Mi verano de serie (Segunda parte)

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Aquí estoy de nuevo, listo para seguir hablando de mi verano seriéfilo, que ha dado tanto de sí que tuve que dividir este artículo en dos partes para que no se me fuera de las manos. La primera mitad de mis aventuras estivales tumbado en el sofá la podéis leer aquí. ¿La habéis leído ya? Bien, a continuación tenéis la esperada secuela.

Empiezo con una historia de la que ya he hablado en profundidad en el blog, y que he recomendado por activa y por pasiva en mis redes sociales, Man in an Orange Shirt. Se trata de una miniserie de BBC escrita por Patrick Gale, sobre el apasionado romance furtivo entre dos soldados británicos de la Segunda Guerra Mundial (Oliver Jackson-Cohen y James McArdle), y el efecto que causa su relación en la mujer del primero (Vanessa Redgrave). Man in an Orange Shirt está dividida en dos partes, la primera ambientada en el pasado, y la segunda en el Londres actual, donde conocemos al nieto de uno de los soldados (Julian Morris), un joven gay incapaz de abrir su corazón a los demás, que se refugia en el sexo con desconocidos. Como ya me he deshecho en elogios hacia la miniserie, no me quiero repetir, así que os remito a la crítica que escribí recientemente. Solo una cosa: si tenéis la oportunidad de verla, aprovechadla. Tengo la teoría de que cuanta más gente la vea, mejor será el mundo.

Hablando de miniseries de temática LGBTQ que son de interés universal (como debería ser siempre), también he visto When We Rise, ambiciosa ficción de ABC en ocho partes que sigue la estela de American Crime llevando a la cadena del alfabeto por el camino del drama de prestigioWhen We Rise tiene detrás un par de nombres de pedigrí. La serie está producida por los responsables de Mi nombre es Harvey MilkDustin Lance Black y Gus Van Sant (El indomable Will Hunting, Elephant), que además también dirige el primer episodio. When We Rise es una apasionada crónica sobre la lucha por los derechos de la comunidad LGBTQ que abarca más de cuatro décadas. Ahora bien, aunque su temática sea importante y su valor indudable, la serie peca de fría, reconstruyendo notablemente los acontecimientos pero fallando a la hora de conectar emocionalmente, quizá por culpa de un reparto que no parece del todo ubicado (sobre todo Guy Pearce, pero en general todos los actores más conocidos, poco creíbles como las versiones adultas del mucho más eficaz reparto joven). Recomendable para informarse sobre las injusticias vividas y los logros conseguidos por la comunidad, pero poco destacable como pieza dramática.

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La que sí he vivido a todos los niveles es Rectify, una de las mejores series de los últimos años que casi nadie ha visto, y que apenas ha formado parte de la conversación seriéfila, muy injustamente. Este drama de la cadena Sundance nos cuenta la historia de un hombre erróneamente acusado de violar y asesinar a una joven, que tras 17 años encarcelado, regresa a su pueblo, donde ya no se le mira con los mismos ojos. La serie es un soberbio estudio sobre el espíritu humano y la vida en una pequeña comunidad que nos habla de la culpa, el perdón y la búsqueda de la felicidad, y que está a la altura de los mejores dramas televisivos de la historia. Una serie que me arrebató por completo, tanto por sus portentosas interpretaciones (iba a empezar a nombrar a los actores, pero es que todos están increíbles) como por la delicadeza con la que cuenta la historia. Conmovedora, demoledora, tan triste como luminosa, y sobre todo, altamente recomendable.

