Queen & Slim: Un potente mensaje ahogado por un guion sin sentido

Con una fructífera carrera como directora de videoclips para Beyoncé, Lady Gaga o Rihanna y series de televisión (Insecure, Master of None) a sus espaldas, Melina Matsoukas debuta en el largometraje con Queen & Slim, road movie social escrita por la ganadora del Emmy Lena Waithe (Master of None) y protagonizada por Daniel Kaluuya (Déjame salir) y la revelación Jodie Turner-Smith, junto a Bokeem Woodbine (Spider-Man: Homecoming), Chloé Sevigny (Los muertos no mueren) y Flea (Identidad borrada).

Queen & Slim es la historia de un hombre (Kaluuya) y una mujer (Turner-Smith), los dos afroamericanos, que tras una primera cita se dirigen a casa cuando son parados por la policía. Lo que podría quedar en un incidente sin más acaba teniendo graves consecuencias cuando él dispara al oficial de policía en defensa propia. Preocupados por las posibles represalias, ambos deciden huir. Pero la escena ha sido grabada en vídeo desde el coche de policía y se vuelve viral. Mientras se embarcan en un peligroso viaje en carretera para escapar del país, encontrando numerosos aliados y desarrollando una profunda relación, la pareja se convierte en un símbolo de resistencia para la comunidad negra, víctima del trauma y la brutalidad policial en Estados Unidos.

Describir Queen & Slim como “la Bonnie & Clyde negra” es tan tópico y predecible como inevitable y acertado (la propia película hace ese mismo guiño). Alrededor de la idea de los amantes fugitivos, Matsoukas y Waithe construyen una historia muy potente sobre el racismo en Norteamérica en la que su mensaje llega alto y claro, en parte por la insistencia con la que se subraya continuamente. La película brilla en el aspecto visual, evidenciando la formación de Matsoukas en el videoclip y constatando su innegable sentido del gusto y fuerte personalidad estética. No cabe duda de que Queen & Slim tiene mucho estilo y actitud, sin embargo, la fuerza de sus imágenes se ve constantemente mermada por un guion más preocupado por el mensaje que por la lógica.

La historia empieza a cojear desde el primer momento en el que los protagonistas deciden huir de la escena del crimen. A partir de ahí, ambos toman un decisión estúpida tras otra, lo cual resulta aun más inverosímil si tenemos en cuenta que ella es abogada y consiguió absolver a una persona acusada de homicidio involuntario. Waithe fuerza constantemente los giros para llevar la trama por donde le interesa, abusando del deus ex machina (los personajes se salvan continuamente de las formas más fantasiosas) y descuidando detalles básicos, lo que resulta en un argumento lleno de agujeros narrativos y situaciones poco plausibles que dificultan la empatía con los protagonistas y restan impacto a la importante lección que quiere transmitir.

Queen & Slim nos habla de la violencia diaria a la que se enfrentan las personas negras en Estados Unidos, de la discriminación y el uso de perfiles raciales que condicionan sus vidas y los mantienen constantemente alerta por miedo a morir por una respuesta mal dada o a causa de un movimiento supuestamente sospechoso. Como decía, un mensaje muy valioso sin duda, pero aquí abordado sin apenas sutilidad y cayendo por momentos en lo maniqueo, lo cual contrarresta el notable trabajo de Matsoukas detrás de las cámaras. Tampoco ayuda un montaje atropellado y un metraje que se alarga en exceso, haciendo que tras una intensa primera parte en la que la directora maneja bien el suspense, la recta final se haga pesada y el impacto de su desenlace llegue demasiado tarde.

La idea de una comunidad ayudando a los fugitivos a escapar de sus opresores y en última instancia convirtiéndolos en héroes es muy buena, pero Waithe no sabe desarrollarla sin caer en lo obvio y lo machacón. A pesar de las excelentes interpretaciones de Kaluuya y Turner-Smith, su acertada fusión de thriller y romance y la más que solvente realización de Matsoukas, Queen & Slim se pierde en su afán de erigirse como película denuncia, manufacturando de forma muy autoconsciente su propio carácter icónico.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Ready Player One

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Desde su publicación en 2011, Ready Player One se ha convertido en una de las novelas de culto más admiradas de los últimos años. El best-seller escrito por Ernest Cline tiene una legión de fans que han caído rendidos a sus pies gracias a su fusión de aventura, ciencia ficción y nostalgia ochentera. Sus detractores, por otro lado, consideran que el libro es literatura basura, llegando incluso a definirlo como “el Cincuenta sombras de Grey para hombres blancos y frikis”. No importa en la categoría que nos encontremos, lo que no se puede negar es que Ready Player One es un libro que desde la primera página a la última pide a gritos una adaptación cinematográfica.

Cline encontró su “huevo de Pascua dorado” cuando el mismísimo Steven Spielberg aceptó este trabajo. El emblemático director de clásicos como E.T.Indiana JonesTiburón agarró las riendas de uno de sus proyectos recientes más ambiciosos y complicados. Trasladar las páginas de Ready Player One, que construye un universo de ciencia ficción inabarcable y lleno de guiños específicos a miles de productos culturales, era una tarea titánica. Pero ya sabemos que a Spielberg, Titán donde los haya, le van los retos, y suele completarlos como si nada (tardó solo nueve meses en terminar su anterior película, Los archivos del Pentágono).

