Mi verano de serie (Segunda parte)

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Aquí estoy de nuevo, listo para seguir hablando de mi verano seriéfilo, que ha dado tanto de sí que tuve que dividir este artículo en dos partes para que no se me fuera de las manos. La primera mitad de mis aventuras estivales tumbado en el sofá la podéis leer aquí. ¿La habéis leído ya? Bien, a continuación tenéis la esperada secuela.

Empiezo con una historia de la que ya he hablado en profundidad en el blog, y que he recomendado por activa y por pasiva en mis redes sociales, Man in an Orange Shirt. Se trata de una miniserie de BBC escrita por Patrick Gale, sobre el apasionado romance furtivo entre dos soldados británicos de la Segunda Guerra Mundial (Oliver Jackson-Cohen y James McArdle), y el efecto que causa su relación en la mujer del primero (Vanessa Redgrave). Man in an Orange Shirt está dividida en dos partes, la primera ambientada en el pasado, y la segunda en el Londres actual, donde conocemos al nieto de uno de los soldados (Julian Morris), un joven gay incapaz de abrir su corazón a los demás, que se refugia en el sexo con desconocidos. Como ya me he deshecho en elogios hacia la miniserie, no me quiero repetir, así que os remito a la crítica que escribí recientemente. Solo una cosa: si tenéis la oportunidad de verla, aprovechadla. Tengo la teoría de que cuanta más gente la vea, mejor será el mundo.

Hablando de miniseries de temática LGBTQ que son de interés universal (como debería ser siempre), también he visto When We Rise, ambiciosa ficción de ABC en ocho partes que sigue la estela de American Crime llevando a la cadena del alfabeto por el camino del drama de prestigioWhen We Rise tiene detrás un par de nombres de pedigrí. La serie está producida por los responsables de Mi nombre es Harvey MilkDustin Lance Black y Gus Van Sant (El indomable Will Hunting, Elephant), que además también dirige el primer episodio. When We Rise es una apasionada crónica sobre la lucha por los derechos de la comunidad LGBTQ que abarca más de cuatro décadas. Ahora bien, aunque su temática sea importante y su valor indudable, la serie peca de fría, reconstruyendo notablemente los acontecimientos pero fallando a la hora de conectar emocionalmente, quizá por culpa de un reparto que no parece del todo ubicado (sobre todo Guy Pearce, pero en general todos los actores más conocidos, poco creíbles como las versiones adultas del mucho más eficaz reparto joven). Recomendable para informarse sobre las injusticias vividas y los logros conseguidos por la comunidad, pero poco destacable como pieza dramática.

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La que sí he vivido a todos los niveles es Rectify, una de las mejores series de los últimos años que casi nadie ha visto, y que apenas ha formado parte de la conversación seriéfila, muy injustamente. Este drama de la cadena Sundance nos cuenta la historia de un hombre erróneamente acusado de violar y asesinar a una joven, que tras 17 años encarcelado, regresa a su pueblo, donde ya no se le mira con los mismos ojos. La serie es un soberbio estudio sobre el espíritu humano y la vida en una pequeña comunidad que nos habla de la culpa, el perdón y la búsqueda de la felicidad, y que está a la altura de los mejores dramas televisivos de la historia. Una serie que me arrebató por completo, tanto por sus portentosas interpretaciones (iba a empezar a nombrar a los actores, pero es que todos están increíbles) como por la delicadeza con la que cuenta la historia. Conmovedora, demoledora, tan triste como luminosa, y sobre todo, altamente recomendable.

También he aprovechado este verano para continuar series que empecé no hace mucho, pero dejé aparcadas por falta de tiempo, o porque otros estrenos acapararon mi atención y acabaron desplazándolas. Estoy hablando por ejemplo de American Gods, la adaptación de la novela de Neil Gaiman por parte de Bryan Fuller (Pushing DaisiesHannibal) que emite Starz (en España la tiene Amazon Prime). Terminé hace poco la primera temporada, y aunque cuando la empecé me temí lo peor (Fuller es un gran esteta, pero a veces me parece excesivamente pedante y superficial), me acabó conquistando por completo. Sobre todo a raíz del episodio 4, “Git Gone” (el que cuenta la historia de Laura –Emily Browning), una de las horas más preciosas que he visto este año en televisión. Ese capítulo en concreto es una maravilla, pero el resto de la serie no desmerece. Ambiciosa, provocadora, sensual, loquísima, de imaginación desbordante, de factura impresionante, con Gillian Anderson haciendo de Marilyn, Bowie o Lucille Ball, y sin olvidar a Ian McShane, que está enorme. No se puede pedir más. Ardo en deseos de ver la segunda temporada.

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Otras dos series que empecé cuando se estrenaron, pero dejé en la recámara hasta no hace mucho son The Exorcist TabooSobre la primera ya hablé en su día, después de ver su piloto. No esperaba que un reboot televisivo de una película tan irrepetible (y que tanta huella dejó en mi vida) como El exorcista fuera a satisfacerme tanto. Elegante, bien contada, bien interpretada (Alfonso Herrera es mejor actor de lo que se lo reconocemos, y esta serie es la prueba), y más terrorífica que la mayoría de series (supuestamente) de miedo (la soporífera Outcast, de temática similar, palidece en comparación). Y lo mejor, hacia la mitad de la temporada hay un brillante giro sorpresa en la historia que le da la vuelta a la serie y la convierte en algo distinto a lo que creíamos.

Sobre Taboo, el carísimo drama místico de Tom Hardy, que supuso pérdidas económicas para el actor, solo puedo decir que entra muy bien por los ojos, que está muy bien hecha, pero que, habiendo terminado la primera temporada, no sabría muy bien decir de qué va. Y apuesto lo que sea a que los responsables de la serie tampoco lo tenían muy claro. Confusa, embarullada, poco accesible, pero lo suficientemente hipnótica y atractiva como para haberme quedado hasta el final. Ya veremos si me apunto también a la segunda temporada. Aunque claro, Hardy es mucho Hardy, y va a ser difícil resistirse a sus estúpidamente sensuales gruñidos primitivos.

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Cambiamos de tercio para hablar de tres comedias. Las tres de Netflix. Imagino que os pasará lo mismo, la plataforma ha cogido tal ritmo con los estrenos de sus series originales que es imposible estar al día. “Pero no hay por qué verlas todas”, me diréis algunos. Ya lo sé, creedme que lo sé. Pero eso decídselo a mi yo completista, o a mi yo sin filtro, que por una cosa u otra, casi todas las series de Netflix me atraen (menos Narcos, hasta ahí no llego). A lo que iba. Este verano he seguido con una de mis comedias recientes favoritas, Love, y la segunda temporada me ha parecido incluso mejor que la primera, tan agridulce como la anterior, pero más centrada, más inspirada. He vivido la relación de Gus y Mickey al máximo, casi en primera persona, los buenos momentos (y hay muchos, porque cuando Judd Apatow se pone tierno, optimista y romántico, no hay quien le gane), los malos (Apatow tampoco tiene rival boicoteando la felicidad de sus personajes) y los insoportablemente frustrantes (para los que echamos de menos Girls, esto es droga de la buena). Love merece más reconocimiento del que tiene, y Gillian Jacobs y Paul Rust deberían estar entre los nominados al Emmy este año. Ah, y Bertie es un tesoro, quiero demasiado a Bertie.

Para que no me pase como con Love (y Master of None, cuya segunda temporada aun tengo en la recámara), decidí ver Descolocados (Disjointed) y Atípico (Atypical) nada más estrenarse. La primera tenía un claro (y único) reclamo para mí: Kathy Bates. Pero ni siquiera ella es capaz de hacer que merezca la pena invertir mi (no tan preciado) tiempo en la serie. Descolocados no es más que otra sitcom de la factoría Chuck Lorre, una comedia de risas enlatadas propia de CBS, casposa y sin gracia, que, al estar en Netflix, puede desmarcarse diciendo tacos y salirse con la suya haciendo que toda su historia gire alrededor de la marihuana. Además, tiene la particularidad de que incluye secuencias animadas e interludios en forma de vídeos de YouTube o anuncios televisivos (el product placement es nivel desayunos de Médico de familia) para rellenar su increíble vacío de ideas. Por su (ínfima) calidad, Descolocados es comparable a la lamentable The Ranch, con la diferencia de que en esta se está malgastando trágicamente el talento de Bates. Cada vez tengo más claro que lo de Mom es la excepción que confirma la regla.

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En cuanto a Atípico, voy a pecar de poco original y decir que es bastante… típica. Esta dramedia familiar que bien podría haberse emitido hace 8 años en Showtime o actualmente en ABC (con censura) es la película indie de Sundance que hemos visto en incontables ocasiones. Pero aun así, es difícil no sucumbir a sus muchos encantos. Empezando por su protagonista, Sam (magnífico Keir Gilchrist), un adolescente autista en busca del amor con el que se visibiliza este colectivo de personas poco representadas en televisión, siguiendo por su sentido del humor, entrañable pero nunca demasiado ñoño, y terminando por Jennifer Jason Leigh, que como productora de la serie, se reserva bastante protagonismo, y brilla con otro de sus papelones, una madre sobreprotectora en plena crisis de mediana edad (estará entre las nominadas al Emmy el año que viene con toda seguridad, y será bien merecido). Sin olvidar a los secundarios, un simpático plantel de personajes que complementan perfectamente al protagonista (Brigette Lundy-Paine, la hermana de Sam, es toda una revelación, y el personaje más interesante de la serie). Atípico no inventa nada, es la clásica historia coming-of-age que tanto le gusta contar a los norteamericanos, pero es tan cálida, tan bonita, tan divertida, que le perdono sus defectos (y tiene unos cuantos). Recomendable para los fans de aquella joya injustamente ignorada que fue United States of Tara o películas teen como Las ventajas de ser un marginado.

Sigo en Netflix, pero cambio de tercio para hablaros de una de mis mayores sorpresas del veranoAnne with an E (o simplemente Ana), la nueva adaptación de Ana de las Tejas Verdes, el clásico de Lucy Maud Montgomery. Os cuento, tenía curiosidad, pero tampoco me moría por verla. En mi semana de vacaciones a finales de julio me la puse para desayunar. Y pasó lo que tenía que pasar. De esto que te pones algo pensando que va a ser una serie de planchar (o de tener al fondo mientras comes), y acabas completamente metido, deseando que llegue el desayuno del día siguiente para ver el siguiente capítulo. Me zampé Anne with an E con café, zumo y galletas, y ya la asociaré para siempre a mis desayunos vacacionales. Qué serie más bonita, qué maravilla de casting, qué protagonista más perfecta (Amybeth McNulty es un portento, personifica a la perfección el melodramatismo exagerado, la energía y la ilusión del personaje), qué fresca, qué divertida, qué emotiva, qué bien retrata el paso de la infancia a la adultez… He leído muchas quejas sobre las licencias que se ha tomado con respecto a los libros, pero esto a mí me importa más bien poco. Sin compararla con el original o las versiones anteriores, Anne with an E aguanta muy bien el tipo como serie, y quiero más.

