Crítica: Un don excepcional (Gifted)

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Marc Webb debutó en la dirección de largometrajes con (500) días juntos, una de las grandes sorpresas de 2009, y también una de las comedias románticas más influyentes de los últimos años. Como suele ocurrir con los directores más prometedores, los grandes estudios de Hollywood se fijaron en él para ponerlo al frente de una superproducción, y así es como Webb acabó dirigiendo las dos entregas de la truncada segunda franquicia cinematográfica de Spider-Man. Tras el tibio recibimiento de The Amazing Spider-Man y su secuela, Webb se centró en televisión (Crazy Ex-GirlfriendLimitless), para regresar este año al cine con su cuarta película como director, Un don excepcional (Gifted).

Webb deja atrás el blockbuster para volver al cine de corte indie, con un proyecto de menor envergadura que, curiosamente, está protagonizado por uno de los superhéroes más famosos del cine, Chris Evans (Capitán América). Claro que su alianza profesional tiene mucho sentido, ya que ambos han hecho caja con el cine de superhéroes, pero sus inquietudes artísticas se acercan más al drama íntimo y personal, que es justo como se podría definir Un don excepcional, cinta que recoge influencias de títulos como El pequeño TateKramer contra KramerEl indomable Will Hunting.

En la película, Frank Adler (Evans) es un hombre soltero que, tras la muerte de su hermana, cría a su sobrina, Mary (Mckenna Grace), en una pequeña ciudad de Florida. Mary es una brillante niña prodigio cuya inteligencia superdotada y extraordinario dominio para las matemáticas siempre le ha dificultado la tarea de vivir su infancia con normalidad. Empeñado en que su sobrina lleve una vida como la de los demás niños, Frank se niega a mandarla a una escuela avanzada, encontrándose pronto con la oposición de la abuela de Mary, Evelyn (Lindsay Duncan), una estricta y acaudalada bostoniana que nunca ha mostrado interés por su nieta, pero regresa para separarla de su hijo con la intención de darle la educación necesaria para convertirla en una estrella de las matemáticas. Mientras las tensiones familiares van en aumento, Frank y Mary encuentran apoyo, y una familia, en Roberta (Octavia Spencer), su cariñosa casera, y Bonnie (Jenny Slate), la profesora de Mary, cuyo interés por su fascinante alumna desembocará en una relación con su tío.

Un don excepcional es la definición de crowd-pleaser, una de esas películas confeccionadas a medida para sumir al espectador en una montaña rusa de emociones. Webb sabe exactamente qué teclas tocar para que nos involucremos en la historia de Frank y Mary, combinando astutamente comedia y drama para hacer pasar de la sonrisa (incluso alguna carcajada) al llanto sin esfuerzo aparente. Si bien incurre en todos los lugares comunes de la dramedia familiar y el indie norteamericano, y peca de excesivamente almibarada por momentos, el sentimiento que recorre toda la película es genuino, por lo que es fácil enternecerse con su conmovedora historia y su mensaje sobre la familia y la infancia.

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Claro que para que una película como esta funcione y no nos ahogue en la sensiblería lacrimógena, debe contar con un reparto que sepa trasladar esos sentimientos del papel a la pantalla de manera convincente. Y en este sentido, Un don excepcional no podría salir mejor parada. Por un lado tenemos a Chris Evans en un papel contenido que culmina durante la recta final una de sus mejores interpretaciones dramáticas hasta la fecha, gracias en gran medida a su contrapunto interpretativo, la pequeña Mckenna Grace, un auténtico prodigio infantil con el que el actor tiene toda la química del mundo y del que es imposible apartar la mirada. Y por otro la siempre eficiente Octavia Spencer, todo fuerza y corazón, Jenny Slate en un papel que le viene como anillo al dedo, y la distinguida Lindsay Duncan encarnando con amenazante porte y elegancia a la villana de la película, una mujer a la altura de las institutrices y madrastras más estrictas de la ficción.

