Crítica de Frozen 2: Hacia lo desconocido

En su transición de la animación tradicional a la generada por ordenador, Disney tardó unos años en reproducir el tirón comercial del que había disfrutado una década antes. Películas como BoltEnredados¡Rompe Ralph! la situaron en el buen camino, pero el estudio necesitaba algo más para recuperar la magia de su época dorada de los 90. En 2013, nadie esperaba que Frozen: El reino del hielo fuera ese “algo más”, pero contra todo pronóstico, se acabó convirtiendo en una de las películas de animación más taquilleras de todos los tiempos (recaudó 1.276 millones de dólares mundialmente) y dio paso a un enorme fenómeno cultural.

El éxito masivo de Frozen convirtió a sus protagonistas en la obsesión de los más pequeños, desató una avalancha de mercadotecnia, hizo que el himno ‘Let It Go’ sonase en todas partes y finalmente generó una adaptación de Broadway, tal y como había ocurrido con El Rey León años atrás. El impacto de Frozen fue tan grande que una secuela estaba garantizada. Pero sus creadores, Chris Buck y Jennifer Lee, junto a los compositores de las canciones, Robert Lopez y Kristen Anderson-Lopez, decidieron tomarse su tiempo. Seis años que han dedicado a hacer una secuela que esté a la altura, en lugar de sacar cualquier cosa para aprovechar el éxito de la primera.

La tendencia renovadora que Disney había mostrado con películas anteriores como EncantadaEnredados alcanzaba en Frozen su máxima expresión con una historia que no se centraba en el amor romántico, sino en la relación entre dos hermanas, y que cambiaba la idea del matrimonio instantáneo por una relación en la que dos personas se conocen antes de enamorarse (el príncipe azul resultaba ser el villano y la película no terminaba en boda, sino con dos personajes iniciando una relación después de pasar tiempo juntos). Retomando su mensaje de empatía y autoaceptación, Frozen 2 continúa el espíritu moderno y revisionista de su antecesora a la vez que se enfrenta al reto de ampliar su universo y extender la historia más allá del “vivieron felices y comieron perdices”.

Para ello, Buck y Lee deciden volver al pasado y reescribir la historia de los padres de Elsa y Anna, creando alrededor de ellos una intrincada mitología que involucra los elementos de la naturaleza y la historia desconocida de su pueblo. Tras los acontecimientos de la primera entrega, el reino de Arendelle atraviesa una época de paz, Elsa y Anna viven felices rodeadas de las personas que más quieren y la vida transcurre sin contratiempos. Todo cambia cuando Elsa empieza a oír una voz misteriosa que la lleva junto Anna, Kristoff, Olaf y Sven a embarcarse en un viaje hacia lo más profundo del bosque encantado, un lugar del que nadie ha regresado nunca, donde se enfrentarán a grandes peligros para descubrir la verdad sobre su familia y desvelar el misterio de su reino.

Frozen 2 reutiliza los elementos que hicieron de la primera parte un fenómeno, pero consigue escapar de la repetición con una historia que explora lugares desconocidos en un ejercicio de expansión narrativa. La secuela es definitivamente más épica, madura y ambiciosa que la anterior, una película que además de seguir profundizando en la relación entre las hermanas y explorando la interesante identidad de Elsa, independiente, atormentada y en constante búsqueda, nos habla de cómo el pasado nos condiciona y cómo los jóvenes deben resolver los problemas heredados por las generaciones anteriores para hacer un mundo mejor. Un oportuno e inspirador discurso que sirve como reflejo de nuestra propia realidad en el momento actual.

En el apartado técnico y visual, Frozen 2 eleva el listón hasta lo más alto. Entre escenas de acción espectaculares, preciosos paisajes y números musicales formidables, la película está repleta de imágenes que pasan a ser instantáneamente icónicas y que dejarán boquiabiertos tanto a niños como a mayores (Elsa atravesando el mar, Elsa con el pelo suelo montada sobre el caballo de agua…). En cuanto a las canciones, el matrimonio Anderson-Lopez vuelve a dar en la diana con un repertorio digno del mejor musical de Broadway. En esta ocasión se echa de menos algo más de variedad (la mayoría de temas son baladas y algunas no muy memorables), pero hay incontestables temazos, como el vivificante número de apertura con todos los personajes, ‘Some Things Never Change’, la divertidísima parodia de los 90 interpretada por Kristoff, ‘Lost in the Woods’, y por supuesto, el monumental tema central, ‘Into the Unknown’, que funciona como la ‘Let It Go’ de la secuela sin ser exactamente una copia.

