‘Transformers: El último caballero’ es tan mala que es casi buena

Diez años después de que la primera Transformers reventara la taquilla mundial, ya vamos por la quinta entrega de la exitosa franquicia basada en los juguetes de Hasbro, Transformers: El último caballero (Transformers: The Last Knight). Michael Bay vuelve a la silla del director en la que podría ser su última película como realizador de la saga, mientras que Mark Wahlberg repite como Cade Yeager, protagonista de otro explosivo espectáculo de acción y efectos digitales made in Bay que ofrece exactamente lo mismo que las anteriores películas de la saga.

Solo que en esta ocasión se agitan los cimientos de la historia (por llamarlo de alguna manera) mediante la muy socorrida continuidad retroactiva, recurso con el que se sigue reescribiendo la mitología de los Transformers. En esta ocasión nos trasladamos a la Europa de las cruzadas para descubrir no solo que las leyendas del Rey Arturo y Merlín son ciertas, sino que sus aventuras contaron con la ayuda de una legendaria raza de Transformers, que formaron parte de los Caballeros de la Mesa Redonda. Fast forward al futuro, nuestro presente, donde los humanos y los Transformers están en guerra y un Optimus Prime convertido en villano ha desaparecido. La salvación de la Tierra depende de una clave enterrada en nuestro planeta, y una alianza imposible entre Yeager, un Lord inglés (Anthony Hopkins) y una profesora de Oxford (Laura Haddock), que deberán unir fuerzas con los Autobots para impedir que una gran amenaza acabe destruyendo el mundo para siempre.

Si esta breve sinopsis os parece una locura, esperad a ver la película. El anterior párrafo solo rasca la superficie de lo que es Transformers: El último caballero, un inconcebible batiburrillo de ideas, leyendas y tramas que marean más que las vertiginosas escenas de acción de la saga. El último caballero es mil películas en una, un caos narrativo en el que todo tiene cabida: acción postapocalíptica, trama militar, cine de catástrofes, Camelot, dinosaurios, dragones, viajes intergalácticos, secuencias bélicas, invasiones extraterrestres, nazis, profecías milenarias, ¡Pangea! ¡Stonehenge! ¡Submarinos! Parece que estamos citando elementos al azar, pero no, todo esto forma parte de la película. Ver para creer.

En un momento de la película, Vivian, el personaje interpretado por la nueva Megan Fox de la saga, Laura Haddock (una profesora universitaria directamente salida de una fantasía porno hetero), dice “La lógica ha abandonado el edificio”. Ese es uno de los muchos guiños que hace la película al absurdo que la recorre de principio a fin. Seamos sinceros, Transformers: El último caballero no pretende engañar a nadie. Si vamos a ver esta película habiendo visto las cuatro anteriores es porque sabemos exactamente lo que quiere darnos: acción ruidosa y mareante, destrucción, explosiones, vorágine de efectos digitales, argumento sin sentido y humor tontorrón. Eso es Transformers, y eso es El último caballero. Pedirle otra cosa sería estúpido.

Y eso es lo que salva esta película (por los pelos), a pesar del despropósito continuo que es, su autoconsciencia, que Bay sabe perfectamente lo que está haciendo. Lo vemos en el humor, muy autorreferencial y bobalicón, lo vemos en los diálogos, generalmente insufribles, pero con destellos de agudeza que hacen referencia jocosa a los defectos más reconocibles de Bay: el machismo, la incoherencia narrativa, la forma en la que “roba” de otros… En esta entrega en concreto, salta a la vista la influencia de Star Wars: Episodio VII – El despertar de la fuerza, con la incorporación de la joven Isabela Moner, que interpreta a una suerte de Rey infantil, con su propia versión de BB-8, un Transformer Vespa llamado Sqweeks. Y la inspiración en la saga galáctica de George Lucas en la nueva Transformers no se detiene ahí, porque otro nuevo robot, el mayordomo con demencia y problemas de control de ira (insisto, no me estoy inventando nada) Cogman, es una copia de C-3PO, como reconoce la propia película en uno de sus diálogos más meta.

