Crítica: Animales Fantásticos – Los crímenes de Grindelwald

Hasta cierto punto, Animales Fantásticos y dónde encontrarlos era una película independiente y cerrada. A pesar de los planes que J.K. Rowling tenía para la nueva franquicia del universo mágico de Harry Potter, si la precuela no hubiera rendido lo suficiente en taquilla y no se hubieran hecho más entregas, habría quedado como una curiosidad autoconclusiva. Pero claro, estamos hablando de una de las sagas más populares de todos los tiempos, la Star Wars de las nuevas generaciones. Por supuesto que iba a continuar, y que ese capítulo inicial iba a dar paso a una nueva serie de películas que, como ocurrió con la saga original, se volverían cada vez más complejas y oscuras.

Tras la introducción al mundo de Newt Scamander (Eddie Redmayne), ambientado en los años 30Animales Fantásticos: Los crímenes de Grindelwald se adentra por completo en la trama que la primera película adelantaba en su desenlace: la amenaza de Gellert Grindelwald, villano interpretado por Johnny Depp que según muchos podría ser más poderoso y malvado que el propio Voldemort. En esta segunda entrega, las criaturas mágicas del título siguen siendo importantes, pero ya no son el foco de la historia, que se ramifica considerablemente con nuevos personajes y nuevas revelaciones sobre los que conocimos hace dos años, y lo que creíamos saber de la saga original.

Al final de la primera parte, Grindelwald era capturado por el MACUSA (Congreso Mágico de los Estados Unidos de América). Los crímenes de Grindelwad arranca con su fuga de la prisión, una secuencia de apertura con la que la película empieza por todo lo alto (literalmente). Una vez en libertad, Grindewald se dedica a reunir seguidores en el mundo de los magos, ocultándoles sus verdaderos planes: crear una legión de hechiceros purasangre con la que gobernar sobre el mundo no mágico. Para detenerlo, un joven Albus Dumbledore (Jude Law) acude a su antiguo alumno, Newt Scamander, que viaja hasta París, donde tratará de encontrar a Credence (Ezra Miler) para intentar impedir el ascenso de Grindelwald con la ayuda de viejos conocidos y nuevos aliados.

En Los crímenes de Grindelwad, Rowling (que vuelve a firmar el guion) y el director David Yates empiezan a construir algo grande con la saga. La relativa sencillez de la primera parte da paso a un relato más ambicioso y retorcido que, sin embargo, por momentos se vuelve en su contra. La autora se ha encargado de llenar la película de guiños y sorpresas para los fans de Harry Potter, que vibrarán especialmente con el regreso a Hogwarts (para conocer cómo fue el pasado) y la reaparición de algún que otro personaje conocido (en su versión joven), pero se ha olvidado de escribir una historia coherente. Con Los crímenes de Grindelwald, Rowling demuestra que, por muy bien que se le dé la literatura, escribir guiones no es lo suyo.

Como no podía ser de otra manera, la película no escatima en imaginación, creatividad y espectáculo, pero falla en el departamento más importante, construyendo una trama confusa y embarullada en la que la autora sale de todos los berenjenales en los que se mete a base de continuidad retroactiva. Por otro lado, y aunque esto pueda sonar absurdo, la película abusa de la magia. Me explico. Rowling muestra una dependencia absoluta de los hechizos como deus ex machina para solucionar sus entuertos narrativos, un truco (nunca mejor dicho) que acaba cansando y demuestra falta de recursos.

Los crímenes de Grindelwald abre multitud de frentes de cara a desarrollarlos en los siguientes capítulos, ampliando así este universo pasado para acercarlo y conectarlo cada vez más al “futuro” de Harry Potter. Uno de ellos es la historia de Credence, que se revela como uno de los personajes más importantes de las precuelas (si no el que más). Otra sería la (polémica) relación entre Dumbledore y Grindelwald, que tal y como desveló Rowling en redes sociales, esconde tintes románticos. Y la palabra clave es “esconde“, porque si bien hay varias escenas que aluden a esta relación, nunca lo hacen directamente, confiando en el que el espectador que posee información al respecto externa a la película, entienda lo que nos están diciendo entre líneas. Es decir, otra oportunidad perdida. A pesar de esto, la elección de Jude Law como Dumbledore es una de las más acertadas de la película, y su trama promete de cara a las próximas películas.

En general, a nivel interpretativo tampoco sale mal parada. Redmayne rebaja los mohínes mientras Newt va saliendo de su cascarón, y tanto el reparto que vuelve como las nuevas adiciones realizan un trabajo correcto (mención especial a la omnipresente Zoë Kravitz, muy emotiva en el papel de Leta). En cuanto a Depp, hay que decir que, polémicas ajenas a la película aparte, da la talla como Grindelwald, huyendo también de los manierismos y la afectación de su papeles más recientes para dar vida a un villano más comedido en el plano físico, pero de presencia amenazante y convincente como alegoría de un dictador. Con él, la saga apunta a una revisión de la Segunda Guerra Mundial con la magia como telón de fondo que, bien desarrollada, puede ser interesante.

También hay que elogiar de nuevo el despliegue técnico y visual, así como el estupendo diseño de producción y vestuario, que se vuelve más variado y estimulante con las nuevas localizaciones (incluyendo bastantes influencias asiáticas, para contentar al mercado cinematográfico más potente del mundo). El principal problema de Los crímenes de Grindelwald no es estético, claro, es su ritmo irregular y la poca claridad con la que está contada. Especialmente durante su recta final, Rowling se pierde en las sobrexplicaciones, el bombardeo de información y los giros argumentales que más que aclarar, confunden, espesan la historia y desdibujan a los personajes. Hay una escena en concreto que tiene lugar en un panteón familiar que hará que más de uno se rasque la cabeza intentando seguir el hilo de lo que la autora nos está contando, y un giro sorpresa final que probablemente dividirá a la audiencia entre el asombro y la indignación. Para bien o para mal, Rowling lo ha vuelto a hacer.

