Crítica: Atómica

Coldest City, The

Los 80, la Guerra Fría, espías, sicarios, mamporros, Charlize Theron y James McAvoy. Combinación ganadora. Con esos ingredientes, es imposible resistirse a los encantos de Atómica (Atomic Blonde), thriller de acción que viene a ser la réplica con protagonista femenina de John Wick. No en vano, la película es la opera prima de David Leitch, uno de los especialistas de escenas de acción más solicitados de Hollywood, y productor y director de algunas escenas de la saga protagonizada por Keanu Reeves (además de realizador de la esperada secuela de Deadpool).

Basada en la novela gráfica La ciudad más fría, de Antony Johnston y Sam Hart, Atómica presenta en sociedad a la nueva gran heroína de acción de la gran pantalla, Lorraine Broughton, agente del servicio de inteligencia británica que es enviada a Berlín para investigar la muerte de uno de sus colegas y recuperar una lista con la identidad de otros agentes secretos que podría acabar con el MI6 de caer en las manos equivocadas. Con los últimos coletazos de la Guerra Fría como telón de fondo, y a un mes de la caída del muro de Berlín, Lorraine llevará a cabo su peligrosa misión en la dividida ciudad alemana con la ayuda de otro agente encubierto, el pintoresco David Percival (McAvoy), embarcándose en una desenfrenada y sangrienta cacería en la que no podrá confiar en nadie.

Parte John Wick, parte James Bond, parte Nikita y 100% Charlize Theron, la letal Lorraine es la principal atracción de Atómica, un personaje con el que la actriz surafricana se consolida en su condición de estrella de acción después de su inolvidable Imperator Furiosa de Mad Max: Furia en la carretera. Theron está simplemente espectacular. Sensual, feroz, carismática, inteligente, absolutamente brutal en las escenas más físicas, una actriz que llena la pantalla y tiene el control de la película en todo momento. Ella es Atómica, y Atómica es ella, una femme fatale por la que volverse loco y un icono instantáneo del cine de acción. Pero Theron está acompañada de un secundario de excepción, James McAvoy, quien vuelve a demostrar que es uno de los mejores actores de su generación con otra interpretación memorable, llena de nervio y sentido del humor.

Eso sí, que quede claro que Atómica no inventa nada, y lo sabe. Lo que hace Leitch es reproducir todos los clichés del cine testosterónico y darles la vuelta poniendo a una mujer al frente, para que veamos lo de siempre, y a la vez algo completamente distinto. Lo mismo que hace con el irresistible estilo (perdón, estilazo) y la atmósfera retro de la película, para lo que utiliza muchos “samples” de otros. La estética y el sonido punk y pop de los 80, con una banda sonora de escándalo, el argumento intrincado y lleno de engaños y giros sorpresa del agente 007 o Misión imposible, el trasfondo político de los thrillers de la Guerra Fría, la violencia extrema de John Wick, y el acabado en neón al que tanto recurren los directores de género últimamente y que da lugar a una fotografía muy atractiva.

El resultado es un espectáculo que entra tan bien por los ojos y los oídos que no importa tanto que en ocasiones se pase de fardona o inverosímil (los malos siempre son más tontos, las balas nunca dan en su blanco, y si son tres contra una, se esperan amablemente a que la heroína acabe con el otro para atacar), como tampoco que la mayor parte del tiempo parezca que estamos viendo un muy sofisticado y larguísimo anuncio de tabaco o que su argumento sea tan tonto y rice tanto el rizo al final que acabe desafiando toda lógica.

Sus defectos no pesan tanto porque sus virtudes nos distraen con eficacia. Atómica es salvaje, elegante, erótica, visceral, una orgía fetichista de puñetazos y patadas que no deja apenas hueco para que pensemos demasiado. Y por encima de todo, una imparable exhibición de acción en la que Leitch saca todo el partido a su dilatada experiencia para ofrecernos las mejores coreografías de lucha (atención a las cosas tan loquísimas que puede hacer Lorraine con una manguera), y alguna que otra de sexo (Theron y Sofia Boutella en la cama, ahí es nada). De hecho, Atómica tiene la que es probablemente la escena de acción más impresionante del año, un prolongadísimo y agotador (falso) plano secuencia en unas escaleras donde todo está planificado, filmado y editado a la perfección, y que por sí solo ya amortiza la entrada. Se sienten tanto los golpes, que cuando termina la escena hay que darse un repaso por si nos ha salido algún moratón.

