Mad Men 7.08 “Severance”

Diner Mad Men Severance

La vida no vivida

Hacia el comienzo de “Severance“, el primero de los siete episodios finales de Mad Men, Don Draper llega a su apartamento vacío por la noche, enciende la luz desde la entrada y contempla durante apenas dos segundos su casa vacía. A continuación apaga la luz para adentrarse en ella en penumbra. Es un pequeño instante que en cualquier otra serie pasaría desapercibido o no cumpliría otra función más que la de transición entre escenas. Sin embargo, estamos hablando de una ficción en la que, como hemos comprobado a lo largo de ocho años, nada, absolutamente nada, está ahí por azar. Este efímero momento que se diluye en los siguientes minutos esconde una de las claves del episodio: Durante unos segundos, Don recuerda la vida que tuvo, para más tarde visitar la que pudo tener y no tuvo. Y no es el único.

“Severance” es técnicamente un episodio central en la temporada final de Mad Men, y como tal, los acontecimientos que tienen lugar en él no tienen excesiva importancia dentro del gran esquema narrativo de la serie. Sin embargo, este capítulo marca un antes y un despuésya que dentro de la historia han pasado aproximadamente los mismos meses que han transcurrido entre la emisión de “Waterloo” y “Severance”, lapso tras el que Mad Men ingresa oficialmente, y como el que no quiere la cosa, en la década de los 70. Como de costumbre, conocemos el momento histórico exacto en el que tienen lugar los acontecimientos gracias a los importantes marcadores cronológicos dispuestos a lo largo del episodio. Primero, los meticulosos estilismos de los personajes -Sterling rockea un mostacho canoso, Ted también se apunta a la moda del bigote, los peinados de ellas se alborotan ganando altura, y en general, la moda se libera de corsés para convertirse en una forma de expresión individual. Segundo, el discurso de Nixon que suena mientras Don yace semi-inerte en su cama (cómo no), y que nos ayuda a situar “Severance” concretamente en el 30 de abril de 1970. Así, sin hacer un gran acontecimiento de ello, Matthew Weiner da el salto de una década a otra.

Don Ken Severance

En los meses transcurridos, la agencia se asienta tras los cambios acontecidos el año pasado, y los publicistas se acomodan en sus puestos dentro de la empresa. Además de devolvernos a Don en plena forma (reafirmándose en su autoridad durante la sublime escena de apertura en la que no hay nadie más que tú y él en la habitación), “Severance” se centra concretamente en tres personajes secundarios. En primer lugar, recuperamos el dilema existencial de Ken Cosgrove, que se plantea abandonar la agencia para perseguir su sueño de convertirse en escritor (“No escribas sobre este mundo, es aburrido, escribe una aventura”, le aconseja Pete Campbell en un guiño muy meta a la percepción que muchos tienen de Mad Men). Kenny piensa en la vida que no decidió perseguir, en lo bien que quedaría una foto suya en la contraportada de una novela, y justo cuando está a punto de tomar una decisión, es despedido. Y entonces, en un giro inesperado, Ken abandona (o pospone, no lo sabemos) su sueño para trabajar con uno de los clientes más importantes de SC&P, pasando a ser el jefe de los que lo repudiaron, a los que promete hacerles la vida imposible. A decir verdad, con ese parche, no nos extraña que Ken no haya tenido más remedio que convertirse en megalómano con sed de venganza.

En segundo lugar, tenemos a Joan y Peggy, ambas en posiciones privilegiadas dentro de la jerarquía de la agencia, cada una de ellas habiendo llegado hasta donde están de forma distinta, pero separadas por diferencias y enemigos que en teoría deberían unirlas. Un tenso enfrentamiento en el ascensor hace salir a la luz reproches mutuos que ensanchan la brecha entre las dos mujeres más importantes de SC&P (con permiso de Meredith). Una brecha ya de por sí amplia, como hemos comprobado minutos antes durante la incómoda reunión con los representantes de una empresa de medias (en la que Joan sale peor parada, mientras Peggy disfruta de cierta “inmunidad” ante los babosos empresarios). Peggy es la cabeza visible de la corriente de pensamiento que viene a decir “las mujeres podemos hacer el trabajo de los hombres” y que en cierto modo quiere decir “para triunfar, las mujeres podemos (y quizás debemos) comportarnos como los hombres” (aunque como es el caso, esto no es suficiente para ganarse el respeto del sexo opuesto); por esta razón, Peggy logra camuflarse en ese mundo masculino, desde el que excusa el comportamiento de sus “colegas” juzgando la forma de vestir de Joan. Por otro lado, Joan simboliza (lo quiera o no) el feminismo que, entre otras cosas, lucha por derrotar los obstáculos de la mujer con atributos tradicionalmente asociados a la feminidad, para ser tomada en serio como autoridad sin necesidad de alterar su aspecto o su comportamiento (al contrario de lo que piensa Peggy, es posible vestir así y “tener ambas cosas”). A continuación, cada una lidia a su manera con la realidad que han escogido o les ha tocado vivir, afectadas por la discusión más de lo que quieren reconocer: Joan se reafirma en su postura derrochando su fortuna en fabulosos vestidos de alta costura y la “inconformista, pero divertida y valiente” Peggy acude a una cita a ciegas en busca de validación y del amor que ha dejado a un lado por el trabajo, es decir, para tratar de encontrar un atajo hacia su vida no vivida.

Peggy Joan Severance

Quien sigue oponiendo resistencia al cambio al que invita la nueva década es Don, el enigmático y sofisticado caballero que solo se desgomina ante una mujer en la cama (o en el callejón oscuro detrás de un diner). Nuestro habitualmente sombrío protagonista atraviesa una etapa de dicha y laxitud impropia de él. Disfruta de la compañía femenina como siempre, pero con la diferencia de que esta vez está soltero y es totalmente libre para ir de flor en flor sin tener que esconderse (no es que antes se le diera muy bien ocultar sus devaneos adúlteros, pero ya me entendéis). Incluso le ha cogido el gusto a contar batallitas sobre su pasado, es decir, sobre el de Dick Whitman. Sin embargo, la sombra de la muerte siempre está presente en Mad Men y Don es un hombre con demasiados fantasmas, uno que además es un fantasma en sí mismo, alguien que vio morir al verdadero Don Draper y asumió la identidad de un muerto. Por eso, aun cuando Don está contento, Don parece triste y perdido.