Donde Frozen 2 vuelve a fallar es en la construcción del guion, un problema que arrastra desde la primera película y que se acentúa al complicarse la historia en esta segunda parte. Uno de sus mayores aciertos es el hecho de que no cuenta con un villano, sino que el enemigo de los protagonistas es el mismo miedo, a lo desconocido y a ser uno mismo. Pero la trama que se construye a partir de esta idea resulta confusa y atropellada por momentos, sobre todo a la hora de ampliar lo visto en la primera parte, para lo que se recurre a la continuidad retroactiva, con resultados irregulares. Por el lado bueno, los diálogos son tan inspirados o incluso mejores que en la primera y abundan los chistes geniales y los momentos de metahumor que tan bien funcionaron en la anterior (guiños que en ese caso sirven para realizar un comentario muy autoconsciente de la misma). Por último, la película destaca por su fantástico desarrollo de personajes. Todos ellos crecen personal y emocionalmente en esta nueva aventura, en especial Elsa, personificando así uno de los mensajes principales de la película: dejar de tener miedo al cambio.

Y hablando de cambio, como ya se nos había avisado, la película no concreta nada sobre la sexualidad de Elsa. Como en la primera, su historia no gira en torno al amor romántico, por lo que sus creadores no han sentido la necesidad de definir su orientación sexual tampoco en la secuela. Pero esto no impide que existan varios momentos de subtexto queer (ol queerbaiting, según se mire), como la introducción de un nuevo personaje femenino con el que Elsa comparte una escena que parece diseñada para seguir alimentando las especulaciones, un diálogo en el que Anna le dice que la apoya en su decisión de vivir siendo “como quieres ser”, y de nuevo, las letras de sus canciones, que expresan un conflicto interior que puede seguir relacionándose al de la comunidad LGBTQ+ (como es el caso de su otro baladón, ‘Show Yourself’). El debate vuelve a estar servido.

A pesar de sus defectos, Frozen 2 es una secuela más que digna que hace honor a la primera entrega. Aunque el factor sorpresa ha desaparecido, la película encuentra la manera de continuar reescribiendo las normas de los cuentos de hadas y el cine de princesas de Disney, con una historia emocionante, empoderadora y muy divertida que piensa tanto en los niños como en los adultos. Salta a la vista que hay mucho trabajo detrás de la película y que los directores se han esforzado para no estancarse y realizar una continuación que haga justicia al éxito de la anterior. La espera ha merecido la pena y el resultado promete desatar de nuevo la frozenmanía.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: La Bella y la Bestia

La Bella y la Bestia es uno de los clásicos animados más venerados de Walt Disney. Su estreno en 1991 supuso un enorme éxito de público y crítica para la Casa de Mickey, que disfrutaba de una nueva edad dorada tras el éxito de La Sirenita, convirtiéndose en la primera cinta de animación nominada al Oscar a mejor película (una hazaña que tiene más mérito teniendo en cuenta que por aquel entonces solo había cinco candidatas). Su historia imperecedera, una animación (por aquel entonces) puntera y las magníficas canciones de Alan Menken y Howard Ashman hacían de ella una experiencia inolvidable que marcó a toda una generación de niños, y también a sus padres, una de esas películas que vimos una y otra vez hasta aprendernos de memoria cada diálogo y cada letra.

El tiempo no ha hecho más que consolidar La Bella y la Bestia como una de las mejores películas de Disney, por lo que era de cajón que el estudio no tardaría mucho en llevar a cabo su remake en acción real. Al éxito sin parangón de sus películas animadas y las de las marcas que conviven bajo su techo (Marvel, Star Wars, Pixar) se suman las recientes relecturas en carne y hueso que han convertido el propio catálogo de Disney en una mina de oro sin fondo. Después de que los primeros remakes (Alicia en el País de las MaravillasMaléfica) fueran más bien reinvenciones libres de sus respectivos clásicos animados, Disney ha seguido el camino de la adaptación más fiel con sus siguientes éxitos live-actionCenicienta El Libro de la Selva, a los que se suma ahora La Bella y la Bestia, con el que es su remake más parecido al original hasta la fecha.

