Crítica: Aves de presa (y la fantabulosa emancipación de Harley Quinn)

“Harley Quinn no necesitaba un novio, necesitaba amigas”. Así lo ha expresado Margot Robbie en varias entrevistas a propósito del spin-off de Escuadrón Suicida centrado en su popular personaje. Aves de presa (y la fantabulosa emancipación de Harley Quinn) se apoya completamente en esta idea. Harley sale de la sombra de su poderoso novio, el Joker, para dejar de ser “la chica de” y encontrar su lugar en el mundo. Una tarea complicada cuando no tienes la cabeza muy en su sitio, pero más llevadera cuando encuentras a otras mujeres en tu misma situación.

Aves de presa no borra los acontecimientos de la infame Escuadrón Suicida, sino que los utiliza como trampolín para crear una nueva historia con fundamento. Aunque Jared Leto no aparece en la película, su personaje está presente en todo momento para recordar a Harley quién ha sido a su lado y quién quiere ser sin él. Además del Príncipe Payaso del Crimen hay otras referencias a la película que convirtió a Harley Quinn en el disfraz favorito de media humanidad, guiños a otros personajes y un prólogo recapitulador que resume la biografía completa del personaje antes de iniciar su proceso de emancipación y convertirla en la gran protagonista de su nueva vida.

Con solo una película, Robbie convirtió a uno de los antihéroes más populares de DC en uno de los personajes más icónicos del cine reciente. Harley fue casi por unanimidad lo mejor de Escuadrón Suicida, y la actriz, que ejerce como productora en el spin-off, sabía que lo mejor para ella era sacarla de ahí y darle un nuevo grupo. Aves de presa es la rocambolesca historia de cómo se forma esta nueva pandilla femenina. Todo comienza con Harley abandonando al Joker, lo que alerta a todos sus enemigos de que, sin la protección de su novio, por fin hay vía libre para cazarla. A partir de ahí, se desata la locura.

Al más puro estilo John Wick, Harley pasa a ser el blanco de todos los malhechores de Gotham a los que hizo alguna jugarreta en el pasado. La ciudad entera se vuelve en su contra, incluido su villano más sádico (con permiso del Joker), Roman Sionis (Ewan McGregor), quien ha marcado como objetivo a una niña llamada Cass (Ella Jay Basco), que acaba bajo la protección de Harley. Sus caminos se cruzan con La Cazadora (Mary Elizabeth Winstead), Canario Negro (Jurnee Smollett-Bell) y Renee Montoya (Rosie Perez), tres mujeres agraviadas, cada una con su propia historia de emancipación, que no tendrán más remedio que unirse a Harley para derrotar a su enemigo común.

Aves de presa es una explosión de energía, color y violencia. Cathy Yan (Dead Pigs) dirige un espectáculo desenfadado y caótico en el que las mujeres de DC pasan al frente para protagonizar una historia retorcida de empoderamiento femenino y sororidad. Con estilo videoclipero, toneladas de actitud, una banda sonora que es dinamita y escenas de acción de lo más brutal (se nota la mano de Chad Stahelski, el director de John Wick, contratado para supervisar escenas adicionales), Aves de presa se desmarca del resto del Universo DC para seguir experimentando con sus posibilidades. El resultado es irregular, pero tremendamente divertido y decididamente gamberro.

Por supuesto, la estrella incontestable de la película es Robbie. La actriz vive y respira al personaje, a quien humaniza sin traicionar su espíritu volátil y amoral. Su trabajo es brillante, desde la autoconsciente voz en off tipo Deadpool hasta cómo se desenvuelve en la acción, pasando por unos primeros planos que enmarcan su rostro subrayando su talento para transmitir emociones. Además, el personaje también ha sido reconfigurado para desesclavizarlo de la mirada masculina, conservando su indudable naturaleza sexy, pero sin caer en la hipersexualización. Lo mismo se puede decir del resto de personajes femeninos, de los que destaca sobre todo una Mary Elizabeth Winstead feroz en las escenas de acción y muy divertida en las demás. McGregor por su parte también resalta como Black Mask con una interpretación a base de desquicio y amaneramiento, como un villano Disney armarizado con su propio secuaz enamorado (Chris Messina).

