Quien a hierro mata: V de Vinganza

Como un río de agua viva, que salta p’arriba, que llevas dentro, el resquemor no te abandona nunca. Esa ansia desmedida perturba hasta a la mente más razonable y nubla a los puros de corazón. Puede que intentes huir de ella poniendo años o kilómetros de por medio, pero esa comezón nunca desaparecerá del todo hasta que te encares con ella y equilibres la balanza de una vez por todas. Seguro que has logrado reconstruir tu vida después de todo y que sonríes de vez en cuando, puede que hasta la justicia te haya dado la razón, pero eso no logrará calmar la sed. Ay, malditos los que viven de la venganza

Paco Plaza (Verónica) resucita la ley del Talión en las Rías Baixas con Quien a hierro mata, su más reciente pesadilla. Mario (Luis Tosar, Te doy mis ojos) es el jefe de enfermería en una residencia de personas mayores en la zona de Arousa. Su buen hacer y correctas costumbres a la hora de llevar a cabo su trabajo le han valido cierto renombre entre sus compañeras y compañeros, y su cercana paternidad junto a Julia (María Vázquez, Mataharis) le convierten en un daddy con todas las de la ley. Esta plácida existencia se ve trastocada con la llegada al centro de Antonio Padín (Xan Cejudo, intérprete curtido en escena y que falleció a finales del año pasado), el mayor capo de la droga en España.

Esta suerte de Pablo Escobar gallego parece encontrarse en las últimas tras sus últimos achaques de la edad. Una nueva realidad que le ha postrado en una silla de ruedas y le ha obligado a dejar el negocio familiar en manos de sus dos hijos: Toño (Ismael Martínez, Call TV), el híbrido perfecto entre Sonny Crockett y el Bardem de Huevos de oro, y Kike (Enric Auquer, Cites), un pokerillo ready pa’ morir con más lengua que cerebro. Sin comerlo, ni beberlo, Mario se verá inmiscuido en una trama llena de balazos, traiciones y secretos oscuros… aunque puede que el enfermero no esté en medio de toda esta historia de droga y muerte por azar.

Después de dominar el terror patrio con la saga [REC] y Verónica, Paco Plaza aparta lo sobrenatural para abrazar la negra sombra de los narcos en Galicia. Pero no se asusten (o respiren aliviados), con Quien a hierro mata, Plaza da más miedo que nunca. Una vez más, Luis Tosar vuelve a mostrarse inconmensurable. Sería un craso error dejar de aplaudir al intérprete gallego únicamente porque siempre esté bien. Lo que Tosar hace con Mario es una lección magistral de cómo interpretar a un personaje podrido por dentro por las ansias de venganza, sin caer en ningún momento en el histrión. Su perfecto equilibrio entre la contención y las explosiones sádicas le convierten en el máximo rival de Antonio Banderas (Dolor y gloria) de cara a la próxima gala de los Goya.

Pero la película no solo vive del recital de Tosar, sino que son el capo y sus dos hijos los que hacen que el resultado final sea algo excepcional dentro del género. Cejudo logra mostrar a la perfección la frustración del anciano que ve cómo poco a poco la edad le va privando del liderazgo y la independencia que ha disfrutado e impuesto sobre los demás durante décadas. La elección de Martínez y Auquer como los dos hermanos es una de las mejores decisiones de casting de los últimos tiempos. Estos dos actores son dos robaescenas de primera que clavan, no solo el acento gallego (ninguno de ellos lo es, el primero es madrileño y el segundo gerundense), sino los dos arquetipos de basura narco del machito chuleta y el scum patrio, sin caer en el tan temible caricatura o ridículo de los lugares comunes. En especial, esa escena de Auquer ‘cayendo p’arriba’ con Yung Beef de fondo es de las que merecen una lluvia de premios.

