Baby Driver: Edgar Wright y la película de culto instantánea

Ansel Elgort;Jamie Foxx

Con su trilogía del Cornetto, formada por Shaun of the Dead (2004), Hot Fuzz (2007) y The World’s End (2013), y la adaptación del cómic Scott Pilgrim contra el mundo (2010), Edgar Wright se ha ganado un lugar privilegiado entre los directores de culto más prominentes del panorama cinematográfico actual. Sus películas suelen destacar en un mar de clones manufacturados por los estudios gracias a un estilo muy personal y una visión muy idiosincrásica, con la que se ha abierto camino en la industria a pesar de no dejar demasiada huella en taquilla. Pero esto último está a punto de cambiar.

El cine de Wright nunca ha calado hondo en el mainstream, pero sus títulos han demostrado tener las piernas largas. Si los estudios han seguido confiando en él es porque su originalidad (incluso cuando está adaptando el material de otros) acaba enganchando a la audiencia y creando fidelidad. El buen rendimiento en la taquilla estadounidense de su último trabajo, Baby Driver, es la recompensa tras más de una década insistiendo en hacer cine a su manera (recordemos que fue despedido de Marvel por diferencias creativas con respecto a Ant-Man). Con Baby Driver, Wright disfruta de las merecidas mieles del éxito, allanando quizá (y con suerte) el camino para que Hollywood haga hueco a más directores jóvenes con voz propia.

Ansel Elgort;Kevin Spacey

A simple vista, la premisa de Baby Driver puede resultar demasiado similar a la de Drive (2011), pero en forma y fondo se aleja considerablemente del film de Nicolas Winding Refn, con más énfasis en la acción fardona y la comedia, y una mayor predisposición a agradar a todos los públicos. En este estiloso y frenético homenaje a clásicos del cine de atracos y persecuciones como Bullit, Un trabajo en Italia Contra el imperio de la droga, Baby (Ansel Elgort) es un joven y portentoso conductor especializado en fugas que trabaja para un capo del crimen (Kevin Spacey) con el objetivo de saldar una deuda. Cuando conoce a la chica de sus sueños, Debora (Lily James), Baby ve una oportunidad de abandonar la vida criminal, pero su jefe se niega a dejarlo marchar, forzándolo a seguir trabajando para él. Cuando un golpe no sale como estaba previsto, la vida de Baby correrá peligro, lo que empujará al muchacho a tratar de huir para empezar una nueva vida con Debora alejados del crimen.

Baby Driver no destaca tanto por la novedad de su historia (que hemos visto en numerosas ocasiones), sino por cómo está contada. Una de las particularidades que definen a Baby es que, tras sufrir un accidente cuando era pequeño, ha desarrollado un trastorno auditivo que bloquea escuchando música con su iPod constantemente. El joven depende del ritmo y la percusión de su propia banda sonora para llevar su destreza y sus reflejos al máximo nivel y realizar las fugas con prodigiosa eficiencia. Esta genial idea proporciona a Wright y su equipo una oportunidad de oro para lucirse, sobre todo en las escenas de acción y los stunts. Las persecuciones de Baby Driver son una gozada absoluta, gracias a la extraordinaria labor de cámara de Wright y al impresionante montaje rítmico de Jonathan Amos y Paul Machliss (si hay un caso en el que hay que destacar obligatoriamente el nombre de los editores de un film es este), que utilizan los beats de la música para componer una pegadiza sinfonía fílmica de acción repleta de grandes temas, convirtiendo así la película en uno de los musicales más originales de los últimos tiempos.

Ansel Elgort;Jon Hamm;Eiza Gonzalez;Jamie Foxx

Pero si Baby Driver funciona más allá de su reluciente carrocería es porque su motor viene bombeado por los personajes, en especial por su protagonista, interpretado por un espectacular Ansel Elgort en el que es el papel que arranca definitivamente su carrera. Elgort ya demostró su talento dando sus primeros pasos como protagonista de Bajo la misma estrella, pero a las órdenes de Wright alcanza su máximo potencial hasta ahora con una interpretación rebosante de carisma, firmeza y sensibilidad que nos hace pensar que habría sido un Han Solo perfecto (quizá que el uniforme de Baby se parezca tanto al del héroe de Star Wars no sea coincidencia).

El resto del reparto incluye a gente como Kevin Spacey, Jon Hamm, Jon Bernthal y Jamie Foxx, un más que eficaz plantel de lujo para complementar, nunca eclipsar, a la joven estrella, que sabe cómo moverse en el volátil ambiente de tensión creado por sus compañeros (Hamm, que sobresale como villano sádico en el último acto, consigue el papel más memorable de su etapa post-Don Draper). El único pero de Baby Driver a este respecto es la representación femenina, con tan solo dos mujeres en el reparto principal, la talentosa Lily James y la explosiva Eiza González, ocupando los reductivos roles de “chica de” y objeto sexual (muy encantadora la primera y muy molona la segunda empuñando una metralleta, pero injustamente desaprovechadas). Wright siempre ha tenido un problema con sus personajes femeninos, y ya va siendo hora de que haga algo al respecto.

Ansel Elgort;Lily James

A pesar de este inconveniente, y también de un desenlace algo anticlimático que rompe el ritmo de la película y no la despide tan por lo alto como debería, estamos ante un incontestable triunfo del cine de acción, una cinta creativamente ambiciosa e inspirada en la que se puede respirar el entusiasmo y la dedicación de su director en cada planoBaby Driver es una máquina de gran precisión técnica y emocional, una película imposiblemente cool, divertida, romántica e iconoclasta que está llamada a convertirse inmediatamente en un clásico de culto moderno.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Unbreakable Kimmy Schmidt: ¡Es un milagro!

UKS1

¿Alguien se puede sacar de la cabeza la contagiosa sintonía de cabecera de Unbreakable Kimmy Schmidt? No, ¿verdad? ¿Pero alguien quiere hacerlo? Es escuchar esas primeras notas y los coros celestiales con los que empieza la canción y los niveles de felicidad se salen de la gráfica. Y si tenéis suerte, lo mismo os pasará con la serie en sí, comedia creada por Tina Fey y Robert Carlock (30 Rock) que está hecha básicamente para hacer feliz al espectador, una explosión de color, extravagancia y buen rollo que hace justicia al leit motiv de su opening: “Females are strong as hell!” 

Sin embargo, Unbreakable Kimmy Schmidt no es para todo el mundo. En más de un aspecto, la serie es muy similar, prácticamente igual que 30 Rock, principalmente en lo que respecta al humor, tan marciano, autorreferencial, absurdo e idiosincrásico como el de la brillante serie de NBC. E incluso para los que disfrutan esta propuesta surrealista y alocada, Kimmy Schmidt puede ser lo que los anglosajones denominan ‘hit or miss’. Es decir, que lo mismo te da en la cara con el peor chiste de la historia que te deja caer un gag tan genial que recordarás (y usarás como gif) durante el resto de tus días, o bien te deja un rato pensando si es lo primero o lo segundo… “Bunny and Kitty being best friends, together forever the fun never ends” ♪ ♫ ¿Por dónde iba? Ah, sí. Esa es pues, su mayor baza y a la vez su mayor debilidad, un ‘todo vale’ (pero dentro de unos parámetros de corrección, no política, sino humana) que hace que la serie resulte algo irregular, a pesar de ser siempre divertida.

Para quien no la haya visto nunca, Kimmy Schmidt es la historia de una joven optimista y bondadosa (uno no sabe donde termina Ellie Kemper y empieza Kimmy) que trata de recuperar su vida después de su cautiverio de quince años en un búnker. Raptada por el Reverendo (Jon Hamm), Kimmy permanece aislada junto a otras tres ‘hermanas’ bajo tierra, creyendo que el mundo se ha acabado. Pero cuando es rescatada descubre que no solo no se ha acabado, sino que lo tiene a su disposición, por lo que decide irse a vivir a Nueva York a buscarse la vida. Sin embargo, Kimmy se ha perdido quince años de evolución (o involución, según se mire), y vive estancada como pre-adolescente en los 90, como demuestran sus referencias anticuadas, su desconocimiento de los avances tecnológicos o su colorista e inocente sentido de la moda. A pesar de todo, Kimmy conserva la buena disposición ante las adversidades, se empeña en aprender para ponerse al día y convertirse en adulta, es una brillante bola de energía, y se mantiene ‘irrompible’ e impermeable a la maldad/realidad que la rodea (aunque tenga que descubrir que para crecer a veces hay que romperse y que no es necesariamente bueno que siempre sea Navidad). En definitiva, un buen ejemplo de la ‘strong as hell female’ de la que habla el opening.

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Al menos hasta que la segunda temporada llega a su ecuador. Lejos de tener las piernas cortas, la premisa de Kimmy Schmidt ha dado mucho de sí en estos nuevos capítulos, y promete tener más cuerda para el próximo año. A nivel de chistes y tramas, la segunda temporada no se ha diferenciado mucho de la primera, pero en cuanto a la historia de Kimmy, hemos avanzado bastante. Para empezar, con estos capítulos se nos ha dejado claro que aun nos queda mucho por saber sobre lo que ocurrió en el búnker (el cliffhanger final da fe de ello, y garantiza la presencia de Jon Hamm en la tercera temporada, ¡yay!) y no solo eso, sino que el síndrome post-traumático de Kimmy no solo se basa en su experiencia como rehén de la Secta del Reverendo, sino que se remonta años atrás. Para indagar en el pasado de Kimmy, la segunda temporada va dejando píldoras a lo largo de los capítulos (los eructos, los prontos violentos, los triggers) e introduce un nuevo personaje, una psicóloga alcohólica encarnada por la propia Tina Fey (que el año pasado interpretó a una parodia de Marcia Clark que, afortunadamente, no ha repetido) para unir las piezas del puzle de Kimmy. A través de sus sesiones de terapia y sus viajes nocturnos en Uber (el nuevo trabajo de Kimmy), la protagonista halla el origen de sus problemas: su madre (“siempre es la madre”). Así, en el último capítulo de la temporada asistimos al reencuentro de Kimmy con la mujer a la que culpa de su tragedia (Lisa Kudrow), un ‘enfrentamiento’ en busca de explicaciones que, a pesar de no ayudarle obtener las respuestas esperadas, le sirve para madurar y crecer como persona.

“¿Por qué te gustan tanto las montañas rusas?”
“A veces solo quieres gritar como una loca y una montaña rusa es el único sitio donde puedes hacerlo sin que nadie te mire raro”.