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Más cosas. Ha vuelto Halt and Catch Fire, y al igual que Rectify, se trata de una de las mejores series que no estás viendo. Claro que nunca es tarde si la serie es buena. Si no la veis, dadle una oportunidad. Al principio puede parecer otra copia de Mad Men, pero con el tiempo va afianzándose en su propia identidad para convertirse en uno de los dramas televisivos más satisfactorios del momento. Su cuarta temporada ha empezado subiendo mucho el listón, con los personajes más asentados que nunca, los actores más cómodos y la historia cogiendo un rumbo muy interesante. Otra nueva serie de época que acabo de empezar, esta de estreno más reciente, es The Last Tycoon, drama de Amazon protagonizado por Matt Bomer, Kelsey Grammer, Lily Collins y Rosemarie DeWitt que también se puede describir como otra Mad Men wannabe. Ambientada en el Hollywood de los años 30, The Last Tycoon nos muestra los entresijos de las majors de cine a través de la figura de un productor atribulado, que se queda a años luz de Don Draper, aunque Bomer lo haga realmente bien. Es una serie correcta, con estupendo diseño de producción y vestuario y buenas interpretaciones, pero no destaca especialmente entre tanta oferta de calidad.

Aguantad, que ya queda poco. No hace mucho retomé otra serie que empecé hace eones y dejé parada, pendiente de seguir cuando llegase el momento adecuado. Y ese momento llegó en una noche tonta y sofocante de agosto, cuando decidí que lo que pegaba era ver Spartacus. Concretamente Gods of the Arena, la miniserie precuela que sucedió a la primera temporada. Hacía mucho tiempo que no veía la serie, por eso me sorprendió darme cuenta de lo terrible que es. Un péplum que es pura pornografía, burda, gratuita, casposa, y lo peor, con ínfulas de drama de calidad. ¿La voy a seguir viendo? Claro, a todos nos gusta un poco de porno de vez en cuando.

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Termino con dos asuntos pendientes a los que por fin he hecho frente. A principios de verano empecé a ver RuPaul’s Drag Race, el popular talent show de drag queens que ocupa el 80% de mi timeline de Twitter y Tumblr. Me sentía completamente desplazado sin ver este programa, así que ya era hora de hacer algo al respecto. He visto las dos primeras temporadas, y aunque me queda mucho para estar al nivel de fanatismo de mis contactos (observé desde fuera la locura del Werq the World el otro día), ya siento que pertenezco un poquito más a mi comunidad (la de seriéfilos, la LGBTQ y la del Twitterverse). Y por si os interesa mi opinión: Bebe Sahara Benet me pareció una justa ganadora (aunque también me habría quedado satisfecho si hubiera ganado Nina Flowers) y no tengo favoritas de la segunda edición (no, no soy fan de Raven, lo siento, y Jujubee era la que mejor me caía, pero como drag no me decía nada). Todas unas bichas, como Taylor Swift.

Y me he dejado para el final el mayor asunto pendiente seriéfilo de mi vida: Dawson crece. La serie de Kevin Williamson marcó mi adolescencia, como la de tantos otros, pero dejé de verla en la quinta temporada, y desde entonces (hace 15 años, que se dice pronto) no me había atrevido a ver el final y cerrar ese ciclo de mi vida. Pues bien, la pasada primavera llegó el momento de encararme al pasado para mirar definitivamente al futuro. En lugar de ponerme directamente la sexta, decidí ver la serie entera desde el principio. Qué nostalgia más grande con las dos primeras temporadas (la primera sigue siendo un clásico adolescente con todas las de la ley), cuantísimo me influyó (yo era Dawson, y durante el revisionado me di cuenta de que también era insoportable, como Dawson). La tercera me pareció mucho mejor de lo que recordaba (Dawson descolgando sus pósters de Spielberg me parece uno de los momentos más dramáticos y uno de los puntos de inflexión en un personaje mejor escritos de la historia de la tele). En la cuarta, la serie empezó a decaer si remedio, y las dos últimas temporadas están universalmente consideradas como las peores de la serie.

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Dawson crece es el ejemplo paradigmático de por qué una serie de adolescentes no debería continuar en la universidad. Las temporadas 5 y 6 (en las que la serie debería haberse rebautizado Joey’s Creek) son desesperantes, aburridas, absurdas hasta el paroxismo (Pacey broker de bolsa, con eso lo digo todo), con tramas sin sentido, relaciones insípidas y nuevos personajes que no aportan absolutamente nada. La ausencia de Williamson se nota trágicamente, y por eso se agradece que se ocupe del final, dos capítulos que arreglan en la medida de lo posible el estropicio previo y despiden la serie con una nota muy emotiva, dando más protagonismo al mejor (y más maltratado) personaje de la serie, Jen. He de confesar que no lloré viendo el final (supongo que tragarme la serie en maratón me dejó insensibilizado), pero aun así me pareció un buen desenlace, coherente, lleno de amor hacia sus personajes, y deferencia a la audiencia que tanto tuvo que aguantar. Dawson crece termina como tenía que terminar (y Joey termina con quien tenía que terminar), así que al menos, aunque fuera durante 80 minutos, sentí que no había perdido del todo el tiempo. Lo dicho, ya no tengo asuntos pendientes, ya puedo morir tranquilo.

Y ya puedo dar la bienvenida oficial al otoño. Hasta aquí el repaso a mi verano de series. Como en la primera parte, os animo a que me contéis qué habéis visto vosotros estos últimos meses. Espero que esta vez me hagáis más caso.

Girls: Crecer duele

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Girls nunca fue una serie tradicional. Por eso es lógico que su final tampoco lo haya sido. La serie de Lena Dunham siempre ha seguido sus propias normas, y una de las más importantes es no darle al espectador lo que quiere, sino lo que la historia necesita, aunque esto suponga enfadar o frustrar a la audiencia (de eso se trata, de ver cómo sus protagonistas toman las peores decisiones una y otra vez). Y si el último capítulo de Girls necesitaba dejar atrás a la mitad del cuarteto protagonista (Jemima Kirke y Zosia Mamet no aparecen) para centrarse en Hannah y Marnie, será por algo.

Para muchos, el verdadero final de Girls llegó con los dos capítulos previos al último, “What Will We Do This Time About Adam?”, en el que nos despedimos de la pareja romántica más importante de la serie, la formada por Adam (Adam Driver) y Hannah, con la media hora más agridulce de la serie, una fantasía romántica que se desintegra con el diálogo sin palabras más desarmante de la serie (si creíais que acabarían juntos, no sé qué serie estabais viendo), y “Goodbye Tour”, donde asistimos a la última “reunión” de las chicas y nos damos cuenta de que Girls nunca nos quiso hablar de la amistad del grupo, sino de su desamistad. Es decir, de cómo Hannah, Jessa, Marnie y Shoshanna nunca fueron realmente amigas, sino conocidas que mantenían sus relaciones por cumplir con las normas sociales o esquivar la soledad y el miedo al futuro. De esta manera, “Latching” (6.10) es más bien una coda, un epílogo que nos muestra la vida de Hannah meses después de dar a luz, ya alejada de la fantasía de Nueva York, de la fantasía de los 20.

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La serie podía haber terminado con aquel emotivo montaje de la protagonista observando a sus amigos en la fiesta de compromiso de Shoshanna, pero quedaba un último capítulo, y había que rendir homenaje a la única relación que puede asemejarse a una amistad real dentro de la serie, la de Hannah y Marnie. Por eso “Latching” comienza con un guiño a los inicios, ese traveling que recorre la cama para mostrarnos a las dos amigas acostadas, esta vez con Marnie abrazando a Hannah por detrás. Marnie ha decidido irse a vivir con Hannah para ayudarla a criar a su hijo, Grover, y esto la convierte automáticamente en la mejor amiga de la protagonista. “Estoy aquí. He ganado”, le dice satisfecha y agresivamente. Nada de lo que hace Marnie es natural, todo es auto-impuesto y artificial, pero la decisión de ayudar a su mejor amiga es sincera, aunque no sea precisamente desinteresada (Marnie no sabe dónde encontrar su propósito y se aferra al de Hannah).

“Latching” incluye un tercer personaje principal, Loreen (la maravillosa Becky Ann Baker), que reaparece para ayudar a Hannah a dar ese último empujón hacia la madurez, hacia la realidad, aunque sea a base de gritos. Lena Dunham realiza así una despedida íntegramente femenina, centrada en tres personajes pertenecientes a dos generaciones distintas con las que lleva a cabo una cruda y sencilla reflexión sobre la maternidad. Si al comienzo de la serie nos hubieran dicho que esta terminaría con Hannah en el campo luchando con(tra) su nueva condición de madre no nos lo habríamos creído. Pero como decía, Girls nunca nos llevó por los derroteros más esperados, y mucho menos por los más complacientes. Estaba claro que esta no era la típica serie en la que todo se iba a cerrar de forma impecable y con un lazo (aunque si lo pensamos, las despedidas de los demás personajes centrales, por muy abiertas o repentinas que fueran, no podían ser más adecuadas según cada uno).

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Dunham no iba a decir adiós a la serie que le dio la fama y la convirtió en la voz más debatida y detestada de su generación con un happy ending al uso (esto no es Friends). Ella ha preferido darnos un final que es un principio, otro relato breve, casi independiente, con el que su personaje por fin deja atrás su narcisismo para poner las necesidades de otra persona por encima de las suyas. Puede que, paradójicamente, la carta de la maternidad sea lo más tradicional que ha hecho Dunham en la serie, pero convertirlo en el motor de su desenlace es lo que ha hecho que sea fiel a sí misma y su libre albedrío hasta su último minuto. Y hasta su última imagen, uno de esos preciosos primeros planos de Hannah con los que a Dunham le gusta tanto acabar los capítulos, y un mensaje final de esperanza para el personaje y el espectador después de tanta amargura: todo va a salir bien.

¿Y qué pasa con Marnie? El personaje de la infravaloradísima Allison Williams ha sido el más importante de la serie después de Hannah, y dejar que comparta el último capítulo con ella es el detalle más bonito y justo que se le podía regalar. El papel de Marnie en “Latching” es ilustrar la complejidad de la amistad, en concreto, ese momento de transición (normalmente a los veintitantos) en el que dos personas que lo han compartido todo o bien se separan para siempre o aprenden a ser amigos de forma adulta. “Latching” no nos enseña el futuro, pero por lo que vemos en el presente (esa tranquilizadora escena en el porche), podemos pensar que todo va a salir bien también para Marnie, que por primera vez en la serie se plantea un objetivo realista (estudiar Derecho). Seguramente, Hannah y Marnie aprenderán a ser amigas sin depender la una de la otra, a darse el espacio necesario sin alejarse para siempre, a estar en sus vidas sin tener que compartir el mismo techo o verse todos los días. Necesitamos creer que Shoshanna estaba equivocada, y que al menos lo que hay entre ellas dos sí es real, y podrán conservarlo en una versión más madura y equilibrada de su amistad.

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“Nadie dijo que esto sería fácil”, le dice Loreen a su hija, Hannah. Es la mejor píldora de sabiduría que podía darle. Y la que resume a la perfección lo que ha sido la serie, el camino que han recorrido estos personajes, concretamente Hannah y Marnie (“la verdadera historia de amor de Girls“, según su productora, Jenni Konner). Del egoísmo y el autoengaño a la madurez que conlleva darse cuenta de que efectivamente, ni es fácil, ni somos tan especiales como creíamos (Hannah no es la voz de su generación, es una más entre tantos, y darse cuenta de eso en los últimos capítulos es lo que la sitúa en el camino correcto), y en definitiva de dejar de pensar en uno mismo para atender a los que nos necesitan. Ha sido un camino repleto de golpes, desengaños y decepciones, pero es necesario atravesar por esto para acabar descubriendo ese “sentimiento de pertenencia”, para “ser alguien”, como dice la canción de Tracy Chapman con la que se despide la serie. Por eso, por haber sabido explicar tan bien ese sentimiento, recordaremos Girls como el retrato más fidedigno, honesto y comprometido de la juventud del cambio de milenio.