Aunque no esté basado en ningún hecho en concreto, el guion escrito a cuatro manos por Jorge Guerricaechevarría (La comunidad) y Juan Galiñanes (Noche ¿de paz?) realiza una fiel radiografía del flujo del narcotráfico en Galicia y el impacto que tuvo (y sigue teniendo) en la sociedad de la zona durante las décadas de los ochenta y noventa. Una (como siempre) excelente Maika Makovski compone una punzante banda sonora muy a lo Mica Levi (‘Under the Skin’) que logra que nos agobiemos y nos metamos aún más en el laberinto de Mario.

Quien a hierro mata es un contundente thriller de venganza en el que Paco Plaza juega con nuestros demonios interiores y nos aterroriza más que en ninguna de sus películas de terror hasta la fecha.

David Lastra

Nota: ★★★★

Crítica: Toro

Toro Mario Casas

Con la ambiciosa Eva, el barcelonés Kike Maíllo se postuló en 2011 como uno de los directores noveles más prometedores del panorama español, y concretamente del cine de género. Olvidemos su segunda película (él seguro que lo intenta todos los días, yo ni sabía de su existencia), Tú y yo, protagonizada por David Bisbal, y centrémonos en su nuevo trabajo, Toro, que llega a los cines rodeado de expectación. Con un reparto de excepción, formado por uno de los actores más prominentes del actual star system español, Mario Casas, la fantástica Ingrid García-Jonsson y pesos pesados como Luis Tosar y el renacido José SacristánToro es un thriller de acción que transcurre durante 48 horas al límite y nos lleva en un recorrido repleto de peligro y violencia por la Andalucía más corrupta y salvaje.

Toro (Casas) lleva en la cárcel cinco años, después dar un golpe en un restaurante con sus hermanos, un último trabajo para el capo de la mafia marbellí Romano (Sacristán). Tras conseguir el tercer grado, el joven se gana la vida honradamente conduciendo un taxi y rehace su vida con una profesora (García-Jonsson). Sin embargo, el reencuentro de Toro con su hermano, López, le llevará de nuevo por el camino de la sangre, arriesgando la vida de los suyos y su libertad en un viaje junto a López y su hija para huir de los matones que los persiguen. La odisea de Toro abrirá viejas heridas del pasado y obligará a los hermanos a reconciliarse con él para sobrevivir a la amenaza de Romano, que tiene ojos allá donde van, para culminar en un encarnizado enfrentamiento cuando parece que todo está perdido.

Los referentes de Maíllo a la hora de construir la historia y definir el estilo de Toro saltan a la vista. Por un lado, el catalán se fija en el thriller de acción coreano, representado principalmente por Park Chan-wook, de cuyas películas más populares, Oldboy o las dos Sympathy, se pueden oír claros ecos en la película. Y es que, aunque no es el tema principal, Toro orbita el subgénero del cine de venganza, dejando entrever también cierta inspiración en Tarantino (donde todo converge). Por otro lado, el film tiene trazas de actioner contemporáneo, de ese tipo de cine de acción heredero de las películas protagonizadas por Bruce Willis y otros héroes “testosterónicos” de los 90, y que en los últimos años ha atravesado un proceso de sofisticación que ha dado lugar a películas como la que nos ocupa. En Toro tenemos todo lo que hace falta para edificar un buen thriller de acción de manual: un héroe imperfecto y humano, una mujer en peligro por su culpa, un villano megalómano y exagerado, una niña a la que hay que proteger, una trama con dinero robado… Pero todo pasado por el filtro del sigo XXI, que por lo visto hoy en día tiene que ser obligatoriamente un filtro de neón.