Bill Condon (DreamgirlsLa Saga Crepúsculo: Amanecer) es el maestro de ceremonias de esta lujosa adaptación que, gracias a la cartera y la varita digital de Disney, cobra vida en un fastuoso espectáculo musical diseñado para hacer las delicias de los fans del clásico animado y lanzar un encantamiento a las nuevas generaciones. Como adelantaba, la nueva versión de La Bella y la Bestia no se distancia mucho de la película de 1991, es más, se trata de una reproducción enormemente precisa, con excepción de pequeños cambios y unos 20 minutos de metraje adicional compuesto por cuatro nuevas canciones y varias escenas que nos cuentan más sobre el pasado de los dos protagonistas. Es decir, una suerte de edición remasterizada y extendida de la misma película de siempre. Esto por supuesto plantea las siguientes cuestiones: ¿Cuál es su razón de ser más allá de la comercial? ¿Aporta algo nuevo esta iteración del cuento que nos han contado tantas veces? La respuesta corta es no. Pero hay muchos matices. Así que vayamos por partes.

La historia

Stephen Chbosky (Las ventajas de ser un marginado) y Evan Spiliotopoulos (Las Crónicas de Blancanieves: El cazador y la reina de hielo) se ocupan de adaptar el libreto original, respetando la estructura argumental y dejando muchos de sus diálogos intactos, pero también incorporando variaciones y nuevo material. Está claro que la animación y la acción real son dos medios cinematográficos distintos con sus propias normas. Lo que en el clásico original no hacía falta explicar, en la película de carne y hueso tiene que seguir una lógica interna más sólida. En este sentido, los guionistas realizan un buen trabajo justificando los acontecimientos y las decisiones de los personajes, tapando los agujeros y en definitiva trasladando la historia al mundo “real” de forma satisfactoria. Aunque en el proceso se dejen mucho de lo que hacía más interesante y oscura a la versión animada.

La primera diferencia destacable es un prólogo que nos deja ver desde el principio la vida en el castillo del Príncipe y nos presenta a su corte antes de que la anciana les lance el encantamiento que los convertirá en objetos. Lo que en el clásico era una secuencia estática de dibujos que reproducían una vidriera se convierte en el primer gran número a lo Broadway de la película, sumergiéndonos de lleno en la ostentosidad barroca que caracterizará todo el metraje, mostrándonos un aumento del número de personajes de color y presagiando un papel más activo para la hechicera. A partir de ahí, todo transcurre más o menos como siempre. Solo que esta vez hay más humor, tanto físico como en los diálogos (maravilloso chiste zoofílico influido) y nuevas escenas que, aunque estén concebidas para completar huecos, lo que en realidad hacen es interrumpir la acción y provocar que la historia se vaya por la tangente. Aunque a priori pueda resultar atractivo saber más sobre las respectivas familias de Bella y Bestia, en realidad los flashbacks no aportan nada al conflicto central o a la relación de los protagonistas, lo que perjudica al ritmo, resta cohesión a la película y alarga innecesariamente su duración.

Los personajes

Lo que era progresista en 1991 ya no lo es tanto en 2017. Por eso hacía falta modificar al personaje de Bella (que ya de por sí era bastante menos pasiva que muchas de sus predecesoras) para adaptarlo a los tiempos que corren, y sumarse así a la corriente de nuevas princesas Disney, más independientes y resolutas, todo un reto teniendo en cuenta la problemática naturaleza romántica del cuento (ya sabéis, Síndrome de Estocolmo: la película). Esta es una de las razones por las que la Bella de Emma Watson es una decepción. Sí, esta Bella parece más autosuficiente y propensa a entrar en acción, y además comparte el ingenio para los inventos de su padre, pero a la larga, es el mismo personaje de hace 26 años (si acaso más insulso) y no la reinvención feminista que nos habían prometido, lo que supone una oportunidad desaprovechada para hacer algo interesante con ella -idea que se puede extrapolar a la película en general.

El resto de personajes tampoco presentan cambios muy significativos. Los objetos, lógicamente de diseño más realista, desempeñan la misma función que en el clásico (sirven como alivio cómico y recordatorio del encantamiento, mientras hacen de celestinos de los protagonistas) y Maurice vuelve a ser el catalizador de la acción y poco más (aunque Kevin Kline esté estupendo). Cabe destacar un mayor peso en la historia de Gastón (Luke Evans) y LeFou (Josh Gad), y el tan comentado “momento exclusivamente gay” del segundo. Aunque más bien deberíamos decir “momentos”, ya que el arco completo de LeFou tiene que ver con su amor no correspondido por el narcisista galán, al igual que en la original, pero de manera más abierta y sin dar lugar a la ambigüedad. Es decir, LeFou es gay, no hay debate al respecto, y esto, por sí solo, ya es un gran paso adelante. Es más, la película es entera e inequívocamente gay, con no solo un personaje LGBT, sino tres (mínimo), todo un regalo para los niños gays que crecieron con el clásico. Sin embargo, el tratamiento de LeFou y su condición sexual deja mucho que desear la mayor parte del tiempo, debido a la interpretación caricaturescamente afeminada de Gad y al hecho de que sea el objeto del chiste de mariquitas de siempre (completando así el regreso a los 90). Afortunadamente, todo esto se arregla durante el desenlace, ofreciendo merecida compensación al personaje (y al espectador) con un sorprendente final feliz que esperamos sea el principio de algo más grande y revolucionario en Disney, y no solo una nota gay a pie de página.

