Crítica: Lolo, el hijo de mi novia

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Actúa, escribe, dirige, canta, compone, baila… Julie Delpy es todo un hombre del Renacimiento y una verdadera mujer del siglo XXI. Debutó a lo Lolita en Detective de Jean-Luc Godard, explotó en Mala sangre de Léos Carax y aún siendo lo perra que era Dominique en el episodio central de la trilogía de los colores de Kieślowski, se convirtió en una verdadera obsesión. Pero lo mejor estaba por llegar: ella es la Céline de la saga Antes de... De su increíble interpretación en las películas de Linklater se podrían escribir muchos más de los caracteres que ocupan este texto, pero hoy no es el día, si acaso nos quedamos con sus manos. Esas que le han valido dos candidaturas a los Oscar y le han colocado como un valor seguro a la hora de crear guiones ágiles y cotidianos, capaces de acercarse a temas trascendentales y/o desagradabes pero siempre con un poso de humor. Siguiendo esa tónica, Delpy nos trae su nueva obra: Lolo, el hijo de mi novia. En ella, la Delpy intérprete abraza el absurdo y lo excesivo, dos rasgos de la comedia más pura, pero tanto su desdoblamiento como directora y guionista no están tan de acuerdo con que esta historia sea una chanza cualquiera.

Vista desde fuera, Lolo es una comedia francesa al uso, con grandes dosis humor chabacano (propio del no tan sofisticado humor francés), desentendidos y cierto adoctrinamiento familiar (aunque sea disfuncional), pero como ya se ha adelantado en el párrafo anterior, no hay que dejarse engañar por las apariencias. Lolo es la historia de un sociópata con un complejo de Edipo de campeonato. Esa naturaleza le hace destrozar todo tipo de relación amorosa que su madre intenta llevar a cabo. Imbatible durante casi dos décadas, Lolo ve peligrar su status de intocable con la llegada de Jean-René, un paleto bonachón con el corazón de oro que pasa de ser un polvo de una noche a un futurible compañero de por vida para Violette, la madre de Lolo, una mujer de mediana edad, con un envidiable éxito laboral y un tremendo hambre genital. Como es normal en este tipo de películas, la parte cómica termina predominando en el resultado final, aunque una simple sustitución de la música de Matthieu Lamboley por una partitura más intensa y estaríamos ante una envenenada cinta de suspense a lo Claude Chabrol.

Lolo pósterJulie Delpy se regodea en uno de sus roles favoritos: la snob parisina. Su Violette es una creación muy divertida, especialmente cuando más bruta y malhablada se pone. Este desquiciado personaje es una caricatura y un fiel reflejo de cómo se trata a toda mujer que sigue soltera habiendo superado los cuarenta en este nuestro Primer Mundo. Como ya hizo con Chris Rock en Dos días en Nueva York, Delpy vuelve a elegir a un cómico como su partenaire. En esta ocasión lo hace con todo un revientataquillas en el país galo: Danny Boon. Además de solventar notablemente su Jean-René, el protagonista de Bienvenidos al Norte sorprende al no estomagar en ningún momento del metraje. Algún mérito tendrá la Delpy directora cuando ya obtuvo ese mismo éxito con Rock en la citada aventura neoyorquina. Vincent Lacoste (protagonista de Hipócrates y que repite con Delpy tras formar parte de la multitudinaria El Skylab) es el encargado de ponerse en la piel del parásito humano que da nombre a esta película. En vez de optar por crear un Lolo cautivador y magnético, él es un personaje bufonesco, que rompe con la imagen estilizada por la que suelen inclinarse las producciones estadounidenses. El conseguido tono risible y extravagante de los protagonistas (y de una gran Karin Viard en un papel muy Samantha Jones de Sexo en Nueva York) dignifica algún que otro agujero en la historia.

