Crítica: Terminator – Destino oscuro

Borrón y cuenta nueva. Una máxima que se puede aplicar tanto a nuestras vidas como a las franquicias de cine que se han quedado estancadas. Esto es lo que le ocurrió a Terminator, la saga de acción y ciencia ficción creada por James Cameron que nos dio dos excelentes primeras entregas para a continuación decepcionar al público con cada una de sus posteriores secuelas. Por esta razón, para el nuevo capítulo se ha optado por ignorar completamente Terminator 3: La rebelión de las máquinasTerminator Salvation Terminator: Génesis. El estrepitoso fracaso de esta última hacía pensar que la saga había llegado a su fin, pero esta continúa en Terminator: Destino oscuro, secuela directa de la aclamada e influyente Terminator 2: El día del juicio final.

Es decir, Terminator: Destino oscuro no rompe del todo con el pasado, sino solo con el que no le interesa recordar. James Cameron regresa como productor a la saga, y con él, la mismísima Linda Hamilton, que se vuelve a poner en la piel de una de las heroínas de acción más emblemáticas del cine, Sarah Connor. Junto a ella volvemos a encontrarnos con la cara visible de TerminatorArnold Schwarzenegger, y un elenco de caras nuevas que sirven como relevo generacional a los veteranos de la saga. Terminator: Destino oscuro ha despertado (y seguirá despertando) muchas comparaciones con Star Wars: El despertar de la Fuerza, por cómo hace reboot mirando al pasado y por recuperar la estructura de sus primeras películas en un ejercicio nostálgico a la vez que renovador.

Han pasado más de dos décadas desde que Sarah Connor detuviera el Día del Juicio Final, reescribiendo el destino de la raza humana, y la vida en la Tierra continúa. La historia nos lleva a México, donde conocemos a Dani Ramos (Natalia Reyes), una joven trabajadora que vive con su padre y su hermano (Diego Boneta). Sus vidas se ven interrumpidas por la llegada de un nuevo Terminator conocido como Rev-9 (Gabriel Luna), modelo avanzado prácticamente indestructible que viaja desde el futuro para matar a la chica. Dani se verá obligada a huir, contando con la ayuda de una supersoldado del futuro, Grace (Mackenzie Davis) y una endurecida y letal Sarah Connor, que se ha pasado los últimos años luchando contra Terminators al margen de la ley. En su camino, Sarah volverá a verse las caras con su pasado, encontrando en el T-800 (Arnold Schwarzenegger) su última esperanza para detener al Rev-9.

Dirigida por Tim Miller (Deadpool), Destino oscuro supone una mejora considerable con respecto a las tres entregas anteriores, recuperando el espíritu de las dos originales y simplificando una línea temporal que se había enmarañado demasiado. La película posee un claro aroma vintage, pero a la vez cuenta una historia oportuna y muy actual al ambientarse en la frontera de Estados Unidos y México, mostrándonos los centros de detención de inmigrantes y con una protagonista latina. Por otro lado, las mujeres dominan por completo la película. El fantástico trío formado por Dani, Sarah y Grace lleva el peso de la historia y protagonizan impresionantes persecuciones y escenas de acción que hacen justicia a la reputación de la saga.

El regreso de Hamilton como Sarah Connor es uno de los mayores alicientes de la cinta. Ver de nuevo a la actriz bazuca al hombro y más guerrera que nunca nos ayuda a hacer las paces con una saga que nos había perdido. Pero la verdadera estrella del film es Mackenzie Davis, cuya vigorosa y emocionante interpretación como la cyborg Grace y su gran habilidad para el combate consiguen eclipsar todo lo demás. Davis, que ya apuntó maneras en Halt and Catch FireYoung Adult, se postula en esta película como una de las estrellas de mayor proyección en Hollywood. Por supuesto, también hay que destacar a Schwarzenegger. A él no hemos dejado de verlo, pero en Destino oscuro nos muestra una nueva cara con un T-800 más humano, llevando una vida simple en el bosque mientras espera un nuevo Apocalipsis. El  mítico actor austríaco aporta simpáticas notas de humor a una película que, como cabe esperar del director de Deadpool, no huye de la comedia en los momentos adecuados.

