El Rey León: Mismo animal, piel nueva

Hay pocas cosas seguras en esta vida y una de ellas es que El Rey León es una de las mejores películas de animación de la historia. Otra sería que, tarde o temprano, Disney le haría un remake. Justo cuando se cumplen 25 años del estreno del clásico original, el estudio presenta su nueva versión, un espectáculo enteramente digital dirigido por Jon Favreau, quien hace tres años ya se enfrentase al reto de dar vida a animales realistas parlantes con El Libro de la Selva

Sin embargo, en esta ocasión, Favreau y Disney no han llevado a cabo una relectura como sí hicieron con el clásico de los 60 (cuyo escuálido guion tuvieron que modificar y ampliar necesariamente), sino que han optado por mantenerse lo más fiel posible a la original. Y es que si algo no está roto, no lo arregles, debieron pensar. El Rey León es una de las películas de Disney más queridas y está grabada a fuego en la memoria colectiva, así que, teniendo en cuenta que el público por lo general prefiere las adaptaciones literales, estaba claro que esa era la senda a seguir con este remake. Pero, ¿tiene sentido hacer la misma película otra vez?

La nueva versión de El Rey León es prácticamente una reproducción plano a plano de la original, un ejercicio de duplicación similar al Psycho de Gus Van Sant, solo que en este caso, el público sí tiene interés en verlo. Desde el sol que amanece sobre la sabana al compás de los míticos cantos tribales africanos hasta la última escena en la Roca de la manada, Favreau ha calcado las icónicas imágenes del film de Roger Allers y Rob Minkoff, respetando además su estructura narrativa, su ritmo, sus diálogos, su score (que el propio Hans Zimmer revisiona) y sus canciones, con la principal diferencia de que está realizada en imagen digital fotorrealista, lo que le confiere un aspecto de documental de naturaleza de National Geographic.

Aunque no asume ningún riesgo, sí hay pequeños cambios y novedades que se añaden de forma orgánica y en ningún caso modifican la trama o la esencia de los personajes que conocemos desde los 90. Por ejemplo, algunos diálogos se amplían, sobre todo los de Timón y Pumba, que protagonizan los momentos más divertidos (y más meta) del film; y cómo no, hay una nueva canción cuyo único propósito es competir en los Oscar, ‘Spirit’, interpretada por Beyoncé durante una escena de transición que en el clásico original no contenía diálogo, por lo que en ese caso realmente tampoco cambia nada. Por lo demás, se apoya en todo momento en la original, hasta el punto de que uno puede recitarla.

Las diferencias más sustanciosas tienen lugar durante los números musicales, que, a excepción de ‘El ciclo de la vida’, que es exactamente igual, pierden ese toque mágico y simbólico de la animación tradicional para ajustarse al realismo que condiciona, y en gran medida, constriñe a la película. ‘Yo voy a ser el rey león’ funciona, porque encuentra la manera de respetar el número original sin cambiar la animación y ‘Hakuna Matata’ cumple su cometido gracias sobre todo al humor que brindan Timón y Pumba. Pero ‘Preparaos’ o ‘Es la noche del amor’ se quedan escasas, a pesar de contar con excelentes actualizaciones (producidas por Pharrell Williams) que insuflan nueva vida a los temazos inmortales de Tim Rice Elton John que nos sabemos de memoria.

En este sentido, uno de los mayores aciertos de la película es su impresionante reparto original, a cada cual más perfecto para su personaje. El cálido juego de voces de Donald Glover y Beyoncé como Simba y Nala es exquisito, Billy Eichner y Seth Rogen se mimetizan por completo con los tronchantes Timón y Pumba (risas garantizadas con ellos), el presentador John Oliver borda a Zazú, Chiwetel Ejiofor ofrece un auténtico recital dramático con Scar, haciendo más que justicia a uno de los mejores villanos del cine, y James Earl Jones repite como Mufasa, para gozo nostálgico de los que prefieran la versión original (los que la vean doblada no podrán evitar echar de menos a Constantino Romero).

No obstante, el buen hacer de su reparto no hace sino subrayar el principal problema de la película, que la riqueza en matices de sus interpretaciones se ve lastrada por la necesidad de mantener el realismo en la representación de los animales. Es decir, lo que transmiten las voces no se ve reflejado en los rostros inexpresivos de los leones, lo que hace que el remake caiga a menudo en el valle inquietante y, por tanto, pueda provocar desconexión emocional. Por muy mono que sea Simba (y lo es, mucho), si no vemos en su semblante el mismo dolor y miedo ante la muerte de su padre que vimos en su análogo 2D, es muy difícil emocionarse como lo hicimos entonces.

