Crítica: La chica del tren

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La chica del tren (The Girl on the Train) se basa en uno de los fenómenos literarios más destacados de los últimos años, la novela homónima escrita por Paula Hawkins que ha vendido 15 millones de ejemplares en todo el mundo y permaneció 29 semanas en el primer puesto de la lista de bestsellers del New York Times. Su salto al cine estaba garantizado desde el principio (me atrevería a decir que desde que el libro fue concebido) y no ha tardado ni dos años desde que se publicó. La adaptación cinematográfica de la novela que has visto en el metro o el bus veinte veces al día llega de la mano de Tate Taylor, realizador de Criadas y señorasy Erin Cressida, guionista de Secretary. Y lo hace a rebufo de Perdida (Gone Girl), otro fenómeno editorial convertido en película, con la que esta será inevitablemente comparada. E inevitablemente saldrá perdiendo.

Además de ser un thriller psicológico con tintes eróticos en la estela de la novela de Gillian Flynn, La chica del tren es un homenaje a los clásicos del misterio de la literatura y el cine, una historia que bebe clara y directamente de Agatha Christie y Alfred Hitchcock. La película gira en torno a Rachel (Emily Blunt), una mujer devastada por su divorcio que se ha dado al alcohol y se dedica a fantasear sobre la vida de una pareja (la revelación Haley Bennett y Luke Evans como man-candy) a la que observa desde el tren de camino a su trabajo cada mañana (para el cine se cambia la localización de Londres a Nueva York). Esta pareja, aparentemente sumida en una relación tranquila e idílica a las afueras de la ciudad, vive al lado del ex marido de Rachel (Justin Theroux) y la mujer que ha ocupado su lugar (Rebecca Ferguson). Un suceso trágico hará que Rachel se vea implicada en un misterio en el que ella será la principal sospechosa de un crimen que no recuerda haber cometido.

Como decía, La chica del tren recoge algunos de los ingredientes más reconocibles de los maestros del misterio para construir un whodunit con elementos asociables a ellos, tales como la importancia de los trenes (la diferencia es que aquí la trama principal se desarrolla fuera y el vagón es solo un patio de butacas en movimiento), el juego de identidades (las dos mujeres que Rachel observa se parecen físicamente y sus melenas rubias pueden servir para confundirlas) o el voyeurismo (la protagonista observa y anhela la vida de otros a través de un cristal, hasta que se involucra personalmente en ella, como James Stewart en La ventana indiscreta). Todo envuelto en el aura moderna y sofisticada de la película de David Fincher, que nos presenta la (aun novedosa) idea o posibilidad de una mujer psicópata, o de una protagonista femenina que no solo es imperfecta o poco virtuosa, sino que es directamente un desastre.

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No es habitual que nos encontremos en un drama como este (en el fondo un relato acerca de tres mujeres interconectadas) con una protagonista como Rachel, profundamente inestable, alcohólica, apenas consciente durante la mitad de las escenas, tambaleándose y balbuceando mientras los demás (ella la primera) dudan de su credibilidad. Sin embargo, este rompedor aspecto de la historia no es suficiente para rescatarla de la debacle. Blunt es una actriz de enorme talento, y su visceral y desquiciada interpretación es lo que está a punto de salvar la película, pero todo lo que rodea a su personaje es tan ridículo que la tarea de mantenerla a flote se vuelve complicada. Y es que la historia de Hawkins está torpemente construida y resulta rutinaria y enormemente predecible (a pesar de su carácter retorcido), traduciéndose en el cine en una suerte de telefilm de Antena 3 de lujo, la Gone Girl de Hacendado.

