Crítica: ¿Quién está matando a los moñecos? (The Happytime Murders)

The Happytime Murders se ha titulado en España ¿Quién está matando a los moñecos? aprovechando el tirón comercial del humorista David Broncano, que presta su voz a dos personajes de la película en el doblaje en castellano, y recurriendo a uno de los trucos de marketing más viejos: un título tan extravagante que se queda en la cabeza y da mucho que hablar, aunque sea para mal. Esta comedia subida de tono supone el primer título de Henson Alternative, nuevo estudio de la Jim Henson Company dedicado a la producción de ficción orientada exclusivamente al público adulto. A la dirección nos encontramos al hijo de Jim Henson, Brian Henson, actual presidente de la compañía y director de Los Teleñecos en cuentos de Navidad Los Teleñecos en la isla del tesoro.

Sin embargo, ¿Quién está matando a los moñecos? se distancia radicalmente tanto de los Muppets como del resto de creaciones de Henson. En los inicios de su carrera, el mítico marionetista intentó llevar el arte de los títeres al público adulto (trabajó para Saturday Night Live y uno de los primeros programas de los Teleñecos llevaba por título Sex and Violence), pero no cuajó y se centró en el público familiar, para el que creó un legado que perdura a día de hoy. Su hijo recupera estos compases iniciales del creador y los lleva hasta el límite para ofrecernos una comedia pasada de rosca y repleta de sexo, violencia, palabrotas, escatología y humor soez. Desde luego, esto no es Barrio Sésamo. Aunque más de un padre despistado tomará el desvío equivocado y acabará por error en la parte más sórdida de la ciudad.

¿Quién está matando a los moñecoses una comedia negra policíaca ambientada en el barrio más problemático de Los Ángeles. Allí cohabitan moñecos (la palabra que se ha elegido para traducir “puppets”) y humanos, pero los primeros son considerados ciudadanos de segunda y sufren de discriminación y opresión por parte de los segundos. Cuando alguien empieza a asesinar brutalmente a los miembros de un antiguo programa infantil de los 80 llamado La Pandilla Dicharachera, el moñeco detective privado Phil Phillips (Bill Barretta) y la agente de policía humana Connie Edwards (Melissa McCarthy) deberán dejar a un lado sus diferencias para resolver juntos un misterio que esconde muchos secretos del pasado de ambos.

En el fondo, ¿Quién está matando a los moñecos? no es más que una comedia clásica de policías enfrentados disfrazada de transgresión al salpicar (nunca mejor dicho) una marca tan blanca como Henson con el humor más bestia que se puede concebir en una película comercial. Lo más sorprendente del film no es la mezcla de humor zafio, sexo, drogas y marionetas (al fin y al cabo, eso ya lo hemos visto, en El delirante mundo de los Feebles Team America), sino lo bien que funciona como buddy film y sátira del cine noir. Henson recurre a todos los clichés más obvios de ambos géneros, pero de alguna manera logra dotar de cohesión a un misterio con más matices de lo que parece a simple vista.

Por supuesto, lo que llama más la atención de la película son sus gags más explícitos y gamberros, la mayoría concebidos para ofender y escandalizar (cosa que no siempre consiguen), como el momento estrella en el que un pulpo ordeña a una vaca para una película porno. Pero más que la sal gruesa y el shock value, que dan los gags más obvios, son los chistes más discretos y basados en las relaciones entre los personajes los que aguantan realmente la historia. En ese sentido cabe destacar al elenco humano, lleno de caras conocidas de la comedia USA (Joel McHale, Leslie David Baker) y principalmente femenino. Las cómicas Melissa McCarthy (haciendo lo mismo de siempre, y haciéndolo muy bien), Elizabeth Banks y Maya Rudolph elevan de categoría la película, sobre todo la última, tristemente desaprovechada en su país, consiguiendo una química muy divertida con sus compañeros de reparto de trapo. Con ellas, la cinta se va distanciando de los clichés más anquilosados y machistas de la comedia para adultos para culminar en una recta final en la que ellas llevan la voz cantante.

