Crítica: Isla de perros, la nueva obra de arte stop-motion de Wes Anderson

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GUAU, hacen los perros… y GUAU, hacen los espectadores al terminar Isla de perros (Isle of Dogs), la última película de Wes Anderson (El Gran Hotel Budapest). Esa onomatopeya es la única manera posible de expresarse tras el cúmulo de emociones atropelladas que se sienten ante las aventuras y desventuras de la patrulla canina más cool de la historia.

Una epidemia de gripe canina asola la ciudad de Nagasaki. Moquillo, mal genio, ladridos a todas horas y algún que otro mordisco donde no se debía. Los perros están desbocados. Ante tamaña crisis animal, y con cierto miedo a que la enfermedad se transmita al ser humano, el alcalde de la urbe dictamina la prohibición y el consiguiente exilio de todos y cada uno de los perros. Tanto mascotas como callejeros, todos los cánidos pasarán sus últimos días aislados en una isla colindante que hasta el momento había hecho las veces de basurero municipal. ¡Fuera pulgosos de nuestras vidas! ¡Larga vida al mundo gatuno! Pero como es normal ante este tipo de soluciones drásticas, las voces rebeldes no tardan mucho en aparecer y sus protestas, aunque no multitudinarias, se suceden. Por otro lado tenemos a Atari, un pobre chaval que lo único que quiere es recuperar a su perro desaparecido sea como sea.

Después de maravillar al gran público con El Gran Hotel Budapest y de llevarse unos cuántos premios de la Academia por el camino, Wes Anderson opta por una opción bastante arriesgada: volver al stop-motion. Aunque la decisión más fácil hubiese sido completar la trilogía aventurera formada por Moonrise Kingdom y El Gran Hotel Budapest, Anderson vuelve al terreno donde nos había entregado su mejor y más completa obra fílmica: Fantástico Sr. Fox.  Ni el despiporre de Los Tenenbaums: Una familia de genios, ni mucho menos la sobrevalorada Moonrise Kingdom. Hasta la fecha, esa bonita traslación del relato de Roald Dahl era la joya de su filmografía. Es necesario recalcar ese hasta la fecha, porque hoy es el día en que todo cambia. Ese altísimo nivel ha sido superado con Isla de perros. En esta epopeya canina, Anderson alcanza unas cotas de belleza absoluta que nos sume en un síndrome de Stendhal inaudito. La preciosidad del film es inigualable, desde los increíbles diseños de personajes y sus graciosas animaciones, hasta un cuidadísimo guión, repleto de buenos sentimientos y mil y una referencias cinematográficas de altura.

Sin huir de su característico mundo de fantasía, Anderson adopta una postura combativa a la que no nos tenía acostumbrados. Isla de perros es una poderosa metáfora de la situación actual que se vive en el Primer Mundo ante la realidad de la inmigración. No es difícil encontrar similitudes entre la manipulación informativa y gubernamental con la que se trata la epidemia perruna en la película con las conservadoras propuestas del régimen de Donald Trump ante los no caucásicos o el propio caso del Brexit. Aunque lejos de ahondar en la epidemia alt-right como sí está haciendo otro tipo de productos audiovisuales (Homeland, The Good Fight), Anderson decide no complicarse demasiado y opta por la colocación de un villano más o menos tradicional.

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Al igual que en sus películas con seres humanos de carne y pelo, el director ha sabido rodearse de un sinfín de caras (o voces) conocidas para dar vida a los perretes. Estrellas como Bryan Cranston (Breaking Bad), Liev Schreiber (Spotlight), Jeff Goldblum (Parque Jurásico) y, cómo no, dos rostros habituales de su cine: Edward Norton (Birdman) y Bill Murray (Lost In Translation) interpretan a unos perros con más carisma que Rin Tin Tin. Pero si alguien se lleva el gato al agua (¿alguien ha dicho gato?) esa es Scarlett Johansson (Under the Skin). Su interpretación vocal de Nutmeg, la perra modelo multidisciplinar, transmite a la perfección la esencia del cine de Anderson. Esa mezcla entre cool y resabidillo, de estar de vuelta y seguir siendo extremadamente gracioso. Todo con un deje y una cadencia sensual perfecta, marca Johansson. La Academia debería enmendar el error (o el vacío legal) de Her y nominarla este año. Igualmente geniales y tremendamente graciosas son las participaciones más anecdóticas, pero completamente robaescenas, de F. Murray Abraham (Amadeus) y Tilda Swinton (Solo los amantes sobreviven), otra musa andersoniana.

