y relajado que antes.

save greendale committee

La sexta temporada de Community ha sido más difícil, ha transcurrido sobre el poso de tristeza que ha dejado la fuga de personajes y los continuos desengaños y episodios psicótico-depresivos de su creador, pero también, y quizás por todo eso, ha sido la más real, la más sincera. Sin abandonar los histrionismos propios de los protagonistas, se les ha permitido relajarse y ser personas. Más que nunca los hemos visto conversando alrededor de la mesa (no solo la Mark II sino también la del bar de Britta, que ha añadido un componente más convencional a un universo habitualmente despegado de la realidad), y además se han visto obligados a auto-analizarse en relación a las ausencias y las nuevas incorporaciones del Comité Save Greendale, que han resultado encajar magníficamente: Elroy, y sobre todo la maravillosa Frankie Dart, “una humilde forastera que llegó y lo clavó”; sin olvidar la reestructuración que ha provocado el merecido ascenso de Pelton y Chang (dos de los personajes más inspirados este año) a miembros oficiales del grupo. Esta temporada también ha contado con episodios “high-concept”, incluyendo una película casera de ciencia ficción (“Intro to Recycled Cinema”) o un brillante capítulo de Paint Ball deconstruido y reconfigurado como una de espías (“Modern Espionage”), incluso ha desarrollado su propia continuidad y autorreferencialidad casi al margen de la trayectoria en NBC (por ejemplo el troleo a los fans de Marvel o la importancia de Internet en casi todos los episodios), pero también ha llevado a cabo un experimento arriesgado: ser menos Community para intentar averiguar qué es Community después de todos estos años.

Y este ha sido también el tema principal del final de la sexta temporada “Emotional Consequences of Broadcast Television“, un episodio redondo que sabe a series finale al reflexionar sobre la trayectoria completa de la serie y situar a sus personajes en nuevos caminos separados. Este final cierra arcos emocionales de casi todos ellos (mi pobre Britta se queda a medias) y deja abiertas muchas puertas, pero no necesariamente para ser cerradas. La idea del episodio, sin duda el más meta de toda la serie (y ya es decir), es imaginar cómo sería una séptima temporada de Community, para lo que cada personaje propone una o varias ideas (“pitches”) que reflejan sus personalidades y sus experiencias en Greendale durante estos seis años. “Emotional Consequences” está salpicado de principio a fin por una versión recortada del opening de la serie, que nos golpea una y otra vez con la frase “I can’t count the reasons I should stay, one by one they all just fade away“. No es casual, por supuesto. La intención es poner sobre la mesa todo lo que ha salido bien, recordar todas las cosas que se han ido “desvaneciendo una a una”, y todo lo que ha fallado, y a partir de esa información descubrir qué razones les quedan a estos personajes para quedarse en Greendale y crear/justificar posibles futuros para Community

shirley community final

Sin embargo, ninguno de los “pitches” resulta convincente. Algunos son demasiado absurdos hasta para una serie como Community, otros son demasiado acomodaticios (el más lógico, que nos devolvería al grupo al completo siguiendo los pasos de Jeff como profesores del campus se descarta por ser muy fácil), otros nos demuestran que traer de vuelta a los personajes que se marcharon no es la solución (el cameo de Shirley sirve para decirnos que la antigua Community ya no existe y no volverá a existir). La conclusión que Harmon saca de todo esto es que la mayor enemiga de Community ha sido Community (en este caso podemos usar el nombre de su creador como sinónimo), que su propia ambición se ha vuelto en su contra, hasta el punto de hacerle perder su propósito. Harmon nos habla a través de sus personajes del problema de no querer crecer y arrastrar a los demás hacia tu estancamiento (eterno conflicto interno de Jeff, que en el final aprende a dejar marchar a Abed y Annie para asumir que se está haciendo mayor), de lo difícil que es crear algo y mantenerlo vivo durante tanto tiempo, y a continuación extiende la mano para que se la cojamos. “Emotional Consequences” es una disculpa oficial hacia los fans, y también a las personas que han confiado en él y han salido decepcionadas, o a los que ha ofendido durante estos años. El tag final del episodio empieza como un deprimente chiste sobre unos personajes de ficción que descubren que en realidad no existen (el mejor epílogo de una temporada de epílogos horrendos), y se acaba convirtiendo en un disclaimer/carta en la que Harmon se abre ante su audiencia y se autoflagela (una vez más) por su complicada personalidad y sus errores. Pero el mensaje más importante del demiurgo se transmite, como no podía ser de otra manera, a través de Abed, que nos explica qué es o debe ser una serie de televisión, en concreto una comedia, cuál es la relación ideal entre ella y el espectador, y por tanto, por qué Community ha sido tan especial, única y problemática:

