Vengadores: Endgame: Un final “perfectamente equilibrado” [Crítica sin spoilers]

El cine tal y como lo conocíamos cambiaría en 2008 con el estreno de Iron Man. Por aquel entonces, poco podíamos imaginar lo que Marvel conseguiría a lo largo de la década posterior, pero el estudio tenía un plan, y este ha dado más frutos de lo que ni siquiera ellos mismos se imaginaron. Diez años y 21 películas después, llegamos al gran evento cinematográfico con el que se cierra una era, Vengadores: Endgame, el desenlace de una macrohistoria impecablemente diseñada y estructurada que ha amasado récords de taquilla, ha cambiado las reglas del blockbuster, y lo más importante, ha enganchado a cientos de millones de personas en todo el mundo.

Vengadores: Infinity War sacudió los cimientos del Universo Marvel con un final cliffhanger que alcanzó estatus icónico inmediato, y del que se seguirá hablando en el futuro. El chasquido de Thanos cambió el universo, eliminando a la mitad de los seres vivos que lo habitan, y generando una de las reacciones más viscerales entre los espectadores que se recuerdan en mucho tiempo. La devastación que provocó la derrota de los Vengadores, y el desvanecimiento de sus seres queridos y muchos de nuestros héroes favoritos, puso de manifiesto el gran logro de Marvel, la fidelización de la audiencia a través de sus personajes, y también sus mayores virtudes, la planificación narrativa a largo plazo y la paciencia. Si el chasquido nos afectó tanto (incluso sabiendo que sus trágicos efectos no serían permanentes), es porque sus personajes nos importaban. Y nos siguen importando.

En Marvel son maestros de la anticipación. Y esa anticipación nos ha llevado hasta aquí, hasta el “juego final”, el clímax de las primeras tres fases del UCM. Escribir una crítica de Endgame sin desvelar puntos claves de su argumento es una tarea complicada, por no decir imposible, pero lo intentaremos. El factor sorpresa es un elemento clave en la película de Joe y Anthony Russo. Es por ello que los trailers han jugado al despiste incluyendo imágenes en su mayoría pertenecientes a la primera media hora de metraje (o que no están en el montaje final) y ocultando la participación o el look de ciertos personajes. A pesar de haber desatado miles y miles de teorías, Endgame es la película más imprevisible del Universo Marvel. Por eso era de capital importancia no estropear ninguna de las innumerables sorpresas y giros argumentales del film, ya que su descubrimiento es esencial para vivir la mejor experiencia cinematográfica posible.

Endgame lidia con las consecuencias de la devastación provocada por Thanos en Infinity War, dando énfasis a los seis Vengadores originales, Iron Man, Capitán América, Viuda Negra, Ojo de Halcón, Thor y Hulk. Todos ellos unen fuerzas junto al resto de los héroes que sobrevivieron al chasquido para trazar un plan con el que derrotar definitivamente al Titán Loco y con suerte deshacer el desastre que ocasionó. El primer acto es con diferencia la hora más triste, madura y emocional de todo el Universo Marvel. Es entonces cuando Vengadores se convierte en The Leftovers, cuando los supervivientes deben enfrentarse a la vida sin sus compañeros de “trabajo”, sin sus seres queridos, sin su familia… mientras el mundo se adapta a su nueva realidad.

Y es ahí donde los hermanos Russo más se toman su tiempo. Endgame es la película más grandiosa y ambiciosa de Marvel, pero la duración de tres horas no se justifica (solo) por la necesidad de cerrar mil asuntos o incluir más batallas, sino por los momentos más pequeños; las escenas en las que se exploran los lazos entre los personajes, las que nos muestran a los superhéroes como seres humanos afrontando la pérdida y asumiendo la necesidad de pasar página. En esas interacciones, en esas miradas y esas lágrimas es donde Marvel esconde la esencia de lo que está contando, lo que hará que lo que pase a continuación nos afecte más profundamente. Porque en todos estos años, nos han estado contando una historia a la que no hemos prestado la atención suficiente porque siempre hemos tenido algo más explosivo o impactante que comentar: la de una familia. Más allá de los trajes, los superpoderes, las aventuras intergalácticas y la reflexión sobre lo que significa ser un superhéroe, Marvel ha construido una familia (o varias) a la que deseamos ver unida de nuevo, cueste lo que cueste.

Pero por supuesto, Endgame también es humor (Thor, Bruce y Scott protagonizan los momentos más divertidos y extraños, pero hay muchos más), es acción y espectáculo. Aunque el listón estaba alto después de Infinity War, los Russo consiguen superar en envergadura y alcance a la anterior entrega de los Vengadores. Y a todas las películas del Universo Marvel. Endgame incluye algunos de los planos más impresionantes y memorables de toda la saga, los mejores efectos visuales, combates que paran la respiración y la que es una de las batallas más épicas que se han visto jamás en una pantalla de cine.

Y lo mejor es que todo está medido para que nunca se pierda de vista el propósito de la historia, el objetivo final, para que todas las piezas encajen y la pirotecnia nunca eclipse a los personajes; un numerosísimo plantel de héroes que se dosifica de forma inteligente y mesurada (cualquier momento, por pequeño que sea, es importante, todos los regresos y apariciones sirven una función, y la incorporación de Capitana Marvel se realiza con coherencia y sin robar protagonismo a los que están ahí desde el principio). Es cierto que la trama abarca tanto y depende tanto de todo lo visto anteriormente, que por momentos puede apabullar o confundir, que hay alguna decisión difícil de digerir y que los agujeros de guion están a la vista de todos, pero teniendo en cuenta la titánica hazaña a la que se enfrentaba Marvel con tantísimos cabos que atar, y lo bien que la ha desempeñado, no dejan de ser detalles menores en un final enormemente satisfactorio.