Isla de perros es un hito cinematográfico de esos que no ocurren todos los años. Una de esas cintas con las que la palabra delicia no hace méritos. Una verdadera obra de arte.

David Lastra

Nota: ★★★★★

Crítica: El caso Fischer

La de Bobby Fischer es una de las figuras más fascinantes del siglo XX. El ajedrecista más famoso de la historia ha protagonizado varias películas, de las cuales la más conocida sería En busca de Bobby Fischer (1993), centrada en la infancia del personaje. Ahora Edward Zwick, director entre otras de Leyendas de pasión, El último samuráiDiamante de sangre, nos trae una nueva visión del héroe norteamericano caído y fenómeno mundial con El caso Fischer (Pawn Sacrifice), biopic que recorre la vida del maestro del ajedrez desde su infancia hasta su histórico enfrentamiento con Boris Spassky en 1972 en Reikiavik.

Ambientada principalmente en los 70 y con la Guerra Fría como telón de fondo, la película nos muestra el improbable ascenso de Fischer (Tobey Maguire) al estrellato global, e ilustra cómo su fama convirtió el ajedrez, un juego de inteligencia y estrategia que a priori no incluía el factor espectacular de otros juegos o deportes, en el pasatiempo favorito de una sociedad en jaque. Zwick indaga en la conflictiva y antipática personalidad de Fischer a medida que la arrogancia a raíz del éxito se apodera de él y su estado mental se va deteriorando a causa de la paranoia contra los soviéticos, lo que resultaría en su imparable declive y auto-exilio. El enfrentamiento contra Spassky (Liev Schreiber), calificado como la “Partida del Siglo” funciona como culmen de un relato sobre la auto-destrucción de un hombre en guerra consigo mismo y perfecta metáfora del enfrentamiento mundial que definió esta década.

Sin embargo, a pesar de tener en el guion a uno de los talentos más interesantes del cine y la televisión británica actual, Steven Knight (Promesas del este, Locke, Peaky Blinders), El caso Fischer no consigue alcanzar la trascendencia que pretende y se queda en la superficie, trazando un simplemente correcto retrato del personaje que contiene momentos aislados de lucidez e introspección, pero que en general resulta excesivamente superfluo y convencional. Gran parte de la culpa de que El caso Fischer no cause apenas impacto es de su protagonista, Tobey Maguire, un actor que sigue aproximándose a sus papeles con la técnica de un principiante. Su interpretación, aunque ocasionalmente acertada y decididamente comprometida e impetuosa, acaba siendo demasiado inconsistente, lo que desdibuja al personaje y pone una barrera insalvable entre él y el espectador (a su favor, Fischer es un personaje tremendamente difícil). Afortunadamente, el trabajo de Maguire queda bien complementado por los secundarios Peter Sarsgaard y, especialmente, Liev Schreiber. La (siempre) magnética presencia del actor de Spotlight y Ray Donovan refuerza considerablemente la interpretación de Maguire durante la recta final, lo que nos deja un enfrentamiento enervante y emocionante que eleva de nivel la película y al menos la concluye satisfactoriamente.

Pero si El caso Fischer no es un biopic especialmente memorable es sobre todo porque no es capaz de profundizar en la psicología de su protagonista. Zwick maneja bien el tono tragicómico de la historia, e incluso brilla cuanto más deja que el humor se apodere de ella (el film llega a ser bastante divertido por momentos), pero en definitiva se queda corto a la hora de transmitir la complejidad de una personalidad tan horrible y apasionante como la de Fischer.

