Capitana Marvel: El eslabón perdido de Marvel

Ha tardado diez años, pero por fin ha llegado. Marvel presenta su primera película protagonizada por una mujer (después de que la Avispa compartiese cartel con el Hombre Hormiga en Ant-Man y la Avispa). Capitana Marvel es la penúltima entrega de la Fase 3 del Universo Cinematográfico Marvel, un acontecimiento muy esperado que promete sacudir los cimientos de este universo de ficción. Anna Boden y Ryan Fleck dirigen la primera película en solitario del divisivo personaje de Marvel Comics, adoptando su encarnación más reciente, Carol Danvers. La oscarizada Brie Larson se pone en la piel de la heroína de poderes cósmicos en una película que ejerce como presentación oficial del personaje y también como precuela del Universo Marvel y la Iniciativa Vengadores, es decir, un entreacto para rellenar los huecos entre Vengadores: Infinity War Endgame.

Como viene siendo habitual en las películas del estudio, Capitana Marvel toma elementos icónicos de la historia de Marvel Comics y los transforma y adapta a sus necesidades. La película se construye como una historia de orígenes, pero no es exactamente la que nos encontramos en las viñetas, sino que han decidido alterar el orden de los factores para tratar de darle un giro refrescante. La de Carol Danvers es una historia de autodescubrimiento clásica, pero en lugar de utilizar el ABC del decálogo superheroico, cambia el esquema por un BCA, resultando en una origin story ligeramente diferente, si bien algo confusa e irregularmente desarrollada, sobre todo durante su primer acto.

Capitana Marvel transcurre en los 90, y se asemeja a una película de acción y ciencia ficción de invasiones extraterrestres propia de esta década, una aventura intergaláctica que nos presenta el Universo Marvel tal y como era antes de que lo conociéramos. Después de estrellarse en la Tierra durante una misión, en la época en la que todavía se usaban las cabinas telefónicas y existían los videoclubs, la guerrera Kree Vers (Larson) trata de ponerse en contacto con su equipo, liderado por su mentor, Yon-Rogg (Jude Law), mientras investiga la infiltración en nuestro mundo de la raza alienígena de los Skrulls, con la que los Kree libran una guerra a través del espacio. Durante su estancia en la Tierra, Vers empieza a ver flashes de una vida anterior, lo que le lleva a descubrir la impactante verdad sobre su pasado, su identidad y el origen de sus poderes.

Larson está acompañada la mayor parte del tiempo por Samuel L. Jackson, que retoma su papel como Nick Furia cuando aun era un simple agente de S.H.I.E.L.D, gracias a la tecnología digital rejuvenecedora a la que tanto partido le está sacando el estudio (y con éxito, porque el “lifting” de Furia es impecable y no distrae en ningún momento). Ambos llevan el timón, junto a la robaescenas oficial de la película, la gata Goose, de una divertida buddy film dentro del espectáculo sci-fi al que nos tiene acostumbrados Marvel, protagonizando los momentos más cómicos en una película que sabe dosificar el humor para no saturar con demasiados chistes. El reparto es uno de los puntos fuertes del film, con Jackson como una de las atracciones principales, y un grupo de aclamados intérpretes secundando a los protagonistas. Los personajes de Jude Law, Ben Mendelsohn y Annette Bening están correctamente caracterizados e interpretados, nos deparan bastantes sorpresas (Talos la más grata), y los actores parecen estar pasándoselo bien, algo que no siempre ocurre con este tipo de fichajes de renombre en el cine de superhéroes.

Pero por supuesto, Larson es el centro de atención. La actriz, blanco de polémicas externas por su empeño en aumentar la diversidad en la crítica y la cobertura de prensa de la película, se ha tenido que enfrentar a un injusto escrutinio por parte de un sector del público. Afortunadamente, la actriz demuestra con su estupendo trabajo en la película que fue una elección más que acertada para el papel. Su Carol es una superheroína definida, una mujer inteligente, decidida y carismática que Larson construye encontrando el equilibrio adecuado entre el temple y la capacidad analítica de un soldado, la fuerza extraordinaria de un superhéroe y la humanidad de una persona que está tratando de descubrir quién es en realidad.

Capitana Marvel es una oportunidad para visitar otro rincón pasado del Universo Marvel y reencontrarse con viejos conocidos. La presencia de Furia, Ronan (Lee Pace), Korath (Djimon Hounsou) o Phil Coulson (Clark Gregg) establece conexiones con las vertientes terrenales y cósmicas del UCM, ayudando a completar sus historias mientras trazan líneas directas con Los Vengadores (algunas inesperadas) que nos preparan para el enfrentamiento final con Thanos en Endgame. Pero estos nexos están debidamente entrelazados en la historia de Carol de modo que nunca hacen que el foco se distancie demasiado de ella y que, por tanto, la película se mantenga contenida en sí misma.

Aunque no sobresale especialmente por su aspecto visual o su dirección, más bien convencional (sobre todo si lo comparamos con otras entregas de la Fase 3 mucho más estimulantes como Doctor StrangeThor: Ragnarok Black Panther), Capitana Marvel saca provecho de su ambientación noventera con detalles nostálgicos muy simpáticos (de los que, afortunadamente, no abusa) y sobre todo una banda sonora de temazos de los 90 (Garbage, Hole, No Doubt, TLC, Nirvana, REM…) que harán vibrar a cualquiera que creció durante esta década. Las canciones suelen acompañar escenas de acción electrizante y combates excelentemente ejecutados (memorable un explosivo una contra todos al ritmo de ‘Just a Girl’ de No Doubt), en los que Larson destaca por su agilidad y contundencia, haciendo honor a la reputación de su personaje como el más poderoso del Universo Marvel (aunque eso aun está por ver).