Pero Aves de presa está lejos de ser perfecta. Precisamente Black Mask es uno de sus puntos débiles. Salta a la vista que McGregor se lo está pasando en grande con el personaje, pero la película no sabe aprovecharlo del todo, y como le ocurre a tantos villanos en el cine de superhéroes, se queda en la superficie y acaba difuminándose en el acto final. Lo mismo le ocurre a varios otros personajes secundarios, como Canario Negro y Cass, a las que tampoco llegamos a conocer muy bien. En general, el guion introduce elementos y personajes para más adelante no sacarles partido o incluso olvidarse de ellos (se podía haber hecho mucho más con la hiena de Harley, por ejemplo).

Aunque supone una mejora enorme con respecto a Escuadrón Suicida y continúa la buena racha creativa de DC, Aves de presa sigue exhibiendo algunos de los problemas que lastraron a las primeras películas de su era moderna. Al principio le cuesta arrancar y encontrar el tono, los saltos en el tiempo de la narración no lineal perjudican al ritmo y se nota que ha habido dificultades para estructurar la película. Por otro lado, el humor no siempre resulta efectivo y desde luego no es para todo el mundo. Y por último, lo más importante, la película pasa tanto tiempo con los personajes por separado que cuando por fin se juntan, ya no queda apenas metraje. Sí, la batalla final es una gozada, pero aun así nos quedamos con las ganas de ver más escenas de grupo, de que se exploren mejor sus relaciones, de que se aproveche más la divertida dinámica entre ellas que solo vemos en los últimos minutos. Es como si tuvieran miedo a gastar demasiados cartuchos de cara a una secuela.

A pesar de sus defectos, Aves de presa es una de las películas más originales y potentes del DC reciente. Una auténtica fiesta que tiñe de color y purpurina la oscura Gotham y nos muestra el lado más desatado del estudio. Abundantes huesos rotos, una trepidante persecución en patines, una nube de cocaína que es para Harley como las espinacas para Popeye… Cualquier cosa es posible en una película que ha decidido mandar las reglas a la mierda y parece hasta arriba de éxtasis. Excéntrica, ultraviolenta y orgullosamente feminista, salvaje pero con su punto de ternura, liberada y emancipada, Aves de presa es la rebelión femenina que Harley Quinn y DC necesitaban.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: El escándalo (Bombshell)

Las acusaciones a Harvey Weinstein por acoso sexual en 2017 provocaron un efecto avalancha que marcó un antes y un después en Hollywood, repercutiendo en todas las facetas de la sociedad alrededor del mundo. Miles de mujeres alzaban la voz después de décadas de silencio por miedo a las represalias de los hombres en el poder, creándose así el movimiento #MeToo, hashtag utilizado por miles de personas para compartir sus experiencias de acoso y agresión sexual en redes sociales.

Entre las muchas personas que decidieron hablar para denunciar a sus agresores se encuentran numerosas celebridades, como la actriz Alyssa Milano (quien popularizó el hashtag originalmente), Mira Sorvino, Lady Gaga, Patricia Arquette, Rosario Dawson, e incluso algunos hombres, como Terry Crews y James Van Der Beek. Pero más allá del caso Weinstein, el suceso relacionado con el #MeToo que más conmocionó a la sociedad estadounidense fue el de la cadena conservadora Fox News y las acusaciones de acoso sexual por parte de varias mujeres a su ex CEO, Roger Ailes, uno de los hombres más poderosos de la televisión norteamericana.

Esta es la explosiva historia que narra El escándalo (Bombshell), de Jay Roach. El director, que cuenta con una amplia experiencia dirigiendo películas basadas en episodios y acontecimientos reales de la sociedad y la política norteamericana (Game Change, Trumbo, All the Way), se centra en tres personajes femeninos: las presentadoras Megyn Kelly (Charlize Theron) y Gretchen Carlson (Nicole Kidman), y la ayudante de producción Kayla Pospisil (Margot Robbie). Ellas son las protagonistas de una trama que se adentra en los rincones más oscuros de la televisión diurna en Estados Unidos para sacar los trapos sucios de la cadena favorita de Donald Trump.