Vengadores: Endgame es el gran acontecimiento que nos prometieron, una de esas películas que marcan generaciones. Sus tres horas resultan casi inabarcables, emocionalmente agotadoras (en especial su abrumador último acto y su conmovedor epílogo), pero no sobra ni un minuto. Todo cuanto acontece en ella responde a un meticuloso plan ejecutado a la perfección, y aun así se las arregla para sorprender y mantener alerta de principio a fin, para hacernos reír y llorar, para dejarnos clavados en la butaca y darnos una escena icónica detrás de otra. Pura catarsis.

Se trata de la culminación de diez años de extraordinario trabajo que se saldan con la película más emotiva de Marvel, la sublimación de su estilo narrativo y su equilibrada fusión de acción, épica, drama y comedia. También es la entrega en la que el reparto más se ha dejado la piel y el corazón, en la que más salta a la vista la importancia capital de los actores que hay tras los personajes. Y por último, es una gran celebración del Universo Marvel, un sentido autohomenaje repleto de guiños y un inmejorable regalo a los fans que han llevado al estudio a lo más alto con su fidelidad incondicional. En definitiva, un final redondo que está a la altura de las monumentales expectativas y hace que la espera haya merecido la pena.

Si Infinity War era el principio del fin, Endgame es el fin… y también un principio. De algo nuevo. Algo probablemente diferente. Indudablemente excitante. Cierre definitivo (y precioso) para algunos personajes, nuevo comienzo para otros, y un futuro lleno de posibilidades infinitas para los seguidores del estudio. La historia continúa expandiéndose y transformándose de forma imparable, y sea lo que sea lo que nos están preparando, Marvel se ha ganado nuestra entera confianza para los próximos diez años. Como mínimo.

Pedro J. García

Nota: ★★★★★

Crítica: Sicario – El día del soldado

En 2015, Sicario sirvió para cimentar la buena reputación de Denis Villeneuve como cineasta, antes de invadir el mundo con la magistral La llegada y hacerse con las riendas de uno de los mayores clásicos de la ciencia ficción en Blade Runner 2049. El film protagonizado por Emily Blunt, Josh Brolin y Benicio del Toro golpeó fuerte a la audiencia por su crudeza, intensidad y pesimismo, y fue nominada a tres premios Oscar. A pesar de esto, Sicario no es la típica película de la que uno espera una secuela, y mucho menos una franquicia. Pero aun así, aquí la tenemos.

En Sicario: El día del soldado (Sicario: Day of the Soldado) comienza un nuevo capítulo de lo que Sony Pictures ya describe como “serie” (están preparando la tercera parte), una nueva pesadilla centrada en los personajes de Brolin y Del Toro, que regresan sin Blunt. Junto a ellos, el director Stefano Sollima (que sucede a Villeneuve) introduce nuevos personajes que ramifican una historia compleja y descorazonadora que nos sumerge de nuevo en el corazón de la guerra de las drogas.

“Esta vez no hay reglas”. Los cárteles han comenzado a traficar con terroristas en la frontera entre México y Estados Unidos, provocando atentados y esparciendo el rastro de muerte mientras los inmigrantes ilegales intentan pasar al otro lado, arriesgando sus vidas por una remota oportunidad de mejorarlas. El agente federal Matt Graver (Brolin) pide ayuda a Alejandro (Del Toro), cuya familia fue asesinada por un capo del cártel en la primera entrega, para provocar la guerra entre cárteles, Para ello, tiene que secuestrar a la hija del asesino de su familia, con el objetivo de desatar el conflicto. Sin embargo, cuando la niña es vista como un daño colateral, la misión se complica y Alejandro se ve envuelto en una situación sin escapatoria, mientras se cuestiona de qué lado está y por qué está luchando.

Sicario: El día del soldado no es tan magistral como la primera, pero al menos tampoco es una mera copia. Sí, Sollima continúa sus temas y trata de replicar el tono intenso, angustioso y desesperanzado de Villeneuve, pero la secuela toma su propia forma aumentando las dosis de acción y violencia, con lo que se construye como una peli sobre terrorismo más (relativamente) convencional, acercándose ligeramente al cine de acción espectáculo de los 90, con sus abundantes tiroteos y baños de sangre. En este sentido, El día del soldado incurre en ocasiones en la violencia por la violencia, con ensañamiento y crueldad para impactar a un espectador que está de vueltas de todo. Claro que el efecto (o el efectismo) funciona, porque la película acaba metiéndose dentro lo quieras o no.

Con El día del soldadoSicario se orienta hacia un público más mayoritario, planteándose menos como un thriller arthouse o una parábola reflexiva y más como una “película de Hollywood”. Claro que su intensidad, aridez, la estimulante ambigüedad moral que la recorre y lo tristemente relevante a la actualidad que es la acaban distanciando del típico thriller de acción desechable. Por otro lado, El día del soldado se beneficia enormemente de las interpretaciones de su reparto. Del Toro y Broslin realizan trabajos excelentes y descarnados, complementados por la entrega y fiereza de la joven promesa Isabela Moner (Transformers: El último caballero, la futura Dora, la exploradora de carne y hueso).

