Mandy: El viaje lisérgico de Nicolas Cage

Hasta hace aproximadamente una década, Nicolas Cage era uno de los actores más populares y ubicuos del mainstream, pero tanto su carrera como su imagen pública se han ido transformando en algo inclasificable. Ya es un tópico, pero Nicolas Cage se ha convertido en un género en sí mismo. Excéntrico y autoconsciente en la elección de sus proyectos más recientes, el actor se ha labrado su reputación como icono del cine raro, resultando en un renacimiento artístico muy distinto al de Liam Neeson o Keanu Reeves, que se han reinventado como héroes de acción.

Cage ha abrazado al público del fantástico y la serie B con los brazos abiertos, potenciando así su naturaleza de personaje extravagante, cuya mera presencia ya desata vítores enfervorizados entre los aficionados al cine de género. Tras el desvarío irreverente y violento de Mom and Dad, a nueva Era Cage alcanza su máxima expresión con Mandy, de Panos Cosmatos, una auténtica experiencia sensorial que ha recibido el beneplácito más entusiasta por parte de la crítica y los fans del cine fantástico.

La historia gira en torno a Red Miller (Cage), un leñador que vive alejado de la civilización en medio del bosque junto a su mujer, Mandy (Andrea Riseborough). Su apacible existencia se ve interrumpida por la llegada de una secta ambulante, cuyo líder desarrolla una obsesión insana con Mandy. Dispuesto a hacerse con ella, él y su “familia” invocan a una banda de motoristas del infierno para raptarla. Es entonces cuando Red decidirá enfrentarse a la secta y sus secuaces demoníacos armándose hasta las cejas, para a continuación sumirse en una espiral de sangrienta venganza de la que no estará dispuesto a salir hasta acabar por completo con sus enemigos.

Mandy es dos películas en una. La primera mitad se podría describir como una tensa y alucinógena cinta de terror sobrenatural, mientras que la segunda se transforma en un thriller ultraviolento de venganza. Ambas partes juntas conforman la definición de “película de medianoche“, una pesadilla febril, intensa, extraña con espíritu heavy metal y un Nicolas Cage desatado en su recta final, en la que Cosmatos sube el volumen tanto de la acción como del humor. El resultado es una película que parece directamente sacada de un videoclub de los 80.

Lo más destacable de Mandy es sin duda su envolvente e inquietante atmósfera, que sume al espectador en un estado onírico del que se sale a golpe de motosierra. En este sentido juega un papel esencial la brillante banda sonora del tristemente fallecido Jóhann Jóhannsson (Sicario, La llegada), que crea un estado de ánimo permanente subrayando la intensidad y el desconcierto de lo que estamos viendo en pantalla. También marca un ritmo muy pausado, que puede volverse bastante pesado, sobre todo durante el primer acto.

Llegados al clímax de Mandy, el Nicolas Cage más loco y desenfrenado se ha hecho con la película, para descender a los infiernos bautizado en sangre. Aquí es donde Cosmatos descansa demasiado en el chiste fácil que la sola presencia del actor en su faceta más desquiciada proporciona. “Mira, Nicolas Cage ha cogido una sierra mecánica”, “Mira, Nicolas Cage se ha encendido un cigarro con ese cadáver en llamas”, “Mira, Nicolas Cage ha empuñado una espada legendaria“. Tiene su gracia, claro, pero no tanto mérito. Al final, Mandy se convierte en un festival violento de one-liners que opta por lo predecible. Es impactante, turbadora, delirante… hasta que decide darle al público justo lo que se espera de una película de Nicolas Cage.

Pedro J. García

Nota: ★★★

La llegada (Arrival): Poesía, cine y lenguaje

El canadiense Denis Villeneuve se ha convertido por méritos propios y en poco tiempo en uno de los realizadores más destacados y de mayor proyección en Hollywood. Tras las aclamadas (en grados diferentes) Incendies, Prisioneros Enemy, el director se consolidó como un valor seguro con Sicario. En su futuro inmediato como realizador se encuentran la secuela de Blade Runner y el remake de Dune, ahí es nada. Pero antes de embarcarse en estos proyectos titánicos, Villeneuve sorprendió al mundo con La llegada (Arrival), una de las películas más aclamadas y analizadas de 2016. Este trabajo logró una hazaña que no consiguen muchas cintas de ciencia ficción, ser nominada al Oscar (a 8 en total, entre ellos mejor película, aunque se tuvo que conformar con tan solo una estatuilla), y confirmó el talento imparable y prolífico de Villeneuve, un cineasta tremendamente personal que está sabiendo aunar su sensibilidad idiosincrásica con un tipo de cine más accesible. La llegada es una de esas películas de ciencia ficción que llegan cada ciertos años para demostrar que este puede ser uno de los géneros más estimulantes y reveladores, un trabajo excelente en todos los aspectos que se presta como pocos al debate, y que supone una experiencia cinematográfica imprescindible.

