Crónica del Festival Internacional de Cine Fantástico Nocturna 2017: Parte 3 y palmarés

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Por Daniel Andréu

La jornada del jueves la inauguraron Caye Casas y Albert Pintó haciendo doblete. Presentaron el cortometraje RIP y el largo Matar a Dios, ambos con un estilo muy marcado y similar de comedia negra con toques fantásticos. El primero muestra a una viuda más preocupada en que el funeral de su marido sea un gran acontecimiento que en recuperarle. En el segundo, cuatro personas que pasan una noche en una casa rural familiar, reciben la visita del mismísimo Dios y el peso de decidir qué dos únicas personas quedarán vivas en el planeta tras la aniquilación de la raza humana al amanecer. Los dos títulos exhiben un buen hacer tanto en el apartado técnico como en las interpretaciones, además de un guion con unos diálogos muy ágiles que podrían ser perfectamente obras teatrales. Historias así son las que haría Alex de la Iglesia hoy día si estuviera en un momento más inspirado.

Otra laguna cubierta en mi historial cinéfilo gracias a este festival fue Phantasm (Don Coscarelli, 1979), en la que unos hermanos se ven amenazados por unos extraños seres enanos y un misterioso hombre alto en las inmediaciones de un cementerio. Tuvimos la suerte de disfrutar de la presentación del propio director y de una copia recién restaurada. No hay duda de por qué se ha convertido en una cinta de culto con los años, pero su irregularidad hace pensar que podía haber sido aun mejor, ya que no se aprovecha al máximo el increíble potencial visual e imaginativo que demuestra en las secuencias más fantásticas.

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Tras la gala de clausura, en la que además de entregarse los premios se rindió homenaje a la adorable Caroline Munro y al mítico Jack Taylor (ambos derrochando encanto y ofreciendo momentos preciosos), se proyectó Mom and Dad (Brian Taylor, 2017). Curioso que se programara justo un día antes de ¿Quién puede matar a un niño? (Narciso Ibáñez Serrador, 1976), ya que funciona como su reverso moderno e histérico. Si en el clásico de Chicho los niños mataban a los mayores, en este nuevo trabajo de uno de los directores de Crank (Mark Neveldine y Brian Taylor, 2006) una extraña ola de violencia provoca que todos los padres quieran asesinar a sus propios hijos. Con el mismo estilo directo, nervioso, violento y muy físico en la dirección, se construye una película frenética que no se para ni un momento en innecesarias explicaciones y que ofrece mucho humor y momentos absurdos tremendamente divertidos. Hay que aplaudir que Nicolas Cage con esta película haya abrazado totalmente el icono pop en el que se ha convertido y no pare de reírse de sí mismo, dando lugar a los momentos más hilarantes de la película.

La segunda y última sesión golfa de este Nocturna 2017 vino de la mano de Another WolfCop (Lowell Dean, 2017), segunda parte de una saga que promete alargarse mientras pueda y que cuenta las “aventuras” de un policía hombre lobo, alcohólico y mujeriego. Perfecta para estas horas y este festival, nos ofrece mucho humor, mucho absurdo, mucha violencia y muchos efectos especiales caseros, pero ojalá fuera tan divertida como pretende.

El último día del festival dio comienzo con la premiere europea de Pilgrimage (Brendan Muldowney, 2016), cinta que se desarrolla en la Irlanda de 1209 y cuenta las aventuras de un grupo de monjes que custodian una valiosa y sagrada reliquia en su camino hacia Roma. Lo más interesante de esta película es asistir a los dilemas y las violentas situaciones provocadas por la fe y la iglesia, porque ni siquiera la presencia de dos estrellas internacionales como Jon Bernthal y Tom Holland consigue elevarla por encima de la media.

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Con ¿Quién puede matar a un niño? (Narciso Ibáñez Serrador, 1976) llegó el gran momento que muchísimos estábamos esperando, ver la obra maestra del terror patrio en pantalla grande. Esta historia de dos turistas que se van a una isla española para huir del ruido de las fiestas veraniegas y se encuentran con que misteriosamente no hay ni rastro de personas adultas, no solo no ha perdido con los años, sino que cada vez es mejor. Chicho pasó en el cine del terror oscuro y en espacios cerrados de La residencia (1969) a todo lo contrario, una isla pequeña pero totalmente al aire y a pleno sol. Solo él podía conseguir que un escenario así multiplicara la opresión y a tensión hasta el infinito, ya que maneja magistralmente el ritmo y el goteo de información, ahorrándose cualquier explicación sobre lo que está pasando para elevar el misterio. Vuelve a demostrar que su intención es tratar con el mayor de los cariños al género y que lo que pretende es hacer arte, ya que las imágenes que crea y la forma de mover la cámara son únicas. Por supuesto el conjunto no sería tan poderoso sin el increíble papel de todos y cada uno de los niños, tanto por separado como cuando van en grupo. Puede parecer fácil o simple, pero la intensidad de sus interpretaciones es inaudita.

