Crítica: Black Panther

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La evolución de Marvel a lo largo de la tercera fase de su Universo Cinematográfico ha saltado a la vista. Sin salirse de los parámetros fijos que lo han convertido en una máquina de blockbusters, el estudio ha probado cosas nuevas con sus películas más recientes (exceptuando la secuela de Guardianes de la Galaxia, que fue una prolongación de la fórmula de la primera). Con Doctor Strange introdujeron la magia y lo místico, con Spider-Man: Homecoming hicieron una película de instituto, y con Thor: Ragnarok dieron total libertad al director, que reinventó la franquicia a base de improvisación y comedia absurda.

La nueva entrega de Marvel, Black Panther, continúa por este camino. Ryan Coogler (Creed) dirige una película que, sin dejar de ser Marvel, es totalmente distinta, algo nunca visto en los 10 años de historia del estudio (esta vez de verdad). Aunque es solo en principio y queda mucho por hacer, con Black Panther, Marvel salda una deuda pendiente, la de la diversidad racial, presentando un reparto formado al 90% por personas negrasaumentando el número de personajes femeninos. No podía ser de otra manera teniendo en cuenta que gran parte de la película transcurre en el continente africano y aborda de frente temas como la identidad racial, sus raíces en la cultura indígena y la percepción que los demás tienen de ella.

Black Panther nos invita a conocer la tierra de Wakanda, la Atlantis de África, una nación aislacionista oculta en medio del continente, donde la tradición de las tribus convive con los avances científicos y tecnológicos más punteros, posibles gracias al poderoso material conocido como Vibranium, y el futuro no ha engullido al pasado, sino que se ha fusionado con él. Tras la muerte de su padre, el soberano de Wakanda, T’Challa (Chadwick Boseman) regresa a su hogar para ser proclamado rey y recibir los poderes de Black Panther. Sin embargo, la aparición de un viejo enemigo interesado en hacerse con el Vibranium para construir y vender armas a otros países, dificulta su ascenso al trono, arrastrándolo a él y a sus súbditos hacia un conflicto internacional que pone en peligro el destino de Wakanda.

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Más ambiciosa y comprometida de lo habitual, Marvel ha realizado con Black Panther una película oportuna y políticamente relevante, la cinta de superhéroes necesaria para plantar cara a la América de Trump (de ahí que la extrema derecha haya intentado boicotearla). Y no hay que ser muy avispado para captar sus mensajes: “En tiempos de crisis, los sabios construyen puentes, los necios los destruyen”. Wakanda es tradición, legado y familia, y su historia una exuberante celebración de la cultura africana (que no nos extrañen las comparaciones con El Rey León) y una llamada a su preservación ante la opresión y la apropiación por parte del resto del mundo. Pero también es un canto a la unidad y la comunidad global, a la necesidad de la comunicación y la cooperación internacional por el bien del planeta. Es decir, Black Panther saca las garras para defender su tierra, pero después las extiende para que se las estrechen, ofreciendo así un ejemplo a seguir para dirigentes y nuevas generaciones.

Claro que, además de captar el Zeitgeist como pocas (ahí está la fantástica banda sonora de Kendrick Lamar como prueba), Black Panther no se olvida en ningún momento de que es una película de superhéroes, dándonos la diversión -en este caso con mucho menos humor, aunque siga siendo esencialy acertado- y el espectáculo bien medido que cabe esperar de Marvel. A este respecto, hay que destacar la labor de Coogler a la dirección. En Creed (el spin-off de Rocky) ya demostró tener muy buena mano para la acción y aquí la vuelve a poner en práctica para realizar una de las películas más físicas y potentes de Marvel. A las contundentes y estilosas escenas de acción (de los mejores combates y persecuciones del MCU, más otro clímax impresionante) se suma el poderío visual de la película, de una riqueza estética y cromática que lleva el cine de superhéroes a otro nivel. Wakanda cobra vida gracias a una dirección artística excelente y un diseño de vestuario reflejo de la pluralidad africana que, si hay justicia, será nominado al Oscar.

Por otro lado, nada de esto sería tan importante sin el factor humano. Y en Black Panther, la mayoría de personajes brillan tanto como sus trajes y armas. La película cuenta con un reparto de lujo, encabezado por Chadwick Boseman, que tras su exitoso paso por Capitán América: Civil War, se confirma como otro gran acierto de casting de Marvel, y agraciado por la presencia de Angela Bassett, Forest Whitaker, Martin Freeman, la oscarizada Lupita Nyong’o (aquí por fin dando vida a un personaje humano) o el nominado al Oscar Daniel Kaluuya. A Andy Serkis, el maestro de la motion capture cuyo talento interpretativo suele infravalorarse al “ocultarse” tras los efectos digitales, por fin se le da un personaje para lucirse dando la cara (como a Lupita). Y como adelantaba antes, el papel de la mujer es mucho más amplio, diverso y dinámico que en cualquier película anterior del estudio, en especial gracias a las robaescenas Danai Gurira, que encarna a la impulsiva Okoye, y Letitia Wright como Shuri, la simpática hermana menor de T’Challa. Mención aparte merece Killmonger, interpretado por un imponente Michael B. Jordan, con quien Marvel esquiva (aunque sea momentáneamente) su maldición de los villanos desaprovechados. La intensidad y emoción con la que Jordan aborda el personaje es uno de los puntos más fuertes del film. Un espectáculo en sí mismo.

