Emerald City: No me cuentes cuentos

Totó, creo que ya no estamos en Kansas. Pero este sitio me suena. De hecho, me recuerda sospechosamente a Barcelona, pero como si un día la Ciudad Condal se hubiera despertado en una dimensión alternativa parecida a Poniente. Sus habitantes me son muy familiares, hasta conozco sus nombres, pero no son exactamente como los recordaba. Y en general tengo una sensación continua de déjà vu, de haber estado ya aquí, quizá en sueños…

Así es Emerald City, la nueva revisión en clave moderna de los libros del mundo de Oz, serie que reinventa la mitología imaginada por L. Frank Baum e inmortalizada en la cultura popular por la película de 1939, y la acerca al género de la fantasía épica y adulta que en estos momentos domina Juego de Tronos. Esta ficción de NBC, que llevaba varios años intentando salir adelante y ha acabado en ese vertedero de la programación estadounidense que son los viernes, viene de la mano de Matthew Arnold (Siberia) y Josh Friedman (Terminator: Las crónicas de Sarah Connor), y su primera temporada, que consta de 10 episodios, está íntegramente dirigida por Tarsem Singh, realizador indio-americano conocido por sus peripecias visuales en películas como La celdaThe Fall o Mirror, Mirror.

La mano de Singh se puede notar claramente en la puesta en escena. El diseño de producción, el suntuoso y extravagante vestuario, el uso del color y la cualidad plástica de la serie recuerdan inevitablemente a sus trabajos para el cine. El director ha encontrado un escenario ideal en España para recrear un Oz como soñado por Gaudí, en el que el Park Güell ejerce como corazón de la Ciudad Esmeralda. Pero la serie también se ha grabado en parte en tierras andaluzas (Guadix, Antequera, el Real Alcázar de Sevilla), que han hecho las veces de Texas y los diferentes páramos y poblados de la tierra de Oz. Lógicamente, la ambientación no llega al nivel de Juego de Tronos (su presupuesto es muy inferior al de la serie de HBO), pero afortunadamente tampoco cae en la caspa de otra de las series con las que no se puede evitar compararla, Once Upon a Time, quizá porque opta por lo artesanal en lugar de depender de lo digital.

Emerald City - Season 1

Emerald City se propone contarnos de nuevo la historia de El mago de Oz (y ya van…), pero desde una perspectiva más “oscura, sexy y dramática”, y ampliando sus fronteras según el resto de libros de Baum, algo que ya hizo hace más de dos décadas Gregory Maguire con su novela Wicked, a la que Emerald City debe mucho. Para ello primero se hacen los oportunos cambios, realizando una vuelta de tuerca en la que se conservan los nombres y la esencia de los personajes originales, pero se les da un aspecto y una biografía alterada. Así, Dorothy (Adria Arjona) es una mujer adulta (de origen latino, para más señas) que trabaja en Kansas como enfermera, antes de ser trasladada por el tornado junto a Totó (que ahora es un pastor alemán) a la mágica, y sobre todo peligrosa, tierra de Oz. Allí se encontrará con Lucas (Oliver Jackson-Cohen), versión mucho más apuesta y (en principio) totalmente humana del Espantapájaros, con el que viajará a la Ciudad Esmeralda para reunirse con el Mago de Oz (un horroroso Vincent D’Onofrio), quien prepara a su reino para la inminente llegada de la Bestia.

En el camino (un tenue rastro de polen de amapola en lugar de las famosas baldosas amarillas) nos topamos con enemigos y aliados sacados de las páginas de Baum, brujas, monos voladores y seres misteriosos que esta vez se mueven en un universo sombrío y hostil que nada tiene que ver con el clásico technicolor de Victor Fleming. Y así es como quedan a la vista las intenciones de este remake, que utiliza el gancho de algo icónico y conocido por todos, y lo reviste de una capa de violencia y grandiosidad, con tribus salvajes, burdeles, romance, acción y traiciones palaciegas, para atraer al espectador ávido de ficciones similares a Juego de Tronos. Sin embargo, la estrategia no ha salido bien, porque si quitamos el envoltorio, lo que nos encontramos es una caja hueca. Y de nada sirve tener los derechos de una propiedad tan querida y un universo fantástico tan fértil si no se sabe cómo hacerlo interesante más allá de la estética.

Emerald City - Season 1

Emerald City tiene potencial, pero se pierde en el tedio y la seriedad de una historia que apunta alto pero carece de profundidad, que parece transcurrir sin estructura, y sobre todo, que pone difícil la conexión con sus protagonistas, saltando de manera confusa entre localizaciones y tramas. No se puede decir que Dorothy, Tip, las brujas o el mago, sean personajes totalmente planos, pero no son lo suficientemente interesantes como para que nos involucremos en sus historias. Por esta razón, Emerald City acaba resultando a ratos impenetrable, a pesar de lo atractiva que pueda ser (y lo es bastante) o lo arraigada que esté su mitología en nuestra conciencia colectiva. Lo que podía haber sido una digna serie fantástica se queda en la enésima reinvención oscura de cuento de hadas (¿No ha habido ya suficientes fracasos como para dejar de intentarlo?), un producto vacío y aburrido que sumamos a la lista de reboots televisivos que no interesan a nadie.

