The Real O’Neals: Visibilidad del adolescente LGTB+ en una sitcom familiar

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Artículo escrito por Juan Naranjo

Identificando la homosexualidad con algún tipo de fetiche sexual (en lugar de como una orientación tan válida y ordinaria como la heterosexualidad), el heteropatriarcado ha hecho creer a los Mass Media que la homosexualidad es una cosa sólo de adultos. Como si los adultos LGTB no fueran anteriormente adolescentes LGTB o niños/as LGTB. Es decir, nos resulta lo más cotidiano del mundo ver heterosexuales menores de edad en la TV y en el cine, ejerciendo su heterosexualidad de forma activa (tanto romántica como sexualmente) pero sigue pareciendo que al colectivo LGTB sólo se le puede retratar ya en su vida adulta, a menos que hablemos de productos muy minoritarios o muy enfocados al público LGTB.

Así que mientras que los adultos LGTB son “aceptables” en muchas series y pelis (aunque en una versión descafeinada, desexualizada, anecdótica, secundaria, etc etc) los adolescentes LGTB sólo están presentes en las producciones pequeñas tanto en presupuesto como en índices de audiencia. Esto, en mi opinión, perpetúa la idea de la homosexualidad entendida como algo pecaminoso, como algo sólo para adultos, como algo que ha de esconderse a los niños. Pero, no sé, no hay ningún pudor de hablar de embarazos adolescentes, de la primera vez de los heterosexuales, o incluso de sexualizar a la infancia (en la publicidad, sobre todo) hasta límites grotescos. La heterosexualidad es, según la TV, lo apropiado, lo de todos los públicos, lo generalista: la homosexualidad, algo sórdido, minoritario, sólo para adultos.

Pues, desde un formato completamente convencional (sitcom familiar),”The Real O’Neals” viene para darle una bofetada a todos estos estereotipos de género, edad e identidad. Y es que, aún contando la historia de una familia tradicional católica de origen irlandés, el centro de toda el asunto es la historia y el proceso de crecimiento del hijo mediano, Kenny, que sale del armario en el primer capítulo. Aunque a los heterosexuales les pueda sorprender, los gays también tenemos familia (no salimos de los árboles, ni nos encuentran en los inicios de los arcoiris), y también nos pasan cosas durante la adolescencia, antes de convertirnos en los amigos graciosos de las mujeres heterosexuales chic que ellos pretenden vender.

NOAH GALVIN

La temática de los capítulos es convencional (que si la primera cita, que si la prom night…) pero cuenta con la ventaja de ser una de las primeras producciones en las que se muestran estas acciones al público generalista. Y es que, os lo prometo, la vida de un gay recién salido del armario es, literalmente, de las cosas más interesantes que pueda haber. Y es una pena que nos hayamos acostumbrado a que, si de jóvenes LGTB se trata, la mayoría de las producciones terminen cuando empieza lo interesante, con la salida del armario. O que tengan un tono dramático y sórdido que siguen perpetuando la imagen del colectivo en su versión más vulnerable.

Sin melodrama y con muchísimo humor, “The Real O’Neals” cuenta situaciones con las que muchos nos sentimos muy identificados. Hay escenas memorables como el primer intento de flirteo por parte de Kenny, como la primera vez que le llevan a un sitio de ambiente, o como su relación con su ultraprotectora madre (la inconmensurable Martha Plimpton de, por ejemplo, “The Good Wife” o “Raising Hope”).

Gran parte del encanto de la serie recae sobre su maravilloso protagonista, Noah Galvin, un actor capaz de encajar a la perfección las inseguridades propias del momento y el humor inherente al formato. Aciertan los guionistas muchísimo con las ensoñaciones del protagonista, o con el “humor gay” con referencias que sí son realmente propias del colectivo, y no las típicas que los heteros creen que nos son propias.

“The Real O’Neals” es, para mí, un ejemplo de cómo se deben hacer las cosas, y de cómo se ha de trabajar en relación a la visibilidad e integración del colectivo. Bien por Kenny O’Neal y los suyos 

Raising Hope: segundas oportunidades

Que el apellido de la familia protagonista de Raising Hope sea Chance es, obviamente, de todo menos casual. Las múltiples acepciones de la palabra en inglés se ajustan a la perfección a este clan de locos, y representan los valores que componen y cohesionan a la familia. Los Chance nos hablan de segundas oportunidades -las que trae consigo Hope, la niña que da nombre a la serie-, de la importancia del azar y la casualidad a la hora de encontrar el amor o hallar un nuevo camino en la vida, y también del riesgo al tomar las decisiones que pueden llevarnos hacia nuestra felicidad, o a un desastre inminente. Los Chance son disfuncionalmente entrañables, y representan ese modelo de familia moderna que sustituye a la que plagó la comedia de situación en décadas anteriores. Descargada de moralina, pero sin renunciar en ningún momento a la moraleja y los finales felices, Raising Hope es una de las comedias actualmente en antena con más corazón.