Pero por eso mismo, la cinta posee una cualidad redentora: a pesar de sus defectos y de tomarse tan en serio, o precisamente gracias a ello, puede suponer un pasatiempo muy eficaz, algo de lo que cuesta apartar la mirada (lo que le ha ocurrido a millones de personas con el libro). La chica del tren es muchas cosas, pero una de ellas no es aburrida. Es más, estamos ante una película que, inintencionadamente, cruza la frontera de la comedia involuntaria hacia la mamarrachada pura, y se revela como un film idóneo para ver en compañía, un producto con mucho en común con los thrillers sexuales de los 90, y con mimbres para convertirse con el tiempo en una de esas buenas malas películas de fácil revisionado. Si es que no cae pronto en el olvido, como la mayoría de fenómenos surgidos de la noche a la mañana.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Encuentro con Piper Kerman, autora de ‘Orange Is the New Black’

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Canal + Series y la editorial Ariel del Grupo Planeta organizaron el pasado día 11 de marzo un encuentro para fans con Piper Kerman, la autora del libro Orange Is the New Black, en el que se basa la exitosa serie de Jenji Kohan sobre una mujer que fue acusada de tráfico de drogas y se presentó voluntaria para ingresar en una prisión de mínima seguridad. Durante aproximadamente dos horas, los afortunados asistentes al evento organizado en Cinesa Proyecciones (Madrid), pudimos oír de primera mano algunas de las historias que la verdadera Piper Chapman vivió en prisión durante los 13 meses que estuvo encarcelada (“Fui condenada a 15, pero salí antes porque me portaba mejor que Chapman”). Algunas de ellas trasladadas tal cual a la pantalla, otras completamente alteradas para la ficción.

A través de sus palabras, Kerman demostró ser una gran oradora, además de una persona tremendamente sensata, concienzuda e inteligente, una mujer cuya experiencia en la cárcel le ha servido no solo para ponerse en contacto directo con su propia humanidad (palabra que repitió muy significativamente en incontables ocasiones), sino también para ofrecer su ayuda y orientación a las personas que, como ella, cometieron un gran error en el pasado y necesitan enmendarlo. Asimismo, a través de su trabajo en varias ONG, Kerman utiliza su caso para concienciar al mundo de las injusticias del sistema legal norteamericano, especialmente entre las mujeres. Tal y como ella explicó, las mujeres no solían ir a la cárcel antes de la reforma legal de los 80 para la lucha contra la epidemia de las drogas, a menos que hicieran algo realmente horrible. En cambio, ahora contribuyen a la superpoblación en las cárceles de su país, donde “incluso hay prisioneras políticas encerradas por protestas pacíficas. La gente piensa que no existen, pero sí, y creen que tenemos un sistema que trata a todas con igualdad, pero nada más lejos de la realidad”.

La publicación de esta novela autobiográfica en castellano es una oportunidad ideal para que los fans de la serie conozcan la verdadera historia que hay tras las reclusas de la prisión de Litchfield, Nueva York. Se ha optado por mantener el título en su versión original, Orange Is the New Black, que según Kerman, “no es solo una referencia a la clásica expresión tipo ‘el rosa es el nuevo negro’ sino un guiño directo a la mujer, que a partir de los 80 es más propensa a llevar ese mono naranja”, como corrobora el aumento del 800% de la población reclusa femenina en Estados Unidos durante los últimos 25 años. OITNB nace como testimonio sobre las injusticias del sistema penal norteamericano, pero es en esencia un relato sobre la mujer. “Mi intención a la hora de escribir el libro no era la búsqueda de la catarsis, aunque por supuesto después la encontré. Mi intención fue cambiar la visión que la gente tiene de la prisión, y sobre todo de las mujeres que hay dentro. La mujer es un ser tremendamente ingenioso y habilidoso, que se las arregla para sobrellevar la escasez de recursos con imaginación”.

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En sus respuestas, Kerman describe a menudo la cárcel como un lugar en el que se arrebata la humanidad a las personas. “Se debe encontrar la manera de luchar contra esa deshumanización, y muchas mujeres hallan refugio en un libro, en la cocina, en una amistad, o en el amor”. La autora nos habló de la preciosa (y triste) relación amorosa entre dos mujeres (“muy grandes”), una de las muchas que presenció en el tiempo en el que estuvo dentro, y después contó que su relación con Larry, su todavía prometido en la época en la que fue encerrada, es muy distinta a la que vemos entre los personajes de Taylor Schilling y Jason Biggs. “Yo seguí con él durante todo mi encarcelamiento, luchamos juntos por continuar adelante. No discutíamos sobre tonterías, porque teníamos que concentrarnos en cosas más graves. Con el paso de los años, ya sí que empezamos a discutir por tonterías” (Piper sigue casada con Larry en la vida real). Dentro de prisión, Kerman encontró una profunda amistad en dos mujeres que estaban encerradas por problemas con las drogas, y que en la serie tienen su homóloga en Nicky (por cierto, su personaje favorito de la serie). Gracias a las relaciones que entabló dentro y a su prometido, Kerman pudo mantener su “línea de vida” hasta el momento de su liberación.

