Crítica: La desaparición de Sidney Hall (y Logan Lerman)

Después de conquistar a todo el mundo interpretando a Charlie en el drama adolescente de culto Las ventajas de ser un marginado (The Perks of Being a Wallflower), Logan Lerman parecía destinado a convertirse en una de las nuevas grandes estrellas de su generación. Sin embargo, no ha sido así. El actor californiano ha hecho pocas películas en los últimos años, y se podría decir que está un poco… desaparecido.

El año pasado, gracias a Sony Pictures Home Entertainment, nos llegó Indignación, opera prima de James Schamus que no pasó previamente por nuestros cines. Y ahora la distribuidora publica en nuestro país el último trabajo inédito hasta ahora de Lerman, en el que además de actuar, ejerce como productor, La desaparición de Sidney Hall (The Vanishing of Sidney Hall). Ambas películas han resultado ser muy complementarias por su carácter de drama generacional, su inclinación literaria y la personalidad brillante y atribulada de su protagonista.

La desaparición de Sidney Hall es el segundo largo de Shawn Christiensen, ganador del Oscar a mejor cortometraje de acción real en 2012 por Curfew. La historia gira en torno a un joven novelista y está narrada de forma no lineal, saltando adelante y atrás en el tiempo para mostrarnos tres etapas clave de su vida: su atormentada adolescencia, su éxito en el mundo editorial tras publicar un best-seller de esos que definen a una generación, y su desaparición tras una serie de problemas y tragedias. Los diferentes episodios están marcados por una enfermedad, su dificultad para gestionar su éxito y sus emociones, y el paso de varias personas que condicionarán su vida, su obra y su futuro: su complicada madre (Michelle Monaghan), un compañero del instituto del que guarda un oscuro secreto (Blake Jenner), el amor de su vida (Elle Fanning) y el detective que le sigue la pista tras desaparecer de la faz de la Tierra (Kyle Chandler).

Para su opera primera, Christiensen ha puesto toda la carne en el asador. La desaparición de Sidney Hall es una película ambiciosa en el apartado narrativo, enrevesada en su estructura y cargada de misterio y giros argumentales que la convierten en un rompecabezas. Aunque el director se esfuerza en atar todos los cabos, el film puede resultar confuso y embarullado, si bien enigmático y envolvente. Christiensen tiene buen gusto para la estética, el encuadre y la fotografía (especialmente a la hora de retratar a Fanning), y sabe cómo crear una atmósfera de suspense y melancolía acorde a la personalidad y el viaje emocional del protagonista.

Lerman, por su parte, hace un buen trabajo en las dos primeras etapas de la vida de Sidney Hall (al verlo sentado frente a su máquina de escribir, es inevitable acordarse de su Charlie), pero no logra resultar convincente como vagabundo treintañero, quizá porque, con 26 años y aparentando menos, aun es lo suficientemente joven como para seguir interpretando adolescentes. O quizá la culpa sea de la horrible barba postiza que lleva en los flash-forwards, haciendo que no podamos tomárnoslo completamente en serio. Se agradece que Lerman asuma riesgos interpretativos, pero todavía no tiene la madurez dramática para según qué papeles.

Aun con todo, La desaparición de Sidney Hall es una película intrigante, el trabajo de un director que posee el entusiasmo artístico y la ambición, pero necesita descargar y pulir su estilo. Lerman, por otro lado, también tiene que ponerse las pilas, elegir mejor sus proyectos y dejarse ver más. Porque no queremos tener que preguntarnos dónde se ha metido dentro de cinco años.

La desaparición de Sidney Hall ya está a la venta en DVD de la mano de Sony Pictures Home Entertainment.