Lolo es un pasatiempo cómico muy negro, fiel a la marca de autora de su creadora, que no llega a sorprender, pero sí que entretiene y cumple su función sin ningún tipo de fisuras. Touché, Madame Delpy.

David Lastra

Nota: ★★★½

Crítica: Antes del anochecer (Before Midnight)

[Se recomienda la lectura de esta crítica después de haber visto la pelicula]

Veinte años en tres días. Y toda una vida en 294 minutos. Las cosas han cambiado tanto desde que Jesse y Celine se conocieron en aquel tren rumbo a Viena. Para ellos y para nosotros. El romanticismo da paso a la cruda realidad. Hemos crecido (envejecido) con ellos. Y aun hay hueco para algún que otro sueño pasajero, pero ya no somos lo que éramos. Después de aquel primer día, y de aquel reencuentro en París nueve años después, Richard Linklater, Ethan Hawke y Julie Delpy han llevado esta historia a las últimas consecuencias. Las del tiempo. En la primera película, Antes de amanecer, Jesse y Celine se despedían después de vivir el día más romántico imaginable, un encuentro casi onírico y fantástico que nació con el único propósito de convertirse en un recuerdo. En la segunda película, el destino (o algo así) empuja a Jesse y Celine a romper su ingenua promesa de no volver a verse nunca más. Al final de Antes del atardecer, Jesse perdía un avión y se quedaba en casa con Celine. De nosotros dependía el tiempo que permanecerían juntos. ¿Hasta el siguiente vuelo? ¿Un día? ¿Toda la vida? Linklater nos golpea fuerte con Antes del anochecer, dándonos una respuesta: toda la vida… Si es que eso es posible.

Linklater sigue poseyendo la agudeza y perspicacia del Woody Allen de los 70 y 80 a la hora de aproximarse y desmenuzar las relaciones entre hombres y mujeres, pero es mucho menos sardónico, mucho más cercano que aquel. Sin embargo, con Antes del anochecer se acerca más por momentos al Ingmar Bergman de Secretos de un matrimonio. Jesse y Celine llevan nueve años juntos (los mismos que vivieron separados), y tienen dos hijas (Jesse además tiene un hijo con otra mujer). Ya superan los 40, y la vida no es el campo de sueños que era, aunque estén pasando una temporada en un paraíso griego. Incertidumbre profesional, los quebraderos de cabeza que conlleva la responsabilidad paterna, oportunidades perdidas. Y las ruinas al horizonte. Sigue habiendo hueco para el idealismo (pero uno que funciona como último recurso para no perder por completo lo que uno fue), para la curiosidad y el hambre de conocimiento. Los veinteañeros mochileros se han transformado en un matrimonio bohemio, pero después de tanto tiempo sigue pesando la perspectiva europea contra la norteamericana, la pasión contra el pragmatismo, y por tanto, el entendimiento absoluto es imposible. Llega un momento en que estar juntos se convierte en una batalla continua, y hay que descubrir si se lucha en vano. Los años pasan, y Linklater finalmente decide abofetearnos con la pregunta que jamás queríamos plantearnos para Jesse y Celine, porque sabemos cuál es la respuesta en la mayoría de casos: ¿El amor se acaba?