Para cerrar la edición de este año se volvió a proyectar Dhogs (Andrés Goteira, 2017), la gran triunfadora con el premio a mejor dirección y a mejor interpretación masculina. Como las buenas obras, mejora con cada visionado, y es muy recomendable volver a visitarla para sacar nuevos matices. Los buenos momentos no se han limitado a Dhogs y a los clásicos que eran un valor seguro, el nivel de esta edición ha sido muy alto y ha tenido una selección de títulos variada y arriesgada, fruto de un excelente trabajo, así que esto no hace más que desear que pase rápido el tiempo para que llegue la edición de 2018. Os dejo con el palmarés completo:

– Premio Nocturna Madrid “Paul Naschy” a la mejor película de la Sección Oficial Fantástico: Dhogs, de Andrés Goteira.

– Premio Nocturna Madrid a la mejor dirección: Coralie Fargeat, por Revenge.

– Premio Nocturna Madrid “Vincent Price” a la mejor interpretación masculina: Carlos Blanco, por Dhogs.

– Premio Nocturna Madrid a la mejor interpretación femenina: Matilda Lutz, Por Revenge.

– Premio Nocturna Madrid al mejor guión: Chris Lee y Hill Tyler Macintyre, por Tragedy Girls.

– Premio Nocturna Madrid a los mejores efectos especiales: Les affamés.

– Premio Nocturna Madrid del público a la mejor película: Bajo la rosa, de Josué Ramos.

– Premio Nocturna Madrid al mejor corto nacional: Marta no viene a cenar, de Macarena Astorga.

– Premio Nocturna Madrid al mejor corto internacional: Keep Out of Children’s Reach, de Gustavo Sánchez.

– Premio Canal Dark a la mejor película de la sección Dark Visions: The Night Watchmen, de Mitchell Altieri.

– Premio Blogos de Oro: Revenge, de Coralie Fargeat.

Baby Driver: Edgar Wright y la película de culto instantánea

Ansel Elgort;Jamie Foxx

Con su trilogía del Cornetto, formada por Shaun of the Dead (2004), Hot Fuzz (2007) y The World’s End (2013), y la adaptación del cómic Scott Pilgrim contra el mundo (2010), Edgar Wright se ha ganado un lugar privilegiado entre los directores de culto más prominentes del panorama cinematográfico actual. Sus películas suelen destacar en un mar de clones manufacturados por los estudios gracias a un estilo muy personal y una visión muy idiosincrásica, con la que se ha abierto camino en la industria a pesar de no dejar demasiada huella en taquilla. Pero esto último está a punto de cambiar.

El cine de Wright nunca ha calado hondo en el mainstream, pero sus títulos han demostrado tener las piernas largas. Si los estudios han seguido confiando en él es porque su originalidad (incluso cuando está adaptando el material de otros) acaba enganchando a la audiencia y creando fidelidad. El buen rendimiento en la taquilla estadounidense de su último trabajo, Baby Driver, es la recompensa tras más de una década insistiendo en hacer cine a su manera (recordemos que fue despedido de Marvel por diferencias creativas con respecto a Ant-Man). Con Baby Driver, Wright disfruta de las merecidas mieles del éxito, allanando quizá (y con suerte) el camino para que Hollywood haga hueco a más directores jóvenes con voz propia.

Ansel Elgort;Kevin Spacey

A simple vista, la premisa de Baby Driver puede resultar demasiado similar a la de Drive (2011), pero en forma y fondo se aleja considerablemente del film de Nicolas Winding Refn, con más énfasis en la acción fardona y la comedia, y una mayor predisposición a agradar a todos los públicos. En este estiloso y frenético homenaje a clásicos del cine de atracos y persecuciones como Bullit, Un trabajo en Italia Contra el imperio de la droga, Baby (Ansel Elgort) es un joven y portentoso conductor especializado en fugas que trabaja para un capo del crimen (Kevin Spacey) con el objetivo de saldar una deuda. Cuando conoce a la chica de sus sueños, Debora (Lily James), Baby ve una oportunidad de abandonar la vida criminal, pero su jefe se niega a dejarlo marchar, forzándolo a seguir trabajando para él. Cuando un golpe no sale como estaba previsto, la vida de Baby correrá peligro, lo que empujará al muchacho a tratar de huir para empezar una nueva vida con Debora alejados del crimen.