Bombshell es la crónica de la caída del todopoderoso Roger Ailes (interpretado por el camaleónico y siempre excelente John Lithgow) a través de los ojos de sus víctimas, mujeres que durante años se vieron sometidas a un ambiente de trabajo sexista y tóxico en el que sufrieron cosificación constante (en Fox News las mesas son abiertas para que se vean las piernas de las periodistas) y sus cuerpos fueron tratados como mercancía o moneda de cambio por el pez gordo de la cadena. Mujeres que dijeron “ya basta” y derribaron al monstruo. Esta mirada reveladora e incisiva a los entresijos de Fox News trata de responder las dolorosas preguntas a las que las víctimas se deben enfrentar tristemente cuando deciden compartir su verdad: ¿Por qué no hablaron antes? ¿Por qué no hicieron nada para evitarlo? ¿Por qué debemos creerlas?

Lo hace con un guion en ocasiones poco sutil, pero siempre afilado, matizado y provocador, explorando el escabroso asunto que trata con garra y dramatismo, pero también con mucho sentido del humor. Y con un fantástico reparto lleno de caras conocidas (Kate McKinnon, Mark Duplass, Rob Delaney, Connie Britton, Allison Janney, Malcolm McDowell…), encabezado por un soberbio trío de actrices que se comen la pantalla. Transformadas por un prodigioso departamento de maquillaje y peluquería (lo de Charlize como Megyn Kelly es increíble) y entregadas por completo a una historia que exige máximo compromiso y dedicación, Theron, Kidman y Robbie honran con sus interpretaciones a las víctimas de Ailes y a todas las mujeres que, como ellas, se han atrevido a dar el paso.

Puede que Bombshell recuerde demasiado a cintas como La gran apuestaEl vicio del poder, de las que parece tomar mucho prestado, pero esto no debería menoscabar su valor. No solo es una película explosiva y escalofriante, sino también una historia del #MeToo oportuna y necesaria, una herramienta valiosa para abrir ojos y concienciar sin olvidar en ningún momento el entretenimiento cinematográfico.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Yo, Tonya

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La Tonya Harding del cine se presenta a lo Yo, Claudio, como la emperadora del patinaje artístico y la América de los paletos en todo su esplendor trash. Yo, Tonya, asevera con firmeza, sin miedo, y dispuesta a ser ella misma en todo momento, negándose a claudicar ante las normas del buen comportamiento y la imagen impoluta del deporte para el que nació. La Tonya Harding del cine es Margot Robbie. Que es como cuando en una serie a un personaje le preguntan quién protagonizaría una película sobre su vida, y este responde nombrando a la estrella más guapa y de moda que le viene a la cabeza. Es ridículo, pero es parte de la broma.

Porque Yo, Tonya es un biopic que se toma en serio a sí mismo en la justa medida. La película, dirigida por Craig Gillespie (Lars y una chica de verdad), deja claro desde sus créditos iniciales que se trata de una reconstrucción libre de los hechos, basada en las declaraciones contradictorias y probablemente parciales de sus protagonistas. Este disclaimer asienta el tono de la película, donde reina la sorna y la irreverencia. Y es que Harding no es una figura pública que se preste a un biopic en serio. Para contar su historia hay que tener ganas de provocar y la cara muy dura. Afortunadamente, a Yo, Tonya no le falta nada de eso.

yo-tonya-posterLa película está narrada siguiendo las pautas del falso documental, intercalando escenas que reproducen los eventos con reconstrucciones de los certámenes deportivos, noticiarios y entrevistas a los sujetos de la historia. Desmejorándose en la medida de lo posible, Robbie se transforma en Harding para regalarnos su mejor interpretación hasta la fecha. La actriz australiana (nominada por primera vez al Oscar por este papel) está simplemente sensacional. Visceral, divertida, desgarradora, feroz… Un auténtico espectáculo. Lo suyo justifica que volvamos a utilizar la trillada expresión tour de force, porque es justo lo que hace. Pero no está sola, la acompaña un elenco secundario a la altura, del que destacan la todoterreno Allison Janney, magistral e hilarante (ella y su pájaro nos dejan algunos de los mejores momentos cómicos del año), y un sorprendente Sebastian Stan.