LOVE: Adictos al amor

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Love es la nueva comedia de Judd Apatow para Netflix, co-creada por el humorista Paul Rust y Lesley Arfin (guionista de Girls Awkward.). Con una primera temporada de diez episodios, esta serie se suma a la interesante (e incesante) lista de comedias millennial que actualmente despuntan en la televisión USA, historias sobre la amistad y el amor en tiempos modernos que no tienen miedo de mostrar la cara más amarga e incómoda de esta generación. Como GirlsMaster of None You’re the WorstLove nos habla de un tipo de adulto aun estancado en una etapa de transición, personas que están aprendiendo a navegar en la vida para cumplir unas expectativas que ya no son tan fáciles de alcanzar. Es decir, Love es exactamente lo que uno espera de una serie creada por Apatow, una historia sobre adultescentes treintañeros que se niegan o a los que se les impide el acceso definitivo a la isla de los adultos.

Pero por encima de todo, Love es una comedia romántica, o más bien una anti-comedia romántica, como se podría definir en algún momento a las series mencionadas en el primer párrafo -y que es oficialmente la nueva rom-com canónica en televisión. La historia se centra en Mickey (Gillian Jacobs) y Gus (Paul Rust), dos treintañeros atascados en sus respectivos trabajos y recién salidos de sendas relaciones tóxicas, que entablan amistad después de un agitado encuentro fortuito en un supermercado (la secuencia en la que ambos se conocen conversando de camino a casa de Mickey inaugura la serie y plantea la relación de forma inmejorable). Gus es un nerd de manual, feúcho, esmirriado, con gafas, socialmente impedido, (supuestamente) un inútil con las mujeres. Mickey es imprevisible, caótica, narcisista, un desastre natural del que es imposible apartar la vista. Inevitablemente, Gus se enamora de Mickey, pero ella no le va a poner las cosas fáciles. Como toda la obra de Apatow (exceptuando Girls, que sería menos suya), Love está contada en su mayor parte desde la perspectiva masculina (de ahí que cumpla con el lugar común del geek feo que se lleva a la rubia guapa, o incluso, como es el caso, por el que se pelean dos rubias guapas), pero tiene a una de las protagonistas femeninas más interesantes de la temporada televisiva.

Gillian Jacobs Love

Si bien Rust está perfecto como el protagonista cercano, con el que es fácil identificarse y empatizar, Jacobs (la infravalorada Britta de Community) es quien hace que Love pase de ser “otra serie de millennials” a un extraordinario estudio de personajes. Mickey responde al arquetipo ficcional de la chica que todo el mundo admira (contad las veces a lo largo de la serie que alguien dice “Mickey es genial” o “Mickey es la hostia” para reforzar esta idea), de la que todo el mundo desea ser su amigo, pero que nadie conoce en realidad (contad las veces que esas personas que dicen que “Mickey es la hostia” se decepcionan por su comportamiento egoísta e interesado hacia ellas). Con una expresividad pasmosa y una ternura torpe y volátil, Jacobs da multitud de dimensiones al personaje, haciendo que este sea magnético y exasperante a la vez, pero sobre todo divertido e irresistible. Como la troupe de Hannah Horvath, pero sin llegar a sus límites de autoengaño, Mickey es un personaje escrito sin complacencias para el espectador, una chica que no ve el mundo según las mismas normas que los demás (si los espectáculos de magia le parecen ridículos, lo va a decir, aunque hiera los sentimientos de la cita que la ha llevado a uno o la meta en problemas con la comunidad de magos de Los Ángeles), y que no pone fácil la tarea de quererla.

Pero ante todo, Mickey es el paradigma de la personalidad adictiva. Alcohólica, mentirosa, con trazas de depresión, e incapaz de funcionar si no es con un hombre a su lado (o en su defecto, alguien de quien depender, a quien exprimir para su propio beneficio). Gus se convierte en esa persona, pero lo más interesante es que Love no escapa de otorgar responsabilidad a él también. Si Mickey está representada como un personaje manipulador, Gus también la está utilizando en cierto modo, concretamente para mejorar la imagen que proyecta en los demás y dejar de ser un pringao para todo el mundo (se podría decir que él es adicto a Mickey y a la persona que parece gracias a ella). Es un conflicto muy bien planteado a lo largo de la temporada, que concluye con un final engañosamente romántico (saltar al siguiente párrafo si no se ha terminado la temporada): Ella está abriéndose a Gus, contándole sus problemas de adicción y su necesidad de estar sola durante un año para encontrarse a sí misma y así dejar de depender de otras personas para existir, y él la interrumpe plantándole (¿robándole?) un beso, un gesto muy propio del final de cualquier comedia romántica. Y una escena que engloba perfectamente lo que es Love. Puede parecer amor, puede parecer dulce, emocionante, idílico, pero si se mira más detenidamente, es jodidamente tóxico y disfuncional.

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Afortunadamente, Love tiene un lado amable muy desarrollado, lo que impide que la serie se vaya por derroteros demasiado amargos o antipáticos. A esto contribuye enormemente el plantel de secundarios de la serie, caras conocidas de Apatow Productions (en el fondo, él siempre seguirá haciendo Freaks and Geeks) o de su propia familia (Iris Apatow aparece como una caprichosa estrella de televisión adolescente, otro caso de nepotismo que podemos perdonar porque clava al personaje). Pero la que sobresale por encima de todos es Bertie (Claudia O’Doherty), la compañera de piso y contrapunto existencial de Mickey, una australiana optimista y bondadosa que se convierte en su otro “soporte” y acaba siendo clave para dar lugar a la epifanía sobre su comportamiento y su naturaleza adictiva. Las interacciones entre estos personajes nos dejan diálogos magníficos, situaciones muy divertidas (genial la escena de los Blu-rays) y episodios sobresalientes (“Party in the Hills” y “Andy” destacan por su perfecta naturaleza independiente, mientras que “The Date”, probablemente el mejor de la temporada, eleva el listón de las citas memorables en cine y televisión con media hora de comedia absolutamente redonda). Pero estas relaciones, ya sean más longevas o de una sola noche, también dan lugar a momentos profundos y reveladores.

Ese es el (no tan) secreto de Apatow, saber contar historias cotidianas que degeneran fácilmente en lo embarazoso y humillante, con las que observa hábilmente el comportamiento humano, examina las (a menudo absurdas) normas por las que se rigen nuestras (a menudo extrañas) interacciones íntimas y sociales -muchas de ellas tienen lugar, de forma muy realista y oportuna, en la pantalla de un smartphone-, y trata de descubrir qué demonios es exactamente eso del amor. Como sus anteriores trabajos, Love nos vuelve a decir que Apatow cree profundamente en el amor, pero también cree que hay que sufrir para llegar a él.

Crítica: Y de repente tú (Trainwreck)

Y de repente tú

La comedia USA de los últimos años llega con aires renovadores y desplazando el foco de atención hacia las mujeres (que, como te dirían muchas cómicas sarcásticamente “también pueden ser graciosas”). Este nuevo enfoque está afectando especialmente a un género tradicionalmente asociado con el público femenino, la comedia romántica, o como se denomina peyorativamente en inglés, “chick flick”. Recientemente, el cine y la televisión nos está proponiendo otro tipo de rom-com, uno que desafía los estereotipos y no relega a la mujer al papel de flor delicada que debe ser conquistada por un príncipe azul. Bridesmaids o las series televisivas Girls y You’re the Worst creen en otra manera de contar un romance. No rechazándolo sino dándole la vuelta a sus convenciones para instalarlo definitivamente en el siglo XXI. Y ahí es donde entra Amy Schumer.

Con su serie de televisión, Inside Amy Schumer, la cómica de Nueva York (de dónde si no) ha sido catapultada este año a la cima de la popularidad en Estados Unidos. Su humor cáustico y auto-crítico se ha ganado las comparaciones con el de Louis C.K., pero Schumer es mucho más bestia y políticamente incorrecta. Su estilo se caracteriza por la mordacidad de sus parodias, la mayoría críticas salvajes al sexismo que denuncian los dobles estándares con los que la sociedad juzga a las mujeres. Schumer no tiene miedo a exponer y explotar sus defectos (o los de su personaje público, porque no sabemos dónde empieza una Amy y acaba la otra) para derribar las ideas preconcebidas acerca de su género, pero también para contar verdades sobre el mismo que otras no se atreven a destapar (quizá por miedo a que sean utilizadas como arma contra el feminismo). Y esto es justo lo que sigue haciendo en su primera película como protagonista, dirigida por Judd Apatow y guionizada por ella misma, Y de repente tú (Trainwreck), en la que Schumer continúa reivindicando el derecho de la mujer a ser lo peor.

La escuela Apatow lleva ya un tiempo desarrollando estas ideas, especialmente importantes en los trabajos de Lena Dunham y Paul Feig (todo queda en familia), que han convertido este reformador discurso feminista (impulsado hace ya quince años por Sexo en Nueva York) en uno de los núcleos temáticos de sus obras. Por eso el humor de Schumer encaja tan bien en el estilo del director de Knocked Up, siempre interesado en mostrar el lado más incómodo y autodestructivo del treinta y cuarentañero con personajes que se niegan a crecer y sentar cabeza. Para mostrarnos la variante femenina de este paradigma, Apatow emplea la voz millennial de gente como Dunham y Schumer, colaboradoras que, paradójicamente, están ayudando a definir su etapa más madura.

Como el título de la película en inglés (Trainwreck) sugiere, Y de repente tú nos habla de un desastre humano, Amy Townsend, redactora de una revista de moda que se sale el molde que la sociedad ha creado para ella y cuyos esquemas se hacen añicos cuando se enamora inesperadamente. Amy es un personaje 100% Apatow en tanto en cuanto se trata de una protagonista estancada a las puertas de la madurez, pero Schumer hace suyo el arquetipo para presentarnos a la anti-Meg Ryan, una mujer con miedo al compromiso, que vive el sexo con libertad y temeraria despreocupación (Amy es toda una “hombreriega”), no cree en la monogamia y tiene fobia a compartir su intimidad con otra persona (no pretendas pasar la noche con ella después de follar, ni le menciones hacer la cuchara). De la misma manera, el imprevisto interés amoroso de Amy, interpretado por Bill Hader, será un hombre sensible y emocionalmente dependiente que busca consejo sentimental en su mejor amigo (el jugador de la NBA LeBron James). Esta inversión de los roles de la comedia romántica, en la que a la mujer no se le suele permitir el comportamiento que Schumer defiende, sirve para desmontar tabúes y desmitificar el ideal femenino (físico y conductual) impuesto por los medios o las películas de Nicholas Sparks.

TrainwreckPero Schumer, al igual que Apatow, no niega a su personaje la posibilidad de hallar la felicidad en un cambio de actitud y comportamiento (el “todo lo que necesitas es amor” es universal y puede acabar con todo rastro de cinismo en cualquier historia). Como decía al principio, la comedia romántica que cultivan estos autores no pretende boicotear el género, sino modernizarlo, mostrarnos un camino alternativo hacia ese dulzón final feliz en el que suele concluir todo relato amoroso que se precie. Por eso Y de repente tú acaba discurriendo por los habituales derroteros del género, culminando en un tercer acto que confirma su naturaleza formulaica, sin por ello anular lo que Schumer ha conseguido con su personaje a lo largo de la película: ella es la que realiza el gran gesto romántico para ganarse el perdón de él y obtener su happy ending.