Baby Driver no destaca tanto por la novedad de su historia (que hemos visto en numerosas ocasiones), sino por cómo está contada. Una de las particularidades que definen a Baby es que, tras sufrir un accidente cuando era pequeño, ha desarrollado un trastorno auditivo que bloquea escuchando música con su iPod constantemente. El joven depende del ritmo y la percusión de su propia banda sonora para llevar su destreza y sus reflejos al máximo nivel y realizar las fugas con prodigiosa eficiencia. Esta genial idea proporciona a Wright y su equipo una oportunidad de oro para lucirse, sobre todo en las escenas de acción y los stunts. Las persecuciones de Baby Driver son una gozada absoluta, gracias a la extraordinaria labor de cámara de Wright y al impresionante montaje rítmico de Jonathan Amos y Paul Machliss (si hay un caso en el que hay que destacar obligatoriamente el nombre de los editores de un film es este), que utilizan los beats de la música para componer una pegadiza sinfonía fílmica de acción repleta de grandes temas, convirtiendo así la película en uno de los musicales más originales de los últimos tiempos.

Ansel Elgort;Jon Hamm;Eiza Gonzalez;Jamie Foxx

Pero si Baby Driver funciona más allá de su reluciente carrocería es porque su motor viene bombeado por los personajes, en especial por su protagonista, interpretado por un espectacular Ansel Elgort en el que es el papel que arranca definitivamente su carrera. Elgort ya demostró su talento dando sus primeros pasos como protagonista de Bajo la misma estrella, pero a las órdenes de Wright alcanza su máximo potencial hasta ahora con una interpretación rebosante de carisma, firmeza y sensibilidad que nos hace pensar que habría sido un Han Solo perfecto (quizá que el uniforme de Baby se parezca tanto al del héroe de Star Wars no sea coincidencia).

El resto del reparto incluye a gente como Kevin Spacey, Jon Hamm, Jon Bernthal y Jamie Foxx, un más que eficaz plantel de lujo para complementar, nunca eclipsar, a la joven estrella, que sabe cómo moverse en el volátil ambiente de tensión creado por sus compañeros (Hamm, que sobresale como villano sádico en el último acto, consigue el papel más memorable de su etapa post-Don Draper). El único pero de Baby Driver a este respecto es la representación femenina, con tan solo dos mujeres en el reparto principal, la talentosa Lily James y la explosiva Eiza González, ocupando los reductivos roles de “chica de” y objeto sexual (muy encantadora la primera y muy molona la segunda empuñando una metralleta, pero injustamente desaprovechadas). Wright siempre ha tenido un problema con sus personajes femeninos, y ya va siendo hora de que haga algo al respecto.

Ansel Elgort;Lily James

A pesar de este inconveniente, y también de un desenlace algo anticlimático que rompe el ritmo de la película y no la despide tan por lo alto como debería, estamos ante un incontestable triunfo del cine de acción, una cinta creativamente ambiciosa e inspirada en la que se puede respirar el entusiasmo y la dedicación de su director en cada planoBaby Driver es una máquina de gran precisión técnica y emocional, una película imposiblemente cool, divertida, romántica e iconoclasta que está llamada a convertirse inmediatamente en un clásico de culto moderno.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Yo, él y Raquel (Me and Earl and the Dying Girl)

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He estado a punto de no escribir este texto. Cuando una película me atraviesa la piel como lo ha hecho Me and Earl and the Dying Girl me resulta especialmente difícil verbalizar mis impresiones sobre ella. Pero en realidad, esa no es la razón por la que casi no me siento a escribir sobre la cinta de Alfonso Gomez-Rejon (gran premio del jurado y del público en Sundance). Lo que no quería era hablar de ella “en voz alta”, necesitaba guardármela para mí solo. Ya sabéis que cuando os guardáis algo dentro (sea por la razón que sea), si lo decís en voz alta, es cuando se hace realidad y debéis asumirlo de verdad. Pensé en dejarlo ahí y no tocarlo, pero al final decidí que guardarme Me and Earl and the Dying Girl para mí solo era un acto tremendamente egoísta (el film ya cuenta con un considerable culto y ha sido visto por mucha gente gracias a San Torrent, lo de “para mí solo” es una licencia dramática). Esta es una de esas películas que se viven en primera persona, con las que se desarrolla un poderoso vínculo personal e individual, pero que en última instancia merece, es más debe ser compartida.