Mad Men lleva varias temporadas insistiendo en explorar la realidad de su protagonista y el mundo en el que habita haciendo uso de la lógica y el lenguaje onírico. En este sentido, las escenas de Don en “Severance” poseen un aire de surrealismo y fatalidad propio de los sueños (de los sueños draperianos concretamente) que vuelve a empujar la serie hacia La dimensión desconocida (como admite el propio Weiner en esta entrevista). No es la primera vez que los muertos se comunican con Don, de hecho lo llevan haciendo desde hace mucho tiempo (Adam Whitman, Anna Draper, Bertram Cooper). Al fin y al cabo, como hemos dicho ya, su condición de “muerto en vida” le proporciona línea directa con el Más Allá. Pero en esta ocasión, la visita de un fantasma posee un carácter premonitorio (recordad que Don también ha visto a Megan en estos instantes de parálisis del sueño).

Don Draper Severance

Rachel Katz (Maggie Siff), una de las primeras mujeres con la que vemos a Don Draper fuera de su matrimonio con Betty durante la primera temporada, se le aparece en un sueño. Al día siguiente, Don descubre que Rachel ha fallecido, y visita a su familia durante el periodo de Shiv’ah (duelo de siete días propio de la religión judía). Allí, la hermana de Rachel le presenta con resentimiento y hostilidad su “vida no vivida“, una dimensión alternativa en la que Don observa cómo podría haber sido su futuro (su presente) si Rachel, la primera persona a la que le confió el secreto de su pasado, hubiera aceptado su proposición de huir juntos. Don regresa así a su forma natural de aturdimiento y confusión, deambulando como siempre en estado de trance, tratando de encontrar sentido a la muerte, y por tanto a la vida, moviéndose entre escenarios en los que cada vez es más difícil discernir sueño y realidad (es muy posible que tanto ese diner tan “Nighthawks” de Edward Hopper como la camarera solo existan en su mente, que ahora busca a Rachel, ¿o a Megan?, en todas las mujeres). Y mientras Don se plantea si es posible vivir la vida que decidimos no vivir, si esto es todo y no hay más oportunidades, Weiner nos ofrece la respuesta solo a nosotros, en forma de canción, “Is That All There Is?” de Peggy Lee: “Si eso es todo lo que hay, amigos míos, sigamos bailando, saquemos la bebida y celebremos una fiesta”.

 

Mad Men 6.04 “To Have and to Hold”

Placer culpable

Matthew Weiner ha tejido una gran maraña textual para Mad Men. Los temas que han servido como fuerza motriz del relato se han convertido casi en una obsesión para el autor, y así es como nos los ha presentado a lo largo de la quinta temporada, y en los primeros episodios de la sexta. La muerte se ha apoderado de tal manera de la historia y de los personajes que la serie ha adquirido un tono más aciago, incluso truculento. Y aunque esto no quiere decir necesariamente nada malo, un episodio como “To Have and to Hold”, más dinámico, luminoso y divertido que de costumbre (aunque igual de cargado discursivamente), sirve para aliviar algo de tensión.

Se abren nuevos frentes para seguir contando la misma historia. Nuevos espacios, subtramas dedicadas a personajes siempre en la sombra: Harry Crane y sobre todo Dawn, la secretaria afroamericana que fue introducida al comienzo de la temporada anterior para ser prácticamente olvidada. Si ha servido para algo que estos personajes hayan permanecido al fondo del plano durante tanto tiempo es para que sus lamentos y reivindicaciones en este episodio adquieran mayor empaque. Vemos por primera vez a Dawn descolgada del relato principal, en un ‘aparte‘ que sin embargo no arroja demasiada luz sobre su personaje, sino que más bien se utiliza para hablar de la agencia. Al igual que al final del episodio, cuando Dawn recibe nuevas responsabilidades en la oficina, no se nos está hablando tanto del camino hacia la emancipación de la secretaria como de la lucha de Joan -más flamígera que nunca en este capítulo- por deshacerse de los prejuicios en su nueva posición como socia de Sterling Cooper Draper Pryce, y evitar así el ostracismo -“Llevo trabajando allí 15 años y me siguen tratando como a una secretaria”. Precisamente es otro de los personajes invisibles de Mad Men, Harry, quien prende fuego a la mecha, recordando a la pelirroja -delante de todos los socios- que se ha prostituido para escalar puestos en la agencia, mientras él lleva años siendo uno de sus pilares más importantes, sin recibir reconocimiento por parte de los jefazos.

Harry salta a la palestra precisamente ahora que la televisión, área de SCDP que él dirige, está adquiriendo más importancia que nunca en Mad Men  -fijaos en cómo ha aumentado el número de escenas con los personajes absortos en la tele. Ya sea de un lado de la pantalla, para seguir mostrando imágenes de la guerra que planea sobre los personajes, como del otro, con los entresijos de la carrera televisiva de Megan Draper en una exitosa telenovela diurna, Weiner nos insiste en la creciente repercusión del medio en la sociedad y en los personajes. “You like to watch, don’t you?” -le dije una compañera de reparto de Megan a Don, mientras este observa cómo su mujer retoza con otro hombre en una escena de su serie. Y con esa pregunta, los niveles de contenido metatextual de Mad Men se salen de la gráfica. Podríamos estar hasta mañana destapando las capas de tan sencilla frase, y conectándola con todas las piezas del puzle Don Draper: su infancia voyeur, la eminencia de lo visual en su trabajo, sus problemas a la hora de distinguir fantasía de realidad, las escenas de la temporada anterior en las que este observaba a su mujer en una bobina o en el estudio de grabación, y, cómo no, el apunte indirecto al espectador de la serie: por supuesto, Matthew, nos encanta mirar. Claro que esta polivalencia se da en el 80% de los diálogos de Mad Men, así que nos detendremos ahí.

Otro de los temas subyacentes de “To Have and to Hold” es la experimentación sexual y el amor libre que caracteriza la recta final de la década de los 60. Megan hace referencia a lo difícil que es retratar el sexo en la televisión de la época por culpa de la censura, aunque la escena de cama que protagoniza en su serie es bastante subida de tono. Sin embargo, algunas de las secuencias de “To Have and to Hold” harían temblar a los censores de aquella época. Comienza la era del intercambio de parejas -tronchante escena la de la proposición al matrimonio Draper en el restaurante-, el trío y la poligamia -la sublime secuencia de Joan y Kate, su antigua compañera de Mary Kay, en el famoso club neoyorquino Electric Circus, con el “Bonnie and Clyde” de Gainsbourg y Bardot de fondo. Y que se prepare Trudy Campbell (que por cierto, sale en los créditos inciales, pero no aparece en el episodio), porque las key parties están a la vuelta de la esquina.