Para la autora es muy importante no perder ese contacto con la familia, no ceder al aislamiento absoluto (aunque las injusticias dentro de la cárcel lo ponen difícil), ya que está demostrado que hay menos posibilidades de reincidir si al término de la condena hay alguien esperándote fuera. Además de las diferencias entre ambos Larrys, Kerman nos habló sobre el grado de semejanza con la realidad que hay en los personajes y los eventos de la serie, un tema que despierta mucha curiosidad entre los fans. “Por ejemplo, la escena del primer día de Piper en la cárcel es en la serie tal cual ocurrió. Todas estas mujeres se acercaron a mí y me ofrecieron cepillos de dientes, zapatillas para la ducha, etc. Incluso la celda es una reproducción exacta. Lo de que dormíamos sobre las camas perfectamente hechas es verdad también. Lo hacíamos porque había inspecciones sorpresa, y si las pasábamos éramos las primeras en comer. Aunque la comida no era la mejor motivación ahí dentro. Es otra de las vías que tiene la cárcel para deshumanizar a las presas”.

Por otro lado, “todas las historias de los personajes en la serie están inventadas, todos los flashbacks son creaciones de ficción para la serie, pero muchos personajes son reales”. Como hemos dicho ya, Nicky es una fusión de las dos mejores amigas de Piper en la prisión. De las demás se ha cambiado el nombre, o se han exagerado sus características. Según Kerman, Red es la que más se parece a su referente en el libro, una mujer con la que Piper chocó al principio pero que “acabó convirtiéndose en mi madre adoptiva”. Pennsatucky existe, pero en las memorias de Kerman no está tan pirada como el personaje de Taryn Manning. Kerman siguió en contacto con algunas de estas mujeres, a las que incluso pidió consejo y aprobación antes de publicar el libro: “Yoga Janet, una mujer maravillosa, me escribió un mensaje de texto para decirme que no quería que el libro se acabase nunca”.

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Por supuesto, también hubo ocasión de hablar sobre Alex Vause, o más bien sobre Nora Jensen, la mujer en la que se basa el personaje de Laura Prepon, aunque el tema se resistió un poco y solo llegó al final de la charla. Kerman contó entre otras cosas que, al contrario que Chapman, ella sí tuvo que compartir celda con Nora, que consta legalmente que ella fue quien la delató, y que su confrontación con Nora una vez coincidieron en prisión fue parecida a la de Chapman y Vause en la serie, pero se extendió a lo largo de una semana. “La pregunta que todo el mundo me hace es ‘¿Mantienes el contacto con Nora?’ Y la respuesta es ‘no, pero lo mantengo con su hermana’, a la que por cierto Nora también delató, como a mí. Ella estuvo en la cárcel 7 años, y Nora 9, porque cometieron delitos realmente horribles”. Sin embargo, Kerman no guarda rencor a su Alex, y reconoce que la culpa de lo que le ocurrió es suya y solo suya: “Ella era una mujer seductora, inteligente, tenía 10 años más que yo, me presentó unas opciones, y yo tomé la decisión”. Kerman no es una mujer religiosa, pero conoce perfectamente el valor del perdón, y después de contarnos su experiencia, nos aconsejó que nos atreviéramos a perdonar, como ella había hecho con Nora, sin importar lo grave de la ofensa, porque “uno se siente mucho mejor así que guardando rencor o castigando durante años a la otra persona”.