No cabe duda de que El Rey León es una gran proeza técnica y un espectáculo visual y sonoro increíble. El remake lleva la animación CGI a un nuevo nivel, con imágenes preciosas y un detallismo completamente apabullante. Pero a la vez que nos asombra con sus avances y la verosimilitud de sus personajes digitales, pone de manifiesto las limitaciones dramáticas de la técnica fotorrealista aplicada a los animales y, como consecuencia, acaba resultando más fría de lo que debería. Al final, es lo mismo, pero no es lo mismo. Está todo, pero falta algo. Parece real, pero cuesta encontrar el alma.

El Rey León halla su razón de ser en su naturaleza de experimento técnico y ejercicio nostálgico. Se trata de una historia que ya se ha contado más de una vez, que de hecho se cuenta una y otra vez en formato musical en varias ciudades del mundo con enorme éxito, y que ahora se vuelve a contar en el cine, tanto para las nuevas generaciones como para los que crecieron con el clásico de dibujos. Al margen de lo señalado, no se le puede reprochar mucho más al remake, porque es prácticamente la misma película. Es la misma obra maestra, con piel nueva, una que luce muy bien pero no arropa tanto. Por supuesto que podemos cuestionar la necesidad que había de hacerla, pero las cifras de taquilla nos darán la respuesta. Era inevitable, así es el ciclo de la vida.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Han Solo – Una historia de Star Wars

Decir que la producción de Han Solo: Una historia de Star Wars ha sido accidentada es quedarse corto. El anuncio del nuevo spin-off galáctico centrado en la juventud del personaje interpretado originalmente por Harrison Ford, así como la elección de Alden Ehrenreich (¡Ave César!) para sucederlo, no fueron noticias recibidas con entusiasmo unánime por parte del público. Pero eso fue solo el principio. Los rumores del descontento de Lucasfilm ante la película y el trabajo de su protagonista culminaron en el despido de sus directores, Phil Lord y Christopher Miller, a pocas semanas de finalizar el rodaje. Para sustituirlo al filo de la medianoche, Kathleen Kennedy pidió auxilio al bueno de Ron Howard, que en pocos meses tuvo que reconstruir la película casi por completo para que llegase a tiempo a su estreno en cines.

Han Solo: Una historia de Star Wars acude puntual a su cita en salas, y contra todo pronóstico, no es el descalabro que muchos vaticinaban. De hecho, nada más lejos de la realidad. Han Solo alza el vuelo gracias al buen hacer de Howard, que maneja los mandos del Halcón Milenario como si ya hubiera estado antes a bordo de la mítica nave. Con él, el spin-off adquiere un tono aventurero clásico y tradicional (cameos “howardianos” incluidos), seguramente opuesto al enfoque cómico y basado en la improvisación de sus primeros directores. El resultado es una película de Star Wars que se siente como tal, que discurre por terrenos muy familiares y recupera el espíritu clásico de la saga, aunque esto conlleve que también sea más impersonal.

La cinta narra la historia de orígenes del famoso contrabandista años antes de unirse a la Resistencia para luchar contra el Imperio, un trepidante viaje con el objetivo de reunirse con el (primer) amor de su vida, Q’ira (Emilia Clarke), que le llevará de un peligroso submundo criminal hasta el espacio. A su alrededor, personajes conocidos de la saga como Chewbacca (Joonas Suotamo) o Lando Calrissian (Donald Glover), y nuevos/viejos aliados y enemigos que siguen aumentando de forma retroactiva el cosmos de ficción de Star Wars, como Beckett (Woody Harrelson), Val (Thandie Newton), Dryden Vos (Paul Bettany) o la droide L3-37 (Phoebe Waller-Bridge).

Han Solo está repleta de guiños a las películas anteriores que harán las delicias de los fans (de los menos reacios, claro). Entre otras cosas, en ella descubrimos el origen del nombre de Han Solo, disfrutamos de su primera partida de cartas con Lando, vemos cómo se hizo con los mandos del Halcón Milenario y asistimos al emocionante primer encuentro del héroe con su futuro copiloto y amigo inseparable, Chewbacca. Lucasfilm y Howard se han asegurado de que estos hitos tan importantes en la línea temporal de la saga reciban el tratamiento adecuado. Han Solo no se sale en ningún momento de la zona segura, manteniéndose prudente y comedida durante todo el metraje, claramente para evitar la ira de los fans más puristas. Y si bien esto garantiza una experiencia clásica y satisfactoria dentro los parámetros de la saga, también hace que la película vaya a medio gas, como si tuviera miedo a hacer un movimiento demasiado brusco que pueda desconcertar a su audiencia.