Los crímenes de Grindelwald está hecha especialmente para los fans, pero incluso el espectador más indulgente no es inmune a la caprichosa escritura de la autora. Al final, tras un intenso clímax, la película queda como un capítulo mal contado que sirve sobre todo para poner los cimientos del futuro, es decir, otro preámbulo de algo que parece que va a llegar y no llega, lo cual no deja de resultar frustrante a pesar de ser conscientes de que solo es el comienzo de la historia. Como siempre, habrá que tener paciencia y confiar en que los errores sean subsanados en futuras entregas. Pero algo falla cuando, para disfrutar de una saga haya que perdonar tanto.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Piratas del Caribe – La venganza de Salazar

¡La vida pirata es la vida mejor! O al menos lo era en 2003, año en que se estrenaba con enorme éxito La maldición de la perla negra, la primera entrega de Piratas del Caribe. Basándose en una famosa atracción de sus parques temáticos, Disney devolvía el espíritu aventurero más clásico al cine, convirtiendo a su pintoresco protagonista, el Capitán Jack Sparrow (Johnny Depp), en uno de los piratas más icónicos de la historia, muchas décadas después de que los relatos de bucaneros hubieran dejado de estar de moda. Todo un logro, sin duda. Lógicamente, a la primera Piratas le siguieron varias secuelas, cada una peor que la anterior, hasta llegar a la cuarta, En mareas misteriosas, con la que que la saga tocaba fondo.

Seis años han pasado entre la universalmente abucheada cuarta parte y esta quinta que nos llega ahora, Piratas del Caribe: La venganza de Salazar, dirigida por los artífices de la nominada al Oscar Kon-TikiJoachim Rønning y Espen Sandberg. Disney ha empleado este intervalo para replantear la franquicia mientras dejaba que el mal sabor de boca se disipase. “¿De qué manera podemos recuperar el rumbo?”, se preguntó la Casa de Mickey. Y la respuesta les estaba mirando a la cara todo el tiempo (desde los despachos de Lucasfilm concretamente): volver a los orígenes. Así, La venganza de Salazar repite a grandes rasgos el esquema de La maldición de la perla negra, presentando a una joven nueva pareja, Henry Turner (Brenton Thwaites) y Carina Smyth (Kaya Scodelario), sucesores (en el caso de él literalmente) de Will Turner y Elizabeth Swann, después de que Orlando Bloom y Keira Knightley pasaran de salir en la cuarta parte. Depp, por su parte, sigue siendo el alma de la saga, pero su personaje recupera en esta ocasión un rol relativamente más secundario, de nuevo como alivio cómico y acompañante de los héroes de nuevo cuño, retirándose cuando le corresponde para dejar que los demás personajes brillen. Algo que se agradece, teniendo en cuenta que el público está cada vez más harto de los mohínes de Depp.

De esta manera, La venganza de Salazar vuelve al cóctel de acción, romance, misterio sobrenatural y humor con el que se ganó el beneplácito del público, con una historia más centrada y mejor estructurada que la anterior (cosa que no era muy difícil) y grandes dosis de imaginación para paliar en la medida de lo posible el inevitable cansancio de la saga. En esta ocasión, el Capitán Jack Sparrow se reencuentra con su antiguo némesis, el aterrador Capitán Salazar (Javier Bardem), que ha escapado del Triángulo del Diablo con la intención de surcar los mares en su navío maldito y matar a todos los piratas que se crucen en su camino. Incluido Sparrow. La única esperanza del pirata es encontrar el legendario Tridente de Poseidón, artilugio mágico que otorga a quien lo posea el poder de controlar los mares. Junto a Henry, Carina, y su tripulación de despojos, Sparrow emprende una nueva odisea en altamar para truncar los planes de Salazar.

Uno de los mayores aciertos de La venganza de Salazar es su villano titular, interpretado por Javier Bardem. El actor español sigue el ejemplo de su mujer, Penélope Cruz, y se une a la saga con infinitamente mejores resultados que ella (lo cual tampoco era complicado). Bardem compone a un buen villano, temible y grandilocuente, que se beneficia de un diseño y unos efectos digitales sobresalientes (el efecto del agua fuera del mar es fantástico), pero sobre todo de la presencia y el carisma del actor español. En cuanto a las jóvenes incorporaciones, Thwaites cumple (es igual de soso que su padre, así que nada que objetar), pero es Scodelario quien se lleva el pez al agua, interpretando con mucha energía a una heroína suspicaz, decidida y sabelotodo, que se suma a la corriente moderna de mujeres de armas tomar de Disney. La presentación de la pareja formada por Henry y Carina, la (gratificante) presencia de Geoffrey Rush como el Capitán Barbossa, más el retorno (aunque sea muy breve) de Bloom y Knightley en sus papeles originales, responde a una clara estrategia: regresar al pasado y recuperar el favor de los fans de la saga.

Pero afortunadamente, La venganza de Salazar no se queda el mero truco nostálgico (sí, han pasado 14 años desde la primera película, podemos hablar ya de nostalgia), sino que se esfuerza en crear una nueva aventura que se sostenga por sí misma. El film empieza con mucha fuerza, con un prólogo impresionante en el que visitamos el Holandés Errante, donde es fácil dejarse atrapar por el embrujo de su atmósfera casi terrorífica. Lo que viene a continuación es algo irregular, pero por suerte nunca cae al nivel de En mareas misteriosas, gracias sobre todo al buen hacer de sus directores manejando el timónDestacan especialmente las secuencias de acción, set pieces memorables por su sentido del humor (Sparrow robando el banco), por su violencia y oscuridad (los ataques de Salazar) y por su excelente acabado visual (la llegada a la isla de las estrellas y la lucha por el Tridente en el fondo del mar dejan imágenes mágicas preciosas). El ritmo solo decae en el tramo previo al clímax, pero el resto del metraje aguanta bien el tipo, proporcionando sólido entretenimiento escapista la mayor parte del tiempo.