Zak Penn (Los Vengadores) escribe junto al autor de la novela un guion que debe efectuar numerosos y necesarios cambios por cuestiones de licencias, pero que en esencia y estructura se mantiene muy fiel al libro. Para quienes no estéis familiarizados con su historia, Ready Player One vendría a ser una fusión -o un mashup, que sería más apropiado- de Charlie y la fábrica de chocolateAvatar, o actualizando nuestros referentes, San Junipero.

En el año 2045, la humanidad escapa de su oscura realidad pasando el tiempo en el mundo virtual conocido como OASIS, donde no hay límites a la imaginación y cualquier persona puede ser quien quiera. A su muerte, el creador de OASIS, James Halliday (Mark Rylance), deja su inmensa fortuna y el control de su creación a quien gane un concurso en tres fases, diseñado para encontrar a su mejor heredero posible. Cuando el mundo ha desistido de la aparentemente imposible búsqueda, Wade Watts (Tye Sheridan), un chico obsesionado con OASIS y su creador, encuentra la primera llave, con lo que la búsqueda del tesoro comienza de verdad. Junto a la chica de sus sueños, Art3mis (Olivia Cooke), y sus amigos del OASIS, conocidos como los High Five, Wade explorará todos los recovecos del universo de Halliday para salvarlo de las manos de IOI, la malvada corporación que pretende hacerse con él para controlar a la humanidad.

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Vaya por delante que, si uno ha conectado con el libro, tiene muchas posibilidades de salir muy satisfecho de la película. Lo difícil era convencer a los escépticos. Pues bien, se puede decir que, teniendo en cuenta el material de partida, la película es mejor de lo que cabía esperar. Sí, se podía haber hecho más (la idea tenía muchísimo potencial, y seguro que alguien podía haber desarrollado la historia mejor que Cline) y los defectos de fábrica están ahí: el uso facilón de la nostalgia, la acumulación sin ton ni son de referencias (como en The Big Bang Theory, Cline cree que el solo hecho de mencionarlas ya constituye relato), el paso de puntillas por temas interesantes que se quedan sin explorar, los personajes huecos y la trama desarrollada a trompicones. Pero Spielberg los minimiza con su siempre infalible sentido del espectáculo y la aventura, por lo que es más fácil pasarlos por alto y dejarse llevar. Otra cosa no, pero como experiencia inmersiva, Ready Player One funciona, aunque por momentos pueda llegar a saturar y agotar. Verla es efectivamente como adentrarse en primera persona en OASIS, como sumergirse de lleno en un trepidante y estruendoso videojuego.

A sus 71 años, Spielberg demuestra que su sentido del asombro y capacidad para orquestar grandes secuencias de acción siguen intactos. Ready Player One cuenta con potentísimos set pieces, como la vertiginosa y atronadora carrera del primer acto (lo más parecido a realidad virtual sin visor que se ha hecho en cine recientemente), la visita a cierto clásico del cine de terror (que no desvelaremos para mantener el factor sorpresa), probablemente la escena más placentera de la película, o el eficiente clímax. Los efectos visuales son simplemente brutales, la estética está muy cuidada y aunque los personajes digitales se acerquen al “valle inquietante”, su fluidez de movimientos y expresividad es digna de admiración. Otra cosa no, pero Ready Player One supone un auténtico despliegue de pericia visual y excelencia técnica, lo cual no debería sorprendernos. Al fin y al cabo, es Spielberg.

Ahora, donde Ready Player One falla es a la hora de convertir la orgía de cultura pop que la caracteriza en algo más que un amontonamiento de referencias para el gozo del espectador más observador, en una historia más trascendental. Dice mucho que su (indudable) valor de revisionado resida en la necesidad de descubrir todos los guiños y cameos que aparecen en sus abarrotados planos, y no en volver a ver a Parzival y Art3mis (el reparto está muy correcto, pero no es lo más destacable en ningún momento). Y es que, a pesar de los intentos de darle profundidad emocional (en especial a través del personaje de Halliday y la afectada interpretación de Rylance), la película y los personajes no pueden evitar quedarse en la superficie, en el truco de la nostalgia, lo cual resulta especialmente decepcionante teniendo en cuenta que detrás de las cámaras se encuentra un maestro de las emociones y uno de los padres de la actual generación de hipernostálgicos.

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Ready Player One es una celebración de la cultura pop y el mundo gamer que se apoya principalmente en su excelencia técnica y el poder de la intertextualidad. Hay que reconocer que ver al Gigante de Hierro de nuevo en acción o a tantos iconos del cine y los videojuegos reunidos en un mismo lugar tiene su indudable atractivo. Pero más allá del placer de identificar los cameos y asistir a locos crossovers que no creíamos posibles, hace falta alma. Y a Ready Player One le cuesta encontrarla entre su aturdidora vorágine de imágenes y guiños pop.

Pedro J. García

Nota: ★★★