Toro-646624330-largeNo es que Nicolas Winding-Refn haya inventado nada, pero su Drive puso de moda una estética muy concreta que estamos viendo reproducida en muchas cintas de acción. Un neo-noir caracterizado por el colorismo fluorescente, el minimalismo narrativo, los personajes crípticos y la hiperviolencia estilizada. Al ver Toro queda patente que Maíllo ha visto Drive muchas veces, y que quería hacer algo parecido, pero en versión patria (el teaser póster es toda una declaración de intenciones). Por eso, para hallar su estilo propio arraigado en lo autóctono, el director adereza la película con elementos cañís, como la obsesión por las marchas de Semana Santa de Romano, la banda sonora de Joe Crepúsculo, la (preciosa) voz flamenca de Soleá Morente o el imaginario católico, tan característico sobre todo de la Andalucía profunda y mítica que pretende retratar. Sin embargo, el resultado no es más que un pastiche sin sentido, un corta-pega que acaba resultando en la ausencia de estilo, precisamente por su empeño en reproducir el de los demás.

En el apartado interpretativo, Toro sale más airosa. Casas ya ha probado con creces que puede ser un buen leading man, y que cuando quiere demostrarlo, tiene talento. Claro que suele hacerlo más en comedia, y aquí se le requiere mantenerse sobrio, monótono, callado (“Yo es que hablo poco”, se autodescribe en el film), como el Driver de Ryan Gosling. Aun así, a pesar de su inexpresividad chulesca y esos morritos perennes, Casas no compone un mal personaje precisamente. Pero quien más destaca, como de costumbre, es Tosar, que sale mejor parado que Sacristán, cada vez más acartonado, y últimamente actuando igual de plano en todo. Es cierto que tanto ellos como el director tienen buenas intenciones, y se nota. Toro está hecha con cariño y convicción, creyendo en lo que se está haciendo, y sacando provecho de los medios para hacer algo muy vistoso (aunque peque de fantasma y gestione muy mal algunos recursos estilísticos, como la cámara lenta). Pero una buena factura no es suficiente. Hace falta una historia con menos agujeros, más definida y menos superficial, una que no se deje sepultar por los clichés que maneja y los referentes a los que emula.

Nota: ★★½

Crítica: Ma Ma

Penélope Cruz Ma Ma

Hay cine que es necesario, pero no por ello es necesariamente bueno. Ma Mala nueva película de Julio Medem sería un buen ejemplo para ilustrar esta idea. El director vasco regresa para contarnos la historia de Magda (Penélope Cruz), mujer a la que se le diagnostica un cáncer de mama en el que no es precisamente el mejor momento de su vida. Está en el paro y su marido, profesor de filosofía en la universidad interpretado por Àlex Brendemühl, la ha dejado por una alumna. A pesar de todo, Magda no deja de sonreír (y qué sonrisa más bonita). Lo hace principalmente por su hijo, pero también por ella. Es una mujer fuerte, en el sentido menos politizado de la expresión, y tiene ganas de vivir.

Ma Ma es la historia de Magda, pero Medem ha querido que sea la historia de todas (el film está dedicado “a todas ellas”), y también la de todos. Quizá por eso el realizador haya optado por una aproximación más convencional al drama para contarla, en lugar de abusar de la escritura con la que se labró ese estilo críptico y lírico, reconocible gracias a películas como Los amantes del círculo polar o Lucía y el sexo. Hace tiempo que Medem dejó atrás esta adolescencia narrativa, y en Ma Ma se enfrenta al reto de escribir un melodrama para todos los públicos, una película más accesible y menos idiosincrásica (aunque aquí sigue habiendo una importante carga onírica y poética que nos recuerda a sus trabajos tempranos). El problema es que el director no ha sabido darle forma a las emociones que laten (nunca mejor dicho) bajo el relato, y su película se pierde en un guion tópico, blando y sentimentaloide.

En ocasiones, Ma Ma parece estar escrita y realizada por un director novel (algunos dirán que ese es el sello de Medem y no les faltará razón). No hay más que ver la forma en la que el director utiliza la cámara en algunos de los pasajes más dramáticos del filme, increpando a sus protagonistas en arrebatos sensacionalistas, como si la CARTEL MA MA OK 3(bella) partitura de Alberto Iglesias no supusiera ya acentuación suficiente. Pero lo peor son los forzados diálogos, de una cursilería que a ratos roza lo insoportable (las intervenciones del hijo de Magda, que tiene 12 años pero está escrito como si tuviera 5, son de lo más irritante). Una película como Ma Ma debería resultar dura por el tema que trata, más que por la forma en la que lo trata. Medem ha optado por mantenerse en todo momento en el lado luminoso de la historia y se le ha ido de las manos, resultando en un film ridículamente sensiblero que pierde el norte demasiadas veces -especialmente todas las que Asier Etxeandía se pone a cantar. Por eso, Ma Ma acaba siendo una experiencia incómoda por las razones equivocadas.