Pero Unbreakable Kimmy Schmidt no es solo Kimmy Schmidt. Sus secundarios se han vuelto aun más grandes que en la primera temporada. Jacqueline (Jane Krakowski) también ha crecido como persona, y aunque sigue siendo una especie de Jenna Marooney descafeinada, su personaje está evolucionando (forzada por sus ‘precarias’ circunstancias) para tener consciencia de las injusticias del mundo en el que ha vivido hasta ahora, y por tanto de sí misma (atención a cómo la serie, lejos de recular, ha transformado la polémica trama de las raíces indias de Jacqueline en algo más comprometido). La entrañable Lillian (Carol Kane), que es como Phoebe Buffay 30 años después, también ha tenido su propio arco de temporada, en el que la hemos visto luchando contra la gentrificación/hipsterizamiento de su querido barrio de Brooklyn, una historia de amor más épica que lo suyo con Robert Durst (Fred Armisen). Y por último, y por ello más importante, Titus Andromedon, la gran estrella de Unbreakable Kimmy Schmidt. Tituss Burgess es un animal escénico, da igual que esté en segundo plano, la mirada se va inevitablemente hacia él y su maravillosa expresividad. Y lo suyo en esta segunda temporada ha sido una barbaridad. Qué espectáculo, qué timing para la comedia, qué de matices, y de momentos para la posteridad. Su trama romántica con el adorable Mikey (Mike Carlsen) ha sido un gran acierto, y ha hecho que el personaje crezca aun más si cabe. Como Kimmy, los tres secundarios han emprendido su propio viaje de autoconocimiento (que está lejos de haber acabado) y así, Unbreakable Kimmy Schmidt ha sabido ir más allá de sus rebuscados (en el mejor sentido) chistes y juegos de palabras para no estancarse.

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Claro que, como decía al principio, esta serie no es para todo el mundo. O conectas con su humor o no. Pero si lo haces, te espera un divertidísimo viaje repleto de cameos geniales (grande y muy oportuno el de Joshua Jackson) y fantásticas estrellas invitadas (Amy SedarisAnna Camp), inteligentes referencias pop (como la que identifica al Reverendo con Don Draper, y que solo los que han visto Mad Men pillarán), momentos musicales (de hecho, UKM podría considerarse un semi-musical) y surrealismo para para un tren (¡El Eccehomo de Borja!). Pero lo mejor de Unbreakable Kimmy Schmidt es que no se queda ahí, sino que también sabe ser introspectiva, romántica, reivindicativa, y sobre todo un infalible chute de optimismo y empoderamiento. Todos juntos: They alive dammit! It’s a miracle!

Crítica: Los Minions

Minions Orlando

Que los Minions son lo mejor de la saga Gru, mi villano favorito es algo que sabe todo el mundo. Es más, es una verdad “universal” (pun intended). La segunda entrega ya lo dejó bien claro. La popularidad de los esbirros amarillos tras el éxito de la primera película era tan grande que en la segunda ya empezaban a trascender su condición de secundarios comparsa adquiriendo mayor protagonismo. Gru 2 fue un festival Minion (amarillo y morado), los personajes ya estaban bien acomodados en el imaginario colectivo, convertidos en iconos adorados por pequeños y mayores por igual, así que el siguiente paso natural era dedicarles una película a ellos solos. Los Minions toman el escenario (aunque siempre fue suyo) con la intención de dominar el mundo (más todavía). O mejor dicho, de ayudar al villano que haya más cerca a hacerlo.

Los Minions nos lleva hasta el inicio de los tiempos para descubrir que estos adorables e inocentes seres han estado siempre ahí. Este spin-off precuela nos muestra cómo nacieron (empezaron siendo organismos amarillos unicelulares) y cómo evolucionaron a través del tiempo. Desde los albores de la civilización Minion, el propósito vital de todos ellos ha sido siempre el de encontrar a un amo malvado al que servir. Así, en la divertidísima secuencia de apertura vemos cómo ofrecen sus servicios como secuaces al T. Rex, Drácula o Napoleón, para acabar siempre entorpeciendo, incluso provocando la muerte accidental, a sus jefes. Después de fracasar tantas veces seguidas en su búsqueda, los Minions caen en una profunda depresión. El tiempo pasa, y en la década de los 60 Kevin traza un plan para salvar a su pueblo: dar la vuelta al mundo en busca de un nuevo amo y un nuevo hogar para los suyos. Le acompañan el rebelde Stuart y el achuchable Bob, con los que intentará encontrar a Scarlet Overkill, según dicen, la supervillana más famosa de la Tierra.

De la Antártida a Nueva York en los felices 60 a Londres, donde se desarrolla la mayor parte de la acción, este spin-off es un triunfal tour de los Minions por el mundo que avanza a ritmo de clásicos pop-rock. En realidad, la película no se distancia mucho de la fórmula de sus dos predecesoras. Los Minions se convierten en protagonistas de la historia, pero el argumento, una vez llegados a Londres, es similar al de las dos Gru, girando en torno al Printplan del gran malvado que pretende conquistar el mundo. En este caso, la divina y algo esquizoide Scarlet Overkill (doblada en inglés por Sandra Bullock, y en español por una estupenda Alexandra Jiménez) trata de robarles el centro de atención a los Minions, y de hecho está a punto de hacerlo. Recordemos que los Minions hablan un hilarante idioma que mezcla sinsentidos con palabras de muchas lenguas, y quizá por miedo a que una película con mucho tiempo sin diálogos pudiera espantar al público o suponer un reto demasiado difícil (no todas son WALL-E), el film acaba dando demasiado protagonismo a sus personajes humanos, la mencionada Scarlett y, en menor medida, Herb (doblado en V.O. por Jon Hamm, y en castellano por un menos atinado Quim Gutiérrez).

Claro que por mucho que se intente, es imposible hacer sombra a estas descacharrantes píldoras devora-bananas y sus irresistibles monerías. Su ascenso a primera línea dentro de la saga, lejos de perjudicarlos por sobre-exposición y sobre-explotación, no le ha quedado nada grande. Y es que Los Minions no es el subproducto que esperábamos. Está claro que es un proyecto creado para seguir exprimiendo al máximo la gallina de los huevos amarillos, pero afortunadamente, eso no es todo. Detrás de la película (en la que repite Pierre Coffin como director, acompañado de Kyle Balda en lugar de Chris Renaud) hay un trabajo de animación muy cuidado, técnicamente sobresaliente (con un 3D por encima de la media), y un guion que, a pesar de volverse mecánico en su recta final, no se duerme en los laureles, sino que se esfuerza en mantener en todo momento un nivel alto de buen humor y diversión, así como el ritmo acelerado que caracteriza a los personajes.

Encontrando el equilibrio perfecto entre el chiste bobo y el inteligente, con slapstick del bueno para los más pequeños y guiños para el adulto muy bien hilvanados en la trama, Los Minions es una comedia infalible que desata carcajadas y nos deja innumerables frases y gags para el recuerdo. Sin embargo, no sería tan eficaz de no ser por el carisma del trío protagonista. Kevin, Suart y Bob (sobre todo Bob, hay que amar mucho a Bob y estrujarlo hasta que se vuelva morado) nos conquistan con sus desquiciadas correrías y añaden más capas a los Minions, en el fondo seres afanados y leales con mucho amor para dar que nunca encuentran el sitio adecuado donde ponerlo, aquí convertidos en los verdaderos héroes que son ya fuera del cine.

Valoración: ¡BA-NA-NA! (★★★★)

Mad Men 7.08 “Severance”

Diner Mad Men Severance

La vida no vivida

Hacia el comienzo de “Severance“, el primero de los siete episodios finales de Mad Men, Don Draper llega a su apartamento vacío por la noche, enciende la luz desde la entrada y contempla durante apenas dos segundos su casa vacía. A continuación apaga la luz para adentrarse en ella en penumbra. Es un pequeño instante que en cualquier otra serie pasaría desapercibido o no cumpliría otra función más que la de transición entre escenas. Sin embargo, estamos hablando de una ficción en la que, como hemos comprobado a lo largo de ocho años, nada, absolutamente nada, está ahí por azar. Este efímero momento que se diluye en los siguientes minutos esconde una de las claves del episodio: Durante unos segundos, Don recuerda la vida que tuvo, para más tarde visitar la que pudo tener y no tuvo. Y no es el único.

“Severance” es técnicamente un episodio central en la temporada final de Mad Men, y como tal, los acontecimientos que tienen lugar en él no tienen excesiva importancia dentro del gran esquema narrativo de la serie. Sin embargo, este capítulo marca un antes y un despuésya que dentro de la historia han pasado aproximadamente los mismos meses que han transcurrido entre la emisión de “Waterloo” y “Severance”, lapso tras el que Mad Men ingresa oficialmente, y como el que no quiere la cosa, en la década de los 70. Como de costumbre, conocemos el momento histórico exacto en el que tienen lugar los acontecimientos gracias a los importantes marcadores cronológicos dispuestos a lo largo del episodio. Primero, los meticulosos estilismos de los personajes -Sterling rockea un mostacho canoso, Ted también se apunta a la moda del bigote, los peinados de ellas se alborotan ganando altura, y en general, la moda se libera de corsés para convertirse en una forma de expresión individual. Segundo, el discurso de Nixon que suena mientras Don yace semi-inerte en su cama (cómo no), y que nos ayuda a situar “Severance” concretamente en el 30 de abril de 1970. Así, sin hacer un gran acontecimiento de ello, Matthew Weiner da el salto de una década a otra.

Don Ken Severance

En los meses transcurridos, la agencia se asienta tras los cambios acontecidos el año pasado, y los publicistas se acomodan en sus puestos dentro de la empresa. Además de devolvernos a Don en plena forma (reafirmándose en su autoridad durante la sublime escena de apertura en la que no hay nadie más que tú y él en la habitación), “Severance” se centra concretamente en tres personajes secundarios. En primer lugar, recuperamos el dilema existencial de Ken Cosgrove, que se plantea abandonar la agencia para perseguir su sueño de convertirse en escritor (“No escribas sobre este mundo, es aburrido, escribe una aventura”, le aconseja Pete Campbell en un guiño muy meta a la percepción que muchos tienen de Mad Men). Kenny piensa en la vida que no decidió perseguir, en lo bien que quedaría una foto suya en la contraportada de una novela, y justo cuando está a punto de tomar una decisión, es despedido. Y entonces, en un giro inesperado, Ken abandona (o pospone, no lo sabemos) su sueño para trabajar con uno de los clientes más importantes de SC&P, pasando a ser el jefe de los que lo repudiaron, a los que promete hacerles la vida imposible. A decir verdad, con ese parche, no nos extraña que Ken no haya tenido más remedio que convertirse en megalómano con sed de venganza.

