Querida J.K. Rowling, si Dumbledore es homosexual, que lo sea de verdad

Este artículo se publicó originalmente el 16 de noviembre de 2018 en eslang. Lo recupero a propósito de la noticia de que la tercera entrega de Animales Fantásticos se centrará en el personaje de Dumbledore, cuya sexualidad ha sido objeto de debate desde que fue desvelada por su autora.

Corría el año 2007, el último libro de Harry Potter acababa de salir al mercado y la saga cinematográfica que adaptaba las novelas de J.K. Rowling iba por su quinta película, Harry Potter y la Orden del Fénix. Fue entonces cuando la famosa autora británica dejó caer la bomba sobre sus fans: “Dumbledore es gay”. Lo hacía durante una ronda de preguntas en un acto público en Nueva York, volviendo a confirmarlo más adelante en Internet. Los lectores más acérrimos llevaban tiempo recogiendo las migas, sospechando que Dumbledore era homosexual y había estado enamorado de otro poderoso mago, Gellert Grindelwald. Pero aun así, que Rowling sacase al personaje oficialmente del armario causó un impacto enorme entre los seguidores de la saga.

Las críticas no tardaron en aparecer. Rowling había esperado a que todas las novelas estuvieras publicadas para confirmar la homosexualidad de Dumbledore, convirtiéndola en una suerte de addendum que lo cambiaba todo sin cambiar nada. A la escritora la acusaron de practicar el queer baiting (utilizar la homosexualidad de un personaje para contentar al público LGBT+ sin intención de desarrollarla), de no atreverse a visibilizar la homosexualidad en un universo supuestamente diverso, y en definitiva, de sacar a Dumbledore del armario tarde y mal, para luego ni siquiera hacer referencia a ello en las películas restantes de Harry Potter. Años más tarde, con el anuncio de la saga de precuelas Animales Fantásticos, llegó la oportunidad de enmendar el error. Las nuevas películas, de cuyos guiones se encarga la propia Rowling, narrarían el pasado de Dumbledore, interpretado en su versión más joven por Jude Law. Por tanto, se daba por hecho que estas profundizarían en la orientación sexual del personaje. Sin embargo, el tiempo nos ha enseñado que es mejor no precipitarse.

Animales Fantásticos: Los crímenes de Grindelwald es la primera película que cuenta con Law en el papel del mago de Hogwarts, mientras que Johnny Depp repite como Grindelwald en un rol más extendido tras su breve aparición al final de la primera, Animales Fantásticos y dónde encontrarlos. Precedentes como Thor: Ragnarok, Star Wars: Los últimos Jedi o el remake de La Bella y la Bestia (donde sus supuestos personajes LGBT+ no eran confirmados dentro de la película, sino en entrevistas o redes sociales) hacían que los fans exigieran a Rowling y Warner Bros hacerlo mejor. La primera decepción llegó con el anuncio por parte de Rowling de que la película no haría alusión directa a la condición de hombre gay de Dumbledore. La paciencia empezaba a agotarse e Internet montaba de nuevo en cólera. Para calmar los ánimos, el director de la cinta, David Yates, cambiaba el discurso a un mes del estreno, asegurando que la homosexualidad de Dumbledore estaría “clara” en la nueva entrega. La película llega esta semana a los cines y después de verla, podemos confirmar que el realizador solo decía una verdad a medias, y que la realidad es más próxima a lo que nos habían dicho inicialmente: Los crímenes de Grindelwald pasa de puntillas por el tema. Y que nos lo esperásemos, no hace que la decepción sea menor.

Concretamente hay cuatro escenas en torno a la relación sentimental de Dumbledore y Grindelwald en las que se podía haber tocado de frente el tema, pero en ninguna de ellas se hace alusión explícita, sino que se aborda de manera ambigua y con medias tintas, dejando al espectador la tarea de interpretar lo que está ocurriendo (cosa que no sucede con las relaciones heterosexuales, claro). En la primera de estas escenas asistimos al primer encuentro de Dumbledore y Newt (Eddie Redmayne). El primero le encomienda una misión a su exalumno: viajar a París para enfrentarse a Grindelwald y detener sus oscuros planes. La razón que el mago le da para no hacerlo él mismo, a pesar de ser mucho más poderoso, es un simple “porque yo no puedo”. Por el tono de sus palabras se entiende que oculta un motivo mayor, pero es pronto para desvelarlo.

La segunda escena en que se hace referencia velada a la sexualidad de Dumbledore tiene lugar en Hogwarts. Allí, alguien define su relación con Grindelwald de la siguiente manera: “eran tan cercanos como hermanos”, a lo que el mago responde “éramos algo más cercanos que hermanos”. En este caso, no nos cabe duda de lo que quiere decir. Es más concreto, pero tampoco llega a ser una alusión directa. Si la entendemos es porque poseemos información que nos han propiciado fuera de la película. Pero un espectador casual o un niño que no cuente con ese dato externo no tiene por qué interpretarlo así. Para él, ser “más cercanos que hermanos” no tiene por qué tener connotaciones románticas. De hecho, así también se puede definir una amistad intensa sin que haya factor sexual (sería diferente si dijera “éramos más que amigos”, pero no es el caso). Al final, la película está haciendo lo que muchas familias hacen con sus hijos LGBT+ de cara a los demás, referirse a sus parejas como “su amigo”. Y que cada uno entienda lo que quiera.

La que sin duda será considerada la alusión más directa es la que sucede durante la secuencia del Espejo de Oesed, un artilugio mágico que, al mirarse en él, muestra “los deseos más profundos y desesperados de nuestro corazón”. Dumbledore ve a Grindelwald en el espejo. Es fácil detectar el subtexto gay de esta escena, pero en ningún momento se convierte en texto. En el espejo podemos observar a Dumbledore y Grindelwald entrelazando sus manos para realizar un pacto de sangre. El gesto desprende cierta intimidad y sensualidad que nos indica que hay algo más que amistad, pero de nuevo, esta interpretación viene condicionada por la información adicional con la que contamos, no por la escena en sí. Si Rowling no nos hubiera dicho que Dumbledore es gay, la escena podría leerse simplemente como un pacto de sangre entre dos amigos íntimos.

Por último, la película tiene una nueva oportunidad de concretar la homosexualidad de Dumbledore durante el final. Tras los acontecimientos del clímax, el mago se reencuentra con Newt, con quien mantiene una conversación en la que, a pesar de todo lo ocurrido, sigue manteniéndose ambiguo con respecto a Grindelwald. Dumbledore desvela a Newt que hizo un pacto con el villano mediante el que se prometieron no enfrentarse el uno al otro, pero no explica por qué. En una escena anterior, Dumbledore elogia a Newt por no buscar poder y hacer siempre lo correcto; es la persona adecuada para confiar un secreto como el suyo, pero aun así decide callárselo, dejando el asunto entre líneas, donde ha permanecido toda la película.

En Internet son muchos los que defienden esta decisión de mantener la sexualidad de Dumbledore como algo impreciso o abierto a la interpretación. Algunos afirman que la sexualidad de un personaje no es importante para la historia, pero claro, eso solo se dice cuando el personaje en cuestión es homosexual. Además, en el caso de Los crímenes de Grindelwald resulta que no solo es importante, sino que es esencial. También los hay que argumentan que Dumbledore es una persona muy privada y no está preparado para hablar de algo tan traumático, por lo que aun no puede desvelar su secreto. Es una explicación coherente, pero resulta que los fans saben que el personaje es gay, por lo que esta explicaría por qué él se lo oculta a los demás personajes, pero no por qué la película nos lo oculta a nosotros. Lo mismo se podría decir a los que dicen que en la saga original no se desveló hasta el final el amor de Snape por Lily, dos personajes heterosexuales. En este caso, la sexualidad de Dumbledore y su relación con Grindelwald no puede ser un giro sorpresa final, porque ya nos la han concretado por otros medios. Por tanto, esa no es razón para callársela. Y hablando de Harry Potter, también se excusa la omisión alegando que en la saga original tardaron cuatro o cinco películas en introducir romances. Pero claro, no se tiene en cuenta que a) los protagonistas fueron niños durante esas primeras películas (en cuanto crecieron lo suficiente empezaron a emparejarlos o darles intereses amorosos), y b) en las dos primeras entregas de Animales Fantásticos hay numerosas relaciones heterosexuales.