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Black Panther no es una película perfecta, y no, tampoco es la mejor del estudio. Como le ocurre a muchas entregas de Marvel, al comienzo le cuesta centrarse, la abundancia de tramas y personajes resulta en fragmentación excesiva y fallos de ritmo que pueden hacer que las más de dos horas que dura acaben pesando, y además, los efectos digitales vuelven a dar demasiada sensación de animación en algunas secuencias de acción. Pero defectos aparte, lo que quizá sí sea es la película de Marvel más importante hasta la fecha. La Casa de las Ideas ha encontrado la manera de poner su infalible fórmula no solo al servicio del entretenimiento de calidad, sino también de un bien mayor, haciendo por fin caso a eso de que la representación importa. Por eso, Black Panther está llamada a ser un fenómeno cultural y un bienvenido punto de inflexión en el cine de superhéroes. Wakanda Forever.

 

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Nuevas series 2016: Parte II

Os traigo mi segunda ronda de reviews de los pilotos de esta temporada 2016-17 (podéis leer la primera aquí). Y os recuerdo que no estoy siguiendo un orden en particular, así como tampoco estoy agrupando las entradas según los tipos de serie, género o cadenas. De hecho, esta selección de estrenos es especialmente diversa. Tenéis dos series de plataforma digital (una comedia y un drama), una sitcom familiar de ABC y un drama de la cadena de Oprah Winfrey. Descarto una y me quedo con tres. A ver si adivináis cuál es la que no pasa la criba.

One Mississippi

¿Recordáis aquella escena de Ghost World (tanto en el cómic como en la película) en la que Enid y Rebecca están viendo en la tele a un humorista híper-deprimente que habla como si se acabara de despertar de la siesta y a ellas les parece lo peor? Era una escena satírica que nos hablaba de cómo la comedia y los gustos estaban cambiando, virando hacia lo excéntrico, lo triste y lo puramente patético, pero vista hoy en día se puede aplicar, sin ironía alguna, al panorama actual de la comedia de autor en Estados Unidos.

One Mississippi es una de las nuevas comedias en primera persona desarrolladas por un/a humorista que nos llegan este año (y ya van unas cuantas). Creada y protagonizada para Amazon por la conocida monologuista y locutora de radio Tig Notaro, producida por Louis C.K. (el actual rey de la comedia deprimente y existencialista, también co-creador de Better Things) y escrita por Diablo Cody. Total ná. Los que han seguido la carrera de Notaro previa a One Mississippi saben perfectamente qué encontrarse en ella, porque incide en los temas y el estilo de su monólogo más famoso, en el que narra su experiencia después de serle diagnosticado un cáncer de mama y habla de la muerte de su madre. Efectivamente, One Mississippi, al igual que Transparent y tantas otras, difícilmente puede catalogarse como comedia. Pero lo es. Una comedia personal, singular, devastadora, con la misma tendencia a irse hacia el lado oscuro que al luminoso, una serie que se enfrenta a la tragedia con humor, para reír llorando. O viceversa.

StartUp

No tengo reparos en admitirlo: empecé a ver StartUp únicamente por dos de sus protagonistas principales, Martin Freeman (SherlockFargo) y Adam Brody (The OC, Jennifer’s Body). Esa era seguramente la intención de Crackle, la Netflix de Sony Pictures, que ha decidido aventurarse en la producción original, empezando por este drama tecnológico de gran pedigrí, y se ha asegurado de contar con nombres que funcionasen como reclamo para el público. Pues bien, vi el primer episodio totalmente predispuesto a que no fuera para mí, preparado para dejarla ipso facto (aunque me doliese despedirme tan pronto de Freeman y Brody), pero qué sorpresa me llevé al verme totalmente enganchado a la serie desde el principio.

StartUp nos lleva a Miami para contarnos la interesante coalición de varios personajes de muy diversas procedencias (un banquero que debe ocultar dinero robado, un “gang lord” que busca la manera de hacer legal su “profesión”, y una hacker que tiene una idea revolucionaria), que se ven forzados a trabajar juntos para fabricar el nuevo sueño americano, un sistema de moneda digital que supone el futuro del dinero y, sin proponérselo, les lleva a crear una nueva versión del crimen organizado. Aunque tenga unos cuantos glitches (como la necesidad de meter con calzador escenas provocativas y sexuales para dejar claro que es una serie adulta, al estilo de Showtime), StartUp es sin duda una ficción de calidad, un prometedor tech-drama que se suma a Mr. Robot Halt and Catch Fire, diferenciándose con un punto de arrogancia a lo House of Lies o Billions (pero sin pasarse, como ellas) y un toque a lo cine de Michael Mann. Un thriller estiloso, elegante, con buenas interpretaciones, y por encima de todo, con una historia y un ritmo que atrapan.

Queen Sugar

A priori, Queen Sugar no me interesaba nada. Pero empecé a leer cosas sobre ella, y a ver posts en Tumblr que me llamaron la atención, y decidí echarle un vistazo. Se trata de un melodrama creado, producido y dirigido por Ava DuVernay (Selma) para la cadena de Oprah Winfrey, OWN. La serie cuenta la historia de tres hermanos que se reencuentran en Nueva Orleans tras la muerte de su padre y nos introduce en las vidas de la comunidad negra de Louisiana para hablarnos de sus luchas personales: trabajo, drogas, amor/desamor y conflictos familiares.

