Crítica: Orgullo + Prejuicio + Zombies

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Es una verdad universalmente conocida que el género zombie sigue teniendo cuerda. Nos empeñamos en señalar su declive (como tantos otros hacen con los superhéroes), pero lo cierto es que sigue habiendo una gran demanda por parte del público, tanto en cine como en televisión. Solo que, precisamente por esto, cada vez se hace más difícil innovar. Cualquier idea, por descabellada que sea, es bienvenida (menos The Rezort, esa evitadla a toda costa). Por eso ya iba siendo hora de que Orgullo y Prejuicio y Zombies llegase a la gran pantalla. La novela, escrita por Seth Grahame-Smith y publicada con mucho éxito en 2009, es un “mash-up” del clásico de Jane Austen y las historias modernas de zombies, y ofrecía el material perfecto para una adaptación cinematográfica, que quizá ha tardado demasiado en llegar, teniendo en cuenta lo rápido que pasamos de una moda a otra.

El responsable de llevar la novela al cine es Burr Steers (director de La gran caída de Igby y dos cintas románticas de Zac Efron), que también se encarga del guion. Orgullo + Prejuicio + Zombies (que es como se escribe oficialmente el título en nuestro país) mezcla parodia, acción, drama y romance en una película mucho menos cómica de lo que podría parecer a priori. El humor forma parte esencial de la cinta, y además está mucho más afinado de lo que cabría esperar, pero no es lo que la define. A pesar de su premisa, Orgullo no es una comedia disparatada o pasada de rosca, sino una adaptación de Austen con la particularidad de ser salpicada de cuando en cuando por el ataque de un monstruo o un duelo de metales. Esto podría haber dado como resultado un caos absoluto, pero sorprendentemente, Steers maneja muy bien la fluctuación de tonos de la película, y consigue que ni se tome demasiado en serio, ni se pase de absurda.

Claro que esto viene a costa de un sacrificio: los zombies. El film debería haberse titulado más bien Orgullo + Prejuicio (+ algún zombie). Aunque el prólogo narrado y la (excelente) primera secuencia van al grano mostrándonos una Inglaterra del XIX plagada de no-muertos, la película los deja en segundo plano la mayor parte del tiempo, para convertirse, como decíamos, en una nueva iteración del relato de Austen, una con numerosos elementos disonantes, pero al fin y al cabo fiel a la novela. Por eso, a pesar de ser una película lo suficientemente digna (tiene mérito adaptar a Austen de manera correcta en estas circunstancias), corre el riesgo de no contentar a sus dos posibles públicos objetivos: el espectador que va buscando una comedia de acción con zombies quizá se aburra y a los aficionados a la literatura clásica les puede parecer una adaptación demasiado menor, aunque tengan gusto por la hibridación genérica y buen sentido del humor.

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Orgullo + Prejuicio + Zombies tiene un primer tramo estupendo, en el que destaca el afilado sentido del humor, su exquisita violencia (sí, el oxímoron es correcto) y la caracterización de personajes. Resulta especialmente refrescante la manera en la que Steers nos presenta a las hermosas y letales hermanas Bennet (con la eternamente victoriana y adorable Lily James a la cabeza), complementando sus caracteres originales con una actitud guerrera y feminista (y todo un armamento anti-zombies bajo las enaguas), resultado de una educación tan enfocada a la etiqueta social como a las artes marciales. Esto nos deja buenas secuencias de acción y grandes momentos girl powerademás de escenas muy simpáticas junto a otros personajes, como los padres de las Bennet (Charles Dance y Sally Phillips) o el divertidísimo Parson Collins, interpretado por un fantástico y muy versátil Matt Smith. El eslabón más débil de la película quizá sean sus “galanes”, un soporífero Douglas Booth, un escaso Jack Huston, y especialmente Sam Riley (y su irritante voz rasgada) como Mr. Darcy, que sale perdiendo por agravio comparativo con las versiones de Colin Firth y Matthew MacFayden.