El reparto

Si La Bella y la Bestia es una película inconsistente e irregular es en gran medida porque su elenco se puede definir de la misma manera. Por un lado, el reparto de secundarios es de excepción, sobre todo los que dan vida a los objetos del castillo: La operística Audra McDonald como el Ropero, una desmedida Emma Thompson como la Sra. Potts (ella es genial, pero palidece comparada con Angela Lansbury), un nuevo personaje, el Maestro Cadenza, piano con la voz de Stanley Tucci, y sobre todo Ian McKellen y Ewan McGregor como Din Don y Lumière, dúo responsable de algunas de las escenas más simpáticas y entrañables del film. Todos parecen disfrutar “sobre el escenario”, aunque sus talentos quedan inevitablemente desperdiciados por las necesidades de la historia.

Por otro lado, ya hemos señalado la labor de Josh Gad, bastante irritante como LeFou (aunque tenga sus puntuales buenos golpes de humor), y el varonil Luke Evans, uno de los mayores aciertos de casting del proyecto. Sin embargo, no se puede decir lo mismo de Emma Watson. Y he aquí uno de los mayores problemas del remake. La actriz nunca ha destacado por sus aptitudes interpretativas y carece de la presencia y la fuerza escénica que hace falta para protagonizar una superproducción de este calibre. A pesar de que conforme avanza el metraje se va haciendo con el personaje y acaba destacando en los pasajes más dramáticos, a Watson le viene todo muy grande, y verla desenvolverse en escena, especialmente durante los números musicales, puede ser una experiencia muy incómoda. Por suerte, su partenaire, Dan Stevens, ejerce el contrapunto perfecto para equilibrar la balanza y evitar que todo se vaya al traste. El actor británico es quizá el intérprete más sobresaliente de la película, y eso que se esconde tras una criatura digital no tan lograda como los animales de El Libro de la Selva (el realismo de su rostro es impresionante, pero se mueve de forma artificial y le falta gravedad). La gran expresividad de Stevens asoma bajo las capas de CGI de la Bestia, construyendo así al personaje más matizado de la película y aportando más humanidad que los actores de cuerpo presente.

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Los números musicales

Para alegría de los fans más puristas de La Bella y la Bestia, el remake respeta las canciones originales. Las melodías están prácticamente intactas, a excepción de un par de variaciones, como la que tiene lugar al final de “Gastón”, añadidos que en ningún momento desvirtúan las composiciones de 1991. En lugar de intentar mejorar lo inmejorable, Menken incluye cuatro nuevos temas, escritos junto a Tim Rice (AladdinEl rey león), la ya mencionada obertura, una nana, el nuevo tema central “How Does a Moment Last Forever”, con reprise interpretado por Watson y versión íntegra de Céline Dion para los créditos finales, y una balada solo para Stevens, “Evermore”. Canciones indudablemente bonitas (bien de autotune mediante para Watson y Stevens) que, no obstante, parecen descolgadas de la acción principal y no encajan del todo con el repertorio de siempre.

En cuanto a la puesta en escena, la película va de menos a más. La cosa no empieza muy alentadora con “Bella”, la secuencia de presentación de la protagonista y su pueblo al son de “Bonjour”. Con solo un par de planos, salta la vista que Watson no está a la altura. La actriz se mueve tímida e inexpresiva, como con miedo a romper algo, mientras a su alrededor los extras hacen lo posible por mantener el show a flote. Pero la culpa no es solo suya, Condon tampoco pone toda la carne en el asador, efectuando una copia descafeinada que carece del brío del número animado. Menos mal que ambos entran en calor, y los siguientes números hacen que la película despegue, sobre todo gracias a un reparto curtido en musicales: La de “Gastón” es una secuencia muy divertida (aunque nos priven del plano pecho-lobo), “Qué festín” es el showstopper que conocemos, con un barniz digital bastante hortera, y en la preciosa “Algo nuevo” es donde la película coge impulso y arranca de verdad, mientras que “Asalto al castillo” aporta la intensidad necesaria para dar lugar al clímax, terminando así con buena letra. Solo “Bella y Bestia”, la icónica escena del baile en el salón del castillo, supone una pequeña desilusión al no cumplir las expectativas (es imposible recrear la sensación al verla por primera vez).

