Twin Peaks: Uuh, tengo tanta curiosidad que me voy a volver loco

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“Hola agente Cooper. Nos vemos en 25 años“. Estas son las escalofriantes palabras mágicas con las que David Lynch dejaba en suspenso la historia del agente Dale Cooper (Kyle MacLachlan), no sin antes sumirlo en un estado de locura al ser aparentemente poseído por Bob, el espíritu detrás del asesinato de Laura Palmer y otros acontecimientos siniestros. Más de un cuarto de siglo después, Twin Peaks vuelve para contarnos qué pasó después de aquel catártico último encuentro con Laura en la sala de las cortinas rojas. Pero no nos confundamos. Twin Peaks no vuelve porque la nostalgia fácil y los revivals estén de moda y dominen el panorama televisivo, sino que este regreso se lleva gestando desde el final de la serie original en 1991. El retorno de Twin Peaks no es un vuelta al pasado para rememorar tiempos mejores, es el pasado aporreando la puerta porque tenía varios asuntos pendientes con nosotros.

Había mucha incertidumbre en torno al estreno de los nuevos capítulos de Twin Peaks. Y no es para menos. Han pasado 27 años desde que la serie creada por Lynch y Mark Frost se convirtiera en un fenómeno mundial y cambiara la televisión para siempre, y tanto el medio como los espectadores han evolucionado a consecuencia de ello. Hoy en día, la televisión no es ajena a las propuestas extravagantes, a las narrativas exigentes y surrealistas, y la audiencia ya lo ha visto todo. Teniendo esto en cuenta, ¿puede Twin Peaks causar el mismo efecto que hace más de dos décadas? Puede que a nivel social no, pero después de ver los dos primeros capítulos del revival queda claro que Lynch conserva intacta su capacidad para asombrar, perturbar y frustrar, volviendo a hacer básicamente lo que le da la gana, al margen de normas, modas o corrientes de opinión. Es decir, aun estando ya acostumbrados a ver de todo, la nueva Twin Peaks sigue siendo como nada que hay actualmente en televisión. Y en ninguna parte.

Pero hay algo que sí ha cambiado. Y no tiene que ver con la serie en sí o las modas televisivas, sino con el propio Lynch. Esta Twin Peaks es Twin Peaks, pero también es algo distinto, no exactamente lo que esperábamos (si es que esperábamos algo concreto). No solo recupera (poco a poco) la esencia de la serie original, sino que la agita y diluye con el Lynch más tardío, el más resbaladizo y aberrante, el de Inland Empire (su última película como director, allá por 2006), y curiosamente también con el más temprano, el de sus cortometrajes experimentales y su opera prima, Cabeza borradora. Así, Twin Peaks se convierte en una especie de 100% Lynch, puro e inadulterado, un reflejo aglutinador de su evolución como artista y provocador.

Además de encontrarnos de lleno en la era de la nostalgia, desde aproximadamente una década también vivimos en la era de los recaps. Semana a semana, las publicaciones especializadas realizan análisis pormenorizados de los capítulos de las series que forman parte del Zeitgeist (PerdidosMad MenJuego de Tronos), hurgando en los rincones más oscuros, planteando teorías, intentando predecir lo que vendrá a continuación. Ni que decir tiene que Twin Peaks será escrutada incansablemente todas las semanas, hasta que Showtime (Movistar+ en España) haya terminado de emitir los 18 episodios del revival. Pero Lynch no creó esta serie para que lo eruditos de Vulture o The A.V. Club realizasen autoindulgentes tesinas semanales con ella, sino para que el espectador se zambullese en la aturdidora pesadilla que propone y la viviese en primera persona, sin distracciones o explicaciones de más. Por eso es aconsejable completar el ejercicio de regresión dejándose llevar por la locura lynchiana, desentrenando la mirada, sin sobreanalizar demasiado, teniendo claro que estamos ante una serie a la que cuanto más le pidamos que nos aclare las cosas, más se recreará confundiéndonos.

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Porque como decía, Lynch sigue tan terco y único como siempre. Afortunadamente. Las dos primeras horas de la nueva Twin Peaks nos devuelven al maestro de la narración onírica, del surrealismo y la comedia absurda. Pero también al Lynch más extraño y turbador (que ya es decir), y al que más disfruta poniendo a prueba la paciencia del espectador. Vuelven los trances lisérgicos de Cooper en la sala de las cortinas rojas, los mensajes crípticos del revés al derecho, las apariciones fantasmales, los crímenes macabros y los estallidos de griterío estridente (si Twin Peaks fuera un estado de ánimo, y en cierto modo lo es, sería la histeria). Vuelve Laura Palmer (en una escena que pondrá los vellos de punta a todo el mundo), vuelve la Mujer del Leño (en otra escena con la que es difícil contener las lágrimas), vuelve el humor impredecible, las lánguidas actuaciones musicales (Chromatics y Lynch, una colaboración lógica, acompañando un reencuentro precioso), los diálogos secos y dilatados, y los sorprendentes montajes visuales que parecen de broma (ahora más chocantes porque Lynch sigue tan rústico en sus “manualidades” como hace tres décadas).