Pedro J. García

Nota: ★★★

 

 

Crítica: Spotlight

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Texto escrito por David Lastra

La unión entre cine y el periodismo (casi) siempre ha sido un matrimonio bien avenido. La gran pantalla ha servido como espejo perfecto para reflejar el amplio espectro de las posibilidades éticas y laborales del periodista. Desde el idealismo por bandera de Woodward y Bernstein en Todos los hombres del presidente a la escoria pura de los paparazzi de La dolce vita, pasando por los mártires del share y los ratings de Network. Un mundo implacable o los yonkis de la causa de Nightcrawler. En todos los ejemplos citados, se ha llevado a cabo un notable retrato de los profesionales del medio periodístico a través de las herramientas cinematográficas. Sabiendo jugar con los momentos dramáticas y provocando el clímax con soltura. A la hora de acercarse a un hecho como fue la investigación periodística por parte del Spotlight (equipo de reporteros del Boston Globe especializado en temas candentes y polémicos, que ganó el Pulitzer por este caso) que destapó abusos sexuales cometidos a menores por parte de miembros de la Archidiócesis de Boston, las alarmas del melodrama se disparan. En ningún momento se dudaba del tipo de periodista que se iba a mostrar. La aguja del contador ético se acercaría más a los del Watergate que a los moscardones italianos, pero el quid de la cuestión era el tacto que tendría Hollywood a la hora de contar la historia. Con tacto no se quiere decir ser pacato y autocensurarse para contentar a la Iglesia, sino al peligro de caer en tópicos y dejarse abrazar por el tan dañino melodrama amarillista que tanto explota este tipo de temática. Pero Spotlight no es así. Spotlight es una lección de cómo hacer cine de denuncia: con seriedad, respeto y tacto.

El culpable de este éxito es Tom McCarthy. Realizador de pequeñas cintas con cierto culto como The Station AgentThe VisitorWin Win (Ganamos todos) e inexplicablemente de un bodrio con Adam Sandler llamado Con la magia en los zapatosMcCarthy se plantea el conflicto dramático presentado en Spotlight como si de una operación quirúrgica se tratase. Su labor a la dirección y al guión (firmado a cuatro manos con Josh SingerEl ala oeste de la casa blancaFringe) es ejemplar. Sabe estructurarse bajo los principios del código deontológico periodístico, sin traicionar en ningún momento el lenguaje del medio de comunicación que está utilizando para contarnos esta historia, el cine. El tempo en Spotlight es lento, que no cansino. La acción avanza como en una investigación, a empellones, a golpe de perseverancia. Por esa razón, el visionado del film no es para nada fácil. Pero pese a ser abrupto, se articula sobre las pautas de la curiosidad del periodista y sabe transmitirlas al espectador a la perfección. Conocemos de primera mano los avances en la investigación. Tanto las sorpresas como los callejones sin salida, experimentando de esa manera el esfuerzo profesional de los periodistas de Spotlight. Esta solución a la hora de mostrar los hechos, recuerda a las brillantes exposiciones realizadas por dos de los directores que mejor juegan con el suspense en la actualidad, David FincherDenis Villeneuve en ZodiacPrisioneros, respectivamente. Si bien ambos, recurren a trucos dramáticos propios del cine (lo cual no es ningún crimen) y a algún que otro deus ex machina a la hora de solventar sus casos (especialmente el realizador canadiense).

En Spotlight no hay tiempo ni espacio para el melodrama. Ante la tentación de dejarse llevar por los momentos sentimentales que podría haber reportado un film sobre abusos a menores, McCarthy opta por acercarse de una manera aséptica y serena. Esta estabilidad emocional no debe verse como frialdad o desinterés, sino como muestra de respeto. No solo para con las víctimas de los abusos, sino también con el espectador. El film no menosprecia al espectador. Le expone una realidad traumática y aterradora sin cortapisas, ni sobrexplicaciones. Spotlight es inteligente, que no sabionda. Esa humildad se respira durante todo el metraje y se refleja de igual manera en sus protagonistas. Los periodistas del Spotlight son seres humanos. Tres hombres y una mujer que no aspiran a ser superhéroes. Podrán ser vistos como vengadores desde el exterior, pero ellos realmente no son sino unos profesionales del medio. Unos verdaderos yonkis de la palabra impresa y de la necesidad de informar. Esa humildad que se recoge en su profesionalidad les convierte en el paradigma del periodista y la ética. Un halo de “hombre bueno” à la Atticus Finch.