Si el epílogo de la película es indicio de algo, y si la taquilla acompaña, volveremos a ver a Lorraine Broughton en acción. La secuela de Atómica es inevitable, y la historia de Lorraine tiene mimbres para saga. A ver quién se atreve a decirle que no a la furia de Charlize Theron.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Kong – La Isla Calavera

kong-skull-island-1

Warner Bros. tiene las películas de DC Comics, pero el estudio está interesado en construir otros universos compartidos a base de blockbusters interconectados. Con esto en mente estrenó en 2014 la nueva versión de Godzilla, a la que sucede ahora la reinvención de King Kong en Kong: La Isla Calavera (Kong: Skull Island), una superproducción de escala gigantesca con la que se allana el terreno para la secuela de Godzilla en 2019, y el colosal encuentro de ambos monstruos en el crossover de 2020. Si Godzilla servía como introducción a este Universo Cinematográfico Monstruoso, Kong: La Isla Calavera amplía considerablemente sus fronteras, descubriéndonos un mundo poblado por criaturas míticas anteriores al hombre que se seguirá explorando en las siguientes entregas. Los cimientos ya están asentados, ahora solo queda que los monstruos los destruyan para nuestro deleite.

Kong: La Isla Calavera recoge la sensibilidad del cine clásico de aventuras del que procede, rindiendo tributo a la King Kong de 1933, a la vez que la moderniza ajustándose a los cánones del blockbuster actual, componiendo un espectáculo de acción y efectos visuales que tiene mucho en común con Parque Jurásico y otras películas de expediciones que acaban en desastre (cuyo principal referente es precisamente la King Kong original). En Kong acompañamos a una fotógrafa (Brie Larson) y un rastreador (Tom Hiddleston), que junto a un equipo de científicos y militares, se adentran a mediados de los 70 (recién terminada la Guerra de Vietnam) en la Isla Calavera, una formación en medio del Océano Pacífico que no se encuentra en los mapas y permanece oculta al mundo por una permanente borrasca tormentosa, ejerciendo así como una suerte de Triángulo de las Bermudas. Lo que se inicia como una expedición cartográfica es en realidad una misión personal con la que un miembro de la organización Monarch (John Goodman) pretende demostrar que no está loco y tanto Kong como otras criaturas monstruosas desconocidas existen. Esto llevará al equipo a adentrarse en la isla, ignorante de los horribles peligros que los esperan. No solo el que supone su Rey, Kong, sino también otras especies de animales prehistóricos de grandes dimensiones a los que deberán enfrentarse para intentar escapar de allí con vida.

kong-skull-island-2

Aunque no sea el colmo de la profundidad o la película más inteligente del mundo (nadie espera que lo sea), Kong: La Isla Calavera es una buena, a ratos muy buena, película de monstruos, una aventura épica que sabe exactamente lo que tiene que dar al espectador. Grandes dosis de acción, peligro, sobresaltos y bichos enormes para dejar con la boca abierta. La película no solo cumple de sobra con estos requisitos, sino que además cuenta con un sentido del humor más acertado de lo que cabía esperar (este tipo de películas suelen fallar en los chistes, pero en Kong, la mayoría de los momentos cómicos dan en la diana) y, lo más importante, no descuida el factor humano. Sí, el impresionante despliegue visual y los monstruos son la atracción principal, pero todos sabemos que hace falta algo más para que un blockbuster se sostenga en pie, y Kong lo tiene. Personajes con motivaciones, personalidades marcadas, arcos de transformación y relaciones que vertebran el argumento mientras Kong y los habitantes de la isla lo ponen todo patas arriba. No son especialmente complejos, pero sí lo suficientemente definidos y diferenciados como para que nos importen más que los habituales personajes humanos unidimensionales e intercambiables de este tipo de cine (como los de Godzilla, sin ir más lejos).

