Crítica: Black Mass (Estrictamente criminal)

BLACK MASS

Sur de Boston, años 70. El agente del FBI John Connolly (Joel Edgerton) tiene un plan para acabar con la mafia italiana del lugar: contar con la estimable colaboración de James ‘Whitey’ Bulger (Johnny Depp), miembro de la mafia irlandesa que accede a convertirse en informante de Connolly para eliminar a su enemigo común. La alianza entre los federales y el mafioso se intensifica hasta volverse incontrolable, desencadenando la violencia y el crimen en la ciudad, arrastrando familias (de agentes y criminales) y convirtiendo a Whitey en el mayor capo de la zona, uno de los gángsters más salvajes y poderosos de la historia de Boston.

Con Black Mass, Scott Cooper (Corazón rebelde, Out of the Furnace) lleva el thriller clásico de mafiosos hacia un terreno más moderno sin sacrificar las características que lo definen. Cooper construye un drama elegante de diálogos impecables en el que, en lugar de imitar u homenajear el cine gángsters de los 90, conduce el género por un camino más estilizado y contemporáneo (el score de Junkie XL le da impulso en este sentido), recordando más a David Fincher que a Martin Scorsese. Los guionistas Mark Mallouk y Jez Butterworth (Al filo del mañana) optan por una mayor transparencia narrativa a la hora de contar la leyenda de Whitey Bulger, empleando el recurso del testimonio en flashforward a la policía para desgranar el relato de forma cronológica. Una opción que, lejos de simplificar el discurso o subestimar al espectador, le hace partícipe más directo de la historia y le permite seguirla con una claridad que no suele formar parte del cine sobre crimen organizado. Una muestra de que se puede hacer cine negro para un público más amplio.

Black MassPara tener poca experiencia tras las cámaras, Cooper dirige con el pulso y la confianza de un veterano, manteniendo una homogeneidad considerable tanto en el tono como en la atmósfera de la película. Black Mass es un trabajo gris, de gran intensidad, un film en el que la violencia te hipnotiza y los actores te sacuden. Y es que su apartado interpretativo es impecable. Cooper cuenta con un envidiable reparto de rostros conocidos secundando a los protagonistas: Benedict Cumberbatch demuestra una vez más su enorme versatilidad adoptando acento bostoniano para dar vida al hermano de Whitey (aunque, como de costumbre, roza la imitación, y por tanto la caricatura). Kevin Bacon y el ubicuo Corey Stoll no se dejan ver mucho, pero cumplen de sobra (a Stoll siempre es un placer verlo, y más si te lo encuentras de sorpresa, que es algo muy habitual). Peter Sarsgaard y Jesse Plemons desatan su excentricidad con dos secundarios memorables. Los personajes femeninos tienen poco peso en la historia, pero Dakota Johnson, Julianne Nicholson y Juno Temple se encargan de sacarle el máximo partido a su tiempo en pantalla, protagonizando algunas de las escenas más potentes e impactantes (la visita de Whitey al cuarto de la mujer de Connolly pone los pelos de punta). Y Rory Cochrane ofrece un magnífico y sutil recital de emociones, dejándonos los mejores primeros planos del film.

Por último, Depp se redime de los recientes pasos en falso de su carrera con un sorprendente y magnético trabajo en el que podemos ver cómo se va deshaciendo de sus tics para humanizar al personaje de forma ejemplar. Claro que, mientras el actor de Eduardo Manostijeras y sus intimidantes ojos claros de pupilas dilatadas se llevan toda la atención (como si estuviéramos contemplando a un Jack Nicholson más esforzado), es Edgerton quien aguanta estoicamente el peso de la historia, demostrando un talento que Hollywood no está sabiendo aprovechar. La interesante relación entre White y Connolly es el eje que vertebra Black Mass, y por suerte, Edgerton y Depp son los instrumentos mejor afinados de la película.

Valoración: ★★★½

Yo veo The Following por el trío

[Esta entrada contiene spoilers de la serie hasta el episodio 9]

O sería más adecuado decir “Yo veía The Following por el trío”. Porque a) ya no existe tal trío, b) probablemente deje de ver la serie porque ha perdido uno de los atractivos más grandes -o el único- que tenía para mí.

Mi relación con esta serie es, por mucho que me cueste reconocerlo, la que uno tiene con un guilty pleasure, en su forma más pura. Hace ya tiempo que dejé de tener placeres culpables. La vida es demasiado corta como para perder el tiempo avergonzándose, o peor aun, justificándose porque te gusta algo que no “debería” gustarte (por ejemplo, estos días no paro de escuchar lo nuevo de Justin Timberlake, a pesar de que Bowie me mira mal por detrás del recuadro blanco de The Next Day). Hacía mucho que no me sentía tan contrariado por disfrutar algo como esta serie (lo de Justin no me preocupa tanto).