La llegada aborda un tema muy familiar en la ciencia ficción, la visita de una raza alienígena a la Tierra y lo que esto supone a nivel estratégico, político y humano. Mientras el cine suele contar este tipo de historias apoyándose en la acción y el espectáculo del blockbuster, Villeneuve se aproxima al tema desde una perspectiva menos frecuente en Hollywood, la del sci-fi cerebral y el drama introspectivo y poético, más interesado en el realismo y la reflexión que se pueda extraer de la historia que en los rayos láser o los edificios saltando por los aires. En La llegada, doce misteriosas naves aterrizan a lo largo y ancho del mundo y permanecen estáticas, mientras la Tierra se pregunta para qué están ahí y a qué están esperando. La particularidad más destacable de La llegada en relación al resto de cintas que tocan el mismo tema es que esta arroja en el centro del conflicto a una experta lingüista, Louise Banks (Amy Adams), encargada de investigar junto al físico teórico Ian Donnelly (Jeremy Renner) las intenciones de los visitantes a la Tierra.

De esta manera, Villeneuve se centra especialmente en desarrollar, a contrarreloj pero con paciencia, el diálogo entre especies, mientras construye en segundo plano un trasfondo sociopolítico (percibido sobre todo a través de las noticias, mientras apenas nos separamos de Louise) en el que la especie humana se encuentra al borde de una nueva guerra mundialLa llegada gira en torno a la mediación entre humanos y extraterrestres que determinará si la Tierra acabará sumida en una devastadora contienda en la que claramente no posee la superioridad estratégica, mostrándonos brillantemente la enorme fragilidad que conlleva el intento de arbitraje con una especie desconocida. Louise es la elegida para contactar con los extraterrestres dentro de una de las naves, claustrofóbico y aturdidor espacio diplomático donde se desarrolla una fascinante relación en la que, con la ayuda de Ian, la lingüista tratará de descifrar la compleja lengua de los alienígenas mientras les enseña su propio idioma.

Claramente, La llegada es un relato sobre la comunicación, a pequeña y gran escala, sobre la importancia del diálogo y el esfuerzo por llegar al entendimiento para evitar un mal mayor. Es sin duda una situación fácilmente extrapolable a nuestra realidad, a este mundo en el que los malentendidos o las negativas a emprender una conversación resultan en problemas que se podrían evitar usando únicamente el poder de las palabras. O al menos intentándolo. La llegada entiende y explica el lenguaje (y concretamente la lengua inglesa) como el código a través del cual vivimos y compartimos experiencias, el vehículo sobre el que percibimos y entendemos el mundo a nuestro alrededor. Llegar a un punto en común, es decir, traducir correctamente esa experiencia, decidirá el destino desde una pequeña interacción social hasta un conflicto de proporciones intergalácticas. Es decir, “la lengua puede ser un arma o una herramienta”, y La llegada nos habla de cómo usarla para que sea lo segundo.

Y además lo hace sin excederse en las sobre-explicaciones y sin subestimar al espectador, trazando un relato inteligente, sobrecogedor y delicadamente construido para facilitar la inmersión en la experiencia que propone y vivirla en continua tensión; un puzle abstracto “sin principio ni final”, tan sencillo como complejo, en el que Villeneuve estructura la narración de forma que esta refleje su discurso, así como las potentes revelaciones que dan forma al magnífico personaje de Amy Adams y nos conducen hacia su sorprendente desenlace. Todo en La llegada, empezando por su protagonista (Adams está inconmensurable, aunque la Academia no se lo quisiera reconocer) y continuando con su envolvente atmósfera, la acertada intensidad y afectación de su narración, la elegante puesta en escena o la sublime música de Jóhann Jóhannsson (más una preciosa pieza de Max Richter), dan lugar a una obra cinematográfica superlativa, un trabajo bellísimo, profundamente magnético y emocionalmente desbordante que ha llegado para quedarse entre nosotros.