La película contiene alicientes de sobra para engancharnos. Funciona como drama de época, es más inteligente de lo que parece, y fusiona con acierto la violencia y el romance, pero va perdiendo el interés progresivamente, hasta desembocar en una media hora final decepcionante y aburrida. En definitiva, a pesar de sus aciertos, no saca todo el provecho que debería de la idea y el material con el que cuenta (como tampoco de Lena Headey, que venía a volverse loca y pasárselo teta pero no le dieron tiempo para demostrarlo), provocando una sensación de chasco y desencanto. Orgullo + Prejuicio + Zombies no es ni de lejos el  descalabro que muchos aseguran, pero tampoco es la gran película que podía haber sido. Un fail agradable que se olvida justo después de la (también decepcionante) escena post-créditos.

Valoración: ★★★

Crítica: 300 – El origen de un imperio

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Sumándose a la larga lista de segundas partes que nadie pidió llega 300: El origen de un imperio (300: Rise of an Empire), tras una serie de problemas de producción que han resultado en un retraso tras otro y en la consiguiente falta de interés y desconfianza en el producto. El origen de un imperio no es ni secuela ni precuela, sino ambas cosas a la vez, lo que se denomina una “side-prequel“. Es decir, los acontecimientos de esta nueva película abarcan desde antes de los que se narran en 300 (Zack Snyder, 2006) y se extienden más allá de ella, sincronizándose con las desventuras del Rey Leónidas y su ejército a mitad del metraje.

El origen de un imperio está basada en la aún inédita novela gráfica Xerxes, también de Frank Miller (que ha trabajado en ella simultáneamente a la producción de la película). En ella se profundiza (es un decir) en la figura del rey dios Jerjes (Rodrigo Santoro) con su origin story, y se nos presenta a Artemisia, comandante de la armada persa interpretada por Eva Green. La acción se traslada esta vez al mar, donde tiene lugar la cruenta batalla entre el ejército griego, liderado por el general Temístocles, que lucha por la unificación de Grecia, y el persa, capitaneado por Artemisia, griega aliada con los persas por un juramento de venganza contra su pueblo.

300 El origen de un imperioAunque estaba previsto que Zack Snyder se encargase de la realización, su compromiso con El hombre de acero le obligó a delegar. El elegido para ocupar su lugar en la silla del director fue el desconocido e inexperto Noam Murro, mientras que Snyder permaneció en el proyecto como productor ejecutivo. No cabe duda de que Murro fue contratado para desempeñar una función meramente instrumental en la producción, puesto que el resultado conserva el inconfundible (y paradójicamente impersonal) estilo visual del director de Sucker Punch. El origen de un imperio es efectivamente una película de Snyder hecha por otro. No falta ninguno de los elementos de los que el director se ha adueñado: esa confusa hiper-saturación digital (llega un momento en que uno no sabe qué está viendo), la ultra-violencia pornográfica que ya nos deja indiferentes, los voluptuosos físicos que son tan de mentira como los cromas sobre los que se mueven, los discursos y diálogos de grandilocuencia infinita, la dichosa cámara lenta -el film duraba en realidad 25 minutos, pero al añadir el slow motion subió a 102- que tanto ha influido en el péplum actual (Spartacus, Hércules). Y en definitiva, su ineptitud para contar una historia que vaya más allá de la superficie.

En lo que sí se distancia El origen de un imperio de su predecesora es en su héroe protagonista. El carismático Leónidas (Gerard Butler) hace hueco a Temístocles, personaje plano donde los haya interpretado por el insípido australiano Sullivan Stapleton. Por suerte, esto se ve compensado por la fuerte presencia escénica de Eva Green como su archinémesis Artemisia, una de las pocas razones que justifican la existencia de esta película -la otra sería ver a Lena Headey poniendo cara de Lena Headey todo el rato. Green, exagerada e intensa, la única que parece esforzarse un poco en dar credibilidad al proyecto, aporta algo de girl power (tal y como lo entiende Snyder, claro), en contrapunto a la abundancia de testosterona de la franquicia, y proporciona un par de escenas memorables (ese beso), blandiendo la espada y otras cosas (lo dicho, lo que Snyder entiende por “mujeres al poder”). El origen del imperio no escatima en espectacularidad, sobre todo en sus impresionantes secuencias de batalla en el mar, pero es decididamente más camp que la primera 300, lo cual aumenta ligeramente la posibilidad de disfrutar de su monocromática ridiculez, sus fuentes de sangre digital y su muertes a lo Viernes 13 si uno se la toma como la desbarrada tomadura de pelo que es.