Personalmente, aplaudo cómo la televisión norteamericana está aumentando la representación y la diversidad racial con sus series en estos últimos años, en especial con la nueva hornada de 2016 (después del pelotazo de Empire, las cadenas han despertado), pero Queen Sugar no es para mí. No es más que una telenovela con factura de quality series que se toma demasiado en serio a sí misma (no sé qué esperaba de una serie de Oprah). Ni siquiera conseguí terminar el primer episodio, de ritmo desesperante, diálogos mediocres y un tono de melodrama romántico afectado que me sacó por completo. Por no hablar de la selección musical, canciones mal elegidas y peor utilizadas. Terrible. Sinceramente, no entiendo el prestigio de DuVernay, por ahora no me ha demostrado ese talento del que tanto hablan (ella incluida).

Speechless

ABC sabe lo que le funciona, y no se corta en copiarse a sí misma y repetir la misma fórmula una y otra vez. Desde el éxito de Modern Family, la cadena del alfabeto no ha dejado de producir sitcoms familiares de corte similar, pero desordenando los ingredientes en pos de la diversidad y la inclusiónblackish introdujo a una familia negra a la parrilla de la cadena (ya era hora), Fresh Off the Boat hizo lo propio con la población chino-americana, y The Real O’Neals puso a un adolescente gay como protagonista y punto de vista principal de la historia. Este año, ABC nos presenta a su primera persona discapacitada protagonista con Speechless, comedia sobre una familia con un hijo que vive con parálisis cerebral.

Como adelantaba, Speechless es pura fórmula familiar ABC, pero ya desde su estupendo piloto desprende un encanto absoluto, una química entre personajes y un gran corazón, elementos que la mayoría de sitcoms necesitan unos cuantos capítulos (o una temporada) para perfeccionar. El mérito es principalmente de Minnie Driver, que lo borda como madre excéntrica y sobreprotectora, y de Micah Fowler, el hijo que va en silla de ruedas y se comunica con la ayuda de sus hermanos y de un programa informático (y posteriormente con un asistente contratado). La serie está cargada de clichés, de un buenrollismo a lo Little Miss Sunshine que puede echar para atrás a los más cínicos, y en el fondo no es más que otra propuesta de network en la que uno o varios miembros tienen algo que los diferencia de otros clanes televisivos sin dejar de formar parte de una familia nuclear tradicional (ABC apuesta por la diversidad, pero siempre dentro de un esquema de “normalidad”). Claro que, como decía, Speechless rebosa encanto, sabe tocar la fibra, es divertida, y garantiza buenos momentos. Aun queda mucho por hacer, pero un fuerte aplauso a ABC por un (otro) piloto que da en la diana, y por la importante labor inclusiva que está realizando.

Sherlock – “His Last Vow” (3.03): Algo pasa con Mary

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Sabíamos que Sherlock se marcharía este año con un gran bang. Y de hecho se ha marchado con dos. Para el tercer episodio de la temporada, “His Last Vow“, Steven Moffat acapara todo el trabajo de guión y firma un libreto cargado de referencias (más de lo habitual) al canon de historias de Sir Arthur Conan Doyle, y por supuesto, unas cuantas a su Doctor Who (en un momento del episodio, Sherlock llama a Mary “la mujer del doctor” por ejemplo). “His Last Vow” es todo lo que esperamos de un final de temporada de esta serie: giros, golpes de efecto, más giros y sorpresas, tramas retorciéndose y saltando, una filigrana narrativa que no es tan genial como Moffat cree, pero sí lo suficientemente efectiva como para tenernos en vilo una hora y media.

Después de dos capítulos decididamente cómicos (y caóticos), Moffat se pone un poco más serio, se centra y descarga de humor la tercera y última entrega de la temporada para adentrarse en territorio farragoso. El de los traumas y el origen de las patologías psicológicas (vemos a Sherlock de pequeño varias veces a lo largo del episodio), los miedos y los puntos débiles de sus personajes. “His Last Vow” trata en gran medida sobre la adicción, no solo la de Sherlock Holmes a las drogas, sino también su adicción a John Watson (su droga de reemplazo), y cómo no, la de John Watson a las personas psicológicamente dañadas que le engañan y lo ponen en peligro. En la secuencia inicial de los créditos (después del estupendo prólogo con Lars Mikkelsen y Lindsay Duncan) vemos a un Watson que no estamos acostumbrados a ver, al soldado, al experto en el combate cuerpo a cuerpo, al súper héroe que todos menos él sabemos que es. Para luego verlo retomar su puesto como sidekick de Sherlock y finalmente constatar -una vez más- que es un ser humano prácticamente perfecto en todos los sentidos (sí, como Mary Poppins). No hay suficientes elogios para Martin Freeman, que lo borda en todos los registros, siempre con una naturalidad y carisma que hace que su trabajo parezca el más fácil del mundo.

