Maniac: ¿Y qué es normal?

Con True DetectiveCary Joji Fukunaga se alzó como uno de los talentos más prometedores de Hollywood gracias a su particular estilo y forma de narrar, a caballo entre lo misterioso, lo onírico y lo lisérgico. La misma semana que se anunciaba su fichaje como director de la película número 25 de James Bond, se estrenaba su nuevo trabajo, Maniac, en Netflix, plataforma a la que regresa después de dirigir en 2015 su primera película original, Beast of No Nation.

Creada por Patrick Somerville a partir de una ficción noruega del mismo nombre y producida y dirigida íntegramente por Fukunaga, Maniac es una miniserie compuesta de diez episodios de duración variable (entre 25 y 50 minutos aproximadamente) a la que favorece ser experimentada en una o dos sentadas. Al contrario que las series de Marvel, por ejemplo, Maniac se presta mucho mejor al binge-watching gracias a su duración, estilo narrativo y naturaleza cerrada (no habrá segunda temporada).

La historia transcurre en un futuro alternativo muy cercano a nuestros días y sigue a Annie Landsberg (Emma Stone) y Owen Milgrim (Jonah Hill), dos desconocidos que participan en un misterioso ensayo farmacéutico con la esperanza de curar sus trastornos psicológicos. Annie vive sin rumbo desde que perdió a su madre y su hermana, mientras que Owen, el quinto hijo de una difícil familia adinerada, padece esquizofrenia. Los dos se someten al tratamiento del doctor James K. Mantleray (Justin Theroux), consistente en una secuencia de píldoras que, en teoría, pueden reparar la mente a través de una serie de pruebas y simulaciones. El experimento no sale como su creador esperaba, y Annie y Owen no dejarán de encontrarse en las fantasías inducidas por el medicamento.

Maniac no es True Detective, pero tiene algo en común con ella: su aire extraño y lunático. Cuando uno se adentra en la serie de Netflix, no sabe muy bien qué esperar, y esa es la mejor manera de afrontar un relato de sus características. Impredecible, surrealista y excéntricaManiac se compone de varias historias dentro de una historia que, saltando entre géneros, nos plantean uno de los dilemas más recurrentes de la ciencia ficción: ¿Qué es real y qué es fantasía? (como Legion, pero con más mesura). Fukunaga explora esta idea y la psique de sus personajes sobre todo desde el humor, componiendo una comedia absurda, extravagante y en el fondo muy humanista, reminiscente del trabajo de Michel Gondry (¡Olvídate de mí!) y Spike Jonze (Cómo ser John Malkovich), y siempre en deuda con el Quijote de Cervantes y su eterna disyuntiva entre lo real y lo imaginario.

Uno de los puntos fuertes de Maniac es su fantástico reparto. Stone está en su mejor momento tras ganar el Oscar por La La Land, y aquí aprovecha ese impulso para componer una interpretación divertida, polifacética, profunda y en última instancia conmovedora (la preciosa relación con su hermana, encarnada por Julia Garner, es de lo mejor de la serie). Hill es el eslabón débil. No está a la altura de su compañera de reparto y falla cuando su personaje pone a prueba su versatilidad interpretativa y le exige ser gracioso (el actor, que saltó a la fama, precisamente junto a Stone, con la comedia Supersalidos parece haber perdido el sentido del humor). En el apartado secundario hay que elogiar a unos deliciosamente estrambóticos Justin Theroux y Sally Field, a los que (si hay justicia) veremos nominados al Emmy el próximo año, sin olvidar la presencia constante de Sonoya Mizuno y el siempre divertido Billy Magnussen, que interpreta a otro capullo arrogante, su especialidad.