Capitana Marvel es la historia de empoderamiento femenino que el eminentemente masculino Universo Marvel necesitaba. Carol Danvers no solo se enfrenta a villanos del espacio exterior, sino también al sexismo de cada día en la Tierra (en una escena le llegan a pedir que sonría, evocando así a la absurda polémica en Internet porque el personaje no aparece sonriendo en el material promocional de la película), respondiendo siempre con entereza y dignidad, dándole a lo trolls la justa atención que merecen y levantándose cada vez que se cae para demostrar su valía en un mundo de hombres que no creen que haya lugar para ella. También hay que señalar que no hay historia de amor en la película, sino una bonita amistad entre Carol y su excompañera de vuelo y mejor amiga Maria Rambeau (la revelación Lashana Lynch), con la que protagoniza las escenas más emotivas. Pero su mensaje feminista viene también acompañado de un (quizá no muy sutil) mensaje anti-bélico y una reflexión en torno a los refugiados alienígenas que sirve como reflejo de nuestra realidad y ayuda a dar un mayor empaque emocional y trascendencia a la historia.

Evidentemente, Marvel sabe exactamente lo que tiene que dar a su público, y eso es justo lo que hace en Capitana MarvelQue es formulaica es más que obvio. Aunque, como ya he dicho, trata de darle una vuelta de tuerca a esa fórmula para contar una historia de orígenes desde otro punto de vista, al final no deja de ser una película de Marvel en todos los aspectos, para bien y para mal. Ofrece las dosis de acción y espectáculo que esperamos de Marvel (con efectos digitales mejorables, desgraciadamente también como siempre), la fusión de drama y comedia, las conexiones con el UCM, la fijación con las relaciones paterno-filiales, la definición de qué hace al héroe y su lucha moral, los giros argumentales que dan la vuelta a lo que creíamos saber, el marveliano juego de la anticipación que da lugar a un tercer acto que eleva la película… Todo está aquí, y todo funciona tan bien como siempre. Porque si algo no está roto, ¿por qué vas a arreglarlo?

Capitana Marvel es un disfrutable estallido galáctico de nostalgia noventera, una bienvenida incorporación al Universo Marvel que cumple su cometido presentando a su heroína y dejándonos con ganas de volver a verla. No es una película perfecta, pero es que sería injusto pedirle que lo fuera. El hecho de que sea la primera película de Marvel centrada en una mujer ha hecho que le exijamos más que a sus predecesoras, cuando lo cierto es que Marvel ha hecho con ella lo que debía: darle el mismo tratamiento que a sus héroes masculinos. Su primera incursión en Marvel es un eslabón imprescindible para todo fan del estudio, una inspiradora historia que sirve para encajar las piezas que faltaban y calentar motores para el gran acontecimiento de Vengadores: Endgame, en el que volveremos a ver a Carol, ya unida a los Héroes Más Poderosos de la Tierra.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Joyas de autor: ‘Purasangre’, ‘Las horas pasadas’ y ‘No dejes rastro’

Para empezar el año con una buena dosis de cine llegan tres nuevos estrenos que Sony Pictures y Universal Pictures añaden a su catálogo doméstico. Tres títulos inéditos en cines o que tuvieron un paso limitado por salas comerciales y ven la luz en formato DVD, sumándose a su creciente colección de joyas de autor modernas. Se trata de la aclamada comedia negra Purasangre, y los dramas familiares Las horas pasadas y No dejes rastro, filmes que pasaron injustamente desapercibidos el año pasado y merece la pena recuperar, ya que ofrecen propuestas refrescantes con puntos de vista muy personales e interesantes.

Purasangre (Thoroughbreds)

Purasangre es la opera prima de Cory Finley, una perversa comedia negra adolescente que le ha granjeado críticas muy positivas y lo ha situado como uno de los cineastas recién llegados más prometedores de Estados Unidos.

La película está protagonizada por dos jóvenes portentos, Olivia Cooke (Yo, él y RaquelReady Player One) y Anya Taylor- Joy (La bruja, Múltiple), que dan vida a Amanda y Lily, dos chicas de clase alta que recuperan su amistad de la infancia después de años de distanciamiento, encontrando la conexión en sus tendencias más sociópatas y su odio hacia el padrastro de la segunda. Finley ofrece una versión retorcida de la comedia adolescente en la que las protagonistas se ven envueltas en un plan criminal tan macabro como divertido, lo que ha despertado las inevitables comparaciones con el clásico generacional Escuela de jóvenes asesinos.

Con irresistible malicia, gran sentido de la estética y buen gusto para el encuadre, Finley narra la curiosa y disfuncional amistad de dos almas perdidas que encuentran la conexión en su aversión a la normalidad. Junto al tristemente fallecido Anton Yelchin, en uno de sus últimos papeles, Cooke y Taylor-Joy dan forma a una comedia irreverente, descarada y con mucha personalidad. Aunque sus diálogos puedan pecar de artificiales, delatan a un autor astuto y seguro de su visión, lo que da lugar a uno de los debuts más estimulantes que nos ha dejado el indie norteamericano recientemente. La película fue nominada a mejor guion en los Independent Spirit Awards, y no es para menos.