También he aprovechado este verano para continuar series que empecé no hace mucho, pero dejé aparcadas por falta de tiempo, o porque otros estrenos acapararon mi atención y acabaron desplazándolas. Estoy hablando por ejemplo de American Gods, la adaptación de la novela de Neil Gaiman por parte de Bryan Fuller (Pushing DaisiesHannibal) que emite Starz (en España la tiene Amazon Prime). Terminé hace poco la primera temporada, y aunque cuando la empecé me temí lo peor (Fuller es un gran esteta, pero a veces me parece excesivamente pedante y superficial), me acabó conquistando por completo. Sobre todo a raíz del episodio 4, “Git Gone” (el que cuenta la historia de Laura –Emily Browning), una de las horas más preciosas que he visto este año en televisión. Ese capítulo en concreto es una maravilla, pero el resto de la serie no desmerece. Ambiciosa, provocadora, sensual, loquísima, de imaginación desbordante, de factura impresionante, con Gillian Anderson haciendo de Marilyn, Bowie o Lucille Ball, y sin olvidar a Ian McShane, que está enorme. No se puede pedir más. Ardo en deseos de ver la segunda temporada.

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Otras dos series que empecé cuando se estrenaron, pero dejé en la recámara hasta no hace mucho son The Exorcist TabooSobre la primera ya hablé en su día, después de ver su piloto. No esperaba que un reboot televisivo de una película tan irrepetible (y que tanta huella dejó en mi vida) como El exorcista fuera a satisfacerme tanto. Elegante, bien contada, bien interpretada (Alfonso Herrera es mejor actor de lo que se lo reconocemos, y esta serie es la prueba), y más terrorífica que la mayoría de series (supuestamente) de miedo (la soporífera Outcast, de temática similar, palidece en comparación). Y lo mejor, hacia la mitad de la temporada hay un brillante giro sorpresa en la historia que le da la vuelta a la serie y la convierte en algo distinto a lo que creíamos.

Sobre Taboo, el carísimo drama místico de Tom Hardy, que supuso pérdidas económicas para el actor, solo puedo decir que entra muy bien por los ojos, que está muy bien hecha, pero que, habiendo terminado la primera temporada, no sabría muy bien decir de qué va. Y apuesto lo que sea a que los responsables de la serie tampoco lo tenían muy claro. Confusa, embarullada, poco accesible, pero lo suficientemente hipnótica y atractiva como para haberme quedado hasta el final. Ya veremos si me apunto también a la segunda temporada. Aunque claro, Hardy es mucho Hardy, y va a ser difícil resistirse a sus estúpidamente sensuales gruñidos primitivos.

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Cambiamos de tercio para hablar de tres comedias. Las tres de Netflix. Imagino que os pasará lo mismo, la plataforma ha cogido tal ritmo con los estrenos de sus series originales que es imposible estar al día. “Pero no hay por qué verlas todas”, me diréis algunos. Ya lo sé, creedme que lo sé. Pero eso decídselo a mi yo completista, o a mi yo sin filtro, que por una cosa u otra, casi todas las series de Netflix me atraen (menos Narcos, hasta ahí no llego). A lo que iba. Este verano he seguido con una de mis comedias recientes favoritas, Love, y la segunda temporada me ha parecido incluso mejor que la primera, tan agridulce como la anterior, pero más centrada, más inspirada. He vivido la relación de Gus y Mickey al máximo, casi en primera persona, los buenos momentos (y hay muchos, porque cuando Judd Apatow se pone tierno, optimista y romántico, no hay quien le gane), los malos (Apatow tampoco tiene rival boicoteando la felicidad de sus personajes) y los insoportablemente frustrantes (para los que echamos de menos Girls, esto es droga de la buena). Love merece más reconocimiento del que tiene, y Gillian Jacobs y Paul Rust deberían estar entre los nominados al Emmy este año. Ah, y Bertie es un tesoro, quiero demasiado a Bertie.