Maniac es una marcianada absoluta, pero logra no perderse en sí misma con una historia que desafía la mente, pero se entiende, que ofrece respuestas, pero no sobreexplica, y sobre todo, que está constantemente salpicada de humor y emoción. La atmósfera, el diseño de producción retrofuturista, la banda sonora, todo está muy cuidado, pero afortunadamente lo de Fukunaga no se queda en el capricho o el mero ejercicio de estilo, sino que nos quiere contar algo. Maniac nos habla de muchas cosas: la conexión humana, la familia, el dolor de la pérdida, las enfermedades mentales, la delgada línea entre la cordura y la locura, y por encima de todo, el poder de las historias para entendernos, incluso curarnos. Y esa es una píldora que hay que tragarse sin pensarlo.

Crítica: Batman La LEGO Película

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Parece mentira, pero La LEGO Película acabó siendo una de las mejores cintas de animación de 2014, y en general una de las más gratas sorpresas cinematográficas de ese año. Mientras esperamos la “LEGO secuela”, el mismo equipo detrás de aquella alocada aventura ambientada en el mundo de las famosas piezas de construcción, nos trae Batman la LEGO Película, spin-off dirigido por Chris McKay y producido por Phil Lord y Christopher Miller, que nos da la bienvenida al universo superheroico de DC Comics en su versión más autoparódica y, paradójicamente, menos cuadriculada. Los superhumanos de DC ya formaron parte de la primera LEGO Película, así que es lógico que Batman, el Joker y los demás icónicos héroes y villanos de la editorial pasen a primer plano para protagonizar su propia historia. Pero como es obvio, los de esta película nada tienen que ver con las encarnaciones en acción real que hemos visto hasta ahora en el serio y oscuro Universo Extendido de DC.

Batman (doblado en su versión original por Will Arnett) fue el gran robaescenas de La LEGO Película. Ahora, esta versión exagerada y cómica del Hombre Murciélago vive su propio viaje personal, en el que profundizamos en la identidad del personaje (“un héroe con nombre y máscara de villano”) más de lo que cabía esperar. Claro que este Batman es muy diferente al que han llevado a la gran pantalla Michael Keaton, Christian Bale y Ben Affleck, una proyección aumentada y extremadamente autoconsciente, un Batman egocéntrico y narcisista hasta el paroxismo, y con inclinación a expresarse rapeando hard rock (no le deis más vueltas, claro que tiene sentido). A pesar de esto, Batman La LEGO Película se las arregla para llevar a cabo una exploración de este icono de los cómics más interesante, con más aristas y más lógica interna que la que nos encontramos en Batman v Superman (algo que no era muy difícil, pero que merece mención), respetando el material de DC y entendiendo mejor al personaje.

En Batman La LEGO Películael millonario Bruce Wayne disfruta de una vida de lujo y exceso, aderezada por la gloria que le supone ser en secreto el superhéroe más famoso de Gotham. Sin embargo, cuando la hija del comisario Gordon releva a su padre como jefe de la policía, esta desvelará una gran verdad que sacudirá sus cimientos: Batman nunca acaba con sus enemigos definitivamente, todos vuelven, y por tanto, el nivel de criminalidad de la ciudad nunca baja. Este jocoso detalle autorreferencial es el punto de partida para una aventura en la que Batman tendrá que enfrentarse al Joker y su retorcido plan para liberar a los villanos más peligrosos que se encuentran encerrados la Zona Fantasma, personajes malvados de otras sagas (la mayoría propiedad de Warner Bros.) que dejan a los de Gotham en evidencia y hacen que la película alcance niveles de crossover capaces de hacer cortocircuitar a fanboys y fangirls de cualquier edad ([Posible spoiler] Harry Potter, Godzilla, Matrix, Doctor Who, King Kong, El Mago de Oz, Gremlins y DC, todos mezclados en la misma historia = NERDGASM [Fin del posible spoiler]).