También se argumenta que la película transcurre en los años 30, una época en la que la comunidad LGBT+ sufría mucha más opresión y simplemente no podía vivir su sexualidad abiertamente, por lo que no es algo que se pueda mostrar en pantalla. De nuevo, este razonamiento cae por su propio peso. En primer lugar, que tuvieran que ocultarse de la sociedad, no quiere decir que los homosexuales no existieran en el pasado, y tampoco que no se pueda concretar su sexualidad en el ámbito privado de la ficción, como demuestra la existencia de muchas películas y series de época que ahondan en personajes y relaciones LGBT+ (Maurice, Wilde, Dioses y monstruos, Brokeback Mountain, Call Me by Your Name, Man in an Orange Shirt). Y en segundo lugar, ¿qué sentido tiene pedir exactitud histórica en una saga sobre magia en la que, además, el racismo por color de piel no existe según su propia creadora? Con los coches voladores y las criaturas fantásticas no hay problema, pero resulta que visibilizar a una persona LGBT+ no es históricamente correcto. La homofobia puede manifestarse de muchas maneras, a veces de forma inconsciente, y esta es una de ellas.

Ojo, no estamos pidiendo que Dumbledore se suba a la torre más alta de Hogwarts y grite “¡Soy gay y amo a Grindelwald!”, aunque esto sea lo que algunos están interpretando en nuestras quejas. Solo pedimos que se deje de marear la perdiz. Que si el personaje es gay, lo sea abiertamente de cara al espectador, no en forma de guiño que no será entendido por todos. Que no haga falta dar tantas explicaciones y justificaciones para manifestar la sexualidad de alguien solo cuando es LGBT+, mientras vemos a los personajes hetero besarse, flirtear, prometerse en matrimonio, lanzarse hechizos de amor o tener hijos sin que se critique tanto lo “poco importante que es para la trama” (hay más de 100 personajes abiertamente heterosexuales en HP, frente a solo uno gay). Y por supuesto, que los grandes estudios dejen de claudicar ante el conservadurismo de los mercados más intransigentes por un más que evidente miedo a enfadarlos y perder millones en taquilla. En definitiva, que la saga se quite de una vez por todas la capa de invisibilidad gay.

Somos conscientes de que aun nos encontramos en el inicio de una historia a la que le quedan (como mínimo) tres entregas más. Rowling nos ha prometido que la relación entre Dumbledore y Grindelwald se explorará más a fondo en el futuro (al fin y al cabo, los personajes aun no se han reencontrado en las películas), pero no es suficiente. Las promesas están muy bien, pero las acciones tienen más valor, y en Los crímenes de Grindelwald hay muchas oportunidades perdidas de demostrarlo. Si la sexualidad de Dumbledore no es un problema en sí, sino que han decidido tratar así el tema por motivos narrativos, vale, pero entonces que nos lo demuestren incluyendo otros personajes LGBT+, nuevos o de los cientos que hay ya en este universo. Sería muy fácil, si quisieran. Rowling y Warner tienen en sus manos un poder enorme para contribuir a cambiar la sociedad con un poco de representación, pero siguen posponiéndolo como si fuera un compromiso que en el fondo desean eludir. Seguiremos esperando. Total, es a lo que estamos acostumbrados.

Con amor, Simon: La comedia romántica adolescente que lo cambia todo

Según un estudio reciente realizado por GLAAD, la representación del colectivo LGBT+ en el cine estrenado por los grandes estudios durante el último año ha batido un mínimo histórico, con tan solo 14 personajes identificados como LGBT+ en un total de 109 películas. Y el número se reduce drásticamente si hablamos de protagonistas, claro.

El triunfo en los Oscar de Moonlight y la fuerte repercusión de Call Me by Your Name han creado la ilusión de una época de esplendor para el cine queer, y si bien es cierto que se están rompiendo barreras y haciendo mejores películas en este ámbito, no deja de ser un avance relegado al cine independiente. Aun es muy difícil encontrarse a un personaje LGBT+ en una película mainstream, sobre todo cuando los estudios se empeñan en borrarlos, aludiendo a su orientación sexual en entrevistas pero no mostrándola en pantalla (Dumbledore, Valquiria, Amilyn Holdo, Ayo, Lando Calrissian, Zia de Jurassic World: El reino caído).

Por eso, lo que ha hecho 20th Century Fox en 2018 es especialmente encomiable. En una era en la que las majors se dan palmaditas en la espalda por incluir personajes LGBT+ imaginarios, Fox lo ha hecho de verdad, ha estrenado la primera película mainstream para adolescentes con protagonista gay, Con amor, Simon (Love, Simon). Sin ambigüedades, sin lecturas ocultas para “proteger a los niños”. Abiertamente gay y orientada a adolescentes.

Y ahí está el quid de la cuestión. Con amor, Simon es una película teen prototípica, una comedia de instituto que bebe directamente de la tradición del cine de John Hughes y la envuelve de un halo muy actual para contar una historia de amistad, amor y crecimiento personal propia de esta etapa vital tan definitoria. Con la única y gigante diferencia de que el protagonista, Simon Spier (Nick Robinson), es homosexual. La revolución de Con amor, Simon es esa, situar a un personaje queer en un contexto tradicionalmente reservado para los personajes heterosexuales y convertirlo en el protagonista de su propia historia, no un alivio cómico, un secundario para cumplir una cuota y quedar bien o un sidekick: el personaje principal.

Dirigida por Greg Berlanti (el arquitecto de las series de DC en The CW, otro oasis LGBT+) y basada en la recomendable novela de Becky Albertalli Yo, Simon, homo sapiens, la película narra la historia de un chico de diecisiete años que todavía no le ha contado a su familia y amigos que es gay. Cuando otro estudiante del instituto, Blue, se identifica como homosexual anónimamente a través de una red social, Simon entablará una amistad online con él que le llevará a enamorarse, a pesar de que ninguno de los dos sabe realmente quién es el otro. Por si ser adolescente fuera poco, a la presión y la incertidumbre que conllevan salir del armario (algo que se tiene que hacer una y otra vez) y las dudas sobre Blue se añade el chantaje de otro compañero del instituto, que ha descubierto que Simon es gay. Intentar sobrevivir a estos problemas le ayudará a descubrirse y aceptarse a sí mismo, marcando el fin de su etapa adolescente y el inicio de su nueva vida, en la que podrá vivir su historia de amor como los demás.

Con amor, Simon no es solo importante y necesaria, sino que además es una buena película. Este tipo de historias son tan poco frecuentes que a veces nos conformamos con que simplemente existan, pero en este caso, el film hace mucho más que desempeñar una importantísima labor socialCon amor, Simon es un relato coming-of-age ejemplar, una película de instituto divertidísima y una comedia romántica adorable y refrescante.

Berlanti halla el equilibrio perfecto entre comedia y drama, con momentos de humor hilarantes (Natasha Rothwell, la profesora de teatro, es genial y el montaje de salidas del armario heterosexuales es una de las escenas más inspiradas del año y merece ser viral), diálogos trascendentales y golpes de emoción que provocan un nudo en la garganta, como los conmovedores discursos que los padres de Simon (estupendos Jennifer Garner y Josh Duhamel) ofrecen a su hijo tras enterarse de que es gay. Preciosas y motivadoras palabras de poder reconfortante que, junto al inolvidable discurso de Michael Stuhlbarg al final de Call Me by Your Name, deberían grabarse a fuego en la mente de todos los padres del mundo, para saber exactamente cómo actuar si sus hijos salen del armario.

También hay que elogiar la labor de un reparto redondo, compuesto por jóvenes promesas de Hollywood como Katherine Langford (Por trece razones), Alexandra Shipp (X-Men: Apocalipsis), Jorge Lendeborg Jr. (Brigsby Bear), Miles Hozier (Por trece razones), Joey Pollari (American Crime) o Keiynan Lonsdale (The Flash), y encabezado por un protagonista absolutamente perfecto, Nick Robinson (Jurassic World), que deposita todo su talento y corazón para dar vida a Simon y hacernos partícipes de su emocionante y tumultuoso viaje personal.

Con amor, Simon ya está cambiando vidas. La representación es sumamente importante para los jóvenes LGBT+, y verse reflejados en los problemas de Simon está llevando a muchos a aceptar su condición y salir del armario. Estamos ante una película indudablemente generacional, una de esas que marcan a quien la ve, sobre todo si está atravesando por lo mismo (o si ya lo vivió y le hubiera gustado recibir el mismo apoyo que Simon), pero que no solo es recomendable para la audiencia juvenil, sino también para sus padres. Su valor como agente de cambio es enorme y su efecto va a durar más allá de su paso por salas de cine, mejorando algo cada vez que un adolescente la descubra. Esperemos que con el tiempo, Con amor, Simon no se quede en excepción, sino que se vea como un antes y un después, el comienzo de un cine comercial más inclusivo y normalizador.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: Disobedience

El cine LGBTQ está atravesando una época de apogeo en los últimos años. El triunfo de Moonlight en los Oscar y la repercusión de Call Me by Your Name, que también recibió un premio de la Academia en la edición más reciente, son dos de los ejemplos más visibles, pero afortunadamente han dejado de ser excepciones. El cine queer empieza a estar más presente en salas de cine y plataformas de Internet (Netflix ha anunciado recientemente que prepara una película con Jennifer Aniston como presidenta lesbiana de los Estados Unidos), y los títulos son cada vez más diversos entre sí: Tierra de Dios, Con amor, SimonBeach Rats, Basado en hechos realesUna mujer fantástica

Precisamente el director de esta última, Sebastián Lelio, nos hace llegar otra historia de amor protagonizada por dos personas del mismo sexo, Disobedience, drama basado en la novela homónima de Naomi Alderman que narra el romance entre Ronit (Rachel Weisz) y Esti (Rachel McAdams), dos mujeres judías que se ven en la encrucijada de vivir su relación amorosa libremente o seguir las normas de la estricta y tradicional comunidad a la que pertenecen.