Tras esta conclusión que invita a la comprensión y la solidaridad, y después de una agradable velada en la que pudimos comprobar que Piper Kerman es una mujer con la cabeza tremendamente bien amueblada, muy agradecida por su experiencia de aprendizaje, la autora de Orange Is the New Black firmó ejemplares de su libro y conversó de tú a tú con los fans. El evento OITNB concluyó con la proyección del tercer episodio de la primera temporada, “Solicitud de lesbianismo denegada“, dirigido por Jodie Foster. Este verano podremos ver la nueva temporada en Netflix y Canal + Series. Kerman, que ejerce como asesora creativa, no pudo adelantarnos nada sobre ella, pero dejó caer que habrá personajes nuevos, presas “white collar” que por ahora no han abundado tanto en la serie como en el libro. Y además apoyó la visión de Kohan, que ha diseñado OITNB de manera que no haya una sola protagonista. Según Kerman, si en algún momento se decide sacar a Piper de la cárcel después de esos 15 meses de condena, la serie podría seguir perfectamente sin ella.

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Orange Is the New Black: Recuerda todos sus rostros

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La gallina de los huevos de oro de Netflix es naranja. Naranja es el color del verano de 2013. A partir de ahora, el naranja, que no va con nada, ya no nos recordará únicamente a esa compañía de telefonía móvil, o a ese refresco con gas. A partir de ahora asociamos el naranja chillón con la revelación televisiva (o quizás deberíamos empezar a usar el término “serial” de manera exclusiva) de la temporada estival: Orange Is the New Black. Ni vampiros, ni lobos, ni siquiera el todopoderoso Walter White. Este verano ha sido naranja, y las reclusas de la prisión de Litchfield, Nueva York, nuestros nuevos iconos catódicos. Nuestra nueva pasión.

El titán del vídeo on-demand por Internet, Netflix, se ha propuesto este año revolucionar el panorama televisivo con sus primeras series de producción propia. Temporadas completas que se han ofrecido íntegras de una sola vez, para que el espectador las vea a su ritmo, evitando esperas. Netflix ha puesto en boca de todos el binge-watching (nosotros nos referimos a ello como “hacer maratones de series”), aunque ya llevamos muchos años practicándolo. De hecho, lo que ha hecho la “cadena” no ha sido cambiar la televisión, sino adaptarse a un mercado que los usuarios ya habían cambiado hace mucho tiempo. Netflix ha sido la más lista, la más vanguardista, la más arriesgada, y ha sabido aprovecharse de las transformaciones en el consumo de series para labrarse una nueva y poderosa imagen de marca.

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Sin embargo, las primeras series originales de Netflix no han sido todo lo revolucionarias y catalizadoras que se esperaba. No conocemos cifras de audiencia o consumo, porque Reed Hastings no las hace públicas. Por eso, para valorar el éxito de una serie de Netflix nos vemos obligados a basarnos en su repercusión en la red e impacto en el colectivo seriéfilo. Haciendo esto podemos concluir que House of Cards, Arrested Development, o Hemlock Grove han disfrutado de un hype inicial que se ha desvanecido rápidamente (quizás más en el caso de las dos últimas). Estas series han funcionado, pero no han trascendido más allá de sus primeras semanas de existencia en la plataforma de VOD. Sin embargo, el caso de Orange Is the New Black es distinto. La serie de Jenji Kohan, creadora de Weeds, ha generado desde julio un fandom apasionado y ruidoso (como las presas de Litchfield) que no parece mostrar síntomas de menguar. No necesitamos cifras de audiencia, porque tenemos las redes sociales, los blogs y el boca-oreja para afirmar que Orange -para muchos “Los años perdidos de Nancy Botwin”- es un éxito, incluso un fenómeno. Justo lo que Netflix quería. Y justo lo que la televisión actual debería ser.

Pero, ¿qué hace que Orange funcione tan bien y despierte tantas pasiones? Todo se resume en una palabra: PERSONAJES. La clave de toda serie de éxito es esa, y Kohan lo sabe. La plantilla de Orange es muy numerosa, y aunque a veces su mayor virtud sea su yugo -tantos personajes hacen que a la serie le cueste centrarse-, no podemos evitar adorarlos a (casi) todos, y desear egoístamente que ninguna de estas presas ponga un pie en la calle. Sería poco realista que en una prisión con 200 reclusas solo conociéramos a 6 o 7 (lo que viene siendo un reparto habitual de serie de televisión), por eso Kohan enhebra la historia con una treintena de personajes. Y quizás por esa razón era necesario pasarse de los 30 minutos de Weeds a los 60.