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La llegada 
(Arrival) ya está a la venta en Blu-ray, 4K Ultra-HD y DVD. Además de las ediciones sencillas, Sony Pictures Video ha puesto a la venta una edición Blu-ray en caja metálica para coleccionistas. El Blu-ray presenta una calidad de imagen sobresaliente con que hace justicia a la cuidada presentación de Villeneuve (esta es una de esas películas que se deben experimentar en cine, pero la edición doméstica no desmerece), y viene cargado de contenidos adicionales, también en alta definición, seleccionados para profundizar más en la historia, y sobre todo para desgranar el fascinante proceso de creación de la película, con documentales y featurettes que subrayan la importancia de los distintos aspectos técnicos del film a la hora de dar forma a la filigrana de su argumento: Xenolingüística: entender La llegada; Recurrencia eterna: la banda sonora; Firmas acústicas: el diseño de sonido; Pensamiento no lineal: el proceso de montaje; Principios del tiempo, la memoria y el lenguaje.

Pedro J. García

Nota: ★★★★★

Crítica: La llegada (Arrival)

El canadiense Denis Villeneuve se ha convertido por méritos propios y en poco tiempo en uno de los realizadores más destacados y de mayor proyección en Hollywood. Tras las aclamadas (en grados diferentes) Incendies, Prisioneros Enemy, el director se consolidó como un valor seguro con Sicario. Su nueva película, La llegada (Arrival), confirma el talento imparable y prolífico de Villeneuve, un cineasta tremendamente personal que está sabiendo aunar su sensibilidad idiosincrásica con un tipo de cine más accesible. La llegada es una de esas películas de ciencia ficción que llegan cada ciertos años para demostrar que este puede ser uno de los géneros más estimulantes y reveladores, un trabajo excelente en todos los aspectos que se presta como pocos al debate, y que supone una experiencia cinematográfica imprescindible.

La llegada aborda un tema muy familiar en la ciencia ficción, la visita de una raza alienígena a la Tierra y lo que esto supone a nivel estratégico, político y humano. Mientras el cine suele contar este tipo de historias apoyándose en la acción y el espectáculo del blockbuster, Villeneuve se aproxima al tema desde una perspectiva menos frecuente en Hollywood, la del sci-fi cerebral y el drama introspectivo, más interesado en el realismo y la reflexión que se pueda extraer de la historia que en los rayos láser o los edificios saltando por los aires. En La llegada, doce misteriosas naves aterrizan a lo largo y ancho del mundo y permanecen estáticas, mientras la Tierra se pregunta para qué están ahí y a qué están esperando. La particularidad más destacable de La llegada en relación al resto de cintas que tocan el mismo tema es que esta arroja en el centro del conflicto a una experta lingüista, Louise Banks (Amy Adams), encargada de investigar junto al físico teórico Ian Donnelly (Jeremy Renner) las intenciones de los visitantes a la Tierra.

De esta manera, Villeneuve se centra especialmente en desarrollar, a contrarreloj pero con paciencia, el diálogo entre especies, mientras construye en segundo plano un trasfondo sociopolítico (percibido sobre todo a través de las noticias, mientras apenas nos separamos de Louise) en el que la especie humana se encuentra al borde de una nueva guerra mundialLa llegada gira en torno a la mediación entre humanos y extraterrestres que determinará si la Tierra acabará sumida en una devastadora contienda en la que claramente no posee la superioridad estratégica, mostrándonos brillantemente la enorme fragilidad que conlleva el intento de arbitraje con una especie desconocida. Louise es la elegida para contactar con los extraterrestres dentro de una de las naves, claustrofóbico y aturdidor espacio diplomático donde se desarrolla una fascinante relación en la que, con la ayuda de Ian, la lingüista tratará de descifrar la compleja lengua de los alienígenas mientras les enseña su propio idioma.

