Crítica: Pesadillas 2 – Noche de Halloween

La festividad de Halloween tal y como la celebran los estadounidenses se ha globalizado en los últimos años de tal manera, que ya ocurre como en Navidad: no puede existir sin sus películas temáticas. Hace tres años se estrenaba la adaptación al cine de la popular serie de novelas de terror juvenil Pesadillas (Goosebumbs), de R.L. Stine, toda una institución de la nostalgia noventera. La película, protagonizada por Jack Black (en el papel del autor) y Dylan Minnette (No respires), le daba un giro muy meta a la creación de Stine con una aventura fiel al espíritu de Pesadillas que a su vez reformulaba el concepto para el público del siglo XXI.

Su buen rendimiento en taquilla generó una secuela que llega justo a tiempo para celebrar la noche de las brujas en el cine: Pesadillas 2: Noche de Halloween (Goosebumps 2: Haunted Halloween). En esta ocasión, la acción se traslada al pequeño pueblo de Wardenclyffe, hogar de la mítica Torre Tesla, donde dos niños llamados Sonny (Jeremy Ray Taylor) y Sam (Caleel Harris) descubren un manuscrito oculto en una casa abandonada que resulta ser el primer libro inédito de R.L. Stine. Al abrirlo, liberan a la malvada marioneta Slappy (doblada al castellano por Santiago Segura), que llevará a cabo un plan para dar vida a todas las criaturas de los libros de Pesadillas. Sonny y Sam, junto a la hermana mayor del primero, Sarah (Madison Iseman), deberán unir fuerzas para detener a Slappy antes de que Halloween acabe en el Apocalipsis.

Aunque tenga ese aspecto de secuela directa a vídeo (que en realidad es parte de su encanto), lo cierto es que Pesadillas 2 es una más que digna continuación de una ya de por sí loable primera entrega. La película presenta una factura cuidada y unos efectos digitales mucho mejores de lo que cabía esperar. A eso se suma un reparto quizá menos estelar que el de la primera, pero igualmente dispuesto a pasárselo genial, del que destacan varios talentos infravalorados de la comedia USA, como la divertida Wendi McLendon-CoveyChris Parnell. Si bien el tono es más marcadamente infantil y el guion más simple, el film no excluye del todo al público adulto, aunque en esta ocasión la película esté más específicamente orientada al más joven.

Lo mejor de Pesadillas 2 es su aire desenfadado, su sentido del humor, muy presente en toda la cinta, y su imaginación a la hora de plasmar en pantalla a los monstruos de Stine, notables creaciones CGI obra de Sony Pictures Animation. Esta horda de monstruos, lo suficientemente amenazantes como para inquietar a los niños sin provocarles traumas, vuelve capitaneada por un Slappy convertido en la gran estrella de la función, con permiso de Jack Black, que aparece muy brevemente para dar continuidad a la historia y facilitar el eléctrico clímax.

En resumen, Pesadillas 2 sabe perfectamente a qué público se dirige. Sin descuidar a los nostálgicos que crecimos leyendo (o viendo en la tele) las historias de Stine, la nueva entrega de la franquicia es una película abiertamente familiar, y especialmente orientada a los más pequeños (esos ositos de gominola). En este sentido, cumple de sobra su función de entretenimiento para toda la familia con una propuesta ligera y eficaz. Es decir, si no se le exige demasiado, acaba dando más trato que truco.

Pedro J. García

Valoración: ★★★

Consecuencias emocionales de ser espectador de Community

Community emotional consequences

Qué extraño viaje han sido estos últimos seis años para nosotros, los espectadores de Community, defensores enamorados, fans a muerte, después fans desencantados, enfurecidos, seguidores por incercia, y finalmente compañeros esperanzados. Ha sido una época muy ajetreada para los responsables de la serie, y esto se ha reflejado en el espectador, que ha sido testigo de las transformaciones de la serie a raíz de lo que estaba ocurriendo tras las cámaras. Desde el principio, Community siempre vivió al límite, año tras año al borde de la cancelación. Tres temporadas épicas, una cuarta temporada gravemente afectada por un escape de gas (y la marcha de su creador tras polémicas que conoceréis de sobra), una quinta temporada que daba la bienvenida de nuevo a Dan Harmon, decidido a llevar a cabo un reset (o Repilot) de la serie para acabar haciendo una segunda cuarta temporada, la marcha de tres personajes del grupo original de siete, y finalmente, la cancelación por parte de NBC y el rescate de última hora de Yahoo.