Estos detalles son los que invitan a que tratemos a Transformers: El último caballero con más indulgencia. Esto y la presencia de Sir Anthony Hopkins, que se presta (aparentemente) encantado a la locura de la propuesta y nos deja algunos de los mejores momentos cómicos de la película (ver a Hopkins aguantando el tipo y riéndose de sí mismo en medio de este remolino de fuego y metal suma puntos al film). Pero no es solo él, todos parecen formar parte conscientemente de la broma, Wahlberg, Haddock (que por cierto, no hacen mala pareja cómica), John Turturro… Si hasta hay un cachondísimo guiño a Shia LaBeouf, el protagonista original de la saga, que no ha tenido reparos en criticarla en numerosas ocasiones. En definitiva, Transformers: El último caballero es tan chiflada y pasada de rosca en todos los sentidos y se toma tan poco en serio que es fácil disfrutarla si uno decide dejarse llevar. Es eso o morir en el intento.

Huelga decir que todos los defectos de la franquicia siguen ahí, y además aparecen multiplicados por cinco. La confusión de tonos y estilos, la objetificación femenina (esta vez suavizada, y compensada por abajo con un chistoso momento de cosificación masculina), el product placement, las incongruencias y los deus ex machina, fragmentación excesiva de la historia (no hay guión, solo momentos amontonados), tramas que no aportan nada (los personajes de Josh Duhamel y John Turturro no podrían sobrar más) o no van a ninguna parte (la banda de Decepticons malotes, presentados con rótulos al estilo Escuadrón Suicida para desaparecer enseguida), los chistes pueriles, y por encima de todo, su excesiva duración. De nuevo, no debería sorprendernos si hemos visto las anteriores películas, pero habría ayudado mucho que en esta ocasión se hubieran recortado unos 30 minutos del metraje, los que hacen que el clímax se alargue hasta el paroxismo y toda la diversión que se puede haber experimentado durante las dos disparatadas horas anteriores se disipe. Transformers: El último caballero es un espectáculo desenfadado y muy distraído, hasta que se convierte en lo más plomizo que uno pueda imaginar.

Y a pesar de dejar exhausto y con mal sabor de boca, la película cumple su cometido la mayor parte del tiempo. Ofrece la acción descerebrada y sobrecargada sin descanso que esperamos de la saga, con batallas épicas y stunts imposibles que desafían la lógica y la gravedad en pos del espectáculo, realiza otro despliegue digital asombroso (diréis lo que queráis sobre Transformers, pero los efectos casi siempre son brutales), y su irregular sentido del humor lo mismo te hace morir de vergüenza ajena que soltar una carcajada. El pobre resultado de taquilla de la película en Estados Unidos indica que la audiencia ya se ha cansado de Transformers, y es perfectamente lógico, el agotamiento ya era inevitable. Pero El último caballero es tan fascinantemente absurda y delirante que puede llegar a resultar muy divertida si se ve con la predisposición adecuada, una película tan ridícula que roza lo sublime.

Lo mejor: Su autoconsciencia y sentido del humor, y que no tiene miedo de hacer el ridículo. Anthony Hopkins haciendo el ganso. Y los efectos digitales.
Lo peor: Su trama, tan confusa y enrevesada que llega un momento que uno se satura con tanta información, objetos mágicos y profecías sin sentido conectadas al azar. Y sobre todo la duración. El clímax se hace insoportablemente largo.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Crítica: Ted 2

Ted 2

Cuando lo cuentas demasiadas veces, el chiste pierde la gracia. De acuerdo, esto no siempre se cumple, hay chistes que funcionan y funcionarán bien no importa las veces que los oigas. Pero lo habitual en comedia es que cuando algo se vuelve repetitivo o expone al espectador a más de lo mismo, su eficacia acaba disminuyendo. De esto sabe mucho Seth MacFarlane, creador de éxitos animados como Padre de familiaPadre Made in USA, irreverentes sitcoms cuyo humor cafre más allá de la incorrección política ha sido trasladado por el autor a sus películas de acción real, donde las aventuras de sus protagonistas no se distancian demasiado de las de Peter Griffin o Stan Smith. Ted sorprendió en 2012 por su eficacia como comedia gamberra y su éxito en taquilla, pero la carrera de MacFarlane como director de cine no ha hecho más que decaer con sus siguientes películas. Mil maneras de morder el polvo fue recibida con indiferencia y desidia (algo injustamente, he de decir), y con su último film, Ted 2, no ha conseguido repetir el éxito de su predecesora. El humor de MacFarlane no ha evolucionado, pero el público sí, y llega un momento en el que lo mismo de siempre no es suficiente.