En cuanto al reparto, cabe hacerse la pregunta del millón: ¿Cómo lo hace Alden Ehrenreich? El reto de ponerse en la piel de uno de los personajes más icónicos de la historia del cine, interpretado originalmente por uno de los actores más carismáticos de la historia del cine, no era precisamente insignificante, y sorprendentemente (o no), Ehrenreich sale más que airoso. Si el rumor de que tuvieron que contratarle un coach de interpretación es cierto, ha dado buenos resultados. Da la talla físicamente y se pueden reconocer en él los gestos y la voz de Ford, pero acaba escapando de la imitación, haciendo suyo (en la medida de lo posible) el personaje. Ni que decir tiene que le falta presencia y socarronería para igualarse con Ford, pero se le puede pasar por alto si se tiene en cuenta que es una versión más joven e inexperta del personaje del que nos enamoramos en La Guerra de las Galaxias.

El resto el elenco también es sólido, aunque no todos están aprovechados por igual. Duele especialmente el tratamiento que recibe el personaje de Thandie Newton, a la que bien podrían haberse ahorrado en la promoción. Afortunadamente, la Q’uira de Emilia Clarke tiene mucho más peso en la historia y nos reserva un arco con giros interesantes y mucho potencial. Pero quien más se lleva el gato al agua, como esperábamos, es el irresistible y seductor (y supuestamente pansexual) Lando de Donald Glover, con el que queda patente que un spin-off centrado en él ya es una necesidad. Mención aparte merece la genial Phoebe Waller-Bridge como la droide librepensadora y activista L3-37, que nos deja las líneas de diálogo más brillantes y protagoniza los momentos más cómicos del film, en especial gracias a su tensión sexual con Lando.

Sin embargo, y a pesar de su simpatía y buenas intenciones, Han Solo se queda corta en varios aspectos, especialmente en el humor, donde, como adelantaba, parece ir con el freno medio echado (a los diálogos les falta mucha chispa), y el romance (la sombra de Leia es alargada y dificulta la conexión con la relación Han-Q’ira). En el apartado donde sí cumple holgadamente es en el técnico y visual. Aunque parezca mentira, apenas se notan las costuras después del cambio de directores, lo cual tiene un mérito que no debemos subestimar. Después de un arranque titubeante, la película se centra, mantiene un estilo uniforme (si acaso unificado por una fotografía excesivamente oscura que a veces no deja ver bien la imagen) y nos deja planos preciosos (la primera vez que Han ve el Halcón Milenario), así como escenas de acción, persecuciones y set pieces excelentes a la altura de lo que se espera de la saga, que conducen hacia un estupendo tercer acto.

Han Solo: Una historia de Star Wars introduce elementos novedosos en línea con la nueva trilogía (no solo L3-37, atención al sorprendente villano Enfys Nest), pero por lo general, supone un regreso al Star Wars clásico. Howard salva la situación brindando su eficiencia como realizador para filmar una película entretenida y correcta que planta nuevas semillas para una historia que promete continuar y deja suficientes frentes abiertos para hacerlo posible. Rebaja la comedia para potenciar la aventura y, aunque le falta la emoción y la energía de las películas anteriores, supone una incorporación estimable al canon de Star Wars, que ya es mucho más de lo que se esperaba. Sin embargo, su exceso de corrección hace que no llegue al hiperespacio y su prudencia impide que sea memorable.

Pedro J. García

Nota: ★★★

[Crítica] ‘Spider-Man: Homecoming’: El día libre de Peter Parker

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Que “un gran poder conlleva una gran responsabilidad” es algo que Marvel Studios tiene muy claro. Sobre todo desde que llegó a su acuerdo con Sony Pictures para compartir a uno de los superhéroes más populares de todos los tiempos, Spider-Man. Con Capitán América: Civil War, el Trepamuros hizo su esperado debut en el Universo Cinemático de Marvel, después de dos franquicias y dos iteraciones diferentes (y muy recientes) bajo el techo de Sony. El gran crossover dirigido por los hermanos Russo llegaba abarrotado de superhéroes, pero el nuevo Hombre Araña se las arregló para destacar entre todos ellos. La introducción de Tom Holland en el UCM se saldó con una reacción muy positiva por parte del público, y la consiguiente expectación por ver cómo se desenvolvía en su primera aventura en solitario dentro de este universo en expansión.