Tres operas primas inéditas llegan a DVD

Ya os he hablado en varias ocasiones de la estupenda labor que Sony Pictures Home Entertainment está llevando a cabo recuperando estrenos inéditos en nuestro país para lanzarlos directamente al formato doméstico. Títulos que, en muchos casos, generan mucha expectación al ser anunciados, pero acaban relegados a segundo (o tercer plano). Y no precisamente porque su calidad sea inferior, de hecho muchos de ellos son bastante superiores a los films que nos acaban llegando a las salas. Por ejemplo, recientemente hemos podido ver joyas como Hunt for the Wilderpeople, de Taika Waititi (Thor: Ragnarok), la nominada al Oscar Mujeres del siglo XX o la festivalera Certain Women, a las que ahora se unen los siguientes lanzamientos directos a DVD, tres interesantes películas que tienen en común ser las operas primas de sus respectivos directores.

logan-lerman-indignacion-indignation

Indignación (James Schamus)

Basada en la novela de Philip RothIndignación es el primer largometraje como director de James Schamus. Pero si no lo parece, es porque este lleva 35 años trabajando como guionista y productor en Hollywood (entre sus créditos se encuentran La tormenta de hieloBrokeback Mountain). La película, protagonizada por Logan Lerman (Las ventajas de ser un marginado, Corazones de acero) y Sarah Gadon (Una noche real22.11.63), es una reflexiva crónica de la Norteamérica de los años 50, un inteligente (e intelectual) drama romántico que se opone a otras películas similares que presentan esta misma época de forma idealizada y nostálgica, para ahondar mejor en las preocupaciones de una sociedad al borde del cambio.
indignacion-dvd

En ella, Marcus (Lerman), un joven brillante de educación judía pero autoproclamado ateo y grandes inquietudes culturales, inicia sus estudios universitarios en el conservador campus de Winesburg, donde se enamorará de la hermosa y complicada Olivia Hutton (Gadon), con la que iniciará una relación que desafiará las convenciones sociales y sus propias creencias. Mientras, sus atribulados padres viven preocupados a distancia por la posibilidad de que su hijo sea llamado algún día a filas para luchar en la guerra, y por tanto, de perderlo para siempre, al igual que le ha ocurrido a tantas familias cercanas a ellos.

Indignación es una estimable opera prima que, si bien tarda en arrancar, tiene una segunda mitad sobresaliente, en especial gracias a las reflexiones sobre la familia, la hipocresía moral y cómo se percibían el sexo y la religión en la sociedad norteamericana de hace sesenta años, pero también a las interpretaciones de Lerman, Gadot, y Linda Emond, que supone la mayor revelación del film dando vida a la madre de Marcus. Indignación no es la mejor película para ver en un mal día, ya que su tristeza puede causar estragos, pero sí es aconsejable no dejarla pasar. Se trata de un relato de muchas capas, imbuido de la literatura clásica estadounidense y muy cercano a la obra de J.D. Salinger, un film tan melancólico como estimulante.

Indignación es una exclusiva de fnac, solo disponible en sus puntos de venta físicos y online. Incluye los extras: ‘Deconstruyendo una escena’ y ‘Trajes de época’.

frank-lola-imogen-poots

Frank & Lola (Matthew Ross)

Frank & Lola es también la opera prima de Matthew Ross (no confundir con Matt Ross, de Silicon Valley Captain Fantastic), su debut en la dirección de largometrajes después de varios años curtiéndose en el arte del corto. La película tiene todas las señas frank-lola-dvdde un primer trabajo para la gran pantalla, pero también la confianza y el temple de un cineasta que lleva ya tiempo practicando su salto a la larga duración.

Ross nos lleva a Las Vegas para realizar un noir moderno, una atípica historia de amor protagonizada por dos personas tan carismáticas y prometedoras como perdidas en sí mismas. Michael Shannon (Take ShelterAnimales nocturnos) e Imogen Poots (FilthGreen Room) interpretan a una pareja a priori chocante (y no solo por la diferencia de edad) que acaba sorprendiendo por su química en pantallaFrank & Lola cuenta la historia de dos personas sumidas en una espiral de pasión, sexo y obsesión, marcadas por un pasado violento que condiciona sus vidas y trunca su felicidad. Un film oscuro y enigmático sobre el amor y la dominación que, si bien no ofrece nada nuevo, se beneficia de las estupendas interpretaciones de Shannon y Poots, dos actores que deberían disfrutar de mayor reconocimiento.

kicks

Kicks: Historia de unas zapatillas (Justin Tipping)

Dirigida por el también debutante Justin TippingKicks es un intenso y exuberante retrato de la juventud en las zonas más pobres de Los Ángeles. La película cuenta la historia de Brandon (Jahking Guillory), un adolescente de 15 años que sueña con tener unas zapatillas Jordan para escapar de su realidad. El chaval se las apaña para conseguirlas, pero pronto se convertirá en el blanco de los matones de su kicks-dvdbarrio, que se las roban, no sin antes darle una paliza. Junto a sus dos mejores amigos, Brandon se embarca en una peligrosa aventura para recuperar las zapatillas, un viaje sin retorno hacia la madurez.

