Por qué Billy Elliot sigue siendo tan importante en la lucha contra la masculinidad tóxica

«No sé… Me siento muy bien. Al principio estoy agarrotado, pero cuando empiezo a moverme lo olvido todo. Y… es como si desapareciera, como si desapareciera y todo mi cuerpo cambiara. Como si tuviera fuego dentro y me veo volando, como un pájaro. Siento como electricidad. Sí, como electricidad».

Se acaba la segunda década del siglo XXI y seguimos estancados en el pasado, incluso retrocediendo en algunos aspectos. Aunque los diferentes movimientos progresistas por la igualdad sin importar el género, la sexualidad o la raza han tomado mucha fuerza en los últimos años, los prejuicios y el pensamiento arcaico continúan causando mucho daño en la sociedad.

A día de hoy, tanto en nuestra vida diaria como en la publicidad o el entretenimiento se sigue haciendo distinción entre cosas de mujer y cosas de hombre cuando no hay ninguna necesidad de hacer marcación por género. Recientemente se hizo viral una lamentable crítica de cine que aseguraba que los niños no estarían interesados en Frozen 2, porque es una película de niñas. Ya desde pequeños se nos dice lo que nos tiene que gustar o con qué juguetes tenemos que jugar según seamos niño o niña. Para ellos los coches, las películas de acción y los juegos de fuerza y destreza. Para ellas las muñecas, las historias de princesas y las actividades relacionadas con la maternidad y el hogar. Para ellos el azul, para ellas el rosa.

Para ellos el boxeo. Para ellas el ballet.

El problema del sexismo y la masculinidad tóxica o frágil afecta y moldea a las personas desde bien pequeñas, reprimiendo comportamientos totalmente naturales porque no son socialmente aceptados según las supuestas normas. Afortunadamente, el cine y la televisión han ejercido como poderosos agentes de cambio en este sentido. Si bien es cierto que muchas películas perpetúan los roles de género anticuados, otras han luchado por romperlos y demostrar que el género o la orientación sexual no deberían restringirnos en ningún aspecto de la vida.

Sería en caso del clásico moderno nominado a 3 Oscar Billy Elliot (2000). La película dirigida por Stephen Daldry (Las horas, The Crown) está considerada como una de las piezas clave en la batalla contra los estereotipos de género de las últimas décadas. Su impacto en cines resonó en todo el mundo, dando lugar a un auténtico fenómeno que perduró en el tiempo hasta convertirse en una exitosa obra musical -con composiciones de Elton John- en el West End de Londres.

La preciosa historia del pequeño Billy (Jamie Bell), un talentoso e impulsivo niño que vive dividido entre su pasión recién descubierta por el ballet y una familia rota de mineros que se enfrenta a una violenta huelga en la Inglaterra de Margaret Thatcher en 1984, inspiró a miles de personas que, como el protagonista, se sentían como bichos raros porque sus pasiones no eran las que supuestamente se debían corresponder con su género. Billy practica boxeo porque es lo que deben hacer los chicos, pero su verdadero amor es la danza, para la que posee un don muy especial. Su padre y su hermano, paradigmas de la masculinidad tóxica, se oponen a que Billy aprenda una disciplina tradicionalmente femenina, pero acaban apoyándolo, al igual que una comunidad entera que quiere para el niño lo que ellos no tuvieron: libertad para elegir qué quieres ser y escapar de un pueblo que se te ha quedado pequeño.

Billy Elliot nos habla de la necesidad de que el hombre también se abra y exprese sus sentimientos, ya sea de forma artística o a través de sus relaciones con los demás. Pero la lección no se queda ahí, sino que también incorpora un mensaje de tolerancia y aceptación a la comunidad LGBTQ+. Billy asegura en varias ocasiones que no es gay “a pesar” de gustarle el ballet, pero su mejor amigo, Michael (Stuart Wells), sí lo es. En lugar de rechazarlo (como reacción al propio rechazo que él siente y para distanciarse de la homosexualidad que otros proyectan en él), Billy acepta a su amigo tal y como es y no lo juzga cuando este lo besa o se viste de mujer, llegando incluso a fortalecer su amistad, lo cual ofrece un ejemplo de solidaridad y humanidad que sigue siendo muy valioso.