Community ha tenido muchas vidas, muchas oportunidades. No las ha aprovechado todas igual de bien, pero nunca ha dejado de intentarlo. Cambió tanto en su segunda mitad que pasó de ser una copia de sí misma a una serie que había perdido su razón de ser y necesitaba reencontrarse. Y este precisamente ha sido el leit motif de la sexta temporada, emitida por primera vez en Internet (el que ha sido siempre el verdadero hogar de la serie): la búsqueda de una nueva identidad. Esta temporada ha tenido un aire y un aspecto decididamente diferente, más crudo y desnudo (que el Dean no se haya puesto ningún disfraz hasta el final es toda una declaración de intenciones), algo más experimental, respondiendo sin duda al reto narrativo que supone contar con 10 minutos más por episodio y a una mayor libertad desde más arriba. Por otro lado, el recorte en el presupuesto se hacía patente en cada episodio (Greendale a veces parecía un plató de sitcom y el campus estaba desierto), lo que impedía que los guionistas se volvieran locos con los “episodios especiales” y por tanto obligaba a buscar otras formas de explorar la hiperactiva creatividad que caracteriza a la serie. Este año hemos visto a Community buscando la manera de ser una serie nueva sin dejar de ser Community. Y aunque los primeros episodios resultaron poco alentadores, fue adaptándose poco a poco a su nueva piel, para terminar encontrando el punto a la nueva dinámica de personajes y el nuevo tono, más reflexivo y relajado que antes.

save greendale committee

La sexta temporada de Community ha sido más difícil, ha transcurrido sobre el poso de tristeza que ha dejado la fuga de personajes y los continuos desengaños y episodios psicótico-depresivos de su creador, pero también, y quizás por todo eso, ha sido la más real, la más sincera. Sin abandonar los histrionismos propios de los protagonistas, se les ha permitido relajarse y ser personas. Más que nunca los hemos visto conversando alrededor de la mesa (no solo la Mark II sino también la del bar de Britta, que ha añadido un componente más convencional a un universo habitualmente despegado de la realidad), y además se han visto obligados a auto-analizarse en relación a las ausencias y las nuevas incorporaciones del Comité Save Greendale, que han resultado encajar magníficamente: Elroy, y sobre todo la maravillosa Frankie Dart, “una humilde forastera que llegó y lo clavó”; sin olvidar la reestructuración que ha provocado el merecido ascenso de Pelton y Chang (dos de los personajes más inspirados este año) a miembros oficiales del grupo. Esta temporada también ha contado con episodios “high-concept”, incluyendo una película casera de ciencia ficción (“Intro to Recycled Cinema”) o un brillante capítulo de Paint Ball deconstruido y reconfigurado como una de espías (“Modern Espionage”), incluso ha desarrollado su propia continuidad y autorreferencialidad casi al margen de la trayectoria en NBC (por ejemplo el troleo a los fans de Marvel o la importancia de Internet en casi todos los episodios), pero también ha llevado a cabo un experimento arriesgado: ser menos Community para intentar averiguar qué es Community después de todos estos años.