Y en este episodio, como no podía ser de otra manera, volvemos a ver en la cama juntos a Don y a su vecina, Sylvia. Ocurre inmediatamente después de que él haya visitado a Megan en la grabación de su tórrida escena, lo que provoca una encendida discusión entre el matrimonio. “Al menos te pensarías lavar los dientes antes de ir a casa” es una de las frases más indignantes y enfurecedoras que se han dicho a lo largo de la serie. Mientras este James Garner puede hacer lo que quiera, la mujer debe ajustarse a un código de comportamiento, y por supuesto, esta es en todo momento una propiedad, un objeto intercambiable, y por el que se puede pagar. Regresamos a la idea de la prostitución al final de “To Have and to Hold”, que insiste en mostrarnos a Don dando dinero a una mujer. Esta es una de las imágenes más recurrentes de Mad Men. Dio un cheque a su amante Midge en la primera temporada, a Alison -una de sus secretarias- una paga extra de su propio bolsillo, mantenía a Betty, a Peggy le lanzó un fajo de billetes a la cara en la quinta temporada… Volviendo al episodio anterior, “The Collaborators“, se refuerza la teoría de que la infancia de Don junto a su madrastra, y su experiencia en los burdeles, atrofiaron su percepción del sexo opuesto. Sylvia esconde un penique debajo del felpudo para avisarle de que no hay moros en la costa. Cuando esta abre la puerta, un plano detalle nos muestra la mano de Don entregando la moneda a Sylvia. Como sospechábamos, ella -que se está enamorando irremediablemente- no es más que una puta para él. Como (casi) todas las mujeres de su vida.

Pero sin duda alguna, si hay un tema que interconecte todas las tramas de este episodio tan coral de Mad Men, y que incluso se manifiesta como gran leit motif de la temporada, es la culpabilidad. La de Joan por haber utilizado su cuerpo como moneda de cambio -el verdadero precio es la soledad- y tener que enfrentarse a las repercusiones en la oficina. La de Peggy Olson por haber traicionado la lealtad de su amigo Stan, y la de su mentor -duele especialmente el uso que hace de uno de los lemas de su ex jefe: “Si no te gusta de lo que están hablando, cambia la conversación”. La de Dawn por no poder permitirse otra opción -al contrario que Megan, que se niega a sentirse culpable por su éxito. Y por último, la de Sylvia y Don: Entra en juego el factor religioso, que hasta ahora apenas había hecho acto de presencia en la serie. A través de Sylvia, se introduce la perspectiva católica de la culpa y el pecado, y se sugiere la posibilidad de expiación para Don Draper (o Dick Whitman). Ella le confiesa que reza por él. Pero nosotros, después de este episodio, nos planteamos si ya es demasiado tarde para la salvación. Y sobre todo, nos preguntamos si en el fondo deseamos que haya paz para Don Draper.

Mad Men 6.01-2 “The Doorway”

 

Have you fear’d the future would be nothing to you?
Is to-day nothing? is the beginningless past nothing?
If the future is nothing they are just as surely nothing.

Walt Whitman, “To Think of Time” 

Muerto en vida

Una guadaña asoma amenazante y burlona a cada esquina -y sobre todo en cada umbral- de la flamante nueva oficina de Sterling Cooper Draper Pryce. Una de las constantes temáticas que articularon la quinta temporada de Mad Men fue la muerte, manifestándose en sus múltiples y variados rostros -y presente desde el comienzo de la serie. Don Draper observando por el hueco del ascensor el oscuro vacío en el que parece estar destinado a sumergirse, varios crímenes infames de la historia de Estados Unidos agitando a los personajes, y por supuesto, el suicidio de Lane Pryce hacia el final de la temporada. La visita que la muerte hizo el año pasado a la agencia de publicidad de la avenida Madison se ha prolongado más de la cuenta, concretamente hasta Navidad de 1967, año hacia el que Mad Men ha saltado con el primer episodio de la sexta temporada, “The Doorway”.

Como ocurrió en “A Little Kiss”, el tiempo transcurrido en las vidas de los personajes nos invita a preguntarnos una vez más quiénes son exactamente. El lapso entre el 66 y el 67 es muy evidente en la ahora duplexada oficina de SCDP: mayor diversidad, más ajetreo, y un ambiente más bohemio y distendido, reflejo de una sociedad en ebullición que sigue transformándose, y sobre la que acecha el mayo del 68. Aunque en el recién estrenado piso de arriba se mantiene el carácter almidonado de los contables y demás ejecutivos, abajo las barbas y las patillas inician su reinado, anticipando una década de los setenta que está a la vuelta de la esquina.

Matthew Weiner nos devuelve a los personajes de Mad Men siendo consecuente con los cambios que han acontecido en sus vidas, y como de costumbre, con esa fuerte insistencia en lo simbólico, en la metáfora y la alegoría, que define la serie. Los diferentes reencuentros con ellos no podrían ser más elocuentes en este sentido. A Roger Sterling lo vemos en el diván del psicólogo, haciendo chistes y hablando de rubias y morenas. A Peggy Olson nos la encontramos ejerciendo de Don Draper, y no solo porque ocupe un puesto similar al de su ex jefe en su nueva empresa, sino porque en su dicción, en la resolución al expresarse y la manera de dirigirse a sus empleados reconocemos trazas inconfundibles de Don. A Betty Francis la interrumpimos mientras recibe una multa por conducir “como una loca”. Joan Holloway solo tiene una escena, pero no podría resumir mejor a su personaje: a pesar de ser socia de la agencia sigue recibiendo trato de mujer florero. Y a nuestro pequeño trepa Pete Campbell lo vemos por primera vez este año subido a una escalera, posando altivo y orgulloso. Más claro imposible.

Pero, ¿dónde está Don? ¿Está solo? ¿Está vivo? “The Doorway” abre con una extraña y ligeramente perturbadora escena en la que vemos a un hombre aplicar primeros auxilios a una persona en el suelo. El velo de fatalismo que cubre a la serie hace que nos traslademos a los delirios febriles de Don en la temporada anterior, y que en lugar de auxilio percibamos amenaza. La muerte está en todas partes, y todos los caminos llevan a ella. Don y Megan están pasando unas vacaciones en Hawaii, y como suele ocurrir con las escapadas vacacionales del señor Draper, la epifanía es su más fiel compañera de viaje. ¿Es Hawaii el purgatorio al que llega Don Draper después de morir en la barra de un bar?

Los diez primeros minutos del episodio transcurren sin que Don diga una sola palabra. Solo lo hemos oído al comienzo, su voz en off leyendo el Infierno de Dante Alighieri: “A mitad del camino de la vida / en una selva oscura me encontraba / porque mi ruta había extraviado”. A través de las palabras de La Divina Comedia, la crisis de identidad de Don cobra mayores proporciones. Sumergido en el Infierno de Dante, Don no se percata de que el Sol le está quemando la piel. Como siempre, se mueve de un lado a otro de su existencia en golpes de inconsciencia. Y sin saber cómo ni por qué, ha acabado dejando su traje y zapatos en la orilla, para huir nadando mar adentro. Como el “Canto primero” del Infierno prosigue, “Yo no sé repetir cómo entré en ella / pues tan dormido me hallaba en el punto / que abandoné la senda verdadera”.