Es cierto que Piratas del Caribe ya no es lo que era. La novedad queda muy atrás, las leyendas se agotan (sobre todo cuando calzas tantas en una sola historia) y la fórmula pierde frescura después de usarla tantas veces (¿Cuántas películas de Disney culminan con una emotiva escena de sacrificio? ¿Es ya obligatorio siempre rejuvenecer digitalmente a sus personajes?). Sin embargo, La venganza de Salazar capea el temporal de forma imaginativa y con mucha picaresca, llegando a buen puerto en lugar de dejarse hundir por los contratiempos. Los principales problemas que pueden deslucir la película a pesar de sus loables esfuerzos son los externos. La audiencia original se ha hecho mayor, la popularidad de Depp está en horas muy bajas y existe cierta fatiga con las secuelas (especialmente las que tienen al actor entre su reparto, ejem, Alicia a través del espejo). Claro que la escena post-créditos de La venganza de Salazar sugiere que esto no se ha acabado ni por asomo, planteando una sexta parte que a ver qué pirata se resiste a ver.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Animales fantásticos y cómo encontrarlos

FANTASTIC BEASTS AND WHERE TO FIND THEM

Ocho largometrajes, una secuela en forma de obra de teatro, parques temáticos, una web que mantiene al día sobre los asuntos de Hogwarts… El universo de Harry Potter más allá de los libros sigue tan vivo como nunca, incluso más. Sin embargo, desde el final en 2011 de la saga protagonizada por Daniel Radcliffe, nos ha faltado algo, concretamente esa emoción de esperar una nueva película perteneciente a este universo. J.K. Rowling ha decidido devolver la magia a los cines con Animales fantásticos y cómo encontrarlos (Fantastic Beasts and Where to Find Them), nueva saga nacida a partir del manual homónimo publicado en 2001, un breve libro no narrativo que cataloga las diferentes especies de criaturas del mundo mágico. Pero no temáis, esto no es El hobbitEsto es algo infinitamente mejor.

Con guion escrito por la propia Rowling en solitario, Animales fantásticos nos lleva de Inglaterra a Nueva York para expandir el Potterverso presentándonos los entresijos del mundo mágico en Estados Unidos durante los años 20 del siglo pasado. Allí conocemos a Newt Scamander (Eddie Redmayne), mago británico y empleado del Ministerio de Magia que viaja a la Gran Manzana por un motivo desconocido, junto a su “inseparable” maletín mágico, una suerte de bolso de Mary Poppins llevado hasta sus últimas consecuencias, donde oculta y protege a diferentes especies de “bestias” fantásticas. En Nueva York, Newt se topa con un muggle (allí conocidos como “nomaj“), Jacob (Dan Fogler), una trabajadora del MACUSA (Mágico Congreso de USA), Tina Goldstein (Katherine Waterson), y su seductora hermana, Queenie (Alison Sudol), que tiene el poder de leer la mente. Mientras Newt trata de recuperar con la ayuda de sus nuevos amigos a los animales que ha perdido en la ciudad, este se meterá en problemas con la ley, ya que las reglas de la comunidad mágica en Nueva York son distintas a las del Reino Unido. En última instancia, sus encontronazos con el MACUSA y uno de sus mandamases, Percival Graves (Colin Farrell), le llevarán a destapar un misterio mayor que pondrá en peligro a la ciudad y el secreto de la comunidad mágica.

animales-fantasticos-2

Con Animales fantásticos y cómo encontrarnos, Rowling da una lección sobre cómo hacer una precuela, una primera entrega de una saga (en este caso de cinco partes) y una buena película de aventuras. Poniendo los cimientos de una nueva parcela del Potterverso y estableciendo férreamente su mitología -relacionada directamente con Harry Potter, pero con sus propias reglas y fundamentos-, Animales fantásticos desvela una razón de ser más allá del interés lucrativo. Claramente, Rowling ama su creación y se ha encargado de hacerle justicia con una historia completamente nueva en la que evita moverse por inercia. La película está dirigida por David Yates, lo que aporta consistencia tonal y estética con respecto a la saga Harry Potter, cuyas cuatro últimas partes fueron realizadas por él. Y es que desde que aparece el logo de Warner Bros., con una sintonía muy conocida de fondo, nos sentimos de nuevo en casa. Pero como decía, Animales fantásticos no opta por repetir la jugada, sino que se preocupa por construir algo nuevo, algo distinto, algo verdaderamente emocionante.

Animales fantásticos continúa el espíritu de Harry Potter, pero a la vez halla el suyo propio. El pequeño detalle de las edades de los personajes es en realidad enorme. Newt, Tina, Queenie y Jacob son adultos, lo que en esencia presenta una perspectiva completamente nueva en oposición al entorno infantil y posteriormente adolescente de Harry Potter. Pero no solo eso, el nuevo emplazamiento (una Nueva York de los años 20 recreada con suma belleza y elegancia) proporciona un escenario lleno de posibilidades que Rowling aprovecha para empezar a contar una historia diferente. Animales fantásticos tiene su corazón propio, lo que hace que pueda ser disfrutada por cualquiera, sea Potterhead o no, pero los fans de Harry Potter se sentirán especialmente arropados gracias a sus conexiones con el mundo mágico de Hogwarts (hechizos conocidos, referencias), detalles bien dosificados y guiños que emocionan sin distraer del propósito actual, y que apuntan a una mayor conexión en el futuro con la saga anterior.