Aunque la película puede llegar a estirarse demasiado en su recta final y caer en la repetición (por no hablar de lo mucho que distraen los pobres efectos digitales con los que se superpone el rostro de Robbie en el cuerpo de su doble), la mayor parte del tiempo resulta divertidísima y fascinante, sobre todo teniendo en cuenta que lo que relata está basado en hechos reales, concretamente en uno de los episodios más extravagantes, vergonzosos y mediáticos del deporte estadounidense. Yo, Tonya es un homenaje semi-hagiográfico y muy gamberro al personaje público, a la villana incomprendida (la película insiste en exculpar a Harding y mostrar que no sabía nada de la brutal agresión a Nancy Kerrigan) en el que Gillespie y Robbie indagan en sus sueños y miserias personales para humanizar con éxito a la patinadora más odiada del deporte.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Escuadrón Suicida

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Cuando con tus héroes no consigues conectar del todo con la audiencia, pide ayuda a tus villanos. Sobre el papel, Escuadrón Suicida (Suicide Squad) tenía todo lo necesario para ser la gran película de “superhéroes” que situaría a DC en el buen camino. Un cóctel explosivo de acción y humor gamberro con un buen cast y lo más granado de su villanía reunido para repartir mamporros a ritmo de rock’n’roll y hip hop. ¿Qué podía salir mal? Pues todo. O casi todo. Bajo la batuta de David Ayer (guionista de A todo gas y director de Fury), Warner/DC trata de corregir el curso de su Universo Extendido, pero cae en todos los errores posibles (y unos cuantos extra) haciendo que nos preguntemos varias cosas: ¿Cómo es posible estropear un material tan jugoso? ¿Qué es exactamente lo que pretende el estudio? Y, ¿cuándo se van a dar cuenta de que necesitan un cambio urgente de equipo creativo?

Escuadrón Suicida se postulaba como una alternativa corrosiva e irreverente a los superhéroes de DC ya presentados en cine, pero ni es tan graciosa como parecía (“publicidad engañosa” se queda corto), ni tan loca como se empeña en hacerte verni todo lo cafre que debería. Y es que es muy difícil dar rienda suelta a la locura y el sadismo de estos psicópatas cuando la película está restringida por una calificación por edades errónea (es bastante violenta, pero se nota que no todo lo que quería, y si hubiera obtenido la R, como Deadpool, habría sacado mucho más partido de su material). Pero este es solo uno de sus problemas, y ni siquiera es el más importante. Lo que hace que Escuadrón Suicida se desmorone completamente es su total y absoluta falta de coherencia, sentido y estructura. Simplemente no hay historia, solo un caos narrativo en el que se acumulan momentos, escenas, clichés y viñetas sin ton ni son, algo que pone de manifiesto sus fallos de base: esa dependencia de la iconoclastia vacía como herramienta para (no)narrar y una evidente carencia de visión general.

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Ayer, que además de dirigir escribe el “guion” (énfasis en las comillas), forcejea para dar forma a la película, algo que el montaje -y el obvio remontaje urgente– potencia incluso más: salta a la vista la desconexión entre cineasta y estudio, la mano negra de Warner, los retoques de última hora, y todo lo que hace que la película esté tan fragmentada y parezca un producto inacabado. Pero empecemos por el principio, que es justamente algo que la película no hace. Sin ningún tipo de contextualización o preámbulo, la agente del Servicio de Inteligencia Amanda Wallis (Viola Davis) presenta su plan para reunir al Task Force X, formado por los psicópatas, monstruos y asesinos más peligrosos del mundo, para… para nada en concreto, solo porque sí. ¿En qué consiste el plan exactamente? ¿Cuál es la razón para ponerlo en marcha? ¿Contra qué deben luchar? No lo sabemos. No se nos cuenta. Como mucho se justifica con un “por si acaso”. No existe una amenaza como tal, sino que se va creando sobre la marcha, de hecho, se inventa a mitad de la película. Es como una paradoja temporal. Primero se crea la solución a un problema inexistente (aun a sabiendas de que la cura puede ser peor que la enfermedad) y a partir de esa solución nace el problema. Solo que no parece que esté pensado así, sino que más bien da la sensación de ser el resultado de una planificación narrativa desastrosa.