Claramente, La llegada es un relato sobre la comunicación, a pequeña y gran escala, sobre la importancia del diálogo y el esfuerzo por llegar al entendimiento para evitar un mal mayor. Es sin duda una situación fácilmente extrapolable a nuestra realidad, a este mundo en el que los malentendidos o las negativas a emprender una conversación resultan en problemas que se podrían evitar usando únicamente el poder de las palabras. O al menos intentándolo. La llegada entiende y explica el lenguaje (y concretamente la lengua inglesa) como el código a través del cual vivimos y compartimos experiencias, el vehículo sobre el que percibimos y entendemos el mundo a nuestro alrededor. Llegar a un punto en común, es decir, traducir correctamente esa experiencia, decidirá el destino desde una pequeña interacción social hasta un conflicto de proporciones intergalácticas. Es decir, “la lengua puede ser un arma o una herramienta”, y La llegada nos habla de cómo usarla para que sea lo segundo.

Y además lo hace sin excederse en las sobre-explicaciones y sin subestimar al espectador, trazando un relato inteligente, sobrecogedor y delicadamente construido para facilitar la inmersión en la experiencia que propone y vivirla en continua tensión; un puzle abstracto “sin principio ni final”, tan sencillo como complejo, en el que Villeneuve estructura la narración de forma que esta refleje su discurso y las potentes revelaciones que dan forma al magnífico personaje de Amy Adams. Todo en La llegada, empezando por su protagonista (Adams está inconmensurable) y continuando con su envolvente atmósfera, la acertada intensidad y afectación de su narración, la elegante puesta en escena o la sublime música de Jóhann Jóhannsson (más una preciosa pieza de Max Richter), dan lugar a una obra cinematográfica superlativa, un trabajo bellísimo, profundamente magnético y emocionalmente desbordante que ha llegado para quedarse entre nosotros.

Pedro J. García

Nota: ★★★★★

Crítica: Sicario

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Incendies puso a Denis Villeneuve en el mapa. Prisioneros Enemy lo confirmaron como uno de los nombres más a tener en cuenta del actual panorama cinematográfico internacional. Con estas tres películas, el realizador quebequés ha demostrado un pulso muy particular a la hora de hacer cine, haciendo gala de un robusto estilo personal con el que industria, crítica y público no han tenido más remedio que fijarse en él. Tanto es así que, cuando se anunció que sería el encargado de dirigir la secuela tardía de Blade Runner, muchos empezamos a tener esperanza en el temido proyecto de Ridley Scott. Pero antes de seguir contando la historia de Rick Deckard (o eso esperamos), Villeneuve se afianza en Hollywood con el narco-thriller Sicario, una de las cintas que suenan con más fuerza para la próxima temporada de premios. Y con razón.

La película nos pone en la piel de Kate Macer (Emily Blunt), una agente del FBI que es reclutada por un oficial de las fuerzas de élite gubernamentales, Matt Graver (Josh Brolin), para que ayude en la guerra contra las drogas en la zona fronteriza sin ley entre Estados Unidos y México. Kate acepta el puesto sin apenas información sobre la misión clandestina que Graver pretende llevar a cabo, como tampoco sobre el enigmático consultor mexicano que lidera el equipo, Alejandro (Benicio del Toro). Con un fuerte sentido de la justicia y el protocolo, hasta el punto de caer en el idealismo ingenuo, Kate se adentra en el oscuro y violento universo de los carteles de la droga de Ciudad Juárez para descubrir que existe una realidad que no funciona según las normas en las que cree.

cartel final SICARIOVilleneuve compone una descorazonadora reflexión sobre los múltiples rostros del crimen organizado y el mundo de las drogas que toma forma en un viaje cinematográfico intenso y pesadillesco. En Sicario no hay héroes y villanos, solo personas abandonadas en el área gris donde las fronteras que definen la legalidad y la moralidad se difuminan por completo y el horror forma parte de la rutina diaria. Emily Blunt personifica con absoluta maestría emocional y medida contención lo que supone poner un pie en esa zona conflictiva, compartiendo con nosotros su angustia y haciéndonos partícipes directos de sus dilemas internos -hasta que el personaje de Del Toro asume el punto de vista principal durante el desenlace, con el que Villeneuve cambia de registro para darnos un clímax algo más hollywoodiense. Pero a lo que íbamos, la actriz británica construye un interesantísimo personaje, una mujer en un mundo de hombres que el guion de Taylor Sheridan se afana en deconstruir, oponiéndola continuamente a los protagonistas masculinos (magníficamente interpretados por Brolin y Del Toro) y obligándola a poner en duda su percepción de la realidad en una lucha constante por sobrevivir. En definitiva, un soberbio estudio de personajes que permite a Blunt dar rienda suelta a su enorme talento.