FANTASTIC BEASTS AND WHERE TO FIND THEM

FANTASTIC BEASTS AND WHERE TO FIND THEM

Como decía al principio, Animales fantásticos no es El hobbit. Estamos ante una película que funciona perfectamente como pieza individual y a la vez como primer capítulo de una historia mayor. Rowling se estrena como guionista cinematográfica con un libreto consistente y equilibrado, lo que da como resultado una película de aventuras ejemplar, un blockbuster eficaz y con almaAnimales fantásticos conserva todas las características de la escritura de Rowling, su ingenio y sentido del humor, el cariño en el tratamiento de los personajes, la creatividad e imaginación desbordante a la hora de inventar criaturas y diseñar una mitología extensísima, ese gusto por el misterio, los secretos que impulsan la historia y los giros sorpresa y revelaciones que la ponen patas arriba. Después de Animales fantásticos nos quedamos con ganas de más, pero no porque sintamos que la película se haya quedado incompleta o la percibamos negativamente como el fragmento de un todo (hay final, y además es precioso), sino porque nos ha dado suficientes alicientes para que queramos seguir explorando su universo más allá de este primer episodio. Asuntos pendientes que en ningún momento lastran la historia, sino que la enriquecen y nos dejan ver el enorme potencial de esta nueva franquicia.

Pero no todo va a ser positivo. El eslabón más débil de Animales fantásticos, y no es uno pequeño, es su protagonista, Eddie Redmayne. El oscarizado actor británico ha demostrado con creces su talento, pero también que es propenso a que sus personajes se le vayan de las manos. En este caso, su Newt Scamander puede llegar a resultar bastante irritante por culpa de los mohínes de Redmayne, su pose constantemente encorvada, su voz exageradamente temblorosa… Su interpretación se corresponde con el carácter del personaje, dañado, frágil y retraído, pero Redmayne sobreactúa esa timidez e introspección hasta el punto de distraer demasiado. Con suerte, el actor se hará con el personaje a medida que este evolucione y salga de su cascarón en las siguientes cuatro películas. Le daremos por tanto el beneficio de la duda.

FANTASTIC BEASTS AND WHERE TO FIND THEM

Por lo demás, Animales fantásticos es un espectáculo cinematográfico de primera, una película que, lejos de seguir el camino de la sobre-explotación fácil de algo que se vende solo, se esfuerza por crear algo con sustancia y estilo propio. Los nuevos personajes son una delicia (qué detalle que el muggle más destacado del film y claro representante del fandom de Harry Potter, el entrañable Jacob, tenga tanto protagonismo y cumpla nuestro sueño de vivir una aventura en el mundo mágico), las criaturas son muy ocurrentes y adorables, los efectos digitales hacen que las imágenes salten de la pantalla aunque no estemos viendo la película en 3D, el ritmo no decae y hay un equilibrio perfecto entre acción y desarrollo narrativo, la música de James Newton Howard es simplemente grandiosa… En definitiva, Animales fantásticos es una auténtica gozada, divertida, ingeniosa, con encanto a raudales y el asombro propio del mejor cine de fantasía. Gracias, J.K., por renovar nuestro sueño de ser magos en este mundo gris.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Alicia a través del espejo

ALICE THROUGH THE LOOKING GLASS

El remake en acción real de Alicia en el País de las Maravillas fue uno de los mayores éxitos de 2010, superando en taquilla la impresionante cantidad de mil millones de dólares en todo el mundo. Sigue resultando sorprendente, ya que la película dirigida por Tim Burton no está considerada a día de hoy como uno de los mejores trabajos del director de Eduardo Manostijeras o uno de los títulos más aclamados de Disney, que lleva ya unos cuantos años imparable en la box office y con la crítica y el público en el bolsillo. Pero lo cierto es que Alicia supuso un éxito extraordinario para la Casa de Mickey Mouse (y no solo en los cines, sino que también generó un boom duradero de mercadotecnia), por lo que era de cajón que volveríamos al País de las Maravillas para vivir más aventuras junto a Alicia Kingsleigh (Mia Wasikowska) en la secuela que nos llega ahora, Alicia a través del espejo.

James Bobin, director de las dos películas del reboot cinematográfico de Los Muppets, toma el relevo de Burton, que permanece en la franquicia como productor. En Disney debieron pensar (lógicamente): ‘Si algo funciona, ¿por qué arreglarlo?‘ Muchos elementos de la primera Alicia no recibieron el beneplácito de la audiencia, pero en lugar de intentar corregirlos, se ha hecho una secuela continuista al 100%. Es decir, Bobin sigue la senda marcada por Burton, y aunque se podría detectar algo de su sentido del humor en algunas escenas, en general el director se ha encargado de reproducir al dedillo la visión de Burton. De esta manera, Alicia a través del espejo se basa de nuevo muy libremente en la obra de Lewis Carroll para continuar la reimaginación de sus historias en clave de épica fantástica. La nueva Alicia es la misma Alicia, un estallido de color y animación digital que puede resultar tan goloso como empalagoso y que repite las mismas claves de la primera película.

Una de las novedades que planteaba la película de Burton era una Alicia de armas tomar, es decir, una versión más fuerte y decidida de la creación de Carroll, que lejos de llorar ante las adversidades como la Alicia animada de Disney, se enfundaba en una armadura para derrotar al Galimatazo, en un glorioso arrebato feminista que ha calado hondo en la Disney reciente y que por supuesto se recupera en la nueva película. En A través del espejo nos reencontramos con esa misma chica valerosa y resuelta, ahora convertida en capitana de su propio barco, siguiendo los pasos de su padre. A su vuelta a Londres, Alicia se encuentra con que el mundo sigue regido por los anticuados puntos de vista sobre el papel de la mujer, y tanto ella como su madre ven cómo sus planes de futuro peligran por culpa de esto. Pero antes de poder lidiar con sus problemas allí, Alicia atraviesa un espejo mágico para regresar al Submundo, donde tendrá que embarcarse en una aventura en el Océano del Tiempo para salvar a un “descolorido” Sombrerero Loco (Johnny Depp), sumido en una depresión después de perder a su familia en la batalla contra el Galimatazo. Efectivamente, Alicia a través del espejo no solo se distancia enormemente del material original, sino que además hace retcon de su predecesora para contarnos varias historias de orígenes, la del Sombrerero (que no está loco de nacimiento, sino que su carácter tiene su origen en su relación con su padre) y la de las hermanas Mirana (Anne Hathaway) e Iracebeth (Helena Bonham Carter).