Y este ha sido también el tema principal del final de la sexta temporada “Emotional Consequences of Broadcast Television“, un episodio redondo que sabe a series finale al reflexionar sobre la trayectoria completa de la serie y situar a sus personajes en nuevos caminos separados. Este final cierra arcos emocionales de casi todos ellos (mi pobre Britta se queda a medias) y deja abiertas muchas puertas, pero no necesariamente para ser cerradas. La idea del episodio, sin duda el más meta de toda la serie (y ya es decir), es imaginar cómo sería una séptima temporada de Community, para lo que cada personaje propone una o varias ideas (“pitches”) que reflejan sus personalidades y sus experiencias en Greendale durante estos seis años. “Emotional Consequences” está salpicado de principio a fin por una versión recortada del opening de la serie, que nos golpea una y otra vez con la frase “I can’t count the reasons I should stay, one by one they all just fade away“. No es casual, por supuesto. La intención es poner sobre la mesa todo lo que ha salido bien, recordar todas las cosas que se han ido “desvaneciendo una a una”, y todo lo que ha fallado, y a partir de esa información descubrir qué razones les quedan a estos personajes para quedarse en Greendale y crear/justificar posibles futuros para Community

shirley community final

Sin embargo, ninguno de los “pitches” resulta convincente. Algunos son demasiado absurdos hasta para una serie como Community, otros son demasiado acomodaticios (el más lógico, que nos devolvería al grupo al completo siguiendo los pasos de Jeff como profesores del campus se descarta por ser muy fácil), otros nos demuestran que traer de vuelta a los personajes que se marcharon no es la solución (el cameo de Shirley sirve para decirnos que la antigua Community ya no existe y no volverá a existir). La conclusión que Harmon saca de todo esto es que la mayor enemiga de Community ha sido Community (en este caso podemos usar el nombre de su creador como sinónimo), que su propia ambición se ha vuelto en su contra, hasta el punto de hacerle perder su propósito. Harmon nos habla a través de sus personajes del problema de no querer crecer y arrastrar a los demás hacia tu estancamiento (eterno conflicto interno de Jeff, que en el final aprende a dejar marchar a Abed y Annie para asumir que se está haciendo mayor), de lo difícil que es crear algo y mantenerlo vivo durante tanto tiempo, y a continuación extiende la mano para que se la cojamos. “Emotional Consequences” es una disculpa oficial hacia los fans, y también a las personas que han confiado en él y han salido decepcionadas, o a los que ha ofendido durante estos años. El tag final del episodio empieza como un deprimente chiste sobre unos personajes de ficción que descubren que en realidad no existen (el mejor epílogo de una temporada de epílogos horrendos), y se acaba convirtiendo en un disclaimer/carta en la que Harmon se abre ante su audiencia y se autoflagela (una vez más) por su complicada personalidad y sus errores. Pero el mensaje más importante del demiurgo se transmite, como no podía ser de otra manera, a través de Abed, que nos explica qué es o debe ser una serie de televisión, en concreto una comedia, cuál es la relación ideal entre ella y el espectador, y por tanto, por qué Community ha sido tan especial, única y problemática:

“There is skill to it. More importantly, it has to be joyful, effortless, fun. TV defeats its own purpose when it’s pushing an agenda, or trying to defeat other TV or being proud or ashamed of itself for existing. It’s TV, it’s comfort. It’s a friend you’ve known so well, and for so long you just let it be with you and it needs to be okay for it to have a bad day or phone in a day. And it needs to be okay for it to get on a boat with Levar Burton and never come back. Because eventually, it all will”.