“There is skill to it. More importantly, it has to be joyful, effortless, fun. TV defeats its own purpose when it’s pushing an agenda, or trying to defeat other TV or being proud or ashamed of itself for existing. It’s TV, it’s comfort. It’s a friend you’ve known so well, and for so long you just let it be with you and it needs to be okay for it to have a bad day or phone in a day. And it needs to be okay for it to get on a boat with Levar Burton and never come back. Because eventually, it all will”.

La respuesta a la pregunta “¿Por qué sigue existiendo Community?” no tiene una sola respuesta. Son tantas como las razones por las que cada miembro del Greendale Seven/Save Greendale Comitee/Nipple Dippers ha permanecido en el grupo hasta ahora. Codependencia, autoengaño, amistad, ¿sinergia?. Estos personajes reconocen estar ahí porque son quienes son solo en relación al grupo, es su refugio del mundo real, su zona de confort. Y en estos momentos, Community es lo que es sobre todo en relación a sus fans, sin los que no sería nada, una válvula de escape de la que Harmon nos pide que no dependamos tanto y que no depositemos tanta responsabilidad en ella. Antes de despedir a los personajes que se marchan para descubrir quiénes son fuera de Greendale y enseñarnos a los restantes sentados a la mesa del bar (“This is the show“, las series pueden cambiar, evolucionar, sufrir “hemorragias” de personajes, perderse y encontrarse), Harmon nos propone cerrar los ojos e imaginar cómo sería nuestra séptima temporada ideal. No podemos decirlo en voz alta (ni supongo escribirlo en la entrada de un blog), porque no se haría realidad. Pero yo he preferido no pensarlo. “Emotional Consequences” es el final perfecto para la serie. Ha sido agridulce, duro, rupturista (esos dos fucks), pero también precioso, emotivo, conmovedoramente sincero y lleno de guiños cómplices al pasado (“I hereby pronounce you a community”); en definitiva, el broche de oro a una serie que nos ha involucrado narrativa y emocionalmente como ninguna otra. ¿Me gustaría volver a Greendale para una séptima temporada o para ver hecho realidad el profético #andamovie con el que termina la sexta? Claro que sí, ya hemos dejado claro que nuestra relación es codependiente, y si ella quiere volver, la recibiré con los brazos abiertos, como amigos que saben que estarán mejor el uno sin el otro pero siguen juntos incondicionalmente (pase lo que pase, #CommunityLivesOn). ¿Debería ser “Emotional Consequences” el final definitivo de Community y nosotros dejarla marchar de una vez? Maybe. Probably. Maybe.