Dominando el ritmo cinematográfico y filmando con pulso e inteligencia, Sollima firma una secuela más que competente, un thriller asfixiante y oscuro repleto de escenas impactantes que no dejan indiferente. A pesar de que es inevitable compararla con su antecesora (lo que hace que echemos de menos el interesantísimo y necesario contrapunto que aportaba Blunt a los protagonistas masculinos), en realidad Sicario: El día del soldado se sostiene por sí sola, reorientando la franquicia y sembrando con sus giros y desenlaces la semilla para una tercera parte que de repente se vuelve necesaria.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Deadpool 2

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La primera aventura de Deadpool en el cine supuso un bienvenido revulsivo que aportó un enfoque diferente al que Marvel Studios ya había implantado como institucional en el género de superhéroes. El antihéroe de Marvel debutaba en solitario en el Universo X-Men de Fox con una propuesta violenta, irreverente y pasada de rosca que conquistaba a la audiencia y demostraba que era posible orientar este tipo de cine a un público exclusivamente adulto y aun así replicar su éxito masivo. Dos años más tarde llega la secuela, y lo hace en el momento perfecto, ni un mes después del estreno de la colosal Vengadores: Infinity War. La ligereza y el descaro de Deadpool 2 nos vienen de perlas para relajarnos un poco después del intenso acontecimiento dirigido por los hermanos Russo. Preparen sus chimichangas y disfruten del espectáculo.

David Leitch (John Wick, Atómica) sustituye a Tim Miller en la dirección, pero el cambio de realizador no resulta en ningún cambio evidente en la pantalla. Al contrario, Deadpool 2 es muy similar, por no decir idéntica, a la primera entrega tanto en estilo como en ritmo y tono… Esto se debe quizá a que, antes que nadie, la franquicia pertenece a una persona: Ryan Reynolds, el actor que encontró en el personaje del Mercenario Bocazas la mejor oportunidad para darle un vuelco a su accidentada carrera comercial y salir resucitado y victorioso como uno de los actores más carismáticos del cine de superhéroes actual. Reynolds es el rey de Deadpool, y en su secuela vuelve a probar que lleva el personaje como si fuera una segunda piel.

Aquí es donde habría que decir que Deadpool 2 sigue las normas de las secuelas multiplicándolo todo por dos. Y por muy cliché que sea, sería totalmente cierto. La película toma todo lo que funcionaba de la primera parte y lo duplica, o incluso triplica: el humor meta, el lenguaje sucio, la metralleta de referencias pop, el gore y la ultraviolencia estilizada, las trepidantes y excelentemente ejecutadas escenas de acción, la cámara lenta, la jocosa banda sonora (el tema de Céline Dion sobre los créditos iniciales es pura magia), las rupturas de la cuarta pared; todo vuelve, en mayor cantidad, y, afortunadamente, con la misma gracia y eficiencia. Y aun así, el guion (coescrito por Reynolds) se las arregla para ser impredecible y retorcer algunas de las convenciones de las segundas partes, al más puro estilo Deadpool. Por ejemplo, en lo que se refiere al nuevo grupo de mutantes, Fuerza-X, que quizá no sea lo que el espectador espera, y sobre todo en la escala de la película, que se mantiene al nivel de la primera, esquivando el agotador y enésimo fin del mundo en su tercer acto, lo cual siempre se agradece.

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Además del debut de Fuerza-X, Deadpool 2 introduce otros nuevos personajes. Del eXtraño nuevo supergrupo, quien adquiere mayor protagonismo en la historia es Domino, interpretada por Zazie Beetz (Atlanta), que aporta frescura y carisma con un personaje lleno de posibilidades. Otro fichaje de la secuela es Julian Dennison (la revelación de Hunt for the Wilderpeople), que da vida a Russell, un niño mutante con el poder del fuego cuya historia enlaza con el tema que vertebra la película: la familia. Cuando el protagonista dice que Deadpool 2 es una película familiar, no miente, y es que la secuela lleva a cabo una más que acertada (aunque convencional) reflexión sobre la sensación de pertenencia y la familia creada. Y por último, pero no por ello menos importante, Josh Brolin encarna al villano Cable, un mutante que viene del futuro con la misión de acabar con la vida de Russell y cambiar así el destino de su familia. Brolin se confirma como un acierto de casting mayúsculo (no literalmente, como le recuerda Deadpool), aunque quizá sea conveniente no esperar demasiado del personaje.

Por lo demás, Deadpool 2 recupera a los personajes de la primera parte. Vuelven Vanessa (Morena Baccarin), Comadreja (T.J. Miller), Ciega Al (Leslie Uggams), y el que es probablemente el mejor secundario de la franquicia, el humano Dopinder (Karan Soni). Mención aparte merecen Coloso (Stefan Kapicic) y Negasonic Teenage Warhead (Brianna Hildebrand). El primero por ser un recurso cómico excelente y la segunda por contribuir a romper barreras en el cine de superhéroes. En la secuela, la mutante adolescente tiene novia (una de verdad, no uno de esos “momentos exclusivamente gays” que si parpadeas te los pierdes y no sirven para nada), Yukio (Shioli Kutsuna), lo que, además de proporcionar uno de los running gags más simpáticos de la película, aporta visibilidad a la comunidad LGBT, un paso muy fácil de dar con el que, sin embargo, otros estudios no se atreven. A falta de ver un novio o rollete para Wade Wilson (que sigue manifestando su pansexualidad solo a través de chistes), gracias a NTW y la fluidez sexual que recorre los diálogosDeadpool 2 se convierte en una de las películas de superhéroes más tolerantes y normalizadoras hasta la fecha.