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Desde Oz (HBO, 1997-2003) no teníamos una serie de televisión que retratase el día a día de una prisión. Orange sigue a Piper Chapman (Katy Perry rubia Taylor Schilling), una WASP prometida con un escritor en ciernes (Jason Biggs) que ha sido condenada a 15 meses de cárcel por hacer de mula para su ex novia, Alex (Laura Prepon). Esta sería la trama que articula la serie, pero Kohan no confía únicamente en Piper el peso de la serie. Orange salta constantemente del campamento de reclusas a las oficinas de los corruptos funcionarios, y al exterior, ya sea para mostrar el impacto del encarcelamiento de Piper en su prometido (la parte más aburrida de la serie) o para darnos a conocer mejor a las presas mediante flashbacks (al estilo Lost, dedicando cada episodio a una de ellas). Así descubrimos en cada episodio nuevos personajes, añadimos dimensiones a cada uno de ellos, cambiamos nuestras impresiones sobre todas estas mujeres a a medida que nos adentramos en sus historias personales, y aprendemos a no dejarnos llevar por las primeras impresiones.

Y todas (o casi todas) ellas son sensacionales. La matriarcal y compleja Red. La dulce Daya, enamorada del dulce John Bennett. La terremoto de Litchfield, Taystee. Crazy Eyes, desde el principio una de las reclusas más divertidas (y con el paso de los episodios, una de las más entrañables y sorprendentes). La pequeña gran amiga Poussey, leal y optimista (una de mis favoritas). Sophia, honrada, íntegra, admirable (por fin una representación digna de la transexualidad en televisión). La profundamente dañada Nicky (probablemente mi favoritísima). Y sobre todo Pennsatucky (excepcional Taryn Manning, todos los premios para ella), archinémesis de Piper y artífice de los momentos más hilarantes de la temporada y los one-liners más memorables (y mira que la serie va bien servida de ellos por parte de todos los personajes). Sin dejarnos a Alex Vause, que, con su presencia über-sexual y su incontestable carisma, nos tiene a todos igual de colados que a Piper (menudo dramón vivimos desde que sabemos que Laura Prepon se marcha de la serie, aquí estamos debatiendo el hecho que puede cambiarlo todo). Claro que estas son solo unas cuantas de las muchas mujeres (casi iconos ya) a las que hemos conocido a lo largo de estos 13 divertidos, emotivos, duros y reveladores capítulos. Podríamos estar hasta mañana hablando de todas ellas.

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Orange es un triunfo porque conecta con el espectador a muchos niveles y aborda de manera muy lúcida una gran variedad de temas. A pesar de que salta a la vista que la serie romantiza e incluso idealiza la experiencia de las reclusas (recordemos que Orange está basada en las memorias de Piper Kerman, My Year in a Women’s Prison), hay hueco de sobra para la oscuridad, la desesperación y la denuncia. Entre risas y buen rollo, Orange nos habla de las atroces injusticias dentro del sistema penitenciario norteamericano, del abuso de poder, y la represión sexual. Y lo hace a través de unas mujeres que nunca son definidas en términos absolutos, que no solo buscan redención y una segunda oportunidad, sino algo, alguien a que aferrarse mientras lo hacen. Unas mujeres que, como bien dice Piper durante una de sus epifanías, pueden aprovechar su tiempo encerradas para ponerse frente a frente con quienes son realmente y conocerse como la suma de experiencias, contradicciones, pasiones, pulsiones y errores que son. Que somos.

A través de la confraternización, la protección, las alianzas y el sexo furtivo, se crea una comunidad cuyos vínculos son necesarios para sobrevivir ahí dentro, explorando a la vez los diferentes grados de culpabilidad y arrepentimiento (“Todas estamos aquí porque nos equivocamos de camino yendo a la iglesia”). En última instancia, la serie nos plantea un mundo exterior tan infinitamente jodido que para muchas es preferible permanecer entre rejas, donde pueden alcanzar a entender la realidad que las rodea. En este sentido, el único efecto secundario negativo que conlleva hacer maratón de Orange Is the New Black es el irrefrenable impulso a delinquir. Después de vivir la estimulante historia de estas apasionantes mujeres que encuentran refugio las unas en las otras, ¡yo también quiero ir a la cárcel!

