Crítica: T2 Trainspotting

En 1996, Reino Unido era la Tierra Prometida, paraíso musical donde la electrónica irrumpía con fuerza mientras se desarrollaba la guerra civil más importante de la era moderna, la lucha por la corona del BritPop entre Oasis y Blur, y por supuesto, escenario de una de las películas más influyentes de la década, Trainspotting. Toda una generación de veinteañeros a la deriva encontraron su Biblia particular en el film de Danny Boyle, que con su estilo marcó tendencia y definió la cultura musical de la época (su banda sonora fue un pelotazo de ventas cuando el CD era el futuro). Una cultura de descontrol, desinhibición y hedonismo empapada de coca y caballo que el director plasmaba mediante un estilo psicodélico, mugriento y desenfrenado con el que llevaba a cabo una representación revolucionaria del consumo de drogas, exenta de melodrama barato o moralinas.

Han pasado 20 años, y como está haciendo en estos momentos cualquiera que viviera su post-adolescencia a mediados de los 90, al cine también le toca echar la vista atrás, hacer balance, y reflexionar sobre dónde estuvimos y dónde estamos ahora. Ese es el propósito de la secuela, T2 Trainspotting, que llega dos décadas después de la primera entrega, en plena eclosión de la nostalgia en la industria audiovisual, para mostrarnos dónde han acabado sus personajes, e intentar averiguar hacia dónde se dirigen. Una mirada al pasado divertida pero profundamente melancólica, llena de anhelo, arrepentimiento y dolor, con la que Boyle (que vuelve a la dirección) orquesta un emotivo reencuentro del público con los personajes de la película original, Renton (Ewan McGregor), Simon (Jonny Lee Miller), Begbie (Robert Carlyle) y Spud (Ewen Bremner), para comprobar que, aunque el mundo se haya transformado por completo, algunas cosas no cambian.

La reflexión sobre el paso del tiempo es el hilo conductor de T2 Trainspotting, la idea que vertebra la historia y con la que Boyle justifica volver a las vidas de estos personajes, al igual que Richard Linklater hiciera con la segunda y tercera partes de su Trilogía Before. Regresamos a las calles de Edimburgo para acompañar a Renton y sus viejos amigos en un recorrido por una ciudad llena de fantasmas, y comprobamos lo que el paso de los años ha hecho con ellos, y con el mundo que un día se pusieron por montera. Simon se dedica al “negocio” de la extorsión y tiene aspiraciones de proxeneta, Begbie se escapa de la cárcel y vuelve a las andadas, esta vez intentando instruir a su hijo adolescente en el arte criminal que le dio la gloria a su padre, y Spud sigue luchando contra su adicción a las drogas, mientras encuentra un refugio en la escritura, recordando sobre papel sus lisérgicas y excesivas aventuras junto a los otros. Y mientras otros se aferran al pasado o siguen encadenados a él, quien ha experimentado el mayor cambio es Renton, que a sus 46 años y con un aspecto envidiable (sin huella de sus excesos de juventud) ha dejado atrás las drogas y la delincuencia para llevar una vida “normal” (gimnasio, ejercicio al aire libre, comida sana, todo lo que cualquier miembro de provecho de la sociedad actual debe hacer).

Aunque Trenton sigue siendo el foco principal de la historia, uno de los mayores aciertos de T2 Trainspotting es otorgar mayor protagonismo al personaje de Ewen Bremner. Spud no es solo el miembro más entrañable de la pandilla, también es quien une pasado y presente a través de sus relatos, dando forma a la película. Por otro lado, también hay que elogiar a Boyle por no optar por el camino fácil y limitarse a repetir la jugada. Lo bueno de T2 Trainspotting es que no es exactamente un refrito de la original. En ocasiones podría parecerlo, ya que recupera su personalidad visual, movimientos de cámara y montaje epiléptico (aunque todo muy suavizado, que ya somos maduros) y utiliza constantemente imágenes de la película del 96, pero lo hace no solo para tocar las teclas más sensibles del respetable, sino también, y sobre todo, para componer el discurso de esta nueva historia. Oponiendo los recuerdos al presente, observamos cómo los personajes han evolucionado (o no), analizamos su amistad y nos llenamos de ese sentimiento de añoranza y tristeza que nos ayuda a abrir los ojos ante nuestra realidad pasajera, aunque sea por un momento.