La construcción de los personajes de Spotlight es impecable. La creación de la normalidad de sus comportamientos (todo lo normal que podría comportarse un periodista de ese nivel) les dota de un manto protector contra el síndrome Sorkin. Si bien nadie es capaz de negar la grandeza del guionista de La red socialSteve Jobs, hay que admitir que el maestro peca en numerosas ocasiones de grandilocuencia y dramatismo. Cada uno de los personajes de Spotlight tiene voz propia y conductas diferentes y, especialmente, no tienen réplicas perfectas de diez minutos de reloj ante preguntas o problemas inesperados sobre un épico tema instrumental in crescendo. Nadie puede estar lúcido 24 horas al día o con el reaction gif perfecto a punto en todo momento. Diablo Cody no existe. De igual manera, haciendo gala de la técnica aséptica anteriormente comentada, la historia no se centra en ningún momento en la vida personal de los reporteros. Únicamente un par de escenas introducen de soslayo las relaciones extracurriculares, no cometiendo el error de juzgar y/o justificar las situaciones sentimentales de los mismos.

Spotlight

Gracias al trabajo de los chicos de La gran apuestaSpotlight, este año ha vuelto a resucitar la necesidad de creación de un premio de la Academia al mejor reparto. El trabajo actoral de este film es excepcional y ha sido condecorado con el galardón principal en los premios del Sindicato de actores. Hace justamente un año hablábamos de la increíble resurrección de Michael Keaton en Birdman (realmente hay quien dice que esa fue su primera interpretación en toda regla) y este 2016 volvemos a destacar otro trabajo del que fuera el mejor Bruce Wayne de la historia. Si bien, en esta ocasión, el verdadero placer viene de la mano de tres intérpretes más jóvenes: Rachel McAdamsLiev Schreiber y, especialmente, Mark Ruffalo. La que fuera Regina George en Chicas malas (siempre lo será en nuestros corazones), da un ejemplo (el enésimo) de su versatilidad dando vida a Sacha Pfeiffer, siendo protagonista de alguno de los momentos más intensos del film. Simplemente su exposición, sin atisbo alguno de morbo o pornografía sentimental, a una víctima de abusos de la necesidad de ser más explícito a la hora de describir el crimen justifica su candidatura a los Oscar como intérprete femenina de reparto. Aunque su labor sea la de encarnar a uno de los personajes más grises del film, sería una injusticia pasar por alto el trabajo de Schreiber de saber dotar de la parsimonia necesaria al recién nombrado editor en jefe del Boston Globe. Llega el turno del único chico del montón que es capaz de convertirse en un abrir y cerrar de ojos en Hulk: Mark Ruffalo. De todos es sabido que Ruffalo es uno de los valores más seguros del Hollywood actual, pero en esta ocasión supera todas las expectativas. Su interpretación condensa a la perfección la filosofía de Spotlight. Es aséptico y  profesional, siendo excepcional en su normalidad (desde el peinado hasta la forma de alimentarse a base de restos) y en su manera de expresar su emoción a medida que avanza la investigación. Su personaje sirve como catarsis para el espectador, facilitando la identificación con su personaje y el consiguiente vínculo con la obra cinematográfica.

Además de por su sobriedad en la dirección, guión y reparto, Spotlight acierta al saber sortear el melodrama en otro aspecto: la no introducción de un villano tipo. Si bien podríamos adjudicar ese rol al Cardenal Bernard Law (inquietante Len Cariou), McCarthy se cuida de mostrarnos a ese personaje como un vejete manipulador de apariencia bonachona, imagen que casa con el arquetipo de alto cargo de la Iglesia Católica, sin caer en la caricatura. De igual manera, tampoco muestra a los “supuestos” pederastas de una manera sencilla: sin cuernos, ni rabo, ni ojos llameantes. Sino como los verdaderos monstruos que son, como hombres. Esa seriedad a la hora de narrar los hechos reales ha provocado que incluso el mismísimo Vaticano haya aplaudido Spotlight.

Perdonad la ausencia de frialdad en esta crítica y la aparición de términos como excepcional o ejemplar, pero considero Spotlight como una de las pocas cintas estrenadas esta década que merece ser considerada bajo la categoría de clásico del cine (arrase en los Oscar o no) y su visionado debe ser obligatorio en todos los colegios y asociaciones juveniles. Spotlight limpia el malogrado nombre del Cine y hace que podamos seguir hablando de él como un Arte con mayúsculas.