Pero que la palabra “tolerancia” no os dé la impresión equivocada. Deadpool sigue siendo tan cafre y tan bestia como hace dos años. De hecho, más. La secuela vuelve a testear los límites de la calificación Rated-R para ofrecernos una orgía de sangre, desmembramientos y bromas sexuales no apta para mojigatos. ¿Que el humor es en el fondo infantil y no supone innovación alguna con respecto a la anterior? Por supuesto. ¿Que sigue siendo tan eficaz como la primera vez? Sí rotundo. En Deadpool 2 la novedad ha desaparecido, pero la película sabe exactamente cómo compensarlo: yendo a por todas. No todos los chistes funcionan (es lo que pasa cuando bombardeas con cinco seguidos cada dos segundos), pero los que lo hacen, lo hacen a lo grande. La película está llena de geniales golpes de humor y gags memorables que vuelven a elevar lo que es un argumento más bien escueto.

Deadpool 2 hará las delicias de los que disfrutaron de la primera entrega. Reynolds vuelve a realizar una interpretación cómica brillante (da igual con quién comparta escena, la química es palpable y las chispas saltan), el guion no deja títere con cabeza gracias a los salvajes y gratuitos ataques al cine de superhéroes (Reynolds se ensaña consigo mismo y los suyos casi tanto o más que con la competencia), los fans de X-Men se van a llevar sorpresas muy divertidas en forma de guiños y cameos, y puede que las escenas post-créditos sean las mejores que hemos visto hasta la fecha. Es más, es posible que sean lo mejor de toda la película. Simplemente enormes. Con todo esto, además de una considerable dosis de romance y emoción, Deadpool 2 evita la mala suerte de segundas partes como las de las afines Kick-AssKingsman para dejarnos una hilarante secuela a la altura de la original. Si no mejor.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

‘Vengadores: Infinity War’: Un acontecimiento de proporciones titánicas

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Todo está conectado y todo ha conducido hasta aquí. El principio del fin. El final de un principio. Después de una década, tres fases y 18 películas, da comienzo la culminación del Universo Cinematográfico Marvel tal y como lo conocemos con Vengadores: Infinity WarAunque técnicamente sea la tercera entrega de Vengadores (la cuarta si contamos Capitán América: Civil War), esta vez es distinto, y se siente en cada fotograma. Se trata del clímax de todo un universo de ficción construido con admirable paciencia y planificación, un desenlace que promete sacudir fuertemente sus cimientos antes de iniciar la siguiente etapa.

Si La era de UltrónCivil War ya contaban con repartos multitudinarios, lo de Infinity War es la macro-reunión más impresionante que nos ha dado el cine de superhéroes hasta la fecha. Parecía imposible, pero Marvel lo ha conseguido. A Los Vengadores se suman los Guardianes de la Galaxia y otros muchos aliados para enfrentarse a la mayor amenaza de su historia, Thanos. El Titán Loco planea hacerse con las Gemas del Infinito para llevar a cabo su ambicioso plan de transformar y dominar el cosmos entero. Los héroes deberán proteger las Gemas de su familia de secuaces, la Orden Negra, para evitar que su enemigo se convierta en un ser todopoderoso y ponga fin al universo.

Un argumento relativamente sencillo para describir una historia que lleva desarrollándose a lo largo de tanto tiempo con múltiples frentes y ramificaciones. Los hermanos Russo, que dirigieron las dos anteriores entregas del Capitán América, El soldado de invierno y Civil War, se hacen cargo del reto más complicado de los diez años de Universo Marvel, unificar todo lo visto hasta ahora y hacer que confluya en dos horas y media de película. El resultado es sin duda satisfactorio, en especial para aquellos que hayan seguido devotamente el Universo Marvel (los espectadores casuales probablemente no se enterarán de nada). En recompensa a la fidelidad de los marvelitas, Infinity War les da todo lo que querían. Y después mucho más.

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Porque en realidad, más que una película, Infinity War es un evento. Uno orquestado para hacer que los fans de Marvel se queden pegados a su asiento y no pestañeen ni una vez, por miedo a perderse algo importante. Infinity War redefine el término “épico”. Es grande. Enorme. Tanto que puede ser difícil abarcar todo lo que pasa en ella y acabar siendo una experiencia abrumadora. Pero eso es justo lo que esperábamos, un acontecimiento como ninguno otro en el cine reciente, un aluvión de información y sensaciones, el crossover para acabar con todos los crossovers.

En Infinity War coinciden por primera vez (casi) todos los personajes principales de Marvel a los que hemos conocido en anteriores películas. Los Vengadores, los Guardianes, Spider-Man, Doctor Strange, Black Panther… La historia transcurre en multitud de emplazamientos, recorriendo toda la galaxia conocida para (re)introducir a los héroes, conducirlos los unos hacia los otros y formar varios grupos con ellos. A pesar de que esto causa la inevitable fragmentación y el amontonamiento que suele lastrar este tipo de reuniones superheroicas, los Russo consiguen que todo encaje, conservando los estilos individuales y las voces de los personajes, lo cual ayuda a unificar un todo disperso y muy bullicioso. Además, gran parte de la acción transcurre en el espacio o alejada de núcleos urbanos, dando a la película una dimensión cósmica aglutinadora y ya de paso evitando volver a caer en el hastiado recurso de la destrucción de una ciudad.