Para que no me pase como con Love (y Master of None, cuya segunda temporada aun tengo en la recámara), decidí ver Descolocados (Disjointed) y Atípico (Atypical) nada más estrenarse. La primera tenía un claro (y único) reclamo para mí: Kathy Bates. Pero ni siquiera ella es capaz de hacer que merezca la pena invertir mi (no tan preciado) tiempo en la serie. Descolocados no es más que otra sitcom de la factoría Chuck Lorre, una comedia de risas enlatadas propia de CBS, casposa y sin gracia, que, al estar en Netflix, puede desmarcarse diciendo tacos y salirse con la suya haciendo que toda su historia gire alrededor de la marihuana. Además, tiene la particularidad de que incluye secuencias animadas e interludios en forma de vídeos de YouTube o anuncios televisivos (el product placement es nivel desayunos de Médico de familia) para rellenar su increíble vacío de ideas. Por su (ínfima) calidad, Descolocados es comparable a la lamentable The Ranch, con la diferencia de que en esta se está malgastando trágicamente el talento de Bates. Cada vez tengo más claro que lo de Mom es la excepción que confirma la regla.

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En cuanto a Atípico, voy a pecar de poco original y decir que es bastante… típica. Esta dramedia familiar que bien podría haberse emitido hace 8 años en Showtime o actualmente en ABC (con censura) es la película indie de Sundance que hemos visto en incontables ocasiones. Pero aun así, es difícil no sucumbir a sus muchos encantos. Empezando por su protagonista, Sam (magnífico Keir Gilchrist), un adolescente autista en busca del amor con el que se visibiliza este colectivo de personas poco representadas en televisión, siguiendo por su sentido del humor, entrañable pero nunca demasiado ñoño, y terminando por Jennifer Jason Leigh, que como productora de la serie, se reserva bastante protagonismo, y brilla con otro de sus papelones, una madre sobreprotectora en plena crisis de mediana edad (estará entre las nominadas al Emmy el año que viene con toda seguridad, y será bien merecido). Sin olvidar a los secundarios, un simpático plantel de personajes que complementan perfectamente al protagonista (Brigette Lundy-Paine, la hermana de Sam, es toda una revelación, y el personaje más interesante de la serie). Atípico no inventa nada, es la clásica historia coming-of-age que tanto le gusta contar a los norteamericanos, pero es tan cálida, tan bonita, tan divertida, que le perdono sus defectos (y tiene unos cuantos). Recomendable para los fans de aquella joya injustamente ignorada que fue United States of Tara o películas teen como Las ventajas de ser un marginado.

Sigo en Netflix, pero cambio de tercio para hablaros de una de mis mayores sorpresas del veranoAnne with an E (o simplemente Ana), la nueva adaptación de Ana de las Tejas Verdes, el clásico de Lucy Maud Montgomery. Os cuento, tenía curiosidad, pero tampoco me moría por verla. En mi semana de vacaciones a finales de julio me la puse para desayunar. Y pasó lo que tenía que pasar. De esto que te pones algo pensando que va a ser una serie de planchar (o de tener al fondo mientras comes), y acabas completamente metido, deseando que llegue el desayuno del día siguiente para ver el siguiente capítulo. Me zampé Anne with an E con café, zumo y galletas, y ya la asociaré para siempre a mis desayunos vacacionales. Qué serie más bonita, qué maravilla de casting, qué protagonista más perfecta (Amybeth McNulty es un portento, personifica a la perfección el melodramatismo exagerado, la energía y la ilusión del personaje), qué fresca, qué divertida, qué emotiva, qué bien retrata el paso de la infancia a la adultez… He leído muchas quejas sobre las licencias que se ha tomado con respecto a los libros, pero esto a mí me importa más bien poco. Sin compararla con el original o las versiones anteriores, Anne with an E aguanta muy bien el tipo como serie, y quiero más.