Las horas pasadas (The Keeping Hours)

La exitosa productora Blumhouse, responsable de sagas de terror como Insidious La noche de las bestias y la última entrega de La noche de Halloween, lleva unos años intentando expandir horizontes con ideas originales y nuevos enfoques para el género fantástico. En este sentido, dieron en la diana con Déjame salir, una de las grandes sorpresas de 2017, y esta tendencia continúa con sus siguientes estrenos, incluyendo Las horas pasadas, con la que el estudio de Jason Blum se decanta por el drama.

Diez años después de la muerte de su hijo, una pareja divorciada se reúne tras un suceso sobrenatural que les brinda una segunda oportunidad: el regreso del niño en forma de fantasma. Karen Moncrieff dirige este drama fantástico con tintes de terror que da un giro de 180º al subgénero de casas encantadas. Lee Pace (Halt and Catch Fire) y la omnipresente y siempre excelente Carrie Coon (The Leftovers) elevan la película con sendas interpretaciones profundamente emotivas e inspiradas.

Ganadora del premio del público en el festival de cine de Los Ángeles, Las horas pasadas no ha tenido un recorrido comercial a la altura de lo que merecía. Salpicada de momentos de tensión y algún que otro sobresalto que evidencia a la productora que hay detrás, la película sobresale más bien por su acertada aproximación al drama psicológico, erigiéndose como un melancólico y conmovedor relato sobre el perdón, protagonizado por dos personas rotas en busca de la conexión perdida y un nuevo comienzo.

No dejes rastro (Leave No Trace)

Debra Granik se dio a conocer en 2010 con Winter’s Bone, la película por la que Jennifer Lawrence obtuvo su primera nominación al Oscar (de cuatro en total que se llevó el film). A continuación, la realizadora se volcó en el documental, y años después regresa con su segundo largometraje de ficción, No dejes rastro, drama familiar en el que su tendencia a la no-ficción se vuelve a hacer más que evidente.

La película narra la relación entre un padre (Ben Foster) y una hija (Thomasin McKenzie) que viven escondidos en Forest Park, una gran reserva natural situada cerca de Portland. Tras varios años sobreviviendo en el bosque con recursos limitados, un pequeño error desvela su situación y pone sus vidas patas arriba. La niña pasa entonces a manos de los servicios sociales, y padre e hija se ven obligados a reajustar sus costumbres para adaptarse a la vida en sociedad, lo que provocará el distanciamiento entre ellos.

Sin caer en la sensiblería o el dramatismo facilón, Granik compone una historia cruda pero sentimental que no ofrece soluciones fáciles. Sencilla en apariencia, pero enormemente compleja en la dinámica paternofilial que retrata y el dilema que plantea (reminiscente de películas como Hacia rutas salvajes Captain Fantastic), No dejes rastro destaca por su tacto y sutilidad, mientras que las interpretaciones de Foster y McKenzie la dotan de rebosante humanidad, sobre todo durante su triste recta final.

Crítica: The Program (El ídolo)

The program El ídolo Ben Foster

A pesar de haber firmado buenos trabajos, la carrera de Stephen Frears ha estado caracterizada por la inconsistencia y la dificultad para alcanzar la grandeza. Recientemente, el director se ha acomodado en el terreno del biopic, donde está realizando filmes con poder para ingresar en la carrera de los premios cada año, pero sin verdadero impacto a largo plazo (La reinaPhilomenaFlorence Foster Jenkins). Su última incursión en el cine biográfico es The Program (El ídolo), basada en la vida del ex ciclista Lance Armstrong, que en 2012 fue acusado de dopaje, retirándosele sistemáticamente sus siete victorias consecutivas en el Tour de Francia. Un escándalo que sacudió el mundo del deporte y en el que Frears trata de adentrarse, sin demasiado éxito.

Más que una película narrativa, The Program es una serie de viñetas que nos muestran diferentes etapas de la vida y la carrera de Armstrong, haciendo hincapié en los acontecimientos que trascendieron a los medios de comunicación. Es decir, The Program no cuenta nada que no sepamos ya. Esto no sería un problema si la conocida historia del ciclista se hubiera utilizado para ofrecer una visión más inédita o reveladora del mismo, pero Frears no parece interesado en llevar a cabo un retrato psicológico (o no es capaz), sino que se conforma con reproducir momentos puntuales de la historia de Armstrong y ponerlos uno detrás de otro. Es decir, The Program carece de estructura narrativa, transcurre con ritmo atrofiado, sin sentido de la dirección, a base de elipsis mal empleadas que, en lugar de cumplir su función, entorpecen la narración. Y lo que es peor, el film se queda en la superficie de la historia de Armstrong, sin llegar a dejar muy claro quién es este personaje. Es decir, The Program es una película sin forma ni fondo.

The ProgramLo único positivo que podemos sacar de la cinta es su apartado interpretativo, en el que destacan Jesse Plemons (que se está labrando una carrera estupenda como secundario, con El puente de los espíasBlack Mass Fargo), y por supuesto Ben Foster. A pesar de que el protagonista roza la parodia exagerada en algunos momentos (los diálogos de sus escenas más dramáticas están tan mal escritos que no le queda más remedio), su trabajo es lo suficientemente potente como para ponerse por encima de las circunstancias (como curiosidad, llegó a doparse como Armstrong en un alarde de “método“, aunque, ¿para qué?). Pero si bien es cierto que en muchas ocasiones una buena interpretación puede salvar una mala película, no es ese el caso de The Program, que hace aguas por todos los lados y ni la fuerza y la presencia de Foster son suficientes para evitar que se hunda.