Pues bien, Spider-Man: Homecoming aprueba con nota su primer curso, continuando la racha imparable de Marvel Studios. Dirigido por Jon Watts, este nuevo reboot nos lleva de vuelta a las aulas para presentarnos a un Peter Parker adolescente y descubrirnos cómo es su vida después de pelear por primera vez junto a Los Vengadores. Con Tony Stark (Robert Downey Jr.) y Happy (Jon Favreau) como mentores y supervisores, Peter regresa a la normalidad en su barrio de Queens, donde espera a que lo llamen para embarcarse en su próxima misión con los Héroes Más Poderosos de la Tierra. Pero esa llamada tan deseada nunca llega, por lo que el muchacho tendrá que explorar sus poderes y su nueva responsabilidad como justiciero enmascarado por su cuenta. Así, Peter deberá compaginar su vida como estudiante con su labor como superhéroe y hallar su propia identidad antes de poder unirse oficialmente a Los Vengadores. Por supuesto, sus problemas cotidianos y la irrupción en su vida de un villano, El Buitre (Michael Keaton), le dificultarán considerablemente la tarea.

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Tal y como Kevin Feige, el mandamás de Marvel Studios, adelantó hace meses, Spider-Man: Homecoming es la primera entrega en una saga que toma prestada la idea de una película por curso de Harry Potter. Por tanto, estamos ante el primer año de Spider-Man, el curso en el que todavía no tenemos muy claro quiénes somos, o cómo llegar a ser quienes queremos ser. Sin embargo, Homecoming no es exactamente una origin story, más que nada porque la película evita contarnos de nuevo el origen del Hombre Araña. En su lugar, la picadura de araña o la muerte del tío Ben se mencionan casi de forma anecdótica, sin apenas darle peso en el relato, en lugar hacer que el espectador tenga que verlo por tercera vez en tan poco tiempo (tampoco esperéis oír el famoso lema con el que empieza esta crítica). El origen de Spider-Man es conocido por todos, así que Marvel se ha permitido obviarlo para centrarse en las novedades del personaje y su afiliación a Los Vengadores.

Y las novedades que plantea Homecoming son numerosas y sirven para reinventar el personaje y su historia a base de licencias creativas, eso sí, sin traicionar su esencia. Para empezar, el nuevo traje de Spider-Man es un híbrido del uniforme clásico y la armadura de Iron Man que sugiere una variación más tecnológica del héroe arácnido (con IA incluido, Karen, voz de Jennifer Connelly). Los personajes a su alrededor también han cambiado con respecto a sus versiones más icónicas. La tía May (Marisa Tomei) ya no es la anciana de siempre, sino una AILF en toda regla, el bully Flash Thompson ahora tiene el aspecto de Tony Revolori (totalmente opuesto a su imagen tradicional), y no hay rastro de Mary Jane, J.J. Jameson o el archienemigo más emblemático de Spider-Man, El Duende Verde. Todo esto responde a esa necesidad de hacer de esta aventura el Año Uno del que hablaba, un Primer Curso de la Escuela de Superhéroes de Queens, para esquivar así el hastío de la repetición antes de introducir todos los elementos más reconocibles del personaje, cuando este esté asentado en su nueva piel.

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El rejuvenecimiento de Spider-Man aporta frescura y energía al Universo Marvel, con un planteamiento menos grandilocuente, rebajando la escala del peligro para no empezar la casa por el tejado y dejar espacio para tirarla por la ventana en el futuro de la franquicia. Por encima de todo, Spider-Man: Homecoming es una película de instituto, es decir, algo distinto a lo que hemos visto hasta ahora en el UCM. Y como tal, Watts y el equipo de Marvel han visto oportuno realizar con ella un homenaje al cine de John Hughes, el padre del cine teen moderno (El club de los cincoTodo en un día, La mujer explosiva). Homecoming es lo que sería una cinta de superhéroes si estuviera dirigida por Hughes. Estratificación social entre taquillas, dolores de crecimiento, geeks que se enamoran de la chica más guapa del instituto y se convierten en los héroes de la historia, alianzas amistosas ante la adversidad, escapadas a media noche por la ventana del dormitorio, el siempre trascendental baile anual… todo magnificado por las preocupaciones propias de la edad y el peligro de los villanos de cómic, y actualizado para adaptar los estereotipos del género a nuestros tiempos con un reparto más diverso (cabe destacar a Zendaya, que interpreta a Michelle, un homenaje directo al personaje de Ally Sheedy en El club de los cinco).