Ted 2 continúa las andanzas de los “compitruenos” (“thunder buddies”) John Bennett (Mark Wahlberg) y su osito de la infancia, Ted (voz de MacFarlane), vulgar y blasfemo peluche que cobró vida para convertirse en una de las personalidades corrosivas más famosas del país. Después de su primera aventura, Ted vive una existencia mediocre y vacía como cajero de supermercado y su reciente matrimonio atraviesa problemas, por lo que decide tener un hijo para superar el bache. Sin embargo, su vida se complica aun más al descubrir que no puede adoptar, ya que no es oficialmente una persona, sino una propiedad. Con la ayuda de John, deprimido después de su reciente divorcio y una peculiar abobada novata con debilidad por la marihuana (Amanda Seyfried en sustitución de Mila Kunis), Ted lucha ante los tribunales para ser legalizado como humano y así poder disfrutar de los derechos civiles que garantiza la constitución. Mientras, el viejo amigo de John, Donny (Giovanni Ribisi), traza un plan junto a la compañía Hasbro para hacerse con Ted, con la intención de desguazarlo para descubrir por qué ha cobrado vida y realizar réplicas del osito en cadena.

ImprimirA pesar de tener un argumento lineal y un objetivo claro que da forma a la historia y evita que se vaya demasiado por las ramas, Ted 2 continúa la tradición narrativa de las comedias de MacFarlane, con una película que más que otra cosa es una acumulación de gags que conducen a un clímax. Los hay muy buenos (la visita de John y Ted al club de comedia improv, la aparición de Tom Brady, el chiste recurrente sobre los ojazos de Seyfried, ya utilizado en Mil maneras…, la comparación que hace Ted de sí mismo con Kunta Kinte), muy malos (demasiados para enumerar), muy meta y pop (el regreso de Flash Gordon, la mini-historia de Liam Neeson que alcanza su conclusión en la escena post-créditos, todo lo que ocurre en la Comic-Con de Nueva York durante el acto final), y por supuesto muy ofensivos, escatológicos, gratuitos y soeces (se lleva la palma la visita al banco de esperma y el ataque a Kim Kardashian). Lo bueno es que, funcionen o no los chistes, algo que permanece intacto con respecto a la primera parte es la química de Wahlberg y MacFarlane (el primero sigue demostrando que se le da bien la comedia y el segundo que es un excelente actor de doblaje). Como el que no quiere la cosa, Ted 2 nos habla muy oportunamente de la lucha por los derechos de aquellos considerados “ciudadanos de segunda” a ojos de la ley, pero sin dejar de ser la misma simpática y deslenguada buddy-film sobre dos amigos que darían la vida el uno por el otro (algo que ya vemos desde su póster, reminiscente de otros carteles del género, como este, este o este).

Sin embargo, este bromance no es suficiente para sostener la película, que presenta un cuadro clásico de secuelitis agudaTed 2 está hecha a desgana, motivada más por la necesidad de seguir explotando la popularidad del personaje que por el deseo de continuar la historia (algo habitual en Hollywood que algunas franquicias saben disimular mejor). Además, su metraje se alarga más de la cuenta, llegado casi a las dos horas, con lo que la película se acaba resintiendo en su predecible recta final. Y es que Ted 2 es sobre todo una comedia blockbuster rutinaria y previsible, igual a tantas otras, una película de verano con suficientes buenos momentos para ser disfrutada, pero al fin y al cabo diseñada para ver y olvidar.

Valoración: ★★½

Mi verano de maratones seriéfilos

La vuelta al cole siempre conlleva una primera tarea en clase: la redacción sobre qué hemos hecho durante el verano. Cuando estaba en el colegio, nunca tenía nada interesante que contar y me veía obligado a tirar de mi imaginación (amigos inexistentes, anécdotas exageradas…). La cosa no ha cambiado demasiado desde entonces. Mi verano no ha sido especialmente memorable. Un viaje corto a Londres y mucho trabajo, más que ningún otro verano (al menos se me ha pasado rápido por esa razón). Pero entre una cosa y otra, siempre he encontrado hueco para colar episodios de alguna serie. Un episodio por la mañana antes de ponerme a escribir, uno en la comida, dos por la noche (series como medicina), y en días “libres” o fines de semana, 10 episodios seguidos o más. Feliz sobredosis. Porque para eso está el verano. Binge-watching FTW! A continuación os hablo brevemente de las series que he maratoneado durante las vacaciones estivales. Espero que vosotros/as hagáis lo mismo y me contéis qué habéis visto entre baños playeros y siestas delante del ventilador.