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Batman La LEGO Película hace gala del mismo ritmo espídico y tono hiperactivo y tontorrón de su predecesora. Los chistes y gags visuales se suceden con tal velocidad que 1) es muy fácil perderse muchos la primera vez, y 2) puede llegar a saturar y hacer que el humor acabe resultando repetitivo. Dejando esto a un lado, Batman LEGO es un gran triunfo a todos los niveles: es una comedia divertidísima, una cinta de acción espectacular, una parodia muy inteligente, una película de superhéroes ejemplar, y la mejor entrega de Batman y DC desde El Caballero Oscuro (que de nuevo, no es decir mucho, pero hay que decirlo).

Pero sobre todo, y como adelantaba antes, se trata de una exploración del mito de DC mucho más completa de lo que cabía esperar de una película hecha a base de ladrillos de juguete. El conflicto central de Batman LEGO es la superación de la propia personalidad solitaria e independiente del Hombre Murciélago, que le ha llevado a convertirse en un individuo frío y recogido en sí mismo, un hombre egoísta que no necesita a nadie más para llevar a cabo su cometido. Ni siquiera a su archinémesis, el Joker, que herido en el corazón por la indiferencia de su enemigo hacia sus fechorías decide poner en marcha su maquinación para conquistar Gotham (y reconquistar a su enemigo). Este es uno de los aspectos más hilarantes de la película, la dinámica Batman distante-Joker despechado, abordada cómicamente (pero nunca de manera ofensiva) como si se tratara de una relación romántica. Pero serán los viejos amigos (Alfred) y los nuevos aliados (Barbara Gordon y Robin) los que le ayuden a darse cuenta de lo importante que es aprender a trabajar con los demás, idea con la que la película enarbola un emotivo mensaje de celebración de la familia elegida (es decir, los amigos), especialmente importante para Batman y Robin, que tienen en común haber crecido sin la biológica.

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Por supuesto, todo está envuelto en un aire de guasa que invita a no tomarnos demasiado en serio la película, pero que esto no nos haga obviar algo importante: un guion y una construcción de personajes que ya quisieran para ellos Zack Snyder o David Ayer. Y es que además de hacer reír y asombrar/marear como el mejor de los blockbusters y el cine familiar más infalible, Batman LEGO realiza una muy oportuna e irreverente metarreflexión sobre el género con la que se ríe de forma cómplice de las convenciones del cine de superhéroes y en concreto de la historia audiovisual de Batman (algo parecido a lo que hizo recientemente Deadpool, con “audiocomentario” desgranando el proceso de creación de una película, pero en su versión para todos los públicos) mientras divierte con una ametralladora de referencias, guiños (alguno disparado a la competencia) y cameos que harán las delicias de los fans de DC, y del cine y los cómics en general.

Aunque no llega (por poco) al nivel de La LEGO Películaesta nueva entrega de Batman ha resultado ser mucho más que un subproducto. Tan cuidada en el aspecto visual como la primera (esas increíblemente realistas texturas de plástico, esa gloriosa animación que simula la técnica del stop-motion sin fisuras, ese diseño de producción que nos deja una Gotham y una Batcueva para babear), y con el mismo tipo de humor desenfadado, absurdos momentos musicales y una tendencia más progresista reflejo de la evolución del cine mainstream (Batman celebra ante la audiencia que su relación con Batgirl es solo amistosa), Batman La LEGO Película supone un irresistible delirio pop que nos deja con ganas de otras aventuras LEGO/DC. En especial una centrada en ese cretino de Superman, doblado en su versión original por Channing Tatum (se da por sentada), y sobre todo otra para seguir disfrutando del mejor personaje de la película: Robin.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Una historia real

James Franco Una historia real

En Una historia real (True Story), Michael Finkel (Jonah Hill), reportero en alza del New York Times, es automáticamente despedido y desacreditado después de publicar un reportaje falseado. Como consecuencia, Finkel decide autoexiliarse obligadamente a su Montana natal, donde vive su esposa, Jill (Felicity Jones). Desde allí tratará por todos los medios de encontrar un modo de volver a ejercer su profesión, pero el descrédito le precede y ningún medio está dispuesto a tenderle una mano. Cuando su carrera parece acabada, una llamada de teléfono lo cambia todo. Desde prisión, Christian Longo (James Franco), un hombre acusado de asesinar a su mujer y tres hijos, ofrece a Finkel contarle su historia mientras espera su juicio, con la idea de publicar un libro después del veredicto.