Ronit se marchó hace años a Nueva York, donde vive alejada de las imposiciones y prohibiciones de la religión a la que pertenece su familia. Tras la muerte de su padre, el rabino de la comunidad, esta regresa a Hendon, donde se reencontrará con Dovid (Alessandro Nivola), su amigo de la infancia y sucesor del rabino, que le invita a quedarse en casa con él y su esposa. Ronit descubre sorprendida que Dovid se ha casado con su amiga Esti, que ahora trabaja como profesora en una escuela de niñas ortodoxas. La convivencia entre los tres destapa un pasado en común entre las dos mujeres, y un deseo imposible de ignorar.

Con los elogios por Gloria aun resonando y su Oscar por Una mujer fantástica reciente, Lelio confirma con su nuevo trabajo el gran talento que posee para el drama introspectivo y la observación del comportamiento humanoDisobedience nos muestra a un realizador seguro de sí mismo, elegante y preciso. La historia de Ronit y Esti discurre por terrenos ya muy transitados del cine LGBTQ, haciendo que por momentos resulte excesivamente anclada en los lugares comunes un tanto anticuados de las historias de amor homosexual prohibido. Sin embargo, el film escapa de las garras del cliché gracias a la pasión y sinceridad de Lelio como narrador, a sus oportunos toques de humor para aliviar la intensidad, y sobre todo a la entrega absoluta de sus protagonistas.

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Lo de Weisz y McAdams es impresionante. La primera carismática, irresistible, divertida. La segunda vulnerable, delicada, rasgada. Ambas profundamente humanas y reales. La tensión sexual y romántica que se establece entre ellas es arrolladora, y se manifiesta tanto en las escenas dramáticas como en un encuentro sexual que, aunque recatado en cuanto a desnudez, supone una muestra de intimidad y conexión rara vez vista en el cine, y mucho menos protagonizada por dos estrellas de Hollywood (Weisz escupiendo saliva en la boca de McAdams es una imagen que se queda con nosotros). Ambas llevan a cabo sendas y complementarias interpretaciones sobresalientes, en las que componen a sus personajes y su relación mediante un recital de miradas, gestos y matices que no se debería pasar por alto. La vida que dan a los personajes y su relación va más allá de la película.

Pero tampoco hay que subestimar a Alessandro Nivola, cuya interpretación está a la altura de las protagonistas, y cuyo arco argumental nos depara algunos de los momentos más sobrecogedores de la película, en especial su preciosa escena final. El triángulo que forma con Weisz y McAdams es el centro emocional de un film melancólico y profundo que nos habla del deseo, la subyugación, los lazos y sogas de la comunidad y el lugar de la mujer en una sociedad conservadora y patriarcal. A pesar de la especificidad del contexto religioso, la historia de Ronit y Esti es la de muchas personas que deben elegir entre la vida que otros han elegido para ellas o liberarse de las cadenas de la tradición para ser quienes son en realidad.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Disobedience ya está a la venta en Blu-ray y DVD de la mano de Sony Pictures Home Entertainment.

Call Me by Your Name: Un clásico moderno que se queda con nosotros para siempre

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[Aviso: Este artículo contiene detalles de la trama que se pueden considerar spoilers]

Muchos leíamos su sonoro título por primera vez en verano de 2016. Call Me by Your Name. Se quedaba en la mente y reverberaba augurando algo muy especial. La nueva película de Luca Guadagnino (Yo soy el amor, Cegados por el sol), basada en la novela homónima de André Aciman publicada en 2007, entraba en nuestro radar como una de las cintas más apetecibles de la siguiente temporada. Su exitoso paso en otoño del mismo año por el festival de Sundance daba comienzo a la apasionada relación que el público está viviendo con ella. Call Me by Your Name encandiló en Sundance, y allá donde se proyectaba (Berlín, Toronto, San Sebastián, Palm Springs…), y su estreno comercial en Estados Unidos y el Reino Unido a finales de 2017 no hizo más que sellar su destino. Por eso, Call Me by Your Name llega a España (una de sus últimas paradas) ya convertida en un clásico moderno.

Pero, ¿qué tiene la película de Guadagnino que levanta tantas pasiones? Principalmente, el poder de transportar, transfigurar y transformar al espectador con su arrebatadora historia de amor y su idílica ambientaciónCall Me by Your Name transcurre durante el verano de 1983 en un pequeño pueblo al norte de Italia. En una de sus ociosas villas conocemos a Elio (la revelación Timothée Chalamet), un chico de 17 años que pasa las vacaciones bañándose, leyendo, componiendo música y flirteando con su amiga, Marzia (Esther Garrel). La llegada de Oliver (Armie Hammer, puro magnetismo), un atractivo estudiante de posgrado que viaja a Italia para trabajar junto al padre de Elio (Michael Stuhlbarg) en su tesis doctoral, convierte un verano más en los meses más importantes de su corta vida. La atracción de Elio por Oliver, la confusión que esto provoca, y las evasivas de su objeto de deseo dan paso a un intenso vals de sentimientos que culminará en uno de los romances más embriagadores que hemos visto en una pantalla de cine.

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Call Me by Your Name es la crónica de un amor de verano, pero no uno cualquiera. La historia de Elio y Oliver tiene un componente claramente universal, ya que cuenta, con suma cadencia y sensibilidad, algo en lo que toda persona puede verse reflejada sin importar su entorno u orientación sexual: ese primer amor que lo cambia todo, el despertar sexual y el insoportable dolor que supone enfrentarse a la idea de que quizá no sea un amor para siempre. Pero estas vivencias son magnificadas por el hecho de que se trata de dos hombres, lo que añade un emocionante componente furtivo y de secretismo que solo las personas LGBT+ pueden entender en su totalidad. Afortunadamente, James Ivory, el guionista del film, y Guadagnino se mantienen muy fieles a la novela (exceptuando un par de escenas clave) y dejan atrás los clichés más aciagos del cine gay, limitándose a explorar las emociones de unos personajes que se están descubriendo a sí mismos sin que estos tengan que enfrentarse a contratiempos trágicos como una enfermedad, una paliza homófoba o el rechazo de su comunidad. De hecho, es todo lo contrario.

En los padres de Elio, interpretados magistralmente por Michael Stuhlbarg y Amira Casar, encontramos un modelo de comportamiento ideal, figuras paternas comprensivas y tolerantes que ofrecen soporte a su hijo, haciendo que muchos deseemos haber tenido ese tipo de apoyo durante nuestro años de formación, pero también llenándonos de esperanza al pensar que quizá las nuevas generaciones cuenten cada vez más con padres como los Perlman. Muy célebre es ya la escena cerca del final en la que, tras la marcha de Oliver, el padre de Elio consuela a su hijo animándole a abrazar su dolor, y por encima de todo, a ser él mismo. Ese sobrecogedor discurso, que contiene las palabras que tantas personas homosexuales hubieran querido escuchar a esa edad, es lo que pone en perspectiva todo lo vivido hasta el momento, lo que convierte esta película en una obra con la capacidad de cambiar a quien la ve.

Por eso Call Me by Your Name es mucho más que cine. No es solo una película preciosa que se ve y tras lo cual se pasa a lo siguiente. Es una experiencia de gran calado personal que se vive con todos los sentidos, en la que se entra de la cabeza a los pies, y de la que es imposible salir una vez terminados los (ya icónicos) créditos finales: ese arrollador primer plano sostenido de Timothée Chalamet en el que observamos el mapa emocional de Elio mientras revive su verano con Oliver y sopesa sus consecuencias. Una escena que, aunque no sea más que el broche a una interpretación portentosa de principio a fin, por sí sola justifica todas las nominaciones que ha recibido el actor.