Y del sueño que es Hawaii a la transfiguración de Don Draper. Su breve encuentro con un soldado de las Fuerzas Armadas despierta a Don de su letargo casi extático, dando por concluida su huelga de voz. Del enésimo enfrentamiento con Dick Whitman resurge el pánico a la muerte, la amenaza del pasado, y en última instancia, el terror de sí mismo. Don se lleva por equivocación el mechero del soldado, y con él el fantasma de Dick, que, a pesar de los esfuerzos de Don por deshacerse de él, se empeña en reaparecer una y otra vez con la intención de destruir la valla publicitaria en la que vive. Con el final de “The Doorway” se confirma: el Don Draper que conocimos al comienzo de la serie ha vuelto, y con él, el adulterio, la autodestrucción y la verdadera senda: la que lleva a la perdición.

“The Doorway”, además de entregarse por completo a lo macabro, parece a simple vista un episodio algo caótico y desorganizado, pero nada más lejos de la realidad. El discurso de Roger sobre el carácter transitorio de la vida unifica los dispersos relatos de los personajes. Nos limitamos a atravesar puertas, ventanas, puentes, umbrales, hasta que un día encontramos a la muerte al otro lado. Todos estos personajes se encuentran sumidos en un estado de transición, casi de huída, condicionado por el miedo, la incertidumbre y el tiempo que pisa los talones. Don se halla suspendido en un estado de insatisfacción mientras su mujer se convierte en una cuasi-celebridad catódica -Weiner se permite hacer un pequeño guiño a todos los detractores del personaje-, y continúa alejándose de ella, y de la cultura a la que pertenece, rechazando lo que han construido juntos –“Todo lo que tiene que ver con el matrimonio es paleolítico”. Roger se mueve por inercia, ignorando su realidad: la soledad y la obsolescencia entierran al hombre carismático y ajetreado que todo el mundo cree conocer. Sorprendentemente, la primera en reaccionar es Betty, que se tiñe el cabello de moreno en un ejercicio metafórico muy tradicionalmente televisivo. Como bien sabe Angela Chase, cambiar de pelo es cambiar de vida, y Betty, que se pasó la temporada anterior comportándose como una niña, madura así hacia su adolescencia emocional.

Como si se tratara de una composición musical, en concreto el “Nocturno en mí bemol mayor P. 9 nº2” de Chopin que Sandy toca para los Francis antes de desaparecer, “The Doorway” dispone los elementos narrativos a modo de variaciones sobre un mismo motivo -la muerte y la pérdida- que confluyen en el funeral de la madre de Roger, donde Don hace recuento de las ausencias en su vida, desde la más lejana -su madre murió después de darle a luz- a la más reciente -la de Lane Pryce, por la que se siente en parte responsable. Su incapacidad para expresar verbalmente lo que le atormenta encuentra una vía de escape física a través del vómito, algo que los demás observan como un síntoma de decadencia o una simple falta de respeto, pero cuya verdadera causa no se nos escapa ni a él ni a nosotros: Don Draper no atraviesa puertas hasta llegar a la muerte, Don Draper se encuentra con la muerte detrás de cada puerta.

Las claves del póster de la sexta temporada de Mad Men

Los episodios de la sexta -y casi seguro penúltima- temporada de Mad Men están a la vuelta de la esquina. El próximo 7 de abril, la serie de Matthew Weiner vuelve a AMC con un estreno de dos horas, al igual que el año pasado.

Esta semana se ha dado a conocer el que es el póster oficial de la temporada (y si ocurre como el año pasado, la portada del DVD). Habituados a imágenes sugerentes llenas de sentido oculto o a pósters minimalistas como aquel de la silueta cayendo en el vacío absoluto, el nuevo cartel de Mad Men ha sorprendido a todos con una imagen colorista hecha a mano. Eso es, el póster es una ilustración, y está realizada por un verdadero ad man de los 60, el británico Brian Sanders, que ahora tiene 75 años.

La idea de realizar un póster al estilo 60s por primera vez en 6 años de una serie precisamente ambientada en ese mundo provino -cómo no- del propio Weiner, en concreto de un recuerdo de la infancia sobre una carta de menú en un vuelo con la T.W.A. (Trans World Airlines). El creador de la serie realizó una labor exhaustiva de recopilación de libros de ilustraciones de los 60 y 70 y las mandó al equipo de marketing de la serie. Sin embargo, este no supo dar con lo que Weiner quería exactamente.

El equipo de Weiner se remontó a la fuente, y dio con la persona que había llevado a cabo la mayoría de estas ilustraciones que obsesionaban al productor -muchas de ellas vistas en el libro Lifestyle Illustration of the 60s. Y afortunadamente para todos, Brian Sanders aun estaba en activo a pesar de su edad. El ilustrador aceptó encantado el encargo de Weiner, firmó la estricta cláusula de confidencialidad que hasta ahora ha respetado, y se puso manos a la obra.

Para el “anuncio”, Sanders ha sabido adaptar las ideas de otros pósters de Mad Men a un estilo casi comic book que remite directamente a la década en la que se ambienta la serie. Al igual que el póster del año pasado -Don Draper mirando a dos maniquíes en un escaparate-, la de esta temporada es una imagen sugerente llena de guiños y detalles que nos permiten elucubrar mil y una teorías. ¿Quién es la mujer que da la mano a Don? ¿Megan? ¿Betty? ¿Otra? ¿Qué están mirando los policías al fondo? La temporada transcurre durante el tumultuoso 1968, por lo que es lógico que Weiner vaya a reflejar los acontecimientos de mayo de ese año en los nuevos episodios -tema que ya introdujo en la quinta temporada. ¿Por qué hay dos Don Draper? (Esta es la más compleja pero la más evidente de las preguntas, puesto que la dicotomía Don/Dick siempre ha estado ahí). Y, ¿la importancia de la revolución llevará la serie en algún momento hacia las bulliciosas calles de Manhattan, que parecen replegarse sobre Don en la ilustración? Esperemos que sí. Si hay algo que suelo echar de menos en Mad Men son los exteriores.

Sanders confiesa que llevaba muchos años sin utilizar el estilo que Weiner le pedía para el póster, acuñado por su colega Roger Coleman como “bubble and streak” -básicamente consiste en hacer burbujas con los acrílicos sobre el papel. El artista confiesa que gracias a este encargo volvió 50 años atrás en el tiempo. “Ya no trabajo de esa manera, pero me sorprendió lo rápido que regresó todo a mí, la habilidad para utilizar de nuevo esa técnica”, confiesa Sanders.

