Crítica: El Cascanueces y los Cuatro Reinos

El Cascanueces es uno de los cuentos de Navidad por excelencia y uno de los ballets más populares de todos los tiempos. Era cuestión de tiempo que Disney se animase a adaptarlo en forma de superproducción para toda la familia. El cascanueces y los cuatro reinos (The Nutcracker and the Four Realms) está dirigida a cuatro manos por Lasse Hallström (Chocolat) y Joe Johnston (Capitán América: El primer Vengador), quienes ponen sus respectivos estilos como cineastas al servicio de una película a medio camino entre el cuento de hadas clásico y la aventura de acción de la nueva era de la Casa del Ratón.

El cascanueces y los cuatro reinos es una adaptación libre del cuento El cascanueces y el rey de los ratones de Ernst Theodor Amadeus Hoffmann y el mítico ballet de Tchaikovsky que este inspiró.  La película está protagonizada por Mackenzie Foy (la hija de Bella y Edward en Crepúsculo y de Matthew McConaughey en Interstellar), que da vida la inquieta e inteligente Clara, y cuenta en su reparto con grandes nombres como Morgan Freeman, Helen Mirren y Keira Knightley.

Como regalo de Navidad, Clara recibe una caja en forma de huevo que perteneció a su madre. Para encontrar la llave que la abre se adentra en una extraña dimensión mágica donde descubrirá todo tipo de maravillas y peligros. Allí conoce a un soldado llamado Phillip (Jayden Fowora-Knight), que la ayudará en su misión, un ratón revoltoso perteneciente a un monstruoso ejército de roedores que se ha empeñado en robarle la llave, y los líderes de los Cuatro Reinos, entre los que se encuentra el Hada de Azúcar (Keira Knightley). Clara se dirigirá al Cuarto Reino, donde se enfrentará a la temible Madre Jengibre (Helen Mirren) para recuperar su llave y restaurar el orden en este mundo paralelo.

Con El  Cascanueces y los cuatro reinosDisney reinventa el conocido relato al estilo de su versión live-action de Alicia en el País de las MaravillasLas crónicas de NarniaEl mago de Oz, todas ellas historias protagonizadas por jóvenes que abandonan su realidad para visitar un reino de fantasía. Johnston y Hallström realizan un espectáculo barroco, azucarado y colorista incorporando la tradición teatral al estilo hiperdigital del Disney más reciente, aunque el ballet queda más como un elemento anecdótico y puntual (representado por la aparición especial de la bailarina Misty Copeland) que como algo predominante. En su lugar, la película se centra en las aventuras de Clara en los Cuatro Reinos y su lucha contra el mal para salvarlos, acentuando la fantasía con abundante imaginación, (sobre)estímulo visual y algún que otro toque de oscuridad (los polichinelas de Madre Jengibre son bastante siniestros).

El film aúna el Disney de toda la vida (no falta la figura paterna ausente o la lección sobre encontrar la fuerza en el interior) con el mensaje de empoderamiento femenino y la mayor diversidad racial que ha caracterizado a los títulos recientes de la compañía. Mackenzie Foy realiza un notable trabajo personificando estos valores y convirtiéndose en una heroína Disney tan clásica como moderna, una niña valiente y resoluta sin dejar de ser una princesa de las de toda la vida. La joven actriz tiene sentimiento y presencia, lo que ayuda a que el resto de la película se sostenga sobre sus hombros. Por desgracia, a su alrededor se encuentra un elenco de estrellas que supone uno de los eslabones más débiles de la película: Freeman y Mirren solo están ahí para aportar pedigrí y Keira Knightley nunca ha estado tan mal. Su Sugar Plum Fairy es carne de Razzie.

A pesar de su irregularidad, El Cascanueces y los cuatro reinos no llega al nivel de despropósito de otra película de Disney reciente con la que sin duda también será comparada, Un pliegue en el tiempo. En este caso estamos ante un producto más competente en todos los aspectos, una propuesta que no arriesga pero al menos funciona según lo que se espera de ella, con un envoltorio de lujo (salvo algún que otro croma) en el que sobresalen un suntuoso diseño de producción y vestuario y, por supuesto, la eterna partitura de Tchaikovsky, reinterpretada y aderezada por James Newton Howard. Si bien las licencias que se toma para homogeneizar (o disneyficar) El Cascanueces y convertirla en Alicia en el País de las Maravillas indignarán a más de uno, la película cumple eficazmente su propósito como entretenimiento familiar para inaugurar la temporada navideña. Aunque sea en Halloween.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Everest