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La dedicación de Chalamet y la increíble capacidad que tiene para expresar el mundo interior de Elio con su rostro facilita la inmersión de un espectador que vive su verano en primera persona, que comparte su intimidad, que se excita, se ilusiona y siente a través de él. Pero no se trata de un ejercicio que nos convierte en voyeurs, sino de uno de los actos cinematográficos más generosos de la historia. Nos enamoramos de Oliver junto a él (¿Quién no se enamoraría de Armie Hammer?, como el mismo Chalamet ha dicho en incontables entrevistas), lo acompañamos en sus dudas, en sus miedos y frustraciones, en sus exabruptos inmaduros, en el éxtasis del deseo correspondido, los nervios y la exaltación sexual, en el anhelo de la piel y el olor del otro, y en última instancia, creemos morir por tener que decir adiós. Porque dejar de ver Call Me by Your Name es efectivamente como despedirse del primer amor tras un verano inolvidable juntos, el dolor que deja en el pecho es casi tan punzante y el vacío casi tan grande. De ahí que la película esté provocando obsesión en un sector de la audiencia que necesita volver a ella una y otra vez.

Guadagnino ha realizado una obra cautivadora en todos los aspectos, una película tierna y a la vez valiente, evocadora y profundamente romántica y sensual, en la que todo está cuidado con un mimo absoluto y una visión artística muy medida. La exquisita ambientación que reproduce con precisión la estética y la atmósfera de los 80 en Europa; la bellísima fotografía que envuelve el relato en un halo atemporal sacando el máximo partido de los hermosos parajes en los que tiene lugar; la acertadísima banda sonora, que incluye dos temas originales de Sufjan Stevens (más una nueva versión de una canción antigua que parece haber sido escrita para la película), en los que el cantautor se pone en la piel de Elio para ejercer como narrador temporal; el uso de la cámara, con la que Guadagnino transmite estados de ánimo y atrapa al espectador, jugando con los encuadres, la luz o el desenfocado para construir el universo de Elio y Oliver. Y sobre todo, Chalamet y Hammer, dos actores entregados en cuerpo y alma a sus personajes, al amor que los consume y los convierte en un solo ser (“Llámame por tu nombre y yo te llamaré por el mío”), hasta el punto de que es completamente imposible imaginarse a otros en su lugar. No hay elogios suficientes para ellos.

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Las palabras son un tema recurrente en la película. “¿Es mejor hablar o morir?”. La canción “Words” de F.R. David suena varias veces a lo largo del metraje, y “Futile Devices” de Sufjan Stevens, replica el sentimiento que personifica a Elio en este momento de su vida: “Hablar me cuesta. ¿Cómo voy a encontrar la manera de decir que te quiero?” / “Te diría te quiero, pero decirlo en voz alta es difícil, así que no lo diré”. En Call Me by Your Name, las palabras son importantes, pero no lo dicen todo. Las miradas, los silencios y los gestos entre Elio y Oliver, los de la noble Marzia a Elio cuando comprende lo que está ocurriendo en el interior de su amigo, la complicidad visible de los Perlman, que observan el crecimiento de su hijo sin que este se percate; todo eso comunica lo que los diálogos no expresan, una sinfonía de matices que nos invita a estar alerta para no perdernos todo cuanto acontece.

Call Me by Your Name es una de las películas sobre el paso de la adolescencia a la adultez más sinceras y conmovedoras que hemos visto, una historia de maduración contada con pasión, libertad y el desbordante erotismo que caracteriza a Guadagnino -y que aquí alcanza su máxima expresión en escenas tan comentadas como la del melocotón, o mediante los desnudos entrelazados de sus protagonistas, análogos a las esculturas greco-romanas con las que el realizador compone una oda al cuerpo masculino y el deseo. Conocer a Elio y Oliver es quedarse con ellos para siempre, es dejarles una parte de nosotros mismos. El efecto de la película perdura, sus imágenes no desaparecen de la retina y su mensaje de tolerancia propone un mundo en el que necesitamos creer. Por todo ello, Call Me by Your Name no es solo un triunfo artístico incontestable, sino también una de las películas más importantes de esta generación.

Pedro J. García

Nota: ★★★★★

Man in an Orange Shirt: La miniserie LGBTQ que todo el mundo debería ver

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Como parte de los festejos para conmemorar el 50º aniversario de la descriminalización parcial de la homosexualidad en Inglaterra y Gales, la cadena BBC organizó recientemente la Gay Britannia season, programación especial alrededor de la comunidad LGBTQ compuesta de documentales, especiales informativos y series de ficción. De entre todos ellos destaca la miniserie Man in an Orange Shirt, una conmovedora historia de amor en dos partes que, tras arrebatarme por completo, me he propuesto, como reto personal, contribuir a que no se quede solo en la tele británica, sino que llegue al mayor número posible de espectadores fuera de su país.

Man in an Orange Shirt está dirigida por Michael Samuels (Any Human Heart) y escrita por el novelista Patrick Gale, basándose ligeramente en su propia experiencia al descubrir la verdad sobre la relación de sus padres. En la primera parte, la miniserie cuenta el apasionado romance furtivo entre dos soldados británicos de la Segunda Guerra Mundial, Michael (Oliver Jackson-Cohen) y Thomas (James McArdle), y el efecto que causa su relación en la mujer del primero, Flora (Joanna Vanderham en los 40, Vanessa Redgrave en el presente), que decide continuar casada con él tras descubrir su secreto. En una Gran Bretaña en la que, como en el resto del mundo, la homosexualidad se pena con cárcel y el divorcio todavía está estigmatizado (y mucho más si es por ese motivo), Flora y Michael deciden mantener la fachada de un matrimonio feliz mientras él sigue perdidamente enamorado de Thomas.

La segunda parte lleva la historia al Londres actual para presentarnos al nieto de Flora y Michael, Adam (Julian Morris), un joven que se refugia en las apps de sexo y las relaciones con extraños, incapaz de abrir su corazón a nadie hasta que conoce a Steve (David Gyasi), un arquitecto con el que entabla una bonita pero complicada relación mientras trabajan juntos en las reformas de la casa de campo donde el abuelo de Adam vivía su romance secreto. Con su segunda hora, y a través de la relación entre Adam y su abuela, que ignora que su nieto es gay, Man in an Orange Shirt nos muestra lo mucho que ha cambiado la experiencia homosexual en setenta años, oponiendo dos periodos históricos separados por décadas de transformaciones sociales para hablarnos de las consecuencias de la represión del pasado y de la imposibilidad de ser feliz cuando se nos niega (o cuando nos negamos) la oportunidad de ser nosotros mismos.

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Gale realiza un trabajo exquisito con diálogos sutiles y poderosos, condensando en dos horas las múltiples ramificaciones emocionales de la historia y componiendo caracterizaciones redondas con gran sensibilidad. Pero es el reparto el que eleva el material a otro nivel. El trabajo de Oliver Jackson-Cohen y Julian Morris encabezando cada una de las partes de la miniserie es soberbio, lleno de matices, elocuencia en sus miradas y conexión verdadera con sus no menos excelentes parejas. Pero quien acaba destrozándonos por completo es Vanessa Redgrave. La poderosa interpretación de Joanna Vanderham en la primera parte nos hace entender a Flora de joven, mientras que la inconmensurable Redgrave se deja la piel y el corazón en un personaje muy complejo, una mujer atrapada en un matrimonio sin amor que, tras toda una vida de rencor, silencio y represión sexual, se encara al pasado y descubre cómo perdonar a su marido gracias a su nieto.

Man in an Orange Shirt no es solo una pieza de época de elegante factura a la altura de lo que se espera de BBC, es también un relato muy valioso con el poder de acercar la comunidad LGBTQ a todas las audiencias y mostrar las adversidades e injusticias que esta ha atravesado a lo largo de los años. Y también, por supuesto, se trata de una preciosa historia de amor, melancólica, triste pero optimista, profundamente humana y cargada de sensualidad. Mi más sincero agradecimiento a BBC por mostrar las relaciones sexuales entre hombres con naturalidad y realismo, sin reducirlas a un casto beso con la boca cerrada y un fundido a negro, y sin que esto convierta a la miniserie en un producto “para mayores” (su calificación es NR-15). Esperemos que llegue el día en que nuestra televisión pública se atreva a seguir los pasos de la mucho más integradora y progresista cadena británica, y refleje también (y tan bien) la difícil historia de una comunidad, que, a pesar de los avances, continúa oprimida, atacada y poco representada en los medios generalistas. Mientras tanto, celebremos la existencia de Man in an Orange Shirt, y hagamos lo posible por hacerla llegar a todo el mundo.

Hasta que alguna cadena o plataforma nos la traiga a España (espero que así sea), Man in an Orange Shirt está disponible en la web de BBC (con bloqueo geográfico) y sale a la venta en DVD en el Reino Unido el 18 de septiembre.

*Actualización: Ya tenemos fecha de estreno en España. Man in an Orange Shirt llega a Filmin el 28 de noviembre.