Crítica: Oz, un mundo de fantasía

A mediados de los 80, Disney ya se sumergió en los mundos de L. Frank Baum con una demencial secuela del clásico El mago de Oz (The Wizard of Oz, Victor Fleming, 1939) titulada Oz, un mundo fantástico (Return to Oz, Walter Burch, 1985). Ahora se atreve con la historia de cómo Oscar Diggs llegó a la Ciudad Esmeralda para convertirse en el magnánimo y todopoderoso regente de Oz. Titulada casi idénticamente a la secuela protagonizada por Fairuza Falk -por cierto, Willy Wonka and the Chocolate Factory también se llamó Un mundo de fantasía en Latinoamérica y España-, Oz, un mundo de fantasía es la colorista y ultradigital visión de Oz que nos proponen Sam Raimi (Evil Dead) y Joe Roth (productor de la Alicia de Burton).

A los aficionados al cine de Raimi les alegrará comprobar que el realizador consigue que su sello personal se haga un pequeño hueco en la película. En Oz, un mundo de fantasía hay alguna que otra concesión al estilo que Raimi ha cultivado en sus películas de terror: la tensión expresada a base de zooms y ángulos propios de la serie B, la presencia (muy breve y camuflada) de su muso Bruce Campbell, y una clara voluntad por potenciar el aspecto terrorífico y grotesco de la historia, particularmente en su recta final. Pero no nos engañemos, el auteurismo que nos empeñamos en encontrar en Oz no es lo más destacable de la película, y por supuesto, no redime el fracaso artístico que acaba siendo. La identidad de Raimi se disuelve por completo en esta orgía de cromas y secuencias manufacturadas exclusivamente para el 3D que debería estar en Disneyland, y no en una sala de cine. Claro que lo peor de esta Oz no es su cualidad de atracción de parque temático, sino la absoluta desgana con la que se ha acometido la historia, y el triste desaprovechamiento de unos personajes que podrían haber dado mucho de sí.

La culpa también es de un reparto del que solo se salva -afortunadamente- el protagonista. James Franco es un verdadero acierto de casting. Su amplia sonrisa de bribón y sus ademanes chulescos pero infantiles lo convierten en el Oscar Diggs perfecto. Franco resulta creíble como el paso evolutivo inmediatamente anterior al Oz que todos conocemos. Pero su encanto no es suficiente para aguantar todo el peso de una película tan desbordantemente inconsistente. El relato también nos muestra los orígenes de tres de las brujas de Oz. Pero Mila Kunis, Rachel Weisz y Michelle Williams parecen competir encarnizadamente por el título de ‘peor interpretación de la película’. Sinceramente, me resulta imposible decantarme por una. ¿Una Kunis irritante dejando en evidencia sus desoladoras carencias como intérprete de drama, una Williams que se desplaza torpe y desganada frente la pantalla verde y que no se deshace de la misma mueca en toda la película o una Weisz que parece estar imitando a la Charlize Theron de Blancanieves y el cazador? Se mire por donde se mire, un auténtico desastre.

Oz, un mundo de fantasía es básicamente la misma película que Alicia en el País de las Maravillas de Tim Burton, con todo lo que ello conlleva. Ambas parecen pertenecer al mismo universo de trágicos cromas y desprenden ese acomodadizo sentido del espectáculo basado en la seguridad que proporciona el digital. Se salvan los personajes secundarios, impresionantemente animados, del mono volador y la niña de porcelana con daddy issues -el único gran personaje de la película, malgastado como todos. Sin embargo, la historia hace aguas en todo lo demás. El guion parece un primer borrador, con unos diálogos que transmiten la sensación de haberse conformado con lo primero que ha venido a la mente -porque lo importante es el despliegue visual y el plus por las gafas 3D- y una ineptitud alarmante a la hora de sorprender o transmitir cualquier tipo de emoción. No son suficiente reclamo los incesantes paralelismos con la película de 1939, es necesario construir un relato con entidad propia, y Oz, un mundo de fantasía no lo hace. Escudándose constantemente en dos leit motifs -“con fe todo es posible” y “más vale ingenio que magia”– la película de Raimi elabora un mensaje que pone en duda continuamente los meros cimientos de su discurso. Oz, un mundo de fantasía celebra en última instancia el trampantojo, la ilusión, el encanto de la artesanía manual y la técnica, pero lo hace después de habernos llevado en un agotador y mareante viaje a través de un mundo en el que nada es verdad. Puede que la película nos esté pidiendo -o exigiendo- que asumamos que esta es la nueva magia del cine de Hollywood, e incluso sugiriendo que si Meliés existiera en nuestro presente, sería un mago de lo digital. Pero a mí me cuesta enormemente tener fe en este futuro del cine.