Con el plan de Amanda llegan las presentaciones. Rótulos cuquis en la pantalla, y énfasis en varios personajes por encima de los demás, lo que desde el principio aporta un gran desequilibrio, que será la tónica del resto del film. Deadshot (Will Smith), Harley Quinn (Margot Robbie) y El Joker (Jared Leto) son los que más interesan (por el star-power de sus actores o por lo icónico de sus personajes), y a ellos sobre todo se dedican los primeros 20 minutos de caótica y repetitiva sobre-exposición. Si hay que presentar a Harley Quinn dos veces, o tres, se hace, aunque eso suponga que el resto de personajes tengan que ser introducidos con calzador en los lugares menos indicados y nunca lleguen a tener entidad: “Por cierto, esta es Katana, tiene una katana. Ah, y casi se me olvidaba, este es… (esperad que googlee, porque no me acuerdo de su nombre)… Slipknot. No os hace falta saber demasiado sobre él, es un mero recurso narrativo”. Así es el tratamiento de los personajes en Escuadrón Suicida. Unos aparecen y desaparecen aleatoriamente (Joker), otros son el colmo de lo unidimensional (Capitán Boomerang, Killer Croc, reducidos a un par de chistes), algunos se quedan a medias (la propia Amanda, verdadera villana del film, cuya personalidad queda sin explorar como se merecía) y la mitad son relleno. Una cosa es que sea difícil manejar un reparto numeroso (uno de los mayores obstáculos del cine de superhéroes) y que esto juegue en detrimento de la película, otra muy distinta este despropósito. Y entonces empieza la acción de verdad, pero no sabemos cómo, por qué, o hacia dónde exactamente se dirige la trama y sus personajes.

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Esto es lo que pasa cuando quieres empezar a construir la casa por el tejadoEscuadrón Suicida es una película que debería existir sobre un universo de ficción mucho más asentado y definido. Y a esto me refería con lo de “falta de visión general”. DC quiere construir un completo universo expandido en dos días, y para ello está forzando las conexiones entre entregas. Lo vimos en Batman v Superman, y lo volvemos a ver en Escuadrón Suicida, donde los cameos son incluso más gratuitos y peor encajados. Al final, más que una película, parece que estamos viendo un checklist de ingredientes imprescindibles del cine de superhéroes que hay que ir tachando. Una lista que empieza a tomar más items prestados de Marvel. Seguramente no andaríamos desencaminados si pensásemos que DC creía tener entre manos su propia Guardianes de la Galaxia. El planteamiento (“los peores héroes de la historia” forman equipo), el humor más desenfadado o el clímax forzadamente emotivo (en el que tenemos que creernos que los malotes tienen corazón y son una familia a su manera) así parecen indicarlo, pero en lugar de beneficiar a la película, lo que hace este extraño “tuning” es dejar constancia de su desdoble de personalidad y esquizofrenia tonal. De nuevo, esto podría haber sido intencionado, incluso conveniente (¡la película está protagonizada por un puñado de locos!), pero no es más que otro reflejo de la confusión que impera en DC.

Y ahora, detengámonos en uno de los aspectos más lamentables de la película, la guinda sobre el pastel: su flagrante machismo. Acepto sin problemas que la imagen explosiva e hipersexualizada de Harley Quinn sea inherente al personaje, pero eso no justifica el tratamiento tan denigrante y pueril que recibe, con el único objetivo de abastecer de material masturbatorio a los fanboys. Pero no es solo Harley Quinn y sus shorts metidos hasta el útero, o los doscientos planos de su culo. La película en general parece hecha por unos “machotes” que son incapaces de ver a la mujer como algo más que “esa cosa diferente a nosotros” que está ahí para ponernos cachondos o poseer (a menos que sea nuestra madre). Y esto salta a la vista por muchas cosas, que van de lo indignante a lo directamente repugnante: los continuos comentarios babosos a cualquier mujer que aparezca en pantalla (sea un personaje importante o una guarda de seguridad sin diálogo) sin que estas respondan; los incontables apelativos “cariñosos” con los que los personajes masculinos recuerdan constantemente a las mujeres que son solo eso, mujeres, mientras ellos pueden ser todo lo que les plazca, que para eso son los machos alfa; el hecho de que las tres “meta-humanas” de la película hayan de tener a la fuerza tramas románticas y sean definidas en gran medida por esto; o los vergonzosos diálogos tipo “No creas que no te pegaré porque seas mujer” o “¡Es tu mujer, ve a darle un palo en el culo y arregla esto!” (Deadshot animando a Flag a que dome a su hembra, que está a punto de acabar con el mundo), que van más allá de la caracterización disfuncional de los anti-héroes y son una base importante del humor de la cinta. Sencillamente inaceptable.

