Crítica: Proyecto Rampage

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No hay quien derribe La Roca. Dwayne Johnson es una de las superestrellas más grandes del mundo, y tanto Hollywood como él están sabiendo cómo sacarle provecho a su enorme tirón. El éxito de Jumanji: Bienvenidos a la jungla (la película más taquillera de la historia de Sony Pictures) fue la enésima prueba de que el público adora a The Rock y que The Rock mueve montañas. Ahora, el simpático y musculoso actor vuelve a coquetear con los animales salvajes en su nueva película, Proyecto Rampage, en la que se reúne con el director de aquella desmesurada locura que fue San AndrésBrad Peyton, para hacer… otra desmesurada locura.

En Proyecto Rampage, Johnson interpreta a Davis Okoye, un primatólogo que se sabe relacionar con los animales, pero no con las personas (tópico por antonomasia que da momentos muy simpáticos). Davis mantiene un vínculo especial con George, un inteligente gorila albino a quien ha cuidado desde que nació. Cuando un experimento genético sale mal, el apacible simio se convierte en un enorme y feroz monstruo. Por si eso no fuera suficiente, el mismo experimento ha creado otras mutaciones animales gigantes que se dirigen hacia Chicago, dejando un halo de destrucción y muerte a su paso. Con la ayuda de una ingeniera genética (Naomie Harris) y un agente del gobierno (Jeffrey Dean Morgan), Okoye deberá conseguir el antídoto para detener a los monstruos, frenar una catástrofe y recuperar a su querido amigo peludo.

proyecto-rampage-posterProyecto Rampage, basada en el mítico videojuego de los 80, es quizá una de las películas más claras y honestas acerca de lo que ofrecen al público. Estamos ante una película de monstruos y catástrofes de manual, una orgía estruendosa de acción, destrucción y violencia que apura al máximo la calificación PG-13 y en la que no importa tanto la lógica como la diversión. Y Proyecto Rampage ofrece de esto último a raudales. Tenemos a The Rock exudando carisma, monstruos gigantes, mucho humor y la enésima destrucción de una gran ciudad en el cine, ingredientes infalibles para realizar cine escapista, o de palomitas, como lo queráis llamar. No todas las películas que entran dentro de esta categoría funcionan por defecto, pero Proyecto Rampage sí lo hace. No importa lo tontísima que sea (y lo es, muy, muy, pero que muy tonta, y absurda hasta decir basta), la diversión está asegurada para aquellos que suelan disfrutar de este tipo de cine.

Pero dejémoslo más claro, Proyecto Rampage no es una buena película. De hecho, tiene diálogos para taparse la cara de vergüenza, cae constantemente en lo ridículo, cuenta con una villana lamentable (Malin Akerman, posible futura nominada al Razzie), un humor que por momentos incurre en el machismo y una trama que parece ideada por un niño de 8 años. Pero eso es justo lo que esperamos de ella, porque es justo lo que vende (menos lo del machismo, para eso no hay excusa). Proyecto Rampage es más San Andrés que Jumanji, otro colosal vehículo de lucimiento para The Rock que antepone la diversión y el espectáculo descerebrado a todo lo demás y descansa principalmente en los efectos visuales (brutales, la verdad) y en el encanto sin fin de su imponente protagonista, que no necesita retoques digitales para conquistar a la audiencia.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Easy: Reflexiones fáciles para la vida moderna

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Puede que el estreno de Easy en Netflix el pasado 22 de septiembre os haya pasado desapercibido entre tanta nueva incorporación a su catálogo y el aluvión de nuevas series que nos arrolla todos los otoños. También es posible que no hayáis oído hablar de ella antes del estreno porque la campaña publicitaria ha sido prácticamente inexistente y el hype, por tanto, nulo. Yo la descubrí pocos días antes de su lanzamiento y decidí echarle un vistazo, porque a priori, su premisa era muy cercana a uno de los tipos de serie que suelo disfrutar más: las comedias dramáticas que te hablan de tú a tú.

Easy es una comedia antológica creada por el actor, guionista, productor y director indie Joe Swanberg. Su primera temporada consta de ocho episodios de aproximadamente media hora, cada uno de ellos dedicado a un grupo de personajes distintos, “vidas cruzadas” que protagonizan historias más o menos autoconclusivas. Ambientada en ChicagoEasy ofrece un vistazo muy personal a las vidas de gente de diversas procedencias, edades, razas, orientaciones sexuales y poder adquisitivo, y se propone hablarnos sobre cómo navegamos (o mejor dicho, cómo nos hundimos o salimos a flote) en la sociedad moderna. Relaciones interpersonales, amistad, romance, familia, redes sociales, apps de citas, y por encima de todo, sexo. Estos son algunos de los temas que Easy aborda a lo largo de sus primeros ocho capítulos, con los que trata de componer un fresco de la vida en la gran ciudad en el siglo XXI.