Sin embargo, hay una fuerza capaz de levantar la película a pesar de todo lo expuesto anteriormente. Su nombre es Penélope Cruz. La actriz está sencillamente espectacular, en todos los sentidos, irradiando luz y belleza en cada plano, haciendo suya la cámara y todo a su alrededor. Cruz realiza un trabajo sobresaliente como la optimista y vivaracha Magda, aportando toda la naturalidad que le falta al guion de Medem. Y es que, aunque supera con nota los grandes gestos dramáticos de su personaje, es en los momentos pequeños cuando la actriz brilla con más fuerza. Destacaré dos en concreto: el precioso beso espontáneo que da a la enfermera interpretada por Silvia Abascal (el instante más elocuente de la película, sin usar una sola palabra) y la celebración de los goles del final de la Eurocopa sola en casa, probablemente el recital más conmovedor que ofrece Cruz en toda la cinta. Y tiene unos cuantos. Uno compartido con Àlex Brendemühl (hay que ver el rostro de Penélope perdonando a su ex marido) y todos los demás con un tremendo Luis Tosar, siempre a su altura interpretativamente hablando, pero dejando elegantemente que sea ella quien ocupe el centro del objetivo en todo momento.

A Medem le sobran buenas intenciones, eso está claro. Ma Ma nos habla de una enfermedad muy común y trata de concienciarnos (durante la primera media hora como si estuviera realizando un vídeo educativo, con sus datos y estadísticas) sobre su efecto en las mujeres que la padecen, las que la superan y las que no. El montaje intercalado de secuencias aporta dinamismo, y como hemos dicho, los actores están soberbios, pero el exceso de remilgo y poesía barata (ese corazón en CGI… *arcadas*) termina truncando sus intenciones y llevando la película al terreno de la parodia involuntaria. Aunque puntualmente sobrecogedora y hermosa, Ma Ma es un trabajo de grandes desequilibrios (como todo el cine de Medem, claro) al que le habría venido bien una o dos reescrituras. Por suerte, siempre nos quedará Penélope.

Valoración: ★★½

Crítica: Murieron por encima de sus posibilidades

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De todos es sabido que el arte es un fiel reflejo de la realidad social del país en el que se desarrolla. La obra realizada es el producto directo de una serie de correspondencias entre las experiencias vitales del artista y el entorno en el que habita. Unas situaciones externas que dejan huella en la vida del mismo y que, lógicamente, se ven reflejadas en su obra. De ahí que la crisis financiera que nos atenaza desde 2008, haya dejado mella en los cineastas actuales. Además de destrozarnos los bolsillos, convertir el mileurismo en una utopía y de dejar a más de un familiar en la calle, la crisis nos ha regalado una serie de películas que han intentado, con mayor o menor suerte, reflejar la coyuntura económica y social actual. Margin Call, El capitalMalas noticias, Film socialism(e) o los documentales Inside Job El espíritu del 45, son algunos de los más destacados del mercado internacional. Como no podía ser de otra manera, el cine español también ha mostrado esta situación crítica con films como Hermosa juventud5 metros cuadradosEdificio España o la patochada Ayer no termina nunca. Pero la película definitiva sobre la crisis estaba por llegar y esa parecía ser Murieron por encima de sus posibilidades, la comedia coral dirigida por Isaki Lacuesta, con Raúl Arévalo, Julián Villagrán, Imanol AriasEduard FernándezAriadna GilEmma SuárezCarmen MachiSergi López, José CoronadoLuis Tosar y la madre que los parió, que no es una referencia a Ángela Molina, aunque ella también aparezca en los créditos, sino al maremágnum que conforma el reparto del film.