En segundo lugar, tenemos a Joan y Peggy, ambas en posiciones privilegiadas dentro de la jerarquía de la agencia, cada una de ellas habiendo llegado hasta donde están de forma distinta, pero separadas por diferencias y enemigos que en teoría deberían unirlas. Un tenso enfrentamiento en el ascensor hace salir a la luz reproches mutuos que ensanchan la brecha entre las dos mujeres más importantes de SC&P (con permiso de Meredith). Una brecha ya de por sí amplia, como hemos comprobado minutos antes durante la incómoda reunión con los representantes de una empresa de medias (en la que Joan sale peor parada, mientras Peggy disfruta de cierta “inmunidad” ante los babosos empresarios). Peggy es la cabeza visible de la corriente de pensamiento que viene a decir “las mujeres podemos hacer el trabajo de los hombres” y que en cierto modo quiere decir “para triunfar, las mujeres podemos (y quizás debemos) comportarnos como los hombres” (aunque como es el caso, esto no es suficiente para ganarse el respeto del sexo opuesto); por esta razón, Peggy logra camuflarse en ese mundo masculino, desde el que excusa el comportamiento de sus “colegas” juzgando la forma de vestir de Joan. Por otro lado, Joan simboliza (lo quiera o no) el feminismo que, entre otras cosas, lucha por derrotar los obstáculos de la mujer con atributos tradicionalmente asociados a la feminidad, para ser tomada en serio como autoridad sin necesidad de alterar su aspecto o su comportamiento (al contrario de lo que piensa Peggy, es posible vestir así y “tener ambas cosas”). A continuación, cada una lidia a su manera con la realidad que han escogido o les ha tocado vivir, afectadas por la discusión más de lo que quieren reconocer: Joan se reafirma en su postura derrochando su fortuna en fabulosos vestidos de alta costura y la “inconformista, pero divertida y valiente” Peggy acude a una cita a ciegas en busca de validación y del amor que ha dejado a un lado por el trabajo, es decir, para tratar de encontrar un atajo hacia su vida no vivida.

Peggy Joan Severance

Quien sigue oponiendo resistencia al cambio al que invita la nueva década es Don, el enigmático y sofisticado caballero que solo se desgomina ante una mujer en la cama (o en el callejón oscuro detrás de un diner). Nuestro habitualmente sombrío protagonista atraviesa una etapa de dicha y laxitud impropia de él. Disfruta de la compañía femenina como siempre, pero con la diferencia de que esta vez está soltero y es totalmente libre para ir de flor en flor sin tener que esconderse (no es que antes se le diera muy bien ocultar sus devaneos adúlteros, pero ya me entendéis). Incluso le ha cogido el gusto a contar batallitas sobre su pasado, es decir, sobre el de Dick Whitman. Sin embargo, la sombra de la muerte siempre está presente en Mad Men y Don es un hombre con demasiados fantasmas, uno que además es un fantasma en sí mismo, alguien que vio morir al verdadero Don Draper y asumió la identidad de un muerto. Por eso, aun cuando Don está contento, Don parece triste y perdido.

Mad Men lleva varias temporadas insistiendo en explorar la realidad de su protagonista y el mundo en el que habita haciendo uso de la lógica y el lenguaje onírico. En este sentido, las escenas de Don en “Severance” poseen un aire de surrealismo y fatalidad propio de los sueños (de los sueños draperianos concretamente) que vuelve a empujar la serie hacia La dimensión desconocida (como admite el propio Weiner en esta entrevista). No es la primera vez que los muertos se comunican con Don, de hecho lo llevan haciendo desde hace mucho tiempo (Adam Whitman, Anna Draper, Bertram Cooper). Al fin y al cabo, como hemos dicho ya, su condición de “muerto en vida” le proporciona línea directa con el Más Allá. Pero en esta ocasión, la visita de un fantasma posee un carácter premonitorio (recordad que Don también ha visto a Megan en estos instantes de parálisis del sueño).

Don Draper Severance

Rachel Katz (Maggie Siff), una de las primeras mujeres con la que vemos a Don Draper fuera de su matrimonio con Betty durante la primera temporada, se le aparece en un sueño. Al día siguiente, Don descubre que Rachel ha fallecido, y visita a su familia durante el periodo de Shiv’ah (duelo de siete días propio de la religión judía). Allí, la hermana de Rachel le presenta con resentimiento y hostilidad su “vida no vivida“, una dimensión alternativa en la que Don observa cómo podría haber sido su futuro (su presente) si Rachel, la primera persona a la que le confió el secreto de su pasado, hubiera aceptado su proposición de huir juntos. Don regresa así a su forma natural de aturdimiento y confusión, deambulando como siempre en estado de trance, tratando de encontrar sentido a la muerte, y por tanto a la vida, moviéndose entre escenarios en los que cada vez es más difícil discernir sueño y realidad (es muy posible que tanto ese diner tan “Nighthawks” de Edward Hopper como la camarera solo existan en su mente, que ahora busca a Rachel, ¿o a Megan?, en todas las mujeres). Y mientras Don se plantea si es posible vivir la vida que decidimos no vivir, si esto es todo y no hay más oportunidades, Weiner nos ofrece la respuesta solo a nosotros, en forma de canción, “Is That All There Is?” de Peggy Lee: “Si eso es todo lo que hay, amigos míos, sigamos bailando, saquemos la bebida y celebremos una fiesta”.

 

Crítica: El chico del millón de dólares

MILLION DOLLAR ARM

Aunque Marvel y los grandes estrenos animados como Frozen: El reino del hielo o la inminente 6 Héroes mantienen ocupada a la Disney todo el año, el estudio de Mickey Mouse aún reserva uno o dos huecos en su apretado calendario para seguir cultivando el cine de acción real dedicado a toda la familia. El año pasado nos trajo Al encuentro de Mr. Banks, el ambicioso biopic que reconstruía el proceso de creación del clásico honorífico Mary Poppins, y este otoño nos llegan dos cintas para todos los públicos, Alexander y el día terrible, horrible, espantoso, horroroso y la que hoy nos ocupa, El chico del millón de dólares (Million Dollar Man), película deportiva protagonizada por un Jon Hamm (Mad Men) completamente en su salsa (el actor es un gran forofo y connoisseur de este deporte), que con magnética presencia y sus excelentes atributos de leading man demuestra que hay vida más allá de Don Draper.

El chico del millón de dólares, dirigida por Craig Gillespie (Lars y una chica de verdadNoche de miedo), está basada en la historia real del agente deportivo JB Bernstein (Hamm) y nos presenta uno de los deportes más populares de Estados Unidos, el béisbol, contextualizado en un mundo de transformaciones que, al igual que ocurre en todas las industrias, le obliga a buscar nuevas vías para no quedar obsoleto. La película nos introduce a un Bernstein en horas bajas, después de una etapa de esplendor que le ha llevado a ganar mucho dinero, adquirir un cochazo, una casa de diseño y hacerse un nombre importante en el negocio. No sin sacrificios, claro. Bernstein se ha concentrado tanto en su profesión que no ha tenido tiempo (ni interés) de formar una familia. El desfile diario de top models le es suficiente, hasta que su negocio está a punto de colapsar y de repente, se da cuenta de que su vida no es tan plena como pensaba.

El chico del millón de dólares PóterComo medida desesperada para salvar su pellejo profesional, Bernstein propone a la Major League de béisbol organizar una búsqueda en India del próximo mejor lanzador de béisbol (porque China, Sudamérica y África ya están cubiertas, e India es un terreno virgen lleno de posibilidades económicas), una especie de concurso reality titulado “The Million Dollar Arm“, ideado a imagen y semejanza de programas como X-Factor (atención, la epifanía de Bernstein es proporcionada por la mismísima Susan Boyle y su “I Dreamed a Dream”) que le llevará a recorrer el país del Taj Mahal de norte a sur y de este a oeste junto a un seleccionador cascarrabias y dormilón, Ray Poitevint (Alan Arkin) y un autóctono, Pitobash (Deepesh Solanki), desesperado por trabajar gratis a cambio del sueño americano (lo que para un capitalista como Bernstein es un regalo caído del cielo). Tras el choque de culturas que experimenta Bernstein en el país (los contrastes entre ambos países y los impresionantes paisajes indios son la mayor baza de la película), él y su equipo descubren a dos prodigios, Dinesh (Madhur Mittal) y Rinku (Suraj Sharma), a los que entrenan para convertir en las nuevas estrellas mediáticas del béisbol, los siguientes cromos más buscados por los aficionados al deporte.

El chico del millón de dólares es una cinta clásica en todos los sentidos, una historia conservadora y buenrollista que navega en todo momento por aguas conocidas y solo arriesga momentáneamente hacia su final, cuando el espectador descubre que el happy ending quizás no provenga del lugar más esperado. Por lo demás, el film es una celebración de los valores disneyanos por excelencia. Por un lado, la familia, pero no la nuclear, sino la familia creada, la que Bernstein ha formado casi sin darse cuenta junto a su inquilina, Brenda (Lake Bell, tan encantadora y natural como siempre), su criado protegido y sus dos “niños”, Dinesh y Rinku, hijos necesitados de cariño y atención del arquetípico (y especialmente antipático) padre ausente que es Hamm. Y por otro lado, por supuesto, la sempiterna idea de perseguir un sueño y no rendirse hasta conseguirlo, que en este caso nos deja un desenlace imposiblemente ñoño, casi de cuento de hadas, que choca un poco con el resto de la película. Porque si por algo destaca El chico del millón de dólares es por edulcorar el carácter agrio de Bernstein, así como tampoco disfrazar en exceso esta historia de cómo un país rico busca desesperadamente terrenos baratos (y desconocidos por el felizmente ignorante hombre blanco) que explotar para seguir enriqueciéndose, erigiéndose así el film como celebración descubierta de una figura (real) que personifica todos los valores del capitalismo y el patriarcado.