Everest

Hace dos años, Alfonso Cuarón nos llevó al espacio con su imprescindible Gravity, una película casi interactiva en la que el espectador se sumergía en la pantalla de cine y vivía en primera persona la emocionante odisea de la astronauta Ryan Stone (Sandra Bullock). Este año, Baltasar Kormákur (2 Guns) nos propone algo parecido con Everest, film también rodado con la últimas técnicas en 3D que busca crear una experiencia inmersiva en la sala de cine (donde esta película alcanzará su mayor potencial), en la que formaremos parte de una expedición para llegar a la cima de la montaña más alta del mundo.

Everest lleva al cine la mayor tragedia acontecida en el legendario monte del Himalaya, cuando en 1996 una fuerte tormenta de nieve sacudió a varias expediciones que trataban de alcanzar la cima. El guion, escrito por William Nicholson (nominado al Oscar por ShadowlandsGladiator) y Simon Beaufoy (ganador del Oscar por Slumdog Millionaire) está basado en varios libros y entrevistas con los supervivientes, con el ensayo Into Thin Air (Mal de altura) como fuente principal. Su autor es el periodista Jon Krakauer, aquí interpretado por Michael Kelly (House of Cards), que vivió de primera mano la tragedia y sirve aquí como uno de los hilos conductores de la película.

En un principio, Everest iba a estar protagonizada por Christian Bale, pero éste la rechazó para participar en Exodus: Dioses y reyes. Su marcha y sustitución por el menos conocido Jason Clarke (El amanecer del Planeta de los Simios, Terminator Génesis) provocaba un cambio importante en la película, que pasaba a ser más coral. En efecto, Everest nos presenta un amplio elenco de actores (entre ellos muchas caras conocidas de Hollywood: Josh Brolin, Emily Watson, Jake Gyllenhaal, Keira Knightley, Robin Wright, John Hawkes) que se reparten el tiempo en pantalla equitativamente. Clarke ejerce de guía de la expedición en la que se centra la película (Gyllenhaal hace lo propio con la secundaria), pero esta no adopta un solo punto de vista, sino que salta de uno a otro, ofreciendo retales de historias personales que solo llegamos a conocer superficialmente. Y ese es el principal problema de Everest, que no logra (quizá no quiera) profundizar realmente en sus personajes, y por tanto se queda corta en los momentos en los que aspira a ser un drama humano.

Everest cartelEn una de las escenas centrales de Everest, Krakauer pregunta a los montañistas (la mayoría turistas de aventura con los bolsillos llenos) por qué arriesgan sus vidas para llegar a la cumbre. Ninguno sabe contestar, y lo cierto es que Kormákur no está interesado en darnos respuestas a esa pregunta (quizá no existan, quizá no sean necesarias en la vida real, pero claro, esto es cine). La mayor parte del tiempo, el director evita la ficcionalización hollywoodiense, anteponiendo la técnica a la emoción (a excepción del desenlace, donde la historia se permite entrar en terreno lacrimógeno). Esta aproximación metódica nos deja un trabajo centrado y sobresaliente en el apartado visual que sin embargo resulta excesivamente frío y distante en todo lo demás. En consecuencia, los personajes no llegan nunca a formarse del todo, lo que hace que el vínculo que se establecía con Ryan Stone no se repita con los montañistas del Everest.

Everest se podría adscribir al cine de catástrofes de los 70 o la corriente de telefilms noventeros que instigó ¡Viven!, con la principal diferencia de que en este caso, el espectáculo y el reparto son de primera. Kormákur filma las escenas de acción con inteligencia y precisión, eludiendo la pirotecnia y sobredramatización propias del blockbuster, para mantener el realismo en todo momento (a ratos coqueteando con el documental sobre alpinismo). Cuando arrecia la tormenta, a 45 minutos del final, Everest nos sacude con fuerza. Se puede sentir el vértigo, la desesperación y la angustia de los alpinistas, incluso la falta de oxígeno. Tristemente, el nudo en el estómago es más parecido a lo que podemos sentir en una atracción o simulador de realidad virtual (por eso es recomendable en la pantalla de cine más grande posible) que a una experiencia cinematográfica plena. Como película de catástrofes, Everest sobresale por encima de la media, como drama se queda sepultado bajo la nieve.