Como suele ocurrir, pero en este caso más acentuadamente, conectar con La Bella y la Bestia depende de la predisposición de cada uno. Que sea un calco del clásico animado puede despertar el arrebato nostálgico necesario para disfrutar con el mero hecho de ver una de tus películas favoritas convertidas en algo tan majestuoso, o puede jugar en nuestra contra, precisamente por la misma razón: no hay nada como el original, por muy buena que sea la imitación. Lo que está claro es que tiene su encanto y lo que funcionaba en la animada funciona en el remake, básicamente porque se mantiene intacto. Sin embargo, trasladándola al universo real/digital se pierde mucho de lo que la hacía tan especial, a lo que no ayudan los problemas citados anteriormente: fallos de casting, falta de cohesión, cadencia atropellada, personajes con menos personalidad que sus análogos animados, inconsistencia entre números, alteraciones insustanciales…

La recreación es digna de asombro la mayor parte del tiempo (dirección artística, vestuario, peluquería, todo es excelente) y es evidente que Disney no ha escatimado en recursos, resultando en un espectáculo suntuoso y efervescente, astutamente confeccionado para reventar la taquilla, pero a la vez vacuo y superficial. Por mucho brillo y despliegue del que haga gala, esta versión está más apagada y falta de inspiración. Es decir, es básicamente la misma película, el mismo “cuento tan viejo como el tiempo”, solo que con menos vida, menos fuerza y menos magia.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Pixels

Pixels Arcaders

Fui a ver Pixels dispuesto a pasármelo bien sin comerme demasiado el coco. Quería que me gustase, os lo prometo. Incluso momentos antes de verla, y aunque mi subconsciente me hacía la contra, guardaba una pequeña esperanza de que no fuera el desastre que parecía. Me equivocaba. Y mucho. Pixels supera todas las expectativas negativas depositadas en ella. Podría excusarla su aire desenfadado y alocado, o el hecho de que es perfectamente consciente de sus limitaciones y le da igual (o no, que quizá hasta la esté sobrevalorando), pero ni con esas. Pixels es mala con saña y avaricia, no hay más. No hay excusa que valga. “Es que es fantasía y no hay que tomársela en serio”. “Es que es para los más pequeños”. “Es que no hay que buscarle lógica a una película así”. ¡Es que nada! El film dirigido por Chris Columbus (que no es garantía infalible de calidad, pero tiene su mano con el cine familiar) se vende como aventura nostálgica de los 80 dirigida a varias generaciones, pero la realidad es bien distinta: Esto es simple y llanamente una película de Adam Sandler, con todo lo que conlleva el infra-género sandleriano. Es más, es una película de Adam Sandler en horas bajas y desganado, que es ya el acabose.

Basada en un cortometraje independiente de 2010 (que podéis ver aquí) , Pixels nos cuenta una invasión extraterrestre a lo Independence Day versión (más) disparate en la que los alienígenas toman la forma de varios personajes de las máquinas recreativas clásicas. La historia da comienzo en los 80, durante una competición de jugadores de Arcade. Los extraterrestres reciben señales de estas máquinas que malinterpretan como una declaración de guerra intergaláctica, lo que les lleva treinta años después a atacar nuestro planeta utilizando los juegos Gálaga, Pac-Man o Space Invaders como modelos para diseñar varias ofensivas a las ciudades más importantes del mundo. Para acabar con los invasores, el presidente de los Estados Unidos (Kevin James) recurre a su amigo de la infancia (Sandler), campeón de videojuegos en los 80, así como a varios “expertos” en la materia, con los que forma un equipo de “Arcaders” en los que depositará el futuro de la Tierra.

Pac-Man in Columbia Pictures' PIXELS.

