Crítica: Christopher Robin

El cine nos ha hecho regresar a la infancia en muchas ocasiones y Disney sabe mucho de este tema. A lo largo de las décadas hemos visto cómo sus clásicos animados han pasado de generación a generación, ganando nuevos adeptos en edad escolar mientras los mayores los recordábamos y revisitábamos con nostalgia. Winnie the Pooh es uno de los símbolos más universales de la niñez, un personaje que representa la imaginación y la fantasía intrínseca la etapa previa a la adolescencia, y que se convirtió en uno de los estandartes de la Casa del Ratón. Con Christopher Robin, la nueva adaptación en acción real del estudio, Disney nos propone volver al Bosque de los Cien Acres para reencontrarnos con el adorable Pooh y junto a él, con nuestro niño interior.

A partir de una premisa muy similar a la de Hook, la película dirigida por Marc Foster (realizador de la también semejante Descubriendo Nunca Jamás) nos muestra la vida del Christopher Robin adulto, interpretado por una de esas dianas de casting propias de Disney, Ewan McGregor. El travieso e inocente niño inglés ha crecido y se ha convertido en un hombre de negocios estresado y gris. Su mujer (la abonada a Disney Hayley Atwell) le reprocha vivir solo para el trabajo y haber descuidado a su familia, concretamente a su hija, que tiene la misma edad que él cuando se escapaba a vivir aventuras con sus amigos de peluche. Un día, Pooh aparece en Londres para pedirle que regrese al Bosque de los Cien Acres, que se encuentra oscuro y marchito desde que se fue, y le ayude a encontrar a sus antiguos amigos, Igor, Piglet, Tiger y los demás, que han desaparecido. Con ayuda de todos ellos, Christopher empezará a recordar el niño que sigue viviendo en su interior.

Christopher Robin capta a la perfección la esencia de las creaciones de A.A. Milne y recupera intacto el espíritu de las adaptaciones animadas de Disney en una película rebosante de imaginación y ternura. A pesar del aspecto realista (y para muchos inquietante) de sus versiones CGI, Pooh y sus amigos siguen siendo los mismos. Como no podía ser de otra manera, el osito adicto a la miel ocupa el centro de la historia, y su traslación al mundo real se salda con muy buenos resultados. Pooh sigue siendo adorable, pero en Christopher Robin además está más gracioso que nunca. Lo mejor de la película es sin duda relación con Christopher, que nos deja momentos muy divertidos y emotivos, salpicados de esos buenos consejos que suele dar sin ser consciente de su sabiduría.

A pesar de contar una historia demasiado familiar y echar mano de muchos tópicos para hacerlo, Christopher Robin acierta en su enfoque clásico y abiertamente cándido, aportando la dulzura y el optimismo que necesitamos en estos tiempos de cinismo. Llevándonos de vuelta al Bosque de los Cien Acres, la película nos recuerda la importancia de no perder el contacto con el niño que fuimos, y aunque es un mensaje alegre y luminoso, no está exento de la melancolía propia de este tipo de relatos. Claro que eso es precisamente lo que la hace tan apta para niños y adultos (incluso más recomendable para adultos), que tiene fantasía y aventura para los más pequeños, pero no omite los aspectos más tristes y oscuros de la historia, ofreciendo una lectura más profunda que los mayores serán capaces de entender mejor.

Con una perfecta interpretación protagonista por parte de Ewan McGregor, un acabado visual mágico y un mensaje muy valioso a pesar de no ser muy original, Christopher Robin se suma a la complementaria Peter y el dragón como una de las entregas live-action más inspiradas (y seguramente infravaloradas) del Disney reciente. Y es que, en lugar de simplemente rehacer algo, toma su esencia y le insufla nueva vida. El resultado es una película preciosa y llena de encanto que rinde un oportuno homenaje al legado de A.A. Milne y nos hace sonreír mientras echamos la vista atrás.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Guerra Mundial Z

Verano se escribe con B de blockbuster. Más de un mes después de su estreno en Estados Unidos nos llega Guerra Mundial Z, y lo cierto es que esta superproducción protagonizada por Brad Pitt irrumpe en nuestra escuálida taquilla estival habiendo dejado ya muy atrás la gran expectación y el hype que generaba. Y quizás sea mejor así, porque la película de Marc Foster (Descubriendo Nunca Jamás, 007: Quantum of Solace) no termina de cumplir las expectativas.

