[Crítica] Otra ronda: Happy Hour de cinco a ocho

David Lastra

♫ Hay un país lleno de encanto ♫… que una ardilla roja podría cruzar de rama en rama de haya sin tocar el suelo. Hay un país lleno de encanto donde todos los patitos feos se convierten en cisnes. Hay un país lleno de encanto donde todo el mundo se mueve en bicicleta y en el que casi no hay paro. Hay un país lleno de encanto que se llama Dinamarca.

Una tierra de ensueño que parece recién sacada del imaginario de su gran cuentista nacional, Hans Christian Andersen. La conjunción perfecta entre los países nórdicos y la Europa central. Dinamarca, la postal perfecta del nuevo viejo continente. Pero como Marcelo le dijo a Horacio, Algo huele podrido en Dinamarca… y lo que es peor, algo sigue oliendo bastante mal en Jutlandia y las otras 407 islas que la conforman. Thomas Vinterberg (La caza) retrata en Otra ronda (Druk) una de las grandes epidemias que sufre su país natal desde tiempos inmemoriales: el alcoholismo.

Conocimos a Vinterberg como compañero de fechorías de Lars Von Trier en ese trasnochado (y divertido) experimento que fue el manifiesto Dogma 95. Si Von Trier se preocupó más en mearnos en la cara con sus desquiciantes Idiotas, Vinterberg optó por plantarnos una bomba de relojería en mitad de nuestro salón. Su Celebración reventó las apariencias de la bien avenida gran familia burguesa europea y le sirvió para colocarle en el Olimpo del cine europeo. Con más aciertos (Dear WendyLa cazaLa comuna) que tropiezos (Kursk) en su andadura, no solo ha logrado mantener ese estatus, sino que lo ha magnificado con Otra ronda, con la que arrasó en los premios del Cine Europeo y ha conseguido una doble nominación a los Oscars, a la mejor película internacional y a la mejor dirección para el propio Vinterberg.

Otra ronda nos cuenta la historia de cuatro profesores de instituto. Cuatro machos nada alfa que han sabido cumplir más o menos con el triple mandato heteronormativo de trabajo-piso-pareja. Señoros de mediana edad que siguen reviviendo las locuras de sus años de su cada vez más lejana juventud en las reuniones ‘solo para hombres’ que se marcan periódicamente. Pero algo huele a podrido en esa idílica vida de machos. Sus matrimonios se resquebrajan con cada orín nocturno de los hijos de uno o con los turnos laborales nocturnos de la mujer de otro. ¿Qué podrían hacer cuatro heterosexuales de bien como ellos para recuperar el flow en sus vidas? Beber, beber y beber. Pero no pillándose una cogorza de sábado noche como gran parte de sus camaradas, sino realizando un estudio académico sobre la ingesta de alcohol siguiendo la teoría de Finn Skåderud. Según este psiquiatra y psicoterapeuta noruego (que existe en la realidad), el ser humano tiene un déficit del 0,05% de alcohol en el cuerpo, por lo que un buen copazo paliaría esa diferencia y convertiría al sujeto en una persona mucho más creativa y segura. Los cuatro profesores añadirán una pequeña coletilla a su dogma para hacerlo mucho más molón: deberán seguir las enseñanzas de Ernest Hemingway. Al igual que el pamplonica adoptivo más internacional y borracho, ninguno de ellos deberá beber alcohol más allá de las ocho de la tarde, ni los fines de semana.

Gracias a una cultura del alcohol muy arraigada, Dinamarca cuenta con una de las juventudes más borrachas del mundo y las muertes relacionadas por su consumo se disparan año tras año. Pese a los horribles datos, el alcohol no es un estigma en la sociedad danesa, sino casi un símbolo nacional. Ya desde la primera escena con la carrera de cerveceo extremo por el lago, vemos una vez más la estúpida relación que el ser humano establece entre el alcohol y la diversión. Los jóvenes de Otra ronda normalizan su alcoholismo y no lo esconden en ningún momento, de igual manera que sus mayores aceptan que lo sean… porque ellos mismos lo son.

El único momento en que vemos existe cierta censura al consumo de alcohol es durante las horas lectivas. Será en esas horas donde los jóvenes solo pueden embriagarse de conocimientos, cuando los machos no alfa aprovecharán para llevar a cabo su experimento. Aunque en un primer momento ese 0,05% hará que la calidad de las clases de historia o de canto sean mucho más dinámicas e interesantes, el ansia investigadora (ejem) hará que decidan subir la tasa de alcohol en la sangre para lograr exprimir la teoría de Skåderud al extremo. Desde ese momento en el que Otra ronda se introduce en una espiral descendente en la podredumbre moral de todos y cada uno de sus personajes a través de las consecuencias que trae el alcoholismo tanto en ellos mismos como en sus allegados. Con una simple ronda de chupitos, Vinterberg vuelve a dinamitar la fachada del envidiado bienestar de las dulces familias danesas.