‘Play It Again, Dick’, el meta-spin-off de Veronica Mars

PIAD Hansen Dohring

This is the dawning of the age of Mars. Definitivamente, 2014 ha sido el Año Marshmallow. Rob Thomas logró resucitar a finales de 2013 la serie de culto Veronica Mars con una película financiada por los fans que pulverizó récords en Kickstarter, y que pudimos disfrutar la pasada primavera (crítica fuertecita aquí). La ficción protagonizada por la “prácticamente perfecta en todos los sentidos” Kristen Bell (que ha tenido un año muy dulce gracias a Frozen, VM, y sus otros churumbeles) volvió a primera plana, desatando una auténtica fiebre nostálgica y revisionista en televisión. Si Veronica Mars, una serie de la network bebé CW con un culto fiero pero más bien discreto, había sido resucitada, ¿qué serie cancelada no podíamos rescatar? Lo cierto es que ya nos hemos calmado, y las webs de entretenimiento han parado de publicar listas de series canceladas que podrían volver, pero el renacimiento de Veronica Mars nos sirvió para darnos cuenta del poder del fan (limitado pero importante) en la despiadada maquinaria televisiva, y nos regaló a los marshmallows la continuación de un universo que ni nosotros ni sus responsables nos habíamos negado a abandonar todos estos años.

En el tiempo transcurrido entre la cancelación de Veronica Mars y la génesis de la película, un personaje secundario de la serie se transformó progresivamente en uno de los favoritos del fandom. Dick Casablancas no era precisamente importante, ni siquiera le prestábamos demasiada atención (al menos yo no lo hacía). Era simplemente un alivio cómico, un personaje de confianza, pero menor, a la sombra de Veronica y Logan. La afiliación personal de Ryan Hansen, el actor que da vida a Dick, con Rob Thomas y su creación, ha provocado que éste pase poco a poco a primer plano, convirtiéndose en algo así como en embajador marshmallow, en la nueva estrella de la franquicia que asume las labores de animador en ausencia de la pluriempleada Bell. De esta manera, era de esperar que Dick Casablancas acabara protagonizando un spin-offde la serie. Y Play It Again, Dick es el resultado natural del proceso de hansenización de VM, una nueva celebración de la serie que esta vez es más un agradecimiento a sus intérpretes que a sus fans, es decir, una oportunidad para que los actores se diviertan experimentando con sus personajes, y sobre todo, la coronación oficial de Ryan Hansen como regente actual del Marsverso.

Play It Again, Dick es una webserie emitida por la filial online CW Seed. Consta de 8 episodios de apenas 9 minutos de duración cada uno. En ellos, Ryan Hansen quiere capitalizar la fiebre de Veronica Mars y organiza para ello la producción de un spin-off centrado en su personaje, que ahora también es investigador privado. A lo largo de los 8 capítulos, Hansen lidia con la burocracia de la cadena (con el CEO, Mark Pedowitz, haciendo una aparición especial), trata de reunir a todos los actores de la serie madre (requisito de CW para dar luz verde al proyecto), y rueda el episodio piloto de Private Dick, para el que además ejerce como director. Es decir, PIAD es un auténtico festival meta, y no solo en lo que se refiere al universo de VM, sino a la televisión en general. La webserie está plagada de guiños a otras series y se alza como sátira alocada de la televisión y el estilo de vida hollywoodiense que gustará a cualquiera que se llame seriéfilo. Además, no hay calificación por edades, con lo cual Thomas se ha permitido llevar la franquicia hacia un terreno más “adulto”, y no ha dudado en aumentar las dosis de picante y recurrir al “fuck” siempre que ha hecho falta (o no). Algo que los actores agradecen, y nosotros percibimos al verlos pasándolo incluso mejor que de costumbre.