Curb Your Entusiasm

CURB YOUR ENTHUSIASM

La comedia de Larry David ha sido mi gran maratón de comedia de este verano. Ocho temporadas en dos meses. Oigo la peculiar voz del cómico de Nueva York en todas partes. Cierro los ojos y veo su cráneo calvo y puntiagudo. Y estoy empezando a obsesionarme (más de lo habitual en mí) con cómo me tratan y cómo trato a la gente durante mis interacciones sociales y en lugares públicos. Y es que de eso se trata precisamente. Curb Your Enthusiasm es la historia de un hombre que es “víctima de sus circunstancias“, una persona tremendamente peculiar, a menudo intransigente, con sus propias normas y presunciones sobre la sociedad (algunas lógicas, otras caprichosas, otras sencillamente demenciales), que choca constantemente con el resto del mundo y sus absurdas reglas de comportamiento. Larry David ha dicho en más de una ocasión que el protagonista de Curb es la versión de sí mismo que le gustaría ser. De ahí que en la serie vierta toda su bilis y se desahogue a base de bien con las personas a las que no decimos “que te jodan” a la cara, por educación y por evitar conflictos, y que deje claro cuantísimo le obsesiona el racismo (sin corrección política que valga). Es un concepto muy interesante, reforzado por la genial improvisación en los diálogos (no hay guión propiamente dicho, solo directrices), pero pierde fuerza con el tiempo. Ver 80 episodios de esta serie tan seguidos no es del todo recomendable, sobre todo para aquellos poco acostumbrados a los maratones seriéfilos. Y no es por lo que dijo Mitch Hurwitz (creador de Arrested Development), sobre que una comedia va perdiendo gracia progresivamente a medida que vemos más capítulos seguidos. Sino porque de esta manera saltan más a la vista sus defectos. Lo peor de Curb es lo tremendamente repetitiva que es, desde el segundo episodio hasta el final. Larry David procede de una sitcom clásica como es Seinfeld, y aunque Curb sea una comedia single-cam de media hora, sin censura, e incluya un gran arco argumental por temporada, es inevitable detectar en ella la repetición de fórmulas, las catch phrases, y en definitiva, todo lo que caracteriza a la comedia de situación de network. Ojo, no digo que esto sea malo, solo que yo no he terminado de conectar con ella.

The Good Wife

THE GOOD WIFE

Y este ha sido mi gran maratón de drama. Ya había visto la primera temporada de The Good Wife hace un tiempo (en esta entrada os conté mis primeras impresiones), pero por una cosa o por otra, y aunque me encantó, fui posponiendo la segunda, hasta que este verano, tras leer vuestros enfervorizados comentarios y tweets sobre la quinta temporada (y después de tragarme los spoilers más importantes), he decidido darle el empujón que le debía. Y vaya viaje ha sido. No voy a detenerme a explicar lo que he visto, porque lo sabéis perfectamente, sino cómo me ha afectado. Después de este maratón, The Good Wife se ha catapultado directamente al segundo puesto de mis mejores dramas televisivos actualmente en emisión (ya sabéis cuál sigue siendo el primero). Creo que hoy en día no hay una serie más apasionante que esta. Me parece increíble, irreal, cómo un drama de network, una serie de abogados (perdonad que la defina de manera tan simplista) con altas dosis de investigación, e incluso de procedimental, es capaz de mantener ese (altísimo) nivel de calidad durante 22 episodios. Por esta razón, en la era de los dramas de cable, las series-evento y las temporadas cada vez más cortas, el valor de The Good Wife es aún mayor. Después de una quinta temporada monumental (pero ya desde antes), la serie de CBS es actualmente, junto a Mad Men, el drama más seguro de sí mismo, más inteligente (es más, superdotado), más en control de su propio universo, más detallista, perfeccionista y mejor escrito de la televisión. Viva Santa Alicia.