La respuesta a la pregunta “¿Por qué sigue existiendo Community?” no tiene una sola respuesta. Son tantas como las razones por las que cada miembro del Greendale Seven/Save Greendale Comitee/Nipple Dippers ha permanecido en el grupo hasta ahora. Codependencia, autoengaño, amistad, ¿sinergia?. Estos personajes reconocen estar ahí porque son quienes son solo en relación al grupo, es su refugio del mundo real, su zona de confort. Y en estos momentos, Community es lo que es sobre todo en relación a sus fans, sin los que no sería nada, una válvula de escape de la que Harmon nos pide que no dependamos tanto y que no depositemos tanta responsabilidad en ella. Antes de despedir a los personajes que se marchan para descubrir quiénes son fuera de Greendale y enseñarnos a los restantes sentados a la mesa del bar (“This is the show“, las series pueden cambiar, evolucionar, sufrir “hemorragias” de personajes, perderse y encontrarse), Harmon nos propone cerrar los ojos e imaginar cómo sería nuestra séptima temporada ideal. No podemos decirlo en voz alta (ni supongo escribirlo en la entrada de un blog), porque no se haría realidad. Pero yo he preferido no pensarlo. “Emotional Consequences” es el final perfecto para la serie. Ha sido agridulce, duro, rupturista (esos dos fucks), pero también precioso, emotivo, conmovedoramente sincero y lleno de guiños cómplices al pasado (“I hereby pronounce you a community”); en definitiva, el broche de oro a una serie que nos ha involucrado narrativa y emocionalmente como ninguna otra. ¿Me gustaría volver a Greendale para una séptima temporada o para ver hecho realidad el profético #andamovie con el que termina la sexta? Claro que sí, ya hemos dejado claro que nuestra relación es codependiente, y si ella quiere volver, la recibiré con los brazos abiertos, como amigos que saben que estarán mejor el uno sin el otro pero siguen juntos incondicionalmente (pase lo que pase, #CommunityLivesOn). ¿Debería ser “Emotional Consequences” el final definitivo de Community y nosotros dejarla marchar de una vez? Maybe. Probably. Maybe.

Community 2.0

Lo de Community no es normal. Cuando una serie pasa por lo que ha pasado la comedia de culto de NBC, lo más lógico es que no haya marcha atrás y se acabe hundiendo (lo que le está pasando a Raising Hope). La cadena despidió a su creador y showrunner, Dan Harmon, después de una sonada pelea con Chevy Chase, y lo sustituyó por dos guionistas, David Guarascio y Moses Port. Tras el fracaso artístico (en índices de audiencia no bajó demasiado, sorprendentemente) que supuso la cuarta temporada, Guarascio y Port lo dieron por imposible y renunciaron al puesto. Exceptuando un par de episodios más o menos a la altura de lo que esperamos de nuestra Community (“Conventions of Time and Space”, “Herstory of Dance”), los dos showrunners desempeñaron su trabajo desde el ángulo erróneo: en lugar de dejar que la serie evolucionase bajo su tutela y encontrase una nueva voz, se empeñaron en clonar la Community de Dan Harmon.

CommunityEl resultado fue una pobre imitación en la que todo resultaba forzado, caricaturesco y vacío. Nosotros les agradecemos el esfuerzo de corazón. La verdad es que se enfrascaban en una batalla ya perdida y aún así le pusieron empeño. Pero el triunfal regreso de Community en 2014 ha demostrado que Community sin Dan Harmon no es Community. Es… la cuarta temporada de Community. Con la mosca cojonera de Chevy Chase fuera de la ecuación, Harmon recupera la custodia de su niña y vuelve para reestablecer el orden (o el dulce caos) en su serie. Borrón y cuenta nueva (y changnesia selectiva para no acordarnos de la cuarta). Ya era hora de que los de Sony se dieran cuenta de que con esta serie, y aunque nos duela en el fondo, es mejor perder a una de sus estrellas que a la persona que hace que funcione (y digo esto preparando ya los kleenex para cuando Donald Glover desaparezca). Community nunca ha sido normal, nunca ha querido ser normal, y su accidentada trayectoria, muerte y resurgimiento de las cenizas es prueba de ello.

Ya hemos visto tres episodios de la quinta temporada de Community, y a pesar de unos cuantos peros, el balance es positivo. Damos la bienvenida a Community 2.0. No es exactamente una nueva serie, pero sí es un nuevo comienzo. Community vuelve a ser la obra de un excéntrico autor que yerra tanto como acierta, un experimento televisivo autoindulgente que en lugar de alienar a sus espectadores, los abraza y los pellizca. Harmon ha vuelto, y con él regresan las almas de sus personajes, después de pasar un año en el limbo dejando a los Greendale Seven como carcasas vacías. Estamos a un paso de conseguir lo que creíamos que era una utopía: el #sixseasonsandamovie. A continuación os dejo con una breve opinión de los tres episodios de la quinta temporada emitidos hasta la fecha:

Community - Season 5

5.01 “Repilot”