Con The Program, Frears desaprovecha un material rico en posibilidades para hacer una película anodina e insustancial, cuando podía haber sido empleado para llevar a cabo una aproximación interesante a la vida de un ídolo caído. Aunque hay escenas en las que parece que va a mostrarnos la verdadera cara de Armstrong, el film nunca llega a hacerlo, terminando sin conclusiones, dando la sensación de que en ningún momento se supo qué se quería contar con ella.

Pedro J. García

Nota: ★★

Halt and Catch Fire: Una revolución en ciernes

Halt and Catch Fire

“I wanna build something that makes people fall in love” -Cameron Howe

El mismo año que HBO ha puesto en marcha Silicon Valley, afilada sátira sobre un grupo de jóvenes visionarios intentando triunfar en la Meca tecnológica de Los Ángeles, AMC ha estrenado Halt and Catch Fire, drama que se remonta a comienzos de la década de los 80 para contarnos una historia en cierto modo análoga, un relato de emprendedores, de locos con el sueño de cambiar el mundo (o de aprovecharse de esos cambios para hacerse millonarios). Ambientada en el umbral de la era informática moderna, Halt and Catch Fire nos cuenta el origen del ordenador portátil y su papel en la revolución del PC durante los 80.

Lo hace a través de Cardiff Electric, compañía ficcional de software ubicada en Dallas, Texas, que compite por el mercado con el gigante IBM, prácticamente ajena al avance del Apple de Steve Jobs. En el centro de la historia nos encontramos a tres personajes que representan los tres aspectos principales de la industria tecnológica: el yupi salido de un libro de Bret Easton Ellis Joe MacMillan (Lee Pace) es la vertiente mercantil y publicitaria, la punk Cameron Howe (Mackenzie Davis) personifica la importancia de las ideas, el riesgo y la perspectiva de futuro, mientras que el hombre de familia Gordon Clark (Scoot McNairy) es la viva imagen de la experiencia y el trabajo duro. Durante su primera temporada, Halt and Catch Fire nos muestra cómo estos tres aspectos se conjugan y colisionan entre sí para dar lugar a un producto con la capacidad para cambiar la sociedad para siempre, el ordenador portátil Cardiff Giant.

Con la estilización y elegancia visual que caracteriza a los productos de AMC, una ambientación excelente y una banda sonora de escándalo Halt and Catch Fire se postula (muy deliberadamente) como la sucesora de Mad Men, haciendo con la informática exactamente lo mismo que aquella hace con el mundo de la publicidad. Y aunque la serie se esfuerza demasiado en que pensemos esto, lo cierto es que tiene potencial para al menos merecer la comparación. Estamos ante otra pieza de época que pretende ilustrarnos una decisiva etapa de transformación que resultará en el mundo tal y como lo conocemos hoy en día. La serie de Christopher Cantwell y Christopher C. Rogers coquetea ocasionalmente con el tecno-thriller y puede resultar algo inaccesible para aquellos que desconozcan la jerga informática, pero al final esta no es más que otra historia de superación, de personas que suplen un déficit personal con la búsqueda del éxito, y también, por qué no, de los geeks que acabarán dominando el mundo (y los señores trajeados detrás de ellos), lo que la convierte en un drama vigente y universal, en la línea de La red social, que más gente debería estar viendo.

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Los diez episodios que conforman la primera temporada de Halt and Catch Fire abarcan quizás más de lo que deberían, y como ya hemos dicho, están diseñados para facilitar el elogio de la crítica, en lugar de dejar que sean los demás los que descubran por sí solos sus muchas virtudes. Esta falta de modestia hace que precisamente nos fijemos más en los defectos (lo anacrónico e implausible de algunos conflictos y roles de género, la falta de profundidad en algunos personajes, la dudosa utilización del sexo, la sobreactuación de Lee Pace). Sin embargo, no hay nada demasiado grave que impida disfrutar del envolvente drama de estos interesantes personajes que, gracias a la sorprendente decisión de AMC de renovar la serie a pesar de sus trágicos índices de audiencia (astuta estrategia que esperemos surta efecto), tienen la oportunidad de convertirse en fascinantes (atención, porque Donna Clark es, literalmente, “el arma secreta” de la serie).

Halt and Catch Fire rebosa potencial y merece mayor reconocimiento. Es un drama inteligente, estimulante, provocativo, lleno de matices y sumergido en el simbolismo y la fatalidad, al más puro estilo Mad Men, pero necesita tiempo y requiere de paciencia para desarrollarse debidamente. A pesar de sus glitches y sus bugs, es uno de los estrenos más destacados del año, pero es que puliendo estas imperfecciones podría convertirse en una de las series imprescindibles del momento. Solo tiene que dejar de preocuparse tanto por la impronta que quiere dejar en la televisión y, en lugar de construir algo para impresionar, esforzarse en construir algo de lo que la audiencia pueda enamorarse.