Skam: La serie adolescente noruega que ha enamorado al mundo

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Últimamente todo empieza en Tumblr. Allí es donde muchos hemos realizado valiosos descubrimientos en forma de películas de culto o series de televisión que se mueven en los márgenes del mainstream y que vale la pena reivindicar (aunque esto conlleve arriesgarse a hacerlas de dominio público, cuando todos sabemos que algo es mejor cuando solo lo disfrutas tú y unos cuantos más). Es el caso de Skam, drama teen procedente de Noruega creado por Julie Andem que se ha convertido en todo un fenómeno en su país y que a su vez está levantando pasiones en la comunidad seriéfila internacional a través de Internet. El siguiente paso para el serieadicto ávido de nuevos hallazgos catódicos es explorar pastos más verdes (o más blancos), en este caso la ficción escandinava, que lleva unos años dándonos alegrías. Y así es cómo muchos volvemos a los tiempos de contrabando de series (el “fandom del Google Drive”, que llaman a los seguidores internacionales de Skam), en una época en la que se ha permitido y regulado el acceso inmediato a gran parte de los cientos y cientos de series norteamericanas y británicas que se producen al año.

Claro que, si hay una serie por la que merezca la pena pasar por el rito de la búsqueda imposible de descargas y los subtítulos hechos con traductor online es Skam. Porque lo de esta pequeña serie noruega es muy grande. Skam, título que en noruego significa “vergüenza” (y que escogieron los propios actores), no es un producto teen al uso, sino algo fresco y diferente, sobre todo para aquellos que solemos consumir principalmente televisión estadounidense. No se trata de la típica serie en la que los adolescentes hablan como adultos. No está contada desde la perspectiva y la experiencia del guionista de más de 40. No tiene actores de casi 30 interpretando a quinceañeros o aburridas subtramas con personajes adultos para cubrir más terreno en las demos. Tampoco es una serie que hable de los peligros de las redes sociales o enarbole una crítica rancia a la hiperconectividad, sino que incorpora Internet y los móviles como parte integral del universo que retrata, de su lenguaje y comunicación, sin un ápice de condescendencia, cinismo o moralina. Exactamente lo mismo que hace al abordar el sexo, las drogas o el alcohol, presentes a lo largo de toda la serie. Es decir, Skam refleja fielmente la realidad actual del adolescente, y lo hace con inteligencia y pasmoso naturalismo, dejándolo libre para vivir sus propias experiencias y aprender de ellas, y en consecuencia, creando un relato certero y profundamente respetuoso sobre esta etapa vital.

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Cada temporada de Skam consta de unos 10 episodios y está centrada en un personaje distinto. La primera, estrenada en 2015, es la más experimental de todas, y también la más coral. La historia comienza desde la perspectiva de Eva (Lisa Teige), y a través de ella se nos da a conocer al resto de personajes cuyas historias se irán entrelazando a lo largo de los capítulos, de entre 15 y 30 minutos de duración aproximadamente (lo cual, por sí solo, ya resulta en una experiencia televisiva distinta a la que estamos acostumbrados), para ir componiendo poco a poco un íntimo, emocionante y a ratos muy divertido fresco costumbrista sobre la juventud europea. La primera temporada se dedica a establecer las relaciones y dinámicas sociales del instituto, y en concreto del círculo de Eva, presentando una serie de normas y ritos de paso específicas de la cultura noruega que, si bien pueden resultar confusas para el “turista” (para entender la tradición de fin de secundaria del russ bus hay que sacarse un Máster), acaban pasando a segundo plano para priorizar los conflictos emocionales de los personajes. Un diverso grupo de quinceañeros a los que seguimos (por ahora con énfasis femenino) mientras experimentan la amistad, el amor, el desengaño o la presión social.

En la segunda temporada, el foco pasa de Eva a su objeto de admiración y uno de los personajes favoritos de la audiencia, Noora (la futura estrella Josefine Frida Pettersen), que se convierte en la absoluta protagonista de la serie durante 12 capítulos de duración extendida (más de la mitad rondan los 50 minutos). Y como se suele decir, lo poco agrada, y lo mucho cansa. Si bien la primera temporada se centraba en Eva, el resto de personajes tenían una presencia más equilibrada y repartida (al funcionar como introducción debía ser así), mientras que en la segunda, estos prácticamente desaparecen para hacer sitio a Noora y su romance furtivo con el chico malo del instituto, William (Thomas Hayes), una relación tóxica que puede llegar a ser tan apasionante de desgranar como extenuante de observar, y que, a pesar del buen hacer de los actores y los momentos memorables (Noora  y la guitarra de William = magia), acaba extendiéndose hasta saturar.

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Claro que la temporada de Noora (que por muchas quejas que despierte, sigue manteniendo un gran nivel) se ve de otra manera cuando nos adentramos en la tercera, que sitúa en el centro de la historia a Isak (prodigioso Tarjei Sandvik Moe). Sus 10 episodios son los más redondos de la serie hasta la fecha. Volvemos a la duración aproximada de 20 minutos, con una trama excelentemente estructurada y dosificada que nos cuenta la experiencia de Isak mientras este descubre y acepta su homosexualidad a los 16 años y vive un precioso romance con un chico mayor del instituto, Even (Henrik Holm). Esta temporada constituye uno de los relatos más sensibles y certeros sobre el tema, reflejando con ternura y ojo clínico el proceso mental que atraviesa el adolescente en esa situación, el autoengaño y las mentiras, la necesidad de tener que salir del armario constantemente, el dolor y el miedo de exponerse a los demás sin saber qué va a ocurrir, la conmoción del primer amor, el que te consume por completo (la belleza de Isak viendo Romeo + Julieta tras descubrir que Baz Luhrmann es el director favorito de Even no se puede describir), y la reacción de la familia y los amigos, aquí una valiosísima lección de tolerancia y comprensión para todo el mundo (cuando Isak sale del armario para su mejor amigo, Jonas, este le pregunta cómo está y no lo trata nunca como un problema; cuando lo hace para el resto de la pandilla, estos se van por la tangente debatiendo sobre la diferencia entre la bisexualidad y la pansexualidad, quitando peso al asunto de forma natural e inconsciente, y más adelante dándole consejo sentimental e intercambiando experiencias románticas con él). Una optimista y conmovedora historia, no exenta de drama y dificultades, que ha servido de apoyo e inspiración para miles de jóvenes en su país, y cuya onda expansiva ha llegado a muchos rincones del mundo (Isak y Even se han convertido en la pareja televisiva del año a través de una encuesta realizada por E! Online. Hasta ahí llega el poder de Skam).

Podría estar hablando horas y horas sobre la tercera temporada de Skam, de lo arrebatadoramente tierna y bonita que es la relación entre Isak y Even, de Jonas (Marlon Langerland) como ejemplo del amigo comprensivo al que cualquiera debería aspirar a ser (lo mismo se podría decir de Vilde con respecto a Noora), de lo importante que puede llegar a ser todo para el espectador, el que está atravesando por lo mismo, el que lo ha vivido, o el que desea vivir en un mundo real en el que estas historias siempre transcurran así. Pero la vista ya está fijada en la cuarta temporadaLa vida sigue, Skam continúa y los espectadores estamos deseosos de conocer mejor al resto de personajes, Jonas, Sana, Vilde, Magnus… Lo guionistas y los actores han hecho un trabajo tan bueno caracterizando a los personajes y disponiendo las piezas que no se puede sino confiar en ellos ciegamente (se nota que Andem sabe muy bien lo que está haciendo). Y es que gracias una labor impecable de guion, combinada con la mejor improvisación por parte de un elenco de actores jóvenes de un talento natural increíble (qué manera tienen todos de comunicar con la mirada), el espacio entre realidad y ficción se estrecha, haciendo más fácil que veamos a los personajes como personas reales, de carne y hueso, que percibamos sus amistades como auténticas, y que por tanto, nos involucremos en sus vidas a otro nivel. Es decir, Skam acaba afectando, y mucho.