Valoración: ★★½

Crítica: El congreso

El congreso Robin Wright

Tras la aclamada Vals con Bashir, Ari Folman regresa con El congreso, en la que el director israelí sigue fundiendo las fronteras entre realidad y fantasía, o si lo preferís, entre la vida y el cine. Basada libremente en la novela de Stanislaw Lem Congreso de futurologíaEl congreso es una cinta de ciencia ficción claramente dividida en dos pasajes muy diferenciados entre sí. El primero, filmado en acción real, nos presenta a la actriz Robin Wright (interpretándose a sí misma, o más bien a una versión ficcionalizada de su persona pública), que tras una vida marcada por las malas decisiones y la enfermedad de su hijo, decide someterse a un proceso de escaneo que le permitirá retirarse mientras su doble digital continúa su carrera eternamente. En la segunda mitad, realizada en animación, Wright asiste a un congreso en el que descubrirá hasta dónde llegan las consecuencias de su decisión, y de este nuevo modelo de Hollywood.

El congreso es una obra desbordante en sus planteamientos, tanto filosóficos y sociológicos como visuales. Folman reflexiona sobre muchas cuestiones, resultando en una película tan estimulante como caótica y también desmembrada. Parte sátira de la industria del cine (Wright representa a todas esas actrices de más de 40 que Hollywood considera demasiado mayores para seguir trabajando), parte ensayo sobre la fama (aquí, como ocurría en Antiviral de Brandon Cronenberg, el público podrá consumir literalmente a los famosos), y parte odisea surrealista y oníricaEl congreso es un cóctel de influencias, referentes y homenajes. Desde cine de Terry Gilliam al de David Cronenberg, pasando por el imaginario de Hayao Miyazaki, la animación mutable de Bill Plympton, los cortos de Tex Avery, el cartoon de los años 20 y 30, y los mundos de Osamu Tezuka, en concreto la obra maestra del anime Metrópolisde Rintaro (de la que, indudablemente, bebe más en el aspecto visual).

El congreso pósterEn la primera mitad de El congreso, Wright carga sobre sí misma el peso de la cinta, llevando a cabo una afinadísima interpretación basada en la contención y la pasividad, para ilustrar la idea de la pérdida de la identidad y el control que experimenta el actor al convertirse en una pieza más del engranaje de un despiadado y avaricioso estudio de cine. Camino al futuro, seguimos a la princesa Buttercup (atención al momento en el que Wright observa melancólica el póster de La princesa prometida, uno de los planos más hermosos que vamos a ver este año), es decir, a su versión animada, en un viaje psicodélico que aturde y confunde, pero que nos mantiene involucrados sensorial y emocionalmente gracias a la fuerza de sus imágenes, y a la profunda tristeza en la que nos vemos irremediablemente atrapados, algo a lo que también contribuye la abrumadoramente bella partitura de Max Richter.

El congreso se erige como pieza de ciencia ficción distópica, sobre todo en su recta final, sin embargo se pierde a menudo en sus propios planteamientos, mientras Folman solapa acontecimientos sin seguir más lógica que la de los sueños o los trances alucinatorios. Esto hace que la película pueda resultar para muchos embarullada y su discurso sobrecargado con ideas inconexas o inconsistentes. Sin embargo, no sorprenderá a aquellos que estén familiarizados con la obra de Lem o a los que disfrutan de los referentes enumerados dos párrafos antes. Aunque resulte contradictorio por la manera en la que inicia y clausura el relato, Folman no está tan interesado en concienciarnos sobre nuestra sociedad deshumanizada, sino en hallar la poesía que se esconde en ese futuro desolador, poesía que reside en el amor de una madre hacia su hijo. Así, durante el precioso desenlace, que nos devuelve de algún modo al polémico acto final de A.I. Inteligencia artificialEl congreso apela a la capacidad del espectador para hacer del relato y de las imágenes lo que quiera, lo que necesite (en la mayoría de casos, la mera ilusión de un final feliz que no existe). Porque “al final, todo acaba teniendo sentido. Y todo está en nuestra mente”.

Valoración: ★★★★½

Emmys 2013: Resumen de la noche

Emmys 2013 Bryan Cranston Anna Gunn

La sexagésimo quinta edición de los premios Emmy, que tuvo lugar anoche 22 de septiembre de 2013 en el Teatro Kodak de Los Ángeles, coronó a Modern Family como la mejor serie de comedia por cuarto año consecutivo y, para mayor júbilo de los asistentes a la gala (y sobre todo de su equipo y reparto), a Breaking Bad como mejor serie de drama.

Los premiados en el resto de categorías se sucedieron dentro del área de lo predecible, pero hubo momentos para la sorpresa, como es habitual en estas galas. Eso sí, a pesar de que la categoría de TV Movie y miniserie suele ser eclipsada por comedia y drama, podemos decir fue la noche de Steven Soderbergh y su Behind the Candelabra. La película de HBO con Michael Douglas y Matt Damon logró un impresionante total de 11 Emmys de los 15 a los que aspiraba.

Aunque suene a la cantinela de siempre, la ceremonia de este año fue especialmente insulsa. Se esperaba demasiado de Neil Patrick Harris como presentador, sobre todo después de su apoteósica actuación en los premios Tony de este año, pero el queridísimo protagonista de Cómo conocía a vuestra madre estuvo más contenido y sobrio de lo habitual, como si tanto él como los guionistas de la gala hubieran asumido que superarse era imposible. Hubo momentos simpáticos, y bueno, nunca amarga un NPH a nadie, pero en general nuestro Billy Buddy estuvo bastante olvidable, a juego con la gala.

A continuación os dejo con un resumen de todo lo que aconteció anoche en los Emmy, alfombra roja y ceremonia, a través de la retransmisión en directo que realicé en Twitter desde las 0:00 a las 5:00 de la mañana hora peninsular española (aquí sin embargo utilizaré el horario local de la gala, el de la Costa Oeste USA – PST).

 

03:06 pm Comienza la cobertura fuertecita de los #Emmy. Dadme alfombra roja, ¡que me la como!
03:27 pm Ariel Winter (Alex de #ModernFamily) está preciosa y yo pego una paliza a todos los bullies que se metieron con su peso hace poco

03:32 pm Aubrey Plaza va un poco Gwyneth Paltrow en los Oscars 2002, pero sin los PEZONES al aire

03:36 pm Kevin Spacey es fan de Breaking Bad y The Newsroom #CelebsSeriéfilas
03:37 pm “¿Qué nos traerá el futuro?” A Blossom Russo muchas alfombras rojas. Es como ver a tu hermana en la tele.
03:39 pm Michelle Dockery se toma un bloody mary antes de cada entrega de premios. Los chupitos los deja para después con Jennifer Lawrence
03:41 pm Buaaah, Allison Williams de #GIRLS está increíble. Y reconoce que está agobiada porque ve todas las series nominadas. Únete al club.
03:42 pm Kiernan Shipka de #MadMen es la primavera, la felicidad y las piruletas personificadas. ¿Cuánto la amamos?

03:56 pm La risa boba de Kiernan Shipka me da la vida. Y me encantan sus accesorios navideños del todo a cien (va de Del Pozo)
03:58 pm Anna Gunn de cuerpo entero (la mitad de lo que suele ser su cuerpo, se entiende)

 

04:01 pm Finalmente Matt LeBlanc ha completado su transformación. Ya no hay manera de distinguirlo de Bruce Campbell.
04:06 pm Sarah Paulson ha dicho “Lana Banana”. No necesito más.
04:10 pm Zooey Deschanel es la mujer más aburrida y menos arriesgada de la alfombra roja. Año tras año el mismo azul.
04:17 pm Evan Peters llevando lo de “American Horror” a niveles inauditos. Advertencia, puede herir la sensibilidad.

04:23 pm Lily Rabe muy L.A. Confidential.

04:26 pm ¡BOB BENSON!
04:27 pm Nadie puede estar tan majestuosa enseñando las bragas como Lena Headey

04:29 pm Señoras y señores, Jon Hamm pisa la alfombra roja. Barbaza y chaqueta blanca. Sensacional.
04:31 pm January Jones dice que no quiere que Betty sea feliz en la séptima temporada de #MadMen, porque “eso sería aburrido”.
04: 32 pm Cobie Smulders siguiendo la cobertura de los #Emmys de #FNVLT Gracias, Cobie (L)

04:36 pm Kit Harington intentando sonreír. Le duele. Mucho. Y se nota.

04:44 pm Emilia Clarke, Daenerys de la Tormenta, Madre de Dragones, Reina del Fuego, un ángel en la alfombra roja

 

05:03 pm Empieza la 65ª entrega de los #Emmys Neil Patrick Harris, work your magic!
05:07 pm Mientras encontramos un streaming en condiciones, miremos a Christina Hendricks,. O mirémosla toda la noche

05:13 pm Duelo de power-gays rubios, Jane Lynch y Neil Patrick Harris.
05:15 pm El monólogo de apertura de NPH es un homenaje a los anteriores presentadores de los #Emmys Elegante, pero soso.
05:15 pm La barba de Jon Hamm me mira y me tiemblan las piernas.
05:17 pm Neil Patrick Harris cede protagonismo a Tina Fey y Amy Poehler, las personas que deberían presentar todas las galas del mundo.

Tina Fey Amy Poehler

05:19 pm Primer premio, digo primer WTF de la noche. Merritt Wever (Nurse Jackie), mejor secundaria de comedia.
05:20 pm Merritt Wever era la que menos se merecía el premio. Ella lo sabía. Y su discurso ha estado a la altura de las circunstancias. Genial.
05:23 pm Me habría alegrado más de lo de Merritt Wever si no le hubiera cogido tanta manía a su personaje en la última temporada de Nurse Jackie.
05:25 pm No hay mayor cliché que aquello de “La ciudad de Nueva York es un personaje más”. Gracias por ese puñetazo, Tina.
05:26 pm Mejor guion de comedia: TINA FEY, así, en mayúscula, como toda su grandeza se merece #30Rock
05:27 pm Dios, #LasDeschanel hablan igual.
05:28 pm Mejor secundario de comedia: Tony Hale por #Veep. Por hacer de Buster Bluth pero en otra serie.
05:29 pm Tina Fey y Tony Hale con Emmys en la mano en el transcurso de cinco minutos. Yo ya tengo felicidad para toda la noche.
05:31 pm Robin Williams dejó de ser gracioso en los 90. Es una sitcom anticuada con patas. Miedo me da #TheCrazyOnes
05:35 pm Mientras esperamos a que regrese la gala, miremos la sonrisa de James Wolk (Bob Benson!!)