Reconozco que con The Following voy un poco a contracorriente. No es una serie popularmente considerada guilty pleasure, porque en general tiene una aceptación bastante buena (me cuesta entenderlo). La culpabilidad proviene exclusivamente de mí mismo, de mi criterio y mis contradicciones. No tuve reparos en poner a parir el piloto aquí. Y sigo reafirmándome en mis palabras. Pero un día, no preguntéis por qué, decidí no hacerme caso y me puse a ver el segundo episodio, a pesar de que había abandonado la serie oficialmente.

Supongo que me quedaba un resquicio de curiosidad por saber qué harían después de un piloto con un argumento tan cerrado. Pensé “quizás lo que venga ahora sea una serie distinta, es más, debe serlo”. Pues bien, el segundo episodio me sorprendió gratamente. Seguía reconociendo a un Kevin Williamson anclado en el pasado y en los clichés del thriller de asesinos en serie. Pero había algo más. Un trío. La investigación del agente más torpe y poco profesional de la historia de la televisión, Ryan Hardy (Kevin Bacon), me importaba más bien poco. Pero Jacob, Paul y Emma eran reclamo suficiente como para darle otra oportunidad a la serie, y aguantar lo que menos me gustaba de ella. Porque lo que más me gustaba, ellos tres, me gustaba mucho.

De Truffaut a Araki, pasando por Bertolucci, Honoré o el español Salvador García Ruiz, el trío (que no exactamente triángulo) amoroso ha sido siempre uno de los recursos argumentales  más interesantes y desafiantes dentro del drama o la comedia romántica (normalmente de la más marginal). Como es lógico, tres personas multiplican las aristas de una historia de amor. La pasión, la aventura, y también el miedo y la fatalidad, se magnifican considerablemente. Sin embargo, este tipo de relatos suelen estar caracterizados desde su concepción por la idea de que tarde o temprano acabarán mal. Y eso es precisamente lo que ha ocurrido esta semana en The Following.

Williamson ha demostrado una cosa con su nueva serie: no le falta riesgo y compromiso con su creación. Va a por todas (o eso parece). El creador de Dawson crece ha sabido impactar a la audiencia, y no solo a base de violencia (de la más gráfica que hemos visto nunca en una cadena generalista), sino con las cuestiones morales que plantea a través del gran número de psicópatas que siguen a Joe Carroll, y el tratamiento ultra-romántico (la culpa la tiene Poe) con el que se aproxima a todos ellos. Hasta ahora eran Emma, Paul y Jacob los followers que más conocíamos. Se nos dejó entrar en su casa, en su alcoba, y se nos permitió echar un vistazo dentro de sus retorcidas y dañadas mentes.

Un hombre y una mujer hetero y un hombre gay. Nico TortorellaValorie Curry Adan Canto, dos guapos imposiblemente guapos y una mujer con pinta de niño de 11 años. Sí, algo perturbador. Paul está enamorado de Jacob. Jacob quiere a Emma, pero después de hacerse pasar por la pareja de Paul durante dos años, ha empezado a sentir algo por él. Emma los quiere a los dos, o más bien quiere controlarlos, dominarlos. Es una relación compleja, pero todo se soluciona en la ducha, y más tarde en la cama. Aunque sea solo el sueño de una noche de verano. A lo largo de los episodios no han faltado escenas sugerentes y alguna que otra más explícita de lo habitual en una network.

Por no hablar del subtexto, claro. La tensión sexual entre Jacob y Paul nos ha dado buenos momentos cargados de erotismo furtivo. “No creo que debas usar el cuchillo grande. Es tu primera vez, y probablemente tus puñaladas serán… indecisas. Mejor algo más pequeño y afilado, como esto” (Paul a Jacob). Los paralelismos entre la sexualidad de Jacob y su primera vez matando a una persona han sido constantes. Y mientras Emma se ha ido alejando de los dos para acercarse a su líder, Paul y Jacob se han apoyado el uno en el otro. Y las miradas entre ellos han sido cada vez más elocuentes. Tras la marcha de Emma, el trío se ha convertido pareja (es un decir), y en “Love Hurts”, esta apasionante historia de amor da sus últimos coletazos. Con la muerte de Paul a manos de Jacob (tranquilo, Williamson, no se nos escapa la ironía ni la poesía del asunto) se cierra un capítulo en The Following que debería haber durado mucho más. Hemos sido voyeurs de excepción de este trenzado romance entre psicópatas, y aunque se haya acobardado y no haya llegado hasta las últimas consecuencias -¡¿por qué un beso en la frente, Jacob?!- se agradece que haya existido.