No cabe duda de que Y de repente tú es una comedia Apatow. Le delatan la excesiva duración del metraje (a todas sus películas le sobran 20 minutos) y las subtramas innecesarias (Tilda Swinton está gloriosa, Brie Larson es un primor y Vanessa Bayer está loquísima, pero a veces no hacen más que retrasar el avance del argumento). Claro que por el lado bueno, también reconocemos al autor por esa calibrada fusión de toilet humor e introspección que no falta en ninguna de sus obras. El cine de Apatow siempre posee un trasfondo mucho más reflexivo y revelador de lo que parece a simple vista, evidenciando a un director constantemente preocupado por entender el comportamiento humano y las relaciones interpersonales en los ámbitos de la familia, el trabajo y el amor. En este sentido, Schumer también se adapta perfectamente a la sensibilidad del director, aportando además un punto de melancolía y sorprendiendo con un registro dramático con el que sigue añadiendo capas a su repertorio. Sin embargo, el guion de Schumer es algo irregular y a ratos le falta un punto de cocción a la comedia. Algunos gags funcionan muy bien, otros se alargan hasta perder la gracia (como el encuentro sexual con el desubicado Ezra Miller), por no hablar de que la cómica repite chistes de su serie (reciclar es bueno en otros campos, no en la comedia). Dejando esto a un lado, por lo general Schumer lleva a cabo un buen trabajo de transición entre el sketch y el largometraje, rebajando las cotas de histrionismo y parodia de su serie para practicar un humor más contenido, más discreto y decididamente más awkward (el chiste a veces culmina en off o en voz baja), que le ayuda a pasar con holgura su primer gran reto artístico e insufla nueva vida a la carrera de Apatow después del bache de la infravalorada This Is 40.

Apatow y Schumer saben exactamente cómo ser corrosivos y escatológicos sin por ello sacrificar la emoción y la inteligencia, cualidades principales que acaban definiendo la película. A base de atrevidas escenas de cama, paseos de la vergüenza y situaciones embarazosas, Y de repente tú se erige como una comedia romántica clásica que a su vez actualiza el género riéndose de sus lugares comunes y situando en el centro a una protagonista que no tiene miedo a ser juzgada por sus actos. Amy Schumer sabe que su personaje puede caer mal y su comportamiento será tachado de errático, pero ahí está el quid de la cuestión, en que entendamos de una vez por todas que esa mujer existe, y que es mucho más real que la mayoría de personajes femeninos que vemos en la ficción.

Valoración: ★★★½

GIRLS: Honestidad brutal

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No sabemos si fue su plan desde el principio, pero Lena Dunham ideó la segunda temporada de GIRLS como un experimento social, una prueba de aguante definitiva para los fervientes detractores de su sobre-exposición y su exhibicionismo. Dunham se situó a sí misma en el ojo del huracán, tanto dentro como fuera de su serie, muy dispuesta a destapar y desafiar la avalancha de misoginia y repugnante doble moral que suele provocar su trabajo, pero sobre todo marcando bien la diferencia entre los que entienden lo que está haciendo con su serie y los que no, aquellos que a estas alturas siguen tomándose su discurso de manera literal y basan sus críticas en lo que Dunham precisamente está satirizando (“La odio porque es una egocéntrica”. Cariño, de eso va la cosa, si no lo entiendes, puerta). Después de una temporada decididamente oscura, incluso grotesca, caracterizada por el descenso a los infiernos de Hannah y en la que Dunham se desnudó cuanto más se quejaba la gente (a ver si gritando os enteráis), GIRLS terminó con un toque de optimismo, con una season finale que desmontaba los cánones de la comedia romántica desde el particular universo de Dunham y Judd Apatow, y que prometía una tercera temporada más luminosa.

Esta nueva entrega de GIRLS arrancaba con un claro propósito: Desvelar “la naturaleza de la amistad femenina” (Hannah, “Truth or Dare”, 3.02). Y para ello era necesario acercar a las cuatro protagonistas, que si bien nunca estuvieron particularmente unidas, acabaron siendo casi extrañas debido al desmembramiento de la anterior temporada. Claro que, con siete episodios emitidos hasta ahora, la tercera temporada no supone ningún cambio sustancial en cuanto a la macro-estructura de GIRLS. A pesar de la intención de aunar a sus personajes bajo el mismo techo, Dunham sigue concibiendo cada episodio como una unidad narrativa semi-independiente del resto, como cortometrajes que forman parte del mismo universo pero funcionan según por sus propias reglas y temáticas individuales. Esta temporada hemos visto por ejemplo una brillante reflexión sobre el trabajo en “Free Snacks” (3.06) o un sublime ensayo sobre la muerte (a través de los ojos del ser más egocéntrico del planeta) en “Dead Inside” (3.04). La tercera temporada de GIRLS alcanza su punto de ebullición con un episodio que nos remite a aquella burrada impresionante que fue “One Man’s Trash“. En “Beach House” (3.07) (¡qué hipster! ¡Beach House es el nombre de un grupo indie!), la escapada de la realidad (o a la realidad) no la realiza solo Hannah, sino las cuatro “amigas”, que hacen un viaje a la playa organizado por una Marnie más desesperada que nunca por encontrar algo de estabilidad, aunque sea forzándola hasta lo enfermizo.

“Beach House” es un ejercicio de purificación, incluso de purga, para las protagonistas, y para la serie en general. Llegados a este punto, como observadores ya hemos descrifrado cuál es la naturaleza de la amistad de estas cuatro chicas. Hannah, Marnie, Jessa y Shoshanna permanecen unidas (más o menos) por intereses egoístas -se quieren porque se utilizan para alimentar sus egos y sus fantasías cosmopolitas, y para escudarse de sus miedos e inseguridades. Están atrapadas bajo una venda de auto engaño y regidas por una serie de normas provenientes en su mayor parte de la mente de Shoshanna, y basadas en lo que debe ser una relación de chicas según constructos ficcionales como los de la televisión o las revistas de moda. Este fin de semana en la playa, que no tiene nada que ver con las vacaciones de Rohmer, culmina en el súbito despertar de Shoshanna -que esta temporada más que nunca se ha comportado como una caricatura de una caricatura de sí misma-, lo que lleva a que todo esto salga por fin a la luz.

Por primera vez en mucho tiempo (quizás desde aquella dolorosa pelea entre Hannah y Marnie en la primera temporada) vemos el verdadero rostro de estos personajes, y es mucho más duro de lo que parece. Las cáusticas palabras de Shoshanna (que parecen reproducir literalmente las de aquellos que cargan públicamente contra Lena Dunham), sorprendentemente poseída por un odio visceral y una crueldad que deja al descubierto lo cansada que está de vivir en su particular realidad, proporcionan una brutal experiencia de catarsis para todos, para ellas y para nosotros. Un terrorífico remanso de lucidez en el que mirarse y asustarse de lo que se ve, con el Dunham os dice -directamente esta vez- de qué coño va su serie. El precioso plano final de “Beach House”, en el que Hannah, Marnie, Jessa y Shoshanna dejan atrás la horrible experiencia de la noche anterior para descansar de sí mismas, es sin duda un destello de esperanza que nos hace pensar que quizás algún día todo esto les sirva para encontrar la manera de ser amigas de verdad. Sin embargo, ellas seguramente optarán por la negación y volverán a sus hipócritas y obnubiladas existencias. Nosotros no podemos hacer eso, hemos visto la cara de la bestia, y ahora nos acecha.

Crítica: Si fuera fácil (This Is 40)

Intenta no parpadear

La primera película de Judd Apatow, Virgen a los 40 (The 40 Year Old Virgin, 2005), suponía una vuelta de tuerca al sobado complejo de Peter Pan, exponiendo ya los principales elementos temáticos que definirían su carrera como director y productor de cine y televisión. En su trabajo más reciente, Si fuera fácil (This Is 40, 2012), el realizador neoyorquino regresa a los 40, pero esta vez lo hace mirando hacia el futuro, con la incertidumbre y el terror que supone ver cómo este se convierte en el pasado… cada vez más rápido. This Is 40 (como la llamaré a partir de ahora) es todo un catálogo de obsesiones del director: la familia, los límites en la intimidad de la pareja, el enigma de la madurez y sobre todo, el irrefrenable paso del tiempo. A pesar de que se ha deshecho del poso de amargura de su anterior filme, la infravalorada Hazme reír (Funny People, 2009), Apatow sigue apostando por la hibridación absoluta de drama y comedia, haciendo reír a la vez que hurga sin piedad en nuestras incurables heridas existenciales.

This Is 40 nos devuelve a Pete y Debbie, personajes secundarios de Lío embarazoso (Knocked-Up, 2007) interpretados por Paul Rudd, amigo íntimo del director, y Leslie Mann, la esposa de Apatow en la vida real. La película es técnicamente un spin-off de la exitosa comedia protagonizada por Seth Rogen y Katherine Heigl, aunque es una entidad absolutamente independiente de ella. En This Is 40 regresamos al hogar de este matrimonio con hijas (interpretadas de nuevo por las niñas de Apatow y Mann, Iris y Maude), donde la vida pasa factura a la pareja: han llegado los temidos 40, Sadie y Charlotte han crecido y se han convertido en un dolor de cabeza con piernas, los trabajos de ambos atraviesan por una grave crisis, y la relación con sus respectivos padres hace estragos en su relación. En consecuencia, su vida de puertas adentro se resiente profundamente, y la cuestión “¿por qué seguimos juntos?” se plantea en voz alta por primera vez. En la más pura tradición Apatow, la película se compone de momentos, de micro-tramas, o fragmentos de la vida de los personajes -muchos de ellos extraídos directamente del hogar de los Apatow. Esto, como también viene siendo habitual, resulta en un metraje de más de dos horas -el director sigue sin ceder a las quejas sobre la duración de sus películas, que ya debería asumirse como una de sus señas de identidad. Básicamente, This Is 40 es la Secretos de un matrimonio de Apatow.

Como suele ocurrir con todo proyecto bautizado o apadrinado por el productor de Freaks and Geeks, This Is 40 es también una reunión de amiguetes. Por la película desfilan Charlyne Yi (que repite como la fumada, ahora “reformada” Jodi), Jason Segel, Chris O’Dowd, Lena Dunham o Melissa McCarthy (que protagoniza una de las escenas más desternillantes). Se incorporan a la gran familia Megan Fox, que debería sacar mayor provecho a su vis cómica (esta y Jennifer’s Body son sus mejores/únicas interpretaciones), y los veteranos Albert Brooks y John Lithgow, como los padres de Pete y Debbie respectivamente. Tanto en sus escenas por separado, como juntos en el clímax durante la fiesta de cumpleaños de Pete, el reparto es todo química y talento, un grupo de improvisación de lujo. Aunque ninguno sobresale como Rudd y Mann, que pasan por matrimonio real en todo momento -no en vano, la actriz afirma que si al llegar a casa se encontrase a Paul en el sofá, tardaría un buen rato en darse cuenta de que no es Judd. Qué disfuncionalmente bonito es todo.