Pero como decía, lo más importante sigue siendo el espectáculo, y en este sentido, Kong: La Isla Calavera sabe cómo distinguirse. Siguiendo los pasos de Gareth Edwards, Jordan Vogt-Roberts dirige una película muy cuidada en lo estético y visual que nos deja planos de auténtica belleza. Casi todas las apariciones de Kong, una creación digital absolutamente imponente, son particularmente destacables, sobre todo cuando Vogt-Roberts contrapone al titán peludo al atardecer, dando lugar a un film de tonos cromáticos ocres y anaranjados que sirven como homenaje a Apocalypse Now -una conexión nada casual, ya que Kong también es un alegato antibelicista con mensaje ecológico. A esto se suma lo bien coreografiadas que están las secuencias de acción, con persecuciones impresionantes y batallas estruendosas que hacen vibrar la butaca: los helicopteros atravesando la tormenta para entrar a la isla, la apocalíptica primera aparición de Kong (y todas las siguientes, porque nunca deja de ser un acontecimiento), la emboscada del cementerio… la película está llena de momentos adrenalínicos que mantienen la atención en todo momento y la convierten en una aventura vertiginosa y consistentemente entretenida.

kong-skull-island-3

Claro que, por muy infalible que sea como película de aventuras, Kong: La Isla Calavera tiene sus problemas. Por un lado, un reparto de estrellas empequeñecidas por las circunstancias: Hiddleston está más bien plano, por no decir inerte, Larson no hace demasiado, y Samuel L. Jackson está ahí únicamente para ser Samuel L. Jackson y dejar caer sus icónicas expresiones malsonantes, lo que hace que sean los secundarios los que sobresalgan, como John C. Reilly (de lo mejor de la película), Shea Whigham y Thomas Mann (el prota de Yo, él y Raquel), responsables de los mejores momentos cómicos de la cinta, y de que esta no se tome excesivamente en serio. Y por otro, un tercer acto en el que la película está a punto de desbordarse por situaciones que rozan el absurdo y una tendencia progresivamente fardona en la acción, anteponiendo así lo estético a la lógica narrativa. En cualquier caso, nada que estropee la experiencia, ya que es habitual que este tipo de cosas ocurran en todo blockbuster con el mismo ADN. Por lo demás, Kong: La Isla Calavera es una película de aventuras más que digna. Va al grano y no da tregua (afortunadamente, tampoco comete el error de retrasar el gran momento de ver a Kong y nos lo muestra enseguida), divierte de principio a fin, acaricia los sentidos con imágenes de gran preciosismo y los aturde con acción contundente y bien realizada. En definitiva, cine evasión que indica el camino correcto a seguir para una saga que, a juzgar por la marveliana escena post-créditos, nos tiene preparadas gigantes sorpresas.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Trumbo

trumbo 1

Texto escrito por David Lastra

Hay momentos para la lucha y momentos para el arte, pero a lo largo de la historia hemos comprobado con creces que esa diferenciación no es tan clara y que el arte ha sido utilizado como arma para la lucha política en infinidad de ocasiones. Uno de los mejores y más claros ejemplos de esa hibridación lo tenemos a unos pocos kilómetros (a un par de paradas de metro o un puente aéreo, dependiendo desde donde estés leyendo este texto), en el Museo Reina Sofía. El Guernica de Picasso no solo capta como ningún otro documento el horror de la Guerra Civil española, sino que debido a su fiereza descarnada hace que ese espanto sea fácilmente extrapolable a otros conflictos. Esa universalidad convierte al Guernica en la mejor definición gráfica de los horrores de la guerra y en el arma política de concienciación social definitiva. ¿Casualidad? No, Picasso creía en que el arte no se debía concebir con una finalidad puramente hedonista, sino que debía tener una finalidad combativa, que conectase al artista con su vertiente activista. En la actualidad, Banksy y Ai Weiwei recogen ese testigo rebelde desde un punto de vista más callejero y más tocapelotas, respectivamente. La utilización del arte como arma política es, valga la redundancia, un arte en sí mismo, con una fuerza que es capaz de mover masas. Por esa razón, los gobiernos (sin importar tendencia ideológica) se han preocupado sobremanera en fomentar y, especialmente, controlar el arte que se lleva a cabo en sus territorios a través de diferentes acciones, ya sea a través de galardones, subvenciones o directamente censura. Para el gobierno, el arte es algo muy poderoso, y por ello es necesario que existan una serie de figuras que filtren lo que le llega al pueblo. Habrá quien afirme que ese tipo de organismos y acciones no tienen cabida en este nuestro gran país, pero en la cabeza de todos siguen resonando palabras como mordaza. De acuerdo, España ya no es una dictadura, ni tampoco la Inquisición campa a sus anchas, pero la realidad dista de ser tan ideal como se pinta y sin entrar a hablar de temas como LGTBfobia o machismo porque ya sí que no hablaríamos en ningún momento de Trumbo, la verdadera razón de la existencia de toda la perorata anterior.