El artista ya había realizado trabajos de cartelería para el cine durante la década de los 60. De hecho, el mismísimo Stanley Kubrick, fascinado por sus trabajos menos comerciales, le pidió que se acercara al rodaje de 2001: una odisea del espacio y buscase inspiración para hacer un póster ilustrado de la película. Sus imágenes no fueron usadas finalmente, pero esta experiencia de hace cinco décadas aun es valiosa para Sanders, que la retoma para crear una nueva imagen que combina abstracción y concreción.

Volviendo a Mad Men, Sanders confiesa que había visto la serie anteriormente, y que aunque “fue una sorpresa agradable” no pudo evitar sentir reservas cuando los productores de la serie le ofrecieron el trabajo -puede que simplemente no se lo creyera. Sin embargo, Weiner asegura que utilizar a un ilustrador para la promoción de la serie es en cierto modo una reivindicación del trabajo artesano que estaba desapareciendo a finales de los 60, eclipsado por la fotografía. Sanders se las arregló en su momento para permanecer siempre empleado, a pesar de que la época dorada de las ilustraciones en las portadas de revista tocaba a su fin. En el fondo, el dibujante sabía que no podía rechazar la oportunidad de volver a ver su trabajo en marquesinas, autobuses, edificios, en el metro y en páginas web.

Al final, la experiencia de Sanders colaborando con la serie de AMC fue muy satisfactoria, e incluso tremendamente nostálgica. Como dice Weiner, Mad Men refleja un mundo al que él pertenecía”. Ver la serie a la vez que realizaba la ilustración devolvió al artista a las oficinas en las que trabajaba en los 60. Estas no estaban en Nueva York, pero el artista reconoce que en Gran Bretaña estaba ocurriendo lo mismo que allí, y que por eso le gusta la serie. Aunque Sanders confiesa que desde el principio evitó el alcohol a la hora de hacer su trabajo, por primera vez en 30 años tuvo la tentación de fumarse un cigarrillo.

Fuentes: New York Times, The Guardian

Antología Mad Men: “Far Away Places” (5.06)

En su excelente artículo “Did The Sopranos do more harm than good?: HBO and the decline of the episode“, Ryan McGee expone las diferencias entre ‘episodio’ y ‘entrega’ (instalment –no usamos la palabra ‘capítulo’ porque, a pesar de ser apropiada, se usa como sinónimo de ‘episodio’ en el ámbito televisivo) para explicar el modelo narrativo representativo de la quality television que HBO ha impuesto durante la última década, y por qué esto ha viciado la mirada del espectador. Reservando para otro momento mi opinión al respecto, me quedaré con su definición de ambos términos: “Un episodio funciona por sí mismo como unidad de entretenimiento, ya que posee un flujo narrativo que puede disfrutarse independientemente. Una ‘entrega’ está al servicio de la trama general de una temporada, y no está interesada en lograr nada concreto mientras dura”.

HBO ha hecho de las ‘entregas’ la norma en sus dramas actuales. Juego de tronos o True Blood -ambas basadas en sagas literarias- presentan esa estructura novelesca que facilita la entrega semanal de capítulos de un libro a un espectador que no obtendrá una visión completa hasta que acabe la temporada. Esto provocará que muchos capítulos dejen al espectador con la sensación de no haber avanzado, de haber asistido a 50 minutos de transición que, por muy imprescindibles que sean para la historia general, fallan como producto televisivo de periodicidad semanal. La cadena AMC toma el modelo por ‘entregas’ y lo fusiona convenientemente con contenidos altamente episódicos. Sus prestigiosos dramas Breaking Bad y Mad Men se pueden disfrutar semana a semana como textos relativamente cerrados, de los que se pueden sacar conclusiones -que probablemente cambiarán más adelante, por supuesto- y extraer motivos concretos. A su vez, estos ‘episodios’ siempre funcionarán como piezas imprescindibles de un macro-relato que se irá desgranando a lo largo de las semanas.

En Mad Men hay una innegable influencia de la literatura, pero es un producto mucho más -tradicionalmente- televisivo de lo que parece a primera vista. En ella no observamos la suspensión del relato que lastra a Juego de tronos, desapareciendo así la sensación de estar viendo una historia cortada en trozos de manera casi arbitraria. Sobre todo en sus dos últimas temporadas, Matthew Weiner construye para cada episodio historias susceptibles de análisis como piezas conclusivas, que a su vez adquirirán sentido más completo una vez recibidas todas las entregas. La primera mitad de la presente temporada no solo ha explotado el modelo de episodio centrado en uno o dos personajes -no es algo nuevo en Mad Men, pero se está recurriendo más a él este año-, sino que ha llevado un paso más allá el carácter puramente episódico de la serie. El ejemplo más claro es el capítulo de esta semana.

“Far Away Places” se divide en tres partes, tres historias simultáneas protagonizadas por Peggy Olson, Roger Sterling y Don Draper. Dejando a un lado la fragmentación habitual que ocasionan las tramas entrelazadas, este episodio nos conduce sin interrupciones a lo largo de tres breves incursiones en las mentes de estos personajes. Las historias de Roger y Don tienen lugar lejos de la oficina, mientras que la de Peggy se centra inevitablemente en la crisis existencial que le provoca su trayectoria en SCDP. Al igual que Pete en el episodio anterior, Peggy tiene problemas ajustándose al papel que se ha empeñado en adoptar. Su indiscreción en el cine puede verse como un acto liberador, pero es todo lo contrario: Peggy también huye de su vida por la senda de Don Draper. Una conversación con Ginsberg -de espaldas a ella, reflejado en una ventana-, un ser mucho más extraño que ella, le devuelve a casa. “I always need you”, le dice a su novio después de darse cuenta de que ella no es de Marte.

Por otro lado, Roger y su mujer, Jane, acuden a una cena con unos amigos de ella. La velada se transforma en un viaje psicotrópico -toman LSD en grupo- hacia lo más profundo de la mente de Roger, que llega a la conclusión de que ya es hora de poner fin a lo que no funciona desde hace más tiempo del que recuerda: su matrimonio. Por último, Don lleva a Megan a pasar un día en Howard Johnsons -famosa cadena de restaurantes y hoteles en auge en los 60-, a pesar de la reticencia de ella, que prefiere quedarse en SCDP para asistir a una importante presentación. No es justo que a él se le permita gustarle su trabajo y a ella no. Una brutal discusión entre ambos desvela de nuevo las motivaciones de los personajes: Megan no quiere ser ama de casa -ese restaurante familiar es para ella “una parada en el camino hacia un destino final”-, ni “la mujer del jefe”. Don necesita una nueva Betty.