Con “Repilot“, Harmon lleva a cabo un ejercicio de deconstrucción, casi de destrucción, necesario para seguir adelante. No es que ignore todo lo ocurrido en la cuarta temporada (afortunadamente sí hace como si lo de Britta y Troy nunca hubiese pasado), pero se da prisa en quitárselo de en medio para no subyugar la nueva temporada a las consecuencias de la anterior. Hay continuidad, desde luego, pero Harmon se queda con lo que le conviene, atribuye los errores y salidas de tono del año pasado a “un escape de gas” (a partir de ahora, la cuarta temporada es oficialmente el “Gas Leak Year”) y se evita más de un problema dando un considerable salto hacia delante en el tiempo.

“Repilot” plantea una versión más oscura y deprimente de Community. Es incluso peor que la Darkest Timeline: los protagonistas se graduaron, se separaron (lógicamente) y ahora tienen trabajos por debajo de sus expectativas (¿qué esperaban?) o miran la vida pasar. Al igual que en el piloto de 2009, Jeff los vuelve a juntar (y al igual que en 2009, ese no es su principal propósito). El plan de Jeff y el desarrollo del episodio es algo confuso, pero lo que importa es el resultado: los Greendale 7, ahora Greendale 6, vuelven al campus, vuelven a estar juntos, que es como deben estar siempre. Por supuesto, “Repilot” no escatima en metarreferencias (Abed y Scrubs) y la autorreflexividad vuelve a ser usada correctamente, como en la brillante escena en la que Jeff se pregunta qué ha pasado para que Britta pase de ser una guerrillera a la tonta del grupo o para que la personalidad de Troy haya sido absorbida por Abed. No confundamos esto con un golpe bajo a la cuarta temporada (para eso ya está lo del Gas Leak Year o lo de “No haberos gastado tanto en efectos”). El problema viene de mucho antes, y esto es un mea culpa de Harmon en toda regla. Que el grupo queme la mesa de estudio (aunque sea accidentalmente) y creen juntos una nueva es el gesto definitivo. La nueva vieja Community ya está aquí. Cómo echaba de menos reírme con esta serie: “That’s like me blaming owls for how much I suck at analogies.” Eso.

Community Introduction to Teaching

5.02 “Introduction to Teaching”

Y si “Repilot” incendiaba y destruía Community, en “Introduction to Teaching” asistimos al verdadero resurgir del Ave Fénix. El segundo capítulo de la temporada es un episodio modelo. Después del replanteamiento del anterior, las cosas vuelven a la (a)normalidad en Greendale, mientras los personajes se ajustan a sus nuevos papeles. Sobre todo Jeff, ahora profesor de Derecho en el campus. La sala de estudio vuelve a ser la misma de siempre. Con alguna que otra variación: Jeff ya no está al mismo nivel que sus compañeros académicamente hablando (nuevo escenario: la sala de profesores), Pierce no está, Hickey (Jonathan Banks básicamente interpretando de nuevo a su Mike Ehrmantraut de Breaking Bad) lo sustituye oficialmente, y lo más importante, la Mesa Mark II. Lo que no ha cambiado nunca es Chang, que vuelve a ser profesor. Siempre igual de grande, maneje los hilos del personaje quien los maneje (probablemente Ken Jeong en todo momento).

En “Introduction to Teaching” regresan los elementos más icónicos de Community, incluidos los gritos de Garrett y el Pop Pop! de Magnitude. Y la ausencia de Pierce, más que con la presencia de Hickey (personaje aburrido que habrá que dejar evolucionar como a los demás, supongo), se compensa sobradamente dando énfasis a los personajes de reparto y elevando a nuestro adorado Dean Pelton a fijo (aunque la única diferencia por ahora esté en los créditos iniciales, porque fijo ha sido siempre). Lo dicho, “Introduction to Teaching” es Classic Community. No hay duda cuando vemos la escena de la revuelta por la conspiración de los “menos” en las notas o cuando vemos a Abed intentando averiguar si Nicolas Cage es un buen o mal actor en una de las clases más geniales que hemos visto en Community. Danny Pudi ofrece en este episodio una de sus mejores interpretaciones de la serie. Et tu Brute!