La premisa de los 8-bits cobrando vida a escala interplanetaria (que, como muchos aficionados señalan, ya se utilizó en Futurama en 2002) sirve para llevar a cabo una comedia de aventuras que intenta recuperar el espíritu ochentero de cintas como Los Cazafantasmas (con su toque de Juegos de guerra) y explotar el valor icónico que los videojuegos “prehistóricos” tienen para nuestra generación (similar a lo que hizo con mejores resultados ¡Rompe Ralph!). Sin embargo, no logra destacar entre tantas otras propuestas morriñosas al ser incapaz de trascender el homenaje vacío y facilón: el peinado mullet de Peter Dinklage (que es quien más se esfuerza del reparto, y ni así puede evitar caer en el ridículo más chirriante), la banda sonora con clásicos de Zapp, Loverboy, Tears for Fears o el original “We Will Rock You”, que suena dos veces (cansinos), y las transmisiones a la Tierra de los alienígenas, que hablan a través de Nixon, Madonna o Hall & Oates en grabaciones antiguas de televisión (la única ocurrencia remotamente graciosa de la película). Todo es para nada, ya que los guiños caen en saco roto por culpa de la ineptitud absoluta del film para hacer reír o hallar el componente emotivo necesario para conectar con el espectador.

Por otro lado, Pixels juega otra vez con la idea del friki que fue paria durante los 80 y pasa de loser cuarentón a nuevo héroe del siglo XXI, donde ser geek ya es lo normativo. No obstante, desaprovecha todas las posibilidades que esto brinda con un guion enclenque y sin rastro de lógica interna (en serio, cada escena es más increíblemente estúpida y absurda que la anterior) con el que no parece haber voluntad de ir más allá del humor de encefalograma plano y la aventura casposa a la que nos tiene acostumbrado el cine de Sandler. Todo cobra sentido cuando comprobamos que detrás del libreto está el guionista de confianza del actor (qué pena ser el “loquesea” de confianza de Adam Sandler), Tim Herlihy, artífice de regurgitaciones fílmicas como Mr. Deeds o la reciente Niños grandes 2 (la película con la que Sandler debería haberse convertido en persona non grata en todo estudio de Hollywood). Para más inri, la presencia de la pareja “artística” de Sandler, el repulsivo Kevin James, como presidente de los Estados Unidos (sin comentarios) corrobora lo que estamos viendo: un nuevo vehículo de lucimiento para que estos dos comicastros sin talento ni gracia sigan riéndose de nosotros desde sus mansiones de Malibú.

Peter Dinklage;Josh Gad;Ashley Benson

Lo más lamentable de Pixels (además de todos y cada uno de los chistes que Sandler estrella contra el suelo) es que desaprovecha una idea buenísima, un concepto que podría haber dado mucho de sí de haber caído en las manos adecuadas. Pero no, tenía que acaparar el proyecto el actor que envenena todo lo que toca (con permiso de Vince Vaughn). Sandler convierte Pixels en un nuevo festival de comedia abyecta y penosas interpretaciones, en el que además hace gala del machismo y la misoginia más flagrante (con rastros de homofobia y racismo para aderezar el pastel). Michelle Monaghan, que interpreta a una experta en armas de la Casa Blanca, es una profesional capacitada que está ahí únicamente para ser “la chica de la película”, cayendo víctima del nauseabundo cortejo de Sandler, que, cómo no, se busca un “pibón” como trofeo para su baboso personaje (increíble la desfachatez ególatra del actor). Pero es que el papel que desempeñan las demás mujeres de la película (que juntas deben sumar 4 minutos en pantalla) es para llevarse las manos a la cabeza: Ashley Benson es la protagonista del videojuego ficticio Dojo QuestLady Lisa, sueño pajillero de Josh Gad (más irritante que nunca, por cierto) cuyo papel se reduce al de objeto hipersexualizado que no pronuncia una sola palabra (mientras la “mascota” Q*bert sí habla al cobrar vida); Jane Krakowski es la Primera Dama, personaje sin entidad (como todos los demás) que solo tiene “diálogo” en una escena en la que está adornando una tarta con el presidente; y Serena Williams hace un cameo para cumplir los deseos sexuales del personaje de Dinklage (que ningún héroe se quede sin su premio). Es un verdadero asco ser mujer en el Universo Sandler, y estas actrices (y deportista) mirarán hacia atrás dentro de unos años para recordar esta película como uno de los momentos más bajos de su carrera.