Por supuesto, tantos personajes y tramas entrelazadas provocan los consabidos problemas: unos héroes quedan irremediablemente desplazados por otros (sorprende el poco peso que tienen Capitán América y Viuda Negra, seguramente reservados para la próxima) y el constante ajetreo al viajar de un rincón a otro de la galaxia puede llegar a agotar. Además, algunas escenas de batalla, por muy espectaculares que sean (y lo son, mucho), son tan vertiginosas y abarrotadas que corren el riesgo de saturar al espectador -nada a lo que no estemos habituados, por otro lado.

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Aun así, hay que elogiar de nuevo a los Russo porque, pese a todo esto, logran mantener el interés de principio a fin y que la película no tenga bajones de ritmo. Lo hacen cumpliendo a rajatabla el decálogo de Marvel, combinando acción, humor, épica y emoción de forma infalible. En Infinity War no hay minutos desaprovechados ni pasos en falso. Acierta dosificando bien la comedia (aunque sobra el product placement de los diálogos), sacando partido de las interacciones (y choques) entre personajes para dejarnos chistes verdaderamente inspirados y momentos muy divertidos a pequeña escala que suponen un respiro en contraposición a la magnitud de la película, y siempre teniendo en cuenta los vínculos que los unen y los motivan. De hecho, los héroes tienen el poder de derrotar a Thanos, pero es la lealtad y el amor que se profesan lo que dificulta su tarea de acabar con el villano y salvar el universo. Y ese es quizá el mayor acierto del film. Y del Universo Marvel en general. Que nunca pierde de vista el corazón que lo bombea y la importancia de anclar la acción en los personajes y sus relaciones.

Otro aspecto en el que Infinity War se salda con éxito es en la construcción del villano. Llevábamos mucho tiempo esperando ver a Thanos en acción y lo cierto es que no defrauda. Josh Brolin (a quien se puede identificar claramente tras el CGI) crea un antagonista grandioso y carismático cuyas apariciones en pantalla transmiten la tensa amenaza e imprevisibilidad que caracteriza al gigante púrpura, magnificadas por el impactante realismo de su rostro, fruto de un excelente trabajo de efectos digitales. Aunque no deja de ser el clásico monstruo con ansias de poder y control, el guion asocia su comportamiento a la compleja relación familiar que tiene con Gamora, lo que hace que presente muchas más capas que otros malos de Marvel. No tanto su séquito, la Orden Negra, que con excepción de Ebony Maw, están desdibujados y parecen personajes de World of Warcraft que se han perdido y han ido a parar a los pies del villano.

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Volviendo a Gamora, es necesario destacar la interpretación de Zoe Saldana, que comparte con Brolin el peso de la trama central, dándole un enfoque inesperadamente conmovedor a su personaje. Aunque en general, el trabajo de todo el reparto es sólido, con cada actor y actriz repitiendo aquello que tan buenos resultados les dio en películas anteriores. El descaro de Robert Downey Jr., la inocencia entusiasta de Tom Holland, la nobleza de Chris Evans, la fuerza de Elizabeth Olsen y su conexión con Paul Bettany, la afabilidad cercana de Mark Ruffalo, la fusión de gracia tontorrona y dramatismo imponente de Chris Hemsworth, la chispa impredecible de Dave Bautista… El dominio que tienen sobre sus personajes y lo definidos que estos están confirma una vez más cuál es el gancho real de estas películas, haciendo que los momentos individuales sean mejores que la suma de las partes.

En definitiva, y aun con sus defectos, Infinity War supone otra victoria para la Casa de las Ideas, una experiencia intensa, emotiva, visceral, visualmente desbordante y llena de sorpresas, en la que, por primera vez en el Universo Marvel, tenemos la sensación de que puede ocurrir cualquier cosa (y cuando lo hace, golpea tan fuerte que cuesta recuperarse). Estaremos hablando durante mucho tiempo de su escalofriante final, un cliffhanger que deja la impresión de haber visto solo la primera mitad de algo, pero también dispara hacia las estrellas la expectación y el miedo por saber qué nos deparará la segunda.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: ¡Ave, César!

Hail, Caesar!

Cuando me enteré de la existencia del nuevo proyecto de Joel & Ethan Coen, este se convirtió inmediatamente en uno de mis estrenos más esperados de 2016. Una comedia ambientada en el mundo del cine a principios de los 50 con números musicales y un reparto fulgurante de estrellas formado entre otros por Josh Brolin, Scarlett Johansson, Tilda Swinton, George Clooney, Frances McDormand y Channing Tatum. Lo siento si esto pone mi criterio en tela de juicio, pero ya había visto y oído todo lo que necesitaba para saber que ¡Ave, César! (Hail, Caesar!) sería una de mis películas favoritas de esta temporada. Con estos ingredientes, los Hermanos Coen no tenían que hacer demasiado para conquistarme, pero haciendo honor a su reputación, los directores no se han dormido en los laureles y les han sacado todo el partido para realizar una de las comedias más divertidas e inspiradas que vamos a ver este año.