Valoración: ★★

Crítica: The Purge (La noche de las bestias)

La premisa de The Purge: La noche de las bestias, por muy inverosímil e incoherente que pareciera, se presentaba como mínimo llamativa, inquietante y llena de potencial terrorífico y polémico. Durante una noche al año se celebra en Estados Unidos “la purga”, que básicamente consiste en que durante doce horas, todos los crímenes (incluido el asesinato) son legales. No se puede llamar a la policía, los hospitales no atienden a nadie. Los ciudadanos se las arreglan solos en una noche donde unos salen a desatar sus instintos más violentos y otros se refugian en casas fortificadas con vanguardistas sistemas de seguridad. Según las autoridades y medios de comunicación, la purga ha hecho descender los índices de criminalidad durante los 365 días restantes del año, y además ha impulsado la economía. La sociedad acepta la purga sin hacer preguntas, porque el sistema funciona. Sin embargo, una familia verá las cosas de otra manera cuando un hombre se cuela en su casa durante “la noche de las bestias“.

Y a pesar de lo morboso y emocionante de la propuesta, The Purge pasará a la historia del cine por sacar el menor provecho posible de una idea llena de posibilidades. Para empezar, el argumento no se sostiene en ningún momento, y el contexto socioeconómico en el que se desarrolla la película es simplemente inaceptable. Es imposible suspender del todo la incredulidad (requisito básico en este tipo de películas) cuando no hay esfuerzo por explicar o justificar la iniciativa más allá del martilleo de noticias en la tele y la radio que nos recuerdan constantemente el bien que ha hecho la purga en el país. Los habitantes de la Nueva América quizás no sientan la necesidad de respuestas, pero el espectador sí.

Huelga decir que las aspiraciones de The Purge no pasan por el cine denuncia o el realismo (claro está desde que nos adentramos en ella y claro lo tiene quien esto escribe), y que en el fondo no queremos que se nos aburra con explicaciones. Pero es que ni se esfuerza mínimamente en incitar alguna reflexión a partir de la interesante realidad alternativa utopico-distópica -casi sci-fi- que plantea. No más allá de una inconsistente y raquítica lección moral sobre las diferencias de clase. Como tampoco explora a través de los (planos) personajes una hipótesis que sí es lanzada al comienzo de la historia: Somos todos unos monstruos y necesitamos canalizar nuestra violencia de vez en cuando para contenerla el resto del tiempo.

Todo esto nos daría igual si la película ofreciese emociones fuertes con las que nosotros, como espectadores y voyeurs, pudiéramos dar rienda suelta a nuestras pulsiones más ocultas, las que solemos liberar gracias al (buen) cine de terror. Pero por desgracia no es el caso. La película apenas puede adscribirse a dicho género, y por esto no termina de funcionar como purga para nosotros. Por el contrario, se limita a ser un insulso thriller con un puñado de personajes jugando al ratón y el gato en una casa a oscuras. Una situación de peligro tras otra en las que los miembros de la familia Sandin estarán siempre convenientemente desperdigados para salvarse mutuamente en el último segundo. Estos personajes actúan en todo momento de la manera más inexplicable y absurda, poniendo a prueba la paciencia del espectador. De todos ellos, el hijo menor (que es quien desencadena la acción principal) es el que se lleva el premio al personaje a quien más deseamos gritar improperios de toda la película -al más puro estilo 80s, “¡no vayas por ahí! ¡no bajes al sótano!” Pero no solo ese pequeño ser de encefalograma plano muestra un comportamiento contra natura, contra lógica y sentido común en la película. Ni el pater familias (un Ethan Hawke desorientado), ni la madre coraje (Lena Headey y su maravillosa cara de póker) predican con el ejemplo, comportándose de la manera más disparatada. Esta estupidez que corre en la sangre de los Sandin no es más que una herramienta del relato para dilatar la tensión (en vano) a lo largo de 85 repetitivos y predecibles minutos.

A pesar de un par de ideas estimulantes y provocativas, The Purge opta por el camino más cobarde. En resumen, un absoluto desperdicio de potencial que, con el enfoque adecuado (quizás más riesgo y menos perspectiva americanista patriarcal y condescendiente), y por supuesto un mínimo de esfuerzo en buscar algo de coherencia, habría dado mucho más de sí. Esperemos que para la secuela hayan aprendido que no basta con tener máscaras terroríficas para hacer una película de terror.