Crítica: Tres anuncios en las afueras

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Letras negras sobre fondo rojo. Buena elección de colores. Buen contraste y una inteligente mezcla entre el rojo sangre y el negro característico del luto occidental. El tamaño de las letras es el adecuado para ser leído desde la carretera hasta por el más cegato. Señora Hayes, sus carteles van a ser todo un éxito… o su perdición. Tras su sorprendente triunfo en los Globos de Oro, Tres anuncios en las afueras se postula como una de las favoritas para la próxima edición de los premios de la Academia, pero, ¿merece tanto revuelo la nueva película de Frances McDormand (Fargo)?

Esta es la historia de Mildred (McDormand), una mujer que decide emprender una peculiar lucha contra los agentes de policía de su localidad por no haber sido capaces de encontrar al asesino de su hija. Tras meses de espera infructuosa, su primera acción es la colocación de tres anuncios en unas vallas publicitarias a las afueras de la ciudad, en los que ataca directamente la ineptitud del sheriff (Woody Harrelson, La guerra del planeta de los simios). Las consecuencias no se hacen esperar: el pueblo se pone en contra de la madre coraje y comienza una campaña de presión para la retirada de los dichosos anuncios… pero también Hayes también consigue lo que buscaba: hacer que la policía se ponga las  pilas.

Aunque parezca un interesante punto de partida para un episodio de The Good Wife (s07e17 Shoot), Martin McDonagh (Siete psicópatas, Escondidos en Brujas) decide aparcar los supuestos problemas legales desde un primer momento (los carteles preguntan, no afirman) y prefiere centrarse en la lucha de una mujer desesperada contra un sistema policial anquilosado, ebrio y racista, personificado a la perfección en la figura del agente paleto interpretado por Sam Rockwell (Moon).

Tres anuncios en las afueras es una acertada fábula sobre la desesperanza y sobre lo que ocurre con las víctimas de un crimen cuando la vorágine mediática y el interés popular se diluyen. McDonagh hace gala de su habitual humor sardónico para tratar una historia nada agradable, ya que gane quien gane, todos salen perdiendo. Ese humor, mezclado con unas explosiones de violencia explícita, son la gran baza de esta Tres anuncios en las afueras y convierten a McDonagh en el hermano perdido de Joel y Ethan. Pero lejos de dotar a cada personaje de una voz diferente como si logran los Coen, los de McDonagh hablan todos igual. La increíble capacidad de réplica ingeniosa termina convirtiendo a Mildred Hayes en la Juno de Missouri, algo que se podría soportar en ese caso particular, pero que al verlo repetido en todos y cada uno de los personajes termina agotando.

A pesar de esa sabiondez extrema, ella puede con todo y Frances McDormand recogerá el segundo Oscar de su carrera dentro de unas semanas, a no ser que la Academia dé la sorpresa premiando a Margot Robbie (Yo, Tonya) o Saoirse Ronan (Lady Bird). En esta Tres anuncios en las afueras, McDormand vuelve a hacer lo que mejor sabe hacer: un recital interpretativo. Su Mildred Hayes es un híbrido perfecto entre el tesón de su Marge de Fargo (papel por el que ya ganó el Oscar a mejor actriz) y la mala uva de su Olive de Olive Kitteridge (por la que ganó todos los galardones televisivos posibles hace un par de años).

Destacan igualmente dos caricaturescos personajes interpretados por Caleb Landry Jones (Déjame salir) como el dueño de la empresa de publicidad, y el citado Sam Rockwell, como el bufón/verdugo/redneck supremo de la ciudad. Pero esa excentricidad que tan bien saben domar Jones y Rockwell es la sentencia de muerte (actoral, claro está) de dos intérpretes bastante solventes como John Hawkes (Winter’s Bone) y Peter Dinklage (Juego de Tronos). El pobre Tyrion da vida al personaje más prescindible, no solo de la película, sino de los últimos cincuenta años.

Tanto la publicidad como la heterodoxia son armas de doble filo y hay que saber utilizarlas muy bien…. y a McDonagh todavía le falta bastante para ser tan bueno como él cree.