Community - Season 5

5.03 “Basic Intergluteal Numismatics”

Pero entonces llega “Basic Intergluteal Numismatics” y se nos trastocan un poco los esquemas. El tercer episodio también tiene ese inconfundible aroma a la Community clásica, pero le falta algo de chispa. Aunque en realidad esa es la idea: el capítulo es una parodia de las películas de David Fincher, Red Dragon (los créditos homenajean a los de la película de Brett Ratner), los procedimentales de CBS y series como The Killing, una investigación criminal de mano de dos agentes, Jeff y Annie (oportunidad para seguir explotando su ya absurda TSNR – ¡O los lías o los dejas tranquilos, pero haz algo ya!). El mayor acierto de “Basic Integluteal Numismatics” (parecido a aquel “Basic Lupine Urology”, el de la batata de la 3ª temporada) es no ceñirse a un referente y parodiarlo de principio a fin, sino crear una historia partiendo de los lugares comunes que se repiten en películas como Se7en o Zodiac y series como Caso abierto. Así, los estudiantes de Greendale se enfrentan a un malhechor que los tiene aterrorizados metiéndoles monedas en la raja del culo cuando se agachan. El episodio es técnicamente brillante y sobresaliente como parodia, pero llega demasiado pronto y nos hace temer otra temporada cargada de capítulos ambiciosos (high-concept, que los llaman por ahí) que hagan que la serie vuelva a perder un poco el norte. ¿No sería mejor centrarse un poco más en los personajes, que acaban de tirar cinco años de su vida para invertir en otros cuatro, antes de ponerse con este tipo de capítulos?

Por último, “Basic Intergluteal Numismatics” supone el reset definitivo de la serie, y se nota en la agitación del reparto. Nos enteramos de qué ha pasado con Pierce (el holograma de “Repilot” no nos desvelaba cuál había sido su destino) en una escena cruda y desarmante que nos pilla desprevenidos, y recuperamos al profesor Duncan (genial John Oliver) y a Starburns, que no estaba muerto, estaba viviendo en el establo de Greendale (“¡¿Tenemos establo?!”). Por otro lado, Troy ha sido una presencia ausente en estos primeros episodios de la temporada, lo que nos hace pensar que nos están preparando para su marcha (esperamos no definitiva), o sea, que nos están intentando demostrar que la serie también puede funcionar sin él. Su ausencia será mucho más trágica que la de Pierce (sobre todo porque Abed se queda sin su otra mitad), pero si algo me ha enseñado ser fan de esta serie es a confiar ciegamente en ese loco gilipollas que es Dan Harmon.

Crítica: Dolor y dinero (Pain & Gain)

Pain & Gain

Crítica realizada por David Lastra

Michael Bay sorprende con Dolor y dinero (Pain & Gain) al construir una cinta en la que el humor prima sobre la acción. Si bien el maestro artificiero nunca se ha olvidado de la comedia en ninguna de sus películas, este aspecto no tenía tanto protagonismo (de manera intencionada) desde la primera entrega de la icónica Dos policías rebeldes (la secuela no existe). Pero en este caso no estamos hablando de gags basados en la vis cómica de sus protagonistas, como ocurría con el tándem Smith-Lawrence, sino en las descalabradas y esperpénticas andanzas de nuestros ultramusculados protagonistas.

Esta es la historia REAL de Daniel Lugo, un vigoréxico tragaproteínas con una doble fijación en su vida: el culto al cuerpo y el dinero. Dos credos que se resumen en dos slogans. Dos frases cortas que hasta el más descerebrado del planeta (posiblemente, el propio Lugo) puede memorizar: “I believe in fitness” y “I am a doer”. Todo ello abocado a la más sagrada enmienda del pueblo estadounidense: el sueño americano. Desde su trabajo como entrenador personal en un gimnasio de Florida, Lugo es consciente  de la mierda en que se ha convertido la sociedad actual. Los méritos ya no importan tanto como en el pasado. Ahora solo importa la suerte, el chanchulleo económico y el pisar cabezas. Una injusticia ante la que él, todo un superhombre (no nietzscheano, sino marveliano) no puede permanecer impasible y decide actuar como un Robin Hood del siglo XXI, robando a los nuevos ricos y quedándoselo todo él mismo… pero para hacer de América un lugar mejor, no para su propio beneficio. Tras un pequeño traspiés con la ley, Lugo no se amedrenta y decide seguir con su empeño de atajar hasta la consecución del sueño americano.