Valoración: ★★★★★

Crítica: La quinta ola

Chloe Grace Moretz; Nick Robinson

Hemos perdido la cuenta de los intentos fallidos de encontrar la siguiente gran saga cinematográfica para adolescentes, y aun así, Hollywood no escarmienta y los estudios no cejan en su empeño. La búsqueda de la siguiente Harry Potter o Crepúsculo ha dado paso a la de la próxima Los Juegos del Hambre. Pero todos estos años de ensayo y (sobre todo) error se han saldado con incontables fracasos de taquilla, primeros capítulos que se han quedado en eso, en meros principios, historias frustradas que no han podido ir más allá de su planteamiento, porque el público no ha respondido como se esperaba. En este panorama de hastío hacia el género aparece la enésima propuesta young adult basada en una serie de libros para adolescentes, La quinta ola (The 5th Wave), sin duda una de las historias menos originales que van a llegar a las pantallas este año.

Basada en el primer libro de la trilogía de ciencia ficción distópica escrita por Rick YanceyLa quinta ola es un déjà vu constante que nos recuerda a demasiados otros títulos. Sin ningún tipo de reparos, la historia “toma prestados” elementos de AlienIndependence DayEl juego de EnderLa carretera, referentes que son mezclados en un argumento de supervivencia y rebelión adolescente con heroína protagonista que está cortado según el patrón de la saga de Katniss Everdeen. Aquí se nos narra una invasión alienígena a la Tierra, organizada en cuatro oleadas sucesivas de ataques, a cada cual más devastador, que dejan gran parte del planeta diezmado. Ante la inevitabilidad de una quinta ofensiva que acabe con la raza humana definitivamente, el Ejército (estadounidense, claro está) entrena a niños y adolescentes para la guerra contra los invasores. Cassie Sullivan (Chloë Grace Moretz) intenta sobrevivir a los ataques mientras busca a su hermano pequeño, que casualmente se encuentra junto al cuelgue del instituto de la chica, Ben Parish (Nick Robinson). Cuando todo parece perdido, un misterioso campesino, Evan Walker (Alex Roe), aparece de la nada para ayudarla, pero Cassie cree tener motivos para no confiar en el muchacho.

CartelCine LaQuintaOla 68x98.inddLa primera media hora de La quinta ola no está mal del todo, gracias sobre todo a las imágenes apocalípticas de las cuatro primeras olas, que nos dejan notables secuencias de acción y destrucción, y al tono acertado en la narración. Sin embargo, a partir de la irrupción de los militares, el film se precipita cuesta abajo y sin frenos, hasta estrellarse en su recta final, en la que un (supuestamente) sorprendente giro de guion acaba condenándolo al mayor de los ridículos. Es increíble la cantidad de topicazos, sinsentidos y agujeros de guion que caben en una misma película (no nos sorprende ver a Akiva Goldsman en la lista de guionistas, por cierto), pero nada es comparable al bochorno que provoca el triángulo amoroso, forzada trama exenta de química que hace flaco favor al ya de por sí lamentable trabajo de Chloë Grace Moretz.

Moretz es la perfecta metáfora young adult: Hollywood se empeña en venderla, pero no hay nada que vender. La chica no tiene el talento que se esperaba de ella, y en La quinta ola está muy desubicada, demostrando que no es capaz de llevar el peso de una película sobre sus hombros. Su director, J Blakeson (sí, ese es su nombre artístico), no es consciente de ello o no le importa, y la/nos tortura con primeros planos en los que la actriz se deja en evidencia por su ineptitud dramática (por más que lo intenta, no derrama una sola lágrima). Pero Moretz no está sola. Los otros dos miembros del triángulo son incluso más insulsos que ella (Roe sobre todo duerme a las ovejas), Maika Monroe es una mala copia de Jena Malone (Johanna Mason) en Hunger Games, el niño Zackary Arthur es de lo más incompetente e irritante, y de los adultos resultan especialmente patéticos Liev Schreiber y, sobre todo, Maria Bello, en un papel que provoca auténtica vergüenza ajena. Claro que sería injusto echarles la culpa de todo a ellos. Cuando el material es tan estéril, poco se puede hacer para sacar algo bueno de él.