Aunque no se libre en ningún momento de ese aire de melodrama televisivo de sobremesa y se puedan ver los hilos con los que se mueve al espectador hacia la emoción deseada, sus evidentes buenas intenciones hacen de Un don excepcional una de esas películas con las que no cuesta dejarse llevar (como ocurría con Criadas y señorasFiguras ocultas, casualmente ambas con Octavia Spencer). Gracias a la simbiosis entre sus protagonistas y el acertado equilibrio de tonos, Webb escapa de las redes del telefilm para ofrecernos un trabajo cálido, humano y rebosante de inteligencia emocional con el poder de ablandar a cualquiera.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Sherlock – “His Last Vow” (3.03): Algo pasa con Mary

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Sabíamos que Sherlock se marcharía este año con un gran bang. Y de hecho se ha marchado con dos. Para el tercer episodio de la temporada, “His Last Vow“, Steven Moffat acapara todo el trabajo de guión y firma un libreto cargado de referencias (más de lo habitual) al canon de historias de Sir Arthur Conan Doyle, y por supuesto, unas cuantas a su Doctor Who (en un momento del episodio, Sherlock llama a Mary “la mujer del doctor” por ejemplo). “His Last Vow” es todo lo que esperamos de un final de temporada de esta serie: giros, golpes de efecto, más giros y sorpresas, tramas retorciéndose y saltando, una filigrana narrativa que no es tan genial como Moffat cree, pero sí lo suficientemente efectiva como para tenernos en vilo una hora y media.

Después de dos capítulos decididamente cómicos (y caóticos), Moffat se pone un poco más serio, se centra y descarga de humor la tercera y última entrega de la temporada para adentrarse en territorio farragoso. El de los traumas y el origen de las patologías psicológicas (vemos a Sherlock de pequeño varias veces a lo largo del episodio), los miedos y los puntos débiles de sus personajes. “His Last Vow” trata en gran medida sobre la adicción, no solo la de Sherlock Holmes a las drogas, sino también su adicción a John Watson (su droga de reemplazo), y cómo no, la de John Watson a las personas psicológicamente dañadas que le engañan y lo ponen en peligro. En la secuencia inicial de los créditos (después del estupendo prólogo con Lars Mikkelsen y Lindsay Duncan) vemos a un Watson que no estamos acostumbrados a ver, al soldado, al experto en el combate cuerpo a cuerpo, al súper héroe que todos menos él sabemos que es. Para luego verlo retomar su puesto como sidekick de Sherlock y finalmente constatar -una vez más- que es un ser humano prácticamente perfecto en todos los sentidos (sí, como Mary Poppins). No hay suficientes elogios para Martin Freeman, que lo borda en todos los registros, siempre con una naturalidad y carisma que hace que su trabajo parezca el más fácil del mundo.

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En “His Last Vow”, el pasado vuelve para atormentar a los protagonistas (hasta el último minuto, ya sabéis de qué hablo), pero también para consolarlos y ofrecerles refugio. Como si del Rosebud de Ciudadano Kane se tratase, se nos desvela el misterio de Redbeard, uno de los puntos débiles de Holmes que podemos leer en las gafas de Magnussen (este año han sacado el mejor provecho de los rótulos sobreimpresos en pantalla y otras argucias visuales). Y al igual que el trineo de Charles Foster Kane, este mcguffin de Sherlock nos lleva a la infancia del protagonista. Redbeard resulta ser el perro de nuestro detective, su “ancla” antes de conocer a John, que es otro tipo de cachorro. Mucho más oscuro y desconcertante es el gran secreto de Mary: la mujer de Watson es una ex asesina que trabajaba para la CIA y que planea matar a Charles Augustus Magnussen, el villano del episodio, para evitar que este destape sus secretos y arruine su nueva vida con John. Este impactante giro que cambia por completo la percepción que tenemos de Mary no está en el canon (obviamente Mary no era una agente de la CIA a finales del siglo XIX), pero sí está construido a partir de los datos biográficos, o más bien de la ausencia de datos y el misterio alrededor del pasado del personaje que ideó Conan Doyle.

