Crítica: Los Mercenarios 3

Stallone Los Mercenarios 3

La saga Los Mercenarios es el gran golpe maestro de Sylvester Stallone, una mina de oro que se sustenta principalmente en la nostalgia y en el simple placer de volver a ver una cara conocida, aunque esta cara esté totalmente cambiada por el cruel paso del tiempo y el todavía más cruel paso por el quirófano. La idea era reunir a lo más granado del cine de acción de los 80 y los 90 y poner a todos estos abueletes musculosos a pegar tiros como si no hubiera mañana. Tenía su gracia, y surtió efecto. Así, el elenco de míticos héroes del cine de acción y artes marciales se fue ampliando. Ninguno se quería perder la fiesta: Arnold Schwarzenegger, Bruce Willis, Jean-Claude Van Damme, incluso Chuck Norris. Con la presencia de estos actores en un par de escenas ya estaba todo hecho. Pero las ambiciones del jefe Stallone eran cada vez mayores, lo que le llevará a emular con Los Mercenarios 3 al Universo Cinematográfico de Marvel, y concretamente a Los Vengadores, confesa inspiración del padrino de la saga a la hora de desarrollar esta tercera parte.

Lo que mejor funcionaba de las primeras entregas de Los Merecenarios era su sentido del humor. Este era mucho más desenfadado y alocado en la segunda parte, que aparcaba el tono más serio de la primera para entregarse al chiste continuo, a la caspa sin complejos, y ponía a sus rudos protagonistas a hacer monerías que garantizaban la carcajada (sobre todo la del público objetivo). Los machotes Stallone, Jason Statham (principal representante del cine testosterónico actual), Dolph Lundgren (la desaprovechada gema oculta de la franquicia) o el histriónico Terry Crews se entregaban por completo a la autoparodia, y se reían de sí mismos en un meta-ejercicio de comedia que no era sino un guiño constante al espectador. Sin embargo, parece que la segunda parte agotó el arsenal de chistes (si hasta tenía a Chuck Norris interpretando a un meme de Chuck Norris), y en Los Mercenarios 3 se opta por una mayor sobriedad (tampoco demasiada, que conste), haciendo que las bromas y gags suenen agotados, reciclados, incluso más simples e infantiles que de costumbre.

Otro de los puntos fuertes de Los Mercenarios era la sensación de camaradería y lealtad, derivada de la celebración de la masculinidad militar, que estos actores trasladaban con acierto a la pantalla, algo que acercaba estas películas a los últimos capítulos de Fast & Furious. Esto se conserva en Los Mercenarios 3, donde lo más destacable sigue siendo la amistad que une a los protagonistas (que se quieren, pero no se abrazan, que eso es de maricas), y que además de ser el núcleo de la película, es lo que desencadena la historia de esta tercera parte. En ella, Barney Ross (Stallone) obliga a jubilarse a sus colegas, por miedo a que todos acaben muertos siguiéndolo a ciegas en sus suicidas misiones para salvar el mundo de malhechores, traficantes y megalómanos. Este punto de inflexión perjudica seriamente a la película, que al centrarse en los unidimensionales y aburridos nuevos Mercenarios pierde el ritmo, y sin Statham, Lundgren o Crews se vuelve insoportablemente plomiza y mecánica (sí, más que de costumbre).

Los Mercenarios 3

Además de renovar la franquicia y proyectarla hacia el futuro con la incorporación de jóvenes rostros como Kellan Lutz (no del todo desubicado, como ocurría en la infame Hércules), Glen Powell (que aporta sapiencia informática aumentando jocosamente la brecha entre generaciones) o la única mujer de la película, Ronda Rousey (a la que nunca se le permite hablar si no es para recordarnos que es una mujer), Los Mercenarios 3 sigue recurriendo a viejas glorias del cine, multiplicando el ya de por sí abarrotado reparto. En esta ocasión se apuntan Wesley Snipes (realmente divertido, aunque pase a segundo plano enseguida), Harrison Ford representando a la burocracia (sustituye a Bruce Willis tras un encontronazo con Stallone), un estupendo Mel Gibson como el villano de la función (el único que se toma en serio eso de actuar) y Antonio Banderas prestándose sin rechistar al papel más degradante, ridículo e insultante de la película, un antiguo legionario hiperactivo caracterizado por su incontinencia verbal y su desbordante entusiasmo, que en un momento de la película acaba entonando “El novio de la muerte“, seguramente para regocijo de muchos (a mi padre le va a encantar), y para espanto de tantos otros.

