[Crítica] Akelarre: Una leyenda de Euskadi

Ser mujer en 1609 en España entrañaba sus riesgos. Este nuestro país era una sociedad patriarcal absolutamente machista, con una monarquía pasota que solo pensaba en el bien de los suyos y que estaba promoviendo la enésima expulsión de una minoría (en este caso, moriscos) de nuestras tierras. La relación entre ambos sexos se fundamentaba bajo el simplista vínculo de amo y sirviente, recayendo el poder, como buen estado falocéntrico,  del lado de la balanza del hombre. Una realidad que difiere bastante a lo que viven hoy en día las mujeres cuatro siglos después en España… Bueno, realmente no mucho. Alguna cosa que otra ha cambiado, pero esos males siguen estando muy presentes hoy en día. Incluso el monarca sigue teniendo el mismo nombre y filosofía que el de entonces.

Ser mujer en 1609 en Euskadi era más o menos similar a serlo en el resto de la península. Si acaso contaban con una miaja más de protección gracias al matriarcalismo característico de esta región norteña. La mujer vasca es hija (o parte) de Mari, la deidad principal de la mitología euskalduna. Ama y señora de la Madre Naturaleza, proveedora de buenos embarazos y la muy necesaria lluvia. Moradora de las montañas y, según quien lo cuente, concubina del diablo. Así son las chicas de Akelarre, mujeres que viven a la orilla de los acantilados vascos y que, según las malas lenguas, yacen con Satanás las noches de Luna llena. Pablo Agüero (Eva no duerme) nos trae una fábula de brujas con un horrendo poso de realidad (y de actualidad).

Ana, María, Olaia y Maider son uña y carne. Algunas veces se les une Oneka al grupo y, últimamente, no pueden despegarse ni un minuto del retaco de Katalin. Adolescentes aburridas cuya existencia se reparte entre ayudar a sus madres en los quehaceres diarios, cantar a grito pelao por los riscos y perrear en el bosque. Si acaso algún que otro polvo furtivo con algún púber del sexo contrario o con un buen palo preparado para consolar las penas. Todo ese remanso de paz y felicidad termina abruptamente con la llegada de unos representantes de nuestro internacionalmente y tristemente conocido Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición. No es que nadie esperase a la Inquisición Española en esos tiempos y lugares, a pocos kilómetros de allí, nuestros colegas franceses acababan de quemar vivas a cerca de cien mujeres acusadas de crímenes de brujería y demás supercherías.

¿Y de qué se les acusa a Ana y compañía? De practicar el sabbat de las brujas. La mítica ceremonia en la que las brujas adoraban al mismísimo Diablo, en la cual el maligno adoptaba la forma de un macho cabrío y copulaba con sus fieles. Un rito profano que nadie había visto acontecer, pero que la Inquisición castigaba con ser quemado vivo en una hoguera. ¡Brujas, más que brujas! En un primer momento, el grupo de adolescentes no cree que ese rebuzno vaya dirigido hacia ellas, ni mucho menos que las estén cazando y deteniendo por canturrear sus canciones de amor y bailar entre ellas (los hombres del pueblo están ausentes en la mar). Durante su cautiverio, todas ellas van pasando por diferentes etapas y reacciones. Desde la sorpresa y desconocimiento inicial, las pequeñas bromas y algún que otro jueguecillo empoderado, pasando a la inquietud noctámbula y el más absoluto pavor por la sucesión de acontecimientos. Su reclusión es similar al de las hijas de Bernarda Alba del clásico lorquiano o al abrupto final del juego y la inocencia de la cinta turca Mustang. Dos obras como Akelarreen las que además de tratar esta dicotomía de amos y sirvientas, el fantasma de la muerte es un personaje cuasi corpóreo más en el desarrollo.

Agüero y la cortometrajista Katell Guillou nos cuentan una historia mínima de brujas y santurrones, que lejos de quedarse anclada en un tiempo y un lugar concreto, es fácilmente extrapolable a otros tiempos y lugares, como puede ser el tiempo en el que vivimos. Los gritos y golpes que sufren Ana y sus compañeras por parte de los señoros de la Santa Inquisición son los mismos escupitajos y guantadas que sufren las mujeres en pleno siglo XXI con muchas de las sentencias sobre malos tratos y asesinatos por parte de los tribunales españoles. Akelarre no es sino otro capítulo de la interminable saga terrorífica de la imposición del hombre sobre la mujer.

El crimen de estas mujeres no es ser brujas, ni mucho menos fornicar con Belcebú o alguno de sus primos infernales, sino por no ser sumisas ante el hombre. Ellas han sido acusadas de indecencia, de realizar la misa negra cuando la única suciedad de esta historia está en la mirada del macho, personificado en el inquisidor Rostegui, un ‘extranjero’ ajeno al matriarcalismo vasco que va imponiendo su lógica y su ceguera cultural allá por donde va. Un baboso sin ningún tipo de escrúpulos notablemente interpretado por el omnipresente Alex Brendemühl (al que hemos visto recientemente en Madre y El silencio de la ciudad blanca). 