How to Make It in America

HOW TO MAKE IT IN AMERICA

En la era de HBO inmediatamente anterior a GIRLS y Looking, la cadena intentó acercarse al público más joven y moderno con una dramedia de media hora producida por Mark Wahlberg y un montón más de gente, que se titulaba How to Make It in America (Buscarse la vida en América era el título en España). La serie, una especie de Entourage de la Costa Este, fue cancelada después de dos temporadas. Y con razón. HTMIIA era una propuesta endeble, desdibujada y gravemente falta de chispa y carisma. Esta serie es todo un ensayo y error, un paso en falso de HBO antes de encontrar con la comedia de Lena Dunham el tono adecuado para dar voz a los problemas del joven neoyorquino y el veinte-treintañero moderno y urbanita en general. En HTMIIA se nos habla, evidentemente, del gran sueño americano, y se hace a través de dos chavales que intentan triunfar en el mundo de la moda (concretamente el diseño de pantalones vaqueros), y los satélites que giran a su alrededor (un puñado de personajes sin interés alguno), con la cultura skater de fondo (un poco por la cara). La cosa no era desagradable,  para nada, solo prescindible. Todo resulta desapasionado, aburrido, y su aproximación al mundo hipster, desprovista de la sátira que hoy en día vemos en otras series, hace que la serie haya perdido vigencia terriblemente en tan solo cuatro años. Bryan Greenberg y Lake Bell salvan un poco la función. Pero ni su encanto natural ni sus esculturales anatomías salvan la función.

Dream On

DREAM ON

Curb Your Enthusiasm no es la única comedia clásica de HBO que he devorado este verano. De hecho, me he remontado mucho más atrás, a comienzos de los 90, con la comedia de John Landis y los creadores de Friends, Marta Kauffman y Kevin BrightDream On (en España conocida como Sigue soñando). Yo solía ver esta serie en televisión (la emitía Canal + en abierto en sus primeros años de existencia), y lo hacía un poco a escondidas, porque ya sabéis: TETAS. HBO se encontraba aún definiendo su imagen de marca, y lo que más claro tenía era que sus ficciones debían ser atrevidas, picantes, y que debían ofrecer lo que no podían otras cadenas: desnudos, sexo y palabras malsonantes. Aún así, las primeras temporadas de la serie son más bien inocentes. Sí, hay despelote (principalmente femenino, pero también del protagonista, el estupendo Brian Benben), pero era esto (y la factura de comedia single-cam) lo único que la diferenciaban de las sitcoms de cadenas generalistas. Los conflictos y las tramas eran muy simplistas, la continuidad un desastre, y la coherencia brillaba por su ausencia (véase el horroroso capítulo doble con David Bowie), lo que, visto con ojos actuales, puede resultar demasiado primitivo y chocante. Pero Dream On fue encontrando su voz poco a poco, incluso se permitió reírse de las exigencias de la cadena (¡¡más rubias en tetas, más sexo, más saxo, más fucks!!). Lo mejor (además del gran trabajo de Benben aunando carisma y patetismo) sigue siendo el uso de clips de películas clásicas para expresar los pensamientos del protagonista y añadir “notas al pie” en las escenas (gran labor de documentación y un recurso humorístico muy bien aprovechado). Sin embargo, la serie ha perdido mucho con el tiempo, y aunque es una de las pioneras de la neotelevisión (de hecho, Sexo en Nueva York es como una costilla de esta serie, aunque mucha gente no lo sepa), ha caducado casi por completo.