La caza de brujas lleva a cabo por el senador Joseph McCarthy en Estados Unidos durante una década es un claro ejemplo de cómo un gobierno pretende controlar la industria cultural de su propio país. Trumbo se acerca a la figura más reconocible de los llamados Diez de Hollywood, una decena de hombres relacionados con la industria cinematográfica que fueron vapuleados y apartados de su labor profesional por su condición de demonios comunistas. Lejos de dejarse achantar, estos Diez rojos se enfrentaron al sinsentido de incriminaciones falsas y demás chorradas provenientes del Comité de Actividades Antiamericanas, llegando a ser acusados de desacato, crimen por el que Dalton Trumbo terminó cumpliendo condena de un año de cárcel. Puede que la elección de Jay Roach a la hora de plasmar el infierno que vivieron tanto Trumbo como sus camaradas (una palabra que como muy bien expuso Chaplin en su deposición ante el Comité, no es exclusiva de los comunistas) suene arriesgada, ya que Roach saltó a la palestra gracias a sagas como Austin Powers o Los padres de ella, pero no debemos olvidar que también está detrás de una de las mejores cintas políticas de la década: Game Change, película de HBO sobre la figura de Sarah Palin. Al igual que en su laureado telefilm, Roach sabe conjugar en Trumbo su base como director de comedia con su activismo personal. No olvidemos que además de Game Change, Roach ya se acercó a temas políticos con El recuento (sobre los recuentos de Florida que colocaron a George W. Bush en la Casa Blanca), En campaña todo vale (sátira política con Will Ferrell y Zach Galifianakis) o el piloto de The Brink (serie cómica de HBO cancelada sobre una supuesta crisis internacional en Pakistán). Roach muestra lo ridícula que es esta caza de brujas, aportando numerosos momentos de humor, especialmente gracias a las pullas del propio Trumbo (interpretado como no podía ser de otra manera por Bryan Cranston) o por el humor directo y físico de Frank King (grande John Goodman), pero no se olvida de las fatales consecuencias que tuvieron esas acusaciones: pérdida de empleos, familias resquebrajadas, escarnio público, penas de cárcel, depresiones y hasta suicidios.

trumbo 2

Roach expone lo absurdo de la cuestión, no el absurdo estúpido de los Fockers, sino el absurdo del ser humano. Un absurdo que bien utilizado puede provocar tanto carcajadas como escalofríos. Puede que a media película sientas que estás en una suerte de Ocean’s Eleven, con todos los personajes toreando al sistema, trabajando con seudónimos y ganando Oscars, pero Trumbo no pierde de vista esa realidad de la que hablábamos. La hostia de realidad se personifica en Arlen Hird, personaje ficticio que es un contubernio de los otros Diez de Hollywood y que sirve como contraposición realista (y violenta) al ego de Trumbo. El personaje interpretado por Louis C.K. recuerda en todo momento que la lucha es algo muy serio, que la finalidad de todo no es el reconocimiento individual, sino la justicia social. El conflicto se completa con el choque entre Trumbo y su mujer Cleo (Diane Lane), en la que la desmesurada personalidad del artista vuelve a hacer acto de presencia, una contienda que Roach plantea de un modo demasiado convencional que no perjudica el resultado final del film gracias a la buena labor de ambos actores, y ayuda a mostrarnos los aspectos ególatras y oscuros del guionista. Cranston es la elección perfecta para un personaje tan carismático y complicado como Dalton Trumbo. A pesar de cierto exceso de mohines especialmente en las primeras escenas de su personaje, Cranston compone una interpretación hecha por y para recibir premios creando una verdadera correspondencia entre su Trumbo y el Trumbo real. Una pena que este fuese el año de recompensar a Leonardo DiCaprio con un premio a toda su carrera.