¿Quién está matando a los moñecos? es tremendamente irregular, a su humor le cuesta dar con la tecla y no saca todo el partido a su historia (la metáfora de la discriminación podía haber dado más de sí), pero no es el descalabro que vaticinábamos. Con unos entretenidos 90 minutos de duración (y la disposición adecuada), se pasa en un suspiro, y a los aficionados al arte de las marionetas nos deja algunas de las secuencias más técnicamente logradas que hemos visto hasta ahora en este cine (Henson halla la mejor manera de poner lo digital al servicio de lo analógico). Ahí es donde se esconde el verdadero espíritu Henson a pesar de lo mucho que rompe con su obra, en la voluntad de seguir avanzando y reivindicando un arte que se cree de otra era.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Cazafantasmas (2016)

El tráiler de la nueva Cazafantasmas se convirtió en el más odiado de la historia de YouTube. Las redes sociales se transformaron en un hervidero de comentarios destructivos y críticas definitivas a la película meses antes de que nadie la viera. Desde el anuncio del proyecto, su mera existencia ha generado una ola de odio y una campaña de desprestigio inaudita, a pesar de que es “solo” el enésimo reboot que nos llega en los últimos años. Sí, la película original es una de las más veneradas de los 80, pero reducirlo a eso es estar muy ciego. ¿Por qué lo llaman “arruinar mi infancia” cuando quieren decir “machismo”? El problema ha estado claro desde el principio, por mucho que se haya intentado disfrazar de territorialismo nostálgico (que no sé qué es peor), y la animadversión que ha desatado no ha hecho sino reforzar la necesidad de una película como esta. Pero qué os voy a contar que no sepáis. La que se ha montado alrededor de ella es señal de que no hemos avanzado tanto como creíamos. Algunos se defienden diciendo que su boicot no tiene nada que ver con que las protagonistas sean cuatro mujeres (y en algunos casos será cierto), pero me gustaría saber por qué no han hecho lo mismo con los muchos reboots que ya hemos visto, o que están por venir. No respondáis, conozco la respuesta (la que se usa como excusa y la verdadera).

Por todo esto, a priori parece complicado aproximarse a la película de Paul Feig silenciando el ruido desagradable que se ha creado en torno a ella (o escribir una crítica sin introducir la polémica como factor). Pero lo cierto es que no cuesta tanto como creíamos desconectar de los meses de agotador y absurdo debate para verla, y disfrutarla (otra cosa es hacerlo para escribir sobre ella). Una vez se apagan las luces de la sala y comienza el prólogo de Cazafantasmasqueda claro que el principal propósito de la película es hacerlo pasar en grande, ni más ni menos. Resulta que al final es solo eso, una película. Y además una mucho mejor de lo que parece. Cazafantasmas aúna varias tendencias imperantes del cine actual: el homenaje nostálgico, el blockbuster formulaico y la comedia de la escuela SNL y derivados. El resultado es una mezcla explosiva (y bañada en mocos verdes) que funciona tanto como comedia como superproducción de aventuras para todos los públicos. Y además lo hace respetando y reverenciando en todo momento al clásico de 1984 (algo que muchos se negarán a ver incluso cuando lo tengan delante de sus narices), con cameos que celebran la original sin entorpecer el camino de la nueva, conservando la característica jerga pseudo-científica, adoptando su esquema (quizá demasiado) y adaptándolo a la sensibilidad del cine evento actual, llevándolo incluso hacia el terreno de los superhéroes (al fin y al cabo, esta Cazafantasmas se construye como una origin story, e incluso las protagonistas hacen referencia a su condición de superequipo justiciero; solo falta un guiño a Spider-Man).