That ’70s Show: sexo, drogas y rock & roll

Oh, aquellos maravillosos 90. Una de las épocas de mayor esplendor de la comedia de situación, con series como Fraiser, Seinfeld, Friends o Will & Grace llevándose de calle a una audiencia aun ajena a la revolución que se estaba gestando en el drama televisivo. En los 90 todo era color y risas enlatadas, decorados teatrales y estrellas invitadas que despertaban ovaciones al entrar por la puerta. El espíritu de las décadas inmediatamente anteriores se mantenía vivo en estas series, que comenzaban ya su proceso de sofisticación. Sin embargo, en 1998 nació en Fox una sitcom que hacía de la regresión total y la nostalgia su mayor baza. That ’70s Show (o como se tituló en España, Aquellos maravillosos 70) era una serie de los 70 que no podría haberse hecho en aquella década, un producto ingenuo en su planteamiento y presentación, y sin embargo, muy adelantado y revolucionario para la última década del siglo XX.

Creada por Marcy Carsey y Tom Werner (Roseanne, El show de Bill Cosby, Cybill), junto a Mark Brazill (3rd Rock from the Sun), That ’70s Show cuenta la historia de un grupo de adolescentes que ven el tiempo pasar en Point Place, un pequeño pueblo de Wisconsin. Recreando con fidelidad la estética setentera de series como Happy Days o La tribu de los Brady, That ’70s Show se ambienta en una etapa caracterizada por la experimentación, la vida contemplativa y la revolución sexual post-Woodstock. Eric Forman (Topher Grace) y sus amigos se reúnen en el sótano de su casa para fumar maría, beber cerveza a escondidas, hablar de sexo (o practicarlo) y gastarse pesadas bromas –burn! que dirían ellos. Al inicio de la serie, los seis protagonistas están en el instituto, a pesar de que los vemos en clase tan solo una vez en toda la andadura de la serie. Resulta especialmente llamativo (y refrescante) que una serie de Fox orientada al público familiar y juvenil mostrara en todos sus episodios a un puñado de adolescentes menores de 18 años bebiendo y consumiendo drogas. Claro que estamos hablando de una época de libertad pre-pezóngate, en la que los productores se salían con la suya gracias a unas cadenas más permisivas y relajadas.

Las hormonas en constante estado de efervescencia de los protagonistas conducían una historia de enredos amorosos y sexuales en las que al principio poco importaban los sentimientos. Solo Eric y Donna (Laura Prepon) se ajustaban a los cánones de pareja romántica. En estos dos vecinos y amigos de la infancia, un tirillas nerd y una despampanante pelirroja que se dan cuenta de que siempre han sido y serán el uno para el otro, recaía el peso sentimental de la serie. Grace y Prepon rebosaban química, en una relación en la que el sexo era muy importante, pero la amistad era lo que la hacía inquebrantable. El resto de personajes se dedicaban a emparejarse unos con otros, a robarse las novias, a ponerse los cuernos, sin reparos ni remordimientos. Un puterío total, vamos. De hecho, Jackie (Mila Kunis) pasó por los brazos de todos los personajes masculinos (menos Eric) a lo largo de las ocho temporadas que duró la serie. A medida que los personajes estrechaban sus lazos amistosos, estos encuentros sexuales adquirían mayor trascendencia y repercusión en sus vidas. Se empezaba a hablar de amor, a la vez que los seis protagonistas comenzaban a buscar su lugar en el mundo.