Y cuando digo “se propone” o “trata” no lo estoy haciendo de forma accidental, sino muy intencionadamente: Easy lo intenta, pero la mayor parte del tiempo falla a la hora de hacer reflexiones profundas sobre el mundo en el que muchos de nosotros vivimos. La base no es mala y afortunadamente no hay demasiada pretensión, pero Swanberg no logra decirnos nada realmente interesante con sus personajes, nada que no sepamos ya, o con lo que no se haya hecho ficción hasta la saciedad en la última década.

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Al tratarse de una serie antológica, la calidad fluctúa considerablemente a lo largo de los ocho capítulos. La cosa empieza bastante mal con “The Fucking Study” (relato sobre el sexo monógamo después de muchos años que recurre a los topicazos más hastiados), promete con el muy millennial “Vegan Cinderella” (vería una serie centrada en el adorable personaje de Kiersey Clemons), parece afianzarse con “Brewery Brothers” (nada mal Dave Franco). Pero se va al traste con los siguientes: el disperso “Controlada” (hablado casi íntegramente en español, pero menos accesible que el resto), “Art and Life” (capítulo vacío donde los haya), “Utopia” (unos desatados y despelotados Malin Akerman y Orlando Bloom descubren Tinder y se montan un trío con Kate Micucci que da para buenos gifs pero poco más) y el completamente olvidable “Chemistry Read” (en serio, no me acuerdo de qué va), para concluir regresando al personaje de Dave Franco en “Hop Dreams” y cerrar la temporada con un encore innecesario.

El problema es que Easy llega en plena burbuja de la comedia urbana sin saber muy bien qué quiere contarnos o qué intenta aportar al género. La de Swanberg es una serie (y una película) que ya hemos visto muchas veces en los últimos años, y casi siempre mejor. GirlsMaster of None You’re the Worst hacen que Easy parezca hueca e innecesaria. Incluso la malograda Togetherness, que era blanda y mediocre a más no poder, tenía más personalidad. Y por si fuera poco, 2016 está levantando el listón en lo que se refiere a heterogeneidad de voces en televisión, con cosas tan interesantes como AtlantaBetter ThingsOne MississippiFleabag, lo cual hace que esta palidezca en comparación. Aunque técnicamente no sea su intención, Easy quiere ser todas estas series en una, fusionarlas de forma sencilla en un único discurso (plural pero que refleje una misma realidad), pero no lo consigue (High Maintenance, una propuesta muy similar, lleva mucho mejor camino en este sentido). Resulta insustancial, le falta naturalidad (qué incómodo es ver improvisar a Akerman y Bloom), parece rozar por momentos la trascendencia pero siempre acaba quedándose en la superficie (con excepción de algún capítulo, como “Vegan Cinderella”, que ya hemos quedado en que es uno de los mejores) y no tiene nada verdaderamente valioso, novedoso o revelador que decir.

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A pesar de un par de destellos de lucidez y un buen reparto coral, Easy es mumblecore sin sustancia, una serie mucho más trivial de lo que se cree y una oportunidad perdida. Puede que su estreno os haya pasado desapercibido, pero quizá sea el destino intentando deciros algo: no se nos ha perdido nada en ella.

Metahumor y emoción en ‘Las últimas supervivientes’ (The Final Girls)

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Dos características principales resumen el cine (y gran parte de la televisión) de los últimos años: la nostalgia y lo meta. Ambas se reúnen para una fiesta de cuchilladas y humor en Las últimas supervivientes (The Final Girls). Esta película, dirigida por Todd Strauss-Schulson (experimentado realizador de comedia gamberra y responsable de la entrega navideña de Harold & Kumar), levantó mucha expectación el año pasado por su llamativa propuesta: un homenaje al slasher en clave de comedia que prometía humor autorreflexivo y se postulaba como imprescindible para los fans del género. La película hizo circuito por los festivales, y finalmente vio la luz de forma limitada. A nosotros nos llegó recientemente directamente en DVD gracias a Sony Pictures y 20th Century Fox Home. Pero si no la habéis visto aun, no os dejéis llevar por la dudosa etiqueta “directamente a vídeo”. En este caso, Las últimas supervivientes merece ser rescatada del “videoclub”. Es más, por su naturaleza de homenaje a los 80, ese es el lugar (metafórico) donde más encaja.