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La suya es una mirada honesta a la adolescencia, una celebración de la juventud sin tapujos, pero también sin sensacionalismos, con importantes enseñanzas, pero sin la contaminación adoctrinadora de la visión adulta. Skam es al retrato adolescente lo que Peanuts al infantil; los padres o profesores apenas aparecen, y cuando lo hacen, es de espaldas o con la cabeza fuera de cuadro, una de las decisiones más brillantes de la serie, con la que se deja claro en todo momento que lo que estamos viendo es el mundo exclusivamente a través de sus adolescentes. Un mundo observado con cámara inteligente e iluminación natural, que reivindica lo hermoso de sus imperfecciones en lugar de taparlas y nos deja un producto muy cuidado en lo visual, con banda sonora de hip hop y música electrónica (el repertorio es de escándalo, Lorde, Die Antwoord, London Grammar, Robyn, Kanye…) y constantemente salpicado del sonido de notificación del móvil (un gran porcentaje de la acción transcurre a través de mensajes de texto, y nunca deja de ser pertinente). Elementos que han contribuido a que Skam sea el fenómeno que es, junto a sus fantásticos personajes, su descaro y frescura, que sea tan divertida como trascendental, y sobre todo, que no presente una realidad confeccionada o idealizada imposible de alcanzar, sino una en la que los adolescentes pueden verse reflejados de verdad, donde pueden sentirse escuchados y comprendidos. Viviendo el “ahora”, entre fiestas, clases y horas muertas sin hacer nada, los chicos y chicas de Skam se lo cuestionan todo, intentan aprender, entender lo que ocurre a su alrededor, las injusticias, el feminismo, la religión, el sexo… Ver cómo lo hacen, escucharlos, supone en sí mismo una lección para el espectador, una ventana al mundo en el que muchos queremos creer y al que tantos otros deberían asomarse.

Crítica: Moonlight

Moonlight

“No dejes que los demás decidan quién eres”. Esta es la idea que recorre Moonlight, de Barry Jenkins, una conmovedora e inteligente historia sobre el amor, las raíces y el perdón que se ha erigido como una de las mejores películas del año. Avalada por críticas espectaculares y 8 nominaciones a los OscarMoonlight representa un cambio en el panorama de Hollywood, un cine mayoritario más abierto e inclusivo, que ha situado una cinta de “temática gay” protagonizada por un reparto casi íntegramente negro entre lo más destacado de la temporada de premios. Pero que no nos engañe este dato, Moonlight no está ahí para cumplir una cuota o enmendar errores del pasado, sino que ha llegado adonde está por méritos propios, por ser uno de los films más arrebatadoramente bellos y sensuales que hemos podido ver recientemente.

Moonlight es la historia de una vida. De una vida definida por los demás. La de Chiron, un muchacho negro de los suburbios de Miami que busca su lugar en el mundo mientras crece rodeado de problemas: una madre drogadicta, un padre ausente y acoso escolar por ser gay, mucho antes de que él mismo sea consciente de lo que esa palabra significa. Moonlight es la crónica de una vida, un viaje de autoconocimiento de la infancia a la adultez en el que observamos cómo alguien va moldeando su personalidad según sus experiencias, según las conexiones que realiza a través del camino, y siempre condicionada por el pasado, por la familia, la biológica (el lastre de una madre enferma) y la elegida (el refugio que supone encontrar a Juan -Mahershala Ali- y Teresa -Janelle Monáe). Contada en tres secciones que corresponden a tres etapas distintas de la vida de Chiron (infancia, adolescencia, vida adulta), Moonlight lleva a cabo una inspirada reflexión sobre la identidad y la masculinidad cargada de poesía y emoción.

La forma en la que Jenkins trata a la historia y los personajes denota un profundo respeto y amor por lo que está contando. Salta a la vista que se trata de un trabajo personal, un relato procedente de las entrañasMoonlight nos da a conocer a un cineasta de una sensibilidad a flor de piel, un director con tanta buena mano para profundizar en los sentimientos de sus personajes como para exteriorizarlos a través de una puesta en escena que acaricia los sentidos. Todo en la película está cuidado con sumo cariño para arropar al espectador en una experiencia profundamente íntima y reveladora. La vibrante fotografía de James Laxton, que juega con los tonos cromáticos (azules y violetas asaltándonos en la oscuridad) para regalarnos unas noches cinematográficas de ensueño, la magnífica banda sonora de Nicholas Brittell, salpicada de momentos musicales que remiten al mejor cine de Almodóvar y Wong Kar-wai, y una cámara que sabe siempre dónde ponerse para hacernos sentir, componen un sobresaliente ejercicio de estilo que nunca sacrifica lo que está contando a favor de la estética. En parte gracias también a la increíble labor de su reparto: la magnética presencia de Mahershala Ali, la calidez reconfortante de Janelle Monáe y la desgarradora interpretación de Naomie Harris. Sin desmerecer a los actores jóvenes, en cuyas interpretaciones descansa la mayor parte de la película.

En Moonlight acompañamos a Chiron, excelentemente encarnado en respectivas etapas biográficas por Alex R. HibbertAshton Sanders y Trevante Rhodes, en un recorrido que le lleva de la desorientación y el desamparo de una infancia difícil hasta una juventud criminal, resultado directo de sus vivencias. Y en el centro, una historia de amistad, deseo y exploración. Una cuya aceptación con todas sus implicaciones representa el final de un trayecto y el inicio de otro. Jenkins nos narra la relación entre Chiron y Kevin a base de momentos casuales, enriquecida por los silencios y los roces, por una desbordante tensión sexual, y culminante en una escena final entre Trevante Rhodes y André Holland en la que las miradas y el lenguaje corporal cuentan lo que miles de palabras no son capaces de expresar. Una conclusión que, si bien parece contenerse demasiado al privarnos de una catársis romántica, resume perfectamente el camino de Chiron y el discurso de la película sobre la identidad.

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Moonlight nos cuenta una historia de crecimiento y superación con la particularidad de situarla en la comunidad negra, donde la homosexualidad encuentra más obstáculos que en otros entornos. A través de Chiron y de las personas que dan forma a su personalidad, interpretados por un elenco de talento inconmensurable, Jenkins nos habla de los corsés que oprimen y de la necesidad de liberarnos de los prejuicios, de perdonar a quienes nos fallaron (incluidos nosotros mismos) para decidir ser quienes queremos ser, y no quienes los demás esperan que seamos. Una valiosísima lección de vida convertida en la más hermosa de las experiencias cinematográficas.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: Cuando tienes 17 años

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“Los que se pelean, se desean”. Verdad absoluta (o idiotez supina) convertida en cántico universal que resonaba, y seguro sigue resonando de vez en cuando, en los patios de los colegios de media España cuando dos zagales la emprendían a vaciles, insultos, empujones y/o guantadas. Una respuesta violenta, más o menos controlada, ante los calentones adolescentes… y es que a los trece, catorce, quince, dieciséis y diecisiete años, no puedes ser formal. André Téchiné (Los juncos salvajes, Alice y Martin) realiza la adaptación cinematográfica de semejante consigna en Cuando tienes 17 años (Quand on a 17 ans). La historia de amor entre Damien y Thomas. Un año de hostias, vergüenzas y algún que otro beso.

Dos familias nucleares que viven en una población del sudeste francés. La primera acomodada, formada por una madre doctora, un padre militar ausente y un hijo buen estudiante, aunque un pelín malcriado. La otra, más modesta, con una madre embarazada y un padre dedicados a las labores del campo y un hijo adoptado, educado en casa y un cafre fuera de ella. El choque entre los dos adolescentes surge tras un cruce de miradas en clase. El uno se pavonea y el otro golpea. La estupidez humana en estado puro. El odio a lo amado, aunque todavía ninguno de los dos sea consciente de su aprecio. Ese aprecio (y ese odio) se disparará cuando, tras una surrealista decisión de la madre de Damien, acaban viviendo bajo el mismo techo.

cuando-tienes-17-anos-poster-espanolTéchiné logra captar de manera acertada la evolución de la relación entre ambos personajes gracias a pequeños gestos, desde lo más ingenuos a los más violentos y físicos. El desarrollo de la película se articula en base a la cotidianeidad del curso escolar en que ambos se descubren. Si bien es verdad que algunas de esas repeticiones lastran el tempo, es en esa normalidad donde Cuando tienes 17 años mejor funciona. El único reproche que se debe hacer es el error del realizador a la hora de gestionar los grandes momentos dramáticos externos a la historia de Damien y Thomas. Ese ansia por interrumpir su historia y ver cómo reaccionan ante las adversidades no es para nada beneficiosa para el desarrollo del film. Bastantes problemas tienen ambos con su aceptación personal… y la del uno al otro.

Pese a no estar a la altura de films coetáneos como La vida de Adèle, Eisenstein en Guanajuato o Laurence Anyways, Cuando tienes 17 años es un buen ejemplo del cine por la visibilidad LGBTQ que se está realizando en estos últimos años… aunque caiga en algún que otro tópico a la hora de representar la homosexualidad de sus protagonistas (como son esos pósters en la habitación de Damien).

