Crítica: Gozdilla – Rey de los monstruos

Con el Universo DC en pleno proceso de reestructuración, Expediente Warren generando spin-offs a cada cual más taquillero y Animales Fantásticos intentando replicar el éxito de Harry PotterWarner Bros. sigue apostando por los universos extendidos, como casi todos los grandes estudios de Hollywood. Hace cinco años, Godzilla puso los primeros cimientos de una saga que aunaría bajo el mismo cielo (encapotado y electrificado) a los grandes monstruos de la mitología audiovisual, como el famoso kaiju o el mítico King Kong. El rey de los monos protagonizó en 2017 la nada desdeñable Kong: La Isla Calavera, y ahora le vuelve a tocar el turno a Godzilla, que regresa en Godzilla: Rey de los monstruos (Godzilla: King of the Monsters), tercera entrega de este MonsterVerse.

Michael Dougherty (Krampus, maldita Navidad) dirige este gigantesco blockbuster que retoma la acción cinco años después de la destrucción ocasionada por Godzilla en la primera película, mostrándonos las consecuencias no solo en la Tierra, sino también en una familia que sufrió una trágica pérdida. La organización Monarch continúa estudiando a los monstruos que se encuentran ocultos hibernando en todo el mundo e intenta contenerlos para evitar una catástrofe mayor. Sin embargo, un grupo de ecoterroristas tratará de liberar a las bestias para restaurar el orden natural del planeta, para lo que secuestrarán a la doctora Emma Russell (Vera Farmiga), creadora de un sónar para comunicarse con ellas, y su hija Madison (Millie Bobby Brown). Godzilla regresa de su escondite bajo el mar para enfrentarse a criaturas que se creía que eran solo mitos, como Mothra, Rodan y el rey de tres cabezas Ghidorah, con los que luchará por la supremacía en una batalla que dejará a la humanidad al borde de la extinción.

Una de las quejas que suele lastrar al cine de monstruos es que estos tardan demasiado en aparecer, o que el drama de los personajes humanos los eclipsa hasta el aburrimiento. En este caso, Warner se ha asegurado de que esto no ocurra. En Godzilla: Rey de los monstruos, los titanes aparecen muy pronto y aparecen mucho. La historia de la familia fragmentada que forman Kyle Chandler, Vera Farmiga y Millie Bobby Brown aporta el hilo conductor y el conflicto central de la película (los monstruos como depredadores o como defensores de la humanidad), pero son las superespecies las que se llevan todo el protagonismo en un sinfín de escenas de acción y devastación. De esta manera, el film ofrece lo que se debería esperar de un espectáculo cinematográfico estival como este, lo que los fans del cine de monstruos suelen pedir (y absurdamente no siempre se les da).

Claro que, precisamente por esto, la película puede resultar excesiva y agotadora para los menos predispuestos. Las secuencias de destrucción y las peleas entre los titanes ocupan gran parte del metraje, y sobre todo en la recta final se vuelven completamente desbordantes y abrumadoras. A pesar de que hay momentos en los que es imposible distinguir qué está ocurriendo en la pantalla y las criaturas digitales no son siempre convincentes (Ghidorah es impresionante, pero Mothra de cerca parece hecha a finales de los 90), la película sobresale en el aspecto técnico y visual, con un acabado general muy sólido. Las batallas entre monstruos son de una épica incontestable y los titanes protagonizan planos de auténtica belleza, destellos de ambición creativa y artística que elevan la película por encima de la típica superproducción de usar y tirar.