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En “His Last Vow”, el pasado vuelve para atormentar a los protagonistas (hasta el último minuto, ya sabéis de qué hablo), pero también para consolarlos y ofrecerles refugio. Como si del Rosebud de Ciudadano Kane se tratase, se nos desvela el misterio de Redbeard, uno de los puntos débiles de Holmes que podemos leer en las gafas de Magnussen (este año han sacado el mejor provecho de los rótulos sobreimpresos en pantalla y otras argucias visuales). Y al igual que el trineo de Charles Foster Kane, este mcguffin de Sherlock nos lleva a la infancia del protagonista. Redbeard resulta ser el perro de nuestro detective, su “ancla” antes de conocer a John, que es otro tipo de cachorro. Mucho más oscuro y desconcertante es el gran secreto de Mary: la mujer de Watson es una ex asesina que trabajaba para la CIA y que planea matar a Charles Augustus Magnussen, el villano del episodio, para evitar que este destape sus secretos y arruine su nueva vida con John. Este impactante giro que cambia por completo la percepción que tenemos de Mary no está en el canon (obviamente Mary no era una agente de la CIA a finales del siglo XIX), pero sí está construido a partir de los datos biográficos, o más bien de la ausencia de datos y el misterio alrededor del pasado del personaje que ideó Conan Doyle.

La revelación de Mary (muy bien hilada y justificada a base de detalles que no percibimos en los dos episodios anteriores) nos desarma, nos enfada y nos decepciona (no queremos que le pase nada malo nunca a John), pero en última instancia sirve para reforzar los lazos de los tres personajes principales. La clave está en la escena más compleja e intrincada visual y narrativamente de lo que llevamos de serie, la del disparo de Mary a Sherlock (¿no os encantaría ver esta serie en el cine?) En ella Sherlock nos lleva a su “mind palace” (un lugar que, sorprendentemente, o no tanto, está habitado por personas a las que quiere), donde descubre no sólo que está en su mano burlar a la muerte siguiendo la lógica científica que ha aprehendido de Molly (grande Molly), sino también que Mary Morstan es una espía y el disparo era su única manera de salvar a dos personas por las que siente genuino amor. Esto lleva a John a perdonar a Mary por haberle ocultado su pasado, el cual no tiene interés en conocer. “Los problemas de tu pasado son asunto tuyo. Los problemas de tu futuro son privilegio mío”. Para, John. Por favor. Deja de ser tan perfecto. Duele.

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Uno de los mayores defectos de Steven Moffat como guionista es abarcar mucho más de lo que debe. Sí, este es un problema que encontramos en todos los episodios de Sherlock (mejor eso que un “desarrollo estancado” de 90 minutos), pero resulta especialmente molesto y confuso en “His Last Vow”, saturado de flashbacks, capas de información y giros de guión. Aunque claro, si un episodio de Sherlock fuera sencillo y estuviera contado sin efectismo y engaño no sería Sherlock. Y seguramente no nos gustaría tanto. Además, lo mejor de esto es que todo acaba encajando de tal manera que los episodios anteriores adquieren nuevo sentido y la temporada mucho más empaque, por lo que la serie se presta enormemente a los revisionados.

Como no puede ser de otra manera, “His Last Vow” se guarda un gran giro para el final (y no, todavía no me refiero a eso). La cámara de los secretos de Charles Augustus Magnussen (actualización del villano sherlockiano Charles August Milverton interpretado a las mil maravillas por el hermano de Mads Mikkelsen) está en realidad en su mente, por lo que no hay manera de destruir las pruebas sobre el pasado de Mary si no es matándolo. Después de una escena incómoda y enervante como pocas he visto (Magnussen dando golpecitos con el dedo en la cara de John), Sherlock mata a su archinémesis de la semana, lo que lo convierte en un criminal (en la historia original simplemente no hacía nada por evitar su muerte). En manos de las autoridades (o sea, de su hermano Mycroft y su amigo Lestrade), Sherlock se ve obligado a aceptar una misión suicida como espía (y yo creía que se me habían acabado los espías con Nikita). La despedida de Sherlock y John resulta demasiado contenida pero cargada de emoción. Afortunadamente solo están separados 4 minutos. La próxima vez que vayáis a despediros para no veros nunca más, ¡arrimaos!

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¿Cuál es la razón para que Sherlock se baje del avión (cual Rachel Green) antes de despegar hacia su final? Ahora sí. Jim Moriarty. ¡Qué sorpresa! (ironía). Es prácticamente un hecho que Moriarty sigue muerto (nos lo aseguraron Moffat y Gatiss, aunque ya sabéis que de esos hay que creerse poco), y esto no es más que una provocación del villano de la cuarta temporada (los entendidos dicen que podría tratarse de Sebastian Moran), una distracción de Moffat para llamar la atención y asegurarse nuestro regreso, como si hiciera falta. Claro que con esta serie nunca se sabe qué retorcido y mágico plan nos aguarda a la vuelta de la esquina. Ahora ya sabéis lo que toca: mono. ¿Y cómo se sobrelleva el síndrome de abstinencia impuesta después de estos cortos pero intensos 12 días de Sherlock? Por mi parte yo recurriré a la droga de reemplazo de Holmes: Me voy a mirar gifs de John Watson muriéndose de celos porque su Sherlock se ha echado novia (qué alivio que lo de Janine fuera solo el despiadado plan de un psicópata, ¿verdad?). A ver si así aguanto hasta 2015. Nos vemos el año que viene en el 221b de Baker Street. Toodles!