La revelación de Mary (muy bien hilada y justificada a base de detalles que no percibimos en los dos episodios anteriores) nos desarma, nos enfada y nos decepciona (no queremos que le pase nada malo nunca a John), pero en última instancia sirve para reforzar los lazos de los tres personajes principales. La clave está en la escena más compleja e intrincada visual y narrativamente de lo que llevamos de serie, la del disparo de Mary a Sherlock (¿no os encantaría ver esta serie en el cine?) En ella Sherlock nos lleva a su “mind palace” (un lugar que, sorprendentemente, o no tanto, está habitado por personas a las que quiere), donde descubre no sólo que está en su mano burlar a la muerte siguiendo la lógica científica que ha aprehendido de Molly (grande Molly), sino también que Mary Morstan es una espía y el disparo era su única manera de salvar a dos personas por las que siente genuino amor. Esto lleva a John a perdonar a Mary por haberle ocultado su pasado, el cual no tiene interés en conocer. “Los problemas de tu pasado son asunto tuyo. Los problemas de tu futuro son privilegio mío”. Para, John. Por favor. Deja de ser tan perfecto. Duele.

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Uno de los mayores defectos de Steven Moffat como guionista es abarcar mucho más de lo que debe. Sí, este es un problema que encontramos en todos los episodios de Sherlock (mejor eso que un “desarrollo estancado” de 90 minutos), pero resulta especialmente molesto y confuso en “His Last Vow”, saturado de flashbacks, capas de información y giros de guión. Aunque claro, si un episodio de Sherlock fuera sencillo y estuviera contado sin efectismo y engaño no sería Sherlock. Y seguramente no nos gustaría tanto. Además, lo mejor de esto es que todo acaba encajando de tal manera que los episodios anteriores adquieren nuevo sentido y la temporada mucho más empaque, por lo que la serie se presta enormemente a los revisionados.

Como no puede ser de otra manera, “His Last Vow” se guarda un gran giro para el final (y no, todavía no me refiero a eso). La cámara de los secretos de Charles Augustus Magnussen (actualización del villano sherlockiano Charles August Milverton interpretado a las mil maravillas por el hermano de Mads Mikkelsen) está en realidad en su mente, por lo que no hay manera de destruir las pruebas sobre el pasado de Mary si no es matándolo. Después de una escena incómoda y enervante como pocas he visto (Magnussen dando golpecitos con el dedo en la cara de John), Sherlock mata a su archinémesis de la semana, lo que lo convierte en un criminal (en la historia original simplemente no hacía nada por evitar su muerte). En manos de las autoridades (o sea, de su hermano Mycroft y su amigo Lestrade), Sherlock se ve obligado a aceptar una misión suicida como espía (y yo creía que se me habían acabado los espías con Nikita). La despedida de Sherlock y John resulta demasiado contenida pero cargada de emoción. Afortunadamente solo están separados 4 minutos. La próxima vez que vayáis a despediros para no veros nunca más, ¡arrimaos!

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¿Cuál es la razón para que Sherlock se baje del avión (cual Rachel Green) antes de despegar hacia su final? Ahora sí. Jim Moriarty. ¡Qué sorpresa! (ironía). Es prácticamente un hecho que Moriarty sigue muerto (nos lo aseguraron Moffat y Gatiss, aunque ya sabéis que de esos hay que creerse poco), y esto no es más que una provocación del villano de la cuarta temporada (los entendidos dicen que podría tratarse de Sebastian Moran), una distracción de Moffat para llamar la atención y asegurarse nuestro regreso, como si hiciera falta. Claro que con esta serie nunca se sabe qué retorcido y mágico plan nos aguarda a la vuelta de la esquina. Ahora ya sabéis lo que toca: mono. ¿Y cómo se sobrelleva el síndrome de abstinencia impuesta después de estos cortos pero intensos 12 días de Sherlock? Por mi parte yo recurriré a la droga de reemplazo de Holmes: Me voy a mirar gifs de John Watson muriéndose de celos porque su Sherlock se ha echado novia (qué alivio que lo de Janine fuera solo el despiadado plan de un psicópata, ¿verdad?). A ver si así aguanto hasta 2015. Nos vemos el año que viene en el 221b de Baker Street. Toodles!