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Sin embargo, el reparto de Escuadrón Suicida está a punto de salvar la función. Entre todo lo malo, los actores son de lo poco que funciona, pero aun así tampoco cumplen las expectativas y no pueden compensar el hecho de que la mayoría de personajes, incluso los más carismáticos, sean tan planos. Contra todo pronóstico, Will Smith es quien hace mejor trabajo de todo el cast, mientras Jay Hernandez (Diablo) se podría catalogar como la sorpresa del grupo y Margot Robbie y Jared Leto no están a la altura del hype. Ella tiene momentos muy resultones (la mayoría ya se habían visto en la promoción), pero la forma en la que está planteado su personaje (ver párrafo anterior) no le deja apenas trascender la caricatura, y él también construye al Joker de forma muy superficial (quizá en parte por el poco tiempo en pantalla que tiene y lo mal usado que está), quedándose muy lejos de lo que vaticinaba tanta interpretación del método y demás sandeces que el actor hizo durante el rodaje para meterse en el personaje. O sea, mucho lirili, poco lerele, como la película en general. De los demás, cabe mencionar a la inexpresiva Cara Delevingne, que estropea un personaje potencialmente muy interesante, Encantadora, con una interpretación demasiado pobre, y Jai Courtney, que a pesar de su ubicuidad vuelve a demostrar que es un actor perfectamente intercambiable. El resto, bueno, no dan para comentar mucho más.

Afortunadamente, en el apartado visual Escuadrón Suicida cumple (en esto no nos engañan los tráilers). Aunque una vez más no se tenga claro que el cómic y el cine son medios distintos (qué bonitos son algunos planos-viñeta, pero qué poco aportan), la película tiene una estética muy atractiva, un sonido potente (obviemos lo irritante que puede ser la banda sonora), y está repleta de imágenes jugosas, estallidos de acción fardona y espectacular en un envoltorio que fusiona mugre y psicodelia, oscuridad y color, de forma acertada, con lo que al menos aporta dinamismo y evita el aburrimiento. Claro que de nada sirve tener componentes individuales de primera y ocasionales buenos momentos si van a formar parte de algo tan inconsistente, desordenado, arrítmico, confuso… y además tan poco original. Porque ese es uno de sus mayores delitos, actuar como si fuera distinta para acabar haciendo exactamente lo mismo que el resto de películas de superhéroes (con diálogos plantilla y el enésimo Apocalipsis y agujero gigante sobre una gran metrópolis, aunque parezca mentira), pero peor. Después de todo, sus promesas quedan en agua de borrajas y Escuadrón Suicida no es la película que esperábamos, sino la que temíamos. Es una pena que DC haya desaprovechado así esta oportunidad de oro. ¿Cuántas más le vamos a dar?

Pedro J. García

Nota: ★★

Crítica: La leyenda de Tarzán

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Hay dos maneras de hacer un remake o volver a contar por enésima vez una historia en el cine: haciéndolo muy bien o aportando algo nuevo, algo distinto a lo que hemos visto en las anteriores iteraciones de la historia. La leyenda de Tarzán opta por la segunda vía. La película dirigida por David Yates (responsable de las cuatro últimas películas de Harry Potter y su spin-off Animales fantásticos y donde encontrarlos) toma al famoso personaje creado por Edgar Rice Burroughs y nos lo presenta bajo una nueva luz, tratando de no repetir la misma historia que se ha llevado al cine en varias ocasiones, y que el clásico Disney de 1999 se encargó de inmortalizar para las nuevas generaciones. Así, La leyenda de Tarzán se construye como secuela que se inicia presentándonos la faceta menos explorada del personaje: su vida burguesa en Inglaterra después de abandonar la jungla y adoptar la identidad de John Clayton III.