Sherlock – “The Sign of Three” (3.02): La boda del año

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Después de irrumpir en 2014 llevándose todo y a todos por delante, el huracán Sherlock amaina con la segunda entrega de la tercera temporada del pelotazo de BBC, que lleva por título el premonitorio “The Sign of Three”. Igualmente rebosante de escenas memorables pero un poco menos escrito por y para Tumblr que The Empty Hearse, el episodio central (o sea, el ojo del huracán) de la tercera de Sherlock es tan apasionado y divertido como caótico y descentrado, y se puede resumir en dos ideas: la celebración oficial (y de etiqueta) de la amistad inquebrantable de Sherlock y John, y el ingreso definitivo de Mary Morstan en la coalición Johnlock, lo que altera ligeramente la dinámica de la serie.

Pero la altera para bien, porque Amanda Abbington no podría ser más idónea para el personaje de Mary, aportando estabilidad a nuestros dos queridos “drama queens“, y ganándose en tiempo récord el beneplácito de la audiencia. Mary, lejos de ser la tercera en discordia, es (por ahora, claro está) una fuerza unificadora, una fuente de equilibrio emocional y contrapunto realista para la pareja principal de la serie (“Ni tú ni yo fuimos el primero”), más inmersos que nunca en la fantasía de su estrafalaria vida en común (como muestra el genial montaje de sus casos más locos). Mary tiene calado a Sherlock desde el primer minuto (“Yo no soy John”, le deja caer con toda la naturalidad del mundo) y en lugar de aprovechar esta ventaja para quitárselo de en medio, la usa para construir una relación sana dentro de sus posibilidades, asumiendo desde el principio que deshacerse de la persona más importante en la vida de su marido no es una opción si quiere que su matrimonio funcione. En “The Sign of Three” asistimos como invitados de excepción a la boda de John Watson y Mary Morstan. Mark Gatiss y Steven Moffat están manejando con destreza el tiempo en esta temporada. Las elipsis y los saltos en el tiempo durante este capítulo funcionan muy bien porque todos los personajes, incluida Mary (es más, especialmente Mary), están muy asentados en el relato, y además se parte con la ventaja de que la audiencia conoce la historia de antemano. Tenemos tan solo tres capítulos por temporada, y es mejor no perder el tiempo.

Otra cosa es que también sepan disponer con la misma habilidad los incontables elementos de la historia. “The Empty Hearse” ya pecaba de abarcar demasiado, pero sorprendentemente lograba hacer encajar todo a las mil maravillas. Sin embargo, “The Sign of Three” adolece de una convulsa sobrecarga de información y sale perjudicado por un exceso de tramas, interludios y apartes que Steve Thompson (guionista del episodio), Gatiss y Moffat no saben hilar. Más bien convierten el episodio en una gran madeja de historias y escenas que lanzan al espectador. Curiosamente, muchas de estas escenas parecen estar alargadas en exceso, haciendo que “The Sign of Three” sea uno de los episodios de Sherlock más perjudicados por su extensa duración. En él nos encontramos con tres casos aparentemente desconectados (con homicidio en cuarto cerrado incluido, con lo que a mí me gustan) que Holmes no ha logrado descifrar. Unos más interesantes que otros, todos ligeramente predecibles y finalmente resueltos a base de los dei ex machina y las coincidencias imposibles que tanto gustan a los creadores de la serie, estos enigmas plantean demasiadas preguntas que ponen en duda la verosimilitud de los mismos. No es que no estemos acostumbrados, pero nos gusta que un caso de Sherlock termine con las piezas encajando tras un satisfactorio proceso de deducción y reconstrucción (por muy enrevesado que sea) y no después de lanzarlas al aire para que encajen mágicamente.

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La celebración del enlace Watson-Morstan es el escenario perfecto para seguir diseccionando a la extraña pareja formada por Sherlock y John. Y, a pesar de constituir el discurso de boda más largo y ramificado de la historia, “The Sign of Three” sale triunfante al cumplir su propósito principal: articular en palabras las psiques de sus protagonistas y la naturaleza de su relación, lo que se consigue a través de los desconcertantes, conmovedores y brillantes soliloquios de Sherlock durante el brindis. Así que al fin y al cabo, los casos del episodio se mantienen casi en todo momento en un segundo plano, sobresaliendo por encima de ellos todas las escenas en las que Sherlock y John se profesan su amor incondicional. Lo mejor de “The Sign of Three” es que Gatiss y Moffat se reafirman en su modo de representar la amistad de los protagonistas: sin medias tintas y desde el corazón. John le dice a Sherlock que es su mejor amigo, y Sherlock le dice a John que le quiere y que le tendrá para toda la vida. Con esas palabras exactas (sniff, se me siguen saltando las lágrimas). Hoy por hoy es una tontería recurrir a dobles sentidos o declaraciones veladas (otra cosa es la TSNR). Lo mucho que se quieren estos dos está ahí (¿de dónde iba a salir si no el enternecedor estrés de Sherlock preparándose para la boda?), es dominio público, y resulta emocionante verlos a ambos entregados a él y cantándolo a los cuatro vientos.