Contribuyendo a definir 2015 como el año definitivo del revival ochentero, The Final Girls se suma a otros títulos que rinden tributo de las formas más estilizadas y creativas a aquella década, como The Guest, It FollowsTurbo Kid. Pero Las últimas supervivientes tiene mucho más en común con La cabaña en el bosqueScream. Quizá por su parecido en esencia a la película de Drew Goddard y Joss WhedonThe Final Girls no tuvo el impacto esperado. Ya habíamos visto una película así recientemente, y el factor sorpresa se había desvanecido. No es que La cabaña inventase lo meta, pero lo utilizó inteligentemente para dar lugar a una de las películas de culto más destacadas de los últimos años, lo que hace que cualquier película similar posterior vaya a rebufo. Aun así, Final Girls lleva la idea de La cabaña en una dirección diferente, y la envuelve en una capa de fantasía de aventuras adolescentes, aderezada con más sátira y humor absurdo (es como ver Wet Hot American Summer con Jason Voorhees y más gracia), lo que la convierten en un film muy atractivo para paladares aficionados al género.

Las últimas supervivientes es una deconstrucción del slasher en clave de parodia, y con un toque de crítica con carácter retroactivo (“Yay feminism!”). En ella, Max (Taissa Farmiga) acude con sus amigos a un pase conmemorativo de Campamento Sangriento (Camp Bloodbath, parodia de Viernes 13 y todas las películas de campamentos que le sucedieron), en la que actúa su madre, Amanda Cartwright (Malin Akerman dando vida a una actriz de slashers y terror de serie B, como la madre de Sidney Prescott en Scream), fallecida en un accidente de coche junto a ella el año anterior. Tras un contratiempo en la sala de cine, la pandilla de Max se queda atrapada dentro de la película. En esta dimensión al otro lado de la pantalla, un lugar familiar pero desconcertante, Max tiene la oportunidad de reunirse de nuevo con su madre (aunque técnicamente no lo sea en ningún momento), pero el grupo debe escapar de la película aprendiendo a descifrar y vencer sus normas y acabando con Billy, el asesino enmascarado que pretende masacrar el campamento.

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Pero no esperéis ver mucha sangre o experimentar muchos sobresaltos viendo Las últimas supervivientes. Esto no es una película de terror, sino una comedia de aventuras que se abastece de los lugares comunes del terror para contar su historia. La luminosidad y el color invaden la pantalla (incluso en las escenas nocturnas), los sintetizadores atronan en una resultona banda sonora retro que nos transportará directamente a los 80 y nos hará sentir que Camp Bloodbath es un slasher real (atención al leitmotiv que avisa de la presencia del asesino, se os quedará en la cabeza mucho tiempo), y la violencia, aunque escasa, no hace que el espectador aparte la mirada, sino todo lo contrario, invita a admirarla por su sofisticación. Además, Las últimas supervivientes se distancia de cualquier película de terror o parodia de estas características porque contiene un núcleo emocional muy desarrollado. Aquí, los personajes experimentan un arco de transformación más allá de los arquetipos del cine de terror que representan (y desmontan, como en La cabaña), exploran sus amistades y relaciones para cambiarlas a mejor, y se enfrentan a sus pasados, especialmente la protagonista y su madre. Las dos actrices protagonistas, Akerman y Farmiga, se toman muy en serio a sus personajes y harán saltar alguna lágrima a los más sensibles.

Pero por encima de todo, Las últimas supervivientes es un juego metanarrativo muy divertido. La película va directa al grano y no contiene un minuto de aburrimiento, ya que apela en todo momento al espectador que conoce de sobra las reglas de este tipo de cine. En ella, la mentalidad resabiada del espectador actual entra en contacto con la perspectiva ingenua de los 80 para poner al descubierto sus mecanismos (choque representado en el walkman vs. iPhone). Y para hacer esto, Strauss-Schulson se vuelve muy creativo, dando forma concreta a los recursos narrativos del slasher (los flashbacks, los rótulos sobreimpresionados, la narración en off, el slow-motion, los créditos finales apareciendo al horizonte) y moviendo la cámara con mucho ingenio para dejarnos secuencias muy potentes visualmente (atención al genial plano secuencia de la pandilla atacando a Billy con trampas a lo Solo en casa o a los tramos en cámara lenta), lo que hace que la película sea muy golosa estéticamente, incluso preciosista (ese enfrentamiento final con la niebla púrpura y el cielo multicromático plagado de rayos es digno de mención).