Judd Apatow no firma feel-good movies, sino más bien feel-depressed movies. Y This Is 40 no es una excepción. Su cine es cada vez menos complaciente, sus personajes más agrios -ni el adorable Rudd se salva-, y el público estadounidense ya no responde a él con el mismo entusiasmo. Si uno se detiene a leer las reacciones de los espectadores norteamericanos ante la película, sacará en claro una conclusión: si hay algo que odian es la confusión de géneros. La comedia debe hacer reír, y el drama debe conmover, y esto debería ser legislado. El rechazo de Apatow a establecer una clara distinción entre géneros está afianzando su estilo y su tesis, a la vez que lo distancia del gran público. Para él, comedia y drama son lo mismo, y no hay risa sin dolor. Por eso su cine es cada vez más autobiográfico. This Is 40 es una sesión de terapia para el matrimonio Apatow-Mann, y también para sus hijas -¿explotación infantil?-, un aireo de trapos sucios, inseguridades y diferencias que de alguna manera sirve para sobrellevar su propia crisis de los 40. El director universaliza su experiencia personal, tal y como hace su discípula Lena Dunham en Girls, y se ofrece a él y a su familia como sujetos de pruebas con los que el espectador se compara en todo momento. Puede ser una experiencia algo incómoda, pero si fuera fácil, no sería una película de Judd Apatow.

GIRLS: Un repaso a la primera temporada

Vuelve la serie más adorada y odiada pero sobre todo más comentada de 2012. El estreno que redefinió los términos hype y backlash, e ilustró mejor que nada ni nadie la relación que hay entre ellos. La Lana Del Rey de las series. Vuelve GIRLS. Y lo hace envuelta en una promoción brutal (3 de cada 5 artículos de la New York Magazine son sobre la serie) y tras 9 meses de avasalladora sobreexposición de su creadora, Lena Dunham. Su cambio de look, la inminente publicación su primera novela, sus ensayos en las publicaciones más prestigiosas, lo que le gusta y lo que no (le gusta Taylor Swift, Katy Perry, y no le gustas tú por criticar a estas dos grandes artistas), lo que come o deja de comer, su cuerpo, su mente, su c**o. Todo esto ha sido increíblemente relevante en el mundo del entretenimiento durante el pasado 2012. Lena ha logrado mantenerse en el candelero a base de trabajo constante, pero también de falta de contención, de ensayo y error, y de subírsele peligrosamente a la cabeza eso de que es “la voz de su generación” -que lo es, por supuesto. Recientemente contó a Vanity Fairconcretamente en el número especial de comedia editado por su colega Judd Apatow– lo que ha aprendido de todo esto: “La vanidad y la autocrítica van de la mano. Si se utilizan correctamente, hacen que sigas adelante”; “La gente siempre va a encontrar algo que criticar en tu trabajo. Acostúmbrate a que te pongan los pies en la tierra, a ensordecer el ‘ruido’, a cuestionarte a ti mismo, y a darte cuenta de que uno de cada seis de esos cretinos tendrá razón”. Lena no es humilde, eso está claro, pero lo suyo no es despotismo, nada más lejos de la realidad. Lena está en sus años de formación, y a ver quién es capaz de mantenerse totalmente humilde habiéndose convertido a los 26 en una de las personalidades más influyentes del negocio del espectáculo. A Lena la tenemos hasta en la sopa (¿veremos en 2013 la Lena Dunham edition del crucigrama del Times?), y es así como saltan a la vista los defectos de una persona que se vendió desde el principio como un ser imperfecto pero que nunca se ha culpado a sí misma de nada, y que, de hecho, se comporta como una diva -una de andar por casa. Un proyecto de mujer que, a pesar de no atinar siempre con sus declaraciones y sus bromas, nos ha dado a todos en las narices con la incómoda realidad: lo que no nos gusta de Lena es probablemente lo que menos nos gusta de nosotros mismos.

Antes del estreno de la segunda temporada de GIRLS me gustaría hacer un repaso por los diez episodios que conformaron la primera. De la perfección formal y la elocuencia discursiva del piloto al catártico y conmovedor libre albedrío de la season finale. Diez bloques que dan cuenta del breve pero completo recorrido creativo de Dunham hasta la fecha y que nos presentan a estas cuatro chicas que aun no conocemos bien del todo (ni ellas, claro está), pero de las que estamos deseando saber más.

1×01 Pilot

Entramos de lleno en el mundo de Hannah Horvath. Autoindulgente, autoconsciente e inconsciente, a partes iguales, tan presuntuosa como insegura, una niña de papá que vive el sueño de Nueva York sin habérselo ganado. Hannah es una veinteañera de las afueras con ínfulas de Carrie Bradshaw y una distorsionada percepción de la realidad. Quiere ser escritora, ser la voz de todos los jóvenes de su edad que están en la misma situación que ella (precaria en teoría, viviendo por encima de sus posibilidades en la práctica). Los padres de Hannah se cuestionan la dirección que lleva su hija en la vida y deciden cortar todo tipo de ayuda económica y así dejar de costearle su fantasía burguesa. Hannah se refugia en la situación económica actual y se niega a trabajar en McDonalds porque está sobrecualificada. Por otro lado tenemos a Marnie Michaels (Allison Williams), que trabaja en un museo y es la mejor amiga de Hannah, la supuesta voz de la razón, algo estirada y muy aburrida de su vida, de su novio, y de todo en general. Shoshanna Shapiro (Zosia Mamet), estudiante que representa la fase inmediatamente anterior a la que atraviesa Hannah, universitaria que vive sola en un piso y se pasa el día viendo series y películas en el sofá, y en consecuencia comparando toda su existencia con ellas. Una persona que tiene la vida solucionada desde el principio y que tarde o temprano comprobará que la realidad no es tal y como la pintan en Sexo en Nueva York. Por último está Jessa Johansson (Jemima Kirke), prima de Shoshanna, espíritu libre y bohemio, y a la vez una chica completamente desorientada y a la deriva. Esta es la historia de una generación perdida, no por ser la más preparada cuando menos se la necesita, sino por no estar lo suficientemente preparada para valerse por sí misma en este mundo cruel. Si queréis leer un análisis en profundidad sobre el piloto de GIRLS, os dejo con mi artículo GIRLS: Madame Dunham.

1×02 Vagina Panic

El segundo episodio de GIRLS se sumerge en la controversia sin dar rodeos. En su momento, “Vagina Panic” escandalizó a muchos y sorprendió gratamente a otros tantos por la casi inaudita franqueza con la que se aproxima a la siempre polémica cuestión del aborto en televisión. Marnie planea un ‘día especial’ en una clínica para mujeres: aborto para Jessa y examen vaginal para Hannah. Jessa no se presenta, lo que indigna y enfurece profundamente a Marnie. Hannah le contesta con una de las mejores frases de la primera temporada: “¿Cómo ha podido arruinar esta preciosa fiesta del aborto que le has organizado?” Ella está en la clínica porque se ha enterado de que Adam (Adam Driver), el chico con el que mantiene una extraña pseudo-relación, no es monógamo. Durante el examen, Hannah da rienda suelta a su jodida visión de la vida, como si estuviera en un confesionario, solo que sin bragas y con las piernas abiertas. Su miedo al SIDA proviene de Forrest Gump, pero planteándose la posibilidad de haber contraído el VIH, se da cuenta de que quizás no tenga miedo al virus, sino que en el fondo lo quiera contraer, porque “así nadie te preguntaría si has encontrado trabajo o si has hecho un curso de html”. Entonces, la doctora le dice “eso es una gilipollez muy grande”, y en ese momento es ella la que se convierte en nuestra voz. Hannah, eres imbécil. Por último, pero no por ello menos importante, Shoshanna revela que es virgen, a lo que Marnie responde “No sé qué decir. Una vez atropellé a un cachorro con el coche”. Lena, eres un genio. Y no podemos olvidar que en “Vagina Panic” está la que es quizás una de las mejores escenas de 2012: la épica “We’re the Ladies“.

1×03 All Adventurous Women Do

Muchos de los espectadores más reticentes a GIRLS sucumbieron con este episodio, que profundiza en la amistad entre Hannah y Marnie, desde el comienzo uno de los objetivos principales de Dunham. Sin dejar de lado la sátira y la autocrítica en ningún momento, GIRLS muestra un lado más amable y liviano a pesar de la seriedad de los acontecimientos: Hannah ha adquirido una enfermedad de transmisión sexual (el VIH no, el VPH), pero resulta que no ha sido Adam el que la ha contagiado, así que decide informar a Elijah (Andrew Rannells), su antiguo novio de la universidad. En “All Adventurous Women Do” se alcanza una armonía absoluta entre drama y comedia que se puede comprobar en excelentes escenas como el tórrido encuentro entre Marnie y un arrogante artista, la conversación entre Hannah y Elijah en la que ella descubre que él es gay (“Me largo. Tu padre es gay”) o la secuencia final, en la que Hannah y Marnie bailan al ritmo de “Dancing On My Own” de Robyn. Hannah abraza a Marnie por la espalda y los créditos aparecen. No nos hace falta nada más.

1×04 Hannah’s Diary

El teaser de este episodio muestra claramente la clase de compromiso que Lena Dunham mantiene con su serie. Hannah recibe una foto del pene de Adam por error. Al descubrir que ella no era la destinataria, reacciona mandándole una foto desnuda. Es la primera vez que le vemos los pechos a Dunham, que a partir de aquí no tendrá reparo alguno en volver a enseñarlos, como tampoco en ponerse a ella y sus compañeras de reparto en las situaciones sexuales más bizarras, crudas y en definitiva, más realistas. Con su comportamiento, Hannah muestra un tipo de sumisión que no es sino un mecanismo de defensa. No quiere salir escaldada de una relación por involucrarse más de la cuenta, a pesar de que finalmente comprende que eso es precisamente lo que quiere: tener un novio. Y que este solo se acueste con ella. Hace falta un amago de ruptura para que Adam le haga saber que él también está dispuesto a tener una relación exclusiva con ella. Hannah se muestra por fin tal y como es ante él. Y es entonces cuando ella, y el espectador, comienza a conocer de verdad a Adam. Por otro lado, Shoshanna tiene un encuentro con un antiguo amigo del campamento de verano, Matt (Skylar Astin), con el que se propone perder la virginidad. Todo sale mal cuando Matt descubre que Shoshanna no lo ha hecho nunca y la deja tirada a medias; Jessa se cuestiona el mero sentido de trabajar ahora que hace de niñera: “¿Sabes qué es lo más raro de tener un trabajo? Que tienes que ir todos los días, incluso los que no te apetece“. Hannah también tiene nuevo trabajo, donde su jefe se propasa con las empleadas mostrándose demasiado afectivo, e incluso dándole pellizcos en el culo. Dunham reflexiona así sobre los límites que imponemos a los demás en nuestras vidas privadas y profesionales, lo que es aceptable y lo que no, lo que debería serlo y lo que no. Y hablando de límites, Charlie (Christopher Abbott) y Ray (Alex Karpovsky) encuentran el diario de Hannah, lo leen y convierten una de sus entradas en una canción, “Hannah’s Diary”. Al oírla en directo, con público y sus amigas presentes, Marnie descubre lo que Hannah piensa realmente de ella y de su relación con Charlie: “Marnie tiene que dejar de quejarse y romper con él de una vez. Por supuesto que será doloroso, pero ella ya vive sumida en la agonía, encerrada en la prisión de su bondad”.