Ahora bien, a pesar de su eficiencia como ejercicio nostálgicoT2 Trainspotting no consigue alcanzar la trascendencia que se propone. Y la razón es que las conclusiones a las que llega durante la historia no están a la altura del experimento que plantea, ni del impacto cultural del film original. En su lugar, Boyle utiliza a Renton para hacer una crítica a la sociedad moderna que se antoja perezosa, carca y manida, una reprimenda a las nuevas generaciones (y a las viejas) por su entrega absoluta al capitalismo y el narcisismo, y su dependencia de las redes sociales, que parece uno de esos absurdos posts de Facebook con los que se nos pretende abrir los ojos a la realidad que ya conocemos. Para compensar, la película es consciente de su condición de producto hecho para capitalizar la nostalgia de la generación que esta recuerda. La generación que necesita recordar para seguir adelante. “Nostalgia, por eso estás aquí. Eres un turista de tu propia juventud”, le dice Sick Boy a Renton, y obviamente a la audiencia, exponiendo así, de forma digna y honesta, sus intenciones.

Aun así, T2 Trainspotting no tiene tanto que ofrecer como querríamos y acaba desaprovechando un poco la oportunidad. El placer provocado por asistir al reencuentro de los personajes y comprobar qué ha sido de ellos en todo este tiempo es innegable, y por sí solo ya es suficiente para satisfacer a los miembros del culto de Transpotting. Además, la película tiene momentos verdaderamente divertidos, a pesar de parecer sketches inconexos (la escena musical en el bar, la fuga de Begbie, el encuentro de Renton y Simon con el capo de la mafia proxeneta de Edimburgo). Pero más allá de eso, no hay mucho más. La excusa para retornar a las vidas de Renton y compañía era buena, pero lo que nos encontramos una vez pasada la euforia nostálgica no es especialmente interesante o revelador, como tampoco verdaderamente destacable desde el punto de vista cinematográfico. No es más que la enésima reflexión sobre lo efímera que es la vida, la importancia de las decisiones que tomamos y cómo estas siempre vuelven para pasar factura, una conclusión para la que no necesitábamos volver a ver a estos personajes (aunque nos guste hacerlo). Eso sí, si para algo ha servido esta reunión es para que algunos comprobemos que, efectivamente, el tiempo nos cambia y ya no somos tan fácilmente impresionables.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Pilotos 2012-2013: Parte IV – Elementary

ELEMENTARY

Los jueves en CBS
Puntuación: 6/10

Hace unos meses, algunos veíamos The Amazing Spider-man con una de las sensaciones de déjà-vu más alarmantes de los últimos años. El lapso de tiempo entre el temprano reboot del superhéroe de Marvel y la primera de las películas de Sam Raimi es de apenas una década. Tiempo suficiente para que haya surgido una nueva generación sin capacidad de memoria a la que por lo visto hay que dárselo todo mascado. Algo parecido ocurre con Elementary (sustituyendo “nueva generación” por “el espectador medio norteamericano” según las networks), que no se ha esperado a que finalice la británica Sherlock para entrar en escena, y ha decidido convivir con ella, arriesgándose a las inevitables comparaciones. Las diferencias con la serie de Mark Gatiss y Steven Moffat son a priori destacables. O cuanto menos, llamativas. Cambio de género para el ayudante de Holmes y nueva ciudad en la que ambientar los misterios. Pero en el fondo, que John Watson sea Joan Watson y que la acción transcurra en Nueva York en vez de Londres no cambia de ningún modo la historia o los personajes que tan bien conocemos. Y, ¿cuántas versiones de lo mismo necesitamos a la vez?