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Más cosas. Ha vuelto Halt and Catch Fire, y al igual que Rectify, se trata de una de las mejores series que no estás viendo. Claro que nunca es tarde si la serie es buena. Si no la veis, dadle una oportunidad. Al principio puede parecer otra copia de Mad Men, pero con el tiempo va afianzándose en su propia identidad para convertirse en uno de los dramas televisivos más satisfactorios del momento. Su cuarta temporada ha empezado subiendo mucho el listón, con los personajes más asentados que nunca, los actores más cómodos y la historia cogiendo un rumbo muy interesante. Otra nueva serie de época que acabo de empezar, esta de estreno más reciente, es The Last Tycoon, drama de Amazon protagonizado por Matt Bomer, Kelsey Grammer, Lily Collins y Rosemarie DeWitt que también se puede describir como otra Mad Men wannabe. Ambientada en el Hollywood de los años 30, The Last Tycoon nos muestra los entresijos de las majors de cine a través de la figura de un productor atribulado, que se queda a años luz de Don Draper, aunque Bomer lo haga realmente bien. Es una serie correcta, con estupendo diseño de producción y vestuario y buenas interpretaciones, pero no destaca especialmente entre tanta oferta de calidad.

Aguantad, que ya queda poco. No hace mucho retomé otra serie que empecé hace eones y dejé parada, pendiente de seguir cuando llegase el momento adecuado. Y ese momento llegó en una noche tonta y sofocante de agosto, cuando decidí que lo que pegaba era ver Spartacus. Concretamente Gods of the Arena, la miniserie precuela que sucedió a la primera temporada. Hacía mucho tiempo que no veía la serie, por eso me sorprendió darme cuenta de lo terrible que es. Un péplum que es pura pornografía, burda, gratuita, casposa, y lo peor, con ínfulas de drama de calidad. ¿La voy a seguir viendo? Claro, a todos nos gusta un poco de porno de vez en cuando.

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Termino con dos asuntos pendientes a los que por fin he hecho frente. A principios de verano empecé a ver RuPaul’s Drag Race, el popular talent show de drag queens que ocupa el 80% de mi timeline de Twitter y Tumblr. Me sentía completamente desplazado sin ver este programa, así que ya era hora de hacer algo al respecto. He visto las dos primeras temporadas, y aunque me queda mucho para estar al nivel de fanatismo de mis contactos (observé desde fuera la locura del Werq the World el otro día), ya siento que pertenezco un poquito más a mi comunidad (la de seriéfilos, la LGBTQ y la del Twitterverse). Y por si os interesa mi opinión: Bebe Sahara Benet me pareció una justa ganadora (aunque también me habría quedado satisfecho si hubiera ganado Nina Flowers) y no tengo favoritas de la segunda edición (no, no soy fan de Raven, lo siento, y Jujubee era la que mejor me caía, pero como drag no me decía nada). Todas unas bichas, como Taylor Swift.

Y me he dejado para el final el mayor asunto pendiente seriéfilo de mi vida: Dawson crece. La serie de Kevin Williamson marcó mi adolescencia, como la de tantos otros, pero dejé de verla en la quinta temporada, y desde entonces (hace 15 años, que se dice pronto) no me había atrevido a ver el final y cerrar ese ciclo de mi vida. Pues bien, la pasada primavera llegó el momento de encararme al pasado para mirar definitivamente al futuro. En lugar de ponerme directamente la sexta, decidí ver la serie entera desde el principio. Qué nostalgia más grande con las dos primeras temporadas (la primera sigue siendo un clásico adolescente con todas las de la ley), cuantísimo me influyó (yo era Dawson, y durante el revisionado me di cuenta de que también era insoportable, como Dawson). La tercera me pareció mucho mejor de lo que recordaba (Dawson descolgando sus pósters de Spielberg me parece uno de los momentos más dramáticos y uno de los puntos de inflexión en un personaje mejor escritos de la historia de la tele). En la cuarta, la serie empezó a decaer si remedio, y las dos últimas temporadas están universalmente consideradas como las peores de la serie.