El lastre de la película es cierto tufillo a telefilm lujoso, producto de ciertas decisiones en el montaje, un ritmo no muy cinematográfico y la presencia de mil y un rostros televisivos en su reparto. Además de los citados Cranston, Goodman y Louie, tenemos a Alan Tudyk (Firefly) como Ian McLellan Hunter (camarada guionista que firmó Vacaciones en Roma al no poder hacerlo Trumbo), Dean O’Gorman (El joven Hércules) como Kirk Douglas, David James Elliott (JAG. Alerta roja, Mad Men) como John Wayne o Michael Stuhlbarg (Boardwalk Empire) como Edward G. Robinson, entre otros. Completan el reparto dos damas bastante reconocibles: Helen Mirren y Elle Fanning. Mirren se encarga de uno de los personajes más apetitosos: Hedda Hopper. La Dama comendadora de la Orden del Imperio Británico opta por el histrionismo más desbocado a la hora de dar vida a esta suerte de Pérez Hilton de la época, capaz de hundir cualquier reputación desde su columna de opinión (más o menos el poder que tiene esta página). Es una pena que su personaje no tenga más escenas en Trumbo, Hopper es uno de los grandes villanos del film (junto a McCarthy y el propio John Wayne) y su personaje no llega a desarrollarse como merece, quedando bastante deslavazado y caricaturesco. No sería mala idea un biopic del áspid de las letras protagonizado por la propia Mirren. En el otro extremo de intensidad interpretativa tenemos a Elle Fanning, que se encarga de poner rostro a la hija mayor de Trumbo en la última etapa del film. La mejor actriz de la saga Fanning se recrea en su laciedad para componer una adolescente creíble, que admira y choca con las ambiciones de su padre, consiguiendo ser de lo más destacable en materia interpretativa del film.

trumbo 3

Dalton Trumbo puede gritar aquello de “¡Yo soy Espartaco!” con todas las de la ley. No solo porque él firmó la adaptación cinematográfica de la novela de Howard Fast para Stanley Kubrick, sino porque también luchó contra el ingrato e injusto sistema establecido y contra la estupidez humana. Sirva esta Trumbo como una bonita manera recoger su contienda. Una cinta notable y muy adictiva que hace que queramos saber más del caso original y que nos alienta a ser no ser tan conformistas como somos en nuestro día a día, porque “Everyone’s a hero in their own way”.

Nota: ★★★½

Crítica: Calle Cloverfield 10

10 cloverfield lane

Escribir una crítica sobre esta película sin contar nada de su argumento es difícil, pero también es lo más adecuado. Calle Cloverfield 10 (10 Cloverfield Lane) se disfruta más cuando menos se sabe sobre ella, entrando a la sala de cine (o dando al play en casa) a ciegas, sin saber exactamente qué nos espera en la oscuridad. Claro que, aunque no conozcamos detalles de la trama, será fácil imaginarnos qué tipo de propuesta es Calle Cloverfield 10 conociendo los datos externos a la historia. Veamos.

Se trata de una secuela “en espíritu” de la película de 2008 Monstruoso (Cloverfield), una suerte de continuación no lineal de su universo, que nos propone una historia completamente nueva bajo el paraguas de la denominación, ya convertida en marca, “Cloverfield”. Es decir, Calle Cloverfield 10 sería como un nuevo capítulo de una antología fantástica y de ciencia ficción, con actores nuevos y sin continuidad narrativa. Es decir, un nuevo episodio de “The Cloverfield Limits”.