Pero en realidad Los Mercenarios 3 es básicamente la misma película que sus dos predecesoras. Stallone (junto a los guionistas Creighton Rothenberg y Katrin Benedikt) las clona para ofrecer los mismos ingredientes otra vez, solo que en esta ocasión todo se antoja más desganado y descafeinado: la violencia gráfica se rebaja unos cuantos enteros con respecto a la segunda parte (sigue habiendo saña y sadismo, pero hay menos sangre, para ajustarse a la absurda nueva calificación por edades PG-13), y como ya he señalado, el humor va a medio fuelle, con unos actores menos dispuestos a hacer el payaso. Lo que no cambia son los efectos dignos de una TV movie de SyFy (hay que pagar a todas esas estrellas y no queda dinero para la producción). Sin embargo, para los incondicionales del género, lejos de suponer un inconveniente, todo esto será un aliciente, una invitación a sentarse y disfrutar de los explosivos set pieces, de la fraternidad entre Stallone, Statham y compañía (los machos alfa también pueden ser sensibles, a su manera), y sobre todo del aroma añejo de los 90 y ese regreso a lo conocido del que hablaba. Al fin y al cabo, Los Mercenarios realmente funciona como Marvel en el fondo. Stallone sabe el valor que tienen todas estas leyendas del cine para el espectador, y es consciente de que su mera presencia desatará la euforia de otro tipo de fanboy, el padre de familia de 50 para arriba. Por eso, ni hace falta más, ni se molesta en darlo.

Valoración: ★★

Crítica: Hércules – El origen de la leyenda

Hércules Kellan Lutz

Solo hace falta ver el trailer de Hércules: El origen de la leyenda (Hercules: The Legend Begins) para construir una crítica detallada y argumentada sobre la película de Renny Harlin. No es mi caso, que conste (para críticas de películas que no ha visto el periodista ya tenéis los diarios), yo la he visto, y sufrido, de principio a fin. Al menos Harlin ha evitado una de las lastras de este cine mal llamado épico, la excesiva duración, reduciendo la tortura a poco más de hora y media. Y aún así, Hércules: El origen de la leyenda, revisión de la historia del héroe y semidiós griego protagonizada por el neumático Kellan Lutz (uno de los vampiros segundones de la Saga Crepúsculo), no tiene redención posible. 2014 acaba de empezar, pero ya tenemos firme candidata a peor película del año.

Sorprendentemente, Hércules no está creada por los responsables de Spartacus, la serie de televisión. Tras el proyecto están el mencionado Renny Harlin, uno de directores de cine de acción más incompetentes en activo, y el equipo de producción de cintas como
Hercules_posterLos mercenarios, John Rambo u Objetivo: La casa blanca. Y aún confirmando este dato, cuesta creer que la película no sea obra de los creadores de la serie de Starz sobre el famoso gladiador. Porque Hércules es básicamente una Spartacus sin sangre y sin desnudos (si los imponentes senos de Kellan Lutz no cuentan como desnudo). Y no hay nada más triste que la copia de una copia. Si Spartacus nació como un pastiche de 300 y Gladiator, Hércules es un desastre épico (en este caso el calificativo viene bien) que amasa sus referentes con desidia en un producto sin atisbo de identidad propia. Y por si las comparaciones no fueran ya inevitables, Hércules cuenta con el mismísimo Spartacus 2.0, Liam McIntyre, como uno de sus protagonistas. No cabe duda pues de que la idea era hacer un Hercules: Lions and Manboobs.

Harlin aplica la perezosa fórmula del cine de acción noventero en el que se ha “especializado” (héroes unidimensionales, malos caricaturizados, argumentos esquema), para presentarnos el conocido relato de los orígenes del semidiós hijo de Zeus y Alcmena un poco menos arraigado en la fantasía y más centrado en la batalla y la lucha cuerpo a cuerpo (con las trágicas incongruencias históricas que fusionan Grecia y Roma ni nos molestamos). Pero la película hace gala de una fisicalidad inocua, sin corromper los abultados músculos (en 3D natural) o la cara atacada de spray bronceador de Lutz, clavando las espadas en axilas para acomodar el teatro de la violencia que rebaje la calificación por edades. Y sobre todo, Hércules evidencia una inutilidad absoluta en todos los aspectos técnicos y artísticos.

Aparatosos cromas, horrendas animaciones digitales que ni las primeras temporadas de Xena, la princesa guerrera (ese león), secuencias de acción mal coreografiadas (¡Hola, doble de Kellan!), primeros planos constantemente desenfocados (para matarte, Harlin), y otras atrocidades hunden Hércules: El origen de la leyenda en el más absoluto de los ridículos cinematográficos. Pero, aunque parezca mentira, eso no es lo peor de todo. Lo peor es que alguien confiara en que Kellan Lutz se convirtiese en actor de la noche a la mañana. Ya sea en sus edulcoradas y mariposeantes escenas junto a Gaia Weiss (ahí está la marca “Summit”) o en los (vergonzosos) discursos ebrios de testosterona a lo Leónidas, Lutz demuestra que sus dotes interpretativas son inversamente proporcionales a su índice de masa muscular.

Valoración: ★