El trío de ases que la actriz forma junto a Brolin y Del Toro es la mayor baza de Sicario, pero hay mucho más. La película es un trabajo afinado, profundo y lleno de matices en todos los departamentos (la atmosférica fotografía de Roger Deakins y la magistral banda sonora de Jóhann Johannsson, que merece un estudio aparte, deberían llevarse una buena tajada en los premios). Desde su impactante secuencia inicial, con la que Villeneuve establece sin reservas el tono opresivo del film, Sicario propone un descenso a los infiernos del que es difícil escapar, una experiencia agobiante, cruda y salpicada de brutales momentos de violencia (contenida y explícita) que se erige como una de las películas del año.

Valoración: ★★★★

Crítica: La teoría del todo

theory of everything

Basada en el libro de memorias de Jane Hawking, titulado Hacia el infinitoLa teoría del todo (The Theory of Everything) es un recorrido por la vida del célebre astrofísico Stephen Hawking. La historia parte de la década de los 60, cuando Stephen y su entonces futura mujer, Jane Wilde, se conocieron y enamoraron en la Universidad de Cambridge, donde ambos estudiaban (él Cosmología, ella Arte). El brillante futuro de Stephen se tornaba oscuro cuando a los 21 años se le diagnosticaba esclerosis lateral amiotrófica (ELA, el mal de Lou Gehrig), enfermedad degenerativa que le haría perder paulatinamente su control neuromuscular. A pesar de que los médicos le dieron apenas un par de años de vida, Stephen sobrevivió, y gracias al apoyo incondicional de su mujer, continuó desarrollando su tesis en física para Cambridge, el punto de partida de un influyente cuerpo teórico que le llevó a ser proclamado el sucesor de Einstein.

Claro que los logros de Hawking en el campo de la astrofísica son por todos conocidos. Si bien el film nos muestra el proceso de pensamiento de Hawking mientras desarrollaba su teoría unificadora (una hipotética ecuación única que diese respuesta a todas las preguntas fundamentales del universo), La teoría del todo no profundiza excesivamente en ello, sino que hace sobre todo hincapié en la historia de amor del matrimonio, así como en la labor de la gran mujer detrás del gran hombre. Jane permanece junto a Stephen en cada paso de su lucha contra/vida con la enfermedad, La teoría del todo pósterrelegando a segundo plano su propia investigación doctoral (en poesía medieval española) para hacerse cargo de él y formar una familia con tres niños. Lo que sí hace el guión de Anthony McCarten es aunar las sensibilidades científica y artística del matrimonio, hallando la poesía en la ciencia y viceversa, en busca de una propia teoría unificadora que llega, aunque no de manera tan explícita, a la misma conclusión que la reciente Interstellar: la respuesta a la ecuación es el amor. Claro que en esta ocasión no se trata de un amor metafísico, sino de uno más poderoso y real, casi cuantificable, un amor puesto a prueba y abatido por las caprichosas adversidades de la vida y el universo.

La teoría del todo no pasa de puntillas por los episodios sentimentales más farragosos de los Hawking, sino que los explora con franqueza para que entendamos en todo momento a ambos personajes y aceptemos lo que ocurre entre ellos en la etapa final de su relación. Y lo más loable es que lo hace evitando en todo momento el amarillismo, con suma elegancia y respeto. La película de James Marsh halla un equilibrio perfecto, casi matemático, entre lo cerebral y lo emotivo, indagando en la intimidad de la pareja sin caer en ningún momento en las redes del telefilm a las que se exponen los biopics de este tipo. Todos los aspectos del film contribuyen a ese equilibrio, especialmente la preciosa música de Jóhann Jóhansson, que como la película en sí, se las arregla para conmover sin ser nunca manipuladora o sentimentaloide. Pero sin lugar a dudas, lo que hace que La teoría del todo sobresalga por encima de cualquier película biográfica es la prodigiosa interpretación de sus dos protagonistas. Eddie Redmayne nos deja impresionados no solo por su capacidad de mímesis y resistencia, sino por haber logrado que su apabullante transformación física no entierre los matices más sutiles de su trabajo. Y Felicity Jones deslumbra mientras aguanta estoicamente el peso de la historia durante gran parte del metraje, demostrando su poder para desvelar la respuesta a todas las preguntas de la película en la mirada.

Valoración: ★★★★