Play It Again Dick pósterSin duda, lo más destacable de Play It Again, Dick, es el desfile de cameos de actores de la serie madre. La webserie comienza con una guasona aparición de Kristen Bell, gancho perfecto que da paso a un sinfín de caras conocidas para el marshmallowJason Dohring, Enrico Colantoni, Francis Capra, Percy Daggs III, Chris Lowell, Ken Marino, y un puñado de secundarios recurrentes (incluyendo un divertido recast de Duncan Kane). Como ocurrió con la película, casi nadie ha querido perderse la fiesta. Sin embargo, esta vez los actores se dan vida a sí mismos. Esto da mucho juego al permitir reconfigurarlos con personalidades opuestas a las de sus personajes o exagerando su imagen pública. Por ejemplo, Dohring es un vigoréxico egocéntrico y vanidoso que se pasa todo su tiempo en pantalla exhibiendo musculatura, Daggs III es básicamente un gángster, Capra un actor de método con ínfulas de thespian, y Colantoni es un crápula y capullo redomado, por nombrar unos cuantos. Las interacciones del bufonesco Hansen con todos ellos dan afiladísimos momentos cómicos que nos dejan entrever la gran familia en la que se han convertido todos, y que disfrutarán especialmente los marshmallows, por la cantidad de referencias a la serie.

Sin embargo, Play It Again, Dick pierde fuerza en su tramo final, cuando pasamos de la preproducción del spin-off (que nos deja entrevistas impagables e interacciones brillantes entre Hansen y sus compañeros) al rodaje del piloto. Entonces la webserie sacrifica parte de su gracia al convertirse en la típica bobada a lo Pineapple Express 2 (la continuación casera de Superfumados que James Franco & co. realizan en This Is the End). Salta a la vista que los actores se lo están pasando genial recreando lo que sería un producto deliberadamente malo (una parodia de Magnum P.I. o Starsky y Hutch), pero no se traslada del todo hacia fuera de la pantalla. Aun con todo, Play It Again, Dick es un producto bastante redondo, un absurdísimo mockumentary que recupera el espíritu de Party Down The Office y funciona tanto para fans de Veronica Mars como para aquellos que simplemente adoran a sus actores, o a la televisión. Con un sinfín de juegos de palabras con “dick” (“polla” en inglés), a cada cual más genial, bien de shirtless porque sí (como la foto del encabezado y mucho más), e incluso un número musical que alegrará el día a más de uno, Play It Again, Dick es sin duda porno para marshmallows.

BoJack Horseman: Caballo a meta

BoJack Horseman

“Life is a series of closing doors, isn’t it?”

A Netflix la conocemos básicamente por cambiar por completo el panorama televisivo norteamericano, por ser la cadena plataforma de VOD que nos ha devuelto a la familia Bluth y por generar éxitos de producción propia como Orange Is the New BlackHouse of Cards. Pero en su breve trayectoria como competidora de las ficciones de cable ya ha tenido tiempo de incluir en su catálogo alguna joya oculta que pide a gritos ser descubierta y reivindicada. Es el caso de BoJack Horseman, comedia de animación creada por el prácticamente desconocido Raphael Bob-Waksbergt y protagonizada por un elenco de voces de primera, en su mayoría habituales de la comedia televisiva de culto, como Will Arnett, Alison BrieAmy Sedaris, o el culo inquieto Aaron Paul, que en su búsqueda de nuevos retos artísticos tras Breaking Bad participa también en la producción ejecutiva junto a Arnett.

A primera vista, BoJack Horseman es fácilmente catalogable como una más de esas series animadas feístas para adultos sin nada verdaderamente nuevo que ofrecer. Y si nos detuviéramos tras ver sólo el primer episodio, esa aseveración sería más que justa y merecida. Dejadme que lo diga sin rodeos (pero sin ordinarieces): el piloto de BoJack Horseman es puro desecho fecal de caballo. Es como Padre de familia en horas bajas, que ya es decir. Media hora de chistes descartados de Seth MacFarlane y un nefasto sentido del ritmo de la comedia. Claro que estamos hablando de Netflix, la cadena que estrena las temporadas de sus series íntegras, así que tenemos la garantía de que alguien hará maratón, se la fundirá en un fin de semana, y nos dirá: no tiréis la toalla, después del primer episodio mejora, y mucho. Yo mismo puedo atestiguarlo después de mi finde de binge-watchingBoJack Horseman empieza mal, pero mejora con cada capítulo, y aunque todavía le queda mucho por pulir, definitivamente merece la pena darle una oportunidad.