1×05 Hard Being Easy

Después de que Charlie rompa con ella, Marnie intenta volver con él, para posteriormente darse cuenta de que la llama se ha apagado y lo único que quería era sentir que controlaba la situación de algún modo (tanto tiempo pensando en dejarlo para que al final sea él el que te deja a ti, qué rabia, tía). Somos transportados mediante un flashback al momento en el que se conocieron, en una fiesta de la universidad, y comprobamos que la relación comenzó con un profundo afecto, que se iban a necesitar el uno al otro; pero también que todo se acaba. “Hard Being Easy” nos muestra a las girls en situaciones en las que su juicio está fuera de servicio. Marnie se arrastra con intención de manipular egoístamente a Charlie, Jessa flirtea con su jefe y acaba tirándose a un chico con novia, y Hannah se plantea llevar a cabo las fantasías que supuestamente tiene su jefe con ella, para a continuación amenazarlo con demandarlo por acoso -“Hannah, apenas posees la capacidad de llegar al trabajo a las 10:00. Y mucho menos de demandar a alguien. No tienes aplicación para poner demandas en el iPhone”. En la escena final, Hannah observa a Adam masturbándose en la cama para a continuación insultarlo y humillarlo al ver que este se excita ante la dominación de una mujer. Dunham abandera el girl power en su forma más radical y justifica el comportamiento de sus personajes femeninos convirtiéndolos en víctimas de los masculinos, poniéndolos en su sitio, o sea, debajo de sus zapatos. Aunque no es todo tan blanco o negro. En este power play nadie es peor o mejor, todos son víctimas y todos son verdugos. Estas chicas no son malas personas, simplemente tienen que vivir de acuerdo una serie de exigencias y convenciones que por lo general no se imponen a los hombres, y esto las lleva a comportarse de manera errática. Con el final de “Hard Being Easy”, Dunham pone a cada uno en su sitio. Girls just wanna have fun. Que se jodan los hombres.

1×06 The Return

El guion “The Return” está co-escrito por Judd Apatow, que le da a todo un aire muy Freaks and Geeks -de hecho estamos en Michigan, donde se ambientaba la serie de Paul Feig. Hannah vuelve a casa de sus padres para celebrar su 30º aniversario de casados. Alejada de la burbuja de Brooklyn, se plantea si fue un error mudarse a la gran ciudad para perseguir su sueño profesional. ¿No sería mejor que todos regresáramos a los barrios y los pueblos donde nos criamos y abandonásemos el sueño de una ciudad que no nos quiere? Hannah experimenta una regresión total a través de una serie de encuentros con antiguos amigos del instituto. También vemos su habitación, que está intacta –los padres de las nuevas series ya no convierten las habitaciones de sus hijos en gimnasios, los tiempos han cambiado. Nos imaginamos cómo fue su vida antes de inventarse a una nueva Hannah. Y conocemos un poco mejor a sus padres -para descubrir que su madre sobreprotege a su niña aun más que su padre. Ellos le proponen la posibilidad de un empleo en el pueblo, pero ella responde implacable “si vais a hacer esto todo el fin de semana, mejor parad”. Pobre Hannah.

Ella tiene una idea muy definida de lo que le gustaría ser en la vida, y opta por buscar su propio camino, a pesar de que las expectativas choquen violentamente con la realidad. Y ellos no son capaces de poner cortapisas a su ilusión, de detener su autoengaño. La fantasía y el espejismo de Nueva York impide ver las verdaderas posibilidades que se le brindan. Ya no se trata de conseguir un trabajo y subsistir, sino de conseguir un trabajo para el que supuestamente nos han preparado, uno a nuestra altura. En efecto, se nos caen los anillos. Nos negamos a que la generación más preparada se tenga que conformar con menos. Menos es digno, pero no es justo. Y ese es el problema de Hannah, y de una parte de su generación. Que se cree mejor que los demás. Una generación que se engaña buscando el grial de la profesionalidad, que persigue lo que ha visto en el cine y la televisión. Queremos ser profesionales y esperamos que nos caiga todo del cielo por haber estudiado una o más carreras. La crisis tiene la culpa, claro, pero en el momento en el que esta se convierte en una excusa, en la única excusa, la culpa deja de ser exclusivamente de ella. “Me preocupa realmente. ¿En qué se convierte una persona como ella?” -se plantea Tad Horvath (Peter Scolari)- “¿En qué momento se dará cuenta de que no va a ser lo que quiere ser de mayor? ¿Y si de repente se despierta un día, con 30 años, y no sabe cómo hacer nada?” Por si fuera poco, estas personas solo son capaces de reconocer este defecto en otros. Como Hannah en su ex amiga del instituto que, al igual que ella, manifiesta grandes aspiraciones artísticas. No oses juzgarme, no me digas cómo tengo que vivir mi vida, pero yo tengo todo el derecho a hacerlo contigo. “¿No crees que se está engañando a sí misma?” -le dice a su ligue del fin de semana- “No bailaba mal si la mides en términos amateur, pero Heather se muda a California para convertirse en bailarina profesional. En teoría debería hacernos sentir mal con nosotros mismos, pero es muy ridículo. Y nadie se lo va a decir. Se va a ir a Los Ángeles, va a vivir en un apartamento de mierda, sola, asustada y triste. Tiene una buena vida aquí. A mí me gustaría tener su vida. Quizás debería mudarme aquí”. A lo que él responde con una oferta de trabajo en la floristería. “Esto… no, yo querría tener un trabajo de verdad, como profesora o algo así”.

Hannah vive en Nueva York. Eso ya es un logro, la convierte en alguien: “Eres de Nueva York” -se dice mirándose al espejo- “por tanto eres interesante por defecto. No es tu responsabilidad llenar los silencios. Lo peor que digas va a sonar mejor que lo mejor que los demás digan”. Hannah se muestra así más vulnerable que nunca. Se pone en evidencia, pero solo ante nosotros. Es en esta escena donde vemos al personaje más desnudo. Los del pueblo la consideran una persona de éxito, y ella actúa como tal, pero en el fondo es perfectamente consciente de su fracaso. Hannah prosigue con la farsa por orgullo, por terquedad, pero también por miedo a decepcionar a sus padres. Hay una posibilidad de que algún día se convierta en la persona que finge ser. Quizás lo mejor que le ha pasado a Hannah es que sus padres le negasen cualquier ayuda económica. La prueba está en que cuando su madre se la ofrece otra vez, esta la rechaza. “Estamos orgullosos de ti”.

1×07 Welcome to Bushwick a.k.a. The Crackcident

Después de un episodio que invita tanto a la reflexión y que engloba uno de los temas principales de GIRLS, “Welcome to Bushwick” nos lleva de regreso a Brooklyn, de hecho hasta el mismo corazón de la escena hipster, Bushwick, la nueva Williamsburg, en un episodio totalmente desenfadado y alocado. La fiesta en la que debes estar si quieres ser/crees que eres alguien es el escenario de las nuevas idas y venidas de Hannah, Marnie, Jessa y Shoshanna. Lo más destacable de “Welcome to Bushwick” es el acontecimiento al que hace referencia el título alternativo del episodio: Shoshanna se coloca de crack y la paranoia se apodera de ella: “Dios mío, no se lo cuentes a mi madre. De hecho, no me lo cuentes a mí. Estoy matriculada en la NYU y acabo de fumar crack”. Bravo, Zosia Mamet. Ray hace de niñera de Shoshanna, lo que lleva a un acercamiento entre ambos -“puedo masajearte la entrepierna de manera no sexual”. Por otro lado, Jessa se encuentra con su jefe en la fiesta y llega a la conclusión de que lo que está haciendo con él es un error cuando se ve a sí misma cargando con el peso muerto de un hombre mucho mayor que ella. Al reconocer al fin su parte de responsabilidad en todo el asunto, pone fin al juego, a lo que él responde con un “eres una calientapollas”. Se veía venir. Marnie conoce a la nueva novia de Charlie y se vuelve a dar cuenta de que ya no come de su mano, lo que le enfurece profundamente. Y por último, Hannah se propone conocer de verdad a Adam (¡que por primera vez se pone una camisa!) cuando, hablando con sus amigos, se da cuenta de que no sabe quién es en absoluto. El trozo de carne con cara de Alfalfa y orejas de soplillo sufre así un interesante proceso de humanización de cara al espectador y da una lección a Hannah, que ha estado tan centrada en sí misma que no se ha preocupado en comunicarse realmente con él. Hannah deja de poseer la única perspectiva de la relación y permite a Adam que se muestre ante ella. “¿Quieres que sea tu novio?”, le dice enfadado. Pues claro, eso es lo que quería todo el tiempo, pero es tan egocéntrica que no era capaz de decírtelo. Liberados del principal lastre que les impedía avanzar, Hannah y Adam se convierten oficialmente en pareja, aunque parezca que se han peleado. La amplia sonrisa de Hannah al final del episodio es un poema.

Casi se me olvidaba: esos créditos iniciales alternativos. ¿No son geniales?

1×08 Weirdos Need Girlfriends Too

Judd Apatow le dijo a Lena que no tuviera miedo al romance, y ella confiesa que es el mejor consejo que le han dado nunca. Este episodio es una comedia romántica en toda regla -una urdida por Apatow, claro está. Se descarga la serie de ese poso de amargura que tan presente ha estado hasta ahora y vemos a Hannah y Adam en la que es la primera fase de un noviazgo: haciendo jogging juntos, comiendo helado (ella, porque a él no le gusta) a dos milímetros el uno del otro, “cuelga tú”, “no tú”, “¡tú!”, pajaritos piando, corazoncitos en los ojos. Pero también una lluvia dorada no deseada en la ducha y una conversación inapropiada y grotesca en la cama: “¿Te habrías follado a mi versión de cuatro años? Dime lo gorda que estabas. Seguro que empezaste a andar y a ir al baño sola muy tarde“. Lo dicho, amor en tiempos de Apatow. Adam se desnuda figurativamente por primera vez. El muro empapelado con la palabra “sorry” aporta las dosis de azúcar necesarias para contrarrestar el cinismo y la crueldad con la que se trata todo el rato a estos personajes. “Weirdos Need Girlfriends Too” explora el juego de las expectativas y de la negociación dentro de una relación. Nos damos cuenta de que Hannah juega según las reglas de Shoshanna -o sea, las de Carrie Bradshaw- y Adam le ayuda a comprender que en una relación se arriesga a que ciertos límites desaparezcan. Este es episodio en el que conocemos definitivamente a Adam, que no es más que otra víctima de sí mismo: “Prefiero no hacer nada el resto de mi vida a que mi nombre esté vinculado a algo mediocre. Tu integridad es lo único que importa”. Es la idea de autoengaño que sobrevuela la serie en todo momento. Sin embargo, tanto él como Hannah viven un momento de lucidez. Él accede a hacer la obra que se negaba a firmar por no estar a su altura y ella se traga su orgullo y acepta un trabajo “mediocre”, como camarera en la cafetería de Ray. Algo es algo. “Weirdos Need Girlfriends Too” también estrecha lazos entre Marnie y Jessa, hasta ahora amigas por aproximación. Marnie está destrozada por Charlie y Jessa la anima a su manera (elogiando su belleza y criticando a Hannah). Las dos se van con un soltero de oro (Chris O’Dowd) a su apartamento y acaban liándose entre ellas. ¿Por qué no?