Para empezar, quitémonos de en medio el tema en el que todos estáis pensando. El título en español: Yo, él y Raquel. Sí, es feo, españoliza un nombre para luego conservarlo en inglés en la película (al más puro estilo Eduardo Manostijeras), pero sobre todo anula el sentido del humor negro y la inocente poesía adolescente que conlleva el original (y que caracteriza al film). Ahora bien, paraos un minuto a pensar en las posibilidades… ¿Veis? Démosle un respiro al departamento de PR y márketing de la distribuidora, porque no, esto no es un caso análogo al de Soñando, soñando, triunfé patinando. Se trata de un título prácticamente imposible de traducir al castellano sin que se produzca un considerable lost in translation. Alegraos de que no se haya titulado Deseando vivir La amiga de mi mejor amigo.

Y dicho esto, hablemos de la película. Me and Earl and the Dying Girl (basada en la novela homónima de Jesse Andrews) está narrada en primera persona por Greg (Thomas Mann), un adolescente muy particular (claro) que ha encontrado la manera de sobrevivir al instituto sin conflictos: crear vínculos amistosos con todas las “naciones” del universo estudiantil (jocksnerds, góticos, geeks del teatro, porretas, pijas…) y así pasar desapercibido y evitar el drama (para poder escaparse al despacho de su profesor de filosofía, Jon Bernthal, a ver cine a la hora de comer). Greg solo tiene un amigo de verdad (aunque para referirse a él siempre utilizará el calificativo libre de connotación afectiva “compañero de curro”), Earl (RJ Cyler), con el que desde pequeño desarrolla un gusto especial por el cine europeo (influencia del padre de Greg, Nick Offerman) y se dedica a filmar parodias de clásicos del cine (A Sockwork Orange, Anatomy of a BurgerRosemary Baby Carrots por ejemplo). Suena irrealmente cool y pretencioso, ¿verdad? Pues de alguna extraña manera, no lo es. Pero sigamos. La madre de Greg (Connie Britton) obliga a su hijo a visitar a Rachel (Olivia Cooke), compañera del instituto que padece leucemia, iniciativa que entusiasma a la madre de Rachel (Molly Shannon como versión agridulce de Amy Poehler en Mean Girls). A Greg y Rachel les horroriza la idea de tener que pasar tiempo juntos en esas circunstancias, pero entre visitas a regañadientes, sesiones cinéfilas y a base de humor auto-crítico, auto-destructivo y auto-todo, no tardará en florecer una amistad, en la que con el tiempo Earl también acabará entrando. La película parece discurrir por los derroteros de siempre, pero Greg nos tranquiliza diciéndonos desde bien pronto que ni esta es una historia de amor ni Rachel morirá al final. Un detalle por su parte.

Me and Earl

Me and Earl and the Dying Girl puede adscribirse sin lugar a dudas la categoría de “cine teen de culto” a la que también pertenecen Las ventajas de ser un marginadoBajo la misma estrella (con la que será comparada por lo obvio), e incluso Donnie Darko (el rol de guía que ejerce el personaje de Jon Bernthal es parecido al de Drew Barrymore en la cinta de Richard Kelly). Sin embargo, la película de Gomez-Rejon posee una cualidad más real y ofrece una percepción algo menos romántica e idealizada de dicha etapa vital. Me and Earl… es una película de adolescentes perspicaces, cultos y elocuentes, pero nada en ella parece forzado, nada en sus personajes parece falso (Earl es un soplo de aire fresco en este tipo de cine), por el contrario, esta rebosa sinceridad de principio a fin (hasta engañando es honesta). Gomez-Rejon aborda la enfermedad de Rachel con la seriedad pertinente, pero evitando que esta ahogue el tono de la historia y esquivando en todo momento la pornografía emocional. Me and Earl golpea directamente las emociones porque no parece que este sea su objetivo principal. La comedia domina el relato, pero está siempre empapada de una tristeza extrañamente alegre y deja paso al drama cuando debe hacerlo (al fin y al cabo “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”), sin perder de vista en ningún momento lo que define a estos personajes (por los que el director siente fascinación genuina), y celebrando la creatividad y la energía adolescente hasta el final.