Valoración: ★★★

Crítica: The Imitation Game

THE IMITATION GAME

The Imitation Game (Descifrando Enigma) es la historia de Alan Turing (Benedict Cumberbatch), el matemático británico conocido por descifrar el código imposible de Enigma, la máquina que los alemanes usaban para enviar mensajes en clave con sus estrategias y avances durante la Segunda Guerra Mundial. El gobierno británico puso a Turing al mando de un grupo de académicos, lingüistas, oficiales de inteligencia y expertos en juegos de ingenio matemático (interpretados por Mathew Goode, Allen Leech, Matthew Beard y Keira Knightley) para desentrañar el funcionamiento de Enigma y poder así adelantarse a los movimientos del enemigo y salvar miles de vidas. A pesar de las fricciones en el grupo (según la película provocadas por el carácter áspero y la inestabilidad mental de Turing) y las constantes interferencias de las autoridades, que desconfiaban de lo que este mad mathematician estaba haciendo, la operación tuvo éxito y la Liga de Hombres (y Mujer) Extraordinarios de Turing logró resolver el misterio, acortando así la guerra considerablemente.

Sin embargo, poco después de esta hazaña, Turing fue arrestado por “indecencia grave” debido a su homosexualidad, lo que le llevó a cumplir una condena que ensombrecería sus logros históricos. Hoy en día, Turing es considerado una de las figuras clave del siglo XX, el genio pionero de la informática actual que para resolver Enigma diseñó la máquina que se convertiría en la precursora del primer ordenador; una inteligencia artificial creada para funcionar lo más fielmente posible como el cerebro humano, y que además poseía alma propia, la del primer amor de Turing. The Imitation Game transcurre en tres tiempos narrativos diferenciados: la operación Enigma (de 1939 a 1942), el sombrío “futuro” de Turing a comienzos de los 50 (donde lo vemos solo y mentalmente deteriorado) y sus años como colegial en una academia para chicos (Alex Lawther brilla con luz propia como el Turing pubescente), donde conoció a Christopher (Jack Bannon), su único amigo hasta el inicio de la guerra. Alan, a menudo víctima de acoso en la academia por ser “diferente”, se enamora de Christopher, la única persona capaz de mirar más allá de su trastorno obsesivo compulsivo y su comportamiento alejado de la norma, y ver a Alan de verdad: “A veces son las personas de las que no imaginas nada las que hacen las cosas que nadie podría imaginar”.

The Imitation Game póster españolTuring es retratado en The Imitation Game como un prodigio con indicios de síndrome de Asperger’s (una de las muchas licencias dramáticas para hacer más comercial el biopic), lo que ha provocado las inevitables (y justificadas) comparaciones con el Sherlock de Cumberbatch. No es de extrañar, el solicitado actor británico lleva a cabo una interpretación que pone énfasis en los tics del personaje, dibujando a Turing como un ser excéntrico a base de mohínes. A Cumberbatch le cuesta un poco hacerse con el personaje, rozando la sobreactuación y la caricatura sobre todo en la primera mitad de la película, para finalmente dominarlo y ofrecernos un muy emotivo desenlace junto a Keira Knightley (que cumple de sobra, precisamente porque ella sí rebaja su habitual histrionismo). En definitiva un trabajo dramático irregular que, a pesar de los laureles, no es ni de lejos el más destacado de un actor por otro lado de talento incontestable.

The Imitation Game es un biopic de manual, y esto salta a la vista en todo momento. Su director, Morten Tyldum, sigue al pie de la letra los dictados del género para acomodar la visión de la Weinstein Company en su empeño anual por tener presencia destacada los premios de la Academia. Estamos ante una de esas películas que hacen ruido en la carrera de los Oscars pero no poseen lo necesario para perdurar en el imaginario colectivo más allá de la ceremonia (¿Recordáis Una mente maravillosa?). El problema en parte es esa visión encorsetada y hollywoodiense del biopic, lo que provoca por ejemplo que la homosexualidad de Turing solo se aborde de soslayo (es cierto que nos da una historia de amor preciosa con la analogía entre Christopher y la máquina de Turing, pero siempre entre líneas) y evite explorar la carnalidad del personaje escudándose en su carácter y en la mentalidad del momento con respecto al tema. Pero este no es el principal problema de The Imitation Game -que al menos no sucumbe al drama almibarado y grandilocuente propio de este tipo de cine-, sino la monotonía que conlleva su naturaleza de película diseñada matemáticamente para los premios. The Imitation Game es un film inteligente y correcto pero demasiado frío y calculado, un trabajo “académico” bien presentado, pero al que le falta compromiso, pasión, y, sobre todo, alma.