Por eso “The Sign of Three” es otro gran episodio de Sherlock. Por eso y porque Benedict Cumberbatch y Martin Freeman están mejor que nunca. Imborrable la escena en la que John le pide a Sherlock que sea su padrino de boda, y mucho más inolvidable aún la sección del episodio en la que los dos amigos se emborrachan haciendo un tour al más puro estilo The World’s End, juegan a adivinar los personajes de su frente (probablemente una de las escenas mejor escritas e interpretadas de toda la serie), atienden a un caso “clueing for looks” y se despiertan en una celda con la peor resaca de la historia. Salta a la vista que Cumberbatch y Freeman no pueden estar más cómodos en sus personajes. Los dos están entregados al 150%, y resultan inconmensurables tanto en las escenas cómicas como en las emotivas (que a menudo serán lo mismo). “The Sign of Three” supone el nacimiento oficial de la trifecta John-Sherlock-Mary, pero después de escenas así, para nosotros es como si hubiéramos asistido a la boda de Sherlock Holmes y John Watson, los novios más impolutos, gallardos y tiernos de la Gran Bretaña.

Sherlock – “The Empty Hearse” (3.01): He’s Alive! ALIVE!!!

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Se me ocurren pocas cosas tan autoconscientes como Sherlock. Pocas series tan hábiles, pícaras y descaradas en el uso de lo meta como esta. Los dos eternos años que han transcurrido entre el final de la segunda temporada y el estreno de la tercera, “The Empy Hoarse”, han servido no solo para que el fandom de la serie se confirme como uno de los más insistentes, entregados y obsesivos de la tele, sino para que sus creadores, Mark Gatiss y Steven Moffat orquesten el regreso perfecto a costa de los fans. “The Empty Hearse” está diseñado meticulosamente, plano a plano, palabra por palabra, gif a gif con un único propósito: romper Internet. Y vaya si lo ha hecho.

Pero primero quitémonos de en medio lo menos importante, el caso de la semana, que ocupa la segunda parte de este primer episodio. Sherlock y Watson y la amenaza terrorista contra Londres. Si habéis visto el episodio, poco se puede decir. Todos los agujeros posibles, todos los errores e incongruencias, todo está previsto y cubierto. ¿Por qué no llama Sherlock a la policía? ¿Por qué hace falta tanta deducción para concluir que el atentado va a tener lugar en el Parlamento durante la votación de una legislación importante? “No os creáis tan listos”, piensan Gatiss y Moffat atusándose el bigote imaginario, todo forma parte de otro plan maestro, de otra broma macabra del travieso Holmes. Al igual que Sherlock y el plan para fingir su muerte, nada se deja al azar. ¿O sí? Es difícil saberlo porque incluso aquellas piezas del puzle que encajan por obra y gracia del destino son tan importantes como las demás. Piezas de un enervante y endiabladamente divertido juego de despiste en el que Gatiss y Moffat siembran la duda tanto con las respuestas concretas a los enigmas como con las imprecisas. Un juego mucho más elaborado y tramposo que el Operación de MB, desde luego.

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Pero al igual que a nuestro querido Watson, lo que nos importa a nosotros no es tanto el cómo sino el porqué. Y más nos vale, porque la solución a uno de los enigmas más grandes de la tele actual, el del salto de Sherlock, ha sido poco más que un “Elige tu propia aventura” (pero claro, qué esperábamos). Mucho mejor que el entramado de teorías y conspiraciones de Moffatis es el subtexto (y texto) gay más importante de la tele desde Xena y Gabrielle -“Prefiero que mis doctores estén bien afeitados” es la frase más erótica que se ha pronunciado jamás en la serie. Y por encima de eso, la insana, disfuncional y apasionadamente codependiente amistad de estos dos fascinantes personajes (que como cabía esperar, habitan perennemente en el cuerpo de sus intérpretes), un hombrecillo roto que necesita ser leal y amar a toda costa y el sociópata más hijo de puta y entrañable de este lado del Támesis. La primera mitad de “The Empty Hearse” está bien cargada emocionalmente, pero también cómicamente, suponiendo un inmejorable arranque para la temporada: el duelo de Watson -que más que la pérdida de un amigo ha experimentado la viudedad-, la introducción de Mary -por ahora perfecta porque acepta que su marido esté enamorado de otro hombre-, el papel de Santa Molly Hooper en el duelo particular (y en la vida) de Sherlock, la sincera alegría de la Sra. Hudson porque John ha encontrado a otro hombre, y por último la escena del reencuentro en el restaurante. Mucho más grande que cualquier cosa que nos hubiéramos imaginado (con excepción de la tarta). “Are you really going to keep that?”

Sherlock The Empty Hearse

Por eso, los primeros 40 minutos de “The Empty Hearse” son la verdadera bomba del capítulo, un inspiradísimo recital de autorreferencias y metahumor pensado para desatar aún más la pasión desmedida de los sherlocked, para los que está hecho sin duda el episodio. Pero Sherlock es mucho más que un producto hecho para fans. Sherlock no es El Hobbit. Los fans son recipientes, pero también piezas centrales de la maquinaria creativa y publicitaria de la serie. A las incontables y autorreflexivas pruebas me remito: “Dos años y las teorías son cada vez más estúpidas”, “Ahora todo el mundo es crítico”; “I believe in Sherlock Holmes”; Ese plano del club de fans de Sherlock Holmes (con nuestra Rae Earl poniendo voz a los fans dentro de la propia serie) y los hashtags tipo #SherlockLives superpuestos en la pantalla; Los innumerables chistes a costa del bigote de John; Y los momentos en los que Moffat y Gatiss rompen la cuarta pared sin que sus personajes miren a cámara: “Me voy a presentar en Baker Street saliendo de una tarta” es en realidad “Fans, haced muchos fan arts de Sherlock sorprendiendo a Watson saliendo de una tarta”; Y  bueno, el “I don’t shave for Sherlock Holmes” (“You should put that on a T-shirt”) es un caso de product placement. Sí, podéis comprar la camiseta oficial en la tienda online de BBC, pero que eso no os impida hacer las vuestras para subir a TeeFury. Conclusión: Nunca antes se había fusionado con tanta argucia la entrega a los fans y los intereses comerciales. Y vaya, nos encanta que nos utilicen así.