Kicks presenta una llamativa mezcla de estilos, del realismo callejero más crudo a la ensoñación poética, de la crítica social al realismo mágico, con una selección musical compuesta por clásicos del hip hop que marcan el ritmo y de los que además se extraen citas que funcionan como epígrafes de la historia. Rebosante de energíaKicks habla de la dificultad de crecer y prosperar en un mundo caracterizado por la precariedad, el peligro y la masculinidad tóxica de los projects, en el que las drogas, la violencia y la objetificación femenina son el día a día. En este entorno, Brandon se verá obligado a dejar la infancia atrás para adaptarse al entorno en el que le ha tocado vivir, en el que la imagen que uno proyecta lo es todo.

Como curiosidad, Kicks cuenta con la participación del oscarizado Mahershala Ali, en un papel similar al que realiza en Moonlight, el de mentor del joven protagonista (aunque aquí no tan protector o cariñoso como su Juan).

Kicks es una exclusiva de fnac, solo disponible en sus puntos de venta físicos y online. Contenidos adicionales: minidocumental ‘Kicks: Uno a uno’.

Crítica: Fury (Corazones de acero)

Logan Lerman Brad Pitt

Texto escrito por David Lastra

En 2015, una película bélica puede dar más miedo y respeto que Macarena Gómez en Musarañas y un Babadook juntos. Como aquel que se atrevió a afirmar que “la Historia ha muerto”, el espectador clamaba que ya se había cansado de tiros, balas y soldados estadounidenses descuajeringando nazis (y viceversa). De ahí que esta clase de películas desapareciesen de las carteleras. Un reposo latente, no tan cercano a la muerte como otros géneros clásicos, como el western. De vez en cuando, alguna valiente como Kathryn Bigelow con En tierra hóstil, nos ha demostrado que todavía no lo hemos visto todo, que seguía habiendo historias que contar. Este 2015 es David Ayer (director de Sin tregua, guionista de Training Day) el culpable de que volvamos a ver tanques en la gran pantalla con su Corazones de acero (Fury).

Si destacábamos la originalidad de Bigelow a la hora de acercarse al conflicto, en el caso de Ayer, el aspecto más destacable es su sobriedad a la hora de rodar. Corazones de acero es un alivio ante las producciones de acción de nuevo cuño. Su clasicista decisión de no descoyuntarnos con movimientos de cámara imposibles que desafían a la velocidad de la luz es su gran acierto. Ese temple, junto a su acertada forma de narrar y de acotar los detalles y no dejarse llevar por tramas secundarias innecesarias, hace que la obra de Ayer remita directamente a clásicos como Sahara (en la que el mismísimo Humphrey Bogart capitaneaba un tanque el desierto libio) más que obras bélicas contemporáneas como La delgada línea roja o Salvar al Soldado Ryan. Corazones de acero nos cuenta los horrores de la guerra basándose en imágenes potentes y un guión solvente (que no Cartel CorazonesAcerosorprendente) sin caer en el romanticismo poético y aburrido de las dos últimas películas citadas. En este film, un caballo abierto en canal es la única opción de una mujer para encontrar comida y no una metáfora de la libertad del pueblo europeo.