El desenlace de Me and Earl contiene la que es sin duda una de las escenas más intensas, conmovedoras y desarmantes que vamos a ver en mucho tiempo (cuando veáis/si habéis visto la película, sabréis a cuál me refiero). Una catarsis aplastante (acentuada por la increíble banda sonora de Brian Eno y Nico Muhly) que da pie a un precioso y revelador epílogo con el que el film sella su destino: Me and Earl and the Dying Girl es una obra de ficción a la que querremos regresar de vez en cuando para abarcar su significado al completo, que necesitaremos recomendar, poner a nuestro “compañero de curro” y verla por primera vez a través de sus ojos. Greg quiere compartir su experiencia con todos nosotros, y (yo ya he asumido que) es nuestro deber hacerla llegar al mayor número de personas posible. No cabe duda, esta historia “se seguirá desplegando ante nosotros siempre que le prestemos atención”.

Por favor, prestadle atención.

Valoración: ★★★★½

Crítica: Fury (Corazones de acero)

Logan Lerman Brad Pitt

Texto escrito por David Lastra

En 2015, una película bélica puede dar más miedo y respeto que Macarena Gómez en Musarañas y un Babadook juntos. Como aquel que se atrevió a afirmar que “la Historia ha muerto”, el espectador clamaba que ya se había cansado de tiros, balas y soldados estadounidenses descuajeringando nazis (y viceversa). De ahí que esta clase de películas desapareciesen de las carteleras. Un reposo latente, no tan cercano a la muerte como otros géneros clásicos, como el western. De vez en cuando, alguna valiente como Kathryn Bigelow con En tierra hóstil, nos ha demostrado que todavía no lo hemos visto todo, que seguía habiendo historias que contar. Este 2015 es David Ayer (director de Sin tregua, guionista de Training Day) el culpable de que volvamos a ver tanques en la gran pantalla con su Corazones de acero (Fury).

Si destacábamos la originalidad de Bigelow a la hora de acercarse al conflicto, en el caso de Ayer, el aspecto más destacable es su sobriedad a la hora de rodar. Corazones de acero es un alivio ante las producciones de acción de nuevo cuño. Su clasicista decisión de no descoyuntarnos con movimientos de cámara imposibles que desafían a la velocidad de la luz es su gran acierto. Ese temple, junto a su acertada forma de narrar y de acotar los detalles y no dejarse llevar por tramas secundarias innecesarias, hace que la obra de Ayer remita directamente a clásicos como Sahara (en la que el mismísimo Humphrey Bogart capitaneaba un tanque el desierto libio) más que obras bélicas contemporáneas como La delgada línea roja o Salvar al Soldado Ryan. Corazones de acero nos cuenta los horrores de la guerra basándose en imágenes potentes y un guión solvente (que no Cartel CorazonesAcerosorprendente) sin caer en el romanticismo poético y aburrido de las dos últimas películas citadas. En este film, un caballo abierto en canal es la única opción de una mujer para encontrar comida y no una metáfora de la libertad del pueblo europeo.

El grupo salvaje encargado de domar a Fury (tanque) y acribillar alemanes, está capitaneado por un cumplidor Brad Pitt (también productor de la cinta), todo un seguro interpretativo en la última década, a medio camino entre John Wayne (en sus mejores momentos en el film) y su caricaturesca interpretación italiana de Malditos bastardos (en los peores). Acompañan correctamente al marido de Angelina Jolie, el enfant terrible de la performance Shia LaBeouf; Michael Peña, chico Ayer en Sin tregua; y el televisivo Jon Bernthal (The Walking Dead). A destacar la presencia del niño mimado de esta página, Logan Lerman (Las ventajas de ser un marginado), que se apunta otro tanto en la taquilla y otra notable interpretación. La credibilidad de este grupo puede haber ayudado a la elección de Ayer para lidiar con Will Smith o Jared Leto en Suicide Squad, el que está llamado a ser uno de los hypes cinematográficos del próximo año.

Corazones de acero es cine bélico hecho con plantilla. No sorprende, ni emociona, pero tampoco aburre en ninguno de sus ciento treinta y cuatro minutos, y eso tiene mucho mérito.

Valoración: ★★★½