Los paralelismos entre las tres historias no son solo formales -el reflejo de Michael y Roger; Don y Megan/Roger y Jane tumbados en el suelo. “Far Away Places” nos habla de tres personajes que, frente a las verdades que están provocando su desdicha, deciden mirar directamente o apartar la cara. Mientras Peggy y Roger han asumido el cambio necesario -“I have an announcement to make! It’s going to be a beautiful day!” exclama un liberado Roger a la mañana siguiente-, Don aún no ha decidido si hacer algo con respecto a Megan -ya sea en el trabajo o en casa- o seguir con la farsa.

“Far Away Places” confirma la idea de que estamos ante una temporada de Mad Men en la que las rupturas se están convirtiendo en lo normal. La temporada comenzaba con un número musical, y en estas seis semanas hemos asistido a una alucinación en la que Don se convertía en un personaje de Bret Easton Ellis -hay una réplica de aquel momento en este episodio, con un enloquecido Don persiguiendo a Megan por el apartamento- y a una pelea a puñetazos entre Pete y Lane. “Far Away Places” sigue explorando este terreno en cada uno de sus tres segmentos, incorporando momentos de suma violencia -sexual, visual, física- en un relato cuya intensidad se había buscado hasta ahora por otros medios. De esta manera, la serie está generando, más que nunca, el clásico ‘debate del día siguiente’ que caracterizó a la ficción televisiva hace una década. Mad Men deja de ser “la gran novela americana” para convertirse esta semana en un libro de relatos cortos que sigue explorando la acertada hibridación de ‘episodio’ y ‘entrega’ a la que nos tiene acostumbrados la serie. Y es así como Mad Men pasa a ser un producto esencialmente televisivo.

 

Los fantasmas de Don: Mad Men, “Mystery Date” (5.04)

Adivina quién viene a cenar esta noche. Tres pistas: la guerra de Vietnam, las revueltas en contra de la segregación racial en Estados Unidos y la violación y posterior asesinato de ocho estudiantes de enfermería en Chicago en julio de 1966. Estos tres acontecimientos sirven de punto de partida y espina argumental de un -otro- episodio de Mad Men para la posteridad. Enormemente preocupado por el detallismo histórico, Weiner suele recurrir a momentos clave de la historia de Estados Unidos para complementar, e incluso explicar el comportamiento y la evolución de sus personajes. Y esto es exactamente lo que hace en “Mystery Date” -co-escrito por Victor Levin-, elaborando en este sentido una impresionante filigrana de contexto, texto y subtexto que nos devuelve la serie de AMC en su mejor forma.

La guerra es mucho más dura para Joan Harris que para Greg Harris, su marido, que regresa a casa después de cumplir su año de servicio como doctor del Ejército en Vietnam. Entereza, determinación e integridad. Eso es lo que siempre ha caracterizado a Joan; cuando su apellido era Holloway, y también cuando se convirtió en la señora Harris. Incluso su sumisión ante los estereotipos sociales y la aceptación de su papel como esposa y madre en la vida nos ha transmitido siempre cierto aire revolucionario y reivindicativo. Joan ejerce el control absoluto de su feminidad. Por ello, cuando descubre que su marido se marcha como voluntario al frente otro año más, llega a la conclusión de que no está dispuesta a aguantar a un hombre que la utiliza para reafirmar su -endeble- masculinidad. “I’m glad the army makes you feel like a man, because I’m sick of trying to do it”. Es hora de asumir el fracaso en la operación “busca un marido, cásate y procrea que ya tienes una edad”. Como madre soltera, Joan da comienzo así a una etapa de emancipación femenina paralela a la de Peggy. Aunque llegue unos años más tarde.

Las revueltas raciales por los derechos civiles de los afroamericanos en Estados Unidos llegan a un punto de efervescencia que salpica a toda la sociedad. Estábamos esperando el momento en el que la nueva secretaria de Don Draper empezase a ganar peso en la historia, y “Mystery Date” nos presenta oficialmente a Dawn, caracterizándola como una mujer sencilla que solo quiere ser secretaria, una joven en busca de una normalidad y estabilidad esquivas para su raza. Mientras las calles son testigo de amotinamientos y disturbios por la causa, las oficinas de SDCP presencian una revolución social más silenciosa. Sin embargo, tanto la historia de Dawn como las revueltas son una excusa para hablarnos en última instancia de la fascinante Peggy Olson. La primera creativa de SCDP se caracteriza esta temporada por alardear de confianza y seguridad en sí misma, hasta el punto de sacarle 400 dólares a -un cada vez más lamentable- Roger Sterling por aceptar un trabajo de última hora para contraatacar a Pete. Su interacción con Dawn en el episodio nos muestra a una Peggy mucho más confusa y también mucho menos adelantada a su tiempo de lo que creíamos -la nota de la secretaria sobre el bolso es una buena bofetada de realidad. Sus motivaciones y los cambios en su personalidad provenían en gran parte de la necesidad de demostrar que podía desempeñar el mismo trabajo que un hombre, e incluso hacerlo mejor. Pero Peggy ha encontrado una nueva manera de perderse en su género. ¿Puede llegar a comprender y controlar su identidad, al igual que Joan, conservando el puesto tradicionalmente masculino que ocupa actualmente?

Peggy: Copywriter’s tough. Especially for a woman. Do you think I act like a man?
Dawn: I gess you have to, a little.
Peggy: I tried, but I don’t know if I have it in me. I don’t know if I want to.

Por último, el asesinato múltiple perpetrado por Richard Speck en una casa de estudiantes de Chicago desencadena el aspecto más subversivo e inquietante de “Mystery Date”. Mientras Sally Draper aprende una nueva lección en su retorcida educación sexual y experimenta el miedo ante la masculinidad aberrante, su padre personifica al asesino de Chicago en un perturbador descenso a los infiernos de su mente. Una antigua amante de Don reaparece para atormentarle como fantasma del pasado, amenazando con destruir la quebradiza estabilidad que vive con Megan -que, por cierto, disfruta como una niña ocupando el asiento de Don en la oficina. Andrea (Mädchen Amick) regresa a su vida como alegoría de su promiscuidad e incontinencia sexual, mostrándole que Betty no es la responsable del fracaso de su anterior matrimonio y haciendo que se cuestione si será capaz de cambiar realmente para salvar el actual. En una alucinación provocada por la alta fiebre, Don estrangula a Andrea hasta darle muerte, confirmando su fuerte deseo de cambio. La única superviviente de la masacre de Chicago salvó su vida al esconderse debajo de una cama. Desde este momento, ese es el lugar donde se esconde también el mayor fantasma de Don Draper.