Y esa es la dirección que toma That ’70s Show a partir de que los personajes abandonan el instituto (al que nunca asistían, insisto). El éxito de audiencia de la serie garantizaba un alto número de temporadas, así que había que hacer frente, inevitablemente, al clásico conflicto de transición entre instituto y universidad. La solución: si ningún personaje estaba especialmente interesado en estudiar, ¿para qué mandarlos a la universidad? Una vez en el mundo real, los protagonistas comienzan a buscar trabajos, lo que multiplicaba las tramas individuales fuera del sótano de Eric. Aunque por supuesto, todos acaban de vuelta en él, perdidos, sin rumbo, sin saber hacia dónde se dirigen sus vidas. La séptima temporada incide especialmente en este asunto, con Eric tomándose un año sabático para encontrar su vocación. Acaba marchándose a África, dejando tirada a Donna, que previamente había renunciado a su futuro por quedarse con él en Point Place. Gran parte de la esencia de la serie, la preciosa relación entre Donna y Eric, se desvanecía tras la marcha de Topher Grace. “Siempre has estado a veinte pasos de mí. ¿Qué voy a hacer sin ti?”

Después de Grace, Ashton Kutcher también desertó, lo que dejó al reparto dramáticamente mermado -y supuestamente reforzado por un personaje de cuyo nombre no quiero acordarme- para una octava temporada que nunca debió existir. That ’70s Show agonizaba horrorosamente después de siete años de éxito. La redimían pequeños instantes de lucidez en los que los personajes se desnudaban emocionalmente, especialmente los proporcionados por la madre de Eric, Kitty (Debra Jo Rupp, injustamente ignorada en los premios durante ocho años). Ella se encarga de mantener el buque a flote, ejerciendo como madre del grupo, a pesar de que sus dos hijos ya no están en la serie. Y es en cierto modo gracias a la pequeña gran Kitty por lo que That ’70s Show despide a su audiencia con lágrimas en los ojos. “That ’70s Finale” proporciona el cierre perfecto a la serie después de ni más ni menos que 200 capítulos. Además, el emotivo último capítulo nos devuelve a Grace y Kutcher para completar el ciclo, que es de lo que se trata.

That ’70s Show es una serie tremendamente repetitiva (en la tradición de la sitcom clásica). Se insisten los mismos gags visuales, chistes y one-liners a lo largo de sus ocho temporadas, con desigual resultado. Mientras inventos como “el 360º” -las escenas en las que los protagonistas se sientan en círculo a colocarse y la cámara sigue sus conversaciones alucinadas- se convierten desde el piloto en recursos indispensables, llega un momento en el que uno no sabe si será capaz de aguantar más “pies en el culo” de Red Forman, o si las ensoñaciones y fantasías de los personajes han “saltado el tiburón”. Y sin embargo en esa repetición reside gran parte de su encanto. El regreso a lo conocido es sin lugar a dudas uno de los factores que convirtieron la serie en un gran éxito de audiencia en Norteamérica (en España pasó más bien desapercibida), y a sus actores protagonistas en estrellas mediáticas (especialmente a Kunis y Kutcher). La identidad de That ’70s Show quedaba establecida por la übersexualidad de sus personajes (los pantalones ajustados hasta el estrangulamiento podrían ser la clave), los enredos picantes y el carácter alocado y casi esquizofrénico de Eric, Donna, Hyde, Kelso, Fez y Jackie –“I think there’s a little something wrong with all of us”, Hyde-. Sin embargo, lo que le ha garantizado un lugar privilegiado en el firmamento de las sitcoms es la indudable química de su reparto, un grupo de amigos que crecieron y aprendieron juntos durante sus ocho años de emisión, y que según ellos, nunca dejaron de quererse. Seis “niños” sin apenas experiencia que se convirtieron en actores al amparo de una madre amantísima y una audiencia que comprobaba semana tras semana que además de sexo, drogas y discos de vinilo, en los 70 había mucho amor.

Mátenme por favor, sigo ‘Are You There, Chelsea?’ al día

Quizás sea síntoma o indicio de la decadencia absoluta en la que me he sumido en los últimos meses. Podría estar viendo Smash (que mira que tenía ganas de que se estrenase), podría ponerme con las temporadas que aun tengo pendientes de cara al inminente regreso de Walter White, podría incluso darle otra oportunidad a la soporífera The Walking Dead. Pero no, estoy viendo el más reciente estreno “cómico” (no hay comillas suficientes) de NBC, Are You There, Chelsea? Esta sitcom multicámara está basada en el libro Are You There Vodka, It’s Me, Chelsea? de la extremadamente antipática actriz, presentadora y escritora Chelsea Handler. Y es muy posible que yo sea el único que se esté sometiendo voluntariamente a tal tortura. La serie tiene los días contados desde su discreto estreno para la nueva mid-season. Y decir que no me extraña sería quedarse muy corto. Que alguien se interesase lo más mínimo por este proyecto es uno de los misterios indescifrables de la humanidad.