Finkel acepta escuchar la historia de Longo, que, tras haberse apropiado de su identidad para huir de la policía, le confiesa ser un ferviente admirador de su trabajo periodístico. A pesar de que pone en peligro la ya de por sí frágil relación con su mujer, el periodista centra todos sus esfuerzos en tratar de adentrarse en la mente del presunto asesino a través de sus conversaciones y de las cartas que este le envía desde prisión. El caso de Longo consume por completo a Finkel, que se ve atrapado por la personalidad enigmática y evasiva del acusado, un hombre extraordinariamente difícil de descifrar que parece estar utilizando al periodista, aunque no esté claro para qué. Longo ofrece detalles de su vida y de la noche del supuesto homicidio a cambio de lecciones de periodismo, lo que conduce a una intensa relación entre ambos hombres que se transforma gradualmente en un juego psicológico en el que no parece haber forma de encontrar la verdad sobre Longo.

Una Historia Real_PosterUna historia real está basada en el libro del Michael Finkel verdadero y supone el debut en el largometraje del director de teatro Rupert Goold. Llama la atención en un drama tan severo como este la presencia de dos de los rostros más reconocibles de la comedia norteamericana actual, James Franco y Jonah Hill (que han trabajado juntos en varias películas). Ambos actores ya han demostrado que tienen su lado serio (Franco sigue desorientando, empeñado en cultivar su imagen de artista del Renacimiento, y Hill tiene una nominación al Oscar por El lobo de Wall Street), pero verlos juntos en un contexto dramático como este resulta desorientador cuanto menos. Sin embargo, Franco y Hill no son los responsables de que Una historia real no termine de tomar forma. Ellos llevan a cabo un trabajo más que correcto y logran aparcar con éxito su imagen de cómicos fumados, pero el material no es lo suficientemente interesante, lo cual es muy significativo, teniendo en cuenta los escalofriantes acontecimientos reales que narra.

El trabajo de Goold es preciso e inteligente, pero el director decide aproximarse a la historia desde un prisma excesivamente analítico y desapasionado, lo que se vuelve en su contra. La relación que se establece entre los dos protagonistas no es tan profunda como cabría esperar, y aunque el director (y co-guionista) se empeñe en que pensemos lo contrario, faltan capas en la historia y una mayor gradación psicológica en sus diálogos. Mientras trata de plasmar la naturaleza esquiva de la verdad, a Woold se le olvida insuflarle vida al relato, que solo parece despertar en una soberbia escena protagonizada por Felicity Jones al final de la película. Desafortunadamente, es una secuencia aislada. Por lo demás, Una historia real se queda en la superficie de un perturbador misterio que pedía un acercamiento más visceral y arriesgado.

Valoración: ★★½

El lobo de Wall Street: “¿Quién quiere vivir en el mundo normal?”

THE WOLF OF WALL STREET

Martin Scorsese desde luego que no. El cineasta neoyorquino siempre se ha caracterizado por su compromiso con la desmesura y la voluptuosidad cinematográfica, pero con su último trabajo, El lobo de Wall Street, se zambulle en la locura más depravada, lisérgica y bombástica de su carrera. La historia real del broker de Wall Street y orador motivacional Jordan R. Belfort, basada en su corrosiva autobiografía The Wolf of Wall Street, proporciona a Scorsese y a su actor fetiche, Leonardo DiCaprio, el material idóneo para hacer arte del exceso. El lobo de Wall Street es un ininterrumpido y descomunal delirio de tres horas de duración que se postula como uno de los viajes alucinantes y alucinados más memorables del cine reciente.

