Crítica: Un lugar tranquilo

John Krasinski alcanzó la popularidad interpretando a Jim Halpert en la versión estadounidense de The Office. Durante la emisión de la genial comedia de NBC, Krasinski hizo sus pinitos como director poniéndose tras las cámaras en varios episodios y trabajando en su primer largometraje, la ignorada Brief Interviews with Hideous Men. En 2016 retomó su carrera como cineasta con la simpática dramedia indie Los Hollar, que también pasó sin pena ni gloria a pesar del excelente reparto con el que contaba. Este año, Krasinski cambia de tercio y se pasa a la ciencia ficción con el thriller Un lugar tranquilo (A Quiet Place), que dirige y protagoniza junto a su esposa en la vida real, Emily Blunt (SicarioEl regreso de Mary Poppins).

Pues bien, a la tercera va la vencida, porque Un lugar tranquilo ha sido todo un éxito en Estados Unidos, convirtiéndose en la sensación terrorífica de la temporada e impulsando la carrera de Krasinski, que no ha tardado en encontrar su próximo proyecto, otro thriller de ciencia ficción para Paramount, Life on MarsUn lugar tranquilo ha atrapado a la audiencia con una propuesta original escrita por Krasinski junto a Scott Beck y Bryan Woods, que fusiona con inteligencia y destreza ciencia ficción, terror y drama familiar. El film estuvo a punto de formar parte del universo Cloverfield, pero se acabó desechando la idea. Aunque después de verla no nos cuesta imaginar por qué se barajó asociarla a la franquicia de J.J. Abrams.

Un lugar tranquilo gira en torno a una familia que trata de sobrevivir en un mundo asolado por unas temibles criaturas ciegas que se guían por el sonido para cazar. Evelyn y Lee Abbott (Blunt y Krasinski) viven en silencio junto a sus hijos, intentando hacer el menor ruido para evitar atraer a los sanguinarios monstruos, y haciendo lo posible para salir adelante como familia en una situación tan desesperada. Cuando creen haber encontrado un lugar seguro en una remota granja, la familia Abbott se enfrentará a una serie de acontecimientos que harán que sea cada vez más difícil mantenerse en silencio, y por tanto, con vida.

Además de ser un inquietante y tenso thriller de suspense, Un lugar tranquilo se adscribe a la corriente actual del género que mezcla terror y fantasía con drama y comentario social, en la línea de películas como No respires, Llega de nocheDéjame salir, títulos que claramente inspiraron a Krasinski a la hora de dar forma a la película. Un lugar tranquilo nos habla de la paternidad, la responsabilidad y los lazos que unen a una familia, puestos a prueba en un contexto extremo. El núcleo de la película está formado por estos vínculos entre los personajes, ya sea el matrimonio, que lucha por proteger a sus hijos y educarlos para que sean fuertes e independientes, o los niños, que aprenden a ser útiles y valerse por sí mismos, en especial la mayor, Regan, que es sorda (la actriz que la interpreta, Millicent Simmonds, también lo es en la vida real). Este recurso podría haberse quedado en el simple truco, pero que acaba siendo uno de los aspectos más importantes y mejor aprovechados del film.

A pesar del buen hacer de los actores más jóvenes (Noah Jupe, visto en Wonder, también realiza un trabajo destacable), las estrellas de la película son Krasinski y Blunt, una pareja tan bien sincronizada en la vida real como en la pantallaUn lugar tranquilo se beneficia no solo del gran talento de Blunt, sino también de la química con su marido, que ayuda a que nos creamos a los Abbott como una familia real y nos involucremos emocionalmente con sus vivencias, sobre todo en las situaciones de mayor peligro. Krasinski se asegura de que nos preocupemos por los personajes para que suframos con ellos y deseemos verlos salir con vida. Y ahí está una de las claves por las que la película funciona tan bien, que tiene corazón y hace énfasis en la narración al servicio de los personajes.

Pero lo más reseñable de Un lugar tranquilo siguen siendo sus escenas de suspense y sus momentos más terroríficos, que provocan y demandan silencio en la sala. Krasinski saca buen provecho de las posibilidades de la premisa ideando situaciones muy creativas en torno al silencio y el ruido, así como sobresaltos de los que es imposible escapar. En este sentido, hay que alabar el diseño de sonido y la excelente banda sonora de Marco Beltrami. Sin olvidar a las propias criaturas, monstruos de presencia amenazante y diseño realmente terrorífico que recuerdan a Alien Parque Jurásico, películas que Krasinski claramente tenía en mente mientras dirigía varias escenas.