Ocasionalmente, La quinta ola es un producto de entretenimiento eficaz, pero no tarda mucho en desmoronarse por culpa de su guion. Nada tiene sentido en su incoherente y sobre explicativo argumento, todo cuanto ocurre en ella responde a la necesidad de ajustarse a la fórmula del género como sea, y cuanto más en serio se toma a sí misma (que es mucho), más se hunde en el absurdo y más risible resulta. Hasta el punto de convertirse en una de las comedias involuntarias del año. Un epic fail absoluto.

Valoración: ★★

Crítica: Aprendiz de gigoló

Aprendiz de gigoló

No nos debe extrañar si al ver el cartel español de Aprendiz de gigoló (Fading Gigolo) pensamos: “¿Ya ha pasado un año entero y tenemos película nueva de Woody Allen?” No solo porque este coprotagonice la cinta y aparezca tan destacado en el póster como su verdadero director, John Turturro, sino porque está diseñado precisamente para llamar la atención de los seguidores del prolífico realizador neoyorquino (incluso los nombres del reparto están impresos con la alleniana fuente EF Windsor Elongated). Sin embargo, por primera vez no se trata de una estrategia de márketing engañosa, sino que el propio Turturro da pie a ello al haber realizado muy conscientemente una película de Woody Allen en todos los sentidos.

Para su quinta película como director, Turturro cuenta no solo con la presencia escénica de Allen en un papel escrito para él, sino que este también le ha ayudado a refinar el guión (aunque no aparezca acreditado). Allen interpreta a Murray Schwartz, un librero de Brooklyn que se ve obligado a cerrar su negocio tras caer en quiebra. Cuando su dermatóloga -interpretada por la todavía übersexualizada Sharon Stone-, una mujer casada y hastiada en busca de nuevas experiencias, le cuenta que quiere hacer un ménage à trois con su amiga, Sofía Vergara (conversación que cualquiera podría tener con su dermatólogo, sin duda), Murray sugiere como tercero en discordia a su amigo florista Fioravante (Turturro), paradigma del hombre clásico, del “hombre de verdad”, naturalmente viril y caballeroso. A partir del éxito del primer encuentro (atención a Vergara mostrando una “cara” que no habíamos visto hasta ahora), Murray (ahora Dan Bongo) se convierte en el proxeneta de Fioravante, y ambos expanden su negocio por la ciudad, ofreciendo sus servicios a clientas adineradas.

fading_gigolo_-_posteTurturro explora los mismos temas que consolidaron el cine de Allen, concretamente los entresijos del judaísmo en la ciudad de Nueva York y cómo el hombre puede (o no puede) descifrar el enigma de la mujer. Para ello, Turturro propone un Brooklyn idealizado, un cálido barrio de vecinos del que se respira un inconfundible aroma a nostalgia y amor por la ciudad, aderezado sin embargo por una muy mal empleada banda sonora de jazz -ahí es donde podemos hablar directamente de pobre imitación. La sensibilidad de Fioravante es análoga a la de Turturro como director, inconscientemente tosca pero genuina. Sin embargo, el realizador no tiene nada realmente interesante que contarnos, y su película deambula constantemente en terrenos sentimentales que solo adquieren verdadera relevancia cuando la francesa Vanessa Paradis entra en escena como solitaria viuda hasídica que encuentra en Fioravante la presencia masculina que le ayudará a encontrar el camino tras la pérdida (sí, como leéis).

Aprendiz de gigoló es un fresco multicultural no exento de buenas intenciones en el que Turturro logra orquestar aislados buenos momentos de drama íntimo y comedia semi-paródica, aunque se desvíe rápidamente hacia lo anodino, e incluso lo chabacano -véase la secuencia del juicio de los rabinos ortodoxos a Avigal. La delicada interpretación de Paradis es, sorprendentemente, lo mejor de una película que funciona sobre todo gracias a la química de sus protagonistas -incluido el bruto tierno de Liev Schreiber-, pero que por lo demás no tiene nada que aportar en un universo de sobra explorado por Woody Allen.

Valoración: ★★★