The Walking Dead

THE WALKING DEAD

Esta es una de esas series que, aunque me arriesgue a muchas críticas por decirlo, veo por obligación. Porque es la serie de mayor audiencia en su país de origen, porque es una de las imprescindibles de los seriéfilos, y porque debo estar al día con la actualidad televisiva. La primera temporada de The Walking Dead se me hizo eterna, y eso que es cortísima. Este verano he maratoneado la segunda y la tercera (a ver si consigo ponerme al día), y la cosa ha mejorado ligeramente. La segunda temporada tiene capítulos que son una auténtica tortura, pero otros bastante notables. Además, si algo hace muy bien esta serie es aprovechar el formato serial para contar la historia, y crear los cliffhangers más impactantes y los finales más memorables (nada superará a la escena de la pequeña Sophia saliendo del granero, eso sí). Por eso, lo quiera o no, se puede decir que estoy ligeramente enganchado, así que, a pesar de no soportar a los personajes (me consta que hasta los fans más acérrimos de la serie reconocen que donde más falla es en este aspecto) y del ocasional episodio repleto de diálogos vacíos y soporíferos, he aprendido a disfrutar la serie por lo que es (un poco lo mismo que me ha pasado con The Leftovers). Sobre todo gracias a una tercera temporada bastante más trepidante que las anteriores, empiezo a ver The Walking Dead en parte por obligación y en parte por placer. Es un progreso. Cuando termine mi maratón (que dentro de dos días se convierte oficialmente en otoñal), os cuento si mi percepción sobre la serie ha cambiado.

Crítica: Transformers – La era de la extinción

TRANSFORMERS: AGE OF EXTINCTION

Lo de “la avaricia rompe el saco” no es algo que preocupe especialmente a Michael Bay, más que nada porque por mucho que estire la cuerda, por mucho incluso que se rompa, sabe que el público acudirá en masa a ver sus películas, siempre manufacturadas para reventar la taquilla estival, para proporcionar una vía de evasión en los aburridos días de verano. Por eso la saga Transformers continúa, porque a pesar del clamor popular (que dice que cada vez son peores), el público sigue convirtiendo estas películas en éxitos masivos de la box office (está claro que no aprendemos). Bay firma este año la cuarta entrega de la franquicia de los alienígenas robots de HasbroTransformers: La era de la extinción, reafirmándose una vez más en su personal estilo, y proporcionando al espectador exactamente lo que espera de su cine. Algo positivo y negativo a partes iguales.

Bay es un auteur  de blockbusters, eso está claro. Sí, es un narrador desastroso -se dice que sus guiones son en realidad una sinopsis y él simplemente rueda escenas para luego amontonarlas en la sala de montaje-, y un realizador lleno de vicios -esos trávelings de lado, esos contrapicados, los besos a contraluz, la fotografía iluminada por el cegador atardecer, la cámara en constante movimiento y los planos sobrecargados de información visual-, lo que lo convierte en un cineasta muy limitado técnica y artísticamente, pero tiene claras cuáles son las armas que mejor le funcionan. No es un buen artista, pero es un gran vendedor. Sin embargo, con este pseudo-reboot que supone Age of Extinction, el director confirma lo que sospechamos desde aquella infame segunda parte, que estas armas se han descargado completamente. Ni el lavado de cara del reparto -el prolífico y taquillero Mark Wahlberg recoge el testigo del polémico Shia LaBeouf– sirve para salvar La era de la extinción, un desastre fílmico sin remedio que confirma que los Transformers se han quedado en la Tierra más tiempo del que estaban invitados.

TRANSFORMERS: AGE OF EXTINCTION

La primera entrega de la saga, estrenada en 2007, conquistaba a muchos aficionados al blockbuster (entre los que yo me incluyo) gracias a su combinación de aventuras a la vieja usanza (a ratos incluso muy spielbergianas), humor absurdo (y más inspirado de lo esperable, hemos de reconocer) y los efectos digitales mejor realizados e integrados desde Parque jurásico. Lo que funcionaba en la primera película, que partía de una premisa tan alocada que muy pocos confiaban en ella, dejó de surtir efecto en las dos siguientes, desplazando la atención a lo estúpido de la propuesta, algo que no debería pasar en una superproducción fantástica de esta naturaleza. Con La era de la extinción, Bay repite la jugada, y levanta un exorbitantemente caro y grandilocuente espectáculo visual en el que la acción no da tregua al espectador, hasta el punto de que este puede acabar ahogado por ella. Como es habitual, la confusión y el caos reina durante todo el metraje (la mitad parece reciclado de las anteriores películas) y además en esta ocasión los efectos digitales están por debajo de la media -planos aparentemente a medio acabar, criaturas digitales menos realistas y una sensación general de estar viendo un videojuego en pantalla grande. Por si eso fuera poco, las escenas de acción protagonizadas por los humanos están tan mal ejecutadas que en todas ellas identificamos constantemente a los dobles de riesgo (véase la escena de los tejados), una chapuza que no debería ocurrir en algo como Transformers.