Y ahora me encuentro en una disyuntiva. Jacob sigue vivo (Emma también), y la semilla de la duda ya ha sido plantada en él, por lo que me interesa conocer la evolución del personaje a partir de ahora. Sin embargo, sigo sin conectar con la gran meta-historia de The Following (mucho menos con el triángulo Joe-Claire-Ryan), y me pregunto hasta cuándo podrá seguir estirándose. A pesar de los muchos peros que le pongo, la serie ha sabido proporcionarme algunos momentos de tensión al más puro estilo Scream, y no puedo negar que, casi sin darme cuenta -y es más, oponiendo mucha resistencia- he acabado enganchándome. Y esa es la palabra clave. Si no estoy seguro de si quiero cumplir o romper la promesa de dejar la serie en el momento en el que el trío desapareciese, será por algo. Venga, un capítulo más…

The Following: el folletín de Kevin Williamson

Agujero de gusano hacia los 90. Kevin Williamson, el que fuera creador de Dawson crece y guionista de la saga Scream, tiene nueva serie, y esta vez se aleja de los dramas sobrenaturales protagonizados por adolescentes como la exitosa Crónicas vampíricas o la malograda The Secret Circle. Con The Following, Williamson da un paso más en su carrera, en busca de un reconocimiento más amplio y una audiencia más heterogénea. ¿Y cómo lo hace? Básicamente escribiendo lo mismo de siempre, igual que siempre. The Following nos devuelve la obsesión noventera por los asesinos en serie en la línea de Se7en (David Fincher, 1995). Un detective en horas bajas y un criminal al que se trata como si fuera un genio, una gran estrella. La clásica batalla de egos, el juego del gato y el ratón. El agente, Ryan Hardy, es Kevin Bacon en su primer papel como protagonista de una serie de televisión. El asesino, Joe Carroll, está interpretado por James Purefoy (Roma). El piloto de The Following funciona, quizás demasiado evidentemente, como exposición de la premisa de la serie. Una pieza casi independiente que se encarga de despachar rápidamente los acontecimientos a modo de prólogo para dar paso a lo que corre el riesgo de ser una serie policíaca al uso.

El principal problema de The Following es el mayor defecto de Williamson como guionista: cree ser mucho más inteligente y astuto de lo que en realidad es. El piloto nos introduce en la mente del asesino, un admirado ex profesor de literatura de la universidad que, influenciado por Edgar Allan Poe y su concepción de la muerte vinculada a la belleza, comienza a matar. Carroll ejecuta sus crímenes como si fueran obras de arte (“la locura como arte”, que diría Poe), y siguen una línea de coherencia interna y referencias a la obra en la que se inspira que funcionan como pistas para la policía. ¿Puede haber algo más manido? Claro que sí: la tensión entre dos policías asignados a un caso, un libro sobre el asesino escrito por el agente que lo capturó, mensajes escritos en la pared con sangre (“Nevermore“, para más inri), etc. La investigación llevada a cabo por Hardy y sus colegas sirve para recomponer la psique de este supuestamente genial asesino, y lo hace a base de sobre-explicación y la repetición del nombre de Poe hasta la extenuación -18 meses le llevó al pobre Hardy resolver el caso, y ahora quiere dejar claro que es el mayor experto en la materia. En este sentido, The Following encaja a la perfección en el género procedimental de investigaciones criminales, en el que la exposición de los acontecimientos se ejecuta a través de diálogos clónicos, la reiteración de teorías, y absolutamente nada se deja a la imaginación del espectador. Teniendo en cuenta que The Following está en Fox, no sé por qué esperaba algo distinto.

No debería sorprender tampoco la forma y fondo del piloto de The Following, conociendo la mente del perpetrador. Estamos ante un producto 100% Williamson. El productor y guionista repite esquemas, recursos narrativos y visuales, y hasta se autoplagia. La deuda de The Following a Scream es obvia. Sobresaltos al aparecer un personaje de la nada (con el necesario golpe musical), esa puerta del garaje que se eleva para desvelar a una víctima del asesino (sentada en una silla, además), víctimas rubias, hermandades, un gusto por el gore light (la violencia en The Following es más gráfica de lo habitual en una network), y por supuesto, el imprescindible componente meta, sin el que Williamson no sabría ni por dónde empezar. La última conversación entre Hardy y Carroll en prisión es una reelaboración de cualquiera de las escenas finales de la saga Scream. El asesino escribiendo su historia y utilizando a los demás como títeres en su macabro teatro de muerte y psicología barata. Sin embargo, lo verdaderamente interesante de The Following es la idea que plantea Carroll en esta conversación, y que ya se exploró en Scream 4 sin Williamson: hay un poderoso culto al asesino ahí fuera que está dispuesto a seguirlo hasta el final. Y puesto que esto es lo que veremos con toda seguridad en los próximos episodios, cabe la remota posibilidad de que The Following sea un caso de “no juzgues una serie por su piloto”. Solo espero que Williamson deje escribir a los demás.