Si bien, como es común en el cine de Vinterberg, Otra ronda termina ofreciéndonos una conclusión bastante aguada resolviendo de manera taimada el experimento de los machotes, su narración no llega a ser tan descarnada como debería una historia de estas características, resultando un producto extremadamente frío, hasta para una película danesa. Una ausencia casi total de sentimientos en los cuatro machotes hace que sea bastante difícil empatizar con ellos. En ningún momento se logra transmitir ese hygge (concepto danés sobre los momentos acogedores y cálidos que se viven junto a familiares o amigos alrededor de unas bebidas) entre los cuatro protagonistas. Cuando vemos sus borracheras comunales o sus lingotazos individuales parece estuviésemos visionando el remake europeo perdido de Resacón en Las Vegas, haciendo que la posible denuncia sobre la aterradora realidad etílica se desvanezca casi por completo.

Ni siquiera logramos empatizar con el profesor de historia interpretado magistralmente por Mads Mikkelsen, que repite con Vinterberg tras ese otro tramposillo cuento moral que fue La caza. Nuestro Hannibal Lecter televisivo realiza un verdadero tour de force con su Martin que podría haber merecido una nominación al Oscar o una Concha de Plata para él solito sin tener que compartirla con sus compañeros de reparto. Su actuación es impecable y cuenta con una catarsis final espectacular (¡benditos 55 años!), pero ni con esas logra rompernos como espectadores, pero no es por su culpa. Mikkelsen no puede darnos más, Vinterberg sí. Durante dos horas asistimos al derrumbe del imperio de la masculinidad hegemónica, pero prefiere dejar pasar la oportunidad de exorcizar a sus machotes redimiéndolos a más no poder, llegando a convertirlos casi en mártires y trasladando parte de la culpa en los pocos y desdibujados personajes femeninos que aparecen en Otra ronda.

Otra ronda nos muestra el temible ciclo de la vida del alcohol. Una epidemia que no tiene, ni tendrá final. Un mal que acompañará al ser humano hasta el fin de sus días… pero que tampoco parece quitarle mucho el sueño.

Calificación: 

Crítica: Nymphomaniac. Volumen 1

Nymphomaniac-3

Texto: David Lastra

Desde tiempos inmemorables, la labor del tonto del pueblo siempre ha sido la de divertir con sus torpezas y sandeces al resto de sus conciudadanos. Gracias a ese humor malsano y, en cierto modo, autoconsciente, el tonto del pueblo ha logrado medrar en el escalafón hasta ser un pilar necesario de la sociedad. Ese otrora marginado, se convierte en la voz de la libertad, ya que de su boca solo saldrán esputos de realidad, que no deberán ser confundidas con verdades, ya que esa propiedad se atribuye históricamente a los borrachos y los niños.

Tras su polémica autodenominación como nazi en la rueda de prensa de Melancolía en el Festival de Cannes, Lars Von Trier decidió mostrar todas sus cartas y proclamar a los cuatro vientos algo que sus espectadores más ávidos ya sabíamos hace tiempo: Mi función es la del tonto del pueblo. Reivindico la existencia de personas que digan las cosas tan torpes como las que dije yo. Es bueno para la salud política que se digan cosas así. Los tabúes son malos para la salud política. Es mejor que exista la posibilidad de decir cosas que son basura que pronunciar solo lo que se considere correcto (Público, 01/11/2011). Esa es la libertad del tonto del pueblo, esa es la base del cine de Lars Von Trier y, por extensión, la de la película que hoy nos ocupa: Nymphomaniac.

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En la citada presentación de Melancolía, Von Trier anunció un proyecto pornográfico (no olvidemos que su productora Zentropa ya tuteló los largometrajes porno Hot Men Cool Boyz, Pink Prison, Constance y All About Anna), demandado según el propio director por la actriz Kirsten Dunst, porque así son las mujeres: hardcore. Lo que muchos entendieron como una tomadura de pelo, cristalizó en un proyecto mastodóntico de cinco horas que prometía un festival de penes, chochetes y demás pelambreras en acción, con una buena dosis de penetraciones y felaciones reales (al final nos tendremos que contentar con dobles de cuerpo, pero siempre nos quedará la esperanza de un comunicado de Von Trier dentro de veinte años diciendo que todo fue una gran farsa y no había especialistas). Un cast de ensueño capitaneado por Charlotte Gainsbourg, musa de su Trilogía de la depresión, y un gran plantel de actores hollywoodienses descastados (Christian Slater y Uma Thurman), parte de la realeza europea (Stellan Skarsgard y Connie Nielsen) y un chico blockbuster Shia LaBeouf dispuesto a todo.