El grupo salvaje encargado de domar a Fury (tanque) y acribillar alemanes, está capitaneado por un cumplidor Brad Pitt (también productor de la cinta), todo un seguro interpretativo en la última década, a medio camino entre John Wayne (en sus mejores momentos en el film) y su caricaturesca interpretación italiana de Malditos bastardos (en los peores). Acompañan correctamente al marido de Angelina Jolie, el enfant terrible de la performance Shia LaBeouf; Michael Peña, chico Ayer en Sin tregua; y el televisivo Jon Bernthal (The Walking Dead). A destacar la presencia del niño mimado de esta página, Logan Lerman (Las ventajas de ser un marginado), que se apunta otro tanto en la taquilla y otra notable interpretación. La credibilidad de este grupo puede haber ayudado a la elección de Ayer para lidiar con Will Smith o Jared Leto en Suicide Squad, el que está llamado a ser uno de los hypes cinematográficos del próximo año.

Corazones de acero es cine bélico hecho con plantilla. No sorprende, ni emociona, pero tampoco aburre en ninguno de sus ciento treinta y cuatro minutos, y eso tiene mucho mérito.

Valoración: ★★★½

Crítica: Noé

Noé 2014

Considerar Noé (Noah) un desliz en la interesantísima carrera de Darren Aronofsky solo por ser una colosal superproducción de Hollywood es un error, casi tan grave como valorar la película de acuerdo a su grado de fidelidad con respecto al texto original (lo siento, no he leído el libro en el que se basa, pero estoy ligeramente familiarizado con él) o, válgame Dios, por su nivel de verosimilitud -peor que un cristiano ultrajado por las licencias que se toma, es un cinéfilo indignado por el enfoque fantástico que se le otorga a una historia de estas características.

Noé es un filme que, a priori, puede parecer el más impersonal de la carrera del realizador, debido a su envergadura y género. Sin embargo, es una pieza que encaja perfectamente en su trayectoria. A través de sus películas, hemos aprendido que la relación de Aronofsky con el cine es profundamente personal, pero este no es uno de esos autores que se queda en su zona segura y se limita a iterar una y otra vez sus singularidades (no nombraré a nadie, pero alguno tiene película nueva en cartelera), sino que una de sus señas de identidad más axiomáticas es el riesgo y la experimentación genérica. Para él, esto conlleva la ausencia total de cortapisas y restricciones, completa temeridad y ambición (no olvidemos que dirigió La fuente de la vida, y que estuvo a punto de realizar RoboCop). Por esta razón, Noé no solo es evidentemente una película de Darren Aronofsky, sino que además supone un paso firme hacia delante en su filmografía, inclasificable, ecléctica y diseñada para hacerse progresivamente con un nicho del cine de masas.

Con Noé, Aronofsky (ateo confeso) convierte el Antiguo Testamento en un controvertido tratado sobre la obsesión, la pasión y la naturaleza de la fe, que es en cierto modo lo que define todo su cine. Desde Pi a Cisne negro, todos sus personajes se mueven por estos principios, y todas sus historias acaban explorando los límites entre la devoción y la patología, entre lo placentero y lo enfermizo. En su insistencia en adentrarse en los vericuetos de la demencia y el fanatismo es donde entra la figura de Noé (Russell Crowe), fuerza bruta que representa al fiel primordial, con el que Aronofsky identifica el inicio de la degeneración y el declive del hombre en su fe ciega a los dictados del Señor.

Noé póster españolA la caracterización fuertemente incompasiva de Noé (un hombre al límite, despojado de su cordura, que está dispuesto a llevar a la raza humana hacia su extinción), y la de los miembros de su familia, seres definidos y debilitados por sus fuertes pulsiones sexuales, y sus instintos de supervivencia y protección, se suma el hecho de que Aronofsky se aproxima a las Sagradas Escrituras reformulándolas como una grandiosa fantasía épica que equipara la Biblia con la obra de J.R.R. Tolkien o George R.R. Martin, lo cual explica en parte la animadversión en contra del film. Noé está narrada como si partiera de un referente literario adscrito al género fantástico, en el que tienen lugar acontecimientos asombrosos, donde la magia y lo sobrenatural forman parte de la Creación. En ese sentido, el director no tiene reparo alguno en convertir a los ángeles caídos en gigantes de roca que parecen salidos de La historia interminable, o en narrar los acontecimientos del Génesis en forma de prólogo pseudo-animado que podría ser una escena eliminada de La fuente de la vida.