Valoración: ★★★

Crítica: Begin Again

(L-R) KEIRA KNIGHTLEY and MARK RUFFALO star in BEGIN AGAIN

En 2006, una pequeña película rodada con dos duros provocó que cientos de miles de espectadores en todo el mundo desarrollaran una relación idílica y romántica con el cine y la música durante un tiempo. El musical indie Once, sueño húmedo de euro-dreamers, se convirtió en uno de los sleepers de 2006, gracias a su combinación de romanticismo “alternativo” y su melomanía de factura youtubera. Aquella película enamoró, literalmente, a muchos espectadores, que con ella descubrieron otro tipo de musical, uno íntimo y despojado de ornamentos, que en lugar de celebrar el espectáculo ensalzaba la importancia del proceso de composición musical, y lo utilizaba para contarnos cómo se enamoraban los protagonistas.

Su director, el dublinés John Carney, recupera esta idea para realizar Begin Again, una suerte de nueva versión de Once con presupuesto más elevado, reparto de estrellas y con la Gran Manzana como nuevo escenario. Begin Again es la historia de Gretta (Keira Knightley), una compositora británica que vive en Nueva York a la sombra de su prometido, Dave (Adam Levine), que está inmerso en pleno proceso de transformación en una gran estrella de la música gracias a su participación en una exitosa película (como la vida misma, que diría Carney). Una noche, durante una actuación en un bar del East Village, Gretta es descubierta -muy a su pesar- por el presidente de un sello discográfico, Dan (Mark Ruffalo), que le propone grabar un disco con él al margen de las majors, y de la ley, reclutando músicos amateur, familiares y amigos, y con distintas localizaciones de la ciudad de Nueva York como estudios de grabación improvisados para cada canción.

Cartel BEGIN AGAINBegin Again es una película tan común y predecible como reconfortante y universal, un dulce que no amarga a nadie, vaya. El filme despierta simpatía a base de buenas actuaciones, y echando mano de lugares comunes siempre complacientes -como el del padre ausente que conecta con su hija adolescente (Hailee Steinfeld, cómo no). Carney utiliza la misma fórmula que en Once, para presentarnos un romance en este caso mucho más soslayado que el de Guy y Girl, uno que lleva por derroteros inesperados, sobre todo en su desenlace. Lo queramos o no, Begin Again acaba calando a base de buenas intenciones, y sobre todo gracias a un notable casting y unas interpretaciones que rebosan química y naturalidad (los actores están tan cómodos, que a veces dejan de actuar y se limitan a disfrutar el momento). Keira Knightley rebaja sus cotas de histrionismo (sigue siendo la misma histérica de siempre, pero a menor escala), Mark Ruffalo está idóneo en el papel de rufián encantador (aunque necesite ir al logopeda urgentemente), y Adam Levine, líder del grupo Maroon 5, sorprende en su primer papel importante con una actuación que da con las notas adecuadas, fluctuando acertadamente entre la parodia y la humanidad a la hora de dar vida a su personaje.

Curiosamente, lo menos cuidado de la película son las canciones. Melódicamente funcionan, se quedan en la cabeza, y cumplen su propósito de acompañar emocionalmente a la historia y los personajes, pero fallan estrepitosamente las letras (subtituladas en su versión en castellano, claro está), que parecen haber sido escritas viendo la tele, tremendamente cursis y facilonas, incluso ridículas, tanto que en ocasiones uno se pregunta si estamos ante un elemento paródico. Se salva la inspirada pieza central de la banda sonora, la balada “Lost Stars“, interpretada por Levine. Aún con todo, la música está siempre en el corazón del relato, nos da las mejores escenas (la ruptura de Gretta y Dave, el paseo nocturno compartiendo iPod, la emocionante última grabación en la azotea) y marca el tempo de manera que Begin Again no tiene un solo bajón de ritmo, logrando la hazaña de componer el equivalente a un “disco” sin relleno innecesario. Carney no arriesga en ningún sentido, se limita a mantenerse en su elemento y repetir lo que se le dio bien una vez, incluyendo tímidamente varias reflexiones sobre el estado de la industria discográfica, pero nada más. Lo importante de Begin Again es tanto su relación como la de los personajes con la música, y cómo estos la utilizan para comunicarse y refugiarse, para curar heridas y mirar hacia el futuro. El resultado es una película tremendamente cálida y acogedora que despertará en más de uno la necesidad de perseguir un sueño.