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Dawson crece es el ejemplo paradigmático de por qué una serie de adolescentes no debería continuar en la universidad. Las temporadas 5 y 6 (en las que la serie debería haberse rebautizado Joey’s Creek) son desesperantes, aburridas, absurdas hasta el paroxismo (Pacey broker de bolsa, con eso lo digo todo), con tramas sin sentido, relaciones insípidas y nuevos personajes que no aportan absolutamente nada. La ausencia de Williamson se nota trágicamente, y por eso se agradece que se ocupe del final, dos capítulos que arreglan en la medida de lo posible el estropicio previo y despiden la serie con una nota muy emotiva, dando más protagonismo al mejor (y más maltratado) personaje de la serie, Jen. He de confesar que no lloré viendo el final (supongo que tragarme la serie en maratón me dejó insensibilizado), pero aun así me pareció un buen desenlace, coherente, lleno de amor hacia sus personajes, y deferencia a la audiencia que tanto tuvo que aguantar. Dawson crece termina como tenía que terminar (y Joey termina con quien tenía que terminar), así que al menos, aunque fuera durante 80 minutos, sentí que no había perdido del todo el tiempo. Lo dicho, ya no tengo asuntos pendientes, ya puedo morir tranquilo.

Y ya puedo dar la bienvenida oficial al otoño. Hasta aquí el repaso a mi verano de series. Como en la primera parte, os animo a que me contéis qué habéis visto vosotros estos últimos meses. Espero que esta vez me hagáis más caso.

Yo veo The Following por el trío

[Esta entrada contiene spoilers de la serie hasta el episodio 9]

O sería más adecuado decir “Yo veía The Following por el trío”. Porque a) ya no existe tal trío, b) probablemente deje de ver la serie porque ha perdido uno de los atractivos más grandes -o el único- que tenía para mí.

Mi relación con esta serie es, por mucho que me cueste reconocerlo, la que uno tiene con un guilty pleasure, en su forma más pura. Hace ya tiempo que dejé de tener placeres culpables. La vida es demasiado corta como para perder el tiempo avergonzándose, o peor aun, justificándose porque te gusta algo que no “debería” gustarte (por ejemplo, estos días no paro de escuchar lo nuevo de Justin Timberlake, a pesar de que Bowie me mira mal por detrás del recuadro blanco de The Next Day). Hacía mucho que no me sentía tan contrariado por disfrutar algo como esta serie (lo de Justin no me preocupa tanto).

Reconozco que con The Following voy un poco a contracorriente. No es una serie popularmente considerada guilty pleasure, porque en general tiene una aceptación bastante buena (me cuesta entenderlo). La culpabilidad proviene exclusivamente de mí mismo, de mi criterio y mis contradicciones. No tuve reparos en poner a parir el piloto aquí. Y sigo reafirmándome en mis palabras. Pero un día, no preguntéis por qué, decidí no hacerme caso y me puse a ver el segundo episodio, a pesar de que había abandonado la serie oficialmente.

Supongo que me quedaba un resquicio de curiosidad por saber qué harían después de un piloto con un argumento tan cerrado. Pensé “quizás lo que venga ahora sea una serie distinta, es más, debe serlo”. Pues bien, el segundo episodio me sorprendió gratamente. Seguía reconociendo a un Kevin Williamson anclado en el pasado y en los clichés del thriller de asesinos en serie. Pero había algo más. Un trío. La investigación del agente más torpe y poco profesional de la historia de la televisión, Ryan Hardy (Kevin Bacon), me importaba más bien poco. Pero Jacob, Paul y Emma eran reclamo suficiente como para darle otra oportunidad a la serie, y aguantar lo que menos me gustaba de ella. Porque lo que más me gustaba, ellos tres, me gustaba mucho.

De Truffaut a Araki, pasando por Bertolucci, Honoré o el español Salvador García Ruiz, el trío (que no exactamente triángulo) amoroso ha sido siempre uno de los recursos argumentales  más interesantes y desafiantes dentro del drama o la comedia romántica (normalmente de la más marginal). Como es lógico, tres personas multiplican las aristas de una historia de amor. La pasión, la aventura, y también el miedo y la fatalidad, se magnifican considerablemente. Sin embargo, este tipo de relatos suelen estar caracterizados desde su concepción por la idea de que tarde o temprano acabarán mal. Y eso es precisamente lo que ha ocurrido esta semana en The Following.