Aunque a lo largo del metraje es inevitable plantearse constantemente qué habríamos hecho nosotros en el lugar de los Abbott (síntoma de que nos hemos involucrado en la historia), Un lugar tranquilo no es una película para desmenuzar en busca de lógica científica, sino una experiencia más bien visceral, en la que es recomendable dejarse llevar y no romperse la cabeza cuestionando sus normas o su realismo. A cambio de firmar este pacto, Krasinski nos ofrece un trabajo verdaderamente memorable, un thriller elegante, preciso, emocionante, con un buen conflicto dramático en el centro y algunas de las escenas más tensas y escalofriantes que se han visto últimamente en el cine (la secuencia con Blunt en el sótano es simplemente magistral). Para no rechistar, vamos.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Detroit

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Kathryn Bigelow es una de las cineastas más comprometidas y valientes de Hollywood. Así lo evidencian sus dos películas más aclamadas, En tierra hostil (por la que se convirtió en la primera mujer en ganar el Oscar a mejor dirección) y La noche más oscura (Zero Dark Thirty), y así vuelve a demostrarlo con su nuevo trabajo, Detroit, una desgarradora reconstrucción histórica que se adentra (hasta el cuello) en los violentos disturbios raciales de la Norteamérica de los años 60.

Haciendo uso una vez más del estilo cinéma vérité, Bigelow nos lleva al pasado con Detroit para hacernos reflexionar sobre un tema que, tristemente, sigue tan de actualidad hoy como hace cincuenta años: el racismo sistémico, institucional y estructural, y uno de sus síntomas más evidentes, la brutalidad policial en contra de las minorías raciales, males que se han visto magnificados en los últimos años en torno a la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump.

Detroit transcurre durante el verano de 1967 en la malograda ciudad de Michigan, y está basada en hechos reales muy poco conocidos de la historia estadounidense, sobre los que Bigelow arroja luz (mediante unas cuantas licencias dramáticas, todo hay que decirlo). La película sigue a los miembros de un elenco coral mientras en las calles de Detroit se empieza a fraguar uno de los mayores levantamientos civiles del país, y culmina en la redada policial del motel Algiers, en la que un grupo de jóvenes, en su mayoría afroamericanos, sufrieron todo tipo de vejaciones por parte de los agentes locales.

Bigelow, y su guionista habitual, Mark Boal, construyen una durísima historia que se cuece a fuego lento, que comienza de forma relativamente pausada para acabar transformándose durante su bloque central (en el que tiene lugar la redada) en una de las experiencias cinematográficas más intensas, incómodas y demoledoras que vamos a vivir en mucho tiempoDetroit busca la veracidad en su manera de aproximarse a la historia, potenciando el realismo con imágenes documentales y propiciando la inmersión del espectador, que de cumplir su objetivo, se verá completamente abordado por el terror, la rabia y la impotencia a medida que los acontecimientos se van desencadenando.

Una de las mayores bazas de Detroit es su excelente reparto, del que destacan John Boyega (Star Wars: El despertar de la fuerza), que transmite con gran contención dramática la rectitud moral, la inteligencia y el dolor de un personaje profundamente humano, y especialmente un soberbio Will Poulter, que interpreta al agente de policía que convierte la redada en el motel en su sádico juego de tortura. Si existe la justicia, Poulter será debidamente reconocido en la temporada de premios, ya que ostenta el honor de haber creado a uno de los personajes más despreciables y enervantes, y por tanto inolvidables, del cine reciente. Pero es que el resto del cast brilla igualmente: la revelación Algee Smith (en cierto modo, el corazón de la película), una estupenda Hannah Murray (Skins, Juego de Tronos) o Anthony Mackie (Los Vengadores) en un papel pequeño pero intenso son solo ejemplos de la gran labor interpretativa que recorre toda la película, en la que todos están al 100%.