 

Crítica: Guardianes de la Galaxia

Guardians of the Galaxy Star Wars

No es un secreto que Marvel llevaba ya mucho tiempo apuntando hacia las estrellas. Con las dos partes de Thor, el Universo Cinematográfico de Marvel se trasladaba a los reinos de la mitología nórdica, y con Los Vengadores echábamos un vistazo interdimensional a los confines del espacio con la amenaza Chitauri y Thanos (aunque en ambos casos pasábamos más tiempo en la Tierra). Pero este año, la Casa de las Ideas se expande oficialmente hacia el cosmos, y lo hace con una aventura absoluta y extraordinariamente marciana, una entrega del UCM que, más que una de superhéroes, es una auténtica epopeya espacialGuardianes de la Galaxia (Guardians of the Galaxy. Con la película dirigida muy eficazmente por el cachondo James Gunn (Slither, Super), las posibilidades de esta macro-historia que comenzó en 2008 (y que no tiene final a la vista) se amplían de manera exponencial. Si una película con un mapache parlante y un extraterrestre-planta, basada además en un cómic desconocido por el gran público, se ha convertido en otro mastodóntico éxito de Marvel (hasta ahí llega la fidelidad de la audiencia), a partir de ahora todo es posible.

Aunque el cómic en el que se basa se remonta a finales de los 60, no cabe duda de que Guardianes de la Galaxia hunde sus raíces en la saga Star Wars, referente indiscutible tanto en lo que se refiere a su argumento como en su vibrante apartado visual. Pero también es fácil detectar en ella elementos de series sci-fi como Farscape o Firefly. De la primera sobre todo esa variopinta y colorida fauna extraterrestre, de las dos el hecho de que los protagonistas sean un ecléctico grupo de forajidos espaciales con pasados oscuros que unen sus fuerzas con un objetivo común. Pero si se trata de encontrar influencias, la más evidente no es otra que Los Vengadores, el éxito que proporcionó el patrón a seguir por el estudio, y que se repite una vez más con Guardianes. No falta nada: historia en tres actos, épica batalla final (con nave gigante desplomándose sobre la ciudad), énfasis en la coralidad del reparto y dosis elevadas de comedia. De hecho, Guardianes es la primera película de Marvel Studios que se puede catalogar abiertamente como “comedia de acción”.

Chris Pratt GotG

La primera parte del filme -tras el nostálgico y melodramático prólogo que nos transporta a los 80 de E.T.– resulta un tanto problemática y atropellada. La culpa la tiene un elevado número de personajes y localizaciones, entre los que la historia va saltando sin (aparente) orden ni concierto, solo cumpliendo la función de aportar los datos necesarios para cimentar la trama. Hay que decir que Gunn lo tenía más difícil que Joss Whedon. Las historias individuales de los Vengadores ya eran conocidas por todos. Las de los Guardianes no. Por eso, Gunn -y antes que él Nicole Perlman, que escribió el primer boceto del guión- tenía la complicada tarea de presentar a un puñado de personajes desde cero, desarrollarlos, enfrentarlos y finalmente convertirlos en un equipo cohesionado, sin la ventaja de contar con medio trabajo ya hecho. Teniendo esto en cuenta, y a pesar de la fragmentación que lastra el primer acto, Gunn ha salido más que airoso. Algo que sin duda se confirma al ver a los cinco héroes juntos en acción durante la segunda mitad del metraje, cuando el filme por fin coge el ritmo y no lo suelta.

Guardianes grupo

Una vez establecido el quién es quién de la galaxia y definido el macguffin de la historia (otra Gema del Infinito que no debe caer en las manos equivocadas), el relato empieza a tomar forma, y los Guardianes se apoderan de él. Lo más destacable de Guardianes de la Galaxia es que, a pesar de contar con un claro protagonista, el encantador sinvergüenza Peter Quill, no se descuida nunca al resto de personajes. Es más, en un momento u otro todos se las arreglan para eclipsar al achuchable Chris Pratt, que sí, es un Star-Lord ideal (porque básicamente es Andy Dwyer en el espacio, y eso nunca podría ser malo), pero no puede evitar que en ocasiones la superproducción le venga un poco grande. Nada que no se solvente con un buen plantel de personajes con el que complementarse:

Gamora -perfecta Zoe Saldana-, letal y robótica extraterrestre de piel verde (una Elphaba alienígena, vaya) que nos proporciona algunos de los instantes más emocionantes y entrañables de la película cuando se entrega a sus impulsos humanos (ella, Peter y Footloose); Drax, un gigante “destructor” que se ríe, literalmente (como todo lo que hace), en la cara del peligro -el luchador Dave Bautista es la verdadera revelación interpretativa de la película, con una precisión cómica sorprendentemente; Groot, adorable criatura árbol que se comunica exclusiva y muy elocuentemente usando únicamente la frase “Yo soy Groot”; y Rocket -doblado excelentemente por Bradley Cooper-, un mapache alterado genéticamente, cascarrabias y aficionado a gastar bromas pesadas, que, lejos de ser reducido a alivio cómico (que no haría falta además), está plenamente definido y tiene tanta o más entidad que sus colegas no realizados íntegramente por ordenador.

Rocket

En el apartado de villanos, Guardianes de la Galaxia no sale tan bien parada, a pesar de la divertida presencia de Michael Rooker como Yondu (que técnicamente no es un villano, solo un paleto amoral). El verdadero malo de la función es Ronan el AcusadorLee Pace le ha cogido el gusto al transformismo-, con Nebula en destacado segundo plano –Karen Gillan sobreactuada en un proyecto en el que no debería chirriar estar sobreactuado. Pero la película cuenta con más enemigos, tantos que es inevitable que estos parezcan desdibujados o desaprovechados, algo que también ocurre con la organización Nova Corps (Glenn Close, John C. Reilly). Esto, más que un problema interno, es un efecto de la acusada serialidad que caracteriza a las películas de Marvel. Estas funcionan cada vez más como una serie de televisión, y es habitual que no se nos presente a personajes “completos” y que se incluyan únicamente pequeñas píldoras de una historia que se desarrollará en posteriores capítulos. De ahí que Thanos aparezca apenas un minuto, o El Coleccionista (Benicio del Toro) protagonice una escena de transición y desaparezca sin más. Y de la misma manera, con Kevin Feige y Marvel actuando como showrunners del UCM, salta a la vista que el director, por mucha voz que haya tenido, ha debido ajustarse a una fórmula testada. Y esto es lo que más chirría de la película, que transcurre sobre seguro, repitiendo lo que ya les ha funcionado anteriormente y dejando poco espacio narrativo para la sorpresa. Aún con todo, Guardianes de la Galaxia es todo lo cerrada, uniforme e independiente que puede ser, sobre todo gracias a su fuerte personalidad y el increíblemente detallado universo que nos presenta.