De hecho, más que el trepidante despliegue de acción, son las escenas del día a día en el instituto, la entrañable amistad entre Peter y Ned (Jacob Batalon), las clases, la imprescindible sala de detención, o las conversaciones con May (Tomei está espléndida y muy juguetona), lo que hace que Homecoming sobresalga (quien esto escribe echó de menos más escenas de este tipo). Si acaso, el único pero a este respecto (y no es pequeño) es el hecho de que los personajes femeninos tienen poco peso en la historia, siendo relegadas en todo momento a un segundo plano, algo que esperamos que se corrija en siguientes capítulos.

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Volviendo a nuestro protagonista, en Homecoming Tom Holland confirma lo que ya sospechamos viéndolo verlo en Civil War: Es un Peter Parker perfecto. Puede que el Peter Parker definitivo. Natural, ingenioso, hiperactivo, y muy divertido. A pesar de la participación de Tony Stark como reclamo o cebo para la audiencia (ojo, tampoco sale tanto y su presencia está bien justificada), es Holland quien lleva las riendas de la historia en todo momento, brillando tanto en las escenas cómicas como en las dramáticas (su mejor momento es el más vulnerable, solo, desesperado, intentando salir de debajo de los escombros, como en una de las viñetas más memorables del cómic). Pero como no hay héroe sin villano, hay que destacar también a Michael Keaton como Adrian Toomes, un malo de Marvel en condiciones, para variar. Rizando el rizo de lo meta al volver a hacer de hombre pájaro después de ser Batman e interpretar a un actor a la sombra del superhéroe que le dio la fama en Birdman, Keaton da vida a un villano más real, un enemigo con presencia, entidad y motivación, alejado del tópico del megalómano con sed de poder. Su enfrentamiento con Peter nos conduce a un clímax de gran tensión que, afortunadamente, no recurre a la destrucción de una ciudad o el enésimo fin del mundo, sino que transcurre a un nivel mucho más personal y dramático.

Eso sí, el factor espectacular está ahí, con ambiciosas e imaginativas escenas de acción que sirven como esqueleto narrativo y van aumentando progresivamente en asombro e intensidad. Los set pieces de Homecoming son sencillamente soberbios, especialmente el que tiene lugar en el obelisco de Washington, y también el que transcurre durante un accidente de ferry (Spider-Man en estado puro). Pero lo que hace que la película se desmarque de otras entregas superheroicas es, más que sus stunts, su espíritu jovial y su humanidad. Peter Parker no ha hecho más que empezar, está aprendiendo, y por tanto, tropezará con muchas piedras antes de poder equipararse a sus mayores. Aunque Homecoming satisface como película individual, se deja muchas cosas en el tintero -personajes por explorar (solo hemos rozado la superficie de Flash, May o Michelle), poderes a desarrollar (el sentido arácnido no aparece), la relación de Spidey con Los Vengadores-, dando una buena muestra de su potencial que no gasta todos sus cartuchos y deja con ganas de más.

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Spider-Man: Homecoming es el mejor baile de bienvenida que Marvel podía organizarle al Trepamuros. Una película en la tradición marveliana, donde no falta la inalterable fusión de humor, acción y emoción que ha llevado al estudio a lo más alto, los abundantes guiños (tanto a los cómics como al futuro del Universo Marvel), y sus ceremoniosas escenas post-créditos (la segunda es una de las mejores del UCM, si no la mejor). Todo con un aire más desenfadado y ligero, lo que supone un respiro de la vertiente más épica del género. Poco se le puede reprochar a Spider-Man: Homecoming (si acaso su larga duración, de más de dos horas, aunque lo cierto es que tampoco le sobra nada, o el mencionado problema de la representación femenina); no es perfecta o grandiosa (porque no aspira a serlo), pero sí intachable en lo que se propone. Estamos ante una película de superhéroes ágil, luminosa y colorista, como manda el manual de Marvel, con buenas interpretaciones, diálogos ocurrentes, situaciones divertidas, muchos detalles escondidos que la hacen muy apta para el revisionado, y en la que se puede respirar el amor por los cómics en los que se basa (a pesar de los cambios, con los que los más puristas del tebeo quizá no comulguen).