ALICE THROUGH THE LOOKING GLASS

Alicia a través del espejo es más comparable a Regreso al futuro que a la obra de Carroll. Para salvar al Sombrerero, Alicia debe tomar prestada la Cronosfera de Tiempo (un muy acertado Sacha Baron Cohen) y viajar al pasado para resolver un misterio que la llevará a cruzarse con sus amigos y enemigos en diferentes etapas de sus vidas, a la vez que huye de Tiempo, que corre el peligro de perecer (y con él el mundo entero) sin la Cronosfera. Así, la película se construye (por decirlo de alguna manera) como una odisea a través del tiempo, aumentando considerablemente las dosis de acción y, sin embargo, perdiéndose en mil y un dobleces temporales y las correspondientes paradojas que no hacen sino añadir confusión y caos a la ya de por sí endeble historia (una historia a la que el caos le debería sentar bien, porque es su estado natural, no perjudicarla tanto). Al final, a Alicia a través del espejo le falta imaginación (pecado capital teniendo en cuenta el material del que parte) y vuelve a caer en el mismo error que la primera entrega: dar prioridad al envoltorio sobre lo que hay (o debería haber) dentro de la caja, al espectáculo sobre la sustancia. Y aunque hay bastante que admirar en Alicia a través del espejo (sobre todo el diseño de producción y el suntuoso vestuario de Colleen Atwood), falta lo más importante, la emoción y la profundidad que otras recientes adaptaciones en acción real de Disney sí nos han dado, lo que ha elevado el listón de lo que esperamos del estudio.

Por el lado bueno, en un universo creado casi enteramente por ordenador, el reparto ‘humano’ vuelve a compensar el exceso CGI, tanto los que están de cuerpo (más o menos) presente como los que prestan sus voces a la fauna de Wonderland (como Alan Rickman, que provoca escalofríos con sus cuerdas vocales por última vez). Con permiso de una más que correcta Wasikowska, son Helena Bonham Carter y Anne Hathaway las que más vuelven a brillar con luz propia, la primera además añadiendo capas de matices a su divertidísima interpretación (es mala porque está dolida por el pasado) y la segunda demostrando de nuevo su gran vis cómica, con un personaje que parece haber tomado apuntes de la Giselle de Encantada. El eslabón más débil sigue siendo Johnny Depp como el Sombrerero Loco, que, aunque esta vez no baile (gracias al Cielo), sigue saturando tanto o más que los cromas. Claro que su interpretación caricaturesca encaja perfectamente con la propuesta cuasi-animada de la película, y otra cosa habría desentonado. En este sentido, Alicia a través del espejo no engaña. Su objetivo es contentar a esos millones de personas que disfrutaron (suponemos) con el (intencionado) exceso hortera y la épica colorista de este rediseño de los mundos de Carroll (que sigue teniendo cuerda para más partes, ya que las películas han desarrollado un universo propio con vida más allá de los libros). Se podía haber intentado corregir lo que no funcionaba de la primera entrega, pero se ha optado por repetir la fórmula del éxito, aunque haya supuesto volver a vender el alma al tiempo.

Nota: ★★½

Crítica: Black Mass (Estrictamente criminal)

BLACK MASS

Sur de Boston, años 70. El agente del FBI John Connolly (Joel Edgerton) tiene un plan para acabar con la mafia italiana del lugar: contar con la estimable colaboración de James ‘Whitey’ Bulger (Johnny Depp), miembro de la mafia irlandesa que accede a convertirse en informante de Connolly para eliminar a su enemigo común. La alianza entre los federales y el mafioso se intensifica hasta volverse incontrolable, desencadenando la violencia y el crimen en la ciudad, arrastrando familias (de agentes y criminales) y convirtiendo a Whitey en el mayor capo de la zona, uno de los gángsters más salvajes y poderosos de la historia de Boston.

Con Black Mass, Scott Cooper (Corazón rebelde, Out of the Furnace) lleva el thriller clásico de mafiosos hacia un terreno más moderno sin sacrificar las características que lo definen. Cooper construye un drama elegante de diálogos impecables en el que, en lugar de imitar u homenajear el cine gángsters de los 90, conduce el género por un camino más estilizado y contemporáneo (el score de Junkie XL le da impulso en este sentido), recordando más a David Fincher que a Martin Scorsese. Los guionistas Mark Mallouk y Jez Butterworth (Al filo del mañana) optan por una mayor transparencia narrativa a la hora de contar la leyenda de Whitey Bulger, empleando el recurso del testimonio en flashforward a la policía para desgranar el relato de forma cronológica. Una opción que, lejos de simplificar el discurso o subestimar al espectador, le hace partícipe más directo de la historia y le permite seguirla con una claridad que no suele formar parte del cine sobre crimen organizado. Una muestra de que se puede hacer cine negro para un público más amplio.