En ¡Ave César! los Coen realizan un homenaje en clave de sátira al cine clásico de los grandes estudios, colándose entre bambalinas de varias de las producciones en desarrollo de Capitol Pictures, la misma major ficticia que utilizaron en Barton Fink (1991). La película sigue al jefe de producción del estudio, Eddie Mannix (Brolin), mientras lidia con los problemas habituales de su trabajo y se enfrenta a una crisis de proporciones mayúsculas: los comunistas han raptado a Baird Whitlock (Clooney), la gran estrella del péplum “¡Ave, César!”, y piden una recompensa para liberarlo a tiempo para terminar la película. Mannix debe hacer lo posible por ocultar el secreto a la prensa sensacionalista y recuperar al actor, mientras hace malabares para mantener a flote las demás producciones de Capitol y proteger a sus estrellas del escándalo: una adaptación de Broadway que corre el riesgo de hundirse al contratar como protagonista a un inepto actor de westerns con voz de pito, Hobie Doyle (Alden Ehrenreich), o un embarazo fuera del matrimonio de una de las estrellas más queridas de Hollywood, DeeAnna Moran (Johansson). Todos hemos oído historias turbias sobre las leyendas de Hollywood, pero preferimos quedarnos con la imagen glamurosa que nos ofrece el cine. Sin embargo, los Coen quieren que miremos más allá del glamour y nos riamos de lo que vemos.

De esta manera, la película toma forma en una serie de viñetas que nos muestran los entresijos del studio system para desmitificar con un gran sentido del humor el Hollywood dorado de la posguerra, con la amenaza “roja” y la caza de brujas como telón de fondo. ¡Ave César! nos prepara un tour en el que saltamos de plató en plató para presenciar la caótica realización de varias películas durante esta época de cambio para el cine, salpicando así el film de interludios en forma de números musicales con los que los Coen dan rienda suelta a su pericia técnica y su exquisito gusto para filmar. La estética de las películas de los 50 es reproducida con sumo detallismo y elegancia para transportar al espectador a esta década mediante secuencias espectaculares, como el prodigioso número de claqué (con connotaciones gays) protagonizado por Channing Tatum en homenaje a Gene Kelly (tan bien ejecutado que uno buscará en vano dónde está el truco digital) o la preciosa coreografía acuática liderada por la no menos hermosa sirena Scarlett Johansson (que evoca a la de Esther Williams en Millon Dollar Mermaid). Todo para luego desmontar la magia del cine mostrándonos su verdadero rostro. Pero los Coen no se regodean en el lado más grotesco de la industria, sino que optan por la parodia amable con los toques surrealistas propios de su cine para reflexionar sobre la mentira de la fábrica de sueños (y por extensión, de la vida y la realidad) y hablarnos de la crisis existencial de un hombre atrapado en ella. Es decir, ¡Ave César! es una comedia ligera, pero no necesariamente trivial.

Hail, Casar!

Brolin personifica a la perfección esta dualidad de la película, fluctuando entre la serenidad y el caos que hay siempre en el cine de los Coen. Su magnética presencia y su talento para la comedia “seria” lo convierten en un gran protagonista (es comprensible que los Coen le saquen tantos primeros planos), pero el actor está rodeado de estrellas que también se encuentran en perfecta sintonía con los directores y forman un reparto redondo. Como de costumbre, Clooney derrocha simpatía y carisma, luciéndose especialmente en la escena final del péplum, un broche de oro que si no fuera por la presencia del actor, parecería directamente sacado de una superproducción real de los 50; Ralph Fiennes vuelve a desplegar su fantástica vis cómica después de El gran hotel Budapest; Frances McDormand sale en una sola escena pero es suficiente para desatar las carcajadas; Swinton aporta la nota más absurda con un extravagante personaje doble, dos gemelas directoras de sendos tabloides cinematográficos; Tatum y Johansson apenas tienen un par de secuencias cada uno, pero se bastan para dejar huella en la película con dos sorprendentes personajes caricatura (ambos son muy inteligentes eligiendo sus proyectos y saben explotar sus talentos como nadie, y aquí están inmejorables). Y por último, la verdadera estrella de ¡Ave César! es el semi-desconocido Alden Ehrenreich, un auténtico robaescenas que clava al ídolo paleto (con un aire a James Dean) y nos deja las escenas más hilarantes de la película.

¡Ave César! es una comedia deliciosamente excéntrica, una obra de energía contagiosa con la que las risas están garantizadas de principio a fin, especialmente para cualquier cinéfilo que presuma de conocer el mundo que retrata y las tensiones políticas de las que se mofa. Con un sentido del humor afilado y una puesta en escena impecable (el número de Tatum por sí solo ya amortiza la entrada), los Coen vuelven a demostrar que son unos maestros haciendo comedias inteligentes que se hacen la tonta, así como unos expertos recorriendo esa delgada línea que existe entre lo sublime y lo ridículo.

Valoración: ★★★★

Crítica: Sicario

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Incendies puso a Denis Villeneuve en el mapa. Prisioneros Enemy lo confirmaron como uno de los nombres más a tener en cuenta del actual panorama cinematográfico internacional. Con estas tres películas, el realizador quebequés ha demostrado un pulso muy particular a la hora de hacer cine, haciendo gala de un robusto estilo personal con el que industria, crítica y público no han tenido más remedio que fijarse en él. Tanto es así que, cuando se anunció que sería el encargado de dirigir la secuela tardía de Blade Runner, muchos empezamos a tener esperanza en el temido proyecto de Ridley Scott. Pero antes de seguir contando la historia de Rick Deckard (o eso esperamos), Villeneuve se afianza en Hollywood con el narco-thriller Sicario, una de las cintas que suenan con más fuerza para la próxima temporada de premios. Y con razón.