Crítica: Le Week-end

Le Weekend Directed by Roger Michell Starring Lindsay Duncan and Jim Broadbent

Crítica escrita por David Lastra

Si ahora nos encontráramos en un tren, ¿te parecería atractiva? Pero tal y como soy ahora. ¿Te pondrías a hablar conmigo? ¿Me pedirías que me bajara contigo?. En pleno hiato helénico, Celine le espetaba a Jesse sus dudas ante el erotismo de las carnes fláccidas haciendo referencia a su primer encuentro ferroviario.  El tiempo lo destruye todo, las relaciones y, mucho más, la turgencia. Ese es el punto de partida de Le week-end. Roger Mitchell se atreve a mostrarnos lo que bien podría ser (salvando las distancias) el sexto o séptimo capítulo de la saga de LinklaterDelpyHawke, mostrándonos una relación amorosa en uno de sus últimos estados: el amor en la vejez.

Que desaparezcan las muecas de desagrado por parte de los jóvenes, el realizador de Notting Hill no nos trae la enésima comedieta buenrollista de viejecitos retozones sino que, asimilando el modelo de citada la trilogía Antes de…, construye una interesante cinta dramática con grandes momentos cómicos sobre la degradación de la relación por el roce (no carnal) basado en diálogos inteligentes, una química brutal de sus protagonistas y el rechazo absoluto a la pornografía sentimental. No obstante, el encargado del guión no es otro que Hanif Kureisihi, guionista de Mi hermosa lavandería y con el que ya trabajó en The MotherVenus, la dos entregas anteriores de lo que podríamos llamar su trilogía geriátrica. Los protagonistas están encarnados por dos leyendas del cine británico el omnipresente Jim Broadbent, Concha de Plata por su labor en este film, y la encantadora (Julie Delpy circa 2021) Lindsay Duncan, galardonada en los British Independent Film por este papel y que también vimos hace poquito en Una cuestión de tiempo.

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Nick y Meg son una pareja británica que decide revitalizar su matrimonio visitando los lugares en los que estuvieron hace décadas durante su luna de miel parisina. Si el tiempo hace estragos en los seres humanos, imaginad lo que Cronos combinado con la especulación turística puede haber hecho en una ciudad como París. Habitaciones más pequeñas, escalones más empinados, propinas desmesuradas, menús más caros, mujeres más jóvenes y atractivas, intelectuales más pedantes y egocéntricos (personificados en un divertidísimo y trasnochado Jeff Goldblum). Pero sobre todo, los que no son los mismos son ellos. Celos, discusiones, aversión física, hijos sacacuartos, envidias,… o realmente todo esto no es ningún cambio y todos seguimos igual. “Pensamos que vamos evolucionando, pero tal vez no cambiamos tanto”. Palabra de Celine.

Le week-end es una esperanzadora oda a la evolución y/o adaptación (no confundan con sumisión) de las relaciones amorosas a lo largo del tiempo, un tiempo que no nos cambia tanto como creemos. La prueba de que no hemos cambiado tanto es que nos siguen gustando las mismas cosas (bonitos homenajes su pasado francófilo en forma de collages y especialmente con el Madison a lo Band à part en un bar con Duncan y su sombrerito a lo Anna Karina incluido) y, sobre todo, que nos sigue molestando lo mismo. Si quieres amor verdadero, esto es lo que hay. Esta es la vida real, no es perfecta pero es real. Jesse, punto final.

Valoración: ★★★★