Noé es una monumental y majestuosa superproducción en la que el Diluvio Universal se presenta a través de un imponente espectáculo visual y sonoro -excelente una vez más la partitura de Clint Mansell-, y donde los magníficos efectos especiales de Industrial Light and Magic aúnan el clasicismo del stop-motion de Harryhausen y la tecnología más impresionante, para resultar en un blockbuster tan personal como intemporal. Pero lo más convincente de la película es la pasión (volvemos a dar con la palabra clave) con la que Aronofsky la cuenta, cómo extrae el dolor y la brutalidad del relato bíblico y convierte la historia del Arca de Noé en una descarnada y absorbente epopeya sobre la locura y la perversión. Y también, como él mismo ha declarado en muchas ocasiones, en un filme fieramente ecologista protagonizado por “el primer activista medioambiental”, alguien que, por los designios del Señor, cree que el ser humano es el único animal que no merece la salvación.

Si acaso el único pero de Noé son unos actores que, o bien no dan la talla –Emma Watson se enfrenta a su primer gran reto dramático con resultados irregulares, Douglas Booth es invisible y Logan Lerman se empieza a encasillar- o bien se mueven en sus habituales registros interpretativos –Russell Crowe y Jennifer Connelly haciendo lo mismo de siempre- sin ser capaces de ponerse a la altura del riesgo dramático que exige la propuesta.

Valoración: ★★★★

Crítica: Percy Jackson y el Mar de los Monstruos

Logan Lerman Percy Jackson

Percy Jackson y la Secuela Improbable habría sido un título más correcto para la segunda entrega de la saga basada en los libros de Rick Riordan. En 2010 se estrenó Percy Jackson y el ladrón del rayo, el primer capítulo en una franquicia mitológica confeccionada para cubrir el inmenso vacío que estaba a punto de dejar Harry Potter. Es más, esta fue dirigida por Chris Columbus, que se encargó de las dos primeras HP (declaración de intenciones de lo más transparente). La recepción de Percy Jackson fue muy fría y la escasa recaudación en taquilla así lo reflejó. Después de un par de años de incertidumbre, El Mar de los Monstruos salió adelante con un nuevo capitán (Thor Freudenthal) para sorpresa de todos (los primeros los actores, como así han expresado en todas las entrevistas). Un milagro para los fans de la saga, y una segunda oportunidad para hacer las cosas mejor.

Después de ver Percy Jackson y el Mar de los Monstruos la conclusión es la siguiente: oportunidad perdida. Puede que en esta entrega haya más énfasis en la acción, y menos pasajes muertos, pero estos cambios son en realidad insustanciales, porque a grandes rasgos, El Mar de los Monstruos es demasiado parecida a la primera película. Y esto es lo que precisamente debía evitarse. El principal problema de la saga es tonal. Su público objetivo es el infantil y juvenil, pero Percy Jackson parece dirigirse en todo momento a los más pequeños, exclusivamente. Los personajes han crecido, pero al contrario de lo que ocurría en Harry Potter, la saga no ha sabido crecer con ellos.

DF_12805.dng

Tenemos en El Mar de los Monstruos a unos héroes adolescentes, en plena transformación física hacia la adultez, que ofrecen mil y una posibilidades para construir relaciones mínimamente interesantes, para ir incorporando subtexto, tumulto interior, oscuridad. En resumen, todos los ingredientes necesarios para que una comunidad fan se encargue de convertir un producto como este en un fenómeno. Pero Percy Jackson sigue siendo tan blanca, tan inocente e inadulterada, tan sosa, que no tiene lo que hay que tener para levantar pasiones. No es más que una inofensiva y apocada película de animación para niños – Hércules de Disney, otra clase de mitología griega según la libertad de cátedra, tenía infinitamente más picardía.

En El Mar de los Monstruos se insiste en el mismo tipo de humor bobo y prudente, como si hubiera un miedo terrible a salirse de tono. Esta cobardía se refleja también en la progresión del argumento, en los supuestos giros y sorpresas, en el tratamiento de la muerte -concepto que se maneja constantemente sin llegar a explorar nunca su verdadero alcance-, en los diálogos desganados y los conflictos intrascendentes, y en la violencia física tremendamente cartoonesca, es decir, sin sangre, sin verdaderas repercusiones. Ojo, no estamos pidiendo una película de Tarantino para niños, pero sí que haya un poco más de chispa, algo de riesgo y pasión que despierte a todo el mundo de la siesta (Cuarón estaba ocupado, ¿no?). No parecía tan difícil.