Ser hipster en los 60: Mad Men, “Tea Leaves” (5.03)

Ya lo decíamos la semana pasada. La fascinante Betty Francis permanecía en la sombra mientras los dos primeros episodios de la nueva temporada de Mad Men nos mostraban cómo el tiempo había afectado a Sterling Cooper Draper Pryce. Cuando comienza este extraño “Tea Leaves”, comprobamos que la Sra. Francis no estaba esperando el momento perfecto para hacer su gran entrada, sino que más bien estaba escondida. Esperábamos a la Gran Zorra, con toda su amenazante perfección y su coraza de acero, y nos encontramos en su lugar a una Betty apocada y amansada por su problema de peso. La -permanente- vulnerabilidad de Betty se manifiesta así a través de un carácter más afable, reservando sus prontos de hijaputez para su suegra. No te crees de verdad lo de que los gordos son más simpáticos hasta que conoces a la nueva Betty Francis. Sin embargo, tras las capas de maquillaje y prótesis, distinguimos a la Betty hastiada, insegura e insatisfecha que todos conocemos.

La ex mujer de Don quiere volver a ponerse el disfraz de Sra. Draper. Nos damos cuenta cuando, en ausencia de su perfecto marido Henry, y tras recibir la noticia de que su problema de peso puede estar causado por un tumor, busca el único consuelo al que se muestra realmente receptiva, las palabras de Don: “todo va a salir bien”. Sus hijos ni quiera son un factor. No se acordaba de que existían (¡esa sí es nuestra Betty!) De esta manera, Weiner reintroduce al personaje, ahora como “mujer de mediana edad”, creándole este nuevo conflicto para incidir en la que parece ser la idea central de esta temporada: el paso del tiempo. En la última escena de “Tea Leaves”, Betty se come el helado de su hija después de acabarse el suyo. ¿Vuelve a la comodidad de la resignación porque todo ha quedado en un susto o se rinde ante un destino que solo conoce ella? Recordad que en ningún momento oímos al doctor dándole las buenas noticias sobre su estado de salud. Sea como fuere, al final, el absoluto secretismo de Matthew Weiner con respecto a esta temporada ha servido para algo: después del shock, no podemos parar de hablar de Betty gorda, de ese infame plano de espaldas emergiendo de la bañera o de su naranjismo a lo Lee Adama.

Aunque parezca mentira, en “Tea Leaves” ocurren más cosas además de Betty gorda. Y prácticamente todas las tramas están relacionadas con esa evidente preocupación por el tiempo. Fuera de las oficinas se gesta una revolución social protagonizada por la juventud, y ante eso, Don Draper se está quedando anticuado. O está madurando -cosas más raras se han visto. Siempre caracterizada por ir un paso por delante, la agencia ingresa en una etapa en la que se hace necesaria la renovación, y la innovación. Los jóvenes reemplazan a los viejos -que sí, que captamos el mensaje-, y en este sentido, hasta Peggy se está quedando en el pasado. Solo que a ella no le afecta, porque no se siente amenazada por el nuevo talento. Pete sigue trepando, hasta el punto de pisotear a un Roger Sterling que se ha dado cuenta de que ya sirve para poco. En esta nueva etapa, no es suficiente con pasearse whiskey en mano y derrochar encanto canalla. Resulta que hay que trabajar. Y Pete trabaja como nadie. Tanto que ha conseguido a la aerolínea Mohawk para SCDP -utiliza a Roger para atribuirse el mérito y luego dejarlo en ridículo delante de toda la agencia-, lo que obliga a Don a buscar un copywriter con el que impresionar al nuevo cliente. Entra en escena Michael Ginsberg. ¿Nos gusta? Yo aún no lo sé. El nuevo personaje simboliza esa reinvención y adaptación que tanto está alterando a los personajes, y hasta puede que sea un catalizador necesario. Sabremos más de Michael -no habríamos conocido a su padre si fuera a ser de otra manera- y podremos sacar conclusiones. De momento yo me quedo con sus ganas de tirar “algo” por la ventana. ¿Será Pete ese algo y Roger le echará una mano?

Una de las mejores escenas de “Tea Leaves” está protagonizada por ese nuevo Don que aún no sabemos muy bien si está haciéndose viejo o madurando, o las dos cosas. Heinz quiere a los Rolling Stones para que canten el jingle de su nueva campaña televisiva, así que Don y Harry -que también intenta mudarse al presente-, asisten a un concierto con la intención de captar el interés de la banda. Mientras hipster-Harry habla -supuestamente- con los Rolling, Don interroga a una joven groupie. El Don de hace cuatro temporadas habría intentado seducirla. Quizás no sexualmente, pero sí para reafirmarse en su carácter atractivo y enigmático. Sin embargo lo que hace es recabar información que podría resultarle valiosa para entender mejor a su mujer -sus catorce años de diferencia empiezan a notarse y Don se encuentra fuera de lugar-, pero sobre todo para recuperar el lustre como publicista de vanguardia y adaptar así SCDP a los tiempos que corren. No es el único que pone de su parte. Cada uno hace lo que puede y sabe hacer. Así, el adorablemente racista Roger (¿puedo decir algo así? lo siento si no) quiere contratar a un judío para aumentar la diversidad de la agencia: el anti-mad man Michael Ginsberg, de nuevo. Junto a hipster-Ginsberg, Pete Campbell y Megan Draper son los personajes que mejor simbolizan el inevitable ascenso de la juventud en la agencia. Decidme que no os ha encantado ver a Megan empapándose de publicidad, aconsejada por Don. Aún está por ver si la mujer de Don es demasiado tonta o demasiado lista. De momento sabemos que habla francés, lo demás lo intuimos.

Mad Men nos está dando en las narices con el tempus fugit -el episodio concluye con “Sixteen Going on Seventeen” de Sonrisas y lágrimas– y yo estoy echando un poco de menos la extrema sutilidad que siempre la ha caracterizado. Claro que no la echo tanto de menos como a Joan.

Mad Men: la cura para la serie común

A lo largo de un lustro, la ficción televisiva puede experimentar numerosas transformaciones, así como generar gran cantidad de modas y tendencias. Y lo normal es que lo haga. Mantenerse en el candelero durante una temporada es fácil para algunas producciones seriales, en permanente búsqueda de la vanguardia y la innovación –Heroes, Prison Break. Hacerlo durante varios años sitúa a algunas ficciones como referentes incontestables de una etapa de la televisión –Perdidos. Pero, ¿qué ocurre cuando una serie está a punto de estrenar su quinta temporada y el mundo entero le sigue prestando la misma atención que al principio? Sin duda, estamos ante el eslabón definitivo del nuevo drama televisivo, pieza central del ya inabarcable fenómeno de la quality television: Mad Men. La serie creada por Matthew Weiner para AMC -avanzadilla de la televisión de calidad, plantando cara a la todopoderosa HBO- ha logrado ganarse el beneplácito de la crítica y la etiqueta de obra de culto, gracias a cuatro temporadas que, lejos de mermar su calidad con el paso del tiempo, han ido superándose una tras otra. ¿Cuál es el secreto del éxito de Mad Men? Exactamente el mismo que el de su protagonista, Don Draper: una más que atractiva fachada, un enigmático trasfondo y la más sofisticada de las campañas de márketing. Con esta serie tenemos la garantía de que no nos están vendiendo humo, aunque pueda parecerlo en ocasiones. Nunca antes habíamos estado tan encantados de sucumbir a las embaucadoras estrategias de la mejor publicidad. Así es, estamos más que preparados para los nuevos episodios de Mad Men.