Lo que propone Foster con Guerra Mundial Z -adaptación muy libre de la novela homónima de Max Brooks– es una novedosa aproximación al género zombi (que ya fue reinventado hace poco por Warm Bodiespor cierto), una relectura en clave de thriller de acción y película de catástrofes con dosis de terror que prescinde del gore y el humor que caracterizan al cine Z. Es decir, se utiliza la moda zombi como cebo para consumir el clásico blockbuster veraniego sobre la humanidad en peligro protagonizado por un hombre blanco norteamericano que la salva él solito con sus propias manos. El supersoldado americano está en este caso personificado por el siempre rentable y siempre solvente Brad Pitt (aunque podría ser Tom Cruise y no nos habríamos dado cuenta). Guerra Mundial Z está plenamente al servicio de la gran superestrella de Hollywood. Es difícil encontrar un solo plano de la película en el que Pitt no aparezca (a ser posible en primer plano), y aunque oficialmente haya más personajes, en realidad estos no existen. Solo Brad.

Los zombis de Guerra Mundial Z no son nada parecido a lo que nos tiene acostumbrados el género, no son los muertos vivientes de Romero, sino humanos infectados por un virus que los convierte en bestias salvajes (aunque descerebradas como de costumbre) con fuerza sobrehumana y gran velocidad, más próximos a los de 28 días después. Monstruos que forman mareas de no-muertos, una plaga que amenaza con destruir el planeta. En este sentido, funcionan a varios niveles. Facilitan la acción más vertiginosa y espectacular a la vez que sirven de excusa para construir una historia clásica de amenaza pandémica. Como podéis comprobar, la ambición de Guerra Mundial Z consiste en no restringir el relato a un solo género. El problema es que el ímpetu con el que arranca la película se va desvaneciendo gradualmente, y llega un momento en el que tenemos la sensación de que se ha perdido la ilusión por el proyecto y se ha puesto el piloto automático -no quiero decir nada, pero detrás del guion está nuestro amigo Damon Lindelof, al que acompaña nuestro otro amigo, Drew Goddard, además de Matthew Michael Carnahan.

La primera hora de Guerra Mundial Z es sencillamente brutal. La película abre con una espectacular secuencia de esas que van directas al grano y disponen el tono a seguir. Después de una breve (menos mal) exposición de la situación mundial, se inicia una especie de relato por fases, un videojuego en el que nuestro héroe avanza niveles en busca de la cura para la humanidad. La magnífica realización de Foster nos regala secuencias de infarto, hábilmente planeadas y mejor ejecutadas. Set pieces en los que la cámara saca el máximo partido de la acción y los espacios para agitarnos y sobresaltarnos, manifestando un dominio absoluto de la tensión. Por desgracia, en su segunda hora Guerra Mundial Z se desinfla. La razón: varias reescrituras, retrasos en la producción, polémicas internacionales y evidentes problemas en la sala de montaje. Es entonces cuando empiezan a manifestarse las muchas carencias del guion, y nosotros comenzamos a preguntarnos si lo que está ocurriendo realmente tiene sentido.

La última fase en Gales se alarga más de lo debido, para cuando llega el clímax -patrocinado por Pepsi– se han agotado las ideas, y las ganas. La seriedad, e incluso grandilocuencia, con la que se enfoca la película se vuelve en su contra, produciendo el efecto contrario al deseado. Ya no sentimos tensión o miedo como al comienzo (algunos incluso empezarán a reírse de ella en este punto), y esto hace que prestemos mayor atención a pequeños detalles que evidencian la gran ineptitud de los guionistas a la hora de desenlazar la historia. Guerra Mundial Z deviene así en un sinsentido en el que los personajes (Brad y una pandilla de científicos tontos) toman una decisión cuestionable detrás de otra, y donde las piezas acaban encajando de la manera más fortuita. Algo parecido a lo que ocurría en otra obra maldita de Lindelof, Prometheus, aunque algo menos grave. La película opta por el final más convencional y perezoso posible -un parche de última hora después de que el original resultase demasiado brutal y polémico-, conformando un anticlímax abrupto que da paso a una lección moral para párvulos. A pesar de la espléndida primera hora, la decepción es inevitable. En su empeño por hacer las películas de zombies más accesibles para el gran público, Guerra Mundial Z se convierte en la señal definitiva de que va siendo hora de darle un descanso al género. O de que algunos no deberían jugar con él.