Sin embargo, la verdadera protagonista de Detroit es la magistral dirección de Bigelow, un trabajo audaz, de pulso increíble, que debería garantizarle otra nominación al Oscar. El único inconveniente que se le puede poner a la directora (y a su guionista) es el sensacionalismo con el que recargan algunas escenas, que queda de alguna manera expuesto cuando en los créditos finales se explica que hay muchas lagunas en los documentos sobre la noche del Algiers que Bigelow y Boal se han encargado de rellenar a su antojo. A pesar de esto (o quizá en parte por esa razón), Detroit consigue con creces su propósito de impactar, remover conciencias y estómagos e incitar el debate. Puede que su valor documental no sea el más riguroso, pero su poder como pieza de ficción es enorme y la convierte en la primera película obligatoria de la temporada.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: 13 horas: Los soldados secretos de Bengasi

John Krasinski 13 horas

Texto escrito por David Lastra

Si Steven Spielberg inventó los sueños George Lucas el espacio, Michael Bay inventó las explosiones. Dueño y señor de la saga Transformers, domador de asteroides a ritmo de Aerosmith en Armageddon, planificador de fugas imposibles en La roca, amplificador del swag genético de Will Smith con Dos policías rebeldes y creador de una de las mejores comedias de acción de la década, la infravalorada Dolor y dinero… el nicho televisivo de El peliculón de la semana está hecho para él o para alguna de sus producciones marca de la casa (véase Ninja Turtles Project Almanac). Únicamente Roland Emmerich sería capaz de competir en su liga de explosiones, palomitas y momentos WTF tremendamente ridículos y disfrutables. Parece ser que el maestro Bay necesitaba nuevas emociones y por eso intenta abrazar el llamado ‘cine serio’ antes de embarcarse en la enésima entrega de los coches que se transforman en robots.

13 horas: los soldados secretos de Bengasi es el intento tremendamente fallido de Michael Bay por acercarse al cine más académico. No seré yo el que critique su acto de supuesta valentía tras tantos años de carrera, todo lo contrario, aplaudí su paso a la comedia (género que había tocado de manera transversal en numerosas ocasiones) y me disponía a ver con buenos ojos su primera película bélica al uso. El problema es que el realizador demuestra con creces no solo que no está capacitado para llevar a cabo un producto audiovisual de este tipo, sino que intenta emular a la mayor eminencia cinematográfica del género bélico en las últimas décadas: Kathryn Bigelow. 13 horas. Los soldados secretos de Bengasi copia la forma narrativa de esa obra maestra llamada Zero Dark Thirty e intenta convertir al grupo de soldados apostados en Bengasi en el carismático grupo de En tierra hostil, por lo que la comparación y mi consiguiente cabreo está completamente justificado. Mientras que las películas de Bigelow son un ejemplo de narración, ritmo, épica, sentimientos y portentosas interpretaciones (a Jeremy Renner y, especialmente, a Jessica Chastain les robaron sendos Oscars Jeff Bridges13-horas-los-soldados-secretos-de-bengasi-michael-bayJennifer Lawrence, respectivamente), el film de Bay es un burdo panfleto propagandístico (no obviaré con esto el nacionalismo de los films de Bigelow, pero además de alguna que otra autocrítica, qué bien que nos lo cuela), con unos personajes extremadamente planos (hasta para el cine de Bay), más de un momento sonrojante (las frases lapidarias de los personajes son el horror) y una trama que por mucho que quiera convertir en cinematográfica no da ni para una intro de un episodio de relleno de Homeland.

Es cuasi imposible la tarea de hablar de interpretaciones en 13 horas: los soldados secretos de Bengasi, ya que la descripción de cada personaje no supera el renglón y medio. Es una pena que John ‘Jim Halpert’ Krasinski siga sin tener suerte en su elección de proyectos en la gran pantalla, aunque también hay que decir que no es que haga mucho por luchar por su personaje. Suyo es el mínimo peso dramático de la película y demuestra que no sabe qué hacer con ello. Completan el cuerpo de soldados, los televisivos Pablo ‘Pornstache’ SchreiberDavid Denman (antiguo compañero de Krasinski en The Office), Dominic Fumusa (Nurse Jackie), Max Martini (RevengeThe Unit) y James Badge Dale (24The Pacific). Todos intercambiables e insustanciales, no siendo ese el mayor problema sino que el gran fracaso viene en los pocos momentos en los que intentan diferenciarlos a base de clichés (fotos familiares y demás anécdotas graciosillas,…). Ah, y también hay una mujer, que podría ser fácilmente intercambiable por una piedra y/o un sapo con peluca rubia.