Valoración: ★★★

Crítica: Jack Ryan – Operación Sombra

JACK RYAN: SHADOW RECRUIT

Para dar vida a la cuarta encarnación en el cine de Jack Ryan, el analista de la CIA/súper espía creado por el escritor Tom Clancy, Paramount Pictures amortiza uno de sus rostros más emergentes, Chris Pine, que sigue dedicado a convertirse en héroe de acción moderno. Jack Ryan: Operación Sombra (Jack Ryan: Shadow Recruit), dirigida por Kenneth Branagh, es una puesta a punto del popular personaje interpretado anteriormente por Alec Baldwin, Harrison Ford y Ben Affleck, un reboot de la franquicia en un principio diseñado para dar a conocer al personaje a las nuevas audiencias, basándose en la ley hollywoodiense de que la memoria del público se borra cada 10 años.

El problema es que Jack Ryan: Operación Sombra en realidad no tiene muy claro cuál es su público, si los fans que disfrutaron del personaje hace ya dos décadas en La caza del Octubre Rojo o Juego de patriotas, o las nuevas generaciones. Operación Sombra es por Jack Ryan Operación Sombradefinición un thriller de acción, pero su trama se desarrolla en su mayor parte en despachos, furgones, a través del teléfono o delante de monitores, reservando los golpes de adrenalina a escenas muy puntuales -eso sí, set pieces excelentemente ejecutados. Branagh prefiere narrar el complot terrorista de Rusia contra la economía norteamericana que articula la película recurriendo a una intensidad contenida, quizás en un intento de perseguir un tipo de cine de acción más intelectual. Sin embargo, su aproximación al género, después de su desorientada labor de dirección en la primera Thor, vuelve a resultar equívoca. Branagh maneja (todos) los clichés del cine de espías sin verdadero sentido del espectáculo y la emoción, dando como resultado una película en su mayor parte tediosa que además hemos visto en incontables ocasiones.

Lejos del modelo de héroe testosterónico a lo Jason Statham, Pine hace un gran trabajo interpretando al hombre normal y corriente que debe compaginar su vida profesional y sentimental con su trabajo como agente secreto. En relación a esto, uno de los mayores aciertos de la película (además de la elección del Capitán Kirk como protagonista) es su manejo del componente romántico, evitando la afectación gracias a la creíble pareja que forman Pine y Keira Knightley. En general, Jack Ryan: Operación Sombra es un film ensamblado con cierta elegancia, pero carece de todo atisbo de personalidad y de aliciente, tanto para los fans del cine de espionaje, que encontrarán aquí lo mismo de siempre, como para los neófitos que no conocían al personaje. Sin embargo, la insípida dirección de Kenneth Branagh está lejos de ser lo peor de su trabajo en la película. Su interpretación del villano ruso Viktor Cherevin es lo que hace que Jack Ryan: Operación Sombra deje ocasionalmente de ser simplemente olvidable para ser directamente ridícula.

Valoración: ★★

Estrenos de cine destacados – Viernes 15/03/13

Anna Karenina (Joe Wright, 2012)

La tercera colaboración de Joe Wright y Keira Knightley nos transporta a la Rusia de finales de siglo XIX donde (re)conocemos a la aristócrata infelizmente casada Anna Karenina. La historia de esta adúltera consumida por la pasión, los celos y la presión social victoriana supone otro ejemplo de la excelente labor de diseño de producción y vestuario del cine de Wright. La exquisita puesta en escena de Anna Karenina se sustenta principalmente en preciosas imágenes que evocan el teatro de la época y enmarcan a los personajes dentro de bellísimas estancias de tres paredes y pictorialistas escenarios que oprimen sus existencias. Anna Karenina es un filme coreografiado hasta el más mínimo detalle (no en vano, Wright contrató un coreógrafo para todas las escenas, no solo las de baile), un musical encubierto que juega con los elementos del género para construir el devenir de sus personajes. Todo está orquestrado poniendo mayor interés en la experiencia del espectador que en la de estos personajes. Sin embargo, la aparente frialdad con la que se acomete el relato no es más que un fiel reflejo de la psique de su protagonista, y de la naturaleza de esta historia. Anna Karenina es impresionantemente hermosa, y también apasionante y conmovedora, solo que los grandes artificios dramáticos no provienen de las interpretaciones -aunque sean destacables, sobre todo la de Aaron Taylor-Johnson– o el tono de la historia, sino que lo proporcionan los elementos de producción, que enmarcan, definen y nos exponen cruelmente a sus personajes. La vida no es sino un gran escenario.