1×09 Leave Me Alone

El existencialismo se apodera de GIRLS en un episodio que hace recuento de las vidas de sus protagonistas. Es la hora de la verdad. Hannah se defiende como puede en su nuevo trabajo (llega tarde e intenta imponer sus reglas, como no podía ser de otra manera). Shoshanna busca pareja en “la web de contactos más cara”; y Jessa llega por fin a la conclusión de que no sabe hacia dónde se dirige su vida, de que no es la persona que hace unos años pensaba que sería. Y esa es la clave para entender a todos estos personajes. Ninguno es quien quiere ser, quien finge ser. Al final de “Leave Me Alone” asistimos a una fuerte pelea entre Marnie y Hannah. Resulta dolorosamente realista. Reproches, secretos y verdades salen a la luz en una disputa por ver quién de las dos tiene los problemas más graves. La conclusión es la de siempre: Hannah se cree el ombligo del mundo.

1×10 She Did

Tras el agrio final del episodio anterior, las cosas entre Marnie y Hannah se han enfriado, y Hannah se marcha del apartamento que comparten. Cuando una amistad consume a uno o a sus dos miembros, lo más sensato es poner espacio y tiempo de por medio. No es un final, solo un descanso. Para Marnie esto supone la oportunidad definitiva para empezar de nuevo. Ha perdido a su novio, a su mejor amiga, y se empieza a cuestionar seriamente si su visión de la vida es la acertada. Para sorpresa de todos, Jessa se casa con Thomas-John (O’Dowd) y a Marnie le parece genial. Es su manera de despojarse de las cadenas que le impiden disfrutar de la vida. Dejar de juzgar a los demás es el primer paso. Bailar es el segundo. Comer pastel como si no hubiera mañana y besar al primer chico que se le ponga por delante no es más que su evolución natural. La boda de Jessa es una experiencia catártica para Marnie, pero no ocurre lo mismo con Shoshanna, cuyo mayor drama es ir vestida de blanco a una boda (si esto no es una caracterización redonda, ¿qué lo es?), algo que perderá toda su importancia cuando un poco más tarde pierda la virginidad con Ray, después de que este confiese sus sentimientos por ella. Por último, Hannah experimenta un recorrido similar al de Marnie. Una vez ha conseguido lo que llevaba persiguiendo durante meses se da cuenta de que no sabe si es realmente lo que quería. Adam le pide que se vaya a vivir con él, pero ella lo rechaza y le pregunta a su ex si se puede mudar a su apartamento. Marnie tenía razón. Hannah es profundamente egoísta, pero también está aterrorizada. Lógicamente, esto provoca una pelea entre ella y Adam. Hannah utiliza la autocompasión como arma, “Me odio a mí misma más que a nadie”, pero Adam está harto de toda esa mierda. Ella acaba sola en un vagón de metro con un trozo de tarta de boda. Se queda dormida y al despertarse no sabe dónde está. “Estás en el Cielo. Bienvenida al Cielo”, le gritan jocosamente unas chicas que están de fiesta en una azotea. La realidad está ahí fuera, la gente que odia el cinturón que creías que te convertía en alguien único y especial, las vivencias que desafiarán tu perspectiva de la realidad y las falsas expectativas con las que afrontas la vida. Hannah está sola. Y no pasa nada. Le esperan mayores decepciones y alegrías, la cagará mil y una veces más, y todo saldrá bien al final. Hannah se come el trozo de pastel. ¿De verdad importan tanto cinco kilos de más?

Girls: ‘Madame Dunham’

A pesar del discreto renacimiento de la sitcom canónica que auspició 2 Broke Girls (CBS) en otoño, y al que se intentaron apuntar series mucho más fallidas como Are You There, Chelsea? (NBC), la primavera recibe los nuevos estrenos en forma de comedia single-cam, las verdaderas representantes del estado actual del género. La semana pasada me alegraba del potencial de Don’t Trust the B—- in Apartment 23 (NBC). Hoy me ocupo de la gran esperanza catódica de 2012, Girls (HBO), creada por Lena Dunham con Judd Apatow en la producción ejecutiva.

La recepción del piloto de Girls ha sido más bien fría. Ni los índices de audiencia, ni la reacción del público indican que estamos ante la nueva Sexo en Nueva York. Y ahí radica el primer problema de Girls, en su engañosa campaña publicitaria. La HBO rara vez se muestra tan desorientada -o desganada- a la hora de buscar el nicho de audiencia ideal para una de sus series: Girls ocupa un absurdo lugar en la parrilla, los domingos junto a Juego de tronos. La promoción de la serie de Dunham incide en el elemento glamuroso de las producciones sobre jóvenes abriéndose camino en Nueva York y obvia los aspectos más importantes del piloto: pesimismo, cinismo y una sangrante crítica a la generación perdida. Así, el incauto en busca de la fantasía neoyorquina escapista se da de bruces con la cruda realidad. Girls parece buscar la mirada más incómoda de un espectador que, o bien adopta una posición de superioridad y desprecia el estilo de vida de sus protagonistas, o se ve tan reflejado en él que se la toma casi como una reprimenda.

El tono terriblemente áspero de Girls no debería sorprender a nadie que esté familiarizado con la obra de Apatow. Tanto en sus producciones más amables -las complementarias Superbad y Freaks & Geeks-, como en sus obras más extrañas –Funny People-, el productor se opone a convencionalismos y restricciones genéricas. Según la propia Dunham, Apatow aporta existencialismo y “sensibilidad femenina” a Girls, reservándose para ella la autoría de los momentos más escatológicos y desarmantes: “yo simplemente deseaba compartir con el mundo todo lo que me avergüenza”.1 Y se nota. El apabullante sentido de la vergüenza de la autora sirve para construir un grupo de personajes patéticos y antipáticos que desafían la absurda norma establecida de que todos los personajes de una serie deben gustar. Por ahora no hay voluntad redentora ni contenido edulcorado en Girls. Si queréis odiar a sus personajes, adelante, pero que eso no os distraiga de lo que se nos está contando.

En el excelente prólogo del piloto conocemos a Hannah (Dunham), una víctima de los tiempos que corren. Lleva dos años en un puesto de becaria, aferrándose a la promesa vacía de que se convertirá en un trabajo de verdad. Cuando sus padres -magníficos Peter Scolari y Becky Ann Baker- le comunican que ya no van a mantenerla, se refugia en la economía actual y argumenta que todos sus amigos siguen recibiendo ayuda económica de sus padres. Hasta ahora la crisis le ha resultado muy práctica, pero se acabó el chollo.

¿Qué hace Hannah ahora que no puede seguir cultivando el arte de vivir por encima de sus posibilidades? Nada. Después ir a casa de su follamigo, que antes de ponerla boca abajo en el sofá, le cuenta que recibe 800$ de su abuela para mantenerse, y le da un consejo: “no deberías ser el puto esclavo de nadie”. A continuación, Hannah baraja sus posibilidades y descarta McDonalds, porque “fui a la universidad”. Faltaría más. Después se coloca con té de opio. Y por último va al hotel donde se alojan sus padres a informarles de que va a necesitar 1.100$ -las cifras concretas me hacen aplaudir- para aguantar hasta que termine el libro en el que está trabajando. Se niegan, y Hannah se desmorona a causa del opio -Dunham dosifica inspiradísimos momentos cómicos en el piloto. A la mañana siguiente encuentra un sobre de sus padres con 20$ para ella. Se los lleva, junto a otro billete de 20 que han dejado para el servicio de limpieza. ¿Quién es peor? ¿Una persona que se niega a trabajar en McDonalds y se lleva el dinero de una limpiadora o esos padres que dejan el mismo dinero para su hija que para el servicio? La respuesta políticamente correcta es fácil. Pero pensadlo de verdad. Definitivamente, Dunham se compromete al máximo con su discurso, y se niega a complacer.

Girls también se hace eco de la influencia que ha ejercido la televisión en los ahora veinte y treintañeros, y cómo la fantasía urbanita ha desproporcionado sus expectativas. El sueño de Nueva York produce monstruos. El personaje que interpreta Zosia Mamet -a la que también podemos ver en Mad Men– personifica esta idea en una escena en la que desglosa el espectro cerrado de comportamientos femeninos que para ella representan las protagonistas de Sexo en Nueva York. La burla es obvia. Sin embargo, Dunham también juega con la ambigüedad, poniendo a sus personajes en situaciones que nos invitan a reflexionar sobre la naturaleza de la serie. Por ejemplo, Hannah se da un baño comiéndose una cupcake mientras Marnie (Allison Williams) se afeita las piernas sentada en la bañera. ¿Por qué ese impostado sentimiento de compañerismo y ese grado de confianza tan alejado de la realidad? ¿Es un descuido de la autora o más bien el más sutil de los sarcasmos? La crítica a la generación post-SatC en la escena de Zosia Mamet nos da la respuesta. Muy astuta, señorita Dunham.

Hannah no es una heroína romántica, ni siquiera se asemeja al arquetipo de anti-heroína. Hannah es un parásito que deambula entre la autocomplacencia y la ignorancia más enervante, una mujer muy consciente de que su imagen es parte del disfraz de víctima que lleva puesto. Hannah está muy cómoda siendo escoria, y puede que por eso sea, después de todo, la verdadera voz de una generación. Solo que es muy probable que esa generación prefiera no escucharla.

 

1) http://www.fastcocreate.com/1679390/girls-creator-lena-dunham-helps-judd-apatow-get-small-again.

Clásicos recuperados: Undeclared

Aunque algunos estrenos veraniegos estén levantando tanta expectación como los otoñales o los de la mid-season, y estos nos vayan a tener más ocupados de lo normal en menesteres televisivos, el periodo estival es idóneo para ponerse al día con las series que uno lleva atrasadas o para recuperar clásicos de la televisión -o series de corta duración y rápido consumo. Undeclared tiene solo una temporada que consta de 17 episodios, estrenada en 2001. Además, se trata de una comedia de veinte minutos, con lo que, de entrada, es perfecta para esta época… siempre que no se tenga otra cosa mejor que ver, y por desgracia, en este caso, es muy fácil tenerla.

Undeclared es la hermana pequeña y fea de Freaks & Geeks (analizada aquí). Creada por mi idolatrado Judd Apatow, esta comedia no consigue llegarle ni a la suela de los zapatos a su predecesora, de la que parece ser una prolongación natural. Las reflexiones sobre el comportamiento social y la construcción de la identidad que tan bien manejaba junto a Paul Feig en Freaks & Geeks se ven reducidas en Undeclared a la mínima expresión. En su lugar, Undeclared nos ofrece chistes y situaciones más propias de una sitcom cualquiera. Y el factor más importante, los personajes, también palidece en comparación con Freaks & Geeks. No parece haber en Undeclared una intención de hacer personajes mínimamente interesantes. Tomemos como ejemplo al protagonista, Seteven Karp (Jay Baruchel), un geek feliz por dejar atrás su vida en el instituto y volver a empezar -una idea que podría haber dado mucho de sí, pero que acaba enormemente desaprovechada. Steven es un personaje superficial sin apenas carisma, y si esto ocurre con su protagonista, imaginad a los secundarios. La interacción de Steven con sus nuevos compañeros de dormitorio resulta muy poco natural y la química entre personajes brilla por su ausencia. No hay apenas un ápice de sensación de verdadera amistad entre estos personajes, que parecen comportarse como autómatas en sus relaciones, las que asumen antes de explorar. Como resultado, lo que nosotros percibimos es una frialdad que juega en contra de la serie. Si las situaciones cómicas no fueran tan absurdas, aleatorias y tópicas, podríamos pasar esto por alto. El problema es que esto no es una sitcom, pero se comporta como una. Y al final, si los personajes no enganchan, y las tramas y los gags son, en sus mejores momentos, mediocres, es inevitable preguntarse si Apatow se equivocó escogiendo formato para contar esta historia. O si simplemente se equivocó llevando el proyecto a la FOX.