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The Final Girls tiene cierto regusto a producto televisivo (parece una película que ha sacado máximo provecho de un presupuesto de TV), pero quizá sea porque su reparto está formado por caras de sobra conocidas por los aficionados a las series: Taissa Farmiga (American Horror Story), Malin Akerman (The Comeback), Thomas Middleditch (Silicon Valley), que es el Fran Kranz de esta película, Alexander Ludwig (Vikingos), Adam DeVine (Workaholics), Alia Shawkat (Arrested Development), Chloe Bridges (The Carrie Diaries), o Nina Dobrev (The Vampire Diaries). Los actores hacen un buen trabajo (menos DeVine, quizá, que está demasiado irritante hasta para sus fans), y la película divierte en todo momento (recordad que su intención nunca es hacer pasar miedo, así que no os están dando gato por liebre en ningún momento), con apenas 90 minutos de metraje bien empleado.

A pesar de jugar con ideas prestadas y faltarle bastante gancho y mala lecheLas últimas supervivientes merece la pena. La película no da miedo, no es políticamente incorrecta, pero no es lo que pretende, su originalidad reside en ser emotiva, incluso bonita, una historia sobre el dolor y la aceptación de una pérdida revestida con un curioso manto de neón y una puesta en escena absolutamente “tubular”.

Características del DVDFinalGirl_DVD

Las últimas supervivientes (The Final Girls)

Estudio: Sony Pictures/20th Century Fox Home Entertainment

Duración: 88 minutos

Audio: Catalán (Dolby Digital 5.1), Inglés (Dolby Digital 5.1), Castellano (Dolby Digital 5.1)

Subtítulos: Castellano, Polaco, Sueco, Turco, Finlandés, Inglés, Noruego, Danés

Relación de aspecto: 2.40:1

Contenidos adicionales: Comentario del reparto y el equipo, Escenas eliminadas, extendidas y alternativas con comentario del director opcional, Progresión de los efectos visuales, Animación de previsualización, Comentario del guionista…

Especial Pilotos 2013-14 – Parte III

The Crazy Ones

The Crazy Ones

Emisión: Los jueves en CBS

Opinión sobre el pilotoThe Crazy Ones es la nueva serie de David E. Kelley. Así que sabemos lo que esperar de ella: excentricidad (de la modalidad “payaso de cumpleaños”), gente cantandotramas profesionales entrelazadas con conflictos personales y corazón, mucho corazón (Ally McBeal style). El piloto de The Crazy Ones es todo esto. Y además es el regreso a la tele de Robin Williams y de Sarah Michelle Gellar (él se marchó hace muchos años, ella no, pero su última serie la vimos cuatro gatos). El caso es que como carta de presentación, estos primeros veinte minutos podrían haber sido mucho peor. Haciendo balance después de ver el episodio, lo que más sobra es precisamente la atracción principal: Robin WilliamsPorque no tenemos 12 años ni vivimos en 1985, y porque su humor caducó poco después de que abandonara la tele.

A pesar de su irrefrenable tendencia a provocar vergüenza ajena (por favor, que nadie cante más), The Crazy Ones funciona, y tiene cuerda para funcionar durante mucho tiempo (la audiencia ha convertido el piloto en el mejor estreno de lo que llevamos de año, así que seguramente lo hará). El reparto que rodea a Robin y SMG, que interpretan a los dueños de una agencia de publicidad (Mad Men, te están vigilando de cerca) es reducido. Tenemos a James Wolk (¡Bob Benson!), sus hoyuelos, su sonrisa y su mentón, suficiente reclamo para permanecer en sintonía. También están Hamish Linklater, y Amanda Setton haciendo el mismo personaje que en The Mindy Project (serie que abandonó para venirse a esta). De momento están desdibujados, pero conectan bien y parece que podrían dar mucho juego. La que está bien dibujada es Sarah Michelle Gellar. Grata sorpresa teniendo en cuenta que sus aptitudes para la comedia no han sido precisamente extraordinarias nunca. Dejando a un lado las sonrisas ultra-forzadas e incómodas ante los numeritos de Robin Williams (nosotros también sonreiríamos así), Sarah está encantadora y a ratos genuinamente graciosa. Gracias a que ella está ahí para ejercer de “red” de Robin Williams, nos será más llevadero aguantar su humor.

Puntuación: 6/10

Razones para quedarse: ¿He dicho James Wolk? ¿Su pelo, sus ojos, su encanto? Además de él, y nuestra SMG, tengo la sensación de que la serie nos tiene guardados momentos emotivos padre-hija que me apetece ver.