La única cualidad remotamente redentora que posee Pixels es su apartado visual (diría que esto es lo que enganchará al público infantil, pero no quiero insultarlo). El Columbus más efectivo aflora en las escenas de acción (destacan la fantástica secuencia de Pac-Man y el enfrentamiento final con Donkey Kong), y los efectos digitales nos dejan imágenes muy llamativas, gracias al curioso efecto físico del pixelado y los coloristas diseños de los personajes animados, no solo bien hechos, sino también excelentemente integrados en los escenarios reales. Pero que Pixels entre bien por los ojos no es suficiente para compensar el incoherente e insultante despropósito que ha resultado ser en todo lo demás. Una auténtica pena haber tirado una idea con tanto potencial a la basura.

Valoración: ★½

Crítica: Ojalá estuviera aquí

WISH I WAS HERE

Zach Braff, conocido por dar vida al doctor John Dorian, aka J.D., en la comedia televisiva Scrubs, saltó a la dirección cinematográfica en 2004 con Algo en común (Graden State), una peliculita que, sin hacer demasiado ruido, y contando con la por aquel entonces estrella emergente Natalie Portman, se ganó cierta reputación como cinta de culto. Exactamente diez años más tarde, Braff firma su segunda película para el cine, Ojalá estuviera aquí (Wish I Was Here), para la que ha contado con el mecenazgo de sus muchos fans en Internet a través de la web de crowfunding Kickstarter. Esta especie de continuación en espíritu de Garden State llega pues en una época de transformación para el cine, como refleja la historia de su producción. Sin embargo, ese es el único indicio de que Ojalá estuviera aquí es una película de su tiempo. Braff se apunta al modo de hacer cine de 2014 para hacer una cinta estancada en 2004.

Aidan Bloom (Braff) es un hombre de 35 años, eterno aspirante actor y casado con dos hijos, que se resiste a abandonar el sueño de Hollywood mientras su mujer, Sarah (Kate Hudson), trabaja para sustentar a la familia. Bloom vive la mayor parte de los días con un pie en el mundo real y otro en su fértil mundo imaginario, donde sigue convirtiéndose en el guerrero espacial que creó cuando era pequeño. Su imaginación le ayuda a sobrellevar el paso de los días y a enfrentarse a sus verdaderos problemas, pero nunca con el mismo resultado que en sus ensoñaciones. Cuando Aidan se entera de que su padre (Mandy Patinkin) se está muriendo, él y su hermano Noah (el omnipresente Josh Gad) deciden salir del estancamiento de sus vidas para empezar a vivirlas de verdad. Cada uno a su manera. Aidan se centra en la educación de sus hijos, a los que lleva en un road trip de aprendizaje y (auto)conocimiento, mientras Noah saca todo su potencial creativo para diseñar el mejor cosplay de la Comic-Con de San Diego.

cartel ojalá esutviera aquíOjalá estuviera aquí es un asunto de familia. La película está escrita entre hermanos (Zach y Adam Braff), y durante la mayor parte del metraje se apoya en la satisfacción de ver una cara conocida, desde Jim Parsons a Donald Faison, amigo y hermano de Braff desde Scrubs, que tenía un asiento reservado en esta reunión familiar desde el principio. Por eso, el film de Braff es algo así como un regalo a sus seguidores, una oda a la amistad profesional, y un guiño continuo, salpicado de calidez y espíritu geek. Pero Ojalá estuviera aquí también es una historia que aspira a algo más grande. Brach se atreve a reflexionar sobre la paternidad, la religión (su relación con el judaísmo proporciona los momentos más simpáticos), la adolescencia, llegando incluso a cuestionarse el sentido de la vida. Las respuestas, por muy ciertas que sean, se presentan como una sarta de topicazos, lecciones vitales de tres al cuarto, y lemas de póster motivacional. Entre pasajes oníricos, “inspiradores” montajes musicales y diálogos sobre dejar de ser Peter Pan, Ojalá estuviera aquí nos bombardea con leitmotivs varios. Los de siempre. Ya sabéis, carpe diem, no dejes nunca de perseguir tu sueño, hay que decir “te quiero” mientras se puede, nunca es tarde si la dicha es buena, la vida es lo que te pasa mientras haces planes (“Life is happening all around you”), y así hasta el infinito y más allá.

Aunque Ojalá estuviera aquí es un trabajo realizado con amor, y esto es algo que salta a la vista (tanto en el tratamiento de la historia como en el cuidado e iconoclasta apartado estético), el resultado es una obra tan bienintencionada como terriblemente convencional y falta de originalidad. Perdonamos a Braff por este manual de autoayuda porque al menos su película nos regala un puñado de buenas interpretaciones: empezando por él, muy acertado y contenido ¿interpretándose a sí mismo?, siguiendo por Kate Hudson, que nos desvela que en realidad es una muy buena actriz que escoge mal sus proyectos, sin olvidar al sublime Mandy Patinkin, y destacando sobre todo a la pequeña Joey King, una gran fuerza vital con un brillante futuro por delante.