Percy Jackson y el Mar de los Monstruos intenta funcionar como reseteo de la saga. Incluso ofrece una suerte de “previously on” al comienzo para que no sea necesario ver la primera (y eso que os ahorráis). Sin embargo, vuelve a desaprovechar trágicamente el jugoso material que ofrece la mitología griega y muestra poco interés en los conflictos que derivan de la situación familiar de los protagonistas, semidioses separados de sus padres que habitan en el Olimpo. A Freudenthal lo contrataron para que insuflara nueva vida a la saga, para que aportara la diversión que Columbus no fue capaz de encontrar, pero lo que ha conseguido es hacerla aun más plana.

IH7A0694.CR2

El Mar de los Monstruos (por cierto, otro título más adecuado y lógico habría sido Percy Jackson y el Vellocino de Oro, o ya que estamos con el juego, Titanes y iPods 2) no es el reboot que debería haber sido, pero al menos hace un par de cosas bien. Y no estoy hablando de la presencia de Anthony Stewart Head (haciendo de Rupert Giles) y Nathan Fillion, con referencia jocosa a Firefly incluida (que también). Estoy hablando de su apartado visual, que la convierte de nuevo en un goloso festival digital de color lleno de hermosas criaturas CGI (aunque la integración con la acción real sea más bien mediocre, por no usar otro término más ofensivo). Y sobre todo de su protagonista, un semidiós repentinamente experto en parkour, que no es sino un humano imperfecto e inseguro que cree que la primera vez que salvó al mundo fue cosa del azar. Logan Lerman aporta la vulnerabilidad necesaria para hacer de Percy Jackson un personaje cercano con el que identificarse, en la tradición de Peter Parker. Es una pena que nada de esto sea suficiente para que tengamos ganas de ver más películas de esta saga.

Crítica: Un invierno en la playa (Stuck in Love)

Un invierno en la playa (Stuck in Love, Josh Boone, 2012)

Deformación profesional

Un invierno en la playa se pasó hace un año por los circuitos festivaleros con el título de Writers. Para su distribución en salas comerciales norteamericanas, este título más propio de una película de Pixar fue sustituido por el mucho más comercial -y tramposo- Stuck in Love. Aunque ninguno de los dos sea muy bueno precisamente, ambos describen elocuente y concisamente qué es Un invierno en la playa -no me hagáis hablar del título en español.

Los Borgen son una familia de escritores en plena fase creativa del nuevo capítulo de sus vidas, pero para ello deben antes reescribir lo vivido hasta ahora. El patriarca, William (un siempre efectivo y amable Greg Kinnear) está divorciado de Erica (Jennifer Connelly), y vive con los dos hijos de ambos: Samantha (Lily Collins) y Rusty (Nat Wolff). Como no podía ser de otra manera, William está “atascado”, “bloqueado”. En su trabajo y en su pasado. Incapaz de asumir la marcha de Erica, William se pasa los días esperando a que esta vuelva, obsesionado con ella, espiándola en la casa donde vive con su nuevo y atlético marido. Mientras, se realiza profesionalmente a través del trabajo de sus hijos, una cínica veinteañera devora-hombres que va a publicar su primer libro, y un adolescente fan de Stephen King que obviamente se encuentra ‘en construcción’. La odisea personal de los tres Borgen que quedan supondrá la búsqueda de una nueva perspectiva, abandonar lo aprendido para aferrarse a nuevas esperanzas, para seguir viviendo. Renunciar a un amor para aceptar la posibilidad de otro. O simplemente abrirle las puertas.