La historia de Tarzán forma parte del imaginario colectivo, por lo que el film no se detiene demasiado en sus orígenes, únicamente mostrándonos varios flashbacks necesarios para unir pasado y presente. De esta manera, La leyenda de Tarzán se centra en contar el regreso a la jungla de John, conocido en Londres como Lord Greystoke (Alexander Skarsgård), junto a su amada Jane (Margot Robbie). Clayton, convertido en leyenda en la capital británica, es invitado al Congo para servir como emisario comercial del parlamento, pero no acepta hasta que un diplomático norteamericano, George Washington Williams (Samuel L. Jackson) le desvela que los belgas están esclavizando a la tribu que hace años fue su familia. Junto a él y su mujer, Clayton regresa a su verdadero hogar para acabar con los planes de Leon Rom (Christoph Waltz), el corrupto capitán detrás de la trama homicida del rey belga para hacerse con el Congo y sus recursos naturales, un plan malvado que conecta directamente con el pasado de Tarzán y destapa heridas que no llegaron a cicatrizar nunca.

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A partir de las historias de Burroughs, Yates y sus guionistas componen una película que trata por todos los medios de ofrecer algo distinto, de mostrarnos a un Tarzán de los Monos más oscuro, más violento, una versión de la historia en cierto modo más actualizada, con mucha acción “moderna” (es decir, pensada para el 3D). Tanto es así, que por momentos La leyenda de Tarzán parece una película de superhéroes, en la que un justiciero con poderes extraordinarios recupera su súper-identidad después de permanecer inactiva (pero latente) durante años. Pero los esfuerzos son en vano, y a pesar de contarnos algo relativamente nuevo, el déjà vu es inevitable, y acabamos teniendo la sensación de que estamos viendo lo mismo de siempre. La razón es una aproximación excesivamente convencional, superflua y carente de fuerza creativaLa leyenda de Tarzán es una película insípida, sin verdadero interés, un trabajo que no aporta nada interesante al canon cinematográfico del personaje, ni a la actual corriente de puestas al día de los cuentos clásicos.

Si al menos hubiera otros alicientes que compensasen esta monotonía y falta de ímpetu, podríamos intentar salvarla. Pero La leyenda de Tarzán renquea en todos sus departamentos. Su reparto es cuanto menos irregular: la presencia física de Skarsgård es indudablemente imponente y el actor hace buen uso del lenguaje corporal para componer al personaje, pero aun con esas su interpretación resulta inexpresiva, escasa, algo parecido a lo que pasa con el impresionante Djimon Hounsou; Robbie es buena actriz, pero está muy mal escogida para este papel, y su aspecto indudablemente contemporáneo chirría con el entorno (además, el tratamiento de su personaje deja mucho que desear, insistiendo de boquilla en que Jane no es ninguna damisela, para ponerla en este rol durante la mitad del metraje y reducirla a eso; no chirriaría tanto si no lo dijera tanto, porque una cosa es decirlo, y otra demostrarlo -y no le estoy hablando a Jane, sino a los guionistas); Jackson ejerce como alivio cómico interpretándose a sí mismo, pero sus momentos 100% jacksonianos, por muy simpáticos que sean, son poco oportunos y revelan una gran desesperación por hacer que la película tenga algo de chispa; y por último, el de Waltz es el enésimo villano desdibujado y aburrido que nos deja el blockbuster actual, un personaje que a su vez es la enésima prueba de que el repetitivo y afectado actor austríaco siempre ha hecho y seguirá haciendo lo mismo una y otra vez.

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Aunque no lo creáis después de todo esto, La leyenda de Tarzán no es del todo mala película (podría haber sido mucho peor). Lo que sí es es una película muy mal hecha. Parece mentira que su presupuesto ascendiera a 180 millones de dólares, porque en pantalla no se nota por ninguna parte. La inconsistencia visual del film es increíble (parecen tres películas de diferentes estilos mal pegadas). Por un lado, tiene ocasionales destellos de fuerza y contundencia que atronan los sentidos, y los escenarios naturales africanos dejan estampas preciosas, pero por otro, el empaque que la cinta podía haber tenido (y que tiene por momentos) se va al traste por culpa de una gran cantidad de planos pixelados y desenfocados, imágenes nocturnas con un nivel de grano inaceptable, zooms artificiales que estropean la imagen, un montaje torpe que en lugar de cubrir estos defectos los acentúa, y lo peor de todo, unos efectos digitales lamentables (flaco favor le ha hecho tener tan cerca El Libro de la Selva de Disney), con cromas chirriantes y falsísimas criaturas CGI (incluyendo un Tarzán de videojuego que parece hecho en 2001). En definitiva, la película no funciona a ningún nivel, ni siquiera como pasatiempo o espectáculo, que es lo mínimo a lo que debería aspirar, y parece una versión inacabada que todavía no estaba preparada para su proyección en cines.