Razones para abandonar: Que no sean capaces de contener el humor de Williams y todos los episodios sean un insoportable festival de muecas, chistes para niños y voces. No es tan difícil, ya desde el principio notamos que Simon Roberts es un hombre abatido en el terreno personal. Solo tiene que llegar un momento en el que deje de usar el humor como escudo y nos liberen del sufrimiento que esto conlleva.

 

Trophy Wife ABC

Trophy Wife

Emisión: Los martes en ABC

Opinión sobre el piloto: Confirmado por enésima vez. ABC no está interesada en hacer otro tipo de comedia que no sea Modern Family. Con The Goldbergs lo dejó bien claro, y con Trophy Wife la sutilidad de su estrategia comercial brilla por su ausencia. Esta nueva sitcom de una sola cámara sigue las aventuras de Kate Harrison (Malin Akerman), una treintañera cabra loca que de la noche a la mañana se convierte en madrastra de tres hijos. Una “mujer florero” muy al estilo Gloria Pritchet que tiene que lidiar no solo con los niños, sino con sus madres, las dos anteriores esposas de su marido. Podéis imaginaros la que se monta cuando todos coinciden en el mismo lugar.

El piloto de Trophy Wife es, a pesar de lo poco original de la fórmula, un auténtico soplo de aire fresco en la nueva oferta de series USA. No hay apenas nada que reprocharle. Buenos personajes, buenas interpretaciones, risas aseguradas y un buen rollo muy contagioso. Malin Akerman está estupenda como protagonista, dando rienda suelta a su fantástica vis cómica (que ya descubrimos en la mítica The Comeback) y su adorkabilidad. Pero el resto del reparto, adultos y niños por igual, rebosa talento. Una agradable sorpresa que promete intentar ser más “moderna” que Modern Family.

Puntuación: 7/10

Razones para quedarse: La innegable simpatía de Malin Akerman, la magna presencia de Marcia Gay Harden, y una enorme robaescenas en potencia ya desde el piloto, Michaela Watkins. Y en definitiva, lo bien que funcionan todos los personajes juntos y por separado. Ah, sin olvidarnos del niño chino. Lily Pritchet-Tucker versión masculina.

Razones para abandonar: Que quizás dure poco…

 

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The Michael J. Fox Show

Emisión: Los jueves en NBC

Opinión sobre el piloto: La expectación alrededor del regreso de Michael J. Fox a la tele era muy alta. El actor, que lleva viviendo 22 años con Parkinson, vuelve para contarnos su historia de superación a través de Michael Henry, un ex presentador de noticias que regresa a la NBC después de retirarse por culpa de la enfermedad. A pesar de lo loable del esfuerzo de Fox, el resultado está muy por debajo de las expectativas. La culpa no es suya, claro. El piloto de The Michael J. Fox Show es básicamente un testimonio de superación por parte de Michael y su familia, un blanquísimo y sosísimo autohomenaje que, a pesar de invitar a reírse de la enfermedad, carece completamente de sentido de la comedia.

The Michael J. Fox Show no tiene fuerza, se queda en la superficie todo el tiempo, y su reparto no posee la química requerida para que nos creamos los “lazos de familia” que los unen en la ficción. Todo transcurre de manera impostada, artificial, y sin gracia. Da igual que los actores se esfuercen más o menos, al guion le falta chispa y no hay nada que hacer. Los chistes no son tal cosa, los personajes son planos, y tanto el argumento como el irregular tono recuerdan a la malograda serie de Matthew Perry, Go On, otra sitcom de NBC que intentaba ser graciosa pero sencillamente no tenía lo que hay que tener. Quizás un poco más de mala leche le habría venido bien al piloto. Menos tiento y corrección política, menos peloteo y más riesgo aproximándose a la enfermedad de Fox, para que de verdad nos creamos que no pasa nada por reírse. El comeback de Michael J. Fox es motivo de celebración, su serie no.

Puntuación: 4.5/10

Razones para quedarse: Confiar en que la serie logre encontrar su tono. Muchas otras comedias de NBC empiezan a medio fuelle y acaban hallando su personalidad.

Razones para abandonar: Todo lo anteriormente expuesto. Además, la interpretación de Fox está tristemente impedida por la enfermedad, que se encuentra muy avanzada, por lo que puede distraer bastante. Por desgracia, el actor no vocaliza y cuesta seguir los diálogos en los que él interviene (aunque tengamos subtítulos). Claro que esto no es lo peor. Con un buen guion quizás podría pasarse por alto. Pero parece que nadie estaba interesado en escribir una comedia.