Scorsese posee una apabullante facilidad para crear imágenes y secuencias adrenalíticas que entran ipso facto en la memoria colectiva 1493279_798808363479432_1978092023_ncinéfila, y El lobo de Wall Street no es una excepción. Recordaremos para siempre a Jonah Hill masturbándose compulsivamente (con una prótesis genital) al ver a Margot Robbie por primera vez (cuántos haréis lo mismo en casa), a Leonardo DiCaprio esnifando cocaína del ano de una prostituta o la que es la secuencia más demencial de la película: Jordan Belfort volviendo del club de campo hasta las cejas de pastillas caducadas (si DiCaprio no merece un Oscar por esa escena, no sé en qué mundo vivimos). Sin embargo, lo más destacable no son estos puntos álgidos del metraje, sino cómo un Scorsese especialmente lúbrico y temerario se las arregla para mantener el ritmo en lo más alto de principio a fin, sin que su película pierda un ápice de energía en ningún momento, una hazaña al alcance de pocos.

El lobo de Wall Street es una experiencia cinematográfica trastornada, obscena y agotadora (en el mejor sentido). Una comedia (sí, comedia con mayúsculas, a pesar de su obviamente agrio y perturbador trasfondo) sobre el éxito a toda costa y el Darwinismo Social que busca la complicidad de un espectador despojado de prejuicios de cualquier clase -requisito indispensable para disfrutar de un relato franco y sin escrúpulos cuya amoralidad existe porque se presupone nuestra moralidad, y nuestra inteligencia. Parte Bret Easton Ellis, parte Judd Apatow, Terence Winter (guionista de Los Soprano y Boardwalk Empire) firma un libreto a la altura de las ambiciones artísticas de Scorsese, y lo hace alejándose del maniqueísmo sermoneador de Oliver Stone en Wall Street (1987).

El único problema es que Scorsese se entrega de tal manera al vicio y el salvajismo del mundo de Jordan Belfort que a menudo se olvida de lo que está contando y descuida cómo lo está contando (nada que no sepamos ya, forma antes que fondo y los imperdonables errores de continuidad que siempre empañan su cine). Pero como de costumbre, estas carencias se ven contrarrestadas por el sensacional trabajo de sus intérpretes. Un carismático Leonardo DiCaprio que merece más que nunca su anhelado Oscar, un feroz Jonah Hill que ha dado una vuelta de 180º a su carrera, y la gran revelación de la película: la intrépida australiana Margot Robbie, que consigue pisotear, desnuda y con tacones de aguja, el sexismo latente del film, y que hablemos de su impecable acento de Brooklyn incluso más que de sus tetas.

Valoración: ★★★★

Crítica: Juerga hasta el fin (This Is the End)

1170481 - This Is The End

Existe en Hollywood una generación de jóvenes actores que únicamente se diferencian del veinte y treintañero de a pie por su éxito y sus desorbitadas cuentas bancarias. La hornada Freaks and Geeks ha esquivado el gen problemático que sí ha afectado a las generaciones inmediatamente posteriores. Este grupo de actores no son conocidos por ingresar todas las semanas en centros de rehabilitación o rellenar páginas de papel couché, sino por sus trabajos y sus personalidades artísticas. Fumados, sí, pero también centrados. Tomando como punto de partida la imagen pública de todos ellos, Seth Rogen y Evan Goldberg han construido con Juerga hasta el fin (This Is the End) una suerte de Gran Hermano -o más bien un Dead Setde la generación Apatow.