Gamora y Star-Lord

Guardianes de la Galaxia es un continuo estallido lumínico y multicromático, una fantasía irresistible tanto para los fans de los cómics como para los espectadores más casuales. Conjuga con acierto el fan service propio del estudio (Howard el Pato, Cosmo, el cameo oculto de Nathan Fillion y otros tantos easter eggs) con la pleitesía al gran público, para dar como resultado una película de Marvel que es exactamente como las anteriores, y a la vez es totalmente distinta. Rebosante de descaro gamberro, carisma y socarronería, aderezada con temazos míticos de los 70 y 80 interpretados por Jackson 5, David Bowie, The Runaways…, y un altísimo contenido en one-liners y chistes bobos (algunos graciosos, otros simplemente graciosetes), Guardianes de la Galaxia se presenta como una obra exultantemente viva, musical, y sobre todo iconoclasta.

Para enmarcar planos como el de Peter y Gamora con el walkman y la galaxia como paisaje de fondo, Rocket acribillando a los malos con una metralleta a lomos de Groot, el paseo bailongo de Peter durante los créditos iniciales (y cada vez que alardea de “magia pélvica”), o una de las escenas finales, en la que la película se adentra en terreno sentimental y nos remite a una secuencia clave de Toy Story 3, con resultados igualmente efectivos (Marvel, más Disney que nunca, me vuelve a hacer derramar lágrimas de emoción). Además de todo esto, con el elogio de lo analógico y lo vintage que lleva a cabo (que no os extrañe que el cassette se ponga de moda),  Guardianes de la Galaxia nos devuelve en cierto modo a la infancia y nos recuerda lo que es ver una película de Spielberg por primera vez -no en vano, la primera secuencia en el espacio es un claro homenaje a Indiana Jones y el arca perdida. No estoy seguro de si las nuevas generaciones adoptarán Guardianes de la Galaxia como su Star Wars  (tal y como se ha empeñado la prensa en que ocurra), pero si así fuera, no seré yo quien se oponga.

Valoración: ★★★★½

Crítica: El Hobbit – La desolación de Smaug

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Después de ver El Hobbit: La desolación de Smaug podemos confirmar (una vez más) que Peter Jackson no hace cine para todos los públicos, hace cine para fans. Y es curioso, aún así ha conseguido llevarse de calle a la masa cinéfila, primero con El señor de los anillos, y ahora con su nueva trilogía basada en la obra de J.R.R. TolkienEl Hobbit. La labor de Jackson a la hora de acercar al público mayoritario a un género tradicionalmente de minorías como el fantástico es encomiable. Claro que no todos cuentan con una piedra fundacional del género en la que basarse y todo el despliegue económico a su servicio. Después del tibio recibimiento de El Hobbit: Un viaje inesperado (2012), Jackson despliega la artillería pesada para subsanar los errores de la primera parte y hacer las delicias de los fanboys con el capítulo de transición de la trilogía, La desolación de Smaug.

Una de las quejas más sonoras sobre Un viaje inesperado era el exceso de humor (infantiloide, porque no puede ser de otra manera), que desentonaba con la anterior trilogía. La desolación de Smaug contiene pequeñas píldoras de comedia bien dosificadas, pero el tono es eminentemente grave y sombríoEl Hobbit se deshace así de ese aire de aventura ligera y colorista con la que arrancó el año pasado (he de confesar que a mí me pareció un cambio refrescante) y recupera el tremendismo épico y la seriedad pomposa de El señor de los anillos, algo que devuelve la saga a sus raíces, para gozo de los más puristas. Además, La desolación de Smaug da la bienvenida a varios personajes de la trilogía original (como ya sabéis, el elfo Legolas, y hasta ahí puedo leer), unificando el macrorrelato que comenzó a narrarse en 2001 con La comunidad del anillo.

Gandalf el hobbit

La desolación de Smaug conserva la narración episódica de Un viaje inesperado: sucesión de escenas de acción vertiginosa y avance por fases en las que los protagonistas se van enfrentando a amenazas una detrás de otra (me quedo con el escalofriante episodio de las arañas de Mirkwood). Sin embargo, esta parte desprende un mayor sentido del propósito y la finalidadLa desolación de Smaug es una película más centrada, a pesar de que la separación del grupo (Gandalf, ese culo inquieto que no puede estar dos horas en el mismo sitio) acabe ramificando la historia en exceso y se pierda varias veces en su segunda mitad. Es a partir de ahí cuando somos más conscientes del brutal estiramiento que está sufriendo la novela. Acostumbrado a salirse con la suya con metrajes de 3 horas por película, Jackson vuelve a alargar las secuencias hasta la extenuación, mostrándolo todo sin pasársele por la cabeza una elipsis (aunque sea una breve), prolongando los diálogos de tal manera que sus personajes parecen necesitar media hora para expresar una idea que otros formulan en un minuto. Pero claro, no es algo que nos pille de nuevas. Si la fórmula ha funcionado hasta ahora, ¿para qué cambiarla aunque el relato se resienta tanto? (Se me ocurren muchas respuestas, pero dejémoslo en pregunta retórica).