Cazafantasmas no es perfecta ni de lejos (creo que ni los que la hemos defendido a capa y espada de los haters lo esperábamos), pero sí es un producto muy digno, una comedia infalible y una cinta de acción muy atractiva visualmente. La película se divide claramente en tres actos, como todo blockbuster que se precie. La primera hora nos muestra la formación del nuevo cuarteto de investigadoras de lo paranormal. En esta sección, Feig hace lo que mejor se le da, sacar oro de la presencia, química y talento cómico de sus actrices. Melissa McCarthy, Kristen Wiig, Kate McKinnon y Leslie Jones forman un equipo fantástico, se divierten (y divierten) con solo estar ahí, clavan los diálogos y lo dan todo en los gags físicos. La segunda parte se centra en desarrollar el plan del villano (más o menos el de siempre) y nos muestra a Abby, Erin, Holtzmann y Patty como grupo en acción, adoptando la identidad de Cazafantasmas con todo lo que ello conlleva (vehículo, uniformes, impacto en los medios y la opinión pública, enfrentamiento a las autoridades, aquí parodiadas por Charles Dance y Cecily Strong). Y por último, el clímax desata el obligado Apocalipsis -con el típico portal gigante que se abre sobre Nueva York- y es cuando la acción se vuelve más vertiginosa, estruendosa y a gran escala.

Aunque pierde fuelle en su segunda mitad por tener que ajustarse necesariamente a la fórmula preestablecida y adolece de un montaje algo brusco (se nota demasiado la tijera), Cazafantasmas se las arregla para mantener su frescura y energía en todo momento. Y esto es gracias sobre todo a sus cuatro protagonistas, pero también al gran robaescenas de la película, Kevin Beckman, el secretario de las Cazafantasmas interpretado por Chris Hemsworth. Algunas de las escenas más descacharrantes del film están protagonizadas por el actor de Los Vengadores, que vuelve a dejar constancia de su instinto para la comedia y la improvisación. La escultural presencia de Hemsworth, que interpreta a un rubio tonto que es contratado solo por estar bueno (ironía que muchos no han pillado y tachan de sexista, así está el patio), pero al que jamás se trata tan repugnantemente como a la variación femenina de este arquetipo, da rienda suelta a la maravillosa capacidad de Kristen Wiig para hacer el ganso, dejándonos algunos de los mejores momentos del film, pero sobre todo confirma al actor australiano como algo más que Thor (por favor, ved los créditos finales completos, dedicados casi enteramente al tesoro que es Kevin).

Hay que decir que, como suele ocurrir en el cine de Feig, no todos sus chistes funcionan con la misma eficacia (muchos son geniales, aunque también hay alguno que se estrella contra el suelo), pero en general, Cazafantasmas es otra sólida entrega cómica de Feig y compañía, una película con carcajadas aseguradas (al menos en mi sala no pararon en toda la proyección) y que, como dictan las reglas de su cine (y el de sus contemporáneos), también contiene una carga emocional bastante considerable, con énfasis en la bonita amistad y contagiosa camaradería entre estas mujeres. Si se tiene la suerte de entrar en sintonía con la propuesta, es muy fácil pasarlo bomba con la película, gracias a sus golosas y coloristas imágenes (aunque se vean en 2D, saltan de la pantalla como si fuera 3D), a sus entrañables personajes, o a su humor desenfadado.

Pero es que además, Cazafantasmas cumple una función social muy valiosa. En primer lugar, ofrece referentes heroicos femeninos para las niñas (y para los niños, que hay que educarlos a todos en esto por igual, y hay que tener en cuenta a todos los chavales que se identifican más con ellas), no una, ni dos, cuatro mujeres que ni son comparsa ni asumen el rol de interés romántico (no hay conflicto amoroso en la película), sino que están a cargo de su propia aventura. Y en segundo lugar, presenta a mujeres en su mayoría de más de 40 y con diversidad de físicos pateando culos de fantasma y salvando el mundo sin ser hipersexualizadas en ningún momento para satisfacer la mirada del público masculino heterosexual (ojo, eso no quiere decir que no sean seres sexuales, que ahí está Wiig como el pico de una plancha o la marciana McKinnon y su Holtzmann, siempre magnética y siempre seduciendo). O sea, que es justo la película feminista que necesitábamos.