Los diálogos de Un invierno en la playa rozan la ingenuidad pretenciosa -el ‘namedropping‘ no puede ser más obvio-, pero lo hacen en consonancia con la naturaleza de sus personajes, en especial de sus protagonistas adolescentes, que, como los hermanastros de Las ventajas de ser un marginado, están de vueltas de la vida, aunque no hayan empezado a vivirla todavía. Las caracterizaciones de la película transcurren entre el idealismo y lo establecido, con personajes que navegan un mar de lugares comunes y que se enfrentan a conflictos y alcanzan resoluciones convencionales. Sin embargo, Boone logra que su historia se mantenga en todo momento en el plano de la verosimilitud, y su magnífico elenco aporta toda la naturalidad y autenticidad necesaria para que la propuesta funcioneUn invierno en la playa cuenta con uno de los mejores repartos corales de este año, todos ellos se funden plenamente en la piel de sus personajes, todos retratan a la perfección ese desarraigo adolescente, condescendiente y autoconsciente propio del escritor, que es justamente lo que les impide avanzar. Los Borgen son una familia real, y el lazo que hay entre ellos se extiende más allá de la pantalla.

Desde el punto de vista narrativo, no hay nada verdaderamente extraordinario en Un invierno en la playa -el número de tópicos al que recurre es considerable-, y sin embargo la ópera prima de Boone se las arregla para implicar al espectador a un nivel más personal del que suelen conseguir este tipo de dramedias mal-llamadas-indies. Estamos ante una de esas pequeñas películas con cálido aroma Sundance que acogen con los brazos abiertos al espectador y le invitan a sonreír durante todo el metraje, a sentir las penurias de sus personajes, a desear finales felices para todos ellos, y tras la cual es posible experimentar una plenitud y satisfacción que no muchas consiguen. Un invierno en la playa es tan cercana, buenrollista y romántica -en el sentido más cósmico de la palabra- que a más de uno hará cuestionarse si ha llegado la hora de desatascarse y reescribir la historia.

A modo de epílogo en el que me voy a permitir ponerme mucho más personal: mi más sentida enhorabuena y toda mi gratitud para el equipo de casting de Un invierno en la playa, que ha logrado reunir en una película a un grupo de actores por los que siento una gran debilidad. Jennifer Connelly, mi primer amor cinematográfico gracias a Dentro del Laberinto, Lily Collins, cuya belleza me tiene arrebatado desde Mirror, Mirror y que en esta película está increíblemente hermosa, Kristen Bell, que siento como de la familia desde Veronica Mars y Logan Lerman, el niño mimado de fuertecito no ve la tele desde Las ventajas de ser un marginado. Por último, un premio al responsable de convertir a Connelly y Collins en madre e hija en la ficción. Era algo que debía pasar tarde o temprano. Lo llevaban escrito en las cejas.

Crítica: Las ventajas de ser un marginado (The Perks of Being a Wallflower)

Manual de supervivencia para el adolescente inadaptado

“El instituto es una mierda”. Hasta que un día deja de serlo. Para muchos es simplemente una etapa que se deja atrás y no se vuelve a visitar, para otros es la experiencia que da forma a una vida, la que regresa constantemente para recordarnos dónde comenzó lo que somos ahora. Es muy probable que esas personas incapaces de olvidar aquel extraño sentimiento llamado adolescencia fueran en su día wallflowers, como Charlie, Sam y Patrick. Los que ven cosas, y de repente lo entienden todo. Los que se permiten salirse de la norma establecida y soñar. Los que pueden ser cualquier cosa y en cierto modo ya lo son: novelista, director de películas de vampiros, budista punk. Don’t dream it. Be it. Marginados, desplazados, diferentes. Únicos.

¿Cuándo deja el instituto de ser una pesadilla para todos estos misfits? Cuando nos damos cuenta de que no estamos solos. Esa es la salvación para el adolescente inadaptado. Encontrar un amigo, o dos. Alguien con quien compartir los dolores del crecimiento, alguien que te saque de tu cuarto y te descubra que hay todo un mundo más allá de él. Es lo que le ocurre a Charlie (Logan Lerman) cuando conoce a los hermanastros Sam (Emma Watson) y Patrick (Ezra Miller) y entra a formar parte de su insoportablemente cool círculo de marginados. Es en el momento en el que nos damos cuenta de que tenemos a alguien a nuestro lado cuando comprendemos que todo es posible, y que somos infinitos. Cuando, sin que se percaten, los miramos y nos sentimos plenos, invencibles.