Pero Destino oscuro no termina de ser la gran película que podía haber sido. Es mejor que las tres anteriores, sí, pero esto no quiere decir mucho. Si bien funciona perfectamente como espectáculo de acción y emplea sabiamente los elementos nostálgicos para reproducir la experiencia trepidante y estruendosa de sus orígenes, la simpleza del guion y un ritmo irregular hacen que la película se vuelva repetitiva y algo pesada. El esquema ataque-huída se reproduce hasta la extenuación, llegando eso sí a un clímax satisfactorio en el que las piezas encajan (aunque sea a costa de acelerar la evolución del personaje de Dani).

Terminator: Destino oscuro vuelve al pasado para corregir curso en una secuela correcta que debería ser el final. Cameron da por fin a los fans de la saga lo que llevaban tiempo esperando, una continuación digna, llena de violencia, acción brutal, efectos impresionantes y con la emoción que supone ver a Hamilton y Schwarzenegger juntos de nuevo. Aunque la premisa de Terminator permite volver a empezar una y otra vez, el destino por fin se ha cumplido y es mejor no volver a tocarlo.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

‘Tully’ es una de las mejores películas de 2018, pero casi nadie se acordó de ella

Dejamos atrás la estresante época de las listas de lo mejor y lo peor del año. Durante un momento, tuvimos la sensación de que el 2018 cinematográfico no había estado a la altura, pero haciendo balance, resulta que ha sido un año mucho mejor de lo que parecía. Tanto que, como suele ocurrir, muchas grandes películas se caen de los rankings, por una razón o por otra. Y una de esas ausencias esperables, pero no por ello menos injustas, ha sido Tullyel trabajo más reciente de Jason Reitman.

Reitman repite con Charlize Theron y Diablo Cody tras su colaboración en Young Adult (2011). En ella, la actriz surafricana asumía otra de esas interpretaciones valientes que la caracterizan con un personaje nada complaciente que despertó tanta antipatía como fascinación, mientras que la guionista de Juno continuaba su sofisticación como escritora de personajes imperfectos y complicados. Tully supone la sublimación de los tres miembros principales del proyecto con una historia conmovedora y real sobre la maternidad y el paso del tiempo.

La película gira en torno a Marlo (Theron), una mujer sobrepasada por la maternidad que, después de dar a luz a su tercer hijo, decide buscar ayuda. Marlo está casada, pero su marido, Drew (Ron Livingston), también abrumado por su vida, no ofrece mucha ayuda con los niños. Como si de una Mary Poppins moderna se tratase, la salvación llega en la forma de una niñera, Tully (Mackenzie Davis), que se ocupa del recién nacido durante la noche. Aunque al principio la idea de una “niñera nocturna” le hace sentir incómoda, tras recuperar el sueño perdido y ver aligerada su carga de responsabilidades, Marlo no puede estar más agradecida por Tully, con la que forma un vínculo muy especial que le ayudará a conocerse mejor a sí misma.

Diablo Cody sigue contando historias alrededor de la experiencia femenina, consiguiendo con Tully un honesto y emotivo relato sobre el matrimonio, el embarazo y la maternidad. Como en sus anteriores trabajos, la guionista no omite las partes más desagradables, sino que las pone en primer plano porque forman parte esencial e indivisible de la realidad, y las encarna principalmente en la figura de Marlo, una Charlize Theron completamente entregada en la que es una (otra) de sus mejores interpretaciones recientes. Los de Tully no son personajes fáciles, y tanto Theron como Livingston (un marido nunca caracterizado como villano, sino como otra víctima ahogada por las circunstancias), los dotan de una humanidad absoluta. La presencia de una irresistible Davis y su palpable química con Theron redondean la propuesta.

Tully nos habla sobre lo difícil que es ser padres, de la pérdida de la comunicación en la pareja y también sobre tener que decir adiós a la juventud y asumir nuestra madurez (sin perder nunca el contacto con la persona que fuimos). Lo hace con crudeza, pero también inteligencia, ingenio y emoción, a través de un guion detallista, bien construido y repleto de significado, con diálogos graciosos y un sorprendente toque de realismo mágico. Todo esto hace de Tully una de las mejores películas de 2018 de la que apenas se ha hablado, un viaje noctámbulo melancólico y nostálgico, pero también divertido, que nos abre los ojos a la realidad y sus contradicciones con amabilidad y compasión.

Tully ya está a la venta en España en Blu-ray y DVD de la mano de Universal Pictures. Incluye una featurette de 10 minutos llamada ‘Las relaciones de Tully’, con entrevistas al equipo.