En resumen, Cazafantasmas ha tenido que sortear obstáculos a los que otros productos similares (reboots nostálgicos o relecturas de clásicos) no se han tenido que enfrentar, ha atravesado un mar de odio en Internet (atención a los dos oportunos guiños con los que se empequeñece a los detractores machistas en la película) y ha salido a flote con un producto hecho para callar muchas bocas (no quiero ni pensar cuántos disfrutarán de esta película en secreto pero no lo reconocerán), con una película que cumple holgadamente con su principal propósito: divertir. Y ya de paso relanza una franquicia con mucho potencial desempeñando una labor que, como tristemente se ha demostrado, hacía falta urgentemente en el cine de Hollywood. Así que solo queda una cosa que decir: Haters Gonna Hate.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: St. Vincent

ST. VINCENT

Si hay un lugar común más infalible en el cine de Hollywood que el del pringao que supera los obstáculos para convertirse en el héroe y salvar el día es el de las amistades improbables. Un niño y un robot, dos policías polos opuestos forzados a trabajar juntos, una mean girl y una novata, Daniel el travieso y el señor Wilson. Y ahora Vincent y Oliver, el dúo dinámico de St. Vincent, que son algo así como una actualización del terremoto rubio y su vecino cascarrabias, con los papeles un poco intercambiados y ambientada en el universo cinematográfico de Sundance.

Vincent (Bill Murray) es un veterano de la guerra de Vietnam, un señor iracundo y desastrado que vive solo en una casa que está a dos días de convertirse en Grey Gardens y dedica sus días a beber como si no hubiera mañana y apostar en las carreras. Su única compañía es su gato y una prostituta del barrio llamada Daka (Naomi Watts), que es lo más parecido a una relación que ha tenido en mucho tiempo. Su nihilista rutina diaria se verá alterada por la llegada de sus nuevos vecinos, Maggie (una por suerte descafeinada Melissa McCarthy), mujer divorciada que se ha mudado a Brooklyn para alejarse de su marido, y su hijo de doce años, Oliver (Jaeden Lieberher). El exigente trabajo de Maggie en la sala de TAC del hospital local le impide ocuparse de Oliver, por lo que recurre a Vincent, que se convierte a regañadientes y por una generosa tarifa en el canguro del niño.

Cartel ST VINCENTEl desapego inicial de Vincent se va transformando poco a poco, y a base de experiencias de dudoso valor educativo para Oliver, en cariño por el pequeño, a la vez que desvelan la verdadera identidad de su Dodger particular, un hombre incomprendido de gran corazón cuyo carácter agriado no es más que un mecanismo de defensa y una cicatriz de sus heridas sentimentales; un auténtico santo, si bien misántropo y poco o nada ortodoxo, igualmente merecedor de la canonización en vida. Ambos acaban forjando una entrañable amistad afianzada, y a la vez vulnerada, por sus carencias afectivas: la ausencia de figura paterna en la vida de Oliver y la pérdida del amor de su vida por parte de Vincent. Efectivamente, todo esto nos recuerda inevitablemente al argumento de Up, la cinta de Pixar de la que el debutante Theodore Melfi incluso ha tomado prestado el final para su ópera prima.