 

Món petit (Mundo pequeño) (Marcel Barrena, 2012)

Documental sobre un chico de 20 años que viaja junto a su novia desde su casa de Barcelona al punto geográfico exactamente contrario del mundo, en Nueva Zelanda. La particularidad de la aventura es que Albert va en silla de ruedas. O no, porque como él mismo nos dice en el documental, para él, esto es como llevar gafas, y no debería condicionar su vida, ni cómo la gente lo trata.

Pues bien, eso mismo voy a hacer. La gran moraleja de la historia es válida: deberías hacer lo que quieres hacer cada día, lo que te hace feliz. Y eso es lo que hace este muchacho desde bien pequeño, animado (y financiado, como es normal) por sus padres. Antes de los 18, Albert ha viajado por todo el mundo, y lo hace sin dinero, recibiendo la ayuda, el cobijo y el donativo de la gente que se encuentra en su camino. ¿Cómo hace para viajar de un país a otro cuando no es suficiente con el auto-stop? Se cuela en los trenes y barcos fingiendo que se cae al suelo mientras espera en la cola para entrar, y con “el revuelo de ver a un inválido en el suelo” se les olvida pedirle el billete (los aviones, a él y a la novia, que se cansa del viaje pero se reengancha al final en China, se los pagan los padres, o la productora del documental en este caso). En varios momentos de la película, Albert menosprecia a aquellos que hacen turismo pagando, y en especial a los mochileros que “creen que están viviendo una aventura pero en realidad están siendo turistas como los demás”. Tampoco son de su gusto las personas que se levantan cada mañana y hacen lo mismo todos los días. “Yo no podría vivir así”. Albert querido, llegará un día en que no tendrás más remedio que hacerlo.

Las fuertes contradicciones de este aventurero hacen temblar los cimientos del documental y ponen en duda el mensaje que desea transmitir. Albert es feliz, y yo me alegro, vaya, y comparto su opinión de que deberíamos hacer siempre lo que nos hace felices. Pero tanto él como su familia poseen una visión algo distorsionada de la libertad que practica y defiende el chaval. Esta no es una historia de superación. Albert no tiene nada que superar. Es la historia de un chico privilegiado que utiliza su “handicap” para lo que le interesa. Pues qué bien. A cada uno lo que le vaya bien para conseguir su felicidad…

 

Spring Breakers (Harmony Korine, 2012)

Tan excesiva como excelente, las “Spring Breakers” de Harmony Korine no dejan indiferente a nadie. Esta cinta se merece todo el culto que va a tener y más. Además de su unusual cast (desde dos chicas Disney hasta la mujer del propio director), el gran punto fuerte de la película es su ausencia completa de moralina. Durante todo el metraje, no veremos ni un solo juicio de valor moral. Si acaso notaremos la censura autoimpuesta de cada personaje sobre ciertas situaciones, pero no dejan de ser rasgos de cada uno de los caracteres (Faith y su cristianismo, Cotty y su promiscuidad y las twinsies Brit y Candy, adoradoras del Tony Montana’s way of life). Todo lo que vemos en Spring Breakers es real. Es tan real como una película, como un sueño. Es decir, tan real como nuestro Edén, como ese lugar al donde ir y nunca volver. Spring breakers forever. Si a esto añadimos una excelente factura estética y Britney Spears…¿Qué más podemos pedir? Otra “película del año”.

(Texto de Spring Breakers escrito por David Lastra)

 

Otros estrenos: Jack el cazagigantes (Bryan Singer), El chico del periódico (Lee Daniels), Amor y letras (Josh Radnor), Días de pesca en Patagonia (Carlos Sorín), A puerta fría (Xavi Puebla) y The Art of Flight (Curt Morgan)