Pero, ¿por qué Sherlock no sale damnificada por el desorbitado hype y el hecho de que el fandom sea hoy en día el principal artífice creativo de la serie? Porque Sherlock cumple. Porque en el fondo sigue siendo una comedia de altura. Y porque se sigue sustentando en la arrolladora química entre sus dos protagonistas, y la relación amistosa, férrea y frágil, fraternal y romántica a partes iguales, que mantienen. Después de dos años de ausencia, esto permanece intacto. Es más, se ha reforzado. El tira y afloja entre John y Sherlock nos sigue proporcionando los mejores momentos de la serie. Los celos, los pequeños instantes que confirman el alcance de su amor mutuo (como esta ahogada sonrisa de Watson mirando hacia el apartamento de Sherlock) y la ineptitud de ambos a la hora de ocultar que no piensan en otra cosa que no sea en el otro. “The Empty Hearse” es un regalo a los fans desbordado de momentos calculadamente icónicos, de guiños burlones, de memes en potencia (a razón de tres por plano), como Doctor Who. En definitiva, todo un ejercicio de autoafirmación. Mark Gatiss y Steven Moffat te están viendo en tu cuarto, y saben que vas a estar pensando mucho tiempo en esto:

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You’ve been sherlocked.

Crítica: El Hobbit – La desolación de Smaug

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Después de ver El Hobbit: La desolación de Smaug podemos confirmar (una vez más) que Peter Jackson no hace cine para todos los públicos, hace cine para fans. Y es curioso, aún así ha conseguido llevarse de calle a la masa cinéfila, primero con El señor de los anillos, y ahora con su nueva trilogía basada en la obra de J.R.R. TolkienEl Hobbit. La labor de Jackson a la hora de acercar al público mayoritario a un género tradicionalmente de minorías como el fantástico es encomiable. Claro que no todos cuentan con una piedra fundacional del género en la que basarse y todo el despliegue económico a su servicio. Después del tibio recibimiento de El Hobbit: Un viaje inesperado (2012), Jackson despliega la artillería pesada para subsanar los errores de la primera parte y hacer las delicias de los fanboys con el capítulo de transición de la trilogía, La desolación de Smaug.

Una de las quejas más sonoras sobre Un viaje inesperado era el exceso de humor (infantiloide, porque no puede ser de otra manera), que desentonaba con la anterior trilogía. La desolación de Smaug contiene pequeñas píldoras de comedia bien dosificadas, pero el tono es eminentemente grave y sombríoEl Hobbit se deshace así de ese aire de aventura ligera y colorista con la que arrancó el año pasado (he de confesar que a mí me pareció un cambio refrescante) y recupera el tremendismo épico y la seriedad pomposa de El señor de los anillos, algo que devuelve la saga a sus raíces, para gozo de los más puristas. Además, La desolación de Smaug da la bienvenida a varios personajes de la trilogía original (como ya sabéis, el elfo Legolas, y hasta ahí puedo leer), unificando el macrorrelato que comenzó a narrarse en 2001 con La comunidad del anillo.

Gandalf el hobbit

La desolación de Smaug conserva la narración episódica de Un viaje inesperado: sucesión de escenas de acción vertiginosa y avance por fases en las que los protagonistas se van enfrentando a amenazas una detrás de otra (me quedo con el escalofriante episodio de las arañas de Mirkwood). Sin embargo, esta parte desprende un mayor sentido del propósito y la finalidadLa desolación de Smaug es una película más centrada, a pesar de que la separación del grupo (Gandalf, ese culo inquieto que no puede estar dos horas en el mismo sitio) acabe ramificando la historia en exceso y se pierda varias veces en su segunda mitad. Es a partir de ahí cuando somos más conscientes del brutal estiramiento que está sufriendo la novela. Acostumbrado a salirse con la suya con metrajes de 3 horas por película, Jackson vuelve a alargar las secuencias hasta la extenuación, mostrándolo todo sin pasársele por la cabeza una elipsis (aunque sea una breve), prolongando los diálogos de tal manera que sus personajes parecen necesitar media hora para expresar una idea que otros formulan en un minuto. Pero claro, no es algo que nos pille de nuevas. Si la fórmula ha funcionado hasta ahora, ¿para qué cambiarla aunque el relato se resienta tanto? (Se me ocurren muchas respuestas, pero dejémoslo en pregunta retórica).