Las ventajas de ser un marginado (The Perks of Being a Wallflower) está repleta de instantes excelentemente articulados que retratan con acierto las profundas contradicciones de la adolescencia. Stephen Chbosky (director de la película y escritor de la novela que adapta) demuestra un buen ojo clínico a la hora de construir a sus personajes y hacerlos portavoces de su certera visión de la adolescencia. Y sus actores hacen un trabajo impecable a la hora de darles vida: Lerman conquista por su extrema sensibilidad y vulnerabilidad, Watson se aleja de su Hermione Granger y demuestra que tiene una larga carrera por delante (aunque deba perfeccionar el acento yanqui), y el arrebatador Miller es la verdadera revelación de la película -la segunda si tenemos en cuenta que él era lo mejor de la mediocre Tenemos que hablar de Kevin.

Estos chavales están definidos por la ilusión de las primeras veces (no solo las sexuales, que muchos ya han dejado muy atrás), pero sobre todo por su deseo de conocer, descubrir, llegar a lugares (supuestamente) inexplorados antes que la mayoría, y gracias a todo esto convertirse en alguien, obtener una identidad que les permita separarse de la masa, y que a ratos se usará como arma arrojadiza. Patrick está obsesionado con lo que es original y lo que no, el grupo favorito de Sam son los Smiths, y opina que “todo suena mejor en vinilo“. Charlie está lógicamente fascinado, atrapado por estos dos seres de un universo alternativo, que a nosotros, desde el futuro y habiendo dejado atrás ya esa fase, nos encanta desenmascarar: ninguno de ellos conoce “Heroes” de David Bowie. Qué tiernos, aun no han llegado a ese capítulo del manual. Por ello, es esta quizás la ‘primera vez’ más hermosa de toda la película.

Efectivamente, la música es muy importante en Las ventajas... Chbosky no solo utiliza los temas de Cocteau Twins, Dexys Midnight Runners o New Order para ambientar y situar cronológicamente la historia (estamos en 1991, aunque estas canciones pertenecen a la década anterior), sino que también la convierte en una de las herramientas más importantes y efectivas para caracterizar a sus personajes. Los gustos musicales como vínculo amistoso, como declaración de principios, y argumento en contra de lo mainstream. Pero también como prueba de la inocente, inconsciente y adorable condescencencia de estos personajes, y su evidente condición de ‘en construcción’: “Te quiero descubrir a Billie Holiday y el cine extranjero”, le dice Mary Elisabeth a Charlie, en uno de los momentos más elocuentes del filme. Y en relación a la música, el baile. Bailar se convierte en válvula de escape, en expresión de libertad y celebración de la amistad. Bailemos mientras podamos, mientras queramos. Es más, hagámoslo de la manera más extravagante y llamativa posible. De eso se trata, de sentir que el cielo es el límite, y que podemos bailar hasta caer rendidos, y que no nos importa lo que piensen los demás, aunque en el fondo sea lo que más nos importa del mundo. En una de las secuencias más importantes de la película, Sam y Patrick bailan como locos al ritmo de “Come On Eileen”. Charlie se une a la fiesta, y es entonces cuando se decide por fin a vivir.

Las ventajas de ser un marginado es una clara deudora de Donnie Darko (Richard Kelly, 2001), y va camino de amasar un culto mundial parecido. Ambas nacen con voluntad de retrato generacional alternativo, se ambientan en épocas prácticamente coetáneas (1988 vs. 1991), y sus protagonistas son inadaptados con desorden de personalidad. Chbosky hace que su Charlie habite el mismo universo que Donnie (sin los viajes en el tiempo y los conejos gigantes, claro), utilizando una fotografía y un trabajo de cámara que evocan indudablemente a la cinta de Richard Kelly. Pero donde Donnie Darko se adentraba en la oscuridad, Perks opta por un camino mucho más luminoso, a pesar de su desconcertante tramo final. Ya nos esté hablando de la locura en la adolescencia, o de la adolescencia como locura de vivir, Las ventajas de ser un marginado nos deja una cosa clara: la adolescencia es infinita.