Nuestro amigo y vecino Spider-Man ha vuelto a la forma, con más entusiasmo e ilusión que nunca, logrando lo imposible: renovar el interés del público por un personaje que empezaba a ser sinónimo de agotamiento. Yo ya estoy contando los días para la próxima vuelta al cole de Peter Parker y todo lo que nos tenga reservado su segundo curso escolar.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: El Libro de la Selva

THE JUNGLE BOOK

El libro de la selva (1967) es uno de los Clásicos Disney más queridos por varias generaciones. Pero también uno de los más difíciles de adaptar para el público actual. Sin embargo, en la Casa de Mickey Mouse, que está viviendo una gran época de esplendor, han debido pensar que no hay reto lo suficientemente grande para ellos. Porque todo queda en familia, el estudio cuenta con Jon Favreau (director de las dos primeras Iron Man) para orquestar un proyecto de gran envergadura, una película ambiciosa y muy complicada de realizar que podría haber salido muy mal, y sorprendentemente funciona a todos los niveles.

La película animada original, más que una historia propiamente dicha, es una serie de viñetas que nos muestran los encuentros de Mowgli con los diversos animales que pueblan la selva donde se ha criado junto a los lobos. El remake de El Libro de la Selva conserva esa misma estructura fragmentada, heredada sin lugar a dudas del material original, la colección de relatos escritos por Rudyard Kipling, pero posee un hilo argumental más definido que mantiene más o menos cohesionada una historia con tendencia a irse por las ramas (nunca mejor dicho). El guion de Justin Marks se apoya más en la obra de Kipling que el clásico de los 60, pero también se encarga de rendir continuo homenaje a la película animada, rehaciendo las escenas clave de la misma (de las que Disney no habría permitido prescindir) y rescatando sus canciones más populares. Como ocurría con CenicientaEl Libro de la Selva es la misma película, pero a la vez es distinta.

THE JUNGLE BOOK

Y hablamos de “remake en acción real”, pero en realidad El Libro de la Selva podría contar como película de animación casi al 100%, en la que prácticamente lo único “real” en ella es el niño protagonista, el torbellino de energía Neel Sethi (un Mowgli muy propio, más niño de verdad que niño actor). Los escenarios naturales de la película están realizados casi íntegramente por ordenador, con un hiperrealismo tan conseguido que será difícil creer que lo que tenemos ante nuestros ojos no existe (asombrosamente, no se le ven las costuras). Y si los escenarios fotorrealistas quitan el hipo, la animación de los personajes que acompañan a Mowgli en su aventura es de otro mundo, tanto que se olvida pronto que son animales realistas parlantes. Sin miedo a exagerar, El Libro de la Selva supone un nuevo hito tecnológico en el cine, un testimonio de su gran avance en los últimos años. Las texturas y los movimientos de Bagheera, Baloo o la manada de lobos de Mowgli (qué adorables los cachorros), unido a la increíblemente orgánica integración de las creaciones CGI con el protagonista (cuando Mowgli toca a un animal, lo está haciendo de verdad), hacen que El Libro de la Selva suponga una experiencia visual sin igual.

El elemento tecnológico y el énfasis en la acción podrían haber jugado en detrimento de todo lo demás, pero El Libro de la Selva no deja que el espectáculo engulla su corazón, que late bien fuerte en todo momento. La película rebosa emoción, y, aunque ya hemos dejado claro que narrativamente es muy dispersa, se las arregla para que su frágil estructura y sus vaivenes tonales (del humor más simpático al puro terror en dos sencillos pasos) funcionen en todo momento. Solo hay un par de salidas de tono en el film, algún que otro chiste anacrónico y el número musical del Rey Louie, sin duda impresionante a nivel técnico y visual, pero completamente fuera de lugar. Por lo demás, un Favreau bastante solvente consigue que nada resulte excesivamente disparatado, que nada rechine, lo cual es un logro enorme teniendo en cuenta lo ambicioso y rocambolesco que es el proyecto si nos paramos a pensarlo, y lo difícil que era convertir el material original en una superproducción disneyana del siglo XXI.

THE JUNGLE BOOK

Y por supuesto, hay que elogiar el excelente trabajo de doblaje de la película, que justifica por sí solo la creación de una categoría a Mejor Interpretación de Doblaje en los Oscar. El reparto de voces en inglés es inmejorable, y más allá de las maravillas informáticas del film, son sus formidables interpretaciones las que hacen que los animales cobren vida de verdad: Ben Kingsley, Lupita Nyong’o, Giancarlo Esposito, Christopher Walken, Scarlett Johansson (con una participación muy breve, aunque al menos tiene una preciosa canción en los créditos), y sobre todo Idris Elba, cuya voz hace que el ya de por sí imponente tigre Shere-Khan resulte más terrorífico aun, y un pletórico Bill Murray, que vuelca toda su personalidad en el papel para convertirse en el Baloo perfecto. Sería un crimen perdérsela en versión original.