05:37 pm “Mis padres biológicos: Jon Hamm y Alec Baldwin”, muy bien, Neil Patrick Harris.
05:40 pm Jon Hamm hizo audición para ser Jack Donaghy en #30Rock FYI
05:40 pm Mejor actriz de comedia: Julia Louis-Dreyfus por #Veep Las quinielas van mejor ya, ¿no?
05:43 pm Mejor actriz invitada de comedia: Melissa Leo por #Louie Merecidísimo. Quiero más #Emmys para Louie. ¡Venga!
05:45 pm Mejor dirección de comedia: Gail Mancuso por #ModernFamily O sea, por decir “mueve más la cámara, más zoom, MÁS ZOOM” durante una semana.
05:48 pm Mejor actor de comedia Jim Parsons por #TheBigBangTheory Es su 3º Emmy. “Soy consciente de lo extremadamente afortunado que soy”. PUES SÍ.
05:52 pm #labarbadeJonHamm es el nuevo #elpenedeJonHamm

05:59 pm Elton John homenajea a Liberace y todo lo que hizo por “las personas como yo” con un tema nuevo inspirado en él, “Home Again”.

06:05 pm Laura Linney se lleva el premio a mejor actriz de TV Movie o miniserie por #TheBigC Recompensa a un buen final de una serie mediocre.
06:11 pm El reparto de #HowIMetYourMother apoyan (más o menos) a Neil Patrick Harris en los #Emmys Product placement de la última temporada.
06:13 pm Todos los chistes alrededor de NPH están siendo bastante sosos y predecibles, ¿no?
06:15 pm Mejor guion de drama: Henry Bromell por Homeland #Emmys Su mujer recoge el premio porque el guionista ha fallecido recientemente.
06:16 pm Emmy a Mejor Actriz de Drama para Anna Gunn #Emmys Bryan Cranston aprieta los labios con orgullo. Y nosotros. Qué merecido.
06:17 pm No odiéis a Skyler White. Os hace peor persona.
06:26 pm Cuando ya habíamos perdido la esperanza de ver un número musical de NPH, nos regala uno, muy discreto, muy tonto, y muy meta.

06:27 pm El Capitán Hammer y Doctor Horrible se ven las caras de nuevo.
06:29 pm Pasamos de los realities, ¿no?
06:39 pm Mejor actor secundario de drama: Bobby Cannavale por #BoardwalkEmpire Es su segundo Emmy.
06:40 pm Cuando miro a Bobby Cannavale no puedo evitar pensar en el horroroso sabor de su semen. La culpa la tiene Samantha Jones (SeNY)
06:41 pm Dylan McDermott estará igual con 70 años. Veréis.
06:42 pm Mejor actor de drama: Jeff Daniels por #TheNewsroom ¿Sorpresa o no?
06:43 pm Ahora que #MadMen durará hasta 2015, Jon Hamm tiene dos oportunidades más… para seguir siendo nominado pero no galardonado.
06:46 pm ¿Por qué me cae tan mal Don Cheadle? ¿A alguien más le parece un sobrado de la vida?
06:47 pm Olvidaos de Dexter Morgan, la asesina de la noche es Carrie Underwood. Su víctima: “Yesterday”.
06:55 pm Merritt Wever en la press room reproduciendo nuestras caras cuando nos hemos enterado de que ganaba el Emmy

06:56 pm ¿Podemos darle el premio a Mejor Actriz de Drama a TODAS las nominadas?
06:57 pm No, porque era de Claire Danes, y todos los sabíamos #Emmys Danes recoge el premio y da las gracias como el que va a hacer la compra.
06:58 pm ¡A Claire Danes no se le pone la música para echar del escenario! Hombre ya.
06:59 pm Pues me hace muy feliz que Carrie Preston tenga un Emmy. Qué adorable es.

07:01 pm Mejor dirección de drama: David Fincher por #HouseofCards #Emmys Aprovecho la coyuntura para spamear este artículo: http://www.undermgzn.com/series-tv/house-of-cards-de-ficcion-pasivo-agresiva-y-la-nueva-television-usa/
07:02 pm Jim Parsons me cae bien. Una pena que su serie me parezca tan horrorosamente mala.
07:11 pm Me encantaba Enredos de familia (Family Ties). Para mí Michael J. Fox es tan Alex P. Keaton como es Marty McFly.
07:18 pm Lo de los Tony ha sido en realidad una putada para Neil Patrick Harris. Esa fue su cima y ahora ni se molesta en intentar subirla otra vez.
07:18 pm Este momento musical coreo-seriéfilo está siendo LO CUTRE.
07:22 pm Cobie Smulders y Alyson Hannigan. Ahí van dos whedonistas
07:25 pm Carmela Soprano herself haciendo el in memoriam de James Gandolfini, como no podía ser de otra manera. ¿Lloramos?

Edie Falco James Gandolfini

07:26 pm Se le quiebra la voz a Edie Falco, y a nosotros se nos rompe el corazón. James Galdolfini, the man.
07:37 pm Mejor actor secundario de TV Movie o miniserie: James Cromwell por #AmericanHorrorStoryAsylum Pero Jessica Lange no. MUY MAL.
07:38 pm Kevin Spacey para presentador de la gala del año que viene. Está claro.

Kevin Spacey

07:48 pm Mejor dirección de TV Movie o miniserie: Steven Soderbergh por Behind the Candelabra. Soderbergh deja el cine para ganar.
07:49 pm Mejor secundaria de TV Movie o miniserie: Ellen Burstyn se lo roba a Lana Banana.
07:56 pm Lo sexy que es Bryan Cranston, ¿eh?
07:57 pm Mejor actor de TV Movie o miniserie: Michael Douglas (estaba cantado, y lo tenía escrito desde antes de oírlo).
07:58 pm “You want the bottom or the top?” – Michael Douglas a Matt Damon #Epic #Gaypic

08:00 pm Mejor TV Movie o miniserie: Behind the Candelabra.
08:06 pm Si Tina Fey se ríe con Will Ferrell, ¿me tengo que obligar a que me haga gracia?
08:08 pm El Emmy a Mejor Comedia va a parar a #ModernFamily, por su peor temporada hasta la fecha, y por inercia.
08:08 pm Modern Family es la única comedia que los de la Academia han visto en estos cuatro años y lo sabéis.
08:09 pm Y Mejor Drama para #BreakingBad En comedia se han quedado estancados, afortunadamente en drama no.
08:10 pm La cara de felicidad de Anna Gunn es el mejor broche a los #Emmys
08:13 pm fuertecito has left the building, g’night! #Emmys #Sacabó Para ver todas las fotos, visitad la página de Facebook de fuertecito no ve la tele.

Aaron Paul Bryan Cranston

Mad Men 6.01-2 “The Doorway”

 

Have you fear’d the future would be nothing to you?
Is to-day nothing? is the beginningless past nothing?
If the future is nothing they are just as surely nothing.

Walt Whitman, “To Think of Time” 

Muerto en vida

Una guadaña asoma amenazante y burlona a cada esquina -y sobre todo en cada umbral- de la flamante nueva oficina de Sterling Cooper Draper Pryce. Una de las constantes temáticas que articularon la quinta temporada de Mad Men fue la muerte, manifestándose en sus múltiples y variados rostros -y presente desde el comienzo de la serie. Don Draper observando por el hueco del ascensor el oscuro vacío en el que parece estar destinado a sumergirse, varios crímenes infames de la historia de Estados Unidos agitando a los personajes, y por supuesto, el suicidio de Lane Pryce hacia el final de la temporada. La visita que la muerte hizo el año pasado a la agencia de publicidad de la avenida Madison se ha prolongado más de la cuenta, concretamente hasta Navidad de 1967, año hacia el que Mad Men ha saltado con el primer episodio de la sexta temporada, “The Doorway”.

Como ocurrió en “A Little Kiss”, el tiempo transcurrido en las vidas de los personajes nos invita a preguntarnos una vez más quiénes son exactamente. El lapso entre el 66 y el 67 es muy evidente en la ahora duplexada oficina de SCDP: mayor diversidad, más ajetreo, y un ambiente más bohemio y distendido, reflejo de una sociedad en ebullición que sigue transformándose, y sobre la que acecha el mayo del 68. Aunque en el recién estrenado piso de arriba se mantiene el carácter almidonado de los contables y demás ejecutivos, abajo las barbas y las patillas inician su reinado, anticipando una década de los setenta que está a la vuelta de la esquina.

Matthew Weiner nos devuelve a los personajes de Mad Men siendo consecuente con los cambios que han acontecido en sus vidas, y como de costumbre, con esa fuerte insistencia en lo simbólico, en la metáfora y la alegoría, que define la serie. Los diferentes reencuentros con ellos no podrían ser más elocuentes en este sentido. A Roger Sterling lo vemos en el diván del psicólogo, haciendo chistes y hablando de rubias y morenas. A Peggy Olson nos la encontramos ejerciendo de Don Draper, y no solo porque ocupe un puesto similar al de su ex jefe en su nueva empresa, sino porque en su dicción, en la resolución al expresarse y la manera de dirigirse a sus empleados reconocemos trazas inconfundibles de Don. A Betty Francis la interrumpimos mientras recibe una multa por conducir “como una loca”. Joan Holloway solo tiene una escena, pero no podría resumir mejor a su personaje: a pesar de ser socia de la agencia sigue recibiendo trato de mujer florero. Y a nuestro pequeño trepa Pete Campbell lo vemos por primera vez este año subido a una escalera, posando altivo y orgulloso. Más claro imposible.

Pero, ¿dónde está Don? ¿Está solo? ¿Está vivo? “The Doorway” abre con una extraña y ligeramente perturbadora escena en la que vemos a un hombre aplicar primeros auxilios a una persona en el suelo. El velo de fatalismo que cubre a la serie hace que nos traslademos a los delirios febriles de Don en la temporada anterior, y que en lugar de auxilio percibamos amenaza. La muerte está en todas partes, y todos los caminos llevan a ella. Don y Megan están pasando unas vacaciones en Hawaii, y como suele ocurrir con las escapadas vacacionales del señor Draper, la epifanía es su más fiel compañera de viaje. ¿Es Hawaii el purgatorio al que llega Don Draper después de morir en la barra de un bar?

Los diez primeros minutos del episodio transcurren sin que Don diga una sola palabra. Solo lo hemos oído al comienzo, su voz en off leyendo el Infierno de Dante Alighieri: “A mitad del camino de la vida / en una selva oscura me encontraba / porque mi ruta había extraviado”. A través de las palabras de La Divina Comedia, la crisis de identidad de Don cobra mayores proporciones. Sumergido en el Infierno de Dante, Don no se percata de que el Sol le está quemando la piel. Como siempre, se mueve de un lado a otro de su existencia en golpes de inconsciencia. Y sin saber cómo ni por qué, ha acabado dejando su traje y zapatos en la orilla, para huir nadando mar adentro. Como el “Canto primero” del Infierno prosigue, “Yo no sé repetir cómo entré en ella / pues tan dormido me hallaba en el punto / que abandoné la senda verdadera”.