En La desolación de Smaug se nota mucho más la mano de Guillermo del Toro (está acreditado como guionista en las tres películas). Del Toro es un niño grande como Jackson, pero su visión de la fantasía es mucho más oscura y macabra, y parece apoderarse en mayor medida de esta entrega de la saga. Este oscurecimiento de la Tierra Media coincide con el deterioro de Bilbo Bolsón (divertido pero desaprovechado Martin Freeman) por culpa del anillo. Y de la misma manera, notamos mayor dualidad y ambigüedad moral en el resto de personajes, sobre todo en Thorin (Richard Armitage), que lleva un camino similar al de Bilbo, pero sin la influencia del anillo; o en el atormentado Bardo (Luke Evans recogiendo el testigo de Viggo Mortensen), con el que se juega al despiste cuando lo conocemos (¿será bueno o malo?). Sin embargo, hay espacio para la luz en La desolación de Smaug. La de las estrellas para ser más exactos. La incorporación de la elfa Tauriel (Evangeline Lilly) es un soplo de aire fresco a la nueva trilogía, aunque a ratos parezca que el único personaje femenino de la película (sin contar a Galadriel, cuya participación se pierde con un parpadeo) está ahí para cubrir la cuota de romance.

La desolación de Smaug Bilbo

Si en Un viaje inesperado no escaseaban las impresionantes secuencias de acción, el factor espectacular se dispara en La desolación de Smaug, en la que los set pieces son más grandes que nunca (y los efectos digitales cantan mucho más, todo hay que decirlo). Al final, lo que más nos importa de una película de aventuras de esta envergadura es precisamente eso, la aventura. Y en ese sentido, La desolación de Smaug proporciona una completa experiencia de parque temático (evitad el 3D si queréis ver bien estas agitadísimas y confusas secuencias), con varios momentos de auténtico vértigo y una atracción estrella: el dragón Smaug. Con la portentosa voz de Benedict Cumberbatch, Smaug inaugura el prolongado clímax de la película, donde encontramos las escenas más colosales, que tienen lugar en la Montaña Solitaria. Sin embargo, la estremecedora aparición de Smaug, una de las mejores criaturas CGI de la historia, da paso a un desenlace eterno. Smaug pasa rápidamente de provocar asombro y terror a aburrirnos con su plomiza dialéctica durante más de media hora, una evidente táctica de distracción para seguir retrasando la acción. Cuando Smaug decide callarse, Jackson introduce el inevitable filmus interruptus, un corte abrupto que no tiene otra justificación más que rellenar otra película para completar la trilogía. Está claro, lo más importante no es contar la historia, sino venderla.

Valoración: ★★★

Crítica: Bienvenidos al fin del mundo (The World’s End)

Bienvenidos al fin del mundo The World's End

Bienvenidos al fin del mundo (The World’s End) es la última entrega de la Trilogía del Cornetto, de Edgar Wright (Scott Pilgrim contra el mundo) y Simon Pegg (Star Trek). El tándem británico sacudió el cine de terror en 2004 con la decisiva parodia Z Shaun of the Dead (aquí titulada inexplicablemente Zombies Party). La sucedió en 2007 la parodia del género policíaco Arma fatal (Hot Fuzz). Y para coronar esta saga de películas interconectadas única y aparentemente por un sabor de helado de Cornetto, Wright y Pegg realizan una incursión en la ciencia ficción con una historia apocalíptica de invasiones extraterrestres.

Mucho más próxima a la sensibilidad cómica de Douglas Adams (Guía del autoestopista galáctico) que a la reciente (y fallida) Juerga hasta el fin (This Is the End), Bienvenidos al fin del mundo es la historia de Gary King (Pegg), un cuarentón estancado en su adolescencia que reúne a sus amigos de la infancia para vivir una gran noche en el pequeño pueblo donde crecieron. Mientras los demás han pasado página y llevan grises existencias de adulto, King vive condicionado por un gran asunto pendiente: terminar “La milla de oro”, el recorrido por 12 pubs para beber 12 pintas que no consiguieron completar hace más de veinte años, y cuya última parada es la tasca The World’s End 

Bienvenidos al fin del mundoBienvenidos al fin del mundo funciona casi como un videojuego de acción. Gary y sus “cuatro mosqueteros” avanzan niveles de esta odisea alcohólica enfrentándose a enemigos salidos de Stepford, descubriendo secretos, juntando piezas del puzle y ya de paso reflexionando sobre sus vidas. Mientras el apocalipsis se cierne sobre ellos y el nivel de alcohol en sangre se dispara, la pandilla deja al descubierto heridas del pasado, y entre mamporros y carreras a contrarreloj, intenta cerrarlas.

Wright y Pegg reúnen de nuevo al grupo de alelados y carismáticos intérpretes (a destacar la otra mitad de Pegg, Nick Frost, y la adorable Rosamund Pike) con el que han trabajado en las anteriores películas del Cornetto, y los arrojan a su suerte en el Pueblo de los Malditos. El enfoque British de un género tradicionalmente yanqui proporciona buenos momentos, sobre todo por el contraste de elementos de andar por casa y sci-fi clásico (un requisito indispensable en toda película inglesa de género actual que se precie). Las peleas cuerpo a cuerpo son imaginativas y están brillantemente ejecutadas, y la película destaca cuando se adentra en terreno emotivo (Peter se lamenta de que su bully del instituto no le ha reconocido en una de las mejores escenas de la película). Sin embargo, Bienvenidos al fin del mundo está impedida de principio a fin por un humor más desganado y genérico del que esta panda nos tiene acostumbrados. Las posibilidades que brinda una buena historia como esta son desperdiciadas a favor de chistes y diálogos dolorosamente predecibles (no hay una sola vez en la que no podamos adelantarnos a la resolución de los gags), y el desinspirado desenlace confirma que Wright y Pegg no se han esforzado lo suficiente en despedir la trilogía con un ¡bang!

Valoración: ★★½