El Libro de la Selva es un espectáculo cinemático muy calibrado, una película tremendamente física (y sonora) que invita a sumergirse en sus preciosas imágenes, pero no se olvida de la importancia de compensar la pirotecnia con la emoción (ya sabéis, fórmula Disney). El déficit de atención de su argumento hace que a ratos se tambalee, pero nunca llega a ser un problema grave gracias a un guion que pone la excelencia técnica a su servicio, para favorecer el drama y la comedia siempre que es necesario. En definitiva, otro triunfo de una Disney imparable.

Nota: ★★★★

Crítica: #Chef

CHEF

El género culinario nos ha dado películas exquisitas y deliciosas –Chocolat, Ratatouille, ¿Sweeney Todd?, todas las escenas que involucran comida en las películas de Ghibli-, pero este cine suele tener un inconveniente: despierta el apetito de tal manera que a ratos la experiencia placentera puede tornar en pesadilla. El director Jon Favreau regresa después de su aventura marveliana y el descalabro de Cowboys & Aliens a las películas íntimas, y lo hace con Chef (obviemos la almohadilla que se ha añadido al título en España), una cinta gastronómica que no se recrea demasiado en la comida, sino que la utiliza únicamente como punto de partida para contar la historia.

El error de muchas películas de este género es convertirse en una mera exhibición de talento culinario o un simple ejercicio de estilo, haciendo que los platos acaben desplazando a los personajes. Afortunadamente, Favreau se centra en las tribulaciones alrededor de la comida, concretamente las que provoca en el protagonista, un conocido chef, Carl Casper (Favreau se reserva el papel principal). Este saltó a la fama gastronómica por su cocina innovadora y revolucionaria, pero el dueño del restaurante donde desarrolla su “obra” –Dustin Hoffman– coarta su creatividad y le obliga a hacer noche tras noche el menú que los convirtió en uno de los lugares de moda en Los Ángeles, sin importarle si el crítico más importante de la ciudad -Oliver Platt- está entre los comensales. Tras negarse a claudicar, Casper es despedido, lo que le lleva a recuperar la libertad como chef de food trucks (o sea, cambiando la alta cuisine por el bocadillo grasiento) y ya de paso a recuperar a su familia.

Chef_-_Cartel_FinalChef es el paradigma de la feel-good movie (recomendada la sesión doble con la reciente Begin Again), una película buenrollista y entrañable que por suerte no recurre a sentimentalismos baratos. Y eso que está construida (predeciblemente) a base de lugares comunes semi-melodramáticos, como el favorito del cine americano: el padre ausente cuyo trabajo le ha separado de su hijo. Favreau se apoya principalmente en un reparto de lujo que desprende naturalidad por los cuatro costados. Intérpretes, estrellas y amigos que actúan como si estuvieran en casa, porque lo están. Desde el propio Favreau, entre lo bruto y lo achuchable, hasta una Sofía Vergara entregada sin complejos al encasillamiento, pasando por una Scarlett Johansson cálida y cercana, unos divertidos John Legizamo y Bobby Cannavale, responsables de los momentos más descacharrantes del filme, o Robert Downey Jr., contratado de nuevo para interpretarse a sí mismo. Todos ellos contribuyen a ese irresistible aroma familiar y acogedor que recorre toda la película.

Además de hablarnos de un sueño, y de la importancia de la familia (la biológica y la creada) para conseguirlo, Favreau convierte Chef en una suerte de crónica de nuestros días, mostrándonos muy astutamente cómo las redes sociales han transformado nuestra manera de crear y consumir, también en el terreno gastronómico. Destacan las escenas en las que Casper entra en contacto por primera vez con Twitter (desvergonzado product placement que sin embargo nos da momentos de comedia realmente exquisitos) o el road trip por Estados Unidos, en el que el hijo del protagonista ejerce como community manager del puesto ambulante de bocadillos cubanos, mostrando a su padre cómo funciona un negocio hoy en día. Algo que en cierta manera se contrapone al elogio de lo tradicional (equivalente a “lo latino”) que el director lleva a cabo. Pero además, Chef es una crítica encubierta (o quizás no tanto) a los bloggers y críticos que “destrozan” el trabajo del artista -esta analogía con el oficio de cineasta hace preguntarse si a Favreau no sabrá encajar las malas críticas, y por tanto, si está en el negocio adecuado. Sea como sea, Chef no se recrea en estos sabores agridulces y opta por un tipo de comedia apacible, emotiva, y a ratos muy inteligente y conmovedora. En definitiva, Chef es una de las películas que simplemente se disfrutan, sin darle más vueltas, precisamente como la comida que vemos en pantalla.