Pero esto es solo el principio (otra vez), y hay novedades, muchas novedades. Un nuevo misterio que en esta ocasión no se limita a los confines del fantasmagórico pueblo, sino que se extiende a lo largo del país, presentándonos a nuevos personajes (incluida una rama parlante que será sin duda la incorporación más popular a la serie) y nuevas piezas de un puzle con el que Lynch se sumerge, ya de cabeza y sin ambigüedades, en el género fantástico. Y por último, pero no por ello menos importante, en los nuevos capítulos, Twin Peaks es más delirante y terrorífica que nunca. Las deformidades propias de los primeros trabajos cortos de Lynch reaparecen para provocar los escalofríos más intensos en imágenes que difícilmente podrán borrarse de nuestra memoria (sí, estoy hablando de lo que ocurre en la caja de cristal en el primer capítulo), demostrando una vez más que el terror más efectivo y duradero es el que se origina en la parte más oculta del subconsciente. Y estas imágenes (por ahora) no vienen acompañadas del mítico y omnipresente score de Angelo Badalamenti, sino que las melodías de siempre suenan en ocasiones muy contadas y de manera velada, dejando el protagonismo a ese constante zumbido pesadillesco y desasosegante que recorría Mulholland Drive y, sobre todo, Inland Empire.

La opinión más extendida, casi universal debido a lo mucho que se repite, sobre Twin Peaks se puede parafrasear así: “No me he enterado de nada, pero me encanta”. Ese es Lynch, un autor que apela a los instintos más primarios del espectador, que narra desde una lógica interna muy personal y que, aunque es generoso con las pistas para que atemos cabos (o para que perdamos la cabeza), antepone la visceralidad a la transparencia. Ese es el Lynch que nos gusta, el que hace lo que quiere, liberado, sin cortapisas creativas. Y es que no hay otro. Cuando hace unas semanas anunció que probablemente no volvería a dirigir una película nunca más, muchos nos lamentamos por la mala noticia, yo incluido. Pero es absurdo, las fronteras entre cine y televisión nunca han estado más difusas, y precisamente Lynch es uno de los autores que siempre han estado por encima de ellas. Ahora que hemos vuelto a Twin Peaks, solo me queda alegrarme por tener casi 20 horas nuevas de puro Lynch y dar las gracias por haber llegado vivo a verlas.

Riverdale: La reinvención de Archie merece ser vuestra nueva obsesión

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Lo reconozco. Soy como un niño o un adolescente que se obsesiona por algo durante un periodo (más bien breve) de tiempo, y no puede pensar en otra cosa. Y mi mayor obsesión actual se llama Riverdale, el ambicioso nuevo drama de la cadena CW que en España emite Movistar+, y que ha llegado pisando fuerte para satisfacer mi naturaleza de quinceañero forracarpetas, y la de todos los que disfruten de las buenas series de adolescentes, tengan la edad a la que (en principio) se dirigen, o sean un público más talludito, como es mi caso. Sea como sea, Riverdale está hecha para enganchar, para enamorar como un primer cuelgue, para excitar en todos los sentidos posibles de la palabra, y yo os aconsejo que os dejéis llevar, porque a nadie amarga un dulce.

La CW es probablemente la cadena que mejor conoce a su audiencia. Su parrilla está compuesta de ficciones orientadas al público más joven, con énfasis en el drama, los superhéroes y el romance teen, y a lo largo de los años ha perfeccionado su fórmula. Por eso sabían exactamente cómo tenían que acometer esta reinvención de uno de los iconos más populares del tebeo norteamericano, Archie. En este sentido, el piloto de Riverdale es toda una declaración de intenciones, tan tradicional en su aproximación al género como evolucionado. En él nos encontramos a un Archie muy distinto al que conocíamos pero a la vez muy familiar, y lo mismo ocurre con sus amigos, Betty, Veronica o Jughead, que en la serie pasan por el filtro CW para convertirse en el prototipo de adolescente millennial que se ha convertido en bandera para la cadena.