Billy Elliot supuso el lanzamiento de un jovencísimo Jamie Bell, que sorprendió al mundo entero con una portentosa interpretación merecedora de nominación al Oscar (que no se llevó). La energía y la delicadeza de su trabajo tanto en los momentos dramáticos y cómicos como en las magníficas escenas de baile, sumado a un extraordinario elenco adulto encabezado por Gary Lewis como el padre de Billy y Julie Walters (que sí fue justamente nominada por la Academia) como su profesora de ballet, dan forma a una película profundamente sensible, capaz de tocar la fibra sin caer en excesos de sentimentalismo.

Además de ser una de las películas más emocionantes y entrañables de los últimos 20 años, Billy Elliot pasó a la historia del cine por la forma en la que desafiaba los estereotipos de género con un personaje que se negaba a ser condicionado por ellos y se expresaba y liberaba a través de su pasión por el baile. Esto la convierte en precursora de una nueva masculinidad que representan nuevas estrellas jóvenes como Tom Holland (que interpretó a Billy en el teatro), Harry Styles o Timothée Chalamet. Gracias al film y al éxito de su adaptación musical (que ha llegado a muchos países, entre ellos España), Billy Elliot sigue siendo un modelo a seguir tanto para niños como para adultos, un ejemplo de que, en la búsqueda de la identidad debemos mirar hacia dentro y no prestar atención a lo que la sociedad quiere imponernos por ser una cosa u otra.

Pedro J. García

Billy Elliot está disponible en una nueva edición en pack con la película y el musical. Universal Pictures también ha puesto a la venta Los Miserables Jesucristo Superstar en este mismo formato doble.

El regreso de Mary Poppins: Feliz vuelta a la infancia

El legado de Mary Poppins es inmenso, tanto como el fondo del bolso mágico de su protagonista. La película de 1964 enamoró a varias generaciones de niños y adultos convirtiéndose en un clásico imperecedero, marcó un antes y un después en el cine gracias a su revolucionaria fusión de imagen real y animación  y catapultó a la fama a Julie Andrews, sellando su destino como leyenda del cine con una interpretación icónica e inolvidable que le valió un Oscar. La reciente etapa de Disney, caracterizada por la nostalgia y la recreación sus glorias pasadas, ha llevado al estudio a solicitar de nuevo los servicios de la niñera más famosa del cine en El regreso de Mary Poppins (Mary Poppins Returns), secuela oficial que llega 54 años después de la original.

Por el contrario, en el mundo de los Banks ha transcurrido menos tiempo. El regreso de Mary Poppins se desarrolla en el Londres de 1934, durante la Gran Depresión. Los hermanos Jane (Emily Mortimer) y Michael Banks (Ben Whishaw) han crecido, y ahora se enfrentan a los problemas de la vida adulta. Tras la muerte de la mujer de Michael y ante la posible pérdida a manos del banco de la casa donde crecieron (y crecimos), los Banks vuelven a necesitar a su niñera de la infancia, Mary Poppins (reencarnada en Emily Blunt). La institutriz “prácticamente perfecta en todo” vuelve a sus vidas para ayudarles a recuperar la esperanza y la alegría que han perdido al dejar atrás la infancia, inundando de música, luz y color el sombrío Londres junto a su antiguo amigo, el farolero Jack (Lin-Manuel Miranda).

El regreso de Mary Poppins podría haber salido mal por muchas razones. Continuar una de las joyas de la corona de Disney, tan querida e importante para tantas personas, cuyo papel protagonista se asocia indivisiblemente a una actriz en concreto, era una tarea muy arriesgada. Pero Disney la ha acometido de la mejor manera posible: dejando intacta la esencia de la obra maestra originalEl regreso de Mary Poppins es una película de las que ya no se hacen, un trabajo de tal clasicismo que podría haberse estrenado (casi) tal cual en los 60. El director, Rob Marshall (Chicago), pone su sensibilidad académica y su valiosa experiencia en el género musical al servicio de un film de otro tiempo y a la vez atemporal, en el que apenas hay concesiones a nuestra época o salidas de tono que delaten el año al que pertenece (más allá de los avanzados efectos especiales). Sus créditos iniciales al más puro estilo del Hollywood dorado, su puesta en escena y decorados vintage, sus diálogos inocentes, su mensaje inadulterado… todo en ella desprende el aroma del sistema de estudios y el cine de la vieja escuela.