Crítica: Blade Runner 2049

El futuro ya está aquí, y se parece mucho al que Ridley Scott imaginó en 1982, solo que nos lo encontramos incluso más desolado y oscuro. El proceso de gestación de la secuela de Blade Runner ha sido largo y complicado, pero por fin, la continuación del influyente clásico de la ciencia ficción llega a nuestras pantallas, 35 años después de su estrenoBlade Runner 2049 era un proyecto arriesgado y ambicioso en el que todo podía haber salido mal, y sin embargo, ha llegado a muy buen puerto, en una jugada similar a la que Mad Max: Furia en la carretera efectuó hace un par de años.

El de Blade Runner es un caso muy especial. Se trata de una película irrepetible, difícil de clonar, que se resiste a la industrialización, a pesar de que su impronta se pueda detectar en multitud de títulos sci-fi posteriores. Por eso, el reto de llevar a cabo una secuela, y además con tres décadas de diferencia con respecto a la original, era casi imposible. Afortunadamente, Scott aprendió que había más oportunidades de éxito si cedía las riendas de su creación a otro cineasta. El chiflado que asumió el desafío no es otro que Denis Villeneuve, que tras ganarse la confianza del espectador y la industria con Prisioneros Sicario, se consolidó con La llegada como uno de los cineastas más estimulantes (y solicitados) del momento. Y el canadiense, en busca del milagro, no solo ha salido airoso de tamaña empresa, sino que le ha dado la vuelta para realizar una de las mejores películas del año.

Villeneuve trabaja a partir de un guion escrito por Hampton Fancher (responsable de la original) y Michael Green (Logan) para reconstruir y expandir las fronteras del universo de Blade Runner, al que regresamos treinta años después de los acontecimientos de la primera película para conocer al oficial K (Ryan Gosling), un nuevo blade runner (recordemos, agentes de policía encargados de eliminar a los androides conocidos como replicantes) que, tras descubrir un secreto oculto durante muchos años que podría cambiar el curso de la sociedad, inicia una búsqueda para dar con Rick Deckard (Harrison Ford), desaparecido desde hace tres décadas. Y es mejor no conocer más detalles sobre la historia de antemano, ya que gran parte del encanto de Blade Runner 2049 es no saber exactamente hacia dónde nos va a llevar, sobre todo cuando creemos saberlo.

Villeneuve tenía dos opciones principales a la hora de acometer este dificultoso reboot: seguir el ejemplo de J.J. Abrams en Star Wars: El despertar de la fuerza y repetir la jugada o hacer como David Lynch en el regreso de Twin Peaks y crear algo completamente nuevo e inesperado a partir de algo conocido y venerado. Lo que ha hecho Villeneuve es una astuta combinación de ambas aproximaciones, una película que reproduce sin caer en el facsímil, que homenajea con devoción a la vez que emprende su propio camino, que maneja la nostalgia con inteligencia para que esta no la acabe fagocitando. Es decir, Blade Runner 2049 es una continuación con razón de ser, que ahonda en las cuestiones filosóficas de la película original (más profundamente, de hecho) a través de un nuevo personaje, planteando una interesante reflexión, debidamente actualizada, sobre lo que nos hace humanos, tema central de los mejores relatos de ciencia ficción. En definitiva, una secuela a la altura del clásico, que no se conforma con replicarlo.

Ni que decir tiene que Blade Runner 2049 también es un suntuoso e impresionante espectáculo cinematográfico, uno que se debe ver en las mejores condiciones técnicas posibles para apreciarse en todo su esplendor. A través de su magistral composición de planos, la increíble fotografía de Roger Deakins (que si hay justicia, esta vez se llevará el Oscar después de perderlo en 13 ocasiones), la estruendosa banda sonora de Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch y el envolvente diseño de sonido, Villeneuve ha creado una experiencia inmersiva como pocas. Es cierto que para entrar, uno tiene que poner de su parte, ya que la película puede pecar de fría y distante (como hacía la primera), dificultando el proceso de conexión emocional. Pero si la propuesta de Villeneuve nos atrapa, es difícil que nos suelte en las casi tres horas que dura la película, de las que no se desaprovecha ni un solo minuto.