Lo que lastra en mayor medida el conjunto no es solo la comparación con Sherlock (de la que la serie de CBS sale muy escaldada) o también con la reciente revisión cinematográfica del mito literario por parte de Guy Ritchie, sino la total ausencia de pasión con la que se ha acometido el proyecto. Una pena, teniendo en cuenta que precisamente la pasión (o la locura, tanto monta, monta tanto) es una de las principales características de Sherlock Holmes. A juzgar por su piloto, puede que Elementary no sea más que una ‘serie de crímenes por resolver’ al uso, un clásico procedimental. En este sentido, haber convertido a Sherlock Holmes en un sucedáneo de los personajes contemporáneos basados en él (House, Castle) es el verdadero crimen. Eso sí, la factura de la serie es exquisita. Los anocheceres en Nueva York han lucido pocas veces tan bonitos en la televisión. Una pena que esto se vea perjudicado por un guión aturullado y falto de ritmo que no logra captar el interés del espectador, y mucho menos causar intriga por el desenlace del caso en cuestión. Con todo, y a pesar de este primer paso en falso, pienso otorgar a Elementary el beneficio de la duda y darle algo de tiempo, sobre todo porque el verdadero misterio que entraña la serie para mí es ver cómo el material original se adapta al formato serial con temporadas de más de 20 capítulos.

Quizás la culpa de que Elementary resulte tan fría y plana sea de los responsables de contratar a Jonny Lee Miller y Lucy Liu como sus protagonistas. Alguien debió pensar que con tomarse la (polémica) licencia de cambiar de género a Watson, la química estaría resuelta, y los actores serían lo de menos. Esto me recuerda enormemente a la primera temporada de Episodes, serie de Showtime sobre la adaptación de una serie británica a la televisión estadounidense, cuya co-protagonista lesbiana pasa a ser heterosexual en pro del juego de las expectativas románticas con la audiencia. Al convertir a Watson en una mujer se sacrifica el tan explícito y divertido juego subtextual de las películas de Ritchie, o la fuente inagotable de slash fiction que es Sherlock, para llevar la historia a terreno Bones. Espero equivocarme y que la pregunta “¿se liarán o no?” que tanto gusta a la audiencia no tenga tanta importancia como vaticino. En cualquier caso, mi principal problema con Joan Watson no es que sea una mujer (ha sido un ratón en el cine, a ver por qué no va a poder tener otro sexo), sino que tenga la cara de Lucy Liu. Si Jonny Lee Miller es un Holmes de saldo, lo de Watson es de apaga (la tele) y vámonos. Probablemente la January Jones de X-Men: Primera Generación sea más expresiva que Liu. Y por culpa de este Sherlock al que le queda grande el disfraz, y esta querida Watson que bien podría ser sustituida por un plumero y nadie se daría cuenta, la fascinante dinámica entre los dos personajes -uno de los elementos de las historias de Sir Arthur Conan Doyle que más ha trascendido a la cultura popular actual- se va al garete. Efectivamente, no hay chispas entre Holmes y Watson, no hay conexión, no hay comedia. Y eso, antes que cualquier licencia, debería ser lo elemental.

Pilotos 2012-13: Parte I – Animal Practice, Go On y The New Normal
Pilotos 2012-13: Parte II – Ben and Kate, Guys With Kids y The Mindy Project 
Pilotos 2012-13: Parte III – Revolution
Pilotos 2012-13: Parte IV – Elementary
Pilotos 2012-13: Parte V – Last Resort y The Mob Doctor
Pilotos 2012-13: Parte VI – The Neighbors y Partners
Pilotos 2012-13: Parte VII – 666 Park Avenue y Vegas
Pilotos 2012-13: Parte VIII – Chicago Fire, Made in Jersey y Nashville