Una sugerente sinopsis (una serie de freaks cuyos destinos se unen de la manera más macabra posible, que deciden no perder más el tiempo y poner en marcha una revolución que deja en paños menores a los de Podemos), un valor seguro a la dirección (Lacuesta viene de dirigir Los pasos dobles, con la que ganó la Concha de Oro, y años antes sorprendió a más de uno con su mockumentary Cravan vs. Cravan), un reparto de lujo que reúne a lo más granado del pasado, presente y futuro del cine español (sus nombres atesoran 13 premios Goya y sobrepasan las cincuenta candidaturas entre todos), un tema que nos toca a todos (no tener ni un duro y estar cansados de ello) y la promesa de no dejar títere sin cabeza a base de humor socarrón y gamberro. Resultado: experimento fallido. Murieron por encima de sus posibilidades se desmonta ya desde la primera escena: el símil “recortar (literalmente) a un ministro hasta que sea viable” no es tan divertido e inteligente como nos quieren mostrar, sino más bien una niñatada que se ve severamente perjudicada por unas interpretaciones flojísimas.

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El susto inicial se ve apaciguado por la aparición del tema Hay un hombre en España que lo hace todo, el profético himno que Astrud parió años antes de la crisis, y unos títulos de crédito que recuerdan a esas “grandes películas españolas con repartos interminables” que tanto nos divertían hace años… pero el espejismo se diluye y las situaciones que rozan (y en más de un momento, superan) el horrendo sentimiento de la vergüenza ajena no dejan de aparecer en pantalla. A destacar (por malos) el intenso discurso del personaje de José Sacristán en la barra de un bar, la desbaratada SPOILER muerte de Ariadna Gil y la actuación de juzgado de guardia de la nueva chica Almodóvar y estandarte de parte del cine noventero español, Emma Suárez. Lo más cercano a una sonrisa viene de la mano de Ángela Molina, que repite el papel de prostituta gritona que ya hizo en Carne de neón (otro truño), y no gracias a su interpretación, sino al pelucón que le han endiñado.

El sufrimiento continúa y los cameos parecen no tener film, como si de un Torrente XXXL se tratase y nadie parece poder remediar el desaguisado. El estrambótico dúo formado por Àlex Brendemühl Bárbara Lennie maquillan el tramo final gracias a su aparición… pero ya no hay tiempo para la redención. Habemus failMurieron por encima de sus posibilidades no se acerca ni de lejos al gamberrismo costumbrista de las cintas de Guy Ritchie (ni siquiera al Guy Ritchie de Madonna), ni mucho menos a la mala leche de BerlangaÁlex de la Iglesia, realmente no sirve ni para episodio de relleno de la vigésimo quinta temporada de La que se avecina.

Hablar de fracaso sería cometer un error gigantesco, Lacuesta ha conseguido lo que quería: una película de amiguetes, el problema es que solo les va a hacer gracia a ellos y que su propuesta es un horror vacui cuyas conclusiones filosóficas compiten con profundidad con las de Isabel Coixet. Una verdadera pena.

Valoración: 0

Crítica: Musarañas

Macarena Gómez Musarañas

Que el nombre de Álex de la Iglesia aparezca más destacado en el póster de Musarañas que el de sus directores no es solo una estrategia publicitaria, sino también un indicio de lo que el espectador se va a encontrar en ella. La película está realizada por Esteban Roel y Juanfer Andrés, mientras que De la Iglesia se reserva el puesto de productor. Pero no cabe duda de que, sin desmerecer por ello el estupendo trabajo del tándem firmante, Musarañas es en forma y fondo una película del director de El día de la bestia. Su sello inconfundible se puede percibir en todos y cada uno de sus planos, así como en el tono más bien tragicómico con el que se cuenta la historia o su potencia visual. De hecho, Musarañas nos remite concretamente a la obra maestra del realizador bilbaíno, La comunidad, otro cuento macabro y trastornado, si bien mucho más arraigado en la comedia, que se ambienta íntegramente en un edificio de Madrid.

