Crítica: La montaña entre nosotros

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Kate Winslet no es una de esas estrellas que reniegan del papel que les dio la fama. La actriz británica siempre será asociada a Titanic, y esto no supone un problema para ella. De hecho, Winslet es la primera en sacar a colación a la película de James Cameron (con el que volverá a trabajar en las secuelas de Avatar, por cierto). Como ha contado en entrevistas, lo hacía casi a diario en el rodaje de La montaña entre nosotros (The Mountain Between Us), película filmada en condiciones climáticas extremas sobre el romance entre dos extraños que intentan sobrevivir tras una catástrofe que podía haberse estrenado perfectamente en los 90. ¿Veis el parecido?

Dirigida por el israelí Hany Abu-Assad (Paradise NowOmar) basándose en la novela de Charles MartinLa montaña entre nosotros es la historia de Alex Martin (Winslet), una reputada fotoperiodista que regresa a casa para casarse, y Ben Bass (Idris Elba), neurocirujano británico que se dirige a Baltimore para realizar una importante operación. Tras la aparición de una tormenta, su vuelo es cancelado. Intentando llegar a tiempo a su destino por todos los medios, Alex y Ben alquilan una avioneta para volar hacia Nueva York. Durante el vuelo, el piloto (Beau Bridges) sufre un infarto y el aeroplano se estrella en las nevadas Montañas Uinta, en Utah. Atrapados en ese lugar remoto y sin posibilidad de pedir ayuda, los dos tratan de sobrevivir emprendiendo un peligroso viaje en el que aprenderán a confiar el uno en el otro para no sucumbir a las inclemencias del tiempo y los animales salvajes, estableciendo una conexión que cambiará sus vidas.

La montaña entre nosotros no es una película de este tiempo. Se trata de un trabajo desprovisto de cualquier tipo de cinismo, sincero y directo. Una historia honesta en su romanticismo que descansa principalmente en el star power de sus protagonistas, a los que confía la tarea de sacar adelante un argumento de lo más inverosímil. Si La montaña entre nosotros cumple, es porque Winslet y Elba nos enamoran, como siempre. Dejando a un lado el forzadísimo acento americano de ella, los dos llevan a cabo un trabajo a la altura de sus reputaciones, aguantando estoicamente las duras circunstancias del rodaje sin perder un ápice del carisma y la fuerza que los caracteriza (y sin dejar de ser guapísimos, que también es importante). Winslet y Elba hacen muy buena pareja, y es su química la que sostiene en todo momento la película e impide que se vaya al traste por lo rocambolesco y a ratos incluso ridículo (imposible no reírse con el plano final) de su historia de amor.

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Este es uno de esos films fácilmente clasificables en la categoría de “películas de sobremesa de domingo”, una ligeramente anticuada fusión entre novela rosa y aventura de supervivencia que por momentos parece una season finale extendida de Anatomía de Grey (hastiada metáfora sobre la mente y el corazón incluida) y que desempeña con soltura su función escapista. Si La montaña entre nosotros estuviera protagonizada por otros actores, quizá no sería tan indulgente con ella, pero Winslet y Elba podrían hacer un infomercial de dos horas de la batamanta y yo me lo tragaría entero.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: La Serie Divergente – Insurgente

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La llama de las adaptaciones de novelas para adolescentes parece estar apagándose. A Katniss Everdeen, la líder indiscutible del movimiento post-Crepúsculo y Harry Potter, le queda una película para decirnos adiós, y su relevo, Tris Prior, que llegó a rebufo de la sufrida Sinsajo, no termina de enamorar a la audiencia. Después de Divergente (2014), el primer capítulo de la saga basada en los best-sellers de Veronica Roth, nos llega Insurgente, secuela con la que se pretende elevar el listón de la franquicia con más acción, un tono decididamente más oscuro y un estilo más arraigado en la ciencia ficción, con la esperanza (en vano) de que esta llegue a un público más amplio. El problema es que Tris no es Katniss, y por mucho que se esfuerce en disfrazarse de lo que no es, La Saga Divergente no es más que una mala copia de Los Juegos del Hambre.