Y del sueño que es Hawaii a la transfiguración de Don Draper. Su breve encuentro con un soldado de las Fuerzas Armadas despierta a Don de su letargo casi extático, dando por concluida su huelga de voz. Del enésimo enfrentamiento con Dick Whitman resurge el pánico a la muerte, la amenaza del pasado, y en última instancia, el terror de sí mismo. Don se lleva por equivocación el mechero del soldado, y con él el fantasma de Dick, que, a pesar de los esfuerzos de Don por deshacerse de él, se empeña en reaparecer una y otra vez con la intención de destruir la valla publicitaria en la que vive. Con el final de “The Doorway” se confirma: el Don Draper que conocimos al comienzo de la serie ha vuelto, y con él, el adulterio, la autodestrucción y la verdadera senda: la que lleva a la perdición.

“The Doorway”, además de entregarse por completo a lo macabro, parece a simple vista un episodio algo caótico y desorganizado, pero nada más lejos de la realidad. El discurso de Roger sobre el carácter transitorio de la vida unifica los dispersos relatos de los personajes. Nos limitamos a atravesar puertas, ventanas, puentes, umbrales, hasta que un día encontramos a la muerte al otro lado. Todos estos personajes se encuentran sumidos en un estado de transición, casi de huída, condicionado por el miedo, la incertidumbre y el tiempo que pisa los talones. Don se halla suspendido en un estado de insatisfacción mientras su mujer se convierte en una cuasi-celebridad catódica -Weiner se permite hacer un pequeño guiño a todos los detractores del personaje-, y continúa alejándose de ella, y de la cultura a la que pertenece, rechazando lo que han construido juntos –“Todo lo que tiene que ver con el matrimonio es paleolítico”. Roger se mueve por inercia, ignorando su realidad: la soledad y la obsolescencia entierran al hombre carismático y ajetreado que todo el mundo cree conocer. Sorprendentemente, la primera en reaccionar es Betty, que se tiñe el cabello de moreno en un ejercicio metafórico muy tradicionalmente televisivo. Como bien sabe Angela Chase, cambiar de pelo es cambiar de vida, y Betty, que se pasó la temporada anterior comportándose como una niña, madura así hacia su adolescencia emocional.

Como si se tratara de una composición musical, en concreto el “Nocturno en mí bemol mayor P. 9 nº2” de Chopin que Sandy toca para los Francis antes de desaparecer, “The Doorway” dispone los elementos narrativos a modo de variaciones sobre un mismo motivo -la muerte y la pérdida- que confluyen en el funeral de la madre de Roger, donde Don hace recuento de las ausencias en su vida, desde la más lejana -su madre murió después de darle a luz- a la más reciente -la de Lane Pryce, por la que se siente en parte responsable. Su incapacidad para expresar verbalmente lo que le atormenta encuentra una vía de escape física a través del vómito, algo que los demás observan como un síntoma de decadencia o una simple falta de respeto, pero cuya verdadera causa no se nos escapa ni a él ni a nosotros: Don Draper no atraviesa puertas hasta llegar a la muerte, Don Draper se encuentra con la muerte detrás de cada puerta.

El pene de Jon Hamm azota el mundo del espectáculo

Hay una fuerza de la naturaleza en Hollywood que es imposible de detener. Y sobre todo de contener. Se trata del imponente miembro viril de Jon Hamm, que hace unas semanas saltaba de nuevo a la palestra por culpa de la alergia de su dueño a la ropa interior. No es la primera vez que el pene de Jon Hamm eclipsa al propio actor, que se empeña en airear sus partes pudendas en cada uno de sus paseos callejeros y comparecencias públicas. Ya sea acompañado de su afortunada mujer, Jennifer Westfeldt, haciendo footing, o apoyando la campaña presidencial de Obama, Hamm exhibe su dotada anatomía sin complejos, porque ¿acaso debería tenerlos?

El pene de Jon Hamm está en boca de todos y todas. Se ha convertido en generador de noticias, en una leyenda, una obsesión. De hecho, ocupa titulares de multitud de publicaciones especializadas. Los hay para todos los gustos, y casi ninguno tiene desperdicio: “El pene de Jon Hamm de compras en Barney’s con su mujer”; “El pene de Jon Hamm va al supermercado a por cerveza”; “10 preguntas para el pene de Jon Hamm” -este artículo no os lo podéis perder-; “El pene de Jon Hamm saca a su dueño de paseo”; “El salami de Jon Hamm: una investigación fotográfica”. Muchas webs aprovechan el verdadero nombre del protagonista de Mad Men, Dick (una manera de llamar al pene en inglés), para elaborar los más jocosos juegos de palabras. Pero lo que casi todos tienen en común es la personificación que se hace del miembro. Y es que, como hemos podido comprobar con nuestros propios ojos, el pene de Jon Hamm tiene cabeza, y personalidad propia. Es más, se dice que es de “derechas”.

“Este mundo es mío. Todos vosotros vivís en él”, afirma el pene de Jon Hamm según Gawker, que nos cuenta cuál es el origen del revuelo. Durante el rodaje de la sexta temporada de Mad Men, un miembro del equipo de la serie compartió información confidencial con el New York Daily News sobre el pequeño gran problema que amenazaba con detener la producción. El informante aseguraba que la tensión en el set aumentaba día a día y que un representante de AMC (la cadena que emite la serie) tuvo que sugerir a Hamm que empezase a ponerse calzoncillos, porque su pene distraía al resto del reparto y, en última instancia, acabaría desviando la atención de los espectadores de lo verdaderamente importante: los acontecimientos de la temporada. “La serie transcurre en la década de los 60, y entonces los pantalones no dejaban nada a la imaginación”, explicó el confidente.

Según un representante del actor, el problema no es para nada motivo de risa. De hecho, el pene de Jon Hamm no solo ha provocado fricción en el rodaje de la serie, sino que ha complicado muchos aspectos de la producción, incluida la campaña de márketing: las fotografías promocionales de Mad Men en las que aparece Hamm han sido modificadas con Photoshop, como ocurrió con aquella mítica imagen del Superman de Brandon Routh, para reducir el tamaño del bulto. “Imaginad cómo sería verlo en el lado de un autobús u ocupando la fachada de un edificio”. -Pues estupendo, ¿cómo va a ser?-

Y, ¿qué tiene que decir el actor sobre todo esto? Pues al parecer no se siente muy cómodo con el asunto. Es más, está bastante molesto. En una reciente entrevista a la revista Rolling Stone, Hamm ha hecho las siguientes declaraciones: “Se llaman ‘partes privadas’ por una razón. Ya sé que no soy un jodido minero, que hay trabajos más duros que el mío en el mundo, pero cuando la gente siente la libertad de crear una cuenta de Tumblr dedicada a mi polla, no puedo evitar pensar que eso no formaba parte del trato. Pero bueno, supongo que esto es mejor que ser confrontado por lo contrario”.

En efecto, el pene de Jon Hamm goza de una enorme presencia en Internet. La mencionada cuenta de Tumblr, Jon Ham’s Wang, es la página que más ha trascendido a los medios, pero hay muchas otras. Ni que decir tiene que podéis haceros fans del aparato de Jon Hamm en Facebook (y no, aunque no os lo creáis, yo no he creado la cuenta). Tal es el alcance del pene de Hamm que dos importantes compañías de ropa interior, Fruit of the Loom y Jockey, se han ofrecido voluntarias para proveer al actor con calzoncillos gratis de por vida. La primera de ellas incluso le ha lanzado un comunicado público al actor, en el que le dice: “Nos parece bien que cada uno sea como quiere ser. Y si ir en plan comando es lo que te hace feliz, te animamos a que sigas haciéndolo. Pero si por un casual cambias de opinión, te tenemos cubierto” (nunca mejor dicho). ¿Qué pensará Michael Fassbender de todo esto?

¿Revela el enfado de Hamm una acuciante falta de sentido del humor? ¿Es probable que, después de todo, Jon no sea absolutamente perfecto en todos los sentidos -como Mary Poppins? ¿Ha hecho mal el actor en liberar al monstruo que llevaba dentro para que todos lo viéramos? En este sentido, cabe una duda razonable: si a Jon le parece tan mal que se hable de su pene -es más, nos pide explícitamente que lo dejemos “en paz”-, ¿por qué no se ha esforzado un poco más por ocultarlo? Por el amor de Dios, que podríamos hasta contar las venas.

Sea como fuere, lo que está claro es que el elefántico apéndice de Hamm ya es un personaje más de la farándula, y exigimos título de crédito para él en todo lo que haga a partir de ahora: And introducing Jon Hamm’s Penis. Solo la épica delantera de Don Draper ha sido capaz de hacer sombra a la que hasta ahora era la única épica delantera de Mad Men, la de Joan Holloway. El pene de Jon Hamm regresa a vuestras pantallas -¡como si las hubiera dejado alguna vez!- el próximo domingo, 7 de abril, con el estreno de dos horas de la sexta temporada de Mad Men. Para aliviar la espera -y la tensión- os dejo con una amplia galería fotográfica protagonizada por el pene de Jon Hamm desempeñando las más diversas actividades: posando con Elisabeth Moss, jugando al béisbol, mirando Twitter, charlando con Larry DavidJon Appétit!

PD: Demando una felicitación por haber llegado al final del texto sin haber hecho un juego de palabras con la palabra “jamón”.

Las claves del póster de la sexta temporada de Mad Men

Los episodios de la sexta -y casi seguro penúltima- temporada de Mad Men están a la vuelta de la esquina. El próximo 7 de abril, la serie de Matthew Weiner vuelve a AMC con un estreno de dos horas, al igual que el año pasado.

Esta semana se ha dado a conocer el que es el póster oficial de la temporada (y si ocurre como el año pasado, la portada del DVD). Habituados a imágenes sugerentes llenas de sentido oculto o a pósters minimalistas como aquel de la silueta cayendo en el vacío absoluto, el nuevo cartel de Mad Men ha sorprendido a todos con una imagen colorista hecha a mano. Eso es, el póster es una ilustración, y está realizada por un verdadero ad man de los 60, el británico Brian Sanders, que ahora tiene 75 años.