Valoración: ★★

Crítica: Amor sin control

Amor sin control Mark Tim

Shame (Steve McQueen, 2011) era la historia de un hombre incapaz de controlar su vida sexual y la crónica de su consiguiente descenso a los infiernos. Don Jon (Joseph Gordon-Levitt, 2013) nos hablaba, mediante una inspirada fusión de comedia y drama trascendental, de un adicto al porno y su propia espiral de autodestrucción, con un desenlace mucho más esperanzador que la de McQueen. Amor sin control se aproxima a la misma cuestión, pero en lugar de posicionarse en el fondo del pozo, nos habla desde la luz al final del túnel. Si Shame era una propuesta tétrica, malsana y pesimista, la de Stuart Blumberg (guionista de Los chicos están bien) ofrece un punto de vista más luminoso y amable, y explora la misma enfermedad desde la recuperación de sus protagonistas, ensalzando los valores de la amistad y la familia por encima de todo.

Adam (Mark Ruffalo) es un adicto al sexo que acude todas las semanas a una reunión de adictos anónimos, gracias a la cual lleva cinco años “sobrio”. El grupo de adictos en recuperación incluye a su sponsor Mike (Tim Robbins), cuya situación familiar se complica cuando su hijo drogadicto regresa después de abandonar el hogar, y el recién llegado Neil (Josh Gad), masturbador compulsivo que está allí por orden judicial (su obsesión con el sexo le lleva a acosar constantemente a mujeres en el trabajo, en el metro…) Además de una dramedia sobre las distintas manifestaciones de la adicción, Amor sin control (cuyo título original es el más adecuado Thanks for Sharing) es también una comedia romántica. Cuando Adam conoce a Phoebe (Gwyneth Paltrow), todo cambia para él. Ella es una mujer interesante, vibrante, que a pesar de tener sus propias parafilias y manías que rozan lo enfermizo, rechaza a los adictos y se niega a volver a salir con uno, lo que empuja a Sam a mentirle para no perderla.

Cartel AMOR SIN CONTROLLa irresistible y tortuosa relación de Sam y Phoebe es el centro neurálgico de Amor sin control, y la fuerte química entre Ruffalo y Paltrow (cuidado, Tony Stark, que Bruce y Pepper son tal para cual) una de sus mayores bazas. Pero la película de Blumberg es una obra coral, y tanto el equilibrio entre sus tres tramas centrales como el buen hacer de todo su reparto es lo que la mantiene en pie. Neil es un personaje hecho a la medida del irritante Josh Gad, pero, afortunada y sorprendentemente, ahí está Alecia Moore -más conocida como la cantante Pink-, que hace contrapunto al asqueroso de Gad con grandes dosis de naturalidad, vulnerabilidad y carisma. Moore podría dedicarse a esto a tiempo completo. Por otro lado, Robbins hace un buen trabajo interpretando a un hombre ahogado por su culpabilidad en un entorno familiar de aparente harmonía y heridas sin cicatrizar, y él, junto a su mujer (notable Joely Richardson) y su hijo (Patrick Fugit) es quien protagoniza los pasajes más trágicos de Amor sin control.

El mayor problema de Amor sin control es uno que acecha durante todo el metraje: la indecisión de Blumberg a la hora de establecer un tono adecuado para la película. Si bien es cierto que en todo momento saltan a la vista que las intenciones de la película son honestas, y el tema se trata con el respeto que se merece, Blumberg oscila constantemente entre la comedia romántica y de colegas, el melodrama familiar y la tragedia, saltando sin ton ni son entre escenas inconexas, y navegando desorientado por una historia que acaba descarrilando estrepitosamente en su tramo final -especialmente durante una escena inconsecuente con lo que hemos visto hasta ese momento, que adopta el espíritu Shame llevando el relato a terrenos excesivamente farragosos. Se agradece la función terapéutica de la película, la transparencia con la que nos muestra el proceso de recuperación del adicto, y el hecho de que una enfermedad estigmatizada como la adicción al sexo reciba un tratamiento tan franco. Pero la dificultad de la película para hallar una identidad propia y la confusión tonal hacen que lo que podía haber sido un trabajo importante sobre la adicción quede simplemente en una simpática película de sobremesa.

Valoración: ★★½