Tomando los elementos constituyentes del melodrama y la telenovela, Mad Men deconstruye los géneros presentando un modelo narrativo que recupera la tradición novelísica de la primera mitad del siglo XX, combinada con elementos del cine clásico de Hollywood, para abrazar el nuevo modelo de ficción seriada. La regresión como vehículo hacia la novedad. El abandono del contenido episódico en favor del entramado serial y la autorreflexividad absoluta es lo que caracteriza principalmente a la nueva televisión norteamericana -llámese meta o hipertelevisión, da igual, pronto prescindiremos de etiquetas-, y Mad Men no es sino la última expresión de esta idea. Se habla mucho de “la gran novela americana” para describir este tipo de ficciones que han venido a revolucionar los esquemas narrativos de la televisión. Los Soprano, The Wire y ahora Mad Men nos adentran en un extenso y absorbente relato que, aprovechándose de la periodicidad semanal, desafía los preceptos institucionales. Sin embargo, esto no es lo que diferencia la serie de AMC del resto de productos televisivos. En mayor o menor medida, todas las series -incluidas las comedias- están completamente sumidas en esta nueva forma de hacer televisión. Entonces, ¿qué hace que Mad Men destaque por encima de todas ellas?

De un lado, no cabe duda de que la factura técnica y el apartado estético de la serie es una de sus características más diferenciadoras. Hablábamos antes de modas, y si hay una serie que ha marcado tendencia durante estos últimos años es Mad Men -las networks NBC y ABC han adoptado sus postulados estéticos con sonados fracasos: The Playboy Club y Pan Am respectivamente. Otro de los rasgos principales de la nueva ficción televisiva es la creación de la imagen de marca y las etiquetas vinculadas a una serie, y en este sentido Mad Men es la marca que engloba a todas las demás: principalmente la de autor -Weiner fue guionista de Los Soprano– y la de la cadena -la AMC se ha consolidado en pocos años como garante de calidad. El mimo con el que está tratada la apariencia de la serie salta a la vista en todo momento. A través de una meticulosa reconstrucción histórica de la década de los 60, Weiner elabora un detallado y riguroso documento sobre una época de transformación en la sociedad norteamericana -ese siempre fue el objetivo principal del productor. El éxito de tamaña empresa es evidente: Mad Men se ha convertido en piedra de toque de la historia televisiva, alcanzando cotas inauditas de perfección formal. Sin embargo, no es su diseño de producción, vestuario o peluquería lo que ha hecho que la serie conserve su trascendencia en el medio durante cinco temporadas. Al menos no exclusivamente.

Es la hábil combinación de entereza visual y contenido lo que ha provocado que Mad Men sea reconocida año tras año -un pleno de cuatro Emmys a mejor serie dramática la avalan- además de convertirse en el objeto de investigación más esencial de los más recientes Estudios Televisivos. La complejidad narrativa de Mad Men radica principalmente en el rupturista manejo que hace de los acontecimientos más telenovelescos. Infidelidades, embarazos indeseados, traiciones, conflictos familiares. Ninguno de estos elementos desencadena reacciones grandilocuentes ni excesos dramáticos. En lugar de eso se opta por una emotividad contenida, y la intensidad de las tramas descansa en el malestar de una mirada que casi pasa desapercibida. Algunos conflictos quedan sin resolver, o más bien se terminan de desarrollar en el interior de los personajes, confiando al espectador el cierre de los mismos -muchas gracias. No es hasta que finaliza un episodio, o una temporada, cuando hacemos uso de todos los elementos puestos en juego para terminar de conocer a los personajes de Mad Men. Esto genera una relación entre personaje y espectador que pocas veces hemos experimentado. Los sentimientos de los personajes se ven a menudo coartados por la realidad de la interacción humana, extraña, pausada y llena de silencios y elocuciones inacabadas o indescifrables por los protagonistas. Somos nosotros, testigos de excepción y cómplices de las vidas de estos personajes, los que tenemos la labor de guardar secretos, leer entre líneas y comprender lo que ocurre en su interior. De esta manera se alcanza una plenitud como espectador que puede llegar a resultar abrumadora. Quizás el episodio que mejor ilustra esta idea sea “The Beautiful Girls” (4.09) -aunque cualquiera nos sirve en realidad. En él asistimos a un íntegro desnudo psicológico de tres mujeres (Joan, Peggy y Faye), pero no es hasta el último plano, en el que vemos sus -ya transparentes- rostros desapareciendo tras las puertas de un ascensor, cuando llegamos a conclusiones definitivas sobre ellas. Es a aquel precioso y sobrecogedor instante -confieso que me hizo llorar durante un buen rato después de los créditos- al que me remito habitualmente para recordar por qué Mad Men no es como el resto de series.

Para hacer converger todos estos elementos y obtener un producto de calidad -como es el caso-, hace falta un complejo trabajo de escritura. Y Mad Men puede jactarse de haber perfeccionado el arte del guión para televisión. La exhaustiva labor de documentación y la envidiable construcción de personajes se ve reforzada por un riesgo que ignora todo convencionalismo y un compromiso artístico con la obra que escapa de soluciones acomodaticias y no busca necesariamente la satisfacción del espectador por la vía fácil. A esto hay que añadir el exquisito juego metalingüístico que hace coincidir discurso interno y la propia maquinaria publicitaria de la serie. Así, Don Draper representa la estrategia de márketing definitiva. Explotando su indudable magnetismo y su misterioso pasado se elabora un pretexto a partir del cual desarrollar una historia protagonizada por mujeres. Peggy Olson es el verdadero corazón de Mad Men y a través de su personaje asistimos al desarrollo de una historia que está a punto de entrar en un nuevo -y seguramente apasionante- capítulo. Enciendan un cigarrillo, sírvanse un whisky, o imagínense en alguno de los vestidos que las protagonistas lucen en la serie, y  a continuación prepárense para dejar todo eso de lado y seguir descubriendo lo que se esconde tras el humo que llena la habitación. Mad Men ha vuelto.