La trama, que fusiona los mitos con un mensaje ecológico, es todo lo absurda, confusa y llena de clichés que cabe esperar de una película sobre monstruos míticos del tamaño de rascacielos (no hay que buscarles demasiada lógica, porque no se va a encontrar), pero al menos consigue divertir y mantener el interés, cosa que no se puede decir de la primera entrega, dirigida por Gareth Edwards. El humor no siempre se utiliza con acierto, pero sirve su propósito como alivio de la acción, y los actores hacen el mejor trabajo que se puede pedir de una producción de estas características (Chandler, Farmiga y Brown demuestran que su talento no se enciende o apaga según el proyecto en el que estén). En definitiva, Godzilla: Rey de los monstruos es un espectáculo digno, una película grande y complaciente, que da a su público objetivo todo lo que desea, y más.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: La desaparición de Sidney Hall (y Logan Lerman)

Después de conquistar a todo el mundo interpretando a Charlie en el drama adolescente de culto Las ventajas de ser un marginado (The Perks of Being a Wallflower), Logan Lerman parecía destinado a convertirse en una de las nuevas grandes estrellas de su generación. Sin embargo, no ha sido así. El actor californiano ha hecho pocas películas en los últimos años, y se podría decir que está un poco… desaparecido.

El año pasado, gracias a Sony Pictures Home Entertainment, nos llegó Indignación, opera prima de James Schamus que no pasó previamente por nuestros cines. Y ahora la distribuidora publica en nuestro país el último trabajo inédito hasta ahora de Lerman, en el que además de actuar, ejerce como productor, La desaparición de Sidney Hall (The Vanishing of Sidney Hall). Ambas películas han resultado ser muy complementarias por su carácter de drama generacional, su inclinación literaria y la personalidad brillante y atribulada de su protagonista.

La desaparición de Sidney Hall es el segundo largo de Shawn Christiensen, ganador del Oscar a mejor cortometraje de acción real en 2012 por Curfew. La historia gira en torno a un joven novelista y está narrada de forma no lineal, saltando adelante y atrás en el tiempo para mostrarnos tres etapas clave de su vida: su atormentada adolescencia, su éxito en el mundo editorial tras publicar un best-seller de esos que definen a una generación, y su desaparición tras una serie de problemas y tragedias. Los diferentes episodios están marcados por una enfermedad, su dificultad para gestionar su éxito y sus emociones, y el paso de varias personas que condicionarán su vida, su obra y su futuro: su complicada madre (Michelle Monaghan), un compañero del instituto del que guarda un oscuro secreto (Blake Jenner), el amor de su vida (Elle Fanning) y el detective que le sigue la pista tras desaparecer de la faz de la Tierra (Kyle Chandler).

Para su opera primera, Christiensen ha puesto toda la carne en el asador. La desaparición de Sidney Hall es una película ambiciosa en el apartado narrativo, enrevesada en su estructura y cargada de misterio y giros argumentales que la convierten en un rompecabezas. Aunque el director se esfuerza en atar todos los cabos, el film puede resultar confuso y embarullado, si bien enigmático y envolvente. Christiensen tiene buen gusto para la estética, el encuadre y la fotografía (especialmente a la hora de retratar a Fanning), y sabe cómo crear una atmósfera de suspense y melancolía acorde a la personalidad y el viaje emocional del protagonista.

Lerman, por su parte, hace un buen trabajo en las dos primeras etapas de la vida de Sidney Hall (al verlo sentado frente a su máquina de escribir, es inevitable acordarse de su Charlie), pero no logra resultar convincente como vagabundo treintañero, quizá porque, con 26 años y aparentando menos, aun es lo suficientemente joven como para seguir interpretando adolescentes. O quizá la culpa sea de la horrible barba postiza que lleva en los flash-forwards, haciendo que no podamos tomárnoslo completamente en serio. Se agradece que Lerman asuma riesgos interpretativos, pero todavía no tiene la madurez dramática para según qué papeles.

Aun con todo, La desaparición de Sidney Hall es una película intrigante, el trabajo de un director que posee el entusiasmo artístico y la ambición, pero necesita descargar y pulir su estilo. Lerman, por otro lado, también tiene que ponerse las pilas, elegir mejor sus proyectos y dejarse ver más. Porque no queremos tener que preguntarnos dónde se ha metido dentro de cinco años.

