Crítica: Dunkerque

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A lo largo de los años, el cine de Christopher Nolan ha generado algo más que un culto, ha creado una religión. El nolanismo existe, y no hay que darlo por sentado, porque tiene una fuerza arrolladora, como se suele comprobar en la taquilla, y en los incesantes debates que suscitan su figura y su trabajo. Desde su película revelación, Memento (2000), el director británico se ha visto catapultado hacia lo más alto de Hollywood, gracias a su particular maridaje entre cine de autor y superproducción, lo que para muchos ha supuesto la dignificación definitiva del blockbuster. Hasta ahora, sus películas han transcurrido en el terreno de la fantasía, la ciencia ficción o el cine de superhéroes, pero con su nueva obra, Dunkerque (Dunkirk), Nolan se adentra por primera vez en el género bélico. Es la prueba de fuego que puede consagrarlo definitivamente como sucesor del ecléctico y siempre magistral Stanley Kubrick, con el que ha sido comparado en muchas ocasiones.

A partir de un guion escrito por el propio Nolan, Dunkerque es la recreación de uno de los episodios históricos más escalofriantes del siglo XX, la evacuación de más de 300.000 soldados británicos y aliados que quedaron atrapados en las playas de Dunkerque (Francia) ante el avance de las tropas nazis en el país galo a finales de mayo de 1940. Mientras los soldados hacían lo posible por sobrevivir a los continuos ataques del enemigo, desde Gran Bretaña partían hacia Dunkerque todo tipo de embarcaciones inglesas, muchas de ciudadanos privados, con el objetivo de rescatar a sus compatriotas y llevarlos de vuelta a casa. Con Dunkerque, Nolan realiza su película más depurada y minimalista hasta la fecha sin perder su cualidad épica, pero no sería él si no añadiese un toque narrativo que la hiciera destacar entre las demás. La historia está contada desde tres puntos de vista distintos (tierra, mar y aire), y estas tramas no transcurren de forma simultánea, sino que van dando saltos atrás y adelante en el tiempo para mostrarnos los acontecimientos desde diferentes perspectivas, entrelazándose y estrechándose cronológicamente hasta converger en el clímax. Aunque al principio la narración no lineal pueda resultar confusa o efectista, la planificación, el guion y el soberbio montaje de la película convierten este “truco” en un arma bien calibrada para crear tensión, facilitar los giros argumentales, y ofrecer en última instancia un relato muy completo.

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La película, filmada en localizaciones reales utilizando una combinación de IMAX y 65 mm, requiere ser vista en las mejores condiciones posibles. Dunkerque es una obra extraordinaria en el apartado técnico, visual y sonoro, con una fotografía bellísima, una producción artística que aporta gran realismo a la recreación histórica, efectos digitales y prácticos en los que no se ven las costuras, y un diseño de sonido apabullante y atronador, esencial para crear la experiencia envolvente que Nolan propone. Desde su primera secuencia, Dunkerque te arroja en el centro de la acción, se mete directa en las entrañas y no da tregua durante los (agradecidos) 106 minutos que dura, haciendo que sintamos en nuestra piel cada disparo y cada estallido alrededor de Tommy (Fionn Whitehead), el joven soldado que protagoniza la sección terrestre del film y se alza como personaje principal de la historia. Los portentosos planos y movimientos de cámara de Nolan favorecen la inmersión del espectador, con la idea de que este viva junto a los personajes el horror de la guerra en primera persona.

Mención aparte merece la banda sonora de Hans Zimmer, un score igualmente visceral y de enorme precisión que acompaña a las potentes imágenes en un excelente ejercicio de sincronización, subrayando la tensión hasta hacerla insoportable, y acentuando la desesperación de los protagonistas con el continuo tic tac de un reloj, sonido enervante que se acaba metiendo en los huesos. Tampoco podemos obviar el trabajo del reparto, aunque en este caso las interpretaciones más bien se fundan en la maquinaria nolaniana, como piezas del engranaje tan esenciales como la cámara o el sonido. El recién legado Fionn Whitehead transmite a la perfección la angustia y desorientación de su personaje mientras intenta escapar del infierno, la estrella del pop Harry Styles sorprende dando la talla holgadamente en su primer papel cinematográfico, un personaje con más peso y entidad de lo esperado, y los veteranos Mark Rylance y Kenneth Branagh aportan aplomo y distinción. Tom Hardy, por su parte, lleva a cabo un trabajo eficaz a pesar de pasarse todo el metraje detrás de los mandos de su avioneta y con la cara medio tapada (la catarsis de su escena final es uno de los momentos más destacados del film), y Cillian Murphy protagoniza una de las tramas más pequeñas, pero también más impactantes y conmovedoras. Juntos componen un poderoso fresco sobre la fortaleza del espíritu humano que se aleja de las convenciones del género y el tributo hagiográfico para dar lugar a una película de guerra diferente.