Are You There, Chelsea?, originalmente titulada como el libro en el que se basa, nos sitúa en un bar deportivo de Nueva Jersey y nos cuenta la vida de una de sus camareras y su grupo de amigos y compañeros de trabajo. Junto con el título original, la serie se dejó en el camino lo que supuestamente iba a ser su premisa: Chelsea es arrestada por conducir bajo la influencia del alcohol, lo que le lleva a replantearse su vida desde la celda en la que acaba. Pues bien, tras ocho episodios emitidos hasta la fecha, no queda rastro de esta idea inicial. Desde su segundo episodio, la serie no es más que un penoso desfile de personajes sin interés (tengo la sensación de que con cada capítulo se introduce un secundario) y tramas agotadas desde el minuto uno que, por supuesto, no parecen llevar a ninguna parte.

La falta de propósito y el aire absolutamente descentrado de la serie no es lo peor de Chelsea, desatinado producto que se empeña en hallar el humor en la vertiente más desagradable y decadente del ser humano, sin un ápice de introspección o simpatía. Algo no solo posible, sino también muy necesario (recordemos una de las comedias estrella de la cadena, Will & Grace). No hay un solo personaje en la serie que provoque indulgencia en el espectador: como alter ego de su creadora, Chelsea es una protagonista indefinida y distante (que sí, Handler, que está claro, eres una borracha sin complejos, cuánta ruptura, cuánta irreverencia), además de ser una extensión de la Donna Pinciotti de That 70s Show (confirmamos que las cualidades de ambos personajes son inherentes a Laura Prepon); de la excesiva plantilla de Jerry’s solo se salva Nikki, una suerte de Eliza Dushku de bolsillo (más aun) y el único personaje que me ha hecho reír en algún momento; las compañeras de piso de Chelsea son una asiática de metro diez cuyas únicas cualidades son ser asiática y ser muy baja, (¡¿qué obsesión tiene esta serie con los enanos?!) y una virgen que en teoría debería aportar la nota más dulce en una serie llena de imbéciles, y que fracasa estrepitosamente, quizás por intentarlo demasiado. Handler se reserva un desagradable papel secundario como la hermana mayor de Chelsea y nos agracia con su incómoda presencia en cada episodio.

Los estrenos otoñales de la temporada 2011-12 mostraron una sobrecarga de sitcoms de aire noventero que crearon la ilusión de contrapunto a la tendencia al alza de comedias single-cam. Quizás el éxito de 2 Broke Girls animase a la NBC a darle un voto de confianza a esta abominación situada en las antípodas de la comedia a la que no tiene acostumbrados. Quiero imaginar a los ejecutivos del 30 de Rockefeller, a los que dieron luz verde al proyecto, dándose cabezazos contra la pared por haber bajado el listón de calidad de una cadena conocida y apreciada por su oferta cómica de calidad.

Entonces, ¿por qué sigo Are You There, Chelsea? Es difícil de explicar. Quizás tenga que ver con el hecho con el que comenzaba escribiendo este artículo. Mi vida se ha sumido en una espiral autodestructiva en la que Chelsea simboliza el fondo del pozo. Y con todo, hay algo en este absoluto desastre catódico que resulta atractivo, en el sentido más morboso de la palabra. Es exactamente como presenciar un accidente y no poder apartar la mirada. Quizás esa sea una de las claves. En fin, mirémoslo por el lado bueno. Chelsea ha logrado algo que ninguna de las series de calidad que he visto recientemente ha conseguido, darme una verdadera bofetada de realidad: “¿por qué estás viendo esto? ¿qué coño estás haciendo con tu vida?” Por eso quiero agradecer públicamente a Are You There, Chelsea?, a Chelsea Handler y a la NBC por ayudarme a salir del dique seco. Espero que vosotros no lleguéis al punto en vuestra vida en el que os alegréis al ver que hay episodio nuevo de Are You There, Chelsea? De verdad.