Además de ser una exhibición visual y sonora de una perfección y elegancia apabullantesBlade Runner 2049 es una fascinante historia en la tradición de la ciencia ficción más sugerente y cerebral, un relato sobre el alma, sobre la percepción y la necesidad de aferrarse a la realidad en un mundo que ha difuminado sus fronteras y nos ha deshumanizado (“Todos estamos buscando algo real”), ya sea a través del amor, el sexo o los recuerdos. Así podríamos definir el conflicto de K, un personaje complejo que Gosling saca adelante sin salirse de su zona de confort, poniendo su hermético estilo interpretativo al servicio de un guion imbuido de dolor contenido y romanticismo trágico. Lo hace, por supuesto, con ayuda de un reparto de excepción que da vida a un nuevo plantel de personajes (a los que se añade algún que otro cameo que es mejor no desvelar): Ana de Armas, Robin Wright, Mackenzie Davis, Dave Bautista, Jared Leto, Sylvia Hoeks (la gran revelación de la película) y por último, un Harrison Ford en plena forma. El carismático actor no solo lo da todo en las viscerales escenas de acción, sino que además lleva a cabo una de sus interpretaciones más conmovedoras de los últimos años, una que trasciende el carácter de “encargo” que suelen tener últimamente todos sus trabajos.

Villeneuve no deja nada al azar y Blade Runner 2049 es el ejemplo definitivo. Todo en ella está cuidado hasta el último detalle, haciendo que cada plano, cada línea de diálogo, cada sonoro puñetazo tenga un significado en el gran esquema de la película, un puzle narrativo en el que todas las piezas encajan cuidadosamente. Tras La llegada, el director sigue explorando los confines del mal llamado cine comercial, elevando de categoría el concepto de blockbuster. Blade Runner 2049 es una obra de belleza sobrecogedora y virtuosismo técnico, pero más allá de sus desbordantes imágenes, sus brutales secuencias de acción y su atmósfera embriagadora, también es un trabajo exigente que se niega a complacer por la vía fácil, gracias sobre todo a un brillante guion que subvierte las expectativas de la manera más audaz y que será diseccionado hasta la última coma en los próximos años.

Quizá la película no ofrezca las respuestas que muchos andan buscando, pero sí plantea nuevas preguntas, nuevos enigmas que renuevan nuestra pasión por el universo concebido por Ridley Scott. Sumergirse en Blade Runner 2049 es volver a comprobar de primera mano el poder transportador y transformador del cine. Definitivamente, la espera ha merecido la pena.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Siempre amigas: “Esta es la chica”

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Esa es una de las enigmáticas frases que se repiten como leitmotiv en Mulholland Drive (2001), la consigna que indica a Adam, el director de cine interpretado por Justin Theroux, que debe escoger a la actriz que tiene delante para el papel (Melissa George). En el caso de Siempre amigas (Always Shine), esa chica es Caitlin FitzGerarld (Masters of Sex), la elegida para la gloria. Pero como suele ocurrir, siempre hay otra chica, la que queda rechazada, la que se tiene que conformar con permanecer a la sombra mientras otras disfrutan de la luz de candilejas. En este caso, esa otra chica es Mackenzie Davis (Halt and Catch FireBlack Mirror, Marte).

Siempre amigas es la historia de una rivalidad, la de Beth (FitzGerarld) y Anna (Davis), dos actrices igualmente preparadas pero con suerte muy distinta (como Naomi Watts y Laura Elena Harring) que deciden hacer una escapada de fin de semana a las montañas de California con la idea de arreglar una amistad que se ha deteriorado tras años de competición. Beth ve los frutos del éxito, es reconocida por extraños y no deja de recibir ofertas de trabajo, mientras que Anna no logra que su carrera en Hollywood despegue, a pesar de que tanto una como la otra creen (y saben) que su talento es mucho mayor que el de Beth.

A lo largo del fin de semana, Beth y Anna intentarán mantener la fachada de su amistad, tarea que resulta ser más difícil de lo que creían. Beth menoscaba sus propios logros para proteger a su amiga, mientras Anna pierde los papeles por los celos. Inevitablemente, las tensiones entre ambas irán en aumento hasta abandonar el control y sacar a la luz la verdadera naturaleza de su relación, construida a base de rencor y falsa camaradería. A consecuencia de esto, se difuminarán las líneas que separan la identidad entre la una y la otra, e incluso los límites entre la realidad y la ficción.

siempre-amigas-dvdSiempre amigas es el segundo largometraje como directora de Sophia Takal (Green), un thriller íntimo, sensual y enigmático que no hace precisamente por ocultar sus referentes. En el film se puede respirar la influencia del cine Alfred Hitchcock, David Lynch o Brian De Palma, echando mano de algunos de los elementos más distintivos de la obra de estos realizadores: el juego del suspense, la mujer fatal (aquí las dos rubias, en vez de una rubia y una morena) o el desdoble de identidades.