Como si de una broma por parte de los Weinstein se tratase, Nymphomaniac se nos presenta en dos volúmenes. Estrenándose el primero de ellos en las pantallas españolas el mismísimo día de Navidad (y un mesecito después, el 24 de enero la segunda). Conocemos por primera vez a Joe, nuestra protagonista, tendida en el suelo de un callejón tras haber recibido lo que no sabemos si ha sido una paliza o un polvazo. Es en ese preciso instante, entre las gotas de agua y el trallazo de Rammstein, cuando Seligman salva de la calle al ángel caído. Una taza de té después descubrirá que más que un ángel, lo que ha llevado a su casa es nada más y nada menos que un ángel-puta de la estirpe de Laura Palmer. Desde el no-lugar que es la habitación de Seligman, Joe comenzará a relatar su caótico cuento moral a modo de capítulos eyaculados directamente por el coño de Joe. Porque no estamos ante una película narrativa al uso. Aquí no hay voces, hay flujo vaginal para dar y tomar.

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Durante dos horas conoceremos la odisea sexual de una mujer autodiagnosticada ninfómana, desde las nada inocentes ranitas hasta un acto sexual con “ingrediente secreto”, pasando por la pérdida de la virginidad y el trenecito chuchú. La despreciable Joe (denominación también autoimpuesta) comete el crimen de ser consciente del poder de la mujer: su coño. Dadme un coño y moveré el mundo. Who run the World? Cunts. La vulva de Joe es el centro de la historia y a través de ella irán entrando todos y cada uno de los personajes masculinos de la historia (el lesbianismo nos espera a la vuelta de la esquina). A través de ese orificio sagrado, Joe desarrolla la maldad del par 23 para con el macho. Crímenes que van desde el pecado capital del orgasmo fingido, la adulación y consiguiente violación, llegando incluso a atacar a una semejante robándole la pareja. Pero no caigamos en la estupidez de tacharle de misógino como gran parte de sus detractores, Von Trier habla de la mujer porque conoce sus rasgos a la perfección. El danés es un especialista en la psique femenina. Si acaso no de la mujer como ser humano, sí de su naturaleza como hembra. La llamada Naturaleza que tan bien lleva explorando desde sus comienzos y que llegó a su culmen en Anticristo.

Si el caos reinaba en las aventuras campestres de Gainsbourg y Willem Dafoe (que se reencontrará con su amada en el segundo volumen) y la desesperación en Melancolía, el humor hace lo propio en Nymphomaniac. El gracejo del danés siempre está presente, ya sea a través del sadismo (especialmente en la trilogía del corazón dorado) o por la vía de lo burdo (El jefe de todo esto o Los idiotas). En esta ocasión decide decantarse por lo segundo, lo primero estará presente de manera contundente de la mano (puño) de Jamie Bell en la siguiente entrega. Von Trier construye situaciones desbocadas, fuera de todos los límites, y es ese exceso el que provoca la consiguiente carcajada. No una sonrisa cómplice o una risilla nerviosa ante la imagen de un pito bamboleante, sino una gran y sonora carcajada. Una reacción completamente buscada, no solo en la caza (perdón, pesca) en los vagones para conseguir la bolsita de chocolates o en la excesiva escena con Mr. y Mrs. S, sino con cada metáfora de Seligman. Durante la narración alterada de Joe, Seligman se empeña en no juzgar a su huésped a través de paralelismos entre el comportamiento de la mujer con la pesca (aplaudamos al señor Von Trier por el anzuelo clitoriano) o la inmensa polifonía de la Choralvorspiel de Bach. El ver a Fibonacci ante un claro caso de 3+5 (por el culo te la hinco) es descacharrante y un guiño a la cantidad de papanatas que comulgan con el tratamiento psicológico de la depresión. No obstante, su nombre es un guiño para nada trivial a Martin Seligman, psicólogo positivista y padre de los estudios de la indefensión aprendida relacionada con la depresión. No me extrañaría que el danés termine moviendo los hilos para que Seligman caiga en las garras de Joe, ya que su pasividad, sus tés y sus cruces de piernas no pueden esconder otra cosa que una notoria erección.