13 horas: los soldados secretos de Bengasi es la película que Kathryn Bigelow nunca haría. Por respeto a los Estados Unidos y a la inteligencia del espectador medio.

 Valoración: ★½

On the Road, Tierra prometida y otros estrenos de cine (19-04-13)

 

Tierra prometida (Promised Land, Gus Van Sant, 2013)

La nueva película de Gus Van Sant supone su reencuentro con Matt Damon desde que este protagonizara en 1997 El indomable Will Hunting. Tierra prometida es tanto de su realizador como de sus protagonista (de hecho, Van Sant sustituyó a Damon como director), que firma el guion en tándem con John Krasinski (The Office), como ya hiciera con Ben Affleck para Will Hunting. Van Sant, Damon y Krasinski nos proponen una estimulante y, por qué no decirlo, moralizadora historia acerca de la práctica del fracking (fracturación hidráulica) y el poder de las grandes corporaciones sobre el pequeño negocio.

Dos representantes de una compañía de gas natural, Steve Butler (Damon) y Sue Thomason (Frances McDormand) visitan un pueblo rural de Pensilvania, y ejerciendo de vendedores puerta a puerta, tratan de convencer a los habitantes de que permitan el fracking en sus tierras, con la promesa de prosperidad, cambio e ingentes beneficios. Un profesor de la escuela y el representante de una organización ecológica (Krasinski) les pondrán la tarea muy difícil.

Tierra prometida es prácticamente un cuento de hadas, y así hay que tomársela si se pretende disfrutar de la propuesta. Seguramente el debate sobre la verosimilitud de la historia, o una posible crítica al panfletismo (sea del bando que sea) que practica, eclipsará lo verdaderamente importante de la película: que está ejemplarmente contada, realizada, interpretada y musicada. Tierra prometida es un producto impecable para salir del cine con la sensación de haber visto eso, cine.

Un lugar donde refugiarse (Safe Haven, Lasse Hallström, 2013)

Para saber exactamente lo que esperar de Un lugar donde refugiarse, solo hace falta echar un vistazo a su cartel. Estamos ante otra adaptación de una novela de Nicholas Sparks, escritor de El diario de Noa y La última canción (los tres pósters son prácticamente idénticos, buscadlos si no me creéis), otra película abiertamente orientada al público femenino que consume este tipo de productos -sin ir más lejos, hace un rato he visto un concurso en Facebook para promocionar la película cuyo premio era un set de maquillaje. Un lugar donde refugiarse viene firmada por Lasse Hallström, el anteriormente respetable director de cintas como Las normas de la casa de la sidra o Chocolat, que pone con esta película el último clavo en su féretro cinematográfico.

Un lugar donde refugiarse cuenta la historia de una mujer (Julianne Hough) que huye de la ley y va a parar a un pequeño pueblo costero, donde sus habitantes la reciben con los brazos abiertos, en especial un viudo (Josh Duhamel) con dos hijos, con el que inicia un idílico romance. Podéis imaginar exactamente cómo transcurre la película a partir de ahí: horribles baladas, escenas románticas bajo la lluvia…

No sabría cómo describir el horror que he sufrido viendo esta película. Me siento físicamente asaltado. Yo soy de los que piensan que El diario de Noa es una de las películas más sobrevaloradas de la historia, pero Un lugar donde refugiarse la convierte en una obra maestra. En mi intento de buscar el lado bueno de las cosas, mi intención era sugerir que los fans de Noa quizás encuentren algo disfrutable esta nueva adaptación de Sparks, sin embargo, me cuesta creerlo. Decir que es un telefilm barato es, además de evidente y trillado (será que no hay TV Movies mejores…), quedarse MUY corto. Por si la pastelosa historia de amor vista mil veces (y contada de la misma manera mil veces) no fuera suficiente, Un lugar donde refugiarse incorpora un desastroso factor thriller y un increíble (literalmente, para echarse las manos a la cabeza) giro sorpresa, que pasa de insultar al espectador directamente a abofetearlo.