La desaparición de Sidney Hall ya está a la venta en DVD de la mano de Sony Pictures Home Entertainment.

Crítica: Manchester frente al mar

¿Cómo se explica el dolor más profundo? ¿Cómo se sobrevive a él? ¿Cómo se convierte en cine? Kenneth Lonergan (Margaret) responde a estas cuestiones con Manchester frente al mar (Manchester by the Sea), conmovedor drama sobre un hombre roto que nos habla del peso asfixiante del pasado, de los lazos familiares y la necesidad de mirar hacia delante. Una película que, de no ser por el aluvión de premios y nominaciones que le ha caído, habría pasado quizá más desapercibida por su naturaleza quieta y su manera tan seca de afrontar el melodrama. Pero que su enfoque aparentemente desapasionado no os engañe, estamos ante una película que cala muy hondo, que casi sin que nos demos cuenta se mete en los huesos como el peor de los fríos y nos sacude de arriba a abajo.

Manchester frente al mar nos lleva hasta la costa de Massachussets para contarnos la historia de los Chandler, una familia de clase obrera azotada por la tragedia. Tras la muerte de Joe (Kyle Chandler), su hermano menor, Lee (Casey Affleck), regresa al pueblo para gestionar su funeral y hacerse cargo de su sobrino adolescente, Patrick (Lucas Hedges). Ante la posibilidad de convertirse en el tutor legal del chico y dejar su residencia actual en Boston para volver a instalarse en el pueblo, Lee se ve obligado a enfrentarse a un terrible pasado que lo llevó a separarse de su esposa, Randi (Michelle Williams), así como de la comunidad en la que se crió. Allí, Lee debe revivir una vez más el recuerdo más lacerante que uno pueda imaginar, mientras decide la mejor manera de ayudar a su sobrino, ahora que no cuenta con sus padres.

La primera hora de Manchester frente al mar transcurre en los márgenes del costumbrismo. Conocemos a Lee, un hombre atormentado y parco en palabras que sobrevive a duras penas trabajando como conserje y parece deambular por la vida como si estuviera esperando su hora para marcharse. Lo acompañamos en su viaje de regreso al hogar donde creció (uno de los lugares comunes más fértiles del cine independiente), para descubrir hacia la mitad del metraje el hecho que lo cambió, y que lo cambia, todo. Un punto de inflexión que obliga a reevaluar lo visto hasta ese momento, que hace que de repente entendamos el carácter de Lee y apreciemos de forma casi retroactiva la magistral interpretación de Casey Affleck. Es entonces cuando el grito ahogado que recorre toda la película rompe en un alarido insoportable, y las emociones que han estado bullendo bajo su fría fachada empiezan a subir a la superficie.

Pero Lonergan no deja que estas se apoderen del film, sino que se asegura de que sea el espectador quien tenga el control en todo momento de lo que siente con respecto a sus personajes, de lo que este quiere sacar en claro de ellos. Para esto, el director aborda el drama con temple absoluto, llevando a cabo una narración magistralmente sutil, subrayada por un inteligente montaje con el que se construye un brillante relato no lineal. Los actores, por su parte, son el pegamento que une las piezas dispersas en el tiempo. La interpretación contenida y matizada de Affleck es el núcleo emocional de la película, mientras que son Williams y Hedges los que aportan los necesarios momentos de catarsis, estallando en sendas escenas de prodigioso naturalismo que bien justifican sus nominaciones al Oscar (el desgarrador encuentro de Randi con Lee al final, y el derrumbe de Patrick frente al congelador).