Pero si hay que destacar una interpretación en Akelarre esa es la de Amaia Aberasturi, que ya protagonizó de manera solvente la desesperante (por el hecho histórico que retrata) Vitoria, 3 de marzo. Aberasturi debería sonar fuerte para la próxima edición de los Goya por su excelente retrato de Ana, la Suprema de AkelarreAlgo que debería ocurrir también con las demás supuestas participantes del sabbat, las debutantes Yune Nogueiras, Irati Saez de Urabain, Garazi Urkola, Jone Laspiur y Lorea Ibarra

Llega el temido momento de la comparación con La bruja, la obra maestra de Robert Eggers (El faro). Puede que ambas realicen un tratamiento de la figura de las brujas desde una óptica feminista, pero las comparaciones terminan ahí mismo. Algún que otro plano preciosista de los acantilados en Akelarre puede recordar a las lindes del temible bosque de La brujapero la cinta hispano-argentina tiene una vida y una identidad propias, y se convertirá en una película de culto por méritos propios. Ana no es la Thomassin vasca, pero lo que no quita para que ambas pudiesen ser muy buenas amigas por correspondencia y compartir algún que otro consejo o hechizo.

David Lastra

Nota: ★★½

Crítica: La bruja

La bruja

La bruja (The VVitch) no es una película de terror al uso. Y por “al uso” entendamos lo que uno se puede encontrar hoy en día en la cartelera de cualquier cine de centro comercial (una acepción reductiva, pero necesaria para entender qué ha pasado con esta película). ¿El problema? Que quizá se ha percibido -porque se ha vendido- como eso mismo. Una cinta de miedo orientada comercialmente a pandillas de adolescentes y espectadores con ganas de sobresaltos. Nada malo en buscar esto, pero La bruja no ofrece este tipo de experiencia terrorífica, sino otra completamente opuesta, la de la atmósfera, la incertidumbre y lo desconocido por encima del susto o la acción, la de lo sugerente, lo extraño, incluso lo libidinoso… Terror, sí, aunque muchos lo nieguen (erróneamente), pero no del que los estudios han convertido en normativo. De ahí la confusión e indignación por parte de un sector del público ante una película que no es lo que creía.

Habiendo dejado claro lo que no es La bruja, centrémonos en lo que es. El primer largometraje de Robert Eggers supone un excelente ejercicio de estilo y ambientación, pero no nos lo comamos de vista. Además de recrear con enorme detallismo la Nueva Inglaterra del siglo XVII, esta es una historia rebosante de significado y contada con suma inteligencia, un relato que planta constantemente la duda en el espectador, jugando con lo que puede ser real y lo que puede ser fantasía, dosificando la información de manera que no haya conclusiones precipitadas y la historia tome vida propia en la mente de cada uno. Si se entra en la propuesta de Eggers, La bruja tiene el potencial de convertirse en una de las experiencias cinematográficas más inmersivas y envolventes de los últimos años, una de la que cuesta tiempo salir después de su final.

La bruja cartelCon ciertas reminiscencias a El bosque de M. Night Shyamalan, La bruja nos cuenta la fascinante historia de una familia que subsiste a duras penas en una granja junto al aterrador bosque que hay a las afueras del pueblo, del que han sido exiliados por una misteriosa razón (una que, precisamente por no conocerla, influye en cómo percibimos la historia y tratamos de sacar conclusiones). El film nos lleva a la época previa de los juicios de las brujas de Salem en 1692, y nos presenta su folclore de forma realista, con un naturalismo que hace que lo que vemos (o intuimos) sea aun más sobrecogedor. Alrededor de los conceptos de la magia negra y la posesiónLa bruja traza un absorbente relato sobre el miedo y la ignorancia, un retrato que pretende ser fidedigno (no en vano se usaron transcripciones reales de la época para escribir los diálogos) de la histeria de la época y el fanatismo religioso que conducía hacia la violencia y el horror. Todo visto a través de los ojos de una adolescente, Thomasin (fantástica Anya Taylor-Joy), junto a la que vivimos la progresiva destrucción de su familia en una serie de acontecimientos que exploran la naturaleza del mal en relación al paso de la adolescencia a la vida adulta de una mujer.

Todos los elementos que conforman La bruja están meticulosamente construidos para dar como resultado una opera prima de gran pulsión cinematográfica: las impactantes y perturbadoras imágenes que recorren todo el film (bellamente fotografiado por Jarin Blaschke), la increíble banda sonora de Mark Korven, las interpretaciones (de adultos y niños, inolvidable la escena de posesión del pequeño Harvey Scrimshaw), los diálogos, cadencias y acentos, la imponente voz de Ralph Ineson, ese poderosísimo clímax que redefine la historia y obliga a revisitar todo lo acontecido para saber qué nos ha estado contando en realidad, sin olvidar la inquietante (omni)presencia de la cabra Black Phillip, animal en el que confluyen todos los miedos y angustias que sostienen el film. Todo esto hace que La bruja presente una visión escalofriante y hermosa de un terror que pocas veces se nos manifiesta de forma tan lúcida y sugestiva, y se postule seriamente como un clásico moderno del género.

Nota: ★★★★★