Además de su tibia recepción crítica (que no es realmente importante en el caso de las adaptaciones Y.A., porque su público objetivo no se guía por esto), varios factores juegan en contra de Insurgente. En primer lugar, la cercanía con respecto a Hunger Games hace que las comparaciones sean inevitables, y que Divergente parezca un pasatiempo menor para rellenar la espera entre las películas de la otra saga. En segundo lugar, el mercado ya está saturado, como han demostrado los sonados fracasos young adult de los últimos años (iba a enumerar los inicios de saga frustrados, pero ya se nos han olvidado todos), lo que provoca que Insurgente no sea recibida con tanto entusiasmo por su audiencia target (adolescentes ya más resabiados que pasan con pasmosa facilidad a lo siguiente). En tercer lugar, Shailene Woodley no es la estrella que Hollywood se empeña en vendernos. La muchacha es buena actriz (no hay que perdérsela en Bajo la misma estrella), pero por lo general cae antipática, y no consigue resultar creíble como heroína de acción.

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Sin embargo, el principal factor en contra de Insurgente no es externo, es la historia en sí. Ya comprobamos en Divergente que el universo distópico que nos presentaba Roth no tenía ni pies ni cabeza. Sus normas desafían todo tipo de lógica, y solo existen de forma caprichosa, para construir un sistema totalitarista “de moda” y generar un conflicto social que no sería capaz de crear de otra forma. Lo normal (y recomendable) es que seamos más permisivos en nuestro pacto de ficción con este tipo de películas, pero Insurgente nos pone las cosas realmente difíciles con escenas cada cual más absurda e inconexa que la anterior. Hagamos memoria, estamos en una Chicago futurista, la sociedad se divide en facciones organizadas según las características personales de cada ciudadano (Cordialidad, Erudición, Verdad, Abnegación y Osadía). Todas viven bajo la autoridad de un gobierno central, élite presidida por una megalómana gélida y divina, JeanineKate Winslet, que tiene mucha más presencia en la secuela y, afortunadamente, esta vez ha decidido actuar. Sin embargo, existen personas que ponen en peligro el orden establecido, seres capaces de lo jamás pensado: ¡poseer dos o más características a la vez! Son los llamados “divergentes”, o como los conocemos en mi casa: personas normales.

Insurgente retoma la acción poco después del final de Divergente, con Tris, Cuatro (Theo James), Peter (Miles Teller) y Caleb (Ansel Elgort) ahora como fugitivos buscando aliados para derrotar a la bruja a la vez que huyen de su ejército de monos voladores, liderado por Eric (Jai Courtney). Mientras, Jeanine intenta abrir una caja mágica (¿por qué no?) que oculta un mensaje secreto, y que solo puede ser desbloqueada por un “elegido”, un divergente puro (con las 5 características al 100% de su potencia) que no es otro que Tris. Así, la película se divide en dos secciones, una primera en la que los rebeldes se refugian con facciones amistosas (por ahí desfilan Naomi Watts y Octavia Spencer, porque no tenían nada mejor que hacer), se enfrentan a sus captores y lidian con traiciones a izquierda y derecha; y una segunda en la que asistimos a las pruebas de Tris, simulaciones virtuales que le llevarán a descubrir los secretos sobre su familia y el pasado del mundo en el que habita, para a continuación abrir la puerta al futuro. Un futuro que, por cierto, se asemeja sospechosamente al de otra reciente saga teen clon de Hunger GamesEl corredor del laberinto. Vamos, que son todas la misma película.

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Ya desde el comienzo de su campaña promocional se quiso dejar claro que esta secuela sería diferente a su predecesora al menos en una cosa: la acción. Para ello, Lionsgate contrató a Robert Schwentke (Red, R.I.P.D. Departamento de Policía Mortal), que sustituye al director con el mejor nombre del mundo, Neil Burger. Aunque no faltan las eternas escenas de sobre-exposición y las dosis de romance atormentado (la escena de cama de Tris y Cuatro no podría estar más metida con calzador y peor realizada), sí que es cierto que Insurgente se esfuerza en dar algo de movimiento a la trama. Para ello, la película avanza a base de persecuciones y combates bien coreografiados (Jai Courtney sube considerablemente el nivel físico de estas secuencias) y set pieces que elevan la espectacularidad de una saga que empieza a parecerse a un videojuego de realidad virtual. Sin embargo, ni toda la acción del mundo ni los mejores efectos digitales serían suficientes para camuflar la realidad de Insurgente, una saga insulsa y sin ritmo que nos exige demasiada indulgencia y a cambio se toma en serio a sí misma hasta niveles sonrojantes.