Juerga hasta el fin, basada en el corto de los mismos creadores Jay and Seth versus the Apocalypsepropone una de las historias más originales y prometedoras de la cartelera en mucho tiempo. En una de sus habituales visitas a Los Ángeles, Jay Baruchel se reencuentra con su amigo de toda la vida Seth Rogen, que lo invita a la fiesta de inauguración de la nueva casa de James Franco. Allí se congregan colegas anónimos, estrellas y pseudo-estrellas del panorama de la comedia actual (aquello parece a ratos una fiesta de 1170481 - The End Of The WorldNBC), además de alguna que otra popstar (Rihanna) y una visitante del otro lado del charco, Emma Watson. En el transcurso de la fiesta, el Apocalipsis da comienzo en el exterior. Baruchel, Rogen, Hill, Franco (que está inconmensurable), y los eslabones más débiles de la película, los antipáticos Danny McBride y Craig Ferguson, se quedan encerrados en casa. Fuera parece que las puertas del Infierno se han abierto de par en par y Los Ángeles es pasto de las llamas del averno. La cosa parece bastante grave, porque “los actores famosos son los primeros en ser rescatados en estas situaciones“, y sin embargo nadie viene a por ellos. Se masca la tragedia, pero hay reservas suficientes de marihuana para sobrellevarla.

Todos los actores se interpretan a sí mismos, aunque más bien todos son una proyección amplificada y aberrante de la percepción que el público tiene de ellos. Caricaturas generadas a partir de rasgos descontextualizados o rumores que los reducen a la mínima expresión, pero que también los convierten en divertidísimos arquetipos. Baruchel es un hipster canadiense anti-yanqui, Rogen es un osito de peluche con un botón en la barriga que permite oír su risa, Jonah Hill es un pelota remilgado con el ego subido por su nominación al Oscar, y Franco es un colgado excéntrico con irrefrenables tendencias homosexuales. De los numerosos y geniales cameos (atención al de Channing Tatum, brutal) destaca un absolutamente excesivo y demencial Michael Cera, que lleva su imagen de “rarito” hasta límites insospechados. A ratos, Juerga hasta el fin parece una sátira sobre la fama, un tratado acerca de lo que une y distancia al actor del individuo anónimo. Pero solo a ratos. El resto del tiempo la película es simplemente una otra comedia disparatada y ramplona, un elogio de marihuana y depravación que es raro que no haya sido rebautizado en España como “Superfumados y supersalidos contra el fin del mundo“.

Juerga hasta el fin se presenta como el gran acontecimiento meta del momento. Sin embargo, la película de Rogen y Goldberg no tarda en despachar a las estrellas que abarrotan la casa de Franco -uno de los grandes atractivos de la cinta es ver morir a toda esta gente- para convertirse rápidamente en algo así como una sitcom de fumados. Hasta su desenfrenado tramo final, los seis protagonistas apenas salen de la casa -que vemos rodeada de destrucción en planos de transición, al más puro estilo telecomedia para toda la familia. Y aunque la película sea ocasionalmente desternillante, y nos proporcione algunos de los momentos cinematográficos más memorables del año, el conjunto no está a la altura de las circunstancias.

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Dejando a un lado el importante factor sobrenatural, Juerga hasta el fin no es más que una buddy movie, una película hecha por un grupo de colegas con ganas de pasarlo en grande, y por tanto, una cinta más deudora de Superfumados -Pineapple Express- que de Supersalidos -Superbad- (ambas escritas por Goldberg). Y esa es su mayor virtud, y su principal problema. A pesar de que logran que no nos aburramos ni un solo segundo, todo lo que a estos amiguetes les mata de la risa quizás no sea tan gracioso para nosotros, y esto resulta en más de un gag desatinado y desfasado. Los golpes de genialidad cómica son más bien aislados. Juerga hasta el fin destaca sobre todo por su habilidad para hacer reír a base de imágenes impactantes -léase Emma Watson cortando un pene gigante con un hacha- y situaciones extremas. Está claro que Rogen y Goldberg se las han bastado solos para hacer una de las películas más divertidas del año, y con eso deberíamos darnos con un canto en los dientes, pero no les habría venido mal la mano de un Judd Apatow o un Paul Feig. Quizás así Juerga hasta el fin hubiera tenido algo más de corazón, y de cabeza.