Y a pesar de la devastadora tristeza que recorre la película y del sufrimiento que caracteriza a sus protagonistas, Lonergan trata a sus personajes con el cariño y la compasión que necesitan, ayudando a paliar el dolor (suyo y nuestro) con acertadas pinceladas de humor (muchas cortesía de Patrick y su ajetreada vida amorosa) y momentos entrañables (a la hora sobre todo de mostrarnos la preciosa relación entre tío y sobrino), y permitiéndoles ver la luz al final del túnel. Por todo esto, Manchester frente al mar es una película que emociona sin que se le vean las costuras, una de esas historias que nos dicen tanto con tan poco, y que del mismo modo que hacen un angustioso nudo en el estómago, lo liberan con un también sutil mensaje de ánimo y esperanza.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Carol

Rooney Mara Therese

Todd Haynes se ha especializado en historias sobre mujeres en la Norteamérica de la primera mitad del siglo XX. En Lejos del cielo nos contó cómo la vida y el matrimonio de un ama de casa de los 50, Cathy Whitaker (Julianne Moore), se desmoronaba a su alrededor, en un entorno de crecientes tensiones sociales, y en la magnífica miniserie de HBO Mildred Pierce siguió las vicisitudes de una mujer divorciada (Kate Winslet) que trataba de abrirse camino por sí sola en el negocio de la restauración. Con su nuevo film, Carol, Haynes regresa a la década de los 50, la que le ha proporcionado tanto material para dar rienda suelta a su formidable sensibilidad como autor. En esta ocasión se centra en la relación de dos mujeres muy distintas, Therese Belivet (Rooney Mara), una muchacha de veinte años que trabaja en unos grandes almacenes, y Carol Aird (Cate Blanchett), una elegante y adinerada mujer que desea escapar de un matrimonio que ella dio por terminado hace tiempo (no así su marido). Carol incide en algunos de los temas que Haynes ha tratado en obras anteriores (principalmente la liberación de la mujer del yugo del hombre y la sociedad), pero es, por encima de todo, una preciosa historia de amor.

Un amor imposible entre dos mujeres que derriba barreras y sortea innumerables obstáculos para seguir adelante. Haynes relata con suma exquisitez los avatares de Carol y Therese, obligadas en primer lugar a ocultar su relación en una época en la que apenas se concebía algo así, y más tarde, cuando esta sale a la luz, a enfrentarse a las represalias en forma de diagnósticos de perversión o luchas por la custodia del hijo de Carol (cuya capacidad como madre es puesta en entredicho desde que se descubre una infidelidad con su mejor amiga Abby – Sarah Paulson). Ambas mujeres tratan de escapar de sus vidas, apoyándose la una en la otra, plantando cara a la ignorancia y el carácter posesivo de los hombres, particularmente los dos (excelentemente interpretados por Kyle ChandlerJake Lacy) que se niegan a aflojar la correa, porque sus dañados egos masculinos les impiden ver que una mujer no quiera llevar la vida supuestamente perfecta que la sociedad le ha impuesto. La lucha de Carol y Therese es una de dolor y sacrificio, pero también de pasión y refugio, una aventura de la que sacamos en claro la idea de que el amor es la decisión más importante en la vida de una persona, y que no renunciar a la naturaleza propia y aceptarlo, venga en la forma que venga, es la clave para ser libres.

Cate Blanchett Carol

Nada de esto tendría el peso tan grande que tiene en la película de no ser por las arrebatadoras interpretaciones de Blanchett y Mara. La primera mitad de Carol se centra en el inicio de su romance, y lo hace de forma pausada, con una sutilidad quebradiza, haciendo cómplices a los espectadores de esa emocionante primera etapa de descubrimiento, excitación y nudos en el estómago, sensaciones magnificadas por el carácter furtivo del enamoramiento. El trabajo de estas dos actrices es simplemente fascinante, sublime, un auténtico recital de miradas y gestos de pasmosa elocuencia e intensidad que se mantiene hasta el final, cuando la relación ya ha avanzado e, inevitablemente, debe atravesar su gran prueba de fuego. El amor entre Carol y Therese es real, se puede ver, como también se puede sentir el poderoso deseo que hay entre ellas, desde el primer momento en el que cada una posa su mirada en la otra. Blanchett da vida a una mujer sofisticada y muy versada en lo social, una criatura bellísima, de imponente presencia, profundamente sensual y seductora. Su magnética interpretación es más afectada que la de Mara, que aquí incluso se pone por encima de la infalible Blanchett, construyendo un personaje irresistible que fluctúa entre la inocencia más encantadora y la temeridad aventurera, la de una adolescente que dice “sí a todo” y desea amar sin importarle nada ni nadie más. Juntas encienden la pantalla, entregándose por completo a la relación (con tintes maternales por parte de Carol, por cierto) y llevando a cabo un virtuoso trabajo de matices que nos invita a buscarlas en cada ademán, caricia y lágrima contenida o derramada.