Y aún a pesar de discurrir por terrenos de sobra explorados por el cine, esta dramedia no sabe a refrito, sino que nos propone un regreso a lo conocido en forma de historia cálida y familiar en la que nada se antoja insincero, aunque todo esté construido siguiendo paso a paso el manual del melodrama buenrollista. Sí, St. Vincent manipula los sentimientos del espectador, pero lo hace sin engañar, siempre anteponiendo las buenas intenciones, y oponiéndose en todo momento al cinismo imperante en la actualidad. Y funciona sobre todo gracias a un Bill Murray en horas (más) altas, que con este personaje hecho para él y nadie más, nos proporciona un santo en el que creer, un símbolo imperfecto de humanidad y esperanza que, por muy ficticio que sea, no nos viene mal de cuando en cuando.

Valoración: ★★★½

Crítica: Cuerpos especiales (The Heat)

Cuerpos especiales 1

Antes de llamarse The Heat, la nueva película de Paul Feig (Freaks and GeeksBridesmaids) se vendió a los estudios con el título provisional Untitled Female Buddy-Cop Movie. Las intenciones de Feig no podían estar más claras, y la película que ha resultado de ellas es todo lo que cabe esperar de un proyecto con semejante working title. En España se sigue cultivando la tradición que dice que toda comedia USA que caiga en tus manos debe ser rebautizada con el título más estúpido posible. Por eso, después de La boda de mi mejor amigaTodo sobre mi desmadre o Por la cara llega Cuerpos especiales. Me vais a disculpar, pero a partir de ahora me voy a referir a ella con ese título.

Con Cuerpos especiales, Feig sigue desplazando el foco de atención eminentemente masculino de la comedia actual hacia las grandes cómicas de Hollywood, también confiando plenamente en sus mujeres guionistas (la joven Katie Dippold se encarga del libreto). Después de convertir a Kristen Wiig en una estrella definitiva con su anterior largo, La boda de mi mejor amiga, el realizador cuenta con dos grandes nombres: Melissa McCarthy, (semi)reciente revelación que parece haber hecho un pacto con la taquilla,  y la veterana Sandra Bullock, que vive desde hace unos años un renacimiento profesional que está obligando a muchos a reconsiderar su opinión sobre el talento de Miss Agente EspecialCuerpos especiales es, efectivamente, una buddy movie al uso. De hecho se respira durante todo el metraje un aire ochenta-noventero al que contribuye el hecho de que haya sido filmada en 35 mm.

Cuerpos especiales plantea algo muy interesante: una comedia de acción cuyas protagonistas absolutas son mujeres y que prescinde por completo del elemento romántico. Una apuesta que, por muy increíble e indignante que suene, los estudios tenían miedo de jugar (ellos no conciben algo así si no es para ofrecérselo a Bruce Willis y Channing Tatum). Sin embargo, Feig tenía claro el potencial de la idea, y sabía que McCarthy y Bullock acabarían realizándolo, algo que se ha demostrado con la excelente recaudación que ha cosechado en su país. Y lo cierto es que podemos atribuir sin lugar a dudas el éxito de la fórmula a la gran presencia escénica y el talento cómico de ambas actrices. Está claro que la clave para que un proyecto de estas características funcione es que haya química entre los dos buddies que llevan todo el peso de la película. Y en el caso de Melissa y Sandra la hay a raudales. Sin desmerecer la que hay entre Melissa y la familia de su personaje, que juntos proporcionan algunas de las escenas más divertidas de la película.

Cuerpos especiales 2

Estos “cuerpos especiales” (pensándolo bien, el título en español no solo es malo, sino ofensivo) son bastante arquetípicos, y así es como las actrices los interpretan, como si de verdad la película hubiera tenido lugar hace dos décadas, jugando a la caricatura y pasándoselo genial (algo que traspasa la pantalla). La agente especial del FBI Sarah Ashburn (Bullock) es metódica, estirada, vive sola (ocasionalmente le hace compañía el gato de la vecina) y cae mal a sus compañeros. La agente de policía Shannon Mullins (McCarthy) es su opuesto en todos los sentidos. Es rebelde, grosera, se ha criado en la calle y sus métodos no son precisamente protocolarios. Como mandan los dictados del género, ambas se ven obligadas a trabajar juntas para resolver un gran caso, dejando a un lado sus diferencias y tratando de encontrar puntos en común en sus antagónicas personalidades. Es lo de siempre, pero Bullock y McCarthy hacen que no nos importe pasar por ello otra vez.