La película nos pone en la piel de Kate Macer (Emily Blunt), una agente del FBI que es reclutada por un oficial de las fuerzas de élite gubernamentales, Matt Graver (Josh Brolin), para que ayude en la guerra contra las drogas en la zona fronteriza sin ley entre Estados Unidos y México. Kate acepta el puesto sin apenas información sobre la misión clandestina que Graver pretende llevar a cabo, como tampoco sobre el enigmático consultor mexicano que lidera el equipo, Alejandro (Benicio del Toro). Con un fuerte sentido de la justicia y el protocolo, hasta el punto de caer en el idealismo ingenuo, Kate se adentra en el oscuro y violento universo de los carteles de la droga de Ciudad Juárez para descubrir que existe una realidad que no funciona según las normas en las que cree.

cartel final SICARIOVilleneuve compone una descorazonadora reflexión sobre los múltiples rostros del crimen organizado y el mundo de las drogas que toma forma en un viaje cinematográfico intenso y pesadillesco. En Sicario no hay héroes y villanos, solo personas abandonadas en el área gris donde las fronteras que definen la legalidad y la moralidad se difuminan por completo y el horror forma parte de la rutina diaria. Emily Blunt personifica con absoluta maestría emocional y medida contención lo que supone poner un pie en esa zona conflictiva, compartiendo con nosotros su angustia y haciéndonos partícipes directos de sus dilemas internos -hasta que el personaje de Del Toro asume el punto de vista principal durante el desenlace, con el que Villeneuve cambia de registro para darnos un clímax algo más hollywoodiense. Pero a lo que íbamos, la actriz británica construye un interesantísimo personaje, una mujer en un mundo de hombres que el guion de Taylor Sheridan se afana en deconstruir, oponiéndola continuamente a los protagonistas masculinos (magníficamente interpretados por Brolin y Del Toro) y obligándola a poner en duda su percepción de la realidad en una lucha constante por sobrevivir. En definitiva, un soberbio estudio de personajes que permite a Blunt dar rienda suelta a su enorme talento.

El trío de ases que la actriz forma junto a Brolin y Del Toro es la mayor baza de Sicario, pero hay mucho más. La película es un trabajo afinado, profundo y lleno de matices en todos los departamentos (la atmosférica fotografía de Roger Deakins y la magistral banda sonora de Jóhann Johannsson, que merece un estudio aparte, deberían llevarse una buena tajada en los premios). Desde su impactante secuencia inicial, con la que Villeneuve establece sin reservas el tono opresivo del film, Sicario propone un descenso a los infiernos del que es difícil escapar, una experiencia agobiante, cruda y salpicada de brutales momentos de violencia (contenida y explícita) que se erige como una de las películas del año.

Valoración: ★★★★

Crítica: Everest

Everest

Hace dos años, Alfonso Cuarón nos llevó al espacio con su imprescindible Gravity, una película casi interactiva en la que el espectador se sumergía en la pantalla de cine y vivía en primera persona la emocionante odisea de la astronauta Ryan Stone (Sandra Bullock). Este año, Baltasar Kormákur (2 Guns) nos propone algo parecido con Everest, film también rodado con la últimas técnicas en 3D que busca crear una experiencia inmersiva en la sala de cine (donde esta película alcanzará su mayor potencial), en la que formaremos parte de una expedición para llegar a la cima de la montaña más alta del mundo.

Everest lleva al cine la mayor tragedia acontecida en el legendario monte del Himalaya, cuando en 1996 una fuerte tormenta de nieve sacudió a varias expediciones que trataban de alcanzar la cima. El guion, escrito por William Nicholson (nominado al Oscar por ShadowlandsGladiator) y Simon Beaufoy (ganador del Oscar por Slumdog Millionaire) está basado en varios libros y entrevistas con los supervivientes, con el ensayo Into Thin Air (Mal de altura) como fuente principal. Su autor es el periodista Jon Krakauer, aquí interpretado por Michael Kelly (House of Cards), que vivió de primera mano la tragedia y sirve aquí como uno de los hilos conductores de la película.

En un principio, Everest iba a estar protagonizada por Christian Bale, pero éste la rechazó para participar en Exodus: Dioses y reyes. Su marcha y sustitución por el menos conocido Jason Clarke (El amanecer del Planeta de los Simios, Terminator Génesis) provocaba un cambio importante en la película, que pasaba a ser más coral. En efecto, Everest nos presenta un amplio elenco de actores (entre ellos muchas caras conocidas de Hollywood: Josh Brolin, Emily Watson, Jake Gyllenhaal, Keira Knightley, Robin Wright, John Hawkes) que se reparten el tiempo en pantalla equitativamente. Clarke ejerce de guía de la expedición en la que se centra la película (Gyllenhaal hace lo propio con la secundaria), pero esta no adopta un solo punto de vista, sino que salta de uno a otro, ofreciendo retales de historias personales que solo llegamos a conocer superficialmente. Y ese es el principal problema de Everest, que no logra (quizá no quiera) profundizar realmente en sus personajes, y por tanto se queda corta en los momentos en los que aspira a ser un drama humano.

Everest cartelEn una de las escenas centrales de Everest, Krakauer pregunta a los montañistas (la mayoría turistas de aventura con los bolsillos llenos) por qué arriesgan sus vidas para llegar a la cumbre. Ninguno sabe contestar, y lo cierto es que Kormákur no está interesado en darnos respuestas a esa pregunta (quizá no existan, quizá no sean necesarias en la vida real, pero claro, esto es cine). La mayor parte del tiempo, el director evita la ficcionalización hollywoodiense, anteponiendo la técnica a la emoción (a excepción del desenlace, donde la historia se permite entrar en terreno lacrimógeno). Esta aproximación metódica nos deja un trabajo centrado y sobresaliente en el apartado visual que sin embargo resulta excesivamente frío y distante en todo lo demás. En consecuencia, los personajes no llegan nunca a formarse del todo, lo que hace que el vínculo que se establecía con Ryan Stone no se repita con los montañistas del Everest.