Dolor y dinero Michael Bay

Alentado por las enseñanzas de un orador motivacional de tres al cuarto (interpretado por nuestro querido y omnipresente Ken Jeong), decide secuestrar a uno de los nuevos clientes del gimnasio, dejarle sin blanca y quedarse con todas sus posesiones. La víctima elegida es Victor Kershaw, un magnate de los sándwiches, medio colombiano/medio judío que salió de la mierda y a base de estudios (y pocos escrúpulos) ha logrado llegar a lo más alto. ¿No es sino el señor Kershaw el paradigma de lo maravillosa que es la tierra de las oportunidades en donde todo el mundo puede triunfar? Pues para Lugo no. Según él, Kershaw no merece nada de eso. Pero nuestro Lugo no es racista, sino que su acción está provocada por su catetismo (de acuerdo, son dos términos que siempre van unidos, pero diferenciemos en este caso). Por el suyo propio y el de los otros dos chiflados que conforman su banda. Realmente este es el problema de todos: no hay nada más peligroso que un tonto con iniciativa. Desde ese momento comienza el peor secuestro de la historia. En esta ocasión el rótulo de “no intente hacer esto en su casa” no es tan necesario como el “esto es una historia real” y el “esto sigue siendo una historia real” para que no pensemos que estamos viendo una película de ciencia ficción.

Porque sí, Dolor y dinero está basada en una historia real, más concreto en los artículos de Pete Collins sobre el caso de Daniel Lugo. Este filón argumental no está desaprovechado en ningún momento del metraje, sino sobreaprovechado (si es que existe ese término). Tras un arranque espectacular en el que Bay nos demuestra por qué es un maestro del cine de verano (con una fotografía y estética videoclipera que recuerda mucho a la fallida Domino de Tony Scott), la película se desinfla al intentar ser demasiado fiel a las mil y una locuras  de nuestros tres mongolos. Media hora menos de película y una simplificación de sus cagadas y perrerías (o la omisión algún personaje), aún siendo una puñalada a la realidad, hubiesen hecho que Dolor y dinero fuese una película memorable.

PAIN AND GAIN

La nueva musa de Bay, Mark Wahlberg se encuentra perfecto en la piel de ese cacho carne de basura blanca que es Daniel Lugo y su química con Anthony Mackie (futuro Falcon en el universo Avengers) y el entrañable (y también omnipresente) Dwayne Johnson es excelente y se convierte en el mayor valor de la película. No debemos obviar al reparto femenino de la cinta, que lejos de ser mujeres florero “à la Bay” cuentan con alguno de los mejores gags del film:  una Rebel Wilson (con una situación laboral envidiable como The Rock y Jeong) en estado de gracia como cura-penes y una espectacular (por físico y por el intelecto de su personaje) Bar Paly como stripper/agente de campo/chica para todo.

Si bien este Dolor y dinero no contará con una secuela (la historia es autoconclusiva a más no poder y las cifras de taquilla conseguida no conseguirán el milagro), ni supondrá un hito generacional como las torrentadas de Lowrey y Burnett, sí se merece un espacio pequeño (y completamente  limitado y eventual) en nuestro corazoncito fílmico gracias a la citada química de sus protagonistas y a ese tufillo noventero del film, culminado por uno de los mayores himnos de 1995 (el mismo año de producción de Dos policías rebeldes) y tema principal de Mentes peligrosas, la gigantesca “Gangsta’s Paradise”. “Power and the Money, money and the power”.