David Lastra

Nota: ★★★

Crítica: Everest

Everest

Hace dos años, Alfonso Cuarón nos llevó al espacio con su imprescindible Gravity, una película casi interactiva en la que el espectador se sumergía en la pantalla de cine y vivía en primera persona la emocionante odisea de la astronauta Ryan Stone (Sandra Bullock). Este año, Baltasar Kormákur (2 Guns) nos propone algo parecido con Everest, film también rodado con la últimas técnicas en 3D que busca crear una experiencia inmersiva en la sala de cine (donde esta película alcanzará su mayor potencial), en la que formaremos parte de una expedición para llegar a la cima de la montaña más alta del mundo.

Everest lleva al cine la mayor tragedia acontecida en el legendario monte del Himalaya, cuando en 1996 una fuerte tormenta de nieve sacudió a varias expediciones que trataban de alcanzar la cima. El guion, escrito por William Nicholson (nominado al Oscar por ShadowlandsGladiator) y Simon Beaufoy (ganador del Oscar por Slumdog Millionaire) está basado en varios libros y entrevistas con los supervivientes, con el ensayo Into Thin Air (Mal de altura) como fuente principal. Su autor es el periodista Jon Krakauer, aquí interpretado por Michael Kelly (House of Cards), que vivió de primera mano la tragedia y sirve aquí como uno de los hilos conductores de la película.

En un principio, Everest iba a estar protagonizada por Christian Bale, pero éste la rechazó para participar en Exodus: Dioses y reyes. Su marcha y sustitución por el menos conocido Jason Clarke (El amanecer del Planeta de los Simios, Terminator Génesis) provocaba un cambio importante en la película, que pasaba a ser más coral. En efecto, Everest nos presenta un amplio elenco de actores (entre ellos muchas caras conocidas de Hollywood: Josh Brolin, Emily Watson, Jake Gyllenhaal, Keira Knightley, Robin Wright, John Hawkes) que se reparten el tiempo en pantalla equitativamente. Clarke ejerce de guía de la expedición en la que se centra la película (Gyllenhaal hace lo propio con la secundaria), pero esta no adopta un solo punto de vista, sino que salta de uno a otro, ofreciendo retales de historias personales que solo llegamos a conocer superficialmente. Y ese es el principal problema de Everest, que no logra (quizá no quiera) profundizar realmente en sus personajes, y por tanto se queda corta en los momentos en los que aspira a ser un drama humano.

Everest cartelEn una de las escenas centrales de Everest, Krakauer pregunta a los montañistas (la mayoría turistas de aventura con los bolsillos llenos) por qué arriesgan sus vidas para llegar a la cumbre. Ninguno sabe contestar, y lo cierto es que Kormákur no está interesado en darnos respuestas a esa pregunta (quizá no existan, quizá no sean necesarias en la vida real, pero claro, esto es cine). La mayor parte del tiempo, el director evita la ficcionalización hollywoodiense, anteponiendo la técnica a la emoción (a excepción del desenlace, donde la historia se permite entrar en terreno lacrimógeno). Esta aproximación metódica nos deja un trabajo centrado y sobresaliente en el apartado visual que sin embargo resulta excesivamente frío y distante en todo lo demás. En consecuencia, los personajes no llegan nunca a formarse del todo, lo que hace que el vínculo que se establecía con Ryan Stone no se repita con los montañistas del Everest.

Everest se podría adscribir al cine de catástrofes de los 70 o la corriente de telefilms noventeros que instigó ¡Viven!, con la principal diferencia de que en este caso, el espectáculo y el reparto son de primera. Kormákur filma las escenas de acción con inteligencia y precisión, eludiendo la pirotecnia y sobredramatización propias del blockbuster, para mantener el realismo en todo momento (a ratos coqueteando con el documental sobre alpinismo). Cuando arrecia la tormenta, a 45 minutos del final, Everest nos sacude con fuerza. Se puede sentir el vértigo, la desesperación y la angustia de los alpinistas, incluso la falta de oxígeno. Tristemente, el nudo en el estómago es más parecido a lo que podemos sentir en una atracción o simulador de realidad virtual (por eso es recomendable en la pantalla de cine más grande posible) que a una experiencia cinematográfica plena. Como película de catástrofes, Everest sobresale por encima de la media, como drama se queda sepultado bajo la nieve.

Valoración: ★★★