10 Cloverfield Lane 2

La palabra “Cloverfield” es prácticamente sinónimo de J.J. Abrams y Bad Robot (su productora), un concepto que aúna los mismos principios y leit motivs que han caracterizado la (ya extensa) producción del creador de Perdidosy que se resume una vez más en la idea de la caja de Abrams: la caja representa una historia de la que no conocemos sus contenidos, y lo emocionante es ir descubriendo lo que hay en ella. Es decir, que el viaje es más importante que el destino. Esta es la noción sobre la que se sustentan la mayoría de historias producidas por Abrams, y eso es también lo que nos encontramos en Calle Cloverfield 10, donde el desconocido Dan Trachtenberg toma el relevo de Matt Reeves, y Damien Chazelle (Whiplash) se encarga de completar el guion de Matthew Stuecken y Josh Campbell, mientras que Abrams, Reeves y Drew Goddard (guionista de Monstruoso) siguen en la producción ocupándose de que “la visión” prevalezca.

Sin embargo, en el caso de Calle Cloverfield 10, la fórmula de la caja ha sido perfeccionada. Este tipo de narración, donde las preguntas y las sorpresas incentivan la historia pero a menudo también la lastran, ocurre que en muchas ocasiones la expectación se traduce en decepción o anticlímax cuando llega la conclusión y esta no está a la altura (o queda inacabada, como un puzle al que le faltan piezas, guiño más que autoconsciente de la película al estilo de Abrams). Afortunadamente, esto no ocurre en Calle Cloverfield 10, donde la historia es algo más que una acumulación de ideas, enigmas y “shocks”. Puede que su desenlace no convenza a muchos, pero es uno de los más coherentes de la producción “misteriosa” de Bad Robot, un final con el que deja los cabos justos por atar, que ofrece clausura emocional satisfactoria para su protagonista (Mary Elizabeth Winstead) e incluso tiene mimbres para convertir la película en saga; algo que seguramente no pasará, porque seguirán explorando el concepto “antología”, pero que, si así fuera, podría dar muchísimo de sí.

10 Cloverfield Lane 1

Aunque esto no ocurra, Calle Cloverfield 10 quedará como una obra bastante redonda, una excelente cinta de suspense que demuestra el poder de las ideas sobre la pirotecnia. Con un magnífico trabajo de cámara que saca el máximo partido al reducido espacio con el que cuenta, un orgánico acompañamiento musical a cargo del exhaustivo Bear McCreary y un guion que se retuerce con giros que nos mantienen alerta en todo momento, Calle Cloverfield 10 maneja la tensión con maestría. La película deja al espectador continuamente en el borde del asiento, obligándole a desear saber más, haciendo que se involucre en la historia (y el juego abramsiano que plantea) y adopte el (desinformado y desorientado) punto de vista de Michelle (Winstead) para intentar dilucidar qué es verdad y qué es mentira. Pero lo mejor es que, además de ese juego (salpicado de un humor negro que recuerda a la reciente La visita de Shyamalan), el film ofrece varias lecturas más allá del simple “cuento post-apocalíptico”, componiendo un (otro) relato sobre el miedo a “los otros” (con la paranoia post-11S aun resonando) y el terrorismo doméstico de la masculinidad patriarcal, temas perfectamente representados en dos de los mejores personajes que nos ha dado el género últimamente. Una mujer que toma posesión de sí misma para dejar de huir de sus problemas (perfecta Winstead), y un lunático memorable al que da vida un extraordinario John Goodman.

Calle Cloverfied 10 es un thriller claustrofóbico y desconcertante que divierte enormemente sin por ello sacrificar la seriedad de sus temas y el desarrollo de sus personajes (“Yo veo Cloverfield por los personajes”). El éxito de la película plantea una nueva forma de hacer blockbusters fantásticos, otro tipo de “cine evento” que es posible con un presupuesto reducido, gracias a una campaña publicitaria inteligente y por encima de todo, ideas “fuera de la caja”.