Musarañas es la historia de dos mujeres huérfanas que viven juntas en un apartamento de la capital durante los 50 de la posguerra. Montse (Macarena Gómez) se ha pasado la vida cuidando de su hermana pequeña (Nadia de Santiago) tras la muerte de su madre al darle a luz y el posterior abandono de su padre (Luis Tosar). Mientras la niña, que ya no es tan niña (acaba de cumplir 18 años), sale a trabajar, su hermana permanece encerrada en el piso, donde ejerce como costurera. Montse se ha escondido toda la vida en esa madriguera de musarañas, llevando una existencia de luto, penitencia y oración, raíz de la educación profundamente religiosa que le inculcó el padre, algo que se refleja en la enfermiza sobreprotección con la que trata a su hermana. Esta vida de clausura lleva a la mujer a padecer agorafobia, enfermedad que le impide dar un paso más allá del umbral de su puerta, y por tanto a relacionarse con el resto del mundo, especialmente con los hombres. A pesar de controlar a duras penas su comportamiento obsesivo y sus desequilibrios mentales gracias a la morfina que le proporciona una clienta, el mundo de Montse se volverá patas arriba con la irrupción de Carlos (Hugo Silva). El apuesto vecino de arriba de las hermanas se ha caído por las escaleras huyendo de sus propios secretos y encuentra refugio en la madriguera de Montse, de donde quizás no vuelva a salir.

MusarañasCon Musarañas, Roel y Andrés componen un siniestro relato de terror psicológico en el que lo mundano triunfa sobre lo fantástico y donde el fanatismo religioso y el propio miedo son el verdadero monstruo. Durante su primera mitad, la película está construida como una sátira vehemente diseñada para arremeter contra los dogmas clásicos de la religión católica. Montse simboliza la castidad (o la androfobia), la culpabilidad y el castigo, valores religiosos que convierten el crucifijo en su yugo. Sin embargo, pronto nos damos cuenta de que no es la cruz lo que la ha convertido en una musaraña, sino su pasado. A medida que vamos viendo su verdadero rostro, el film se vuelve cada vez más claustrofóbico. Nosotros somos Carlos, la presa de Montse. Nos encontramos en una tesitura similar a la que James Caan vive en Misery (con análoga escena violenta no apta para aprensivos), lo que por tanto convierte a Macarena Gómez en la Annie Wilkes patria. Observándola, pronto nos damos cuenta de que todo es posible en ese piso de Madrid. Y efectivamente así es. Musarañas cuenta con una recta final absolutamente desmadrada en la que la sangre emana a borbotones y el melodrama a lo Amar en tiempos revueltos da paso al más delicioso e histriónico esperpento marca De la Iglesia.

En el apartado interpretativo, los desequilibrios son la tónica general. Hugo Silva tiene buen porte, encaja perfectamente en el perfil del personaje, pero no actúa, se limita a leer sus frases, y hasta eso lo hace regular. Y no me hagáis hablar de Carolina Bang, que también se cuela en esta (en serio, no me hagáis hablar de ella). Nadia de Santiago es quien logra la actuación más moderada, perfectamente contenida hasta que tiene que dar rienda suelta al drama. Sin embargo, no cabe duda de que Macarena Gómez es el corazón y las tripas de Musarañas. Esta actriz de extremos opuestos ofrece una interpretación tan desmesurada y teatral como memorable, dejándonos por un lado momentos de sorprendente fragilidad y por otro escenas de una fuerza visceral arrebatadora (atención a su conmovedor Padrenuestro en la cama). Su Montse es a la vez Piper Laurie y Sissy Spacek en Carrie, una inolvidable loca del coño que se suma por méritos propios a los anales del terror nacional.

Valoración: ★★★½