Carol es una obra de un tremendo detallismo, tanto a la hora de observar y caracterizar a sus protagonistas (a las que llegamos a conocer a fondo, a pesar de que ni ellas mismas se conocen), como en la puesta en escena. Haynes retrata a sus actrices a través de cristales, encuadra su tristeza y anhelo dentro de ventanas y puertas que resaltan la melancolía que envuelve a la película. A su alrededor, la década de los 50 y el Hollywood dorado cobran vida con una labor de diseño y atrezo impecable: los diners, los moteles, los muebles, el vestuario, los automóviles, los tocadiscos… todo está dispuesto escrupulosamente para evocar el pasado y cubrirlo en un aire etéreo de lirismo y misterio. La fotografía de Edward Lachman (que es demasiado oscura y a veces dificulta la tarea de adentrarse en la película, todo hay que decirlo), y la hermosa partitura del infravalorado Carter Burwell, contribuyen a acrecentar esa sensación de intriga y nos recuerdan que esto es una historia de Patricia Highsmith, en cuya novela homónima se basa la película.

A pesar de que las protagonistas son dos mujeres, el de Carol no dista mucho de otros grandes relatos románticos del cine. Y esto es lo que hace que la película sea tan excepcional. Como Ang Lee con Brokeback Mountain antes que él, y más recientemente Tom Hooper con La chica danesa, Haynes ha usado la plataforma mayoritaria que proporciona Hollywood (los Weinstein concretamente) para contar una historia que avanza la causa LGTBQ. Y lo ha hecho realizando una película de una enorme fuerza y belleza, una obra íntima y erótica, que navega constantemente en la tristeza para dejarnos con un mensaje de esperanza y autoafirmación, y que responde, por encima de todo, al modelo clásico del gran romance cinematográfico americano. El que no busca un público concreto, sino que está hecho para todos.

Valoración: ★★★★½

Friday Night Lights: El eterno atardecer

“Well, you live in Texas now. You love the game of football. You just don’t know it yet” -Eric Taylor

Con los ojos claros pero el corazón lleno me despido de los habitantes de DillonTexas. Durante cinco temporadas, Friday Night Lights se estableció como una de las series más respetadas a la par que ignoradas de la televisión norteamericana. En un panorama en el que la hibridación de géneros es total, el drama hace reír y la comedia toca la fibra sensible, la serie de Peter Berg -basada en su película homónima de 2004, y a su vez en la novela de H.G. Bissinger– podía ser considerada un drama puro. Sin apenas alivio cómico, FNL estaba sumida en una permanente melancolía que servía de perfecta ambientación para una historia sobre un grupo de personas confinadas en una pequeña comunidad de la “América profunda“. El deporte nacional y mayor negocio y pasión de Dillon, el fútbol (americano, se entiende), es el pretexto para hablarnos de unos personajes comprometidos con su tierra, con su causa, y de otros atrapados en un infierno, deseando salir al mundo exterior. La obsesión y el fanatismo por el deporte definen el día a día de los habitantes de Dillon, y representa para unos el sacrificio y la perseverancia, para otros el hastío de vivir, y para la mayoría del pueblo su única realidad, la principal motivación para seguir adelante: la semana se construye alrededor del viernes noche, y la vida es un eterno entrenamiento, es lo que ocurre mientras esperan a que se enciendan las luces del campo.