Un été brûlant (Un verano ardiente) (Philippe Garrel, 2011)

Un verano ardiente nos devuelve a un Philippe Garrel completamente desganado y desinspirado con una irregular historia de amores que consumen y se consumen. Paul (Jérome Robart) inicia una amistad con Frédéric (Louis Garrel), un espíritu atormentado que está profunda y dependientemente enamorado de su esposa, una hermosa actriz de cine, Angèle (Monica Belluci). Frédéric invita a Paul y a su pareja, Élisabeth (Céline Sallette) a pasar un verano en Roma con él y su mujer. En el transcurso de las vacaciones (que no son tal cosa, porque estos personajes viven en un permanente estado de paseo por la vida), la relación entre Frédéric y Angéle se complica.

Salvan a la película de hundirse en el tedio más absoluto las interpretaciones de Louis Garrel (en un/otro papel hecho a su medida) y una Monica Belluci triste, desgarradora, espléndida y valiente, demostrando que aunque su carrera cinematográfica siga girando en torno a su belleza, es capaz de construir personajes verdaderamente complejos. De no ser por ellos dos, Un été brûlant no tendría razón de ser o existir.

Nana (Valérie Massadian, 2011)

Primitiva y salvaje en el sentido más precioso y puro de la palabra, es decir, “donde viven los niños”. Nana se presta a ser llamada “cuento” o “fábula“, pero es mucho más que eso. Es una mirada a la niñez descontaminada y sincera, temeraria y naturalista. Un sueño de regresión, donde lo perturbador es mágico y el mundo es un lugar posible de abarcar, entender y reinar por una niña de 4 años. Es mejor no entrar demasiado en detalle sobre lo que ocurre en esta película, puesto que su experiencia trasciende cualquier tipo de concreción y no hay tal cosa como un argumento que pueda resumirla.

La realizadora de Nana, Valérie Massadian, escribió una “Carta a Kelyna” (la magnífica niña protagonista) después de la finalización de la película, para la que vivieron juntas, experimentando el campo y la vida, durante cinco meses. Os dejo con algunas de las palabras que Massadian dedicó a Kelyna: “Esta película existe porque tú habitas donde yo me siento fuerte, en un pequeño pueblo donde la tierra se nos mete en las uñas y los hombres todavía se paran a mirar. Hemos intercambiado secretos, nos hemos conocido poco a poco. Aprendí tu manera de mirar las cosas, tu mirada, tu cuerpo, el tiempo que se expande en tus movimientos, tu locura, y tú hiciste lo mismo conmigo. Filmar contigo ha sido como bailar contigo. […] Nuestra película, Kelyna, se parece a las películas antiguas, a los antiguos cuentos para niños, simples y un poco crueles. Yo pienso las películas como gestos de amor, de mí a ti, de ti a mí, de nosotros a otros. Ahora hay que ofrecérsela a los demás”.

On the Road (En la carretera) (Walter Salles, 2012)

“¿Quiénes somos? Yo sé que tengo 23 años. Sé que dependo económicamente de mis amigos y de mi familia. Y sé que no hay oro al otro lado del arcoiris”.

Por regla general, una gran obra maestra de la literatura nunca generará una gran obra maestra del cine. Es el caso de On the Road, película de Walter Salles (Diarios de motocicleta) basada en la célebre novela de Jack Kerouac. Sin embargo, teniendo en cuenta la dificultad de trasladar al lenguaje cinematográfico una historia que se resiste a dejar las páginas del libro, Salles lleva a cabo un trabajo nada desdeñable.

En On the Road, el realizador brasileño capta con acierto la melancolía y la ausencia de propósito y rumbo de una juventud de los años 40 que se asemeja en muchos sentidos a nuestra querida generación perdida. Sal Paradise, Dean Moriarty, Marylou o Carlo Marx son los precursores de los protagonistas de GIRLS. Ambas generaciones se caracterizan por la vacuidad de sus existencias, por la búsqueda desesperada de una identidad, de las experiencias que permitan hallar algún propósito existencial, que ayuden a sentirse vivo. Pero también por el autoengaño y la renuncia a las responsabilidades. Nuestro trabajo es ser nosotros. En el camino nos perdemos, y en él nos encontramos.