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Creada por Roberto Aguirre-Sacasa (guionista entre otras de LookingSupergirl) y producida por Greg Berlanti (el arquitecto de las series juveniles de DC Comics), Riverdale lleva las historietas de Archie al siglo XXI, convirtiéndolas en un electrizante misterio en el que se pueden detectar fácilmente sus numerosas (auto)influencias. El piloto nos presenta una fusión matemática de Dawson crece, la serie teen que dio forma al género en televisión a finales de los 90, Veronica Mars, uno de los mayores títulos de culto de la cadena, y Gossip Girl, la evolución natural de las series juveniles en la era de las redes sociales. Así, los personajes de Archie se convierten en adolescentes resabiados e hipersexuales que hablan como guionistas de 40 obsesionados por la cultura popular (exactamente como Dawson Leery y sus amigos), y la historia nos remite a otras ficciones sobre pequeñas comunidades llenas de secretos, como Neptune, y por encima de todo, Twin Peaks (ahí está Mädchen Amick como nexo de unión). Aunque por supuesto también recuerda a Pretty Little Liars (cómo no, le debe mucho a CW), e incluso contiene trazas de ese manual imprescindible del género que es Mean Girls.

Esta fuerte intertextualidad que asienta los cimientos de Riverdale sostiene una carta de presentación astutamente pensada, un producto iconoclasta que entra muy bien por los ojos, que engancha con su misterio y que presenta de forma interesante a sus personajes, dándonos la información pertinente para atraparnos a la vez que plantea interrogantes que nos obligarán a volver al pueblo para desvelar sus mil y un enigmas. Por otro lado, la factura de la serie es impecable. Se trata sin duda de uno de los proyectos más cuidados de CW en el apartado técnico y visual, como atestigua su fotografía etérea y salpicada de neón, las localizaciones fantasmagóricas de los alrededores de Riverdale, el diner sacado directamente de Twin Peaks o el instituto, escenario casi irreal en el que jocks y animadoras pululan al servicio de la visión más idealizada por la ficción de los institutos norteamericanos. Todo envuelto en un aura noctura y onírica que le da un estilo diferenciado a pesar su amalgama de referentes.

Y luego está lo que no puede fallar en ninguna serie CW, que está plagada de gente atractiva para enganchar a adolescentes enamoradizos (valga la redundancia) y hacer aun más llevadero su visionado. Como mandan las normas de la cadena, los protagonistas de Riverdale son guapos, visten como si salieran de un catálogo de moda y lucen unos cuerpazos que poco tienen que ver con el aspecto que normalmente tiene alguien de 16 años en la vida real (como podemos comprobar las innumerables ocasiones en las que la serie les quita la ropa). Pero lo mejor es que saben que estás al tanto, y lo explotan con una autoconsciencia deliciosa. Sin ir más lejos, el nuevo Archie Andrews se aleja considerablemetne del clásico. Como dicen Betty y Kevin al ver a su amigo por la ventana después de las vacaciones, “¡Archie se ha puesto macizo!” Efectivamente, ahora Archie tiene la cara y el cuerpo de un Zac Efron pre-anabolizantes, cortesía del recién llegado KJ Apa, moldeado por los dioses de Tumblr para conquistar Internet y nuestros corazones (en realidad es más guapo que Efron, todo hay que decirlo). Pero mientras Archie se lleva toda la atención de sus compañeros sorprendidos por el cambio (una de las meta-referencias mejor hiladas en el piloto) y del espectador (que lo ve metido en una caliente trama muy “Pacey Witter Season 1”, ya me entendéis), son ellas las que llevan las riendas de la historia. En especial Veronica (una fusión de Jen Lindley y Serena Van Der Woodsen autocoronada reina de las referencias pop) y la mean girl Cheryl Blossom (Regina George mezclada con Lydia de Teen Wolf).

En resumen, Riverdale traslada los cómics de Archie al presente, y aunque conserva elementos clave de la historia, personajes y nombres, nos ofrece una versión totalmente renovada, mucho más oscura, sexy, y tan provocadora y progresista como cabía esperar (en esta relectura, la icónica girl band Josie and the Pussycats es íntegramente afroamericana, los personajes queer no faltan y el sexo carga el ambiente). Y es que ya nadie se escandaliza por algo tan inocente como Betty y Veronica dándose un morreo en plena audición para el equipo de animadoras. Ni que estuviéramos en 2004. Además de divertir con este tipo de momentos y su verborrea pop, la serie seduce con unos personajes bien definidos desde el principio, una potente banda sonora (Johnny Jewel, Santigold, M83) y una excelente ambientación, además de plantear un whodunit (“¿Quién mató a Jason Blossom?”) que promete muchos giros y sorpresas. Como suele ocurrir con este tipo de ficciones, Riverdale corre el riesgo de degenerar en algún momento, pero por ahora no cabe duda de que es un caramelo. Todavía es pronto para saber si está envenenado, así que mientras lo descubrimos disfrutemos de su efervescente sabor.

Pedro J. García