Tranquilos, no obtenemos respuesta a esta pregunta en Antes del anochecer. Como en las anteriores entregas, se nos deja con la tarea de respondernos a nosotros mismos. Linklater, Hawke y Delpy -los tres comparten autoría, lógicamente- no sacan conclusiones. Nos dejan satisfacer nuestras ansias voyeuristicas y nos atrapan en eternos planos secuencia con prolongados diálogos que absorben y fascinan por su naturalidad y realismo, evidenciando en ellos a unos actores en estado de gracia y un guion increíblemente brutal. Y luego, estos diálogos se clavan y duelen, para después abandonarnos, dejarnos completamente solos, aturdidos, devastados. Nos queda volver a levantar todo desde los cimientos, reconstruir, volver a empezar, como a Jesse y Celine. Tras los créditos finales, catarsis y síndrome de Stendhal provocado por la experiencia de una película tan sencilla como profunda e inexplicable, tan ligera y divertida como cruel y dolorosa. Un riquísimo estudio sobre el amor (así, a grandes rasgos, porque no se puede definir de otra manera) que deja sin escribir las páginas finales. En última instancia, colapso mental por la comprensión de tantos pequeños grandes misterios de la vida en pareja, y la confusión y desazón por saber que nunca llegaremos a comprender tantos otros. Lo peor de todo es que la vida sigue, y no sabemos si volveremos a ver a Jesse y Celine (no se descarta una cuarta película), pero de momento, como decía, estamos solos, pensando en lo que hemos visto, en cómo esto se refleja en nuestras vidas, intentando responder aquella temida pregunta. Y tratando de justificar y defender un “no” por respuesta.

Calificación: 10/10

Crítica: Dos días en Nueva York

Desmontando a Julie Delpy

La etapa más reciente en la carrera de Julie Delpy se está caracterizando por la búsqueda de una identidad artística a través de la fusión de su vida personal -vinculada al arte desde la infancia- y su obra. Lo comprobamos una vez más en Dos días en Nueva York (2 Days in New York, 2012), secuela de 2 días en París (2 Days in Paris, 2007) en la que la actriz franco-norteamericana vuelve a mostrar su faceta multidisciplinar. Escribe, dirige, produce, interpreta y compone la banda sonora. Y a pesar de abarcar demasiado, Delpy sale más que airosa del reto autoimpuesto. Si 2 días en París resultaba algo rudimentaria y pecaba de amateur y gafapasta, su secuela nos devuelve a una Delpy que ha logrado dominar el arte del diálogo y conquistar el timing de la comedia, componiendo además una pieza independiente que se puede disfrutar (y mucho) sin haber visto el primer capítulo de la historia.

Dos días en Nueva York repite el esquema de su predecesora, pero mueve a los personajes de localización. En París, Jack (Adam Goldberg) era el pez fuera del agua. En Nueva York lo es Mingus (un más que correcto Chris Rock), la nueva pareja de Marion (Delpy), a pesar de que en esta ocasión, los visitantes son el padre de ella (descacharrante Albert Delpy), su hermana (Alexia Landeau) y su cuñado (Alexandre Nahon). Delpy vuelve a echar mano de los estereotipos nacionales y el choque de culturas para establecer un entrañable y algo desquiciado retrato de una familia, y llevar a cabo así una certera disección de las relaciones amorosas. Dos días en Nueva York es una desenfadada pero trascendental mirada a la vida en pareja, que nos habla entre otras cosas de cómo la decisión (tan poco americana) de no romper el vínculo con la familia para formar una nueva vida condiciona las relaciones. El amor conlleva sacrificio y la muy perspicaz Delpy nos aporta las claves para conservarlo sin perder la cabeza en el intento. Para resumirlas, podemos ser forasteros en nuestra propia casa, pero debemos evitar a toda costa serlo dentro de la pareja. Y por supuesto, no debemos vender nuestra alma. Ni a Manhattan, ni al primer diablo indie que se interese por ella.

Es absolutamente imposible ver Dos días en Nueva York sin pensar en el cine de Woody Allen. El discurso de Delpy se asemeja constantemente al del autor neoyorquino y el particular carácter de su Marion -aceptamos ‘neurótico‘ como calificativo esencial y exclusivamente alleniano– nos recuerda inevitablemente al casi octogenario realizador y sus alter-egos. Con divertidísimos diálogos que saltan con prodigiosa naturalidad de Esperando a Godot a Salt-n-Pepa, una alta dosis de costumbrismo y absurdo, una pizca de slapstick y un ritmo que no decae en ningún momento, Dos días en Nueva York confirma a Julie Delpy como un más que digno relevo del director de Annie Hall.