Pedro J. García

Nota: ★★½

El lobo de Wall Street: “¿Quién quiere vivir en el mundo normal?”

THE WOLF OF WALL STREET

Martin Scorsese desde luego que no. El cineasta neoyorquino siempre se ha caracterizado por su compromiso con la desmesura y la voluptuosidad cinematográfica, pero con su último trabajo, El lobo de Wall Street, se zambulle en la locura más depravada, lisérgica y bombástica de su carrera. La historia real del broker de Wall Street y orador motivacional Jordan R. Belfort, basada en su corrosiva autobiografía The Wolf of Wall Street, proporciona a Scorsese y a su actor fetiche, Leonardo DiCaprio, el material idóneo para hacer arte del exceso. El lobo de Wall Street es un ininterrumpido y descomunal delirio de tres horas de duración que se postula como uno de los viajes alucinantes y alucinados más memorables del cine reciente.

Scorsese posee una apabullante facilidad para crear imágenes y secuencias adrenalíticas que entran ipso facto en la memoria colectiva 1493279_798808363479432_1978092023_ncinéfila, y El lobo de Wall Street no es una excepción. Recordaremos para siempre a Jonah Hill masturbándose compulsivamente (con una prótesis genital) al ver a Margot Robbie por primera vez (cuántos haréis lo mismo en casa), a Leonardo DiCaprio esnifando cocaína del ano de una prostituta o la que es la secuencia más demencial de la película: Jordan Belfort volviendo del club de campo hasta las cejas de pastillas caducadas (si DiCaprio no merece un Oscar por esa escena, no sé en qué mundo vivimos). Sin embargo, lo más destacable no son estos puntos álgidos del metraje, sino cómo un Scorsese especialmente lúbrico y temerario se las arregla para mantener el ritmo en lo más alto de principio a fin, sin que su película pierda un ápice de energía en ningún momento, una hazaña al alcance de pocos.

El lobo de Wall Street es una experiencia cinematográfica trastornada, obscena y agotadora (en el mejor sentido). Una comedia (sí, comedia con mayúsculas, a pesar de su obviamente agrio y perturbador trasfondo) sobre el éxito a toda costa y el Darwinismo Social que busca la complicidad de un espectador despojado de prejuicios de cualquier clase -requisito indispensable para disfrutar de un relato franco y sin escrúpulos cuya amoralidad existe porque se presupone nuestra moralidad, y nuestra inteligencia. Parte Bret Easton Ellis, parte Judd Apatow, Terence Winter (guionista de Los Soprano y Boardwalk Empire) firma un libreto a la altura de las ambiciones artísticas de Scorsese, y lo hace alejándose del maniqueísmo sermoneador de Oliver Stone en Wall Street (1987).

El único problema es que Scorsese se entrega de tal manera al vicio y el salvajismo del mundo de Jordan Belfort que a menudo se olvida de lo que está contando y descuida cómo lo está contando (nada que no sepamos ya, forma antes que fondo y los imperdonables errores de continuidad que siempre empañan su cine). Pero como de costumbre, estas carencias se ven contrarrestadas por el sensacional trabajo de sus intérpretes. Un carismático Leonardo DiCaprio que merece más que nunca su anhelado Oscar, un feroz Jonah Hill que ha dado una vuelta de 180º a su carrera, y la gran revelación de la película: la intrépida australiana Margot Robbie, que consigue pisotear, desnuda y con tacones de aguja, el sexismo latente del film, y que hablemos de su impecable acento de Brooklyn incluso más que de sus tetas.

Valoración: ★★★★