On the Road es todo un trabajo de pasión, y un notable ejercicio cinematográfico. Además de un interesante catálogo de interpretaciones: desde una Kristen Stewart insólita hasta un excesivo y contundente Viggo Mortensen, pasando por una Amy Adams brillante a pesar de aparecer solo un minuto. Y sobre todo, un sorprendente y magnético Garrett Hedlund, la verdadera revelación de la película, y la razón por la que sería injusto ignorarla.

The Office 6.17-20

La sexta temporada de The Office es oficialmente la más irregular de lo que llevamos de serie. Y para muestra, estos cuatro episodios. Los dos primeros, estrenados la misma noche como episodio de doble duración y centrados en el nacimiento de la hija de Jim y Pam, son de lo mejorcito de la temporada. Los dos siguientes, son de lo peor.

Las dos partes de “The Delivery” nos devuelven dos elementos característicos de las primeras temporadas de la serie. De un lado, tenemos al Michael intrusivo que vive en primera persona los acontecimientos que rodean al parto. Y por otro, “la pareja” de The Office recupera el encanto adorable de las primeras temporadas. A mí, los Jim y Pam antipáticos, condescendientes y superiores de estas últimas temporadas también me encantan, porque siguen siendo ellos, siguen siendo monos y también porque de vez en cuando se llevan un palo precisamente por ser los más cuerdos y hacerlo ver a los demás. Aún así, a ratos echo de menos lo que un día fueron.

Destacando de la primera parte del episodio a Michael y de la segunda a Jim y Pam, ya con la niña en sus vidas, los mejores momentos del episodio está protagonizados por estos tres:

Jim (y Michael) consolando a Pam porque detrás de su deseo de esperar a las 0:00 para ingresar en el hospital y ahorrar gastos se oculta el terror absoluto de una madre primeriza. Michael hace de mono de repetición de las palabras tranquilizadoras de Jim. Para comérselo.


Michael llevando a la pareja al hospital. Miradlo. No hay nada que añadir, ¿verdad?


Michael después de asistir por sorpresa al parto.


Michael, minutos después, tras oír el primer llanto de la niña.


Y por supuesto, Michael con la niña en brazos. :_)


En la segunda parte, como ya he dicho, Jim y Pam se llevan el protagonismo, y las mejores escenas:

La estrategia de Jim para lactar y que la niña se “enganche”.


Jim, tras el fracaso de su estrategia, observa cómo el especialista en lactancia masajea los pechos de su mujer.


Y sobre todo, las caras de Jim y Pam después de comprobar que la niña que por fin consigue engancharse y beber la leche no es la suya, sino la de la compañera de habitación.


Como ya sabéis, la media de gags buenos por episodio protagonizados por el amplio reparto de secundarios es muy alta. “The Delivery” no es una excepción, pero son los protagonistas los que más brillan en este episodio especial.

Y lo que viene después, los episodios 6.19, “St. Patrick’s Day” y 6.20, “New Leads” son lo que los anglosajones llaman un lackluster. Dos episodios repletos de bromas facilonas que se limitan a repetir chascarrillos típicos de los personajes, pero sin gracia. Dwight y Jim y el Megadesk es el mejor ejemplo de esto.

Por otro lado, los adorables Erin y Andy se acercan peligrosamente a un punto bizarro de no retorno. Espero que estos dos no se conviertan en una pareja vacía, un mero exponente sin más del (esencial y muy presente) elemento marciano de la serie. Aún así, creo que siento un amor incondicional hacia ellos. Ya veremos qué pasa.

“New Leads” no es tan flojo como “St. Patrick’s Day”. El enfrentamiento entre vendedores y el resto de la plantilla da mucho juego. Es justo lo que se espera una trama de este tipo en The Office. Y la resolución del conflicto es muy divertida. Sin embargo, el episodio pierde mucho por varias cosas:

Dwight. Lo siento, me agotas.


Bromas muy perezosas, como Meredith dispuesta a desnudarse en la oficina, aunque no haga falta.


Y el vertedero.


Terminaré con un tópico: a pesar de todo esto, un episodio malo (o dos) de The Office sigue siendo mucho mejor que cualquier episodio de casi cualquier comedia hoy en día en televisión.