Everest se podría adscribir al cine de catástrofes de los 70 o la corriente de telefilms noventeros que instigó ¡Viven!, con la principal diferencia de que en este caso, el espectáculo y el reparto son de primera. Kormákur filma las escenas de acción con inteligencia y precisión, eludiendo la pirotecnia y sobredramatización propias del blockbuster, para mantener el realismo en todo momento (a ratos coqueteando con el documental sobre alpinismo). Cuando arrecia la tormenta, a 45 minutos del final, Everest nos sacude con fuerza. Se puede sentir el vértigo, la desesperación y la angustia de los alpinistas, incluso la falta de oxígeno. Tristemente, el nudo en el estómago es más parecido a lo que podemos sentir en una atracción o simulador de realidad virtual (por eso es recomendable en la pantalla de cine más grande posible) que a una experiencia cinematográfica plena. Como película de catástrofes, Everest sobresale por encima de la media, como drama se queda sepultado bajo la nieve.

Valoración: ★★★

Crítica: Una vida en tres días (Labor Day)

LABOR DAY

Una vida en tres días (memo título en español para Labor Day) no es una película de este tiempo. El nuevo film de Jason Reitman (Juno, Up in the Air), basado en la novela homónima de Joyce Maynard, está ambientado en 1987. Pero no solo eso, sino que parece estar realizado según la sensibilidad artística de aquella década y atendiendo a las expectativas de un público también de ese año. Lo que quiero decir es que el principal problema de Una vida en tres días es que es un relato altamente inverosímil no apto para el público del siglo XXI, que ya no pasa una, y de ahí que la cinta haya sido (injustamente) vilipendiada. Parece que ha llegado un momento en el que necesitamos que todas nuestras películas tengan una correspondencia absolutamente lineal con la realidad, que todo lo que ocurre en ellas debe resultar 100% factible en el mundo real. Pero es que Reitman no propone una historia real. Este drama über-romántico es un cuento de los pies a la cabeza, un relato americano que no busca la verosimilitud de los hechos, sino la de los sentimientos. Y en ese sentido, Una vida en tres días es todo un triunfo.

Reitman entrelaza con tino las dos historias principales del film, resultando en una curiosa fusión de novela rosa a lo Nicholas Sparks y película coming-of-age que tanto gusta a los realizadores de sensibilidad indie y carnet de Sundance. Una vida en tres días está narrada en primera persona por el adolescente Henry (Tobey Maguire, Gattlin Griffith), el hijo de la protagonista, Adele (Kate Winslet), una ama de casa suburbana que sufre una profunda depresión después de ser abandonada por su marido. Los últimos días de verano transcurren con normalidad hasta que un día en el supermercado, un hombre herido pide a Adele y Henry que lo acojan en su casa. Frank (Josh Brolin) resulta ser un preso que ha escapado de la cárcel y necesita refugio hasta que la policía deje de buscarlo. El secuestro se transforma gradualmente en el sueño de una familia, una fantasía de dicha y normalidad para Adele y Henry, que adolecidos del caso más brutal de Síndrome de Estocolmo, encuentran en Frank la figura masculina que necesitaban, el hombre en el que apoyarse por las tardes en el porche, y el padre que da lecciones de béisbol en el jardín.

Una vida en tres días Labor Day cartelDe acuerdo, a grandes rasgos suena excesivamente rocambolesco, pero afortunadamente, Reitman compensa la cursilería y la implausibilidad de la historia con un temple admirable en el manejo del suspense, una sensibilidad muy afinada, y un tratamiento de los personajes que los hace profundamente humanos. Una vida en tres días transcurre casi en todo momento desde el punto de vista de Henry, y es desde su inquisitiva mirada dónde Reitman construye el romance, a base de elocuentes detalles que observamos tras una puerta entreabierta, o que oímos a través de la pared, amplificado por una cuidada atmósfera de calor sofocante. Pero además de la elegancia y el buen gusto con el que el director acomete la historia, lo que de verdad hace que esta película funcione son el carisma animal de Josh Brolin y una espléndida Kate Winslet, en cuya Adele encontramos trazas de Mildred Pierce. Con su magnífica interpretación ahogada de melancolía, Winslet logra que la historia tenga fundamento -y sí, incluso esa insistentemente criticada escena en la que los protagonistas hacen una tarta tiene su razón de ser más allá de la agenda de la American Pie Council, que curiosamente abandera la película. Es más, probablemente sea una de las secuencias más importantes y pertinentes de la película.

Una vida en tres días nos habla de la desesperación, de la soledad, de la necesidad de afecto, de contacto, y protección. Muchos concluirán que la propuesta de Reitman es en cierto modo retrógrada y excesivamente conservadora, puesto que lo que esperamos hoy en día de una película de estas características es que se nos diga que una mujer no necesita a un hombre para vivir. Pero es que resulta que esta es la historia de una mujer que lo necesita, que muere sin él, y es en el anhelo desesperado de Adele donde el director encuentra el pulso del relato, y su nexo de unión con el espectador. Después de dos películas cuya mayor baza era el ingenio de sus diálogos, Reitman cambia el rumbo con una cinta íntima y delicada, de gran pasión contenida, de poesía salingeriana, un film cargado de tristeza que requiere dejar el cinismo aparcado y, aunque sea tan solo durante dos horas, volver a mirar el cine como si fuera 1987.

Valoración: ★★★½