En La desolación de Smaug se nota mucho más la mano de Guillermo del Toro (está acreditado como guionista en las tres películas). Del Toro es un niño grande como Jackson, pero su visión de la fantasía es mucho más oscura y macabra, y parece apoderarse en mayor medida de esta entrega de la saga. Este oscurecimiento de la Tierra Media coincide con el deterioro de Bilbo Bolsón (divertido pero desaprovechado Martin Freeman) por culpa del anillo. Y de la misma manera, notamos mayor dualidad y ambigüedad moral en el resto de personajes, sobre todo en Thorin (Richard Armitage), que lleva un camino similar al de Bilbo, pero sin la influencia del anillo; o en el atormentado Bardo (Luke Evans recogiendo el testigo de Viggo Mortensen), con el que se juega al despiste cuando lo conocemos (¿será bueno o malo?). Sin embargo, hay espacio para la luz en La desolación de Smaug. La de las estrellas para ser más exactos. La incorporación de la elfa Tauriel (Evangeline Lilly) es un soplo de aire fresco a la nueva trilogía, aunque a ratos parezca que el único personaje femenino de la película (sin contar a Galadriel, cuya participación se pierde con un parpadeo) está ahí para cubrir la cuota de romance.

La desolación de Smaug Bilbo

Si en Un viaje inesperado no escaseaban las impresionantes secuencias de acción, el factor espectacular se dispara en La desolación de Smaug, en la que los set pieces son más grandes que nunca (y los efectos digitales cantan mucho más, todo hay que decirlo). Al final, lo que más nos importa de una película de aventuras de esta envergadura es precisamente eso, la aventura. Y en ese sentido, La desolación de Smaug proporciona una completa experiencia de parque temático (evitad el 3D si queréis ver bien estas agitadísimas y confusas secuencias), con varios momentos de auténtico vértigo y una atracción estrella: el dragón Smaug. Con la portentosa voz de Benedict Cumberbatch, Smaug inaugura el prolongado clímax de la película, donde encontramos las escenas más colosales, que tienen lugar en la Montaña Solitaria. Sin embargo, la estremecedora aparición de Smaug, una de las mejores criaturas CGI de la historia, da paso a un desenlace eterno. Smaug pasa rápidamente de provocar asombro y terror a aburrirnos con su plomiza dialéctica durante más de media hora, una evidente táctica de distracción para seguir retrasando la acción. Cuando Smaug decide callarse, Jackson introduce el inevitable filmus interruptus, un corte abrupto que no tiene otra justificación más que rellenar otra película para completar la trilogía. Está claro, lo más importante no es contar la historia, sino venderla.

Valoración: ★★★

Recordando… Wonderfalls

Wonderfalls reparto

Érase una vez una cadena de televisión huraña y antisocial que en lugar de escuchar a sus telespectadores, se paseaba por sus casas sibilina y amenazante, asiendo una guadaña y murmurando a sus oídos: “no te encariñes con esa serie, la vamos a cancelar”. Se llamaba Fox, aunque muchos empezaron a llamarla Axe. No porque oliera bien, sino por su adicción a blandir esa guadaña para decapitar a sus series sin darles tiempo para que pidieran misericordia. Estamos hablando de una remota época de la televisión norteamericana en la que un índice de audiencia considerado fracaso estrepitoso sería hoy en día un éxito incontestable. Una etapa de transición en Fox que nos dio varias series de culto que no pasaron de los 14 episodios. Firefly acapara toda la atención (por derecho propio, claro), pero hay otra serie foxiana cancelada prematuramente que merece todos los elogios del mundo: Wonderfalls.

Wonderfalls proviene de la inquieta mente de Bryan Fuller. Por aquel entonces este nombre no nos decía nada, pero una década después podemos asociarlo a varias series muy queridas por el público. Se encargó de Star Trek: Voyager, pero su primera ‘serie de autor‘ fue Tan muertos como yo (Dead Like Me), que se mantuvo tan solo dos temporadas en antena, ganándose un culto considerable (uno que se ha ido desvaneciendo, eso sí). A continuación llegó Wonderfalls, de la que hablaré a partir del siguiente párrafo. Más recientemente, Fuller ha conseguido labrarse un nombre propio en la televisión USA gracias a su inconfundible estilo visual, ya muy presente y definido en las series mencionadas. Con Pushing Daisies canalizó al Tim Burton más luminoso, encandilando a muchos espectadores (que por desgracia no fueron suficientes para que la serie pasase de su segunda temporada). Y con su serie actual, Hannibal (segunda temporada pendiente de estreno), vuelve a echar mano de los ingredientes que mejor maneja, iconoclastia, plasticidad y color, oscureciéndolos para explorar la vertiente macabra y pesadillesca de su estilo.