Williamson ha demostrado una cosa con su nueva serie: no le falta riesgo y compromiso con su creación. Va a por todas (o eso parece). El creador de Dawson crece ha sabido impactar a la audiencia, y no solo a base de violencia (de la más gráfica que hemos visto nunca en una cadena generalista), sino con las cuestiones morales que plantea a través del gran número de psicópatas que siguen a Joe Carroll, y el tratamiento ultra-romántico (la culpa la tiene Poe) con el que se aproxima a todos ellos. Hasta ahora eran Emma, Paul y Jacob los followers que más conocíamos. Se nos dejó entrar en su casa, en su alcoba, y se nos permitió echar un vistazo dentro de sus retorcidas y dañadas mentes.

Un hombre y una mujer hetero y un hombre gay. Nico TortorellaValorie Curry Adan Canto, dos guapos imposiblemente guapos y una mujer con pinta de niño de 11 años. Sí, algo perturbador. Paul está enamorado de Jacob. Jacob quiere a Emma, pero después de hacerse pasar por la pareja de Paul durante dos años, ha empezado a sentir algo por él. Emma los quiere a los dos, o más bien quiere controlarlos, dominarlos. Es una relación compleja, pero todo se soluciona en la ducha, y más tarde en la cama. Aunque sea solo el sueño de una noche de verano. A lo largo de los episodios no han faltado escenas sugerentes y alguna que otra más explícita de lo habitual en una network.

Por no hablar del subtexto, claro. La tensión sexual entre Jacob y Paul nos ha dado buenos momentos cargados de erotismo furtivo. “No creo que debas usar el cuchillo grande. Es tu primera vez, y probablemente tus puñaladas serán… indecisas. Mejor algo más pequeño y afilado, como esto” (Paul a Jacob). Los paralelismos entre la sexualidad de Jacob y su primera vez matando a una persona han sido constantes. Y mientras Emma se ha ido alejando de los dos para acercarse a su líder, Paul y Jacob se han apoyado el uno en el otro. Y las miradas entre ellos han sido cada vez más elocuentes. Tras la marcha de Emma, el trío se ha convertido pareja (es un decir), y en “Love Hurts”, esta apasionante historia de amor da sus últimos coletazos. Con la muerte de Paul a manos de Jacob (tranquilo, Williamson, no se nos escapa la ironía ni la poesía del asunto) se cierra un capítulo en The Following que debería haber durado mucho más. Hemos sido voyeurs de excepción de este trenzado romance entre psicópatas, y aunque se haya acobardado y no haya llegado hasta las últimas consecuencias -¡¿por qué un beso en la frente, Jacob?!- se agradece que haya existido.

Y ahora me encuentro en una disyuntiva. Jacob sigue vivo (Emma también), y la semilla de la duda ya ha sido plantada en él, por lo que me interesa conocer la evolución del personaje a partir de ahora. Sin embargo, sigo sin conectar con la gran meta-historia de The Following (mucho menos con el triángulo Joe-Claire-Ryan), y me pregunto hasta cuándo podrá seguir estirándose. A pesar de los muchos peros que le pongo, la serie ha sabido proporcionarme algunos momentos de tensión al más puro estilo Scream, y no puedo negar que, casi sin darme cuenta -y es más, oponiendo mucha resistencia- he acabado enganchándome. Y esa es la palabra clave. Si no estoy seguro de si quiero cumplir o romper la promesa de dejar la serie en el momento en el que el trío desapareciese, será por algo. Venga, un capítulo más…