Undeclared es por tanto más American Pie que Freaks & Geeks y cualquiera de las últimas producciones cinematográficas de Apatow. El desfile de caras conocidas confirma la dependencia de un siempre creciente número de actores fetiche para desarrollar una imagen de autor que se ha consolidado en los últimos años. En Undeclared, además de contar con Seth Rogen como uno de los protagonistas -en Freaks & Geeks era un secundario con poca presencia-, Apatow recurre a Jason Segel -que acaba ganando más protagonismo, para detrimento de la serie-, y a otros freaks y geeks como Samm Levine, Busy Philipps, Martin Starr o David Krumholtz. Algunos de estos actores seguirán apareciendo en las producciones Apatow, formando una gran familia que se ha ramificado, reduciendo los seis grados de separación a solo uno -y que se extiende a los cargos de producción, con Greg Mottola dirigiendo unos cuantos episodios. Y en esto radica uno de los pocos atractivos de Undeclared, en el reconocimiento de estos actores, que casi siempre interpretarán a personajes excéntricos y con suerte, más divertidos que los protagonistas.

No es fácil encontrarlos, pero hay unos cuantos aspectos positivos que hacen de Undeclared un visionado remotamente agradable. Como decía, algunos personajes secundarios suponen grandes aciertos en un casting más bien desafortunado. En el episodio 1.07, “Addicted”, Will Ferrell interpreta a un treintañero que no ha conseguido nada en la vida y se dedica a hacer trabajos académicos en 24 horas para los universitarios, leyendo además nueve libros a la semana. Este episodio introduce un grado de reflexión que se desvanece como un espejismo, pero que funciona mientras dura. Loudon Wainwright III -sí, el papá de Rufus y Martha- es otro de los aciertos de la serie. Wainwright se luce interpretando al padre de Steven, un hombre en plena crisis de los cincuenta que encuentra en los compañeros de dormitorio de Steve y en la vida universitaria una vía de rejuvenecimiento. Por último, destaca Tina Ellroy -interpretada por Christina Payano, que no volvería a actuar después de Undeclared-, compañera de dormitorio de las protagonistas femeninas. Tina es el típico caso de personaje-bulto que acaba ganando protagonismo por méritos propios, y haciendo balance, ella es la protagonista de las escenas cómicas más logradas de la serie -como su batalla musical con Rachel después de pasarse el día escuchando la misma canción. También se pasean por la serie actores que más adelante ganaría notoriedad televisiva, como Amy Poehler, Jenna Fischer o Tom Welling, pero sus intervenciones son esporádicas en el mejor de los casos, e insoportables en el peor -como la habitualmente genial Poehler.

Por lo demás, Undeclared no supera las expectativas tras haber disfrutado de una maravilla como Freaks & Geeks. Con excepción de algunos episodios -como el 1.05, que eleva el nivel de calidad y bizarrismo, quizás gracias a estar dirigido por Seth Rogen- la serie deambula entre la intrascendencia y la estupidez de tramas episódicas que no llevan a ninguna parte -Lizzie poniéndose mechas, Steven encomendándose a la religión tras oír un sermón, Ron y Lloyd invirtiendo en bolsa por Internet, y un largo etéctera de tramas que desembocan en escenas a cual más ridícula. A primera vista, Apatow parece dispuesto a divertirse y divertir a la audiencia, sin más pretensiones. Sin embargo, después de ver el último episodio de Undeclared, uno desea que hubiera sido un poco más pretencioso, o que hubiera llamado a su amigo Paul Feig para que le echase una mano. Si se desea ver el trabajo de Apatow al completo, o si no se tiene otra cosa que ver -insisto, algo prácticamente imposible- el visionado de Undeclared queda justificado. Si no, es mejor hacer como si nunca hubiera existido, y disfrutar de Freaks & Geeks o Superbad.

Clásicos recuperados: Freaks & Geeks

John Hughes estaría orgulloso

Creada por Paul Feig, en colaboración con Judd Apatow, Freaks & Geeks nace al final de la década de los noventa a la sombra de otras series sobre adolescentes, como Dawson crece (1998-2003). Hasta el momento, los dramas centrados en las vidas de un grupo de adolescentes no habían conseguido aunar el favor de la crítica y el público. Freaks & Geeks continuaría, por desgracia, esta tradición. A pesar de un entusiasta colectivo de seguidores y unas críticas más que decentes, la serie de Feig se daba semana a semana de bruces con la realidad: la gente prefería evadirse con ¿Quién quiere ser millonario? antes que con un grupo de adolescentes marginados a los que, no nos engañemos, semana a semana no les pasaba nada. Si nos fijamos en los dramas norteamericanos en prime time, todos se apoyaban (y se apoyan) en una acusada serialidad, que si bien permitía elaborar tramas episódicas, enganchaba al espectador con cliffhangers e historias románticas que se desarrollaban a lo largo de los episodios.

Freaks & Geeks nacía como una serie fuertemente anclada en la realidad, con mayores dosis de costumbrismo y pocos artificios narrativos. Los “romances” de la serie nunca llegaban a pasar a primer plano, y cuando lo hacían, no respondían a los cánones, sino que más bien se convertían en historias extrañas y algo incómodas, propias de series como The Office (de la que Feig dirigiría más tarde un buen número de episodios). Los episodios solían cerrar una historia concreta que podía influir en los siguientes, pero que no daba pie a la elaboración de arcos argumentales que ocupasen varios episodios (solo el descubrimiento de la infidelidad del padre de Neil, a mitad de la temporada, se acercaría a esto). Además, la serie rara vez recurría a los temas polémicos que veíamos en otras series, como la mencionada Dawson crece. En Freaks & Geeks, ningún adolescente iniciaba un romance prohibido con una profesora. Es más, en Freaks & Geeks, todos los adolescentes despreciaban y trataban con recelo y distancia a sus profesores y guías académicos. Es por todo esto, quizás, que la serie no se convirtió en un éxito de audiencia. Está claro que este tipo de historias llegan a un sector muy reducido de la audiencia, y la cadena en la que se emitía, NBC, no se contentaba con tener a un apasionado grupo de freaks y geeks siguiendo la serie todas las semanas. Es la misma historia de siempre. La serie se canceló dos días después de la emisión del episodio 1.13, “Chokinand Tokin” (dando tiempo suficiente para que el último episodio constituyese un final para la serie y esta no quedase incompleta como tantas otras series canceladas). Feig confiesa en la edición en DVD de la serie que quizás el hecho de que el episodio se centrase en el habitual consumo de marihuana de los freaks (sin apenas interés moralizante) y llevase a uno de los geeks (Bill) a una experiencia cercana a la muerte, fue una de las razones de la cancelación.

Como ya sucedería con otras series canceladas antes de tiempo (My So-Called Life, Firefly), el culto de Freaks & Geeks fue tan poderoso, que la serie se mantendría en el candelero mucho tiempo, convirtiéndose en un referente indispensable del drama adolescente de calidad en la televisión norteamericana. La serie cuenta con dos ediciones en DVD. La primera de ellas llevó cuatro años en ser completada, puesto que los creadores se negaban a sacar la serie cambiando la música (práctica habitual en Estados Unidos, debido a los problemas con los derechos de las canciones). Más tarde se editaría una edición para coleccionistas (Yearbook Edition) que emulaba la forma del anuario del Instituto McKinley y llevaba horas y horas de contenido extra, ideales para el fan más completista. Se sentía el amor de Feig y Apatow por su creación, y por los que la habían apoyado hasta el final.

Freaks & Geeks cuenta la historia de dos hermanos, los Weir, y su día a día en el instituto durante el curso escolar 1980-81. Sam, el pequeño, forma parte de los geeks, los apestados del instituto, fanáticos de Star Wars y Dragones & Mazmorras, castigados a diario por manifestar físicamente el complicado paso de la pubertad a la adolescencia (de la ausencia de vello en las axilas de Sam se ríen hasta sus amigos). Lindsay, la hermana mayor, está en el último año de instituto. Hasta el momento había sido la estudiante ejemplar (era la mejor de los mathletes), pero luchando en su paso de la adolescencia a la adultez, Lindsay decide romper con su pasado y se acerca a los freaks, el grupo de marginados sociales que, al contrario que los geeks, son populares por su estilo de vida alternativo y su resistencia a adherirse a las normas sociales. A través de los 18 fantásticos episodios que conforman Freaks & Geeks, asistimos a la evolución de estos dos hermanos, que luchan por ser aceptados y encontrar su identidad. La de Lindsay es una historia más satisfactoria. Ella debe luchar a diario con el pasado que la acecha en los pasillos del instituto. Este pasado empollón y recatado viene representado por su antigua amiga Millie, uno de los mejores personajes de la serie, que a menudo pone patas arriba los débiles argumentos que la unen a los freaks. Sin duda, Angela Chase (Claire Danes en My So-Called Life) es el antecedente más inmediato de Lindsay. Ambas series vienen a contarnos más o menos lo mismo a través de sus protagonistas. Aunque el hilo conductor de My So-Called Life era el amor de Angela por Jordan Catalano, ambas series podían resumirse como “historias sobre adolescentes que se buscan a sí mismos”.

Uno de los aciertos de Freaks & Geeks con respecto a My So-Called Life fue la descarga de protagonismo de los padres de los adolescentes. Si bien en Freaks & Geeks se podía hablar de falta de profundidad en las figuras paternas (algo parecido, aunque no tan extremo, a lo que sucedía en la primera temporada de Skins), se agradecía que los padres de Sam y Lindsay no fueran más que secundarios que aparecían en pantalla lo justo y necesario para dar sentido (y a menudo solucionar) los conflictos emocionales de sus hijos. Un abrazo de Sam o Lindsay a su padre (genial Joe Flaherty) en el momento justo, nos contaba mucho más de su relación con sus padres que cualquier trama de adulterio o crisis matrimonial en Dawson crece o The OC. Esta puede ser otra de las claves de la cancelación. Por lo general, las serie de adolescentes en prime time incorporan tramas “adultas” para no restringir la audiencia y atraer a un espectro mayor de la población. Pero esto no suele ser suficiente para asegurar el éxito. Por lo general, una serie de adolescentes en prime time en una network siempre será un caso perdido.

Está claro que Freaks & Geeks es una serie con la que sería más fácil identificarse de haber crecido entre taquillas de instituto. Pero como ya hizo John Hughes en los 80, Feig y Apatow consiguen universalizar los conflictos de los adolescentes y los acercan a todas las sensibilidades (o si no lo hacen ellos, ya ponemos nosotros de nuestra parte). Porque freaks y geeks hay en todos los institutos de todo el mundo, y cabe la gran posibilidad de que si estás leyendo esto, tú fueras uno de ellos. Víctimas de bullying, empollones, trekkies, calculines y desastres en educación física, una vez superados los problemas de identidad (aunque queden resquicios), una vez convertidos en adultos (o algo parecido), el visionado de series como Freaks & Geeks (o de películas como El club de los cinco o Superbad) es un visionado pleno. Por eso quizás es tan complicado encontrar una serie de adolescentes que sea buena, porque las que lo son, no son para ellos. Son para nosotros.