Black MassPara tener poca experiencia tras las cámaras, Cooper dirige con el pulso y la confianza de un veterano, manteniendo una homogeneidad considerable tanto en el tono como en la atmósfera de la película. Black Mass es un trabajo gris, de gran intensidad, un film en el que la violencia te hipnotiza y los actores te sacuden. Y es que su apartado interpretativo es impecable. Cooper cuenta con un envidiable reparto de rostros conocidos secundando a los protagonistas: Benedict Cumberbatch demuestra una vez más su enorme versatilidad adoptando acento bostoniano para dar vida al hermano de Whitey (aunque, como de costumbre, roza la imitación, y por tanto la caricatura). Kevin Bacon y el ubicuo Corey Stoll no se dejan ver mucho, pero cumplen de sobra (a Stoll siempre es un placer verlo, y más si te lo encuentras de sorpresa, que es algo muy habitual). Peter Sarsgaard y Jesse Plemons desatan su excentricidad con dos secundarios memorables. Los personajes femeninos tienen poco peso en la historia, pero Dakota Johnson, Julianne Nicholson y Juno Temple se encargan de sacarle el máximo partido a su tiempo en pantalla, protagonizando algunas de las escenas más potentes e impactantes (la visita de Whitey al cuarto de la mujer de Connolly pone los pelos de punta). Y Rory Cochrane ofrece un magnífico y sutil recital de emociones, dejándonos los mejores primeros planos del film.

Por último, Depp se redime de los recientes pasos en falso de su carrera con un sorprendente y magnético trabajo en el que podemos ver cómo se va deshaciendo de sus tics para humanizar al personaje de forma ejemplar. Claro que, mientras el actor de Eduardo Manostijeras y sus intimidantes ojos claros de pupilas dilatadas se llevan toda la atención (como si estuviéramos contemplando a un Jack Nicholson más esforzado), es Edgerton quien aguanta estoicamente el peso de la historia, demostrando un talento que Hollywood no está sabiendo aprovechar. La interesante relación entre White y Connolly es el eje que vertebra Black Mass, y por suerte, Edgerton y Depp son los instrumentos mejor afinados de la película.

Valoración: ★★★½

Crítica: Into the Woods

INTO THE WOODS

Antes de que Disney sacase el proyecto adelante en 2012, Into the Woods llevaba más de veinte años en preproducción. Llegó a tener varias casas (Columbia y la Henson Company se encargaron de las primeras versiones), varios directores, y repartos completos que fueron sustituidos con cada (falsa) puesta en marcha, hasta que finalmente quedó en parón durante 15 años. La adaptación del popular musical de Broadway escrito por Stephen Sondheim (canciones) y James Lapine (libreto) parecía condenada a permanecer en el limbo de Hollywood hasta que fue rescatada por la compañía de Mickey Mouse, donde el proyecto encajaba como zapato de cristal. El renacimiento de los cuentos de hadas (ya oficialmente empacho y saturación) en la Disney y sus afiliadas televisivas (Disney Channel y ABC a la cabeza) propiciaba el panorama idóneo para que Into the Woods por fin viese la luz más allá de los árboles. Y así ha sido, bajo la nueva línea comercial de la compañía, y la dirección del veterano Rob Marshall (Chicago, Nine), los amantes de Broadway por fin pueden (podemos) disfrutar del célebre musical en su deslumbrante versión cinematográfica.

Into the Woods practicaba el meta-humor, la reinvención de estereotipos, la autoparodia, el crossover, el mash-up y otras estrategias postmodernas mucho antes de que estas estuvieran tan en boga. La película entrelaza los cuentos de los hermanos Grimm en una historia donde los personajes de Caperucita Roja, Rapunzel, Jack y las habichuelas mágicas y La Cenicienta comparten el mismo espacio narrativo, con el propósito de explorar las consecuencias de sus deseos y sus actos (algo así como un “y qué pasó después”). Para juntarlos a todos, el musical parte de dos personajes originales, el Panadero (James Corden) y su mujer (Emily Blunt), dos humildes campesinos que no pueden tener hijos a causa de la maldición de una Bruja (Meryl Streep), que regresa para devolverles la fertilidad a cambio de que estos le consigan una lista de objetos mágicos del bosque: el zapato de Cenicienta, un mechón dorado de Rapunzel, la capucha roja de Caperucita y una vaca blanca. Esta premisa da lugar a una comedia de enredos cuya acción principal tiene lugar en el bosque, un espacio de sueño y pesadilla (casi una representación onírica del subconsciente en la que todo puede pasar), reconvertido en escenario donde las “fábulas” entran y salen de escena, se cruzan y desaparecen entre la maleza, conservando así el espíritu teatral de la obra.

INTO THE WOODS

Y es que el punto fuerte de Into the Woods no son las canciones (si me lo permitís, con excepción de una o dos, fáciles de olvidar), sino la comedia. Es cierto que vista hoy en día, la historia ha perdido parte de la cualidad transgresora y originalidad, lo que la convertía en una obra rompedora y única a finales de los 80. Sin embargo, el material sigue siendo excelente y ha logrado aguantar el tiempo, sobre todo gracias a un sentido del humor irreverente, con un punto oscuro y perverso, e incluso un poso de tristeza, que nos deja números y diálogos para el recuerdo (o el trauma, según se mire): el encuentro del Lobo (Johnny Depp a punto de cargarse la película) y Caperucita, reimaginado como el incomodísimo cortejo de un pederasta a su víctima (definitivamente trauma); “Agony!”, el tronchante duelo de egos en el arroyo entre los dos Príncipes (divertidísimos Chris Pine y Billy Magnussen); o la muy millenial “On the Steps of the Palace”, en la que la indecisa Cenicienta (Anna Kendrick) se convierte básicamente en Shoshanna Shapiro. Todo va viento en popa, hasta que un giro inesperado cerca del final produce un impasse a partir del cual el ritmo decae dramáticamente, provocando que la última media hora de la película parezca un epílogo interminable (a pesar de un par de números sobresalientes).