Con dos inspiradísimas interpretaciones centrales y un metraje de apenas 80 minutos, Siempre amigas se construye como un thriller psicológico envolvente y perturbador, un trabajo elegante en el que la tensión contenida y los diálogos combustibles no solo sirven para trazar el oscuro retrato de una amistad tóxica y su descenso a la locura, sino también para arrojar luz sobre la industria de Hollywood, el sexismo, el espejo deformado de la realidad y los monstruos que crea.

Con Siempre amigas, Sony Pictures continúa editando interesantes propuestas recientes directamente a vídeo. La película ya está a la venta en España en formato DVD.

 

Crítica: Marte (The Martian)

THE MARTIAN

¡El primo de Ridley Scott ha vuelto! El director de Blade RunnerAlien lleva varios años encadenando proyectos decepcionantes (los más recientes: la vapuleada Éxodus: Dioses y reyes, la infumable El consejero, y la película con más agujeros de guion de la última década, Prometheus). Es algo a lo que estamos acostumbrados, pero sabiendo que Scott es uno de los mejores en su oficio nos preguntábamos cuándo volvería a poner su innegable talento tras la cámara al servicio de una buena historia. La respuesta llega en 2015, o mejor dicho, en 2035, con la adaptación cinematográfica de la aclamada novela El marciano, de Andy Weir, “el mejor libro de ciencia ficción de los últimos años” según el Wall Street Journal y otro puñado de medios importantes. En España simplemente titulada Marte (El marciano, aunque parezca mentira, puede echar para atrás a muchos espectadores casuales), The Martian es una espectacular epopeya espacial que nos lleva al Planeta Rojo, un viaje que el cine ya nos ha propuesto en varias ocasiones, pero nunca con tanto realismo y emoción.

Adaptada por Drew Goddard (MonstruosoLa cabaña en el bosque), Marte es la historia del astronauta norteamericano Mark Watney (Matt Damon), uno de los miembros de la misión Ares III al cuarto planeta a la derecha. La expedición, dirigida por la comandante Melissa Lewis (Jessica Chastain) con una tripulación formada por un competente y ecléctico grupo de expertos (Sebastian Stan, Kate Mara, Aksel Hennie y Michael Peña), sufre un grave contratiempo cuando una brutal tormenta de arena obliga a los astronautas a abandonar antes de tiempo el planeta, dejando atrás a Watney, al que dan por muerto. Sin embargo, este ha sobrevivido y ahora se enfrenta solo al reto de subsistir allí con escasas provisiones (palabra clave: patata) mientras encuentra la manera de contactar con la Tierra para que lo rescaten. La determinación, inteligencia y habilidad de Whatney (conveniente y afortunadamente doctor en botánica) alargan su estancia en Marte, convirtiéndolo en el primer colono del Planeta Rojo, en el primer terrícola con “nacionalidad” marciana.

Marte asume el reto de abarcar un extenso periodo de tiempo en un metraje de casi dos horas y media, y logra que parezcan mucho menos gracias a un guion dinámico y un montaje excelente en el que se hace muy buen uso de la elipsis. El film intercala la aventura del Robinson Crusoe espacial con los tejemanejes de la NASA, desde donde el director de la Administración (Jeff Daniels clavando al demonio corporativo) y su equipo de especialistas y consejeros (Sean Bean, Chiwetel Ejiofor, Kristen Wiig) trazan un plan de rescate que, como mandan los cánones del thriller espacial, se encuentra con el mayor número posible de obstáculos y peligros. Esta estructura narrativa que nos hace saltar de un planeta a otro continuamente beneficia al ritmo de la película (resulta muy curioso observar cómo desde la NASA van adivinando los pasos de Watney y cómo van trabajando paralelamente hacia el mismo objetivo). Goddard estructura con acierto la historia, enraizándola en el realismo científico, pero evitando que las explicaciones, los agujeros de guion y las licencias dramáticas acaben lastrando la película (como ocurrió para muchos con la reciente Interstellar). Debido a la naturaleza del relato, es inevitable que el film se alargue demasiado en varios tramos, pero por lo general, Marte mantiene en vilo de principio a fin.