Afortunadamente, Bay ha rebajado el tono y ha pulido el humor, algo más sobrio que el de las anteriores entregas, que resultaban excesiva y ridículamente infantiles. En esta ocasión lo dosifica mejor, entre explosiones, gente corriendo y (vergonzosas) dosis de melodrama familiar y romance, aunque sigue manifestando un encefalograma plano cómico, con una total dependencia del chiste fácil. Los humanos nunca han sido importantes en esta saga, pero La era de la extinción se apoya en gran medida en el supuesto carisma de Mark Wahlberg, que se une a la patriótica franquicia interpretando a Cade Yeager, un entrañable padre soltero de la Texas rural (en algunas escenas nos preguntamos si estamos viendo en realidad Friday Night Lights), experto en tecnología transformer. Además de salvar el mundo, Yaeger tiene que velar por la seguridad de una hija adolescente, Nicola Peltz (la tía buena de recambio), con la que desarrolla una química extraña y artificial que aparta a su verdadero donjuán, Jack Raynor. Ni nos creemos a Wahlberg como padre protector ni a Peltz como hija adolescente -Hollywood nos ha malacostumbrado y no podemos evitar verlos juntos sin pensar en que él le debería estar tirando los tejos a ella como buen chulo de playa que es-, lo que provoca que los cimientos “dramáticos” de la película (si es que alguno hubiese) se desmoronen y la inverosimilitud se imponga. Paradójicamente, son los protagonistas humanos los que dan lugar a esto, y no los robots gigantes caracterizados como moteros con barba y puro o como samurais…

TRANSFORMERS: AGE OF EXTINCTION

Pero lo peor de Transformers: La era de la extinción no es su embrollado argumento (del que no hace falta contar nada), su pueril sentido del humor, su machismo de serie, sus risibles villanos, sus one-liners de vergüenza ajena (“Mi cara es mi garantía”), el almibarado componente romántico (ese “Nos protegen las leyes de Romeo y Julieta” hace daño), el insultante product placement que plaga toda la película, o Wahlberg (él lo es casi). De hecho, lo peor tampoco es lo vacuo de la propuesta, porque es algo que todos esperamos de ella, y además con ganas (ya sabéis, apagar la mente y dejarse llevar no está mal de vez en cuando). Lo peor de Transformers: La era de la extinción es su desorbitado e inhumano metraje, que alcanza casi las tres horas y nos acaba sumiendo en un profundo estado de entumecimiento y desesperación para luego acabar de la manera más abrupta posible, evidenciando así dos cosas que ya sabíamos: que no era necesario que la película fuera tan larga y que Bay no tenía ni idea de lo que estaba haciendo y no sabía cuándo parar. A Transformers: La era de la extinción no sale del entuerto ni con los dinobots, que, a pesar de figurar prominentemente en la campaña de márketing, solo hacen acto de presencia en los últimos minutos de la película. Por todo esto, y aunque el testarudo de Bay se niegue a aceptarlo, la saga Transformers debe ser extinguida, o al menos criogenizada durante unos cuantos años.

Valoración: ★★

Crítica: Dolor y dinero (Pain & Gain)

Pain & Gain

Crítica realizada por David Lastra

Michael Bay sorprende con Dolor y dinero (Pain & Gain) al construir una cinta en la que el humor prima sobre la acción. Si bien el maestro artificiero nunca se ha olvidado de la comedia en ninguna de sus películas, este aspecto no tenía tanto protagonismo (de manera intencionada) desde la primera entrega de la icónica Dos policías rebeldes (la secuela no existe). Pero en este caso no estamos hablando de gags basados en la vis cómica de sus protagonistas, como ocurría con el tándem Smith-Lawrence, sino en las descalabradas y esperpénticas andanzas de nuestros ultramusculados protagonistas.