Con más canciones que su predecesora y la presencia de Lin-Manuel Miranda (creador del fenómeno de Broadway Hamilton y compositor de las canciones de Vaiana), El regreso de Mary Poppins abraza más abiertamente su condición de musical, dejándonos números verdaderamente exquisitos, colando incluso algún que otro rap marca Miranda (como era de esperar). Si bien unos cuantos se desvanecerán fácilmente con el paso del tiempo, hay otros (‘A Cover is Not the Book’, ‘Trip a Little Light Fantastic’) que se quedarán grabados para siempre en la memoria del espectador, de la misma manera que lo hicieron los del clásico original.

Y es que, aunque oficialmente sea catalogada como secuela, El regreso de Mary Poppins es en realidad un remake (no tan) encubierto, ya que además de recuperar símbolos como la cometa, la banda de sufragista de la señora Banks o los objetos mágicos de Mary, reproduce la estructura de la película de Robert Stevenson y evoca una a una sus escenas más emblemáticas, solo que variando los elementos. Si en la original teníamos una canción para ordenar la habitación, en esta hay una para la hora del baño; el viaje a través de la baldosa pintada con tiza de la primera película (donde tiene lugar el “Supercalifragilisticoespialidoso”) aquí tiene su reflejo en una visita al mundo animado poblado por animales parlantes en la porcelana de un jarrón; la parada en casa del tío Albert que acaba con los protagonistas flotando de la risa reverbera en la secuencia de la prima Topsy (breve aparición de Meryl Streep), en la que todo se vuelve del revés… Y así hasta el final.

Un final, por cierto, que seguramente pasará a la historia como uno de los más bonitos que se han hecho jamás. A la película le cuesta coger fuerza y encontrar su ritmo, llegando a tener una primera media hora algo irregular, incluso pesada, en la que sobran varias canciones. Pero desde que Mary Poppins aparece por primera vez entre las nubes, la historia coge impulso y las emociones empiezan a arrollarnos. Sus números musicales, excelentemente ejecutados e interpretados, van de menos a más, aumentando en ambición y espectacularidad a medida que avanza el metraje, pero siempre conservando ese regusto tradicional del que hablábamos. Y después de acompañar a los Banks, a Mary y a Jack en sus extraordinarias peripecias, la historia culmina en un catártico desenlace que hace volar, literalmente. No importa lo cursi que sea, las veces incontables que hemos oído su mensaje (no hay que olvidar al niño perdido que todos llevamos dentro para ser felices), el optimismo y la alegría de este gran final nos embargan, y contener las lágrimas se convierte en una tarea imposible.

Os estaréis preguntando qué hay de Emily Blunt como Mary Poppins. Pues bien, estábamos en lo cierto cuando, ante el anuncio de su fichaje, pensamos en que no había mejor candidata para el puesto. No cabe duda, ella es Mary Poppins. Exudando carisma y presencia escénica, Blunt hace suyo el personaje sin quitárselo a Andrews. Lejos de reinventarla en un rapto de egolatría interpretativa, la actriz británica sigue al pie de la letra las pautas de su insigne precursora y reproduce lo que nos enamoró del personaje, ese carácter estricto (incluso borde) pero divertido y entrañable, dotándola de una profundidad y una riqueza de matices que corroboran el gran talento que ya conocíamos. Junto a ella brilla un elenco inmejorable, en el que destacan Ben Whishaw y Emily Mortimer, que nos convencen de que estamos de verdad ante los Banks con los que crecimos, una gloriosa Julie Walters robando por completo todas las escenas en las que aparece, Colin Firth haciendo exactamente lo que esperamos de él en un papel de villano, y Lin-Manuel Miranda aportando ternura, simpatía y nobleza en uno de los personajes más entrañables del año. Por no hablar de la presencia de los legendarios Dick Van DykeAngela Lansbury, cuyas apariciones van directas al corazón.

El regreso de Mary Poppins funciona como el reloj más infalible. Supone la vuelta del cine familiar que se hacía hace cinco décadas, componiendo un precioso homenaje rebosante de fantasía, magia y amor por los clásicos que transporta directamente a la infancia, te arropa y te canta una canción para que te vayas a dormir sin preocupaciones, proporcionando una sensación de calidez y felicidad que hacía tiempo que no sentíamos en el cine.

Pedro J. García

Nota: ★★★★