THE MARTIAN

Es importante aclarar que no estamos ante una película revolucionaria o visionaria (cinematográficamente hablando). Su mayor ambición no es la de marcar un antes y un después en la ciencia ficción, su principal objetivo es el espectáculo, el entretenimiento para el gran público. Y lo cumple con creces. Marte no pretende romper moldes, es “solo” un impresionante blockbuster de acción, pero uno además inteligente, apasionante y divertido, algo que ya es más difícil de encontrar. Ni que decir tiene que el film es visualmente apabullante y tiene secuencias sobrecogedoras (el clímax es pura emoción y deja al borde del infarto, acercándose más a la experiencia inmersiva de Gravity). Pero es que además, Marte es una estupenda comedia, gracias sobre todo a Watney, que aporta la nota guasona en su vídeo-diario, deleitándonos con referencias geek (a Marvel principalmente, que para eso está Simon Kinberg en la producción) y una banda sonora a base de música disco de los 70 (cortesía del personaje de Chastain, ultrafan de ABBA) con la que la película se reafirma en su naturaleza cachonda.

Scott cuenta con un amplio reparto de estrellas de Hollywood y talentos consagrados y emergentes, y el guion de Goddard se encarga de caracterizarlos a todos y darles un rol que desempeñar (llaman la atención dos rostros televisivos como Donald Glover o Mackenzie Davis en papeles pequeños pero cruciales en la historia). Sin embargo, Damon es el absoluto protagonista de Marte y los demás personajes están supeditados a él y a su misión de rescate en todo momento. Por suerte, el actor construye a un personaje carismático, lleno de matices, muy potente físicamente, y con una trayectoria personal interesante: un toque pasivo-agresivo y antipático al principio, carácter resoluto pero algo volátil la mayor parte del tiempo, y ya en la recta final, Damon despliega todo un rango de emociones -desesperación, miedo, resignación, agotamiento- superando con nota la prueba interpretativa que Scott le plantea.

Marte aúna la frialdad técnica de Gravity y el sentimentalismo de Interstellar, pero mantiene a raya ambos aspectos para encontrar un buen equilibrio entre el rigor científico y el dramatismo. Es decir, apela a las emociones, pero no nos zarandea para conmover a la fuerza ni nos empalaga. La acción es sobresaliente, las charlas técnicas y políticas no se hacen pesadas (en ellas hay bastante sátira y algo de pitorreo), y el componente humano del relato está muy trabajado. En definitiva, Marte es una de las óperas espaciales más cautivadoras de los últimos años, una historia épica de superación, de compañerismo (y una pizca de colonialismo yanqui, claro) que nos devuelve a Ridley Scott en plena forma en el género donde más ha destacado. Esta es una de esas películas que se deben ver en una pantalla de cine (IMAX, 3D, todo lo que haga falta para amplificar la experiencia), o en su defecto, en una de esas súper televisiones que nos permitan sumergirnos en ella. La relativa proximidad en el tiempo de la historia (para 2035 no queda tanto) nos hace pensar que algún día seremos testigos del primer paso del hombre en Marte. Mientras no lo veamos en las noticias, dejemos que el cine nos haga soñar con que algún día lo haremos.

Valoración: ★★★★

Crítica: Interstellar

INTERSTELLAR

Christopher Nolan es un señor muy serio. Y lo que más en serio se toma es su cine. Faltaría más. Con un éxito de taquilla tras otro, el director ha logrado conciliar las sensibilidades del blockbuster y el cine de autor, y eso no es precisamente un asunto para tomarse a broma (lo digo en serio). Su cine es ostentoso, superlativo, y la ambición creativa con la que el director se aproxima a él solo es superada por su ego autoral, lo que da como resultado monumentales (y petulantes) superproducciones veneradas con pasión devota. Nolan lleva apuntando a las estrellas desde el inicio de su carrera, pero este año se ha propuesto descifrarlas, trascenderlas y doblegarlas con Interstellar, magnánima space opera de tres horas de duración, diseñada (aunque él no lo reconozca en ninguna entrevista) para descubrirnos el sentido de la vida, porque quién si no él va a guardar la clave. Con esta gran epopeya americana, Nolan se transforma en una especie de Terrence Malick para las masas, y nos deleita (o atormenta, según el nivel de tolerancia al nolanismo) con una suerte de Árbol de la vida más allá de los confines del espacio.