Desde un comienzo, Friday Night Lights mostró la intención de desafiar las convenciones del género dramático televisivo de la última década. Siempre perfecta en el aspecto técnico, con un estilo documental y cámara en mano, una preciosa iluminación natural y un tono deprimente marcado por la envolvente música de W.G. Snuffy Walden, la serie se dio a conocer con una -excesivamente larga- primera temporada que suponía algo radicalmente distinto a todo lo que se estaba viendo en ese momento. Sin embargo, este ‘drama deportivo‘ no conseguía escapar de los clichés -actores imposiblemente atractivos, adolescentes de 17 años interpretados por jóvenes de 26, y una gran dosis de white people problemsCon el tiempo fue cubriendo todos los temas indispensables del género -embarazos adolescentes, drogas, armas, la alumna que se acuesta con su profesor- pero también supo tocar temas como el racismo, la intolerancia y la segregación social con suma elegancia, osadía y delicadeza. Echando la vista atrás, no importaba tanto que la serie fuera más convencional de lo que queríamos aceptar, porque en el fondo era única en su especie.

Los pilares indiscutibles de Friday Night Lights son Eric y Tami Taylor, probablemente el matrimonio más real(ista) en la historia de la televisión estadounidense. El trabajo interpretativo de Kyle Chandler y Connie Britton les valió el merecido reconocimiento de la Academia (ambos nominados al Emmy, lo ganó él por la última temporada). Su relación está repleta de fisuras, pero ninguna es lo suficientemente grande como para quebrantar el profundo respeto y el gran amor que se profesan. En FNL, fuimos testigos de las discusiones más verosímiles, se nos dejó con el corazón en un puño en infinidad de ocasiones, pero nunca dudamos de la resistencia del matrimonio Taylor. Sus problemas, siempre creíbles, siempre tratados con la mayor naturalidad, provenían de dos flancos principales: el trabajo y la educación de su hija adolescente, Julie (Aimee Teergarden), y enfrentaban su profundo conservadurismo con una gran capacidad de comprensión y aceptación. Eric -el hombre con el peor sentido del humor de la historia- es el entrenador del equipo de fútbol del instituto, primero de los Dillon Panthers y tras una reestructuración financiera y un injusto despido, de los East Dillon Lions. Tami es primero consejera estudiantil (un poco por combustión espontánea), luego directora del instituto, y de nuevo consejera en el nuevo centro en el que trabaja su marido. Este será el conflicto principal que defina la dinámica de la pareja. Ella sacrificando todo por el trabajo de él, y él viviendo por y para su equipo (previo consentimiento y aprobación de las mujeres Taylor). Al final, como hemos visto, el fútbol será lo que condicione cada aspecto de su vida, pero será la familia lo que evite que el buque se hunda por su culpa.

Alrededor de los Taylor y durante cinco años, desfilan por Friday Night Lights un puñado de personajes secundarios que conforman una gran familia y representan los distintos aspectos de la vida en una pequeña comunidad. Las tres primeras temporadas se centran en un equipo de fútbol y un grupo de adolescentes, las dos últimas renuevan el reparto de caras jóvenes debido al cambio de equipo del Coach y a la marcha a la universidad de la mayoría de personajes. Los cambios reflejan además la odisea vivida por la serie, tras cuya segunda temporada (que coincidió con la huelga de guionistas de 2008) peligró su permanencia en televisión. FNL fue finalmente rescatada gracias a un acuerdo de la NBC con DirecTV, que garantizó el regreso de la serie para un tercer año, y la posterior renovación para dos temporadas más.