El responsable de la serie es Greg García, conocido por Me llamo Earl, que duró cuatro temporadas en NBC antes de ser repentinamente cancelada, sin dar a García la opción de cerrar debidamente la historia. Por eso, Raising Hope es también una segunda oportunidad para el productor -una que le brinda Fox, y que él, temerario, acepta. El espíritu Earl se presiente en cada rincón de Hope, es más, en muchas ocasiones se manifiesta corpóreamente. Por Natesville ha desfilado un gran número de rostros de la anterior serie de García, interpretando además a personajes muy parecidos a los que habitaron Camden de 2005 a 2009. El incontable número de referencias a Earl -un póster de My Name Is Earl: The Movie, sin ir más lejos- ha culminado este año en “Making the Band”, un episodio en el que la pandilla original al completo se ha reunido para dar a García la satisfacción de tener un último capítulo con ellos. Ha ocurrido en la tercera temporada, que ha concluido recientemente, y que sin embargo ha supuesto un visible bajón de calidad con respecto a los dos años anteriores.

Precisamente esa obsesión con Me llamo Earl es uno de los elementos que más ha perjudicado a Raising Hope. Es como si la serie hubiera perdido el rumbo este año, entre tanto homenaje y autoreferencia. En cierto modo, la evolución de Raising Hope es paralela a la de Community. En su tercer año, la ex serie de Dan Harmon se entregaba completamente a la experimentación narrativa y se apoyaba mucho más en la parodia y la pantomima. La tercera temporada de Raising Hope ha transcurrido totalmente obsesionada por la mitomanía y el metaejercicio. Esto nos ha dado cosas geniales: el episodio homenaje a Regreso al futuro, “Credit Where Credit Is Due”, o cada una de las reflexiones de Burt (el mejor personaje de la serie) y Virginia (idem) sobre la cualidad de guía para la vida de la televisión -“¿Sabes qué se nos da genial? Recordar cosas importantes que vemos en la tele y que nos ayudan a navegar las hostiles aguas de la vida”. Pero también ha puesto en evidencia las limitaciones de García, que no ha obtenido resultados satisfactorios de todos los experimentos que ha llevado a cabo: la parodia a Modern Family que fue la boda de Jimmy y Sabrina en “Modern Wedding” fue un punto de inflexión -resolver la tensión sexual ha hecho que estos personajes pierdan interés-, y del musical judío “Burt Mitzvah: The Musical” solo se salva el número final -en el que Plimpton se reafirma como icono ochentero, Goonies Never Die!. En general, Raising Hope se ha olvidado un poco de sus personajes por preocuparse demasiado por el espectador.

La mayor constante de la serie durante esta temporada ha sido el profundo, eterno e indestructible amor entre Virginia y Burt, unos siempre espléndidos Garret Dillahunt y Martha Plimpton. De no ser por ellos -y también la arrolladora presencia cómica de Cloris Leachman como Maw Maw-, la luz de Raising Hope ya se habría apagado por completo. Virginia y Burt son los dignos sucesores de Marge y Homer Simpson -los de las primeras 10 temporadas de Los Simpson, se entiende. Aunque Raising Hope comenzó hace tres años haciendo gala de un tono más bien cínico y destructivo, el amor incondicional del matrimonio Chance se ha abierto camino, dejando atrás la mala leche y haciendo que la serie se entregue por completo a un tipo de humor mucho más amable y siempre abocado a la emotividad -aunque sin sacrificar en ningún momento la escatología y la sal gorda. Y puede que esto haya beneficiado y perjudicado a la serie a partes iguales.

Retomando el paralelismo con Community, después de pasarse una tercera temporada buscando el más difícil todavía, García se marcha para centrarse en otros proyectos, delegando en su segundo de a bordo Mike Mariano, que ejercerá de showrunner de la cuarta temporada. A García no lo han despedido, como a Harmon, pero al caso es lo mismo. Nos queda la incertidumbre de si Mariano será capaz de conservar la fuerte personalidad de Raising Hope intacta, o quizás sería más adecuado preguntarse si podrá devolverle la personalidad y la fuerza que caracterizó a sus primeras dos temporadas.