Into the Woods es un film técnica y artísticamente impecable, pero también irregular. Uno capaz de darnos secuencias soberbias, como el prólogo -cuyo espectacular montaje ya le valía la nominación al Oscar que le han negado-, pero también de perderse (nunca mejor dicho) en sus numerosos y repetitivos rizos argumentales. Al final, es el reparto lo que aporta la unidad necesaria en una obra con tantos flancos abiertos que es imposible no perder el norte. Los actores están espléndidos (y sus cuerdas vocales a la altura), en especial los niños, Lilla Crawford y Daniel Huttlestone (reencarnación de Pedro, el del dragón Elliott) y las esperpénticas Christine Baranski y Lucy Punch (carcajadas aseguradas con ellas). Pero sin duda alguna, la robaescenas oficial de Into the Woods es Emily Blunt -quien merecía la nominación tanto o más que Streep, aunque fuera solo por sus encuentros con el Príncipe. Ya la teníamos más que fichada, pero con esta película confirma lo que sabíamos: posee uno de los talentos más completos y polivalentes del Hollywood actual. Blunt se revela como el alma de Into the Woods, proyectando luz propia en una historia que no tiene miedo a adentrarse en los vericuetos más oscuros del bosque, y que en última instancia nos proporciona una moraleja agridulce sobre la responsabilidad y la familia que corona una película más fiel en forma y espíritu a los cuentos originales de los Grimm que cualquier otra de Disney.

Valoración: ★★★½

Crítica: Transcendence

TRANSCENDENCE

Transcendence supone el debut el la dirección del director de fotografía predilecto de Christopher Nolan, el ganador del Oscar Wally Pfister. Y no cabe duda de que su trabajo desde la silla del director evoca al estilo de su amiguísimo y no obstante jefe Nolan. Pfister también practica esa grandilocuencia épica a la hora de aproximarse a la ciencia ficción, e imprime a la historia de un tono supuestamente sesudo y filosófico que indica que el director de fotografía tomó notas exhaustivas mientras trabajaba en OrigenEl caballero oscuro

El título de la película le viene que ni pintado, pero también le queda grande, porque Transcendence es de todo menos trascendental. Está hueca, sus reflexiones sobre la sociedad hiperconectada son simplistas y alarmistas, y en general, la historia se sostiene a duras penas en una delgadísima base de verosimilitud repleta de agujeros de sentido que, ni aún asumiendo que estamos ante una obra de ciencia ficción, es capaz de hacernos creer en lo que estamos viendo. Algo a lo que tampoco contribuye un apartado interpretativo penoso, con un Johnny Depp desganado e inteligible (se pasa con ese acento suyo tan particular y tan irritante, y se adentra en terreno Mario Casas) y Rebecca Hall (clon de la Scarlett Johansson de Los Vengadores) incapaz de soportar el peso de una protagonista, dejando en evidencia sus numerosas carencias como actriz. Por no hablar de Morgan Freeman, Cillian Murphy o Kate Mara, que pasaban por ahí y Pfister les pidió hacer bulto.

Depp interpreta al doctor Will Caster, un científico estrella que se dedica a desarrollar Inteligencia Artificial y que se encuentra trabajando en un ordenador con capacidad para desarrollar emociones humanas. Junto a su mujer, Evelyn (Hall) y su mejor amigo Max (Paul Bettany), Will crea la IA que cambiará el mundo, evitando que el gobierno ponga sus garras sobre ella y ganándose la ira de un grupo de extremistas anti-tecnológicos que intentarán acabar con su investigación y devolver al mundo a su estado natural de desconexión. Ni que decir tiene que el ordenador de Caster es la súper-evolución de HAL 9000, y si la IA de 2001 no estaba para tonterías, la de Transcendence tiene planes mucho más ambiciosos, que amenazarán con destruir la Tierra en tiempo récord.

TRANSCENDENCE

A pesar de la interesante premisa (reconozco que las películas sobre inteligencia artificial, robots y futuros utópico-distópicos me pierden), esta tremendista y pretenciosa fábula tecnológica no logra su propósito de agitar conciencias, y lo peor de todo, fracasa como cine-espectáculo (solo el desenlace entra en acción, pero para entonces ya es demasiado tarde), distanciándose así de los ‘blockbusters dignos’ de Nolan. Transcendence se piensa muy lista cuando en realidad es más bien de inteligencia impedida, y sobre todo plomiza hasta el paroxismo. Pfister, quizás más ocupado en el aspecto visual de la película (lo único salvable, lógicamente), se adentra en terrenos terriblemente farragosos intentando contar la historia, y acaba absolutamente perdido en la confusión de sus planteamientos. Ni los que han hecho esta película entienden de qué está hablando y mucho menos saben qué es exactamente eso de la “trascendencia”, así que explicarlo se convierte en una tarea imposible.

La realidad futura que plantea Transcendence es tan cercana a nuestra situación actual que para que la aceptemos como plausible dentro de los límites de la ficción, debe evitar hipótesis problemáticas (como hizo recientemente Her, con la que este film guarda más de una similitud), o debe ofrecernos argumentos científicos (aparentemente) sólidos. Es decir, tiene que engañarnos y hacernos creer que lo que vemos podría ocurrir de verdad. Algo que la película no consigue en ningún momento, optando más bien por una línea de razonamiento endeble, un desarrollo a trompicones y sin explicaciones, y un enfoque dolorosamente simplista a pesar de las ambiciones del discurso. En consecuencia, la película apesta a moralina y adoctrinamiento, y no se distancia mucho de la serie Revolution, aunque Transcendence se indignaría por la comparación. Claro, es tan trascendental.