Además de Fuller, Wonderfalls también era obra de Tim Minear, conocido sobre todo por ser uno de los guionistas predilectos de Joss Whedon, showrunner de Angel y Firefly, y más recientemente productor ejecutivo de American Horror Story (si lo pensamos, AHS es bastante deudora del estilo Fuller). La premisa era tan original como arriesgada, puro Fuller: una joven recién salida de la universidad se conforma con vivir en una caravana y trabajar en una tienda de souvenirs de las cataratas del Niágara. Un día, los objetos inanimados con forma de animal empiezan a hablar con ella a base de mensajes crípticos que le hacen plantearse si está destinada a algo más grande en la vida. La excentricidad de la propuesta no terminó de calar con la audiencia, y tampoco con la Fox, que extendió la primera temporada a lo largo de 2004 (fue un estreno tardío de mid-season y continuó en otoño), contribuyendo así a que el impacto fuera aún menor. Quizás habría funcionado mejor con episodios de 20 minutos, en lugar de 40, pero eso nunca lo sabremos.

Wonferfalls greetings postal

Wonderfalls nació en una época de la televisión en abierto en la que aún quedaba espacio para la creatividad y las series no se clonaban siguiendo un patrón diseñado según estadísticas y cifras de audiencia. Buffy y Angel se acababan de despedir, cerrando una fructífera y estimulante era televisiva. Y Wonderfalls llegaba tarde. O visto ahora, puede que demasiado pronto. La serie de Fuller puso en práctica el formato que Expediente X y Buffy popularizaron e implantaron en televisión: una estructura altamente episódica con capítulos autoconclusivos (aquí no teníamos “monster of the week”, sino “objeto inanimado de la semana”) alternada con una gran trama general que cobraba importancia a medida que la temporada avanzaba. Pero la televisión estaba cambiando, y el espectador también. Wonderfalls era 90s en estado puro, y el público quería pasar página.

La extravagante historia de Jaye Tyler (Caroline Dhavernas) no terminó de encontrar su nicho de audiencia quizás porque era un producto en apariencia adolescente, uno que desentonaba fuera de la WB. O quizás porque sus protagonistas eran la antítesis del personaje televisivo por antonomasia. Jaye no era una heroína, sino más bien todo lo contrario. Holgazana, desmotivada, sin un sueño que perseguir. Una fracasada que no mostraba el más mínimo remordimiento por haberse plantado. Precisamente Wonderfalls exploraba cómo una persona así lidiaría con una responsabilidad cósmica, cómo reaccionaría ante la idea de ser una especie de Elegida. No había elemento fantástico propiamente dicho, pero Wonderfalls flirteaba constantemente con una fuerza superior que nunca llegó a desvelar. Las ‘grandes hazañas’ de Jaye eran muy de andar por casa (a pesar del ocasional allanamiento de zoológico, viaje astral navajo o caída en barril por las cataratas del Niágara). Ella luchaba constantemente contra aquello de “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Jaye no quería responsabilidades, no quería compromisos, ni siquiera tenía aspiraciones o metas. Un personaje así en televisión era tan refrescante e interesante como arriesgado. Y afortunadamente, Caroline Dhavernas (rescatada por Fuller para Hannibal) supo sacar el máximo provecho de Jaye, construyendo un personaje brillante y lleno de matices, y demostrando un enorme talento para la comedia física (¡qué prodigio de la expresividad!) Puede que nadie lo sepa, pero sí, Jaye Tyler es uno de los mejores personajes de la historia de la televisión.

Caroline Dhavernas Wonderfalls

Claro que Jaye tenía a su alrededor un reparto excelente. Familia y amigos que proporcionaban estabilidad y locura a partes iguales. Personajes en un principio desdibujados que acaban adquiriendo gran entidad y ganándose con creces el cariño del espectador (mención especial a Sharon, la hermana lesbiana de Jaye). Y por supuesto, Wonderfalls también tenía historia de amor. El componente romántico no era especialmente apasionante, y el príncipe azul de Jaye, Eric (¿Tayron Leitso o el hermano pequeño de Matthew Fox?), era más bien soso, como el Eric de La Sirenita (o sea, que con esa cara daba igual cómo fuera). Pero como el resto de relaciones (amistosas, familiares, románticas) de la serie, la pareja central -y su TNR- estaba tratada con sumo cariño. Es imposible no involucrarse con ellos y desear que acaben juntos. Jaye+Eric 4ever.

Wonderfalls tan solo duró 13 episodios, pero es una de esas series que constituye una obra sólida a pesar de terminar mucho antes de tiempo y quedar interrumpida. En el poco tiempo que tuvo para florecer consiguió realizar episodios absolutamente antológicos e hilarantes (“Crime Dog” o “Cocktail Bunny” son de lo mejorcito que ha dado la tele). Pero son muchas las preguntas que quedan sin responder, principalmente las que tienen que ver con el misterio tras los objetos parlantes. ¿Está Jaye loca y Wonderfalls nos habla de una enfermedad mental o Dios se está comunicando con ella? Los creadores de la serie declararon posteriormente a su cancelación que la idea para la segunda temporada era mandar a Jaye a un manicomio. Lo cierto es que las posibilidades eran infinitas. Los personajes habían crecido mucho en 13 capítulos, los actores se habían hecho con ellos y empezaban a estar enormes, y había material de sobra para que crecieran mucho más (Lee Pace tardó demasiado en ser un personaje visible y pedía a gritos más tiempo en pantalla). Como ocurre con toda serie prematuramente cancelada, Wonderfalls, especialmente vista 10 años después, supone una experiencia tremendamente agridulce. Afortunadamente, la series finale nos proporciona el perfecto cierre sentimental que hace que la recordemos como una pequeña joya de la televisión, en lugar de una (¡otra!) serie incompleta.