“Family is a sinkhole, you were right to get out when you had the chance”

Ambientada en una realidad en la que conviven en armonía humanos y animales antropomorfos, “dibujada” al estilo descuidado de los cuentos para niños y con animación de “recortes de papel” (la estética corre a cargo de Lisa Hanawalt), BoJack Horseman cuenta la historia de un actor de televisión que vive de las rentas, un caballo famoso que protagonizó una sitcom familiar de éxito en los 90, Horsin’ Around, y se propone escribir una autobiografía para salir del hoyo de ociosidad y vacío existencial en el que se encuentra. Para redactar las memorias, Horseman (Arnett) contrata, asesorado por su agente y ex amante, la gata Princess Carolyn (Sedaris), a una escritora fantasma, Diane (Brie). Los doce episodios que componen la primera temporada son un recorrido por la vida de BoJack, en el que sus miserias y trapos sucios son aireados a la vez que afloran los traumas de una infancia desdichada, lo que contribuye a estrechar la relación entre el caballo y su ghost writer. BoJack Horseman es sobre todo una sátira psicotrópica de Hollywood, la celebrity culture (parodia de Lindsay Lohan incluida) y la industria televisiva en Estados Unidos, una serie que sigue la tradición de la comedia animada posmoderna y se entrega por completo a lo meta. Sin embargo, bajo su fachada de cínico humor autorreflexivo, suspicaz comentario social (“Si repites algo muchas veces acaban interiorizándolo, el sistema funciona”) y su aire hipster (no hay más que ver la psicodélica cabecera de The Black Keys o la canción final de Grouplove) encontramos un profundo relato sobre la depresión, la crisis de madurez y el vacío de la vida moderna.

Bojack Diane

El mayor hallazgo de BoJack Horseman es haber conservado las particularidades del comportamiento de los animales, que en contraste con las idiosincrasias del ser humano provocan auténticos momentos de humor inteligente y absurdo a partes iguales, así como gags visuales de primera: Princess Carolyn se desplaza a saltos, se bufa y cae siempre sobre las cuatro patas, hay una rana ayudante de producción a la que se queda todo pegado en las manos, una señora armadillo que se hace bola a punto de ser atropellada, o el divertido secundario, Mr. Peanutbutter, un perrito faldero enemistado con su cartero, como es natural. Por otro lado, en este contraste también reside el aspecto más provocativo y transgresor de la serie, lo que la acerca más a South Park: la zoofilia representada como acto natural según las normas de su universo, y que nos permite ver a una chica humana en la cama con un caballo.

Pero lo que hace que BoJack Horseman se distinga realmente de sus referentes y contemporáneas es la acusada serialidad con la que se desarrolla la primera temporada. En este sentido, se aproxima más a lo que están haciendo series como Hora de aventurasRick and MortyBoJack Horseman presenta arcos de temporada aglutinantes, los acontecimientos de un episodio afectan directamente al siguiente, personajes secundarios reaparecen para continuar tramas que parecían episódicas (Margo Martindale, el proyecto de Eva Braun con Cate Blanchett), las flamantes voces invitadas repiten a lo largo de la temporada (Stanley Tucci, Kristin Chenoweth, Olivia Wilde, Yvette Nicole Brown, Naomi Watts); en ocasiones, los capítulos retoman la acción justo donde la dejó el final del anterior, y la evolución de los personajes es constante -destaca Todd (Paul), que apenas tiene peso en los episodios, pero su personaje se desarrolla muy hábilmente al fondo, desvelando sus talentos, miedos y preocupaciones a medida que avanza la temporada. Y por supuesto, no faltan los abundantes running gags (Secretariat). Todo ello compone un relato televisivo muy edificante, una serie que va añadiendo capas, perfeccionando su humor sobre la marcha, y recompensando capítulo tras capítulo, mientras la tristeza se apodera del espectador casi sin que éste se dé cuenta.