Valoración: ★½

Dark Shadows: cuéntame un cuento

Tim Burton es una víctima de los tiempos que corren. Cierto es que su obra ha mostrado evidentes síntomas de agotamiento en los últimos años: Sweeney Todd supuso otro esfuerzo técnicamente brillante pero carente de alma, y su Alicia dejó frío a todo el mundo. Sin embargo, no es del todo justo achacar únicamente al realizador la cada vez más generalizada corriente de desprestigio hacia su cine. El camino recorrido por el director de Batman y Eduardo Manostijeras entre otros clásicos del cine contemporáneo ha estado enormemente obstaculizado por su impacto en la cultura de masas. Su extravagante y extraordinaria visión, a su vez siempre cimentada en el clasicismo y lo institucional, ha atravesado dos claras etapas. De lo hip a lo demodé en una década -en medio identificamos un proceso de marketinización y apropiación de su imagen, decisivo para su declive comercial. Hace tiempo que el mundo superó a Burton, dejándolo en el pasado, como uno hizo con el acné y el grunge. En gran medida, lo que ha dañado su cine es no haberse adaptado al siglo XXI. Sus propuestas son intemporales en esencia, pero la audiencia no puede evitar situarlas en el pasado. Burton sigue insistiendo en su discurso estético y en su papel de cuentacuentos sin reparar en que su público ha madurado. Y esto, para mí, es algo absolutamente conmovedor.

Si no prestamos atención a la textura digital que envuelve todo su cine perteneciente al siglo XXI, la última propuesta de Burton, Dark Shadows, podría formar parte de su etapa noventera. Haciendo oídos sordos al hastío del público ante su empalagoso romance profesional con Johnny Depp, el director norteamericano se reafirma en sus preceptos estéticos y se limita a contarnos otro cuento protagonizado por el excesivo actor. Con Sombras tenebrosas, Burton busca la mirada sin adulterar de un público en el que sigue depositando toda su confianza (ciega). Su peterpanismo como realizador opone resistencia a las nuevas tendencias cinematográficas mainstream. Sí, se pone las gafas de sol, pero en el fondo sigue y seguirá siendo el mismo ser extrañado que trata de vivir en una época que no le corresponde (por muy impostado que pueda ser este papel). Y en eso consiste el romanticismo del autor, al que no importa que el espectador esté cada vez más educado en lo narrativo, y al que en ningún momento pretende sorprender.

Dark Shadows está basada en la serie de televisión del mismo nombre (Sombras en la oscuridad se tituló en España), un culebrón de emisión diaria en la cadena ABC que llegó a tener 1.225 episodios. Lo más curioso de la serie es que no incorporó el elemento sobrenatural hasta seis meses después de su estreno. A partir de la introducción del vampiro Barnabas Collins -él aparecería tras un año de emisión del programa-, Dark Shadows se pobló de toda clase de criaturas monstruosas, que convirtieron la serie en un clásico que ha dejado una importante huella camp en su país de origen. Confeso admirador de Sombras en la oscuridad, Burton acometió un proyecto que parecía hecho para él y nadie más. Fusionó convenientemente el componente soap con el ingrediente terrorífico, para elaborar una historia a caballo entre el relato de fantasmas -reminiscente de su Novia cadáver Beetlejuice– y el kitch y el pastiche que nos devuelven el espíritu de sus obras más coloristas, Eduardo manostijeras y la más reciente Charlie y la fábrica de chocolate. El resultado es un digno ejercicio de entretenimiento, por desgracia ya condenada al ostracismo.

Uno de los apartados más sobresalientes de Sombras tenebrosas es el interpretativo. Depp construye otro de los personajes cartoonescos que le han consagrado como transformista del cine, pero esta vez logra ejercer un mayor control sobre sus tics. Afortunadamente, el Barnabas Collins de Depp nos hace olvidar al desastroso Sombrerero Loco de Alicia en el País de las Maravillas, y si me lo permitís, trae a la memoria a su excelente Ed Wood.

Sin embargo, es un trío femenino de ases el que eleva considerablemente de categoría a Dark Shadows. Tres generaciones de actrices que brillan con luz propia. Michelle Pfeiffer continúa por la senda de Stardust, en otro papel de dama de gran presencia -es Pfeiffer, no es que tenga que esforzarse mucho-, una matriarca que se niega a sacrificar aquello que le hace fabulosa a pesar del paso del tiempo. De Catwoman a Cougarwoman. Por otro lado, lo de Eva Green debe ser obra de brujería. La chica es uno de los talentos más impresionantes de su generación, y que no haya conquistado Hollywood debe ser toda una maldición gitana. Quizás sea mala suerte, o cuestionables decisiones creativas, pero Green no ocupa el lugar que parecía reservado para ella desde su revelación en Los soñadores de Bertolucci. Sin embargo, la actriz francesa trabaja mejor que nunca bajo la batuta de Burton. Ajustándose perfectamente a las pelucas amarillo sucio marca de la casa, Green nos regala una villana antológica que tristemente, a causa de la pobre recepción de la película, no recibirá la atención que merece. Quizás no ocurra lo mismo con Chloë Grace Moretz, una de las jóvenes actrices con mayor proyección de futuro, desde sus loados trabajos en Kick-Ass y Hugo. Moretz da vida a la arquetípica adolescente sumida en un constante sufrimiento hormonal, una que sería fan de Burton si en lugar de en los 70 hubiera crecido en los 90. Estos tres personajes forman parte del clan que portagoniza Dark Shadows: los Collins, una ajada y marchita familia con tenebroso pasado que permite a Burton jugar con divertidos elementos telenovelescos que acaban ajustándose como un guante a su estilo.

Cada nuevo estreno de Tim Burton se examina con ojo receloso y descreído -y es lógico, teniendo en cuenta los tropiezos. A menudo se acusa al director de narrar historias demasiado predecibles, ignorando precisamente lo que hace que su cine siga presentando férreas convicciones artísticas: Burton se niega a abandonar la ingenuidad de su obra. Dark Shadows es una historia en la más pura tradición que elevó al director al firmamento del autor de cine de Hollywood en los 90. Y es precisamente todo esto lo que ha acabado provocando la indiferencia y el rechazo. Los 90 quedan ya muy atrás, y no importa que los cuentos sean eternos, Burton ha resultado no serlo.