La idea de realizar un póster al estilo 60s por primera vez en 6 años de una serie precisamente ambientada en ese mundo provino -cómo no- del propio Weiner, en concreto de un recuerdo de la infancia sobre una carta de menú en un vuelo con la T.W.A. (Trans World Airlines). El creador de la serie realizó una labor exhaustiva de recopilación de libros de ilustraciones de los 60 y 70 y las mandó al equipo de marketing de la serie. Sin embargo, este no supo dar con lo que Weiner quería exactamente.

El equipo de Weiner se remontó a la fuente, y dio con la persona que había llevado a cabo la mayoría de estas ilustraciones que obsesionaban al productor -muchas de ellas vistas en el libro Lifestyle Illustration of the 60s. Y afortunadamente para todos, Brian Sanders aun estaba en activo a pesar de su edad. El ilustrador aceptó encantado el encargo de Weiner, firmó la estricta cláusula de confidencialidad que hasta ahora ha respetado, y se puso manos a la obra.

Para el “anuncio”, Sanders ha sabido adaptar las ideas de otros pósters de Mad Men a un estilo casi comic book que remite directamente a la década en la que se ambienta la serie. Al igual que el póster del año pasado -Don Draper mirando a dos maniquíes en un escaparate-, la de esta temporada es una imagen sugerente llena de guiños y detalles que nos permiten elucubrar mil y una teorías. ¿Quién es la mujer que da la mano a Don? ¿Megan? ¿Betty? ¿Otra? ¿Qué están mirando los policías al fondo? La temporada transcurre durante el tumultuoso 1968, por lo que es lógico que Weiner vaya a reflejar los acontecimientos de mayo de ese año en los nuevos episodios -tema que ya introdujo en la quinta temporada. ¿Por qué hay dos Don Draper? (Esta es la más compleja pero la más evidente de las preguntas, puesto que la dicotomía Don/Dick siempre ha estado ahí). Y, ¿la importancia de la revolución llevará la serie en algún momento hacia las bulliciosas calles de Manhattan, que parecen replegarse sobre Don en la ilustración? Esperemos que sí. Si hay algo que suelo echar de menos en Mad Men son los exteriores.

Sanders confiesa que llevaba muchos años sin utilizar el estilo que Weiner le pedía para el póster, acuñado por su colega Roger Coleman como “bubble and streak” -básicamente consiste en hacer burbujas con los acrílicos sobre el papel. El artista confiesa que gracias a este encargo volvió 50 años atrás en el tiempo. “Ya no trabajo de esa manera, pero me sorprendió lo rápido que regresó todo a mí, la habilidad para utilizar de nuevo esa técnica”, confiesa Sanders.

El artista ya había realizado trabajos de cartelería para el cine durante la década de los 60. De hecho, el mismísimo Stanley Kubrick, fascinado por sus trabajos menos comerciales, le pidió que se acercara al rodaje de 2001: una odisea del espacio y buscase inspiración para hacer un póster ilustrado de la película. Sus imágenes no fueron usadas finalmente, pero esta experiencia de hace cinco décadas aun es valiosa para Sanders, que la retoma para crear una nueva imagen que combina abstracción y concreción.

Volviendo a Mad Men, Sanders confiesa que había visto la serie anteriormente, y que aunque “fue una sorpresa agradable” no pudo evitar sentir reservas cuando los productores de la serie le ofrecieron el trabajo -puede que simplemente no se lo creyera. Sin embargo, Weiner asegura que utilizar a un ilustrador para la promoción de la serie es en cierto modo una reivindicación del trabajo artesano que estaba desapareciendo a finales de los 60, eclipsado por la fotografía. Sanders se las arregló en su momento para permanecer siempre empleado, a pesar de que la época dorada de las ilustraciones en las portadas de revista tocaba a su fin. En el fondo, el dibujante sabía que no podía rechazar la oportunidad de volver a ver su trabajo en marquesinas, autobuses, edificios, en el metro y en páginas web.

Al final, la experiencia de Sanders colaborando con la serie de AMC fue muy satisfactoria, e incluso tremendamente nostálgica. Como dice Weiner, Mad Men refleja un mundo al que él pertenecía”. Ver la serie a la vez que realizaba la ilustración devolvió al artista a las oficinas en las que trabajaba en los 60. Estas no estaban en Nueva York, pero el artista reconoce que en Gran Bretaña estaba ocurriendo lo mismo que allí, y que por eso le gusta la serie. Aunque Sanders confiesa que desde el principio evitó el alcohol a la hora de hacer su trabajo, por primera vez en 30 años tuvo la tentación de fumarse un cigarrillo.

Fuentes: New York Times, The Guardian

A Young Doctor’s Notebook: Un médico precoz

¿Alguna vez has deseado volver atrás en el tiempo y evitar que tu yo más joven cometa los errores que han acabado definiendo el resto de tu vida? Esta es la idea en la que se apoya la premisa de A Young Doctor’s Notebook, emitida recientemente por la cadena Sky Arts. La miniserie británica, dirigida por Alex Hardcastle (Suburgatory), se basa en los relatos cortos semi-autobiográficos del escritor ruso Mijaíl Bulgákov -en concreto en uno titulado “Morfina”- y sigue a Vladimir Bomgard, un joven doctor recién salido de la universidad de Moscú que es destinado a un hospital rural en la recóndita localidad de Murievo (Doctor en Alaska Russian Style).

Las peripecias de este médico novato son trasunto de las propias experiencias de Bulgákov, que fue adicto a la morfina, y tienen lugar en 1917, año del comienzo de la Revolución Rusa. En A Young Doctor’s Notebook, el joven Bomgard, interpretado por Daniel Radcliffe, recibe visitas de su versión futura, encarnada por Jon Hamm, que intenta reorientar su vida para que no acabe en el callejón sin salida en el que se encuentra actualmente. La conclusión no es esperanzadora. Por mucho que tuviéramos la oportunidad de hablar con nuestro yo del pasado, este seguiría siendo víctima del destino, condenado a repetir los mismos errores una y otra vez.

A Young Doctor’s Notebook presenta una factura impecable y cuenta tan solo con cuatro episodios de 25 minutos de duración, por lo que se recomienda el visionado de todas sus partes seguidas, funcionando así como un largometraje de duración estándar. Para introducirnos en la historia se recurre a un tono liviano con grandes dosis de humor negro, mucha casquería -de la de verdad, es decir, gore puro y duro-, y una música que salta de la polka al score dramático sin complejos. Sin embargo, el relato se transforma -quizás algo bruscamente- en un drama pesimista y opresivo que da cuenta del descenso a los infiernos del protagonista, una vez empieza a desarrollar su adicción a la morfina. La comedia da paso así a la tragedia, aunque la historia no se deshace hasta el final de su peculiar sentido del humor (chistes de sífilis, pus y miembros amputados… no puede fallar).

Lo mejor de A Young Doctor’s Notebook es sin duda el dúo protagonista. Jon Hamm ha demostrado ya en varias ocasiones su versatilidad como actor, sin embargo, en esta miniserie no cambia precisamente de resgistro con respecto a su Don Draper. Efectivamente, la versión adulta de Bomgard guarda más de una similitud con el protagonista de Mad Men, sin ir más lejos, su espiral de autodestrucción también está provocada por una adicción, aunque en el caso de Draper sea una más difícil de diagnosticar. Hamm (y su extraño acento ruso-británico) cumplen de sobra, pero es Daniel Radcliffe la verdadera revelación de A Young Doctor’s Notebook. El joven protagonista de Harry Potter se distancia definitivamente del personaje que lo lanzó a la fama mundial, demostrando las tablas que tanto la franquicia del mago de Hogwarts como su experiencia teatral le han otorgado. A Young Doctor’s Notebook acaba brillando gracias a la excelente vis cómica de Radcliffe, y a su capacidad para construir un personaje rico en matices a pesar de la corta duración de la historia.

Aquel maravilloso tiempo: Mad Men, “A Little Kiss” (5.01-02)

Matthew Weiner es un perro muy astuto, además de un guionista de excepción, y así lo demuestra el estreno de la quinta temporada de Mad Men. El uso que hace Weiner del tiempo, un elemento evidentemente esencial en su serie, es extraordinario. No solo han pasado 17 meses desde que vimos el anterior episodio de la serie, sino que por las vidas de Don Draper y sus satélites de Sterling Cooper Draper Pryce también ha transcurrido un tiempo considerable. Tanto que hasta alguno de esos personajes ha dejado de girar a su alrededor. El estreno de doble duración, “A Little Kiss”, está claramente formado por dos episodios distintos -se emitirán por separado en sindicación. La escisión toma lugar en la calle, en la misma puerta del edificio donde se alojan las oficinas de SCDP. La primera parte se centra en la nueva vida de Don Draper como hombre casado (en segundas nupcias). La segunda nos vuelve a abrir -oficialmente- las puertas de la agencia de publicidad de la calle Madison y nos muestra cómo ha afectado este año a sus empleados. No importa que una parte nos haga testigos de lo que ocurre en los hogares de los protagonistas y otra nos devuelva a la oficina, ambas nos hablan de lo mismo.

Donald Draper tiene 40 años. Los tiene desde hace medio año, pero eso no es importante, porque como dice su nueva mujer, Megan -que ya nos gustaba, pero ahora nos ha enamorado-, solo lo sabe él. ¿Se equivoca? Por supuesto. Precisamente importa más porque solo lo sabe él. Si hemos aprendido algo de Don Draper es que su vida está casi íntegramente definida por lo que únicamente él sabe. La primera hora de “A Little Kiss” es un pausado pero hábil relato centrípeto que nos conduce hasta la fiesta sorpresa que Megan prepara para Don. En él observamos recelosos un cambio en el protagonista en el que el resto de personajes incide en varias ocasiones: Don ha cambiado, Don es más feliz. Al principio no sabemos si es cierto o es pura cortesía e ignorancia. Al final, como sospechábamos, descubrimos que se trata de lo segundo. Don sigue siendo un hombre atormentado e infeliz. El cambio que Megan -y su nuevo y luminoso apartamento en la ciudad- introduce en su vida es solo un espejismo. No importa que sonría en su fiesta, da igual que su nueva mujer tenga las piernas más largas de Nueva York, se maneje de maravilla con sus hijos y le cante un tremendamente sensual y pizpireto “Zou Bisou Bisou” -inesperado momento musical en Mad Men que nos deja a todos boquiabiertos-, Donald Draper sigue siendo el mismo. Si para algo le ha servido el tiempo a él es para saber esconder mejor su malestar.

De momento, La Reina de Hielo no hace acto de presencia en “A Little Kiss”. Si pensamos en temporadas anteriores, la desagradable y fascinante ex mujer de Don siempre aparece cuando el relato ya empieza a madurar. Betty Francis sabe cuándo es el momento de hacer su entrada. Y yo lo espero ansioso.