Sin embargo, los cambios en Friday Night Lights no sucedieron de la manera más fluida. De hecho, si hay algo que se pueda reprochar a la serie es su descuidado manejo de los desarrollos de personajes, pero sobre todo de sus entradas y salidas de la serie. En este sentido, la segunda temporada es la que sale peor parada (muchos achacan el bajón de calidad a la huelga, pero las tramas estaban bien definidas desde mucho antes). El despropósito se adueña de la serie con una historia que involucra a Tyra y Landry en un homicidio, rompiendo así con el tono de la serie y adentrándose en terrenos más culebronescos que rompen bruscamente con el realismo del que se ha hecho gala hasta el momento. Pero lo peor no es eso, sino la introducción de un nuevo personaje, Santiago, para su posterior desaparición con su historia a medias (podríamos argumentar que se reencarnó más adelante en Vince Howard). La segunda temporada se barre debajo de la alfombra y como si no hubiera pasado nada. Friday Night Lights recupera posteriormente el rumbo y realiza tres sólidas temporadas que demuestran que la televisión en abierto se le había quedado pequeña. La tercera es quizás la mejor de las cinco. La siguiente quiere ser una prima lejana de la cuarta temporada de The Wire y el experimento no le sale del todo mal. Con Eric y Tami en el nuevo instituto, la quinta temporada evoca a cosas como Mentes peligrosaspero siempre manteniendo los pies en la tierra, es decir, aproximándose más a La clase. Sin embargo, hasta el final, los personajes siguen entrando y saliendo sin ton ni son. Landry desaparece al comienzo de la quinta temporada para volver al final y no cerrar el personaje de ninguna manera, Epyck es la nueva Santiago, el hijo de Buddy regresa a Dillon y entra a formar parte de los Lions casi sin que nos demos cuenta -como ocurrió con Landry anteriormente, o con Hastings Ruckle, otro personaje que parece que va a tener su historia y luego queda en nada, o con Billy Riggins, que de repente quiere ser entrenador y lo es. En FNL los cambios ocurren de manera muy brusca y sin apenas explicación. “¿Quieres ser entrenador/jugador/directora del instituto?” “Sí” “Pues venga”.

“You know, it’s kind of like this drug. When you get outside of it, you see it for what it really is.
But when you’re in it, it seems like there’s no other possible reality” -Tyra Collette

No obstante, la aparición de personajes de segunda generación no termina por lastrar la serie, gracias a que esta sigue girando en torno a los Taylor y a que no abandona en ningún momento su tema central: el sentimiento de pertenencia o extrañamiento, el vínculo con un lugar, una comunidad, y el lazo con la familia. Como no podía ser de otra manera, el final de la serie presenta a los personajes la oportunidad de dejar todo atrás para ingresar en un nuevo capítulo de sus vidas. Abandonar Dillon y aceptar el cambio como algo necesario e inevitable. Después de cinco años, y a pesar de las inconsistencias de la serie, uno se da cuenta de que se ha involucrado a un nivel emocional muy profundo con estos personajes. Porque son reales, porque su dolor es nuestro. Nos enfurecimos con las injusticias que vivieron, sufrimos con cada pelea como si hubiéramos sido testigos de primera mano, como si hubiéramos estado sentados en el sofá junto a ellos mientras estas ocurrían. Celebramos los triunfos del equipo, compartimos las alegrías familiares, percibimos como absolutamente reales las lágrimas, los abrazos, los besos. Experimentamos la decepción de unos padres con cada traspiés de Julie, y una extraña sensación de furia y energía cuando Coach Taylor gritaba colérico a su equipo. En definitiva, Friday Night Lights se marchó habiendo llevado el melodrama a terrenos nunca antes explorados en la televisión en abierto, y dejando para la posteridad su marca indeleble e inconfundible: los rostros que reflejan el sol de Texas, la luz que se cuela por detrás entre los cabellos rubios, y el viento que llega campo a través y recuerda a estos personajes que hay un mundo más allá de Dillon.