Si se le puede reprochar algo a Nolan es el hecho de que su meticulosidad y perfeccionismo pueden traducirse en frialdad durante algunos tramos de la película. Dunkerque es un triunfo cinematográfico se mire por donde se mire, pero en ocasiones, su academicismo impide llegar realmente al fondo de los personajes, de su humanidad. La cinta se desarrolla con muy pocos diálogos entre ellos, un silencio aterrorizado entre el ruido ensordecedor de la guerra que dice mucho sin apenas pronunciar palabra, y asimismo, un respiro de la tendencia de Nolan a retorcer y sobreexplicar todo (afortunadamente, aquí confía más en la inteligencia del espectador). Ahora bien, el director no puede evitar incluir varias líneas al final para articular las ideas que vertebran la película y definen a los personajes, frases efectivas (o efectistas) que tienen indudable fuerza, pero que pueden antojarse algo obvias, y acaban sacando conclusiones por el espectador.

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Es un inconveniente que no empaña en ningún caso la experiencia, una de las más intensas que se pueden vivir en una sala de cine. Dunkerque es un espectáculo cinematográfico realizado con increíble atención al detalle e incontestable prodigio técnico, una película impresionante, que conmociona con sus brutales imágenes bélicas, sin recurrir en ningún momento a la violencia gratuita o la pornografía, ni caer en los tópicos del género, que deja sin aliento ante sus planos aéreos y sus secuencias en el mar, en las que la tensión alcanza cotas insoportables. A pesar de distanciarse considerablemente de lo que ha hecho hasta ahora, Dunkerque supone el perfeccionamiento del estilo de Nolan, caracterizado por la experimentación en el montaje, el sonido y la estructura narrativa. Pero también es una de sus películas más humanistas, un descarnado y esperanzador homenaje a los héroes de guerra del siglo pasado, no solo a los que ganaron, sino también a los que lo único que hicieron fue sobrevivir, y a aquellos que les ayudaron a hacerlo.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: Cenicienta

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Con las adaptaciones en acción real de sus clásicos animados, Disney ha encontrado su nueva gallina de los huevos de oro, y a pesar de que hace un año parecía que el género empezaba a recular, asumámoslo, tenemos cuentos de hadas para rato. Tras los más recientes taquillazos de la casa de Mickey Mouse, el panorama hollywoodiense de los próximos cinco años se presenta gobernado por los superhéroes y las princesas. La originalidad brilla por su ausencia, las películas no solo son adaptaciones de historias hiper-conocidas, sino que se parecen cada vez más entre sí, pero las cifras de taquilla indican que esto es lo que quiere el público, y lo que dice el público va a misa. Al menos hasta que el público se canse (o hasta que el tiempo demuestre que no se trata de modas pasajeras, sino del nuevo estado del cine comercial moderno; lo que ocurra antes).

Después de la decepcionante Maléfica, Disney recurre a uno de sus clásicos más insípidos para insuflarle nueva vida y color, Cenicienta. La principal diferencia de ésta con la película protagonizada por Angelina Jolie es que Cenicienta es una adaptación considerablemente fiel del cuento original, tal y como lo presentó Walt Disney en 1950. Hay cambios, algunos más sustanciales que otros -el más importante es que en esta ocasión el relato se inicia en la infancia de Cenicienta, por lo que el espectador conoce a Ella, es testigo de su tragedia personal, y asiste a su transformación en “Cinder-Ella”- pero más allá de eso, estamos ante la misma historia de siempre (ratones incluidos). Y esto, paradójicamente, supone cierta transgresión. Me explico.

Disney (y el resto de compañías que producen cine “para toda la familia”) se ha dedicado en los últimos años a derribar o reconfigurar estereotipos, entre otras cosas presentando personajes femeninos más fuertes, mujeres capaces de alcanzar la felicidad sin depender de un hombre. Así, en este mundo de princesas Disney contemporáneas se hace especialmente raro que la nueva Cenicienta no sea tan “nueva”, que no se enfunde una armadura como la Alicia de Burton o deje a un lado el amor romántico como Merida o Elsa. Pero que esto no nos engañe, la Ella de Kenneth Branagh (director) y Chris Weitz (guionista) no es una princesa pasiva que solo existe en relación a su príncipe. A base de detalles muy sutiles, Cenicienta es un personaje más resuelto y perseverante, toma decisiones propias, y a pesar de sus circunstancias, logra mantener cierto control sobre su vida y su destino.

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Todo sin sacrificar su delicadeza, su gracilidad o su idealismo romántico, es más convirtiendo estos atributos en síntomas de entereza y humanidad en lugar de fragilidad. Porque la princesa no empuñe una espada, no quiere decir que estemos ante una película anti-feminista, todo lo contrario. Con esta nueva Cenicienta se nos presenta otro tipo de heroína feminista: la que decide luchar contra las adversidades con optimismo, bondad y perdón, virtudes propias de una persona valiente, tal y como el machacón lema de la película nos recuerda en todo momento. La que se enamora y anhela el “…y vivieron felices y comieron felices” con su príncipe azul (porque no tiene nada de malo querer encontrar el amor), sabiendo que no es lo más importante, ni la única manera de hallar la felicidad. Es decir, una princesa de las de siempre convertida en un personaje moderno sin apenas alterar su esencia.