Volviendo a los personajes que sí hemos visto en “A Little Kiss”, no es Don el único que no avanza en su nueva vida. En ausencia de su marido, Joan se enfrenta a la maternidad con la ayuda de su madre -primero M.J. y ahora Martha Huber, Mad Men se ha convertido en una reunión de actores de Mujeres desesperadas. El cambio se hace evidente en su aspecto físico. Conocemos a la nueva Joan de andar por casa: ropas anchas, pelo alborotado y cara de amargura. Pero no tardamos en reconocer a nuestra Joan Harris: asertividad y agresividad felina, mezcladas con una pizca de inseguridad. Joan necesita volver a SCDP. Por último, Pete Campbell es el tercer personaje utilizado para mostrar el reverso tenebroso del paso del tiempo. La desdicha de Pete también tiene que ver con lo que ocurre en casa. De momento, Weiner nos quiere hacer pensar que Pete se está convirtiendo en Don Draper. Al menos en el Don Draper que los demás conocen.

Dejamos las casas de los protagonistas -menos la de Don, que sigue en la cama, supuestamente porque “es feliz”- y tomamos un tren con Pete y un taxi con Lane Pryce para dirigirnos a su verdadero hogar: Sterling Cooper Draper Pryce. Allí también podemos observar cambios. Para empezar, la oficina parece prosperar -a pesar de los perennes problemas económicos-, como señala la sinfonía de teléfonos y máquinas de escribir que nos recibe. En contraste, Peggy Olson está algo estancada. A lo largo de “A Little Kiss”, vemos a una Peggy más relajada y confiada, con su disfraz de copywriter ya asimilado en la piel. Ha bajado la guardia y se encuentra en un lugar cómodo. Don ya no ejerce la misma presión sobre ella, y en consecuencia, ella no parece exigirse a sí misma como antes. Por el contrario, Pete canaliza en la oficina su desgracia como esposo y padre de familia. Con unos Draper, Sterling, Pryce y Cooper apiñados en el sofá de su oficina y reducidos a chiste, Pete da una lección: no necesita un despacho enorme para impresionar a nadie.

Y así es, en definitiva, cómo Mad Men hace de la elipsis un arte en sí misma. Con un pulso ejemplar -sobre todo en el segundo episodio, en el que destaca la agilidad cómica de las escenas en la oficina-, la serie estrella de AMC -récord de audiencia en este primer episodio, por cierto- nos re-introduce en su relato, con los cambios pertinentes y sin descuidar en ningún momento todo lo que nos fascinó de las temporadas anteriores. Las nuevas tramas y las transformaciones en los personajes abren muchos frentes sin dejar de contar la misma historia en ningún momento. “A Little Kiss” concluye  con la introducción de un tema que aún no ha tenido el mismo peso que otras cuestiones sociales en la serie: la segregación racial. Dejemos que el tiempo nos siga desgranando esta gran novela que inaugura un nuevo capítulo con aire certero.

Mad Men: la cura para la serie común

A lo largo de un lustro, la ficción televisiva puede experimentar numerosas transformaciones, así como generar gran cantidad de modas y tendencias. Y lo normal es que lo haga. Mantenerse en el candelero durante una temporada es fácil para algunas producciones seriales, en permanente búsqueda de la vanguardia y la innovación –Heroes, Prison Break. Hacerlo durante varios años sitúa a algunas ficciones como referentes incontestables de una etapa de la televisión –Perdidos. Pero, ¿qué ocurre cuando una serie está a punto de estrenar su quinta temporada y el mundo entero le sigue prestando la misma atención que al principio? Sin duda, estamos ante el eslabón definitivo del nuevo drama televisivo, pieza central del ya inabarcable fenómeno de la quality television: Mad Men. La serie creada por Matthew Weiner para AMC -avanzadilla de la televisión de calidad, plantando cara a la todopoderosa HBO- ha logrado ganarse el beneplácito de la crítica y la etiqueta de obra de culto, gracias a cuatro temporadas que, lejos de mermar su calidad con el paso del tiempo, han ido superándose una tras otra. ¿Cuál es el secreto del éxito de Mad Men? Exactamente el mismo que el de su protagonista, Don Draper: una más que atractiva fachada, un enigmático trasfondo y la más sofisticada de las campañas de márketing. Con esta serie tenemos la garantía de que no nos están vendiendo humo, aunque pueda parecerlo en ocasiones. Nunca antes habíamos estado tan encantados de sucumbir a las embaucadoras estrategias de la mejor publicidad. Así es, estamos más que preparados para los nuevos episodios de Mad Men.

Tomando los elementos constituyentes del melodrama y la telenovela, Mad Men deconstruye los géneros presentando un modelo narrativo que recupera la tradición novelísica de la primera mitad del siglo XX, combinada con elementos del cine clásico de Hollywood, para abrazar el nuevo modelo de ficción seriada. La regresión como vehículo hacia la novedad. El abandono del contenido episódico en favor del entramado serial y la autorreflexividad absoluta es lo que caracteriza principalmente a la nueva televisión norteamericana -llámese meta o hipertelevisión, da igual, pronto prescindiremos de etiquetas-, y Mad Men no es sino la última expresión de esta idea. Se habla mucho de “la gran novela americana” para describir este tipo de ficciones que han venido a revolucionar los esquemas narrativos de la televisión. Los Soprano, The Wire y ahora Mad Men nos adentran en un extenso y absorbente relato que, aprovechándose de la periodicidad semanal, desafía los preceptos institucionales. Sin embargo, esto no es lo que diferencia la serie de AMC del resto de productos televisivos. En mayor o menor medida, todas las series -incluidas las comedias- están completamente sumidas en esta nueva forma de hacer televisión. Entonces, ¿qué hace que Mad Men destaque por encima de todas ellas?

De un lado, no cabe duda de que la factura técnica y el apartado estético de la serie es una de sus características más diferenciadoras. Hablábamos antes de modas, y si hay una serie que ha marcado tendencia durante estos últimos años es Mad Men -las networks NBC y ABC han adoptado sus postulados estéticos con sonados fracasos: The Playboy Club y Pan Am respectivamente. Otro de los rasgos principales de la nueva ficción televisiva es la creación de la imagen de marca y las etiquetas vinculadas a una serie, y en este sentido Mad Men es la marca que engloba a todas las demás: principalmente la de autor -Weiner fue guionista de Los Soprano– y la de la cadena -la AMC se ha consolidado en pocos años como garante de calidad. El mimo con el que está tratada la apariencia de la serie salta a la vista en todo momento. A través de una meticulosa reconstrucción histórica de la década de los 60, Weiner elabora un detallado y riguroso documento sobre una época de transformación en la sociedad norteamericana -ese siempre fue el objetivo principal del productor. El éxito de tamaña empresa es evidente: Mad Men se ha convertido en piedra de toque de la historia televisiva, alcanzando cotas inauditas de perfección formal. Sin embargo, no es su diseño de producción, vestuario o peluquería lo que ha hecho que la serie conserve su trascendencia en el medio durante cinco temporadas. Al menos no exclusivamente.

Es la hábil combinación de entereza visual y contenido lo que ha provocado que Mad Men sea reconocida año tras año -un pleno de cuatro Emmys a mejor serie dramática la avalan- además de convertirse en el objeto de investigación más esencial de los más recientes Estudios Televisivos. La complejidad narrativa de Mad Men radica principalmente en el rupturista manejo que hace de los acontecimientos más telenovelescos. Infidelidades, embarazos indeseados, traiciones, conflictos familiares. Ninguno de estos elementos desencadena reacciones grandilocuentes ni excesos dramáticos. En lugar de eso se opta por una emotividad contenida, y la intensidad de las tramas descansa en el malestar de una mirada que casi pasa desapercibida. Algunos conflictos quedan sin resolver, o más bien se terminan de desarrollar en el interior de los personajes, confiando al espectador el cierre de los mismos -muchas gracias. No es hasta que finaliza un episodio, o una temporada, cuando hacemos uso de todos los elementos puestos en juego para terminar de conocer a los personajes de Mad Men. Esto genera una relación entre personaje y espectador que pocas veces hemos experimentado. Los sentimientos de los personajes se ven a menudo coartados por la realidad de la interacción humana, extraña, pausada y llena de silencios y elocuciones inacabadas o indescifrables por los protagonistas. Somos nosotros, testigos de excepción y cómplices de las vidas de estos personajes, los que tenemos la labor de guardar secretos, leer entre líneas y comprender lo que ocurre en su interior. De esta manera se alcanza una plenitud como espectador que puede llegar a resultar abrumadora. Quizás el episodio que mejor ilustra esta idea sea “The Beautiful Girls” (4.09) -aunque cualquiera nos sirve en realidad. En él asistimos a un íntegro desnudo psicológico de tres mujeres (Joan, Peggy y Faye), pero no es hasta el último plano, en el que vemos sus -ya transparentes- rostros desapareciendo tras las puertas de un ascensor, cuando llegamos a conclusiones definitivas sobre ellas. Es a aquel precioso y sobrecogedor instante -confieso que me hizo llorar durante un buen rato después de los créditos- al que me remito habitualmente para recordar por qué Mad Men no es como el resto de series.

Para hacer converger todos estos elementos y obtener un producto de calidad -como es el caso-, hace falta un complejo trabajo de escritura. Y Mad Men puede jactarse de haber perfeccionado el arte del guión para televisión. La exhaustiva labor de documentación y la envidiable construcción de personajes se ve reforzada por un riesgo que ignora todo convencionalismo y un compromiso artístico con la obra que escapa de soluciones acomodaticias y no busca necesariamente la satisfacción del espectador por la vía fácil. A esto hay que añadir el exquisito juego metalingüístico que hace coincidir discurso interno y la propia maquinaria publicitaria de la serie. Así, Don Draper representa la estrategia de márketing definitiva. Explotando su indudable magnetismo y su misterioso pasado se elabora un pretexto a partir del cual desarrollar una historia protagonizada por mujeres. Peggy Olson es el verdadero corazón de Mad Men y a través de su personaje asistimos al desarrollo de una historia que está a punto de entrar en un nuevo -y seguramente apasionante- capítulo. Enciendan un cigarrillo, sírvanse un whisky, o imagínense en alguno de los vestidos que las protagonistas lucen en la serie, y  a continuación prepárense para dejar todo eso de lado y seguir descubriendo lo que se esconde tras el humo que llena la habitación. Mad Men ha vuelto.