Interstellar se ambienta en un futuro próximo en el que la vida en la Tierra se está acabando y la NASA (desmantelada tras unos asuntos de política exterior y convertida en un mito para las escuelas) trabaja en un proyecto secreto para salvar a la humanidad. Cooper (Matthew McConaughey y sus mohínes) es un granjero y astronauta retirado que descubre junto a su hija pequeña, Murph (de pequeña Mackenzie Foy, de mayor una conmovedora Jessica Chastain), la base clandestina en la que el profesor Brand (Michael Cane) dirige dicho proyecto. Dejando a su familia atrás, Cooper se embarca junto a Amelia (sobreactuada Anne Hathaway) y otros científicos en un viaje interestelar a través de un agujero de gusano descubierto junto a Saturno, que les conduce a otras galaxias. La misión consiste en realizar una valoración final sobre la habitabilidad de los planetas al otro lado del portal, ya estudiados por expediciones previas, para formar en uno de ellos una colonia que garantice la continuación de la raza humana.

ES POSTER TEASER-ISTLRÉse es a grandes rasgos el argumento de Interstellar -escrita a cuatro manos con el hermanísimo de Christopher, Jonathan-, pero ni que decir tiene que no es más que una sobre-simplificación de lo que nos espera antes de comenzar esta abrumadora y extenuante odisea a través del cosmos. Interstellar es varias películas en una. En su primera hora, es el film de M. Night Shyamalan que M. Night Shyamalan ya no sabe hacer. Después la película es Tarkovski, es Kubrick amansado por los estudios (¿es ésta la 2001 de Nolan?), y por supuesto, es Gravity. Narrativa y temáticamente se columpia entre el melodrama bigger-than-life y el rompecabezas de cajas chinas (en este caso no se trata de sueños como en Inception sino de mundos donde el tiempo transcurre a distinto ritmo), y se va transformando progresivamente de una de Spielberg (los ecos de Encuentros en la tercera fase se escuchan claros) en un tratado metafísico y existencial sobre la familia, la vida, la humanidad y el amor explicados a base de teoría de la relatividad y mecánica cuántica. Y lo cierto es que aunque tanto el mensaje como los repetitivos y sobreexplicativos diálogos (ese maldito verso de Dylan Thomas) desvelan un discurso mucho más simple de lo que Nolan cree (como siempre), Interstellar rebosa lirismo y se erige en todo momento como una imponente sinfonía multisensorial (con un increíble score de Hans Zimmer que abraza las imágenes como si entre ellos también hubiera amor), una experiencia en la que las revelaciones más importantes nos llegarán sin pensar demasiado, solo sintiendo.

Interstellar no es exactamente un blockbuster de acción, aunque la acción abunde y ésta sea espectacular (atención a la visita al primer planeta), sino una obra de ciencia ficción emocional (muchos dirán empalagosa) que se niega a desenraizar el relato de la realidad, da igual que éste sea catapultado al otro lado del espacio-tiempo. Y quizás ahí esté su mayor problema. Los hermanos Nolan se aseguran de que la película se mantenga casi en todo momento en el plano de la realidad científica, explicando (a veces para dummies) teorías y fenómenos, incurriendo constantemente en la sobre-exposición, y fundamentando todo lo que ocurre ante nuestros atónitos ojos, da igual lo implausible y ridículo que sea (y de eso hay para hartarse). Y claro, es inevitable que la ambición de la propuesta se les vaya de las manos. Por eso, Interstellar puede incomodar y hacer reír a los más escépticos (hay gente que aún no sabe qué es la ciencia ficción) y es recomendable adentrarse en ella con la mente bien abierta y dispuestos a realizar un acto de fe. Solo de esta manera experimentaremos la resolución de la historia (como sacada de A.I.) en su agridulce plenitud, y aceptaremos el leitmotiv con el que los Nolan justifican todos los giros imprevisibles, saltos cuánticos y dobleces imposibles de este periplo cinematográfico: el amor es el hilo conductor, lo que nos hace avanzar y retroceder, es la variable que explica lo inexplicable, la clave para resolver el puzle, es la “x” de la ecuación, y lo que da sentido al universo.