The Following: el folletín de Kevin Williamson

Agujero de gusano hacia los 90. Kevin Williamson, el que fuera creador de Dawson crece y guionista de la saga Scream, tiene nueva serie, y esta vez se aleja de los dramas sobrenaturales protagonizados por adolescentes como la exitosa Crónicas vampíricas o la malograda The Secret Circle. Con The Following, Williamson da un paso más en su carrera, en busca de un reconocimiento más amplio y una audiencia más heterogénea. ¿Y cómo lo hace? Básicamente escribiendo lo mismo de siempre, igual que siempre. The Following nos devuelve la obsesión noventera por los asesinos en serie en la línea de Se7en (David Fincher, 1995). Un detective en horas bajas y un criminal al que se trata como si fuera un genio, una gran estrella. La clásica batalla de egos, el juego del gato y el ratón. El agente, Ryan Hardy, es Kevin Bacon en su primer papel como protagonista de una serie de televisión. El asesino, Joe Carroll, está interpretado por James Purefoy (Roma). El piloto de The Following funciona, quizás demasiado evidentemente, como exposición de la premisa de la serie. Una pieza casi independiente que se encarga de despachar rápidamente los acontecimientos a modo de prólogo para dar paso a lo que corre el riesgo de ser una serie policíaca al uso.

El principal problema de The Following es el mayor defecto de Williamson como guionista: cree ser mucho más inteligente y astuto de lo que en realidad es. El piloto nos introduce en la mente del asesino, un admirado ex profesor de literatura de la universidad que, influenciado por Edgar Allan Poe y su concepción de la muerte vinculada a la belleza, comienza a matar. Carroll ejecuta sus crímenes como si fueran obras de arte (“la locura como arte”, que diría Poe), y siguen una línea de coherencia interna y referencias a la obra en la que se inspira que funcionan como pistas para la policía. ¿Puede haber algo más manido? Claro que sí: la tensión entre dos policías asignados a un caso, un libro sobre el asesino escrito por el agente que lo capturó, mensajes escritos en la pared con sangre (“Nevermore“, para más inri), etc. La investigación llevada a cabo por Hardy y sus colegas sirve para recomponer la psique de este supuestamente genial asesino, y lo hace a base de sobre-explicación y la repetición del nombre de Poe hasta la extenuación -18 meses le llevó al pobre Hardy resolver el caso, y ahora quiere dejar claro que es el mayor experto en la materia. En este sentido, The Following encaja a la perfección en el género procedimental de investigaciones criminales, en el que la exposición de los acontecimientos se ejecuta a través de diálogos clónicos, la reiteración de teorías, y absolutamente nada se deja a la imaginación del espectador. Teniendo en cuenta que The Following está en Fox, no sé por qué esperaba algo distinto.

No debería sorprender tampoco la forma y fondo del piloto de The Following, conociendo la mente del perpetrador. Estamos ante un producto 100% Williamson. El productor y guionista repite esquemas, recursos narrativos y visuales, y hasta se autoplagia. La deuda de The Following a Scream es obvia. Sobresaltos al aparecer un personaje de la nada (con el necesario golpe musical), esa puerta del garaje que se eleva para desvelar a una víctima del asesino (sentada en una silla, además), víctimas rubias, hermandades, un gusto por el gore light (la violencia en The Following es más gráfica de lo habitual en una network), y por supuesto, el imprescindible componente meta, sin el que Williamson no sabría ni por dónde empezar. La última conversación entre Hardy y Carroll en prisión es una reelaboración de cualquiera de las escenas finales de la saga Scream. El asesino escribiendo su historia y utilizando a los demás como títeres en su macabro teatro de muerte y psicología barata. Sin embargo, lo verdaderamente interesante de The Following es la idea que plantea Carroll en esta conversación, y que ya se exploró en Scream 4 sin Williamson: hay un poderoso culto al asesino ahí fuera que está dispuesto a seguirlo hasta el final. Y puesto que esto es lo que veremos con toda seguridad en los próximos episodios, cabe la remota posibilidad de que The Following sea un caso de “no juzgues una serie por su piloto”. Solo espero que Williamson deje escribir a los demás.