Valoración: ★★★½

Pilotos 2012-13: Parte III – Revolution

 

Los lunes en NBC
Puntuación: 3/10

Más bien Repetition

Cada vez me cuesta más creer y aceptar que las productoras y cadenas sigan adelante con cosas como esta. Si FlashForward y Terra Nova fueron un fracaso, ¿qué les hizo pensar que algo como Revolution, que es una mezcla exacta entre esas dos series (menos los dinosaurios) podría funcionar? No sé qué tal le irá en los índices de audiencia, pero desde luego Revolution poco va a revolucionar. Sería verdaderamente impactante si la serie llegase a tener una segunda temporada. La gente está hastiada de este tipo de historias que Abrams, inexplicablemente, ha convertido en su marca personal. Creador de ideas (cada vez más clónicas, cada vez más perezosas e impersonales), al productor se le lleva viendo el plumero desde hace ya años. Está en esto (o sea, en la televisión) por el dinero. Poco le interesa aprender a contar historias, evolucionar, ‘crear’. Lo suyo es manufacturar. La producción en cadena. Por eso el espectador ducho en ficción televisiva se aproxima a Revolution con recelo. Con razón. Y lo que obtiene es justo lo que cabía esperar: más de lo mismo.

La historia se desarrolla en una Norteamérica postapocalíptica, quince años después de que un apagón eléctrico deje el mundo sumido en la oscuridad, sin aparatos electrónicos, sin vehículos a motor, incomunicado. Al comienzo del piloto asistimos a este fatídico acontecimiento. Son apenas dos minutos, porque hay que dosificar los momentos importantes (a modo de flashback) a lo largo de una temporada. Lo que viene a continuación empieza ya siendo relleno. En quince años, el mundo se ha convertido en una gran jungla y sus habitantes sobreviven bajo regímenes autoritarios locales tras la caída de los gobiernos, en aldeas prácticamente amish que nos enseñan -y aleccionan sobre- la posibilidad de una vida sin tecnología (ay los palos que se llevó Shyamalan con El bosque, y lo mucho que ha calado). Tras la irrupción de Los Otros en una de estas pacíficas comunidades, una joven inicia una partida en busca de su tío, que está directamente relacionado con el apagón. Revolution hace uso de todos los clichés de este tipo de historias, los que tanto ha bastardeado Abrams: símbolos, macguffins, enigmas, migración, conspiración. Pero no es justo atribuir todo el mérito del espanto a Abrams. Eric Kripke (Sobrenatural) es el verdadero padre de la criatura, el responsable de escribir este refrito sin interés.

Por si no fuera suficiente con una historia gastadísima que no ofrece alicientes para enganchar al respetable, el piloto de Revolution no logra tampoco entrar por la vista. Es decir, no se han gastado una millonada como en el de Lost, o al menos no lo parece -“ponemos una columna de cartón piedra partida sobre la escalera, lo llenamos todo de verde, y ya está”. Ni siquiera la presencia de Jon Favreau en la silla del director sirve para animar un poco el cotarro. El director de las dos primeras entregas de Iron Man no saca partido de su experiencia, y el mediocre guión de Kripke se traduce en un mediocre producto audiovisual. Quizás sea cosa suya que las peleas estén tan pasadas de rosca, y un golpe de flecha tenga fuerza como para lanzar al herido tres metros atrás, pero ni eso hace que Revolution resulte atractiva o divertida. Como nota positiva, se agradece que Kripke no se vuelva loco introduciendo referencias bíblicas, numéricas y demás chorradas que solo sirven para distraer y embaucar al espectador (claro que tiempo al tiempo). Sin embargo, da igual que inicialmente a Kripke no le preocupen tanto esas tonterías como a Abrams o Lindelof, la historia sigue fallando, los personajes son planos, la acción estática, y no hay nada, ni siquiera Juliet Burke, que pueda salvar a Revolution de su apagón.

Pilotos 2012-13: Parte I – Animal Practice, Go On y The New Normal
Pilotos 2012-13: Parte II – Ben and Kate, Guys With Kids y The Mindy Project 
Pilotos 2012-13: Parte III – Revolution
Pilotos 2012-13: Parte IV – Elementary
Pilotos 2012-13: Parte V – Last Resort y The Mob Doctor
Pilotos 2012-13: Parte VI – The Neighbors y Partners
Pilotos 2012-13: Parte VII – 666 Park Avenue y Vegas
Pilotos 2012-13: Parte VIII – Chicago Fire, Made in Jersey y Nashville