Valoración: ★★★★

Halt and Catch Fire: Una revolución en ciernes

Halt and Catch Fire

“I wanna build something that makes people fall in love” -Cameron Howe

El mismo año que HBO ha puesto en marcha Silicon Valley, afilada sátira sobre un grupo de jóvenes visionarios intentando triunfar en la Meca tecnológica de Los Ángeles, AMC ha estrenado Halt and Catch Fire, drama que se remonta a comienzos de la década de los 80 para contarnos una historia en cierto modo análoga, un relato de emprendedores, de locos con el sueño de cambiar el mundo (o de aprovecharse de esos cambios para hacerse millonarios). Ambientada en el umbral de la era informática moderna, Halt and Catch Fire nos cuenta el origen del ordenador portátil y su papel en la revolución del PC durante los 80.

Lo hace a través de Cardiff Electric, compañía ficcional de software ubicada en Dallas, Texas, que compite por el mercado con el gigante IBM, prácticamente ajena al avance del Apple de Steve Jobs. En el centro de la historia nos encontramos a tres personajes que representan los tres aspectos principales de la industria tecnológica: el yupi salido de un libro de Bret Easton Ellis Joe MacMillan (Lee Pace) es la vertiente mercantil y publicitaria, la punk Cameron Howe (Mackenzie Davis) personifica la importancia de las ideas, el riesgo y la perspectiva de futuro, mientras que el hombre de familia Gordon Clark (Scoot McNairy) es la viva imagen de la experiencia y el trabajo duro. Durante su primera temporada, Halt and Catch Fire nos muestra cómo estos tres aspectos se conjugan y colisionan entre sí para dar lugar a un producto con la capacidad para cambiar la sociedad para siempre, el ordenador portátil Cardiff Giant.

Con la estilización y elegancia visual que caracteriza a los productos de AMC, una ambientación excelente y una banda sonora de escándalo Halt and Catch Fire se postula (muy deliberadamente) como la sucesora de Mad Men, haciendo con la informática exactamente lo mismo que aquella hace con el mundo de la publicidad. Y aunque la serie se esfuerza demasiado en que pensemos esto, lo cierto es que tiene potencial para al menos merecer la comparación. Estamos ante otra pieza de época que pretende ilustrarnos una decisiva etapa de transformación que resultará en el mundo tal y como lo conocemos hoy en día. La serie de Christopher Cantwell y Christopher C. Rogers coquetea ocasionalmente con el tecno-thriller y puede resultar algo inaccesible para aquellos que desconozcan la jerga informática, pero al final esta no es más que otra historia de superación, de personas que suplen un déficit personal con la búsqueda del éxito, y también, por qué no, de los geeks que acabarán dominando el mundo (y los señores trajeados detrás de ellos), lo que la convierte en un drama vigente y universal, en la línea de La red social, que más gente debería estar viendo.

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Los diez episodios que conforman la primera temporada de Halt and Catch Fire abarcan quizás más de lo que deberían, y como ya hemos dicho, están diseñados para facilitar el elogio de la crítica, en lugar de dejar que sean los demás los que descubran por sí solos sus muchas virtudes. Esta falta de modestia hace que precisamente nos fijemos más en los defectos (lo anacrónico e implausible de algunos conflictos y roles de género, la falta de profundidad en algunos personajes, la dudosa utilización del sexo, la sobreactuación de Lee Pace). Sin embargo, no hay nada demasiado grave que impida disfrutar del envolvente drama de estos interesantes personajes que, gracias a la sorprendente decisión de AMC de renovar la serie a pesar de sus trágicos índices de audiencia (astuta estrategia que esperemos surta efecto), tienen la oportunidad de convertirse en fascinantes (atención, porque Donna Clark es, literalmente, “el arma secreta” de la serie).

Halt and Catch Fire rebosa potencial y merece mayor reconocimiento. Es un drama inteligente, estimulante, provocativo, lleno de matices y sumergido en el simbolismo y la fatalidad, al más puro estilo Mad Men, pero necesita tiempo y requiere de paciencia para desarrollarse debidamente. A pesar de sus glitches y sus bugs, es uno de los estrenos más destacados del año, pero es que puliendo estas imperfecciones podría convertirse en una de las series imprescindibles del momento. Solo tiene que dejar de preocuparse tanto por la impronta que quiere dejar en la televisión y, en lugar de construir algo para impresionar, esforzarse en construir algo de lo que la audiencia pueda enamorarse.