Valoración: ★★

Crítica: Una vida en tres días (Labor Day)

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Una vida en tres días (memo título en español para Labor Day) no es una película de este tiempo. El nuevo film de Jason Reitman (Juno, Up in the Air), basado en la novela homónima de Joyce Maynard, está ambientado en 1987. Pero no solo eso, sino que parece estar realizado según la sensibilidad artística de aquella década y atendiendo a las expectativas de un público también de ese año. Lo que quiero decir es que el principal problema de Una vida en tres días es que es un relato altamente inverosímil no apto para el público del siglo XXI, que ya no pasa una, y de ahí que la cinta haya sido (injustamente) vilipendiada. Parece que ha llegado un momento en el que necesitamos que todas nuestras películas tengan una correspondencia absolutamente lineal con la realidad, que todo lo que ocurre en ellas debe resultar 100% factible en el mundo real. Pero es que Reitman no propone una historia real. Este drama über-romántico es un cuento de los pies a la cabeza, un relato americano que no busca la verosimilitud de los hechos, sino la de los sentimientos. Y en ese sentido, Una vida en tres días es todo un triunfo.

Reitman entrelaza con tino las dos historias principales del film, resultando en una curiosa fusión de novela rosa a lo Nicholas Sparks y película coming-of-age que tanto gusta a los realizadores de sensibilidad indie y carnet de Sundance. Una vida en tres días está narrada en primera persona por el adolescente Henry (Tobey Maguire, Gattlin Griffith), el hijo de la protagonista, Adele (Kate Winslet), una ama de casa suburbana que sufre una profunda depresión después de ser abandonada por su marido. Los últimos días de verano transcurren con normalidad hasta que un día en el supermercado, un hombre herido pide a Adele y Henry que lo acojan en su casa. Frank (Josh Brolin) resulta ser un preso que ha escapado de la cárcel y necesita refugio hasta que la policía deje de buscarlo. El secuestro se transforma gradualmente en el sueño de una familia, una fantasía de dicha y normalidad para Adele y Henry, que adolecidos del caso más brutal de Síndrome de Estocolmo, encuentran en Frank la figura masculina que necesitaban, el hombre en el que apoyarse por las tardes en el porche, y el padre que da lecciones de béisbol en el jardín.

Una vida en tres días Labor Day cartelDe acuerdo, a grandes rasgos suena excesivamente rocambolesco, pero afortunadamente, Reitman compensa la cursilería y la implausibilidad de la historia con un temple admirable en el manejo del suspense, una sensibilidad muy afinada, y un tratamiento de los personajes que los hace profundamente humanos. Una vida en tres días transcurre casi en todo momento desde el punto de vista de Henry, y es desde su inquisitiva mirada dónde Reitman construye el romance, a base de elocuentes detalles que observamos tras una puerta entreabierta, o que oímos a través de la pared, amplificado por una cuidada atmósfera de calor sofocante. Pero además de la elegancia y el buen gusto con el que el director acomete la historia, lo que de verdad hace que esta película funcione son el carisma animal de Josh Brolin y una espléndida Kate Winslet, en cuya Adele encontramos trazas de Mildred Pierce. Con su magnífica interpretación ahogada de melancolía, Winslet logra que la historia tenga fundamento -y sí, incluso esa insistentemente criticada escena en la que los protagonistas hacen una tarta tiene su razón de ser más allá de la agenda de la American Pie Council, que curiosamente abandera la película. Es más, probablemente sea una de las secuencias más importantes y pertinentes de la película.

Una vida en tres días nos habla de la desesperación, de la soledad, de la necesidad de afecto, de contacto, y protección. Muchos concluirán que la propuesta de Reitman es en cierto modo retrógrada y excesivamente conservadora, puesto que lo que esperamos hoy en día de una película de estas características es que se nos diga que una mujer no necesita a un hombre para vivir. Pero es que resulta que esta es la historia de una mujer que lo necesita, que muere sin él, y es en el anhelo desesperado de Adele donde el director encuentra el pulso del relato, y su nexo de unión con el espectador. Después de dos películas cuya mayor baza era el ingenio de sus diálogos, Reitman cambia el rumbo con una cinta íntima y delicada, de gran pasión contenida, de poesía salingeriana, un film cargado de tristeza que requiere dejar el cinismo aparcado y, aunque sea tan solo durante dos horas, volver a mirar el cine como si fuera 1987.

Valoración: ★★★½