David Lastra

Nota: ★★★½

Crítica: Théo & Hugo, París 05:59

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Théo (Geoffrey Couët) explora los cuartos oscuros de un club nocturno. Se pasea en silencio, observando a los hombres enzarzados en el sexo más sudoroso y jadeante, tanteando el terreno desde relativa distancia, dejándose besar ocasionalmente por un extraño que lo desea. Hasta que su mirada se cruza con la de Hugo (François Nambot). De repente, la marea de cuerpos desnudos se abre entre ellos cual aguas del Mar Rojo para Moisés. Posan su mirada el uno en el otro y no la apartan. Se descubren. Una luz rojiza los baña. Están solos, porque alrededor no hay nada, solo oscuridad, y gente que no son Théo ni Hugo. Sin mediar palabra sus cuerpos se conocen, se fusionan, y se follan. Théo y Hugo conectan a un nivel primario, es impulso, pasión, pero también es algo más que sexo y nosotros podemos verlo, es una conexión que va más allá de la mera atracción animal, que solo es el principio.

Así comienza Théo y Hugo, París 05:59, con una colosal escena de sexo explícito y real que durante casi 20 minutos envuelve, embriaga, incomoda, y aturde. Una secuencia en la que los directores Olivier Ducastel y Jacques Martineau coreografían un memorable “chico conoce chico” en un escenario normalmente ajeno al cine romántico, creando una atmósfera lúbrica y martilleante en la que el destello del amor a primera vista brilla y contrasta con extraña fuerza. La excelente puesta en escena, la iluminación, la música entumecedora, la disposición teatral de los cuerpos desnudos, el atrevimiento de los primeros planos de sexo no simulado, todos estos elementos hacen que Théo y Hugo atrape con vehemencia. Esta es una escena que va más allá de aquellos famosos 9 minutos de éxtasis en La vida de Adèle, que hace que Shortbus se quede corta. Pero como decíamos, se trata solo del prólogo a una preciosa historia de amor, el inicio de una relación a tiempo real durante una noche, en la calles vacías de la madrugada parisina.

Pasados estos primeros 20 minutos, Théo y Hugo empieza a recordar en muchos aspectos a Weekend de Andrew Haigh (comparación tan obvia como necesaria). Sin embargo, su propuesta es más arriesgada, y a la vez más inocente. Ducastel y Martineau nosTheo Hugo cartel cuentan una fábula de deseo y de amor floreciendo ante nuestros ojos, enfrentándose desde su nacimiento al desengaño y al miedo (a la enfermedad por un descuido irresponsable), una vez pasada la exaltación del primer encuentro. El romanticismo de Théo y Hugo es decididamente naíf, sus conversaciones rozan el cliché y lo cursi por momentos, los protagonistas no son precisamente unos portentos de la interpretación, pero la conexión entre ellos es indudable y es inevitable dejarse llevar por el entusiasmo con el que Ducastel y Martineau nos la retratan.

Théo y Hugo es una película magnética, de una ingenuidad romántica irresistible y un realismo sin ningún tipo de inhibiciones. Una experiencia íntima, de erotismo desaforado y espíritu sorprendentemente entrañable que plantea una historia de amor a flor de piel, con énfasis en la piel. En una de las escenas más potentes de la película, Hugo se agacha para admirar y elogiar con ternura el sexo desnudo de Théo. A su manera, es como si le estuviera mirando a los ojos, diciéndole que quiere estar con él toda la vida. Y es cuando deseamos que tengan su final feliz juntos (con o sin diagnóstico negativo), o mejor aun, un futuro más allá de las 5:59, aunque no lo veamos.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Faking It: La revolución sexual

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Solemos quejarnos de la ola de puritanismo, hipervigilancia y corrección política extrema que desde hace años influye en los productos audiovisuales dirigidos a los más jóvenes (y no tan jóvenes). Cuando echamos la vista atrás a nuestra infancia, nos sorprende descubrir que lo que veíamos entonces era mucho más oscuro y tenía muchas más capas de lo que recordábamos, y es cuando pensamos: “Qué tiempos aquellos, cuando no se nos sobreprotegía tanto. Nosotros veíamos de todo y mirad qué bien hemos salido”. Pero los tiempos han cambiado, y las generaciones han ido creciendo cada vez a un ritmo más acelerado. Por eso, mientras las series para niños son ahora (por lo general) más blancas e inofensivas, las que están protagonizadas por y orientadas a los adolescentes son más atrevidas y revolucionarias que nunca. Ser un adolescente hoy en día no es lo mismo que antes, y la ficción televisiva debe reflejar esa nueva realidad.

Actualmente, son dos las principales cadenas de televisión en Estados Unidos cuyo público objetivo es el adolescente, la CW y la MTV. La primera prefiere centrarse en el drama y la fantasía, mientras que la segunda lleva desde los 90 desarrollando un catálogo de comedias teen muy interesante, con el que han ido plasmando con mayor o menor acierto las tendencias de cada época. De los irreverentes retratos de la generación del grunge y el videoclip, Daria Beavis & Butthead saltamos a la etapa actual de la cadena, inmersa en la realidad de las redes sociales, el narcisismo y la libertad sexualAwkward. inauguraba un nuevo capítulo para MTV, con una propuesta que abordaba temas como el bullying, el sexo, el suicidio adolescente y la presión social de los institutos desde un punto de vista ácido y descarado. Pero el carácter incisivo de la serie se desvaneció pronto para dar paso a un culebrón interminable que perdía de vista su interesante premisa. Es entonces cuando llegaba a la cadena la serie que nos ocupa hoy, Faking It, hermana menor de Awkward. que no tardó en hacerle sombra.

Faking It puede parecer lo mismo que Awkward. en muchos aspectos. Tono, factura, temática, todo recuerda a la serie de la insoportable Ashley Rickards, pero (por ahora) supone un paso adelante con respecto a ella. Para empezar, el nivel interpretativo, sin ser para tirar cohetes, está mucho más alto, sobre todo en las escenas dramáticas. Pero es que además, Faking It lleva mucho más allá la idea del instituto como campo de batalla (con sus estratos sociales y luchas por el poder y la supervivencia), presentando una realidad en la que las fronteras sexuales se difuminan para darnos a conocer todo un abanico de posibilidades y orientaciones. Sin esto, estaríamos ante una serie resultona sin más, pero Faking It sabe jugar muy bien esa carta, partiendo de una premisa clásica de comedia de enredos que adapta con gracia al siglo XXI: Dos mejores amigas, Karma (Katie Stevens) y Amy (Rita Volk), están hartas de ser las parias del instituto e intentan por todos los medios convertirse en populares. Todos sus intentos fracasan, hasta que un compañero, Josh (Michael J. Willett), que cree que son pareja, las saca del armario públicamente. Así, Karma y Amy se convierten en las estudiantes más famosas de Hester High, por lo que deciden seguir fingiendo que son novias para conservar su repentino estrellato. Lo malo es que, mientras Karma es heterosexual, Amy se está cuestionando su sexualidad, y cree sentir algo por su mejor amiga.

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Esto es solo el principio, claro. La trama se ramifica y se enreda una y otra vez a lo largo de las dos temporadas que de momento lleva la serie. La primera, de tan solo 8 episodios, se centra sobre todo en la bonita y complicada amistad entre las dos protagonistas y el recorrido que ambas emprenden para descubrirse a sí mismas. Simpática pero mordaz, con una importante carga reivindicativa y efectivos momentos de ternura, Faking It no tarda en demostrar que posee la frescura que Awkward. perdió hace tiempo. Sin embargo, la duración extendida de su segunda temporada (20 episodios en total) empieza a pasarle factura. Faking It comienza a abusar del recurso del triángulo amoroso, se vuelve repetitiva en su empeño de ser fiel a su título (aunque las protagonistas dejen de “fingir” que son novias, se fuerza en todos los capítulos una trama en la que alguien miente, oculta o saca del armario a otro, o se hace pasar por alguien o algo) y acaba pecando de estiramiento y relleno. Por suerte, la segunda tanda de capítulos de la temporada que acaba de tocar a su fin (del 2×11 al 2×20) remonta el vuelo considerablemente. Y lo hace optando por una mayor coralidad y dando protagonismo al propio instituto y lo que este representa.

Siguiendo los pasos de Glee, Hester High se acaba convirtiendo en un símbolo de la liberación sexual y personal, un lugar en el que “todos te aceptan por como eres”, donde, tras mucho luchar, se rechaza la opresión de las etiquetas y se permite que cada uno busque la identidad propia a su ritmo (no tenerlo claro es normal, la serie retrata precisamente ese periodo de confusión). Faking It es una utopía en la que los adolescentes deben creer, un futuro muy posible que ya estamos construyendo, y que la ficción nos adelanta para ayudarnos a hacerlo. Sin dejar en ningún momento de ser una comedia ligera, a menudo cheesy, y con una importante carga erótica, sobre líos amorosos en secundaria, Faking It se desmarca de las demás series gracias a un variopinto plantel de personajes que contribuyen a normalizar la diferencia en el entorno adolescente (ser diferente es el nuevo negro), luchando contra la homofobia, la bifobia (ya era hora) y todo tipo de prejuicios relacionados con la comunidad LGBT+.