Esta es la historia REAL de Daniel Lugo, un vigoréxico tragaproteínas con una doble fijación en su vida: el culto al cuerpo y el dinero. Dos credos que se resumen en dos slogans. Dos frases cortas que hasta el más descerebrado del planeta (posiblemente, el propio Lugo) puede memorizar: “I believe in fitness” y “I am a doer”. Todo ello abocado a la más sagrada enmienda del pueblo estadounidense: el sueño americano. Desde su trabajo como entrenador personal en un gimnasio de Florida, Lugo es consciente  de la mierda en que se ha convertido la sociedad actual. Los méritos ya no importan tanto como en el pasado. Ahora solo importa la suerte, el chanchulleo económico y el pisar cabezas. Una injusticia ante la que él, todo un superhombre (no nietzscheano, sino marveliano) no puede permanecer impasible y decide actuar como un Robin Hood del siglo XXI, robando a los nuevos ricos y quedándoselo todo él mismo… pero para hacer de América un lugar mejor, no para su propio beneficio. Tras un pequeño traspiés con la ley, Lugo no se amedrenta y decide seguir con su empeño de atajar hasta la consecución del sueño americano.

Dolor y dinero Michael Bay

Alentado por las enseñanzas de un orador motivacional de tres al cuarto (interpretado por nuestro querido y omnipresente Ken Jeong), decide secuestrar a uno de los nuevos clientes del gimnasio, dejarle sin blanca y quedarse con todas sus posesiones. La víctima elegida es Victor Kershaw, un magnate de los sándwiches, medio colombiano/medio judío que salió de la mierda y a base de estudios (y pocos escrúpulos) ha logrado llegar a lo más alto. ¿No es sino el señor Kershaw el paradigma de lo maravillosa que es la tierra de las oportunidades en donde todo el mundo puede triunfar? Pues para Lugo no. Según él, Kershaw no merece nada de eso. Pero nuestro Lugo no es racista, sino que su acción está provocada por su catetismo (de acuerdo, son dos términos que siempre van unidos, pero diferenciemos en este caso). Por el suyo propio y el de los otros dos chiflados que conforman su banda. Realmente este es el problema de todos: no hay nada más peligroso que un tonto con iniciativa. Desde ese momento comienza el peor secuestro de la historia. En esta ocasión el rótulo de “no intente hacer esto en su casa” no es tan necesario como el “esto es una historia real” y el “esto sigue siendo una historia real” para que no pensemos que estamos viendo una película de ciencia ficción.

Porque sí, Dolor y dinero está basada en una historia real, más concreto en los artículos de Pete Collins sobre el caso de Daniel Lugo. Este filón argumental no está desaprovechado en ningún momento del metraje, sino sobreaprovechado (si es que existe ese término). Tras un arranque espectacular en el que Bay nos demuestra por qué es un maestro del cine de verano (con una fotografía y estética videoclipera que recuerda mucho a la fallida Domino de Tony Scott), la película se desinfla al intentar ser demasiado fiel a las mil y una locuras  de nuestros tres mongolos. Media hora menos de película y una simplificación de sus cagadas y perrerías (o la omisión algún personaje), aún siendo una puñalada a la realidad, hubiesen hecho que Dolor y dinero fuese una película memorable.

PAIN AND GAIN

La nueva musa de Bay, Mark Wahlberg se encuentra perfecto en la piel de ese cacho carne de basura blanca que es Daniel Lugo y su química con Anthony Mackie (futuro Falcon en el universo Avengers) y el entrañable (y también omnipresente) Dwayne Johnson es excelente y se convierte en el mayor valor de la película. No debemos obviar al reparto femenino de la cinta, que lejos de ser mujeres florero “à la Bay” cuentan con alguno de los mejores gags del film:  una Rebel Wilson (con una situación laboral envidiable como The Rock y Jeong) en estado de gracia como cura-penes y una espectacular (por físico y por el intelecto de su personaje) Bar Paly como stripper/agente de campo/chica para todo.

Si bien este Dolor y dinero no contará con una secuela (la historia es autoconclusiva a más no poder y las cifras de taquilla conseguida no conseguirán el milagro), ni supondrá un hito generacional como las torrentadas de Lowrey y Burnett, sí se merece un espacio pequeño (y completamente  limitado y eventual) en nuestro corazoncito fílmico gracias a la citada química de sus protagonistas y a ese tufillo noventero del film, culminado por uno de los mayores himnos de 1995 (el mismo año de producción de Dos policías rebeldes) y tema principal de Mentes peligrosas, la gigantesca “Gangsta’s Paradise”. “Power and the Money, money and the power”.