Nymphomaniac

Señores con pene y señoras con vagina (y viceversa), no olvidemos que estamos ante un genio y un bufón y esta Nymphomaniac no debe ser tomada como una obra cinematográfica al uso. Sus lecturas no son tan complicadas como busca el crítico de marras, realmente puede que se acerquen más a la liviana e infravalorada visión del pajillero o pajillera de turno. El arte nunca es objetivo, es real y Von Trier como buen tonto del pueblo que es nos lanza un lefazo de realidad sin ningún tipo de miramiento. Todo en esta película es real. Es una chorrada pararse a hablar de artificialidad o inverosimilitud. ¿Acaso ganas algo yendo en contra de la realidad de Von Trier? Si has entrado en su juego, pantalones abajo marinero.

Valoración: ★★★★★

Clásicos recuperados: Riget (The Kingdom)

Hacemos una excepción en el habitual protagonismo de las series norteamericanas en este blog, para hablar de Riget, la serie danesa creada por el igualmente celebrado y vilipendiado LarsVonTrier, en pleno proceso de redefinición artística antes del Dogma 95 -ya con la cámara en mano y el montaje abrupto que caracterizarían sus obras posteriores. The Kingdom, como se la conoce internacionalmente, cuenta con dos tandas de cuatro episodios separadas entre sí por tres años -algo que no se nota, puesto que el acabado técnico y visual de ambas temporadas es prácticamente idéntico y los actores no experimentan cambios físicos destacables en este tiempo. Es complicado clasificar la serie siguiendo la clásica taxonomía de formatos seriales. Cada episodio tiene una duración aproximada de 70 minutos, por lo que se podría hablar de dos miniseries, aunque la intención de VonTrier parecía ser la de alargar la historia y su tratamiento se acercaba al de las series convencionales -cabecera en cada episodio, cliffhangers. Por otra parte, en algunos países se editó la primera temporada como una película de cinco horas, llegando a aparecer en alguna lista de películas imprescindibles. El realizador danés tenía intención de rodar una tercera entrega que concluyese la historia -llegó a escribir el guión-, pero la muerte de varios miembros del reparto y el rechazo de la cadena la dejaron inconclusa.

Resumir el argumento de Riget con la intención de hacer una idea de lo que ofrece la serie es imposible. En líneas generales, la acción se desarrolla en un hospital dominado por una fuerza sobrenatural que hace que tanto los empleados como los pacientes presencien o sufran una serie de fenómenos terroríficos y desconcertantes. Esta es la premisa, pero el resultado final dista de ser una historia convencional. El argumento transcurre entre el absurdo día a día de los doctores del hospital -quizás antecendente de la comedia de Von Trier El jefe de todo esto– y los sucesos paranormales. Es una paciente, la Sra. Drusse -la Sra. McClusky danesa- la que aporta lo más parecido a un hilo conductor del argumento, por suponer un nexo entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Sin embargo, Riget es una sucesión de escenas que a primera vista parecen inconexas y de las que es complicado deducir qué está ocurriendo -lo que conlleva una frustración y aburrimiento hasta para el más acostumbrado a este tipo de realizaciones. Los momentos de terror están convenientemente repartidos a lo largo de los episodios, resultando altamente efectivos entre las insoportables escenas de diálogo entre doctores. Normalmente, un episodio acabará con una escena perturbadora -algunas geniales, como el parto de Judith, que podría haber inspirado perfectamente a Takashi Miike en Gozu y otras realmente terroríficas y reminiscentes de películas como El exorcista-, pero esto, a pesar de dejar buen sabor de boca, no será suficiente para hacer la historia más interesante.

Por suerte, Riget cuenta con un excéntrico sentido del humor que si bien no salva la función, hace más llevadero el visionado -la cuidadísima y opresora ambientación y la excelente realización también ayudan. Aunque resulte desconcertante al principio, Lars Von Trier es altamente consciente de lo que está haciendo -uno lo confirma en los créditos del último episodio cuando le oye referirse a sí mismo como “humilde director”- y una vez asumido el hecho de que toda la parafernalia psicológica de Riget no es más que una herramienta para crear un vínculo con el espectador -y reírse un poco de él, como será la tónica del director en años posteriores-, es más fácil dejarse llevar y disfrutar de los atractivos de la serie. Es decir, tomarse en serio Riget es muy peligroso, y por desgracia, es posible tardar más de lo normal en darse cuenta.