En Hester High y alrededores hay gays y heteros -y estos pueden ser mejores amigos, como es el caso del jock Liam Booker (Gregg Sulkin) y Josh-, lesbianas, bisexuales, bicuriosos, una chica intersexual (también se pasó Laverne Cox por un capítulo). Pero no solo eso, la serie incorpora una estudiante musulmana que viste hijab (la editora del tabloide del instituto), una chica en silla de ruedas y una enana, que, aunque sean personajes muy secundarios y nos recuerden que hace falta algo más de diversidad física y racial, contribuyen a la representación y visibilidad de sus colectivos, y no son definidas por esas características, lo cual es muy importante. Dejando a un lado sus fallos y tópicos (es una serie de MTV, tiene muchos), nos quedamos con esto: Faking It promueve la tolerancia y la aceptación de esta nueva realidad en la que el género binario se ha quedado obsoleto para describir nuestra sociedad, ofreciendo un paraíso queer en el que todo el mundo es bienvenido (sí, ¡los heteros también!) y nadie tiene por qué esconderse en el armario.

El poder de Empire

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La primera vez que leí sobre un nuevo drama familiar de Fox titulado Empire, pensé que la alicaída cadena de Rupert Murdoch estaba buscando su nueva serie de calidad para competir con la avanzadilla de la ficción de cable. Con los primeros previews, me reafirmé en esta teoría. La serie parecía tener una factura impecable, más propia de HBO que de una generalista, y se presentaba como el proyecto televisivo de un cineasta semi-consagrado, como tantas otras ficciones de pago (ya quedan pocos directores de cine que se hayan apuntado a hacer su propia serie). Empire está creada por Lee Daniels, en tándem junto a Danny Strong, nuestro Jonathan de Buffy (habitual colaborador de Daniels, y ganador de dos Emmys por la TV movie Game Change). Por tanto, cuando la serie se estrenó hace apenas dos meses en Estados Unidos, esperaba un drama serio de cocción a fuego lento, como es tendencia en la quality television desde hace lustros. Qué sorpresa la mía al encontrarme algo totalmente opuesto: un culebrón dinástico musical de ritmo vertiginoso, divertidísimo y pasado de rosca que ha resultado ser un auténtico huracán en los índices de audiencia.

En retrospectiva, creo que tenía que habérmelo olido al menos un poco. Aunque vaya disfrazado de cine serio, la obra de Daniels, de Precious: Based on the Novel ‘Push’ by Sapphire (hay que decir el título entero siempre) hasta El mayordomo, pasando por la fallida pero hipnótica The Paperboy, muestra un claro gusto por el melodrama telenovelesco, la mal llamada “baja cultura” y el kitsch. Y Empire es justo eso, la recuperación de la gran telenovela americana en prime time (Dallas, DynastyFalcon Crest), la sofisticación del entretenimiento para las masas (una ciencia mucho más complicada e impredecible que la del cine y la tele de autor), y la celebración de la filosofía y la estética hip hop, con sus cordones de oro de 7 kg, sus estilismos imposibles (estampados animales, vestidos fundidos con la piel para resaltar el atributo estrella del siglo XXI: el culo, cuanto más gordo mejor), su machismo intrínseco y su música estancada en los 90. Las canciones de Empire (la mayoría mediocres, pero endiabladamente pegadizas, con algún temazo suelto, como “You’re So Beautiful“) llevan el inconfundible sello Timbaland, el productor responsable del sonido de moda de mediados de la década pasada, y encajan a la perfección en el estilo retro de la serie (su próximo objetivo: que vuelva el gospel). El despliegue semanal es impresionante, las estrellas y leyendas de la música negra ya se pelean por salir en ella (Jennifer Hudson, Rita Ora, Patti LaBelle), y gracias a esto, el hip hop vuelve a ser de todos, como hace 20 años, y lo hace además sonando exactamente como hace 20 años. Tiene su mérito.

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Pero Empire hace mucho más que convertir un estilo de vida en serie, y es mucho más que el éxito más reciente de la nueva ola de series musicales. Daniels y Strong aprovechan los tópicos del hip hop y la comunidad negra para transgredir y romper esquemas, para continuar la tendencia de la televisión actual hacia el progreso y la ruptura de los valores tradicionales más anticuados. Por eso, aunque no suponga gran revuelo ya ver personajes LGBT normalizados en otras series, es importante que haya uno en Empire, y que además sea uno de los protagonistas más centrales y más populares de la serie: Jamal (el Frank Ocean de Empire Records). Es cierto que el tema de la orientación sexual de Mal también se ha tratado con sensibilidad noventera, tirando de tópicos que chirrían bastante hoy en día y que pueden resultar obsoletos y dolorosamente obvios (como todas las letras de las canciones que interpreta), pero es que el tema de la homosexualidad en la comunidad negra, y sobre todo en el mundo del hip hop, está muy lejos de ser normalizado, así que hay que empezar por algún lado, y Empire sabe exactamente por dónde hacerlo, explotando el talento de Jussie Smollett para que todos vean que con quién se va a la cama es lo de menos (“I’m gaaaay, so whaaaat?”, canta Jamal en una batalla de freestyle).

Y luego está Cookie Lyon. No hay palabras suficientes para describir al Torbellino Cookie, la nueva e indiscutible Reina del Prime Time. El personaje, interpretado por una inconmensurable Taraji P. Henson, se convirtió desde su primerísima aparición en el piloto de la serie en uno de los mayores reclamos de Empire. Madre coraje, productora musical con toque mágico, diva incontestable y spirit animal (énfasis en lo de “animal”), Cookie representa la lucha contra el patriarcado en el mundo del hip hop. Mientras la empresa de su ex marido, el Diablo personificado, Lucious Lyon (Terrence Howard, haciendo un arte de la mala interpretación), se prepara para hacerse pública y entrar en la Bolsa, y sus tres hijos varones (los cachorros de león Jamal, Hakeem y Andre) se disputan el cetro del “Imperio” (muy a grandes rasgos, la premisa de la serie), la fiera Cookie demuestra que, a pesar de ser un caos incontrolable y meter la pata a menudo, es quien lleva los pantalones -figuradamente, porque lo suyo son los vestidos ceñidos de animal print, como no podía ser de otra manera, las pieles y las uñas que ríete tú de los cuchillos Ginsu. Cookie es Empire, Empire es Cookie. Pero también es mucho más. De hecho es tantas cosas que no tienen cabida en una simple entrada de blog.

Cookie Lyon

Empire es exceso, es ridículo, es opulencia, es un no parar. Y todo en tan solo 12 episodios, que conforman la primera temporada que acaba de tocar a su fin en EE.UU., pulverizando récords de audiencia y convirtiéndose en el programa de entretenimiento más visto de la temporada 2014-15. Todo es tan rocambolesco y barroco en esta serie que no da lugar a la crítica. Es cierto que algunos medios norteamericanos hablan de “guetificación” (qué palabra más fea), entre otras cosas porque en la serie hay pocos blancos, y estos desempeñan papeles de villanos (Judd Nelson), ejecutivos silenciados, zorras calculadoras o estrellas de rock drogadictas (necesitamos más Courtney Love). Pero es que en Empire nadie es precisamente un ejemplo moral intachable (solo Jamal). Otros (la mayoría) ven un ejercicio loable de representación que ya era hora de que tuviera lugar en televisión (donde desde los 90 apenas veíamos series con elencos negros), y que va a resultar en un boom de “series negras” la próxima temporada. Pero a lo que iba, debates ideológicos aparte, como producto de entretenimiento Empire es absolutamente irreprochable.

Lo que Empire cuenta en un episodio sirve para rellenar dos temporadas de cualquier otra serie de network. Las tramas avanzan a la velocidad de la luz, a veces tanto que se olvidan de muchas de ellas, pero no nos da tiempo a darnos cuenta y sinceramente, no nos importa demasiado. Los personajes son redondos (porque son arquetipos hiper-simples perfectamente caracterizados), hay giros y sorpresas a cada paso de la enrevesada historia de los Lyon, y no hay un solo minuto de la serie en el que no pase nada. Empire es un culebrón desmesurado, a menudo burdo y chanchullero, pero lo sabe y resulta que eso es exactamente lo que quiere ser. Solemos menospreciar este tipo de productos masivos, favoreciendo los dramas “serios”, y no nos damos cuenta de lo difícil que es hacer una serie como esta. Empire es un fenómeno televisivo y discográfico que ya está haciendo mella en la cultura popular. No sabemos cuánto durará el efecto, pero todos somos susceptibles de caer bajo el influjo de su poder. Una recomendación: no opongáis resistencia.