Valoración: ★★★★

Crítica: Monuments Men

George Clooney;Matt Damon;John Goodman;Bob Balaban

Con su quinto largometraje como realizador, Monuments MenGeorge Clooney propone un viaje de regresión al Hollywood clásico de los años 40 y 50, con una cinta bélica que evoca al cine de Billy Wilder o Howard Hawks. En Monuments Men, Clooney cuenta la historia real de unos héroes de guerra menos celebrados a lo largo de la historia, la liga de los hombres extra-ordinarios a cargo de recuperar antes de su destrucción las obras de arte robadas por Adolf Hitler y escondidas a lo largo y ancho de Alemania hacia el final de la Segunda Guerra Mundial. El film, basado en la crónica literaria de Robert M. Edsel The Monuments Men: Allied Heroes, Nazi Thieves and the Greatest Treasure Hunt in History, pretende ser una oda a aquellos que arriesgaron su vida por el arte, y por la preservación del testamento de los logros del ser humano a lo largo de los siglos.

Hitler da sus últimos coletazos y la guerra está tocando a su fin, pero el campo de batalla sigue siendo hostil. Reclutados por el teniente Frank Stokes (Clooney) bajo el programa Monuments, Fine Arts and Archives, este equipo de siete profesionales vinculados al arte Monuments Men_Póster(restauradores, historiadores y directores de museo) se embarcan en la aventura de sus vidas, compensando su escasa preparación militar con coraje y determinación. Monuments Men cuenta con un amplio reparto coral de estrellas (o reunión de amiguetes, según se mire) que dan vida a estos héroes ligeramente basados en los verdaderos miembros del programa. Matt DamonBill MurrayJean DujardinCate BlanchettJohn GoodmanHugh Bonneville y Bob Balaban elevan el caché de una película que, desafortunadamente, no consigue estar a la altura de sus credenciales.

Monuments Men es un film bienintencionado, decididamente blanco, con una carga de idealismo e ingenuidad romántica que, junto a ese toque de picardía y el doble filo propio de las comedias de los 50, reproduce hábilmente el estilo de la edad de oro de Hollywood. Además, el estupendo reparto hace un buen trabajo capturando este espíritu clásico y contribuyendo al aire de sofisticación que desprende la película. Sin embargo, Clooney no logra conectar del todo con su público, sobre todo en cuanto al humor (amable pero fallido), y fracasa a la hora de trasladar a la historia la importancia de su mensaje (sus pomposos discursos sobre morir por el arte se antojan artificiales). Monuments Men plantea una historia muy interesante, pero su desarrollo resulta descentrado, tibio, a ratos tedioso, y excesivamente cursi y remilgado cuando explicita las lecciones que nos quiere dar. Para ser una película que habla de la importancia del arte en la historia del ser humano, Clooney ha realizado un trabajo bastante intrascendente.

Valoración: ★★★

Treme-bunda

“In accordance with university policy”: I mean, look at this, it’s unbelievable. Two departments, like that. 160 tenured professors. How can they do that? Well, they can, and they have and they will. It is a done deal. Civil engineering, computer engineering, electrical engineering, mechanical engineering, Computer science. I mean, sure. Why would the university train people who know how to build things like, say, computer systems, power grids, levees? Hey, who needs them? I mean, look at what they’re keeping. Musical theatre, Digital media, Medieval studies, Women’s studies, Jewish studies, African studies. It’s all about identity. Let’s not learn how to actually do anything. Let’s just sit and contemplate the glory of me in all my complexities. Who am I? I am a black Jewish woman, hear me roar. (Creighton Bernette, Treme, “Meet De Boys on the Battlefront”, 1.02).

Genial. Genial. Genial. Esto es solo un ejemplo del poder Treme y sus diálogos perfectos. Si el piloto nos sirvió para adentrarnos en Nueva Orleans e infectarnos con su espíritu, su música, su comida, en definitiva, hacernos una idea general, el segundo episodio nos presenta más detenidamente a los personajes, ligeramente más descontextualizados del mundo que los rodea, y más inmersos en sus micro-esferas familiares y laborales. Todo ello sin dejar de hablarnos en cada fotograma de Nueva Orleans, de su identidad, de su fuerza, de su supervivencia. Demasiado buena para ser “real”.