Cuerpos especiales también cumple uno de los requisitos (incomprensiblemente) indispensables de las nuevas comedias norteamericanas: su metraje asciende a casi dos horas. Por culpa de la excesiva duración de la película, Feig tiene tiempo de sobra tanto para brillar como para patinar. Hay momentos de comedia verdaderamente inspirados, pero en líneas generales se queda bastante lejos del anterior trabajo del autor. Sin embargo, Bullock y McCarthy se las arreglan para estar siempre por encima de una historia que acaba perdiendo fuerza y desvaneciéndose en lo predecible. Sus hilarantes encontronazos y la inevitable confraternización (que no por esperable resulta menos emotiva) ayudan a sobrellevar lo convencional que resulta todo lo demás.

Valoración: ★★★

Crítica: Por la cara (Identity Thief)

Remake inconfeso de Mejor solo que mal acompañado (Planes, Trains & Automobiles) de John HughesPor la cara (Identity Thief) es una road movie/buddy film protagonizada por el encasillado pero encantador Jason Bateman (condenado a interpretar a su Michael Bluth de Arrested Development hasta el fin de los días) y una Melissa McCarthy incontenida e incontenible.

Sandy Patterson es un hombre de negocios normal y corriente, casado y con dos hijas, cuya visión de la vida es algo encorsetada y no asume riesgos de ningún tipo. Hasta que un día descubre que alguien en Florida ha robado su identidad y está gastando los ahorros de su vida con tarjetas de crédito falsificadas. El impostor es una mujer que aprovecha el nombre “unisex” de Sandy para llevar a cabo su plan sin levantar demasiadas sospechas. Cuando se percata del asunto, y ante la falta de colaboración de la policía, que se lava completamente las manos, Sandy inicia la búsqueda de la mujer que le ha robado el nombre y está poniendo en jaque el futuro de su familia.

Partiendo de esta simpática aunque inverosímil premisa, Por la cara transcurre en todo momento por la zona segura, incapaz de arriesgar o sorprender a un espectador que sabe siempre lo que va a ocurrir y anticipa las escenas mucho antes de que estas lleguen. A la previsibilidad de la historia se le añade un humor más blanco del habitual, lo que la distancia considerablemente de otras comedias norteamericanas actuales, y la convierte en un producto endeble y a medio gas. Seth Gordon parece tener miedo a llevar a los personajes al extremo, cuando es eso precisamente lo que están pidiendo a gritos en todo momento. Y esto desemboca en lo peor que puede ocurrir en una comedia: la indiferencia.

A Por la cara le hacía falta una dosis mayor de locura y absurdo, y un poco menos de corazón. El factor emotivo empieza a estar preocupantemente sobreutilizado y sobrevalorado en este tipo de películas, y en esta en concreto es particularmente difícil de tragar -sobre todo hacia su desenlace. Hay escenas que están a punto de conseguir el tono adecuado -las persecuciones en coche, la secuencia en el bosque- pero en el momento de la verdad, Por la cara siempre esconde la cola. Ni Bateman ni McCarthy ponen de su parte para compensar lo insulso de la propuesta -ninguno de los dos hace nada que no hayan hecho en todos sus trabajos anteriores-, aunque sea fácil conectar con sus personajes. El principal problema es que ya hemos visto esta película antes, y sabemos exactamente cómo va acabar, por lo que necesitamos un atractivo que desvíe nuestra atención. Y aunque salte a la vista que Gordon no está intentando llevar a cabo la comedia del siglo, es incapaz de  proporcionar algo que mantenga nuestro interés despierto durante este largo viaje.