El otro gran cambio de la cinta de Branagh con respecto al clásico del 50 es que ahora la película tiene personalidad, tal y como demuestran sus personajes. Desde Cenicienta, interpretada con encanto y afinación absoluta por Lily James, hasta el príncipe (Richard Madden aportando humanidad y humor a un personaje tradicionalmente plano), pasando por el Hada Madrina (Helena Bonham Carter, al contrario que Johnny Depp, sigue explotando con gracia su marcianismo) y sobre todo la madrastra, a la que da vida una Cate Blanchett dispuesta a pasárselo bomba con su personaje. La doblemente oscarizada actriz sobreactúa hasta derrapar, y el personaje está algo desaprovechado, pero cuando Blanchett da con la nota adecuada, resulta divertidísima.

Cenicienta es una película prácticamente irreprochable en todos los sentidos, un espectáculo de magia y color en el que esta vez Branagh evita que su gusto por la pompa y la teatralidad se interpongan en la narración, dando como resultado una ostentosa obra de sensibilidad pictórica y aire a Hollywood dorado que no obstante es algo más que un bonito (y sobrecargado) envoltorio. Teniendo en cuenta la dificultad con la que se parte al contar una historia que el público conoce de principio a fin, Cenicienta se las arregla para divertir y encandilar con los mismos ingredientes de siempre, pero con más brío (atención a las excelentes secuencias de la calabaza/carroza), personajes más definidos, y sin olvidar el extra de almíbar (porque si Cenicienta no fuera así de cursi, no tendría gracia), haciendo que aceptemos, aunque sea por un momento, que los cuentos de hadas están hechos para ser contados una y otra vez.

Valoración: ★★★★

Crítica: Jack Ryan – Operación Sombra

JACK RYAN: SHADOW RECRUIT

Para dar vida a la cuarta encarnación en el cine de Jack Ryan, el analista de la CIA/súper espía creado por el escritor Tom Clancy, Paramount Pictures amortiza uno de sus rostros más emergentes, Chris Pine, que sigue dedicado a convertirse en héroe de acción moderno. Jack Ryan: Operación Sombra (Jack Ryan: Shadow Recruit), dirigida por Kenneth Branagh, es una puesta a punto del popular personaje interpretado anteriormente por Alec Baldwin, Harrison Ford y Ben Affleck, un reboot de la franquicia en un principio diseñado para dar a conocer al personaje a las nuevas audiencias, basándose en la ley hollywoodiense de que la memoria del público se borra cada 10 años.

El problema es que Jack Ryan: Operación Sombra en realidad no tiene muy claro cuál es su público, si los fans que disfrutaron del personaje hace ya dos décadas en La caza del Octubre Rojo o Juego de patriotas, o las nuevas generaciones. Operación Sombra es por Jack Ryan Operación Sombradefinición un thriller de acción, pero su trama se desarrolla en su mayor parte en despachos, furgones, a través del teléfono o delante de monitores, reservando los golpes de adrenalina a escenas muy puntuales -eso sí, set pieces excelentemente ejecutados. Branagh prefiere narrar el complot terrorista de Rusia contra la economía norteamericana que articula la película recurriendo a una intensidad contenida, quizás en un intento de perseguir un tipo de cine de acción más intelectual. Sin embargo, su aproximación al género, después de su desorientada labor de dirección en la primera Thor, vuelve a resultar equívoca. Branagh maneja (todos) los clichés del cine de espías sin verdadero sentido del espectáculo y la emoción, dando como resultado una película en su mayor parte tediosa que además hemos visto en incontables ocasiones.

Lejos del modelo de héroe testosterónico a lo Jason Statham, Pine hace un gran trabajo interpretando al hombre normal y corriente que debe compaginar su vida profesional y sentimental con su trabajo como agente secreto. En relación a esto, uno de los mayores aciertos de la película (además de la elección del Capitán Kirk como protagonista) es su manejo del componente romántico, evitando la afectación gracias a la creíble pareja que forman Pine y Keira Knightley. En general, Jack Ryan: Operación Sombra es un film ensamblado con cierta elegancia, pero carece de todo atisbo de personalidad y de aliciente, tanto para los fans del cine de espionaje, que encontrarán aquí lo mismo de siempre, como para los neófitos que no conocían al personaje. Sin embargo, la insípida dirección de Kenneth Branagh está lejos de ser lo peor de su trabajo en la película. Su interpretación del villano ruso Viktor Cherevin es lo que hace que Jack Ryan: Operación